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Pero cuando llegó la 358ª noche

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Ella dijo:

... convocó enseguida a los sacerdotes, magos y sabios de Bani-israil, y les preguntó si entre ellos había alguno capaz de enseñarle el camino que conducía al reino subterráneo de la princesa Yamlika. Todos los circunstantes le indicaron entonces con el dedo al sabio Offán, que se encontraba en medio de ellos. Y el sabio Offán era un venerable anciano que había profundizado en todas las ciencias conocidas, y poseía los misterios de la magia, las llaves de la astronomía y de la geometría, y todos los arcanos de la alquimia y de la hechicería. Avanzó, pues, entre las manos del joven rey Belukia, que le preguntó: "¿Puedes, verdaderamente, ¡oh sabio Offán! conducirme al reino de la princesa subterránea?"

Y contestó el otro: "¡Puedo!"

Entonces el joven rey Belukia nombró a su visir para que le sustituyera en la dirección de los asuntos del reino mientras durase su ausencia, se despojó de sus atributos reales, vistióse con la capa del peregrino, y se puso un calzado de viaje. Tras de lo cual, seguido por el sabio Offán, salió de su palacio y de su ciudad y se adentró en el desierto.

Sólo entonces le dijo el sabio Offán: "¡Aquí es el lugar propicio para hacer los conjuros que deben enseñarnos el camino!" Se detuvieron, pues, y Offán trazó sobre la arena, en torno suyo, el círculo mágico, hizo los conjuros rituales, y no dejó de descubrir por aquel lado el sitio en que se hallaba la entrada a mi reino subterráneo. Hizo entonces todavía algunos otros conjuros, y se entreabrió la tierra, y les dio paso a ambos hasta el lago que tienes delante de los ojos, ¡oh Hassib!

Yo les acogí con todas las consideraciones que guardo para quien viene a visitar mi reino. Entonces me expusieron ellos el objeto de su visita y al punto me hice llevar en mi azafate de oro sobre la cabeza de las que me transportan, y les conduje a la cumbre de esa colina de esmeralda, donde a mi paso plantas y flores rompen a hablar cada cual en su lenguaje, unas por la derecha, otras por la izquierda, pregonando en voz alta o en voz baja sus virtudes particulares. Y en medio de aquel concierto que ascendía así hasta nosotros, musical y perfumado por jugos esenciales, llegamos ante las mazorcas de una planta, que con todas las corolas rojas de sus flores cantaban bajo la brisa que la inclinaba: "¡Yo soy la maravillosa que otorga a quien se frota los pies con mi jugo la facultad de caminar sin mojarse por la superficie de todos los mares que creó Alah el Altísimo!"

Dije a mis dos visitantes entonces: "¡He aquí delante de vosotros la planta que buscáis!" Y al punto cortó Offán cuantas plantas de esas quiso, maceró los brotes y recogió el jugo en un frasco grande que le di.

Pensé entonces en interrogar a Offán, y le dije: "¡Oh, sabio Offán!, ¿puedes decirme el motivo que a ambos os impulsa a surcar los mares?"

Me contestó: "¡Oh reina, es para ir a la Isla de los Siete Mares a buscar el anillo mágico de Soleimán, señor de los genn, de los hombres, de los animales y de las aves!"

Yo le dije: "¿Cómo no sabes ¡oh sabio! que nadie que no sea Soleimán, haga lo que haga, podrá apropiarse de ese anillo? ¡Créeme Ofán, y tú también, oh joven rey Belukia! ¡Escúchame! Abandonad ese proyecto temerario, ese proyecto insensato de recorrer los mares de la creación para ir en busca de ese anillo que no poseerá nadie. ¡Mejor es que cojáis aquí la planta que otorga una juventud eterna a quienes comen de ella!" Pero no quisieron escucharme, y despidiéndose de mí, desaparecieron por donde habían venido".

Aquí dejó de hablar la reina Yamlika, mondó un plátano, que ofreció al joven Hassib, comióse un higo ella, y dijo: "Antes de continuar ¡oh Hassib! con la historia de Belukia y de contarte su viaje por los Siete Mares y las demás aventuras que le acontecieron, ¿no querrías saber con exactitud la situación de mi reino al pie del monte Cáucaso, que rodea la tierra como un cinturón y conocer su extensión, sus alrededores, sus plantas animadas y parlantes, sus genn y sus mujeres serpentinas, súbditas nuestras, cuyo número sólo conoce Alah? ¿Quieres que te diga cómo reposa todo el monte Cáucaso sobre una roca maravillosa de esmeralda. El Sakhart, cuyo reflejo da a los cielos su color azulado? Podría hablarte también del paraje exacto del Cáucaso en que se halla el Gennistán, capital de los genn sometidos al rey Jan ben-Jan, y revelarte el sitio donde mora en el Valle de los Diamantes el pájaro rokh; de paso te enseñaría los campos de batalla que se estremecen con las hazañas de los héroes famosos".

Pero contestó el joven Hassib: "¡Prefiero mucho más, oh reina Yamlika! conocer la continuación de las aventuras del rey Belukia!"

Entonces prosiguió así la reina subterránea:

"Cuando el joven Belukia y el sabio Offán me dejaron para ir a la isla situada allende los Siete Mares, donde se encuentra el cuerpo de Soleimán, llegaron a la orilla del Primer Mar, y se sentaron allí en tierra, y empezaron por frotarse enérgicamente la planta de los pies y los tobillos con el jugo que habían recogido en el frasco. Luego se levantaron, y con mucha precaución al principio, se aventuraron por mar. Pero cuando comprobaron que podían marchar por el agua sin temor a ahogarse, y aún mejor que en tierra firme, se animaron, y se pusieron en camino muy de prisa para no perder tiempo.

De ese modo anduvieron por aquel mar durante tres días y tres noches, y a la mañana del cuarto día arribaron a una isla que les pareció el paraíso de tanto como hubo de maravillarles su hermosura...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 359ª noche

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Ella dijo:

... una isla que les pareció el paraíso, de tanto como hubo de maravillarles su hermosura. La tierra que hollaban era de azafrán dorado; las piedras eran de jade y de rubíes; extendíanse las praderas en cuadros de flores exquisitas con corolas ondulantes bajo la brisa que embalsamaban, casándose las sonrisas de las rosas con las tiernas miradas de los narcisos, conviviendo los lirios con los claveles, las violetas, la manzanilla y las anémonas, y triscando ligeras entre las líneas blancas de jazmines las gacelas saltarinas; las frondas de los áloes y de otros árboles de grandes flores refulgentes susurraban con todas sus ramas, desde las que arrullaban las tórtolas en respuesta al murmullo de los arroyos, y con voz conmovida cantaban los ruiseñores a las rosas su martirio amoroso, mientras las rosas escuchábanles atentamente; aquí los manantiales melodiosos se ocultaban bajo cañaverales de azúcar, únicas cañas que en el paraje había; allá, la tierra natural mostraba sin esfuerzo sus riquezas jóvenes y respiraba en medio de su primavera.

Así es que el rey Belukia y Offán se pasearon hasta la noche muy satisfechos en la sombra de los bosquecillos, contemplando aquellas maravillas que les llenaban de delicias el alma. Luego, cuando cayó la noche, se subieron a un árbol para dormir en él; y ya iban a cerrar los ojos, cuando de pronto retembló la isla con un formidable bramido que la conmovió hasta sus cimientos, y vieron salir de las olas del mar a un animal monstruoso que tenía en sus fauces una piedra brillante como una antorcha, e inmediatamente detrás de él, una multitud de monstruos marinos, cada cual con una piedra luminosa en sus fauces. Así es que la isla quedó enseguida tan clara como en pleno día con todas aquellas piedras.

En el mismo momento, y de todos lados a la vez, llegaron leones, tigres y leopardos en tal cantidad, que sólo Alah habría podido contarlos. Y los animales de la tierra encontráronse en la playa con los animales marinos, y se pusieron a charlar y a conversar entre sí hasta la mañana. Entonces volvieron al mar los monstruos marinos, y las fieras se dispersaron por la selva. Y Belukia y Offán, que no habían podido cerrar los ojos en toda la noche a causa del miedo, se dieron prisa a bajar del árbol y correr a la playa, donde se frotaron los pies con el jugo de la planta para proseguir al punto su viaje marítimo.

De tal suerte viajaron por el Segundo Mar durante días y noches, hasta que arribaron al pie de una cadena de montañas, en medio de las cuales se abría un valle maravilloso, en el que todos los guijarros y todos los peñascos eran de piedra imán y no había allá huellas de fieras ni de otros animales feroces. Así es que se pasearon a la ventura durante todo el día, alimentándose con pescado seco, y al caer la tarde se sentaron a la orilla del mar para ver la puesta del sol, cuando de repente oyeron un maullido espantoso, y a algunos pasos detrás de sí vieron a un tigre que se disponía a saltar sobre ellos. Tuvieron el tiempo preciso para frotarse los pies con el jugo de la planta y ponerse fuera del alcance de la fiera huyendo por el mar.

Y se encontraron en el Tercer Mar.

Y fue aquella una noche muy negra, y a impulsos de un viento que soplaba con violencia, el mar se agitó mucho, lo cual hizo la marcha en extremo fatigosa, máxime para viajeros extenuados ya por la falta de sueño. Felizmente, al rayar el alba llegaron a una isla, donde lo primero que hicieron fue echarse para descansar. Tras de lo cual se levantaron con propósito de recorrer la isla, y la hallaron cubierta de árboles frutales. Pero aquellos árboles tenían la facultad maravillosa de que sus frutos crecían confitados en las ramas. Así es que disfrutaron extraordinariamente en aquella isla ambos viajeros, en especial Belukia, a quien gustaban muchísimo las frutas confitadas y todas las cosas almibaradas en general, y se pasó todo el día dedicado a su realo. Incluso obligó al sabio Offán a detenerse allí diez días enteros, para tener tiempo de saciarse con aquellas frutas deliciosas.

Pero he aquí que al terminar el décimo día había abusado de su dulzor de tal manera, que se le puso malo el vientre, y disgustado, se apresuró a frotarse las plantas de los pies y los tobillos con el jugo del vegetal, haciendo Offán lo propio, y se pusieron en camino por el Cuarto Mar.

Viajaron cuatro días y cuatro noches por este Cuarto Mar, y tomaron tierra en una isla que no era más que un banco de arena muy fina, de color blanco, donde anidaban reptiles de todas formas, cuyos huevos se incubaban al sol. Como no advirtieron en aquella isla ningún árbol ni una sola brizna de hierba, no quisieron pararse allá más que el tiempo preciso para descansar y frotarse los pies con el jugo que contenía el frasco.

Por el Quinto Mar sólo viajaron un día y una noche, porque al amanecer vieron una islita cuyas montañas eran de cristal con anchas venas de oro, y estaban cubiertas de árboles asombrosos que tenían flores de un amarillo brillante. Al caer la noche estas flores refulgían como astros, y su resplandor, reflejado por las rocas de cristal, iluminó la isla y la dejó más brillante que en pleno día.

Y dijo Offán a Belukia: "Delante de los ojos tienes la Isla de las Flores de Oro. Se trata de unas flores que, después de caer de los árboles y cuando se secan, se reducen a polvo, y su fusión acaba por formar las venas de donde se saca el oro. Esta Isla de las Flores de Oro no es más que una partícula del sol separado del astro, y caída antaño aquí mismo".

Pasaron, pues, en aquella isla una noche magnífica, y al día siguiente se frotaron los pies con el líquido precioso y penetraron en la sexta región marítima.

Viajaron por el Sexto Mar...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 360ª noche

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Ella dijo:

... Viajaron por el Sexto Mar el tiempo suficiente para experimentar un placer grande al llegar a una isla cubierta de hermosísima vegetación, en la cual pudieron disfrutar de algún reposo sentados en la playa. Se levantaron luego y comenzaron a pasearse por la isla. ¡Pero cuál no sería su espanto al ver que los árboles ostentaban, a manera de frutos, cabezas humanas sostenidas por los cabellos! No tenían la misma expresión todas aquellas frutas en forma de cabeza humana: sonreían unas, lloraban o reían otras, mientras que las que habían caído de los árboles rodaban por el polvo y acababan por transformarse en globos de fuego que alumbraban la selva y hacían palidecer la luz del sol.

Y no pudieron por menos de pensar ambos viajeros: "¡Qué selva más singular!" Pero no se atrevieron a acercarse a aquellas frutas extrañas, y prefirieron volver a la playa. Y he aquí que a la caída de la tarde se sentaron detrás de una roca, y vieron de repente salir del mar y avanzar por la playa doce hijas del mar, de una belleza sin par, y con el cuello ceñido por un collar de perlas, quienes se pusieron a bailar en corro, saltando y dedicándose a jugar entre ellas con mil juegos locos durante una hora. Tras de lo cual se pusieron a cantar a la luz de la luna, y se alejaron a nado por el agua. Y por más que les encantaran mucho la belleza, los bailes y los cánticos de las hijas del mar, Belukia y Offán no quisieron prolongar más su estancia en la isla a causa de las espantosas frutas en forma de cabeza humana. Se frotaron, pues, la planta de los pies y los tobillos con el jugo encerrado en el frasco, y entraron en el Séptimo Mar.

Su viaje por este Séptimo Mar fue de muy larga duración, porque estuvieron andando dos meses de día y de noche, sin encontrar en su camino tierra alguna. Y para no morirse de hambre se vieron obligados a coger rápidamente los peces que de cuando en cuando salían a la superficie del agua, comiéndoselos crudos, tal y como estaban. Y empezaron a comprender a la sazón cuán prudentes eran los consejos que les di y a lamentarse por no haberlos seguido. Acabaron, empero, por llegar a una isla que supusieron era la Isla de los Siete Mares, donde debía encontrarse el cuerpo de Soleimán con el anillo mágico en uno de sus dedos.

Halláronse con que la Isla de los Siete Mares estaba cubierta de hermosísimos árboles frutales y regada por numerosos caudales de agua. Y como tenían bastante gana y la garganta seca a causa del tiempo que se vieron reducidos a no tomar por todo alimento más que peces crudos, se acercaron con extremado gusto a un gran manzano de ramas llenas de racimos de manzanas maduras. Y Belukia tendió la mano, y quiso coger de aquellos frutos; pero en seguida se hizo oír dentro del árbol una voz terrible que les gritó a ambos: "¡Como toquéis a estas frutas seréis partidos en dos!" Y en el mismo instante apareció enfrente de ellos un enorme gigante de una altura de cuarenta brazos, según medida de aquel tiempo. Y le dijo Belukia en el límite del terror: "¡Oh jefe de los gigantes! vamos a morir de hambre y no sabemos por qué nos prohibes tocar estas manzanas!" El gigante contestó: "¿Cómo pretendes ignorar el motivo de esta prohibición? ¿Olvidasteis ¡oh hijo de los hombres! que Adán, padre de vuestra raza, desobedeció las órdenes de Alah comiendo de estas frutas prohibidas? ¡Y desde aquel mismo tiempo estoy encargado de custodiar este árbol y de matar a cuantos echen mano a sus frutas! ¡Alejaos, pues, y buscad otras cosas con qué alimentaros!"

A estas palabras. Belukia y Offán se apresuraron a abandonar aquel paraje, y avanzaron hacia el interior de la isla. Buscaron otras frutas y se las comieron; luego se pusieron en busca del lugar donde pudiera encontrarse el cuerpo de Soleimán.

Después de caminar sin rumbo por la isla durante un día y una noche, llegaron a una colina cuyas rocas eran de ámbar amarillo y de almizcle, y en cuyas laderas se abría una gruta magnífica con bóveda y paredes de diamantes. Como estaba tan bien alumbrada, cual a pleno sol, se aventuraron bastante en sus profundidades, y a medida que avanzaban, veían aumentar la claridad y ensancharse la bóveda. Así anduvieron maravillándose de aquello, y empezaban a preguntarse si tendría fin la gruta, cuando de repente llegaron a una sala inmensa, tallada de diamante, y que ostentaba en medio un gran lecho de oro macizo, en el cual aparecía tendido Soleimán ben-Daúd, a quien podía reconocerse por su manto verde adornado de perlas y pedrerías, y por el anillo mágico que ceñía un dedo de su mano derecha, lanzando resplandores ante los que palidecía el brillo de la sala de diamantes. La mano que tenía el anillo en el dedo meñique, descansaba sobre su pecho, y la otra mano, extendida, sostenía el cetro áureo de ojos de esmeralda.

Al ver aquello, Belukia y Offán se sintieron poseídos por un gran respeto y no osaron avanzar. Pero enseguida dijo Offán a Belukia: "Ya que afrontamos tantos peligros y experimentamos tantas fatigas, no vamos a retroceder ahora que hemos alcanzado lo que perseguíamos. Yo me adelantaré solo hacia ese trono donde duerme el Profeta, y por tu parte pronunciarás tú las fórmulas conjuratorias que te enseñé, y que son necesarias para hacer escurrir el anillo por el dedo rígido".

Entonces comenzó Belukia a pronunciar las fórmulas conjuratorias, y Offán se acercó al trono y tendió la mano para llevarse el anillo. Pero, en su emoción, Belukia había pronunciado al revés las palabras mágicas, y tal error resultó fatal para Offán, porque enseguida le cayó desde el techo una gota de diamante líquido, que le inflamó por entero y en unos instantes le dejó reducido a un montoncillo de cenizas al pie del trono de Soleimán.

Cuando Belukia vió el castigo infligido a Offán por su tentativa sacrílega, se dio prisa a ponerse en salvo, cruzando la gruta y llegando a la salida para correr directamente al mar. Allí quiso frotarse los pies y marcharse de la isla; pero vio que ya no podía Hacerlo porque...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 361ª noche

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Ella dijo:

... pero vió que ya no podía hacerlo porque se había abrasado Offán, y con él se consumió el frasco milagroso.

Muy entristecido entonces, comprendió por fin toda la exactitud y realidad de las palabras que les dije anunciándoles las desgracias que en tal empresa les esperaban, y echó a andar sin rumbo por la isla, ignorando lo que sería de él entonces, que se hallaba completamente solo, sin que pudiese servirle nadie de guía.

Mientras andaba de este modo vio una gran polvareda de la que salía un estrépito que se hizo ensordecedor como el trueno, y oyó chocar lanzas y espadas detrás de ella, y un tumulto producido por galopes y gritos que nada tenían de humano; y de repente vislumbró que de entre el polvo disipado salía un ejército entero de efrits, de genn, de mareds, de ghuls, de khotrobs, de saals, de baharis, en una palabra, de todas las especies de espíritus del aire, del mar, de la tierra, de los bosques, de las aguas y del desierto.

Tanto terror hubo de producirle este espectáculo, que ni siquiera pretendió moverse, y esperó allí hasta que el jefe de aquel ejército se adelantó hacia él, y le preguntó: "¿Quién eres? ¿Y cómo te ingeniaste para poder llegar a esta isla, donde venimos todos los años a fin de vigilar la gruta en que duerme el dueño de todos nosotros, Soleimán ben-Daúd?"

Belukia contestó: "¡Oh jefe de los bravos! Yo soy Belukia, rey de los Bani-Israil. Me he perdido en el mar, y tal es la razón de que me encuentre aquí. Pero permíteme que a mi vez te pregunte quién eres y quiénes son todos esos guerreros". El otro contestó: "Somos los genn, de la descendencia de Jan ben-Jan. ¡Ahora mismo veníamos del país donde reside nuestro rey, el poderoso Sakhr, señor de la Tierra-Blanca en que antaño reinó Scheddad, hijo de Aad!"

Belukia preguntó: "¿Pero dónde está enclavada esa Tierra-Blanca en que reina el poderoso Sakhr?" El otro contestó: "Detrás del monte Cáucaso, que se halla a una distancia de setenta y cinco meses de aquí, según medida humana. Pero nosotros podemos ir allá en un abrir y cerrar de ojos. ¡Si quieres, podemos llevarte con nosotros y presentarte a nuestro señor, ya que eres hijo de rey!"

No dejó de aceptar Belukia, y al punto fue transportado por los genn a la residencia de su rey, el rey Sakhr.

Vio una llanura magnífica surcada por canales con lecho de oro y plata; esta llanura, cuyo suelo aparecía cubierto de almizcle y de azafrán, estaba sombreada por árboles artificiales con ramas de esmeralda y frutos de rubíes, y llena de tiendas soberbias de seda verde sostenidas por columnas de oro incrustadas de pedrerías. En medio de esta llanura se alzaba un pabellón más alto que los demás de seda roja y azul, soportado por columnas de esmeraldas y rubíes, y en el cual se encontraba el rey Sakhr, sentado en un trono de oro macizo, teniendo a su diestra a otros reyes con sus vasallos, y a su izquierda a sus visires y a sus lugartenientes, a sus notables y a sus chambelanes.

Cuando estuvo en presencia del rey, Belukia comenzó por besar la tierra entre sus manos, y le cumplimentó. Entonces, el rey Sakhr, con mucha benevolencia, le invitó a sentarse al lado suyo en un sillón de oro. Luego le pidió que le dijese su nombre y le contara su historia Y Belukia le dijo quién era, y le contó toda su historia desde el principio hasta el fin, sin omitir ningún detalle.

Al oír tal relato, el rey Sakhr y cuantos le rodeaban llegaron al límite del asombro. Luego, a una seña del rey, se extendió el mantel para el festín, y los genn de la servidumbre llevaron las bandejas y porcelanas. Las bandejas de oro contenían cincuenta camellos tiernos cocidos y otros cincuenta asados, mientras que las bandejas de plata contenían cincuenta cabezas de carnero, y las frutas, maravillosas de tamaño y calidad, aparecían dispuestas en fila y bien alineadas en las porcelanas. Y cuando estuvo todo listo, comieron y bebieron en abundancia; y terminada la comida, no quedaba en las banjeras ni en las porcelanas la menor señal de los manjares ni de las cosas exquisitas con que se llenaron.

Sólo entonces dijo el rey Sakhr a Belukia: "Sin duda, ¡oh Belukia! ignoras nuestra historia y nuestro origen. Pues, voy a decirte sobre ello algunas palabras, para que a tu regreso entre los hijos de los hombres puedas transmitir a las edades la verdad sobre tales cuestiones, todavía para ellos muy oscuras.


"Has de saber, pues, ¡oh Belukia!...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 362ª noche

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Ella dijo:

"... Has de saber, pues, ¡oh Belukia! que en el principio de tiempos, Alah el Altísimo creó el fuego, y lo guardó en el Globo en siete regiones diferentes, situadas una debajo de otra, cada cual a una distancia de mil años, según medida humana.


"A la primera región del fuego la llamó Gehannam, y su espíritu la destinó a las criaturas rebeldes que no se arrepienten. A la segunda región la llamó Lazy, porque la construyó en forma de sima, y la destinó a todos aquellos que después de la venida futura del profeta Mohamed (¡con él la plegaria y la paz!) persistiesen en sus errores y sus tinieblas y rehusaran hacerse creyentes. Construyó luego la tercera región, y tras de darle la forma de una caldera hirviente, la llamó El-Jahim, y encerró en ella a los demonios Goy y Magoy. Después de lo cual formó la cuarta región, la llamó Sair, e hizo de ella la vivienda de Eblis, jefe de los ángeles rebeldes, que se había negado a reconocer a Adán y saludarle, desobedeciendo así órdenes formales del Altísimo. Luego limitó la quinta región, le dió el nombre de Sakhar, y la reservó, para los impíos, para los embusteros y para los orgullosos. Hecho lo cual, abrió una caverna inmensa, la llenó de aire abrasado y pestilente, la llamó Hitmat, y la destinó para las torturas de judíos y cristianos.

En cuanto a la séptima, llamada Hawya, la reservó para meter allí a los judíos y cristianos que no cupiesen en la anterior, y a los que fueran creyentes más que en apariencia. Estas dos últimas regiones son las más espantosas, mientras que la primera resulta muy soportable. Su estructura es bastante parecida. En Gehannam, la primera, por ejemplo, no se cuentan menos de setenta mil montañas de fuego, cada una de las cuales encierra setenta mil valles; cada valle comprende setenta mil ciudades; cada ciudad, setenta mil torres, cada torre, setenta mil casas, y cada casa, setenta mil bancos. Además, cada uno de bancos, cuyo número puede sacarse multiplicando todas estas cifras contiene setenta mil torturas y suplicios diversos, de los que sólo Alah conoce la variedad, la intensidad y la duración. Y como esta región es la menos ardiente de las siete, puedes formarte una idea ¡oh Belukia! de los tormentos guardados en las otras seis regiones.

"Si te facilito este dato y estas explicaciones acerca del fuego, ¡oh Belukia! se debe a que los genn somos hijos del fuego.

"Porque los dos primeros seres que del fuego creó Alah eran dos genn, de los cuales hizo El su guardia particular, y a quienes llamó Khallet y Mallit; y a uno le dio la forma de un león, y a otro la forma de un lobo. Y al león le dio órganos masculinos y al lobo órganos femeninos.

El miembro del león Khallit tenía una longitud igual a una distancia en cuyo recorrido se tardasen veinte años, y la vulva de Mallit, la loba, tenía la forma de una tortuga, y su tamaño guarda proporción con la longitud del miembro de Khallit. Uno era de color jaspeado con blanco y negro; y la otra era rosada y blanca. Y Alah unió sexualmente a Khallit y a Mallit, y de su cópula hizo nacer dragones, serpientes, escorpiones y animales inmundos, con los que pobló las Siete Regiones para suplicio de los condenados. Luego ordenó Alah a Khallit y a Mallit que copularan por segunda vez, e hizo nacer de este segundo enlazamiento siete machos y siete hembras, que crecieron en la obediencia. Cuando fueron mayores, uno de ellos que hacía concebir las mejores esperanzas en vista de su conducta ejemplar, fue especialmente distinguido por el Altísimo, quien hizo de él el jefe de sus cohortes constituidas por la reproducción incesante del león y la loba.

Su nombre era precisamente Eblis Pero emancipado más tarde de su obediencia a las órdenes de Alah, que le mandaba prosternarse ante Adán, hubo de precipitársele en la cuarta región con todos los que se unieron a él. Y Eblis y su descendencia poblaron de demonios machos y hembras el infierno. En cuanto a los otros seis varones y las otras mujeres, siguieron sumisos, uniéndose entre sí, y tuvieron por hijos a los genn, entre los cuales nos contamos, ¡oh Belukia! Y tal es, en pocas palabras, nuestra genealogía.

No te asombres, pues, al vernos, comer de esta manera, porque nuestro origen está en un león, y en una loba. Para darte una idea de la capacidad de nuestro vientre, te diré que cada uno de nosotros devora en el día diez camellos, veinte carneros, y se bebe cuarenta cucharadas de caldo, advirtiéndote que cada cucharada contiene tanto como un caldero.

"¡Ahora, oh Belukia! para que sea perfecta tu instrucción a tu regreso entre los hijos de los hombres, has de saber que a la tierra que habitamos la están refrescando siempre las nieves del monte Cáucaso, que la rodea cual un cinturón. De no ser así, no podría habitarse nuestra tierra por causa del fuego subterráneo. También está la tal constituída por siete pisos que gravitan sobre los hombros de un genni dotado de una fuerza maravillosa. Este genni está de pie encima de una roca que descansa a lomos de un toro; al toro lo sostiene un pez enorme, y el pez nada en la superficie del Mar de la Eternidad.

"El Mar de la Eternidad tiene por lecho el piso superior del infierno, el cual, con sus siete regiones, está cogido entre las fauces de una serpiente monstruosa que permanecerá quieta hasta el día del Juicio.

"Entonces vomitarán sus fauces el infierno y su contenido en presencia del Altísimo, que dictará sentencia de un modo definitivo. "He aquí ¡oh Belukia!...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 363ª noche

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Ella dijo:

"... He aquí ¡oh Belukia! nuestra historia, nuestro origen y la formación del globo, rápidamente resumidos.

"También debo decirte, para acabar tu instrucción a este respecto, que nuestra edad siempre es la misma; mientras sobre la tierra, a nuestro alrededor, la Naturaleza y los hombres, y los seres creados, todos se encaminan invariablemente hacia la decrepitud, nosotros no envejecemos nunca. Esta virtud se la debemos a la fuente de vida donde bebemos, y de la que es guardián Khizr en la región de las tinieblas. Ese venerable Khizr es quien normaliza las estaciones, engalana con sus coronas verdes a los árboles, hace correr las aguas fugitivas, extiende el tapiz verdeante de las praderas, y revestido por las tardes con su manto verde, funde los tintes ligeros con que se coloran los cielos en el crepúsculo.

"Y ahora, ¡oh Belukia! por haberme escuchado con tanta atención, te recompensaré haciendo que te saquen de aquí y te dejen a la entrada de tu país, siempre que lo desees".

Al oír tales palabras, Belukia dio las gracias con efusión al rey Sakhr, jefe de los genn, por su hospitalidad, por sus lecciones y por su ofrecimiento, que aceptó en seguida. Se despidió, pues, del rey, de sus visires y de los demás genn, y se montó en los hombros de un efrit muy robusto, que en un abrir y cerrar de ojos le hizo atravesar el espacio, y le depositó dulcemente en tierra conocida, cerca de las fronteras del país del joven.

Cuando Belukia se disponía a emprender el camino de su ciudad, una vez conocida la dirección que tenía que seguir, vio sentado entre dos tumbas y llorando con amargura a un joven de belleza perfecta, pero de tez pálida y aspecto muy triste. Se acercó a él, le saludó amistosamente, y le dijo: "¡Oh hermoso joven! ¿Por qué te veo llorando sentado entre estas dos tumbas? ¡Dime a qué obedece ese aire afligido, para que trate de consolarte!"

El joven alzó hacia Belukia su mirada triste, y le dijo con lágrimas en los ojos: "¿Para qué te detienes en tu camino, ¡oh viajero!? ¡Deja correr mis lágrimas en la soledad sobre estas piedras de mi dolor!"

Pero Belukia le dijo: "¡Oh hermano de infortunio, sabe que poseo un corazón compasivo dispuesto a escucharte! ¡Puedes, pues, revelarme sin temor la causa de tu tristeza!" Y se sentó junto a él en el mármol, le cogió las manos con las suyas, y para animarle a hablar le contó su propia historia desde el principio hasta el fin.

Luego, le dijo: "¿Y cuál es tu historia, ¡oh, hermano mío!? ¡Te ruego que me la cuentes cuanto antes, porque presiento que debe ser infinitamente atractiva!"



Historia del hermoso Joven Triste

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El joven de semblante dulce y triste que lloraba entre las dos tumbas dijo entonces al joven rey Belukia:

"Has de saber ¡oh hermano mío! que también soy yo un hijo de rey, y es mi historia tan extraña y tan extraordinaria, que si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección saludable a quien la leyera con simpatía. ¡No quiero, pues, dejar pasar más tiempo sin contártela!"

Calló por algunos instantes, secó sus lágrimas, y con la frente apoyada en la mano, comenzó así esta maravillosa historia:

"Nací, ¡oh hermano mío! en el país de Kabul, donde reina mi padre, el rey Tigmos, jefe de los Bani-Schalán y del Afghanistán. Mi padre, que es un rey muy grande y muy justiciero, tiene bajo su soberanía a siete reyes tributarios, de los cuales cada uno es señor de cien ciudades y de cien fortalezas. Manda, además, mi padre, en cien mil jinetes valerosos y en cien mil bravos guerreros. En cuanto a mi madre, es la hija del rey Bahrawán, soberano del Khorassán. Mi nombre es Janschah.

Desde mi infancia hizo mi padre que se me instruyera en las ciencias, en las artes y en los ejercicios corporales, de modo que a la edad de quince años me contaba yo entre los mejores jinetes del reino, y dirigía las cacerías y las carreras montado en mi caballo, más veloz que el antílope.

Un día entre los días, durante una cacería en la que se encontraban mi padre el rey y todos sus oficiales, después de estar tres días en las selvas y de matar muchas liebres, a la caída de la tarde vi aparecer, a algunos pasos del lugar en que me hallaba con siete de mis mamalik, una gacela de elegancia extremada. Al advertirnos, ella se asustó, y huyó saltando con toda su ligereza. Entonces yo, seguido por mis mamalik, la perseguí durante varias horas; de tal suerte llegamos a un río muy ancho y muy profundo, donde creímos que podríamos cercarla y apoderarnos de ella. Pero tras una corta vacilación, se tiró al agua y empezó a nadar para alcanzar la otra orilla. Y nosotros nos apeamos vivamente de nuestros caballos, los confiamos a uno de los nuestros, nos abalanzamos a una barca de pesca que estaba amarrada allí, y maniobramos con rapidez para dar alcance a la gacela. Pero cuando llegamos a la mitad del río, no pudimos dominar ya nuestra embarcación, que arrastraron a la deriva el viento y la poderosa corriente, en medio de la oscuridad que aumentaba, sin que nuestros esfuerzos pudiesen llevarnos por buen camino. Y de aquel modo fuimos arrastrados durante toda la noche con una rapidez asombrosa, creyendo estrellarnos a cada instante contra alguna roca a flor de agua o cualquier otro obstáculo que se alzase en nuestra ruta forzosa. Y aquella carrera aún duró todo el día y toda la noche siguientes. Y sólo al otro día por la mañana pudimos desembarcar al fin en una tierra a la que nos arrojó la corriente.

Mientras tanto, mi padre, el rey Tigmos, se enteró de nuestra desaparición al preguntar al mameluco que guardaba nuestros caballos. Y cuando recibió semejante noticia, llegó a tal estado de desesperación, rompió en sollozos, tiró al suelo su corona, se mordió de dolor las manos, y envió en seguida por todas partes en busca nuestra emisarios conocedores de aquellas comarcas inexploradas. En cuanto a mi madre, al saber mi desaparición, se abofeteó el rostro, desgarró sus vestidos, se mesó los cabellos y se puso trajes de luto.

Volviendo a nosotros, cuando arribamos a aquella tierra dimos con un hermoso manantial que corría bajo los árboles, y nos encontramos con un hombre que se refrescaba los pies en el agua, sentado tranquilamente. Le saludamos con cortesía y le preguntamos dónde estábamos. Pero sin devolvernos el saludo, nos respondió el hombre con una voz de falsete semejante al graznido de un cuervo o de cualquier otra ave de rapiña...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 364ª noche

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Ella dijo:

... nos respondió el hombre con una voz de falsete semejante al graznido de un cuervo o de cualquier otra ave de rapiña. Luego se levantó de un salto, se partió en dos partes al hacer un movimiento, cortándose por la mitad, y corrió a nosotros con el tronco solamente, mientras su parte inferior corría en dirección distinta. Y en el mismo momento surgieron de todos los puntos de la selva otros hombres semejantes a aquél, los cuales corrieron a la fuente, se partieron en dos partes con un movimiento de retroceso y se avalanzaron a nosotros con su tronco solamente.

Arrojáronse entonces sobre los tres de mis mamalik más próximos a ellos, y se pusieron al punto a devorarlos vivos, mientras que yo y mis otros mamalik nos lanzamos a nuestra barca, y prefiriendo mil veces ser devorados por el agua que devorados por aquellos monstruos, nos dimos prisa a alejarnos de la orilla, dejándonos de nuevo llevar por la corriente.

Y entonces, mientras los troncos devoraban a mis tres desgraciados mamalik, vimos correr por la ribera todas las piernas y nalgas con un galope furioso y desordenado, que nos aterró en nuestra barca, fuera ya de su alcance. Y también nos asombramos mucho del terrible apetito de aquellos troncos cortados por el vientre, y nos preguntamos cómo era posible semejante cosa, deplorando siempre la suerte de nuestros desgraciados compañeros.

Nos impulsó la corriente hasta el siguiente día, y llegamos entonces a una tierra cubierta de árboles frutales y grandes jardines de flores encantadoras. Pero cuando amarramos nuestra barca, no quise echar pie a tierra, y encargué a mis tres mamalik que fuesen primero a inspeccionar el terreno. Así lo hicieron, y después de estar ausentes medio día, volvieron a contarme que habían recorrido una distancia grande, caminando de un lado a otro, sin encontrar nada sospechoso; más tarde habían visto un palacio de mármol blanco, cuyos pabellones eran de cristal puro, y en medio del cual aparecía un jardín magnífico con un lago soberbio; entraron en el palacio y vieron una sala inmensa, donde se alineaban sillones de marfil alrededor de un trono de oro enriquecido con diamantes y rubíes; pero no encontraron a nadie ni en los jardines ni en el palacio.

En vista de un relato tan tranquilizador, me decidí a salir de la barca, y emprendí con ellos el camino del palacio. Empezamos por satisfacer nuestra hambre comiendo las frutas deliciosas de los árboles del jardín, y luego entramos a descansar en el palacio. Yo me senté en el trono de oro y mis mamalik en los sillones de marfil; y aquel espectáculo hubo de recordarnos a mi padre el rey, a mi madre y al trono que perdí, y me eché a llorar; y mis mamalik también lloraron de emoción.

Cuando nos sumíamos en tan tristes recuerdos, oímos un gran ruido semejante al del mar, y enseguida vimos entrar en la sala donde nos hallábamos un cortejo formado por visires, emires, chambelanes y notables; pero pertenecientes todos a la especie de los monos. Los había entre ellos grandes y pequeños. Y creíamos que había llegado nuestro fin. Pero el gran visir de los monos, que pertenecía a la variedad más corpulenta, fue a inclinarse ante nosotros con las más evidentes muestras de respeto, y en lenguaje humano me dijo que él y todo el pueblo me reconocían como a su rey y nombraban jefes de su ejército a mis tres mamalik. Luego, tras de haber hecho que nos sirvieran de comer gacelas asadas, me invitó a pasar revista al ejército de mis súbditos, los monos, antes del combate que debíamos librar con sus antiguos enemigos los ghuls, que habitaban la comarca vecina.

Entonces, yo, como estaba muy fatigado, despedí al gran visir y a los demás, conservando en mi compañía sólo a mis tres mamalik. Después de discutir durante una hora acerca de nuestra nueva situación, resolvimos huir de aquel palacio y de aquella tierra cuanto antes, y nos dirigimos a nuestra embarcación; pero al llegar al río notamos que había desaparecido la barca, y nos vimos obligados a regresar al palacio, donde estuvimos durmiendo hasta la mañana.

Cuando nos despertamos, fue a saludarnos el gran visir de mis nuevos súbditos, y me dijo que todo estaba dispuesto para el combate contra los ghuls. Y al mismo tiempo los demás visires llevaron a la puerta del palacio cuatro perros enormes que debían servirnos de cabalgadura a mí y a mis mamalik, y estaban embridados con cadenas de acero. Y nos vimos obligados yo y mis mamalik a montar en aquellos perros y tomar la delantera, en tanto que a nuestras espaldas, lanzando aullidos y gritos espantosos, nos seguía todo el ejército innumerable de mis súbditos monos capitaneados por mi gran visir.

Al cabo de un día y una noche de marcha, llegamos frente a una alta montaña negra, en la que se encontraban las guardias de los ghuls, los cuales no tardaron en mostrarse. Los había de diferentes formas, a cual más espantables. Unos ostentaban cabeza de buey sobre un cuerpo de camellos, otros parecían hienas, mientras otros tenían un aspecto indescriptible por lo horroroso, y no se asemejaban a nada conocido que permitiera establecer una comparación.

Cuando los ghuls nos vislumbraron, bajaron de la montaña, y parándose a cierta distancia nos abrumaron con una lluvia de piedras. Mis súbditos respondieron del propio modo, y la refriega se hizo terrible por una y otra parte. Armados con nuestros arcos, yo y mis mamalik disparamos a los ghuls una cantidad de flechas, que mataron a un gran número, para júbilo de mis súbditos, a quienes aquel espectáculo llenó de ardor. Así es que acabamos por lograr la victoria, y nos pusimos a perseguir ghuls.

Entonces, yo y mis mamalik determinamos aprovecharnos del desorden de aquella retirada, y montados en nuestros perros, escapar de mis súbditos los monos, poniéndonos en fuga por el lado opuesto, sin que se diesen ellos cuenta; y a galope tendido desaparecimos de su vista.

Después de correr mucho, nos detuvimos para dar un respiro a nuestras cabalgaduras, y vimos enfrente de nosotros una roca grande, tallada en forma de tabla, y en la que aparecía grabada en lengua hebraica una inscripción que decía así:


¡Oh tú, cautivo, a quien arrojó el Destino a esta región para hacer de ti el rey de los monos! Si quieres renunciar a tu realeza por medio de la fuga, dos caminos se abren a tu liberación: uno de estos caminos se halla a tu derecha, y es el que antes te conducirá a orillas del Océano que rodea al mundo; pero cruza por desiertos terribles llenos de monstruos y de genios malhechores. El otro, el de la izquierda, se tarda cuatro meses en recorrerle, y atraviesa un gran valle, que es el Valle de las Hormigas. Si tomas ese camino, resguardándote de las hormigas, irás a parar a una montaña de fuego, al pie de la cual se encuentra la Ciudad de los Judíos. ¡Yo, Soleimán ben-Daúd, escribí esto para tu salvación!


Cuando leímos tal inscripción, llegamos al límite del asombro, y nos apresuramos a emprender el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle de las Hormigas...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 365ª noche

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Ella dijo:

... el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle de las Hormigas. Pero aún no llevábamos una jornada de marcha, cuando sentimos temblar el suelo bajo nuestros pies, y al punto vimos aparecer detrás de nosotros a mis súbditos los monos, que llegaban a toda velocidad con el gran visir a la cabeza. Cuando nos dieron alcance, nos rodearon por todos lados, lanzando aullidos de alegría por habernos encontrado, y el gran visir se hizo intérprete de todos pronunciando una arenga para cumplimentarnos por haber salido con bien.

Aquel encuentro nos contrarió mucho, aunque tuvimos cuidado de ocultarlo e íbamos a emprender de nuevo con mis súbditos el camino de palacio, cuando del valle que en aquel momento atravesábamos vimos salir un ejército de hormigas, cada una de las cuales tenía la corpulencia de un perro. Y en un abrir y cerrar de ojos comenzó una pelea espantable entre mis súbditos y, las hormigas monstruosas, cogiendo con sus patas a los monos y partiéndolos en dos de un golpe, y abalanzándose de diez en diez los monos contra cada hormiga para poder matarla.

En cuanto a nosotros, quisimos aprovecharnos del combate para huir a lomos de nuestros perros; pero desgraciadamente fui yo el único que pude escaparme, porque las hormigas advirtieron a mis tres mamalik y se apoderaron de ellos, partiéndolos en dos con sus garras formidables. Y me salvé, deplorando la pérdida de mis últimos compañeros, y llegué a un río, que atravesé a nado, abandonando mi cabalgadura, y llegué sano y salvo a la otra orilla, donde lo primero que hice fue secar mi ropa; y luego me quedé dormido hasta la mañana, seguro ya de que no me perseguían, pues el río me separaba de las hormigas y de mis súbditos los monos.

Cuando me desperté, eché a andar durante días y días, comiendo plantas y raíces, hasta llegar a la montaña consabida, al pie de la cual vi, efectivamente, una gran ciudad, que era la Ciudad de los Judíos, tal como me lo había indicado la inscripción. Pero me asombró mucho en esta ciudad un detalle del que no hablaba la inscripción, y que noté más tarde; en efecto, hube de comprobar que el río que atravesé a pie enjuto aquel día para llegar a la ciudad estaba lleno de agua todo el resto de la semana; y también supe que aquel río, caudaloso los demás días no llevaba agua el sábado, que es el día de fiesta de los judíos.

Y he aquí que entré en la ciudad aquel día y no vi por las calles a nadie. Me encaminé entonces a la primera casa que encontré en mi camino, abrí la puerta y penetré en ella. Me hallé entonces en una sala donde estaban sentados en corro muchos personajes de aspecto venerable. Entonces, animado por la bondad de sus rostros, me acerqué a ellos respetuosamente, y después del saludo, les dije: "Soy Janschah, hijo del rey Tigmos, señor de Kabul y jefe de los Bani-Schalán. Os ruego ¡oh mis señores! que me digáis a qué distancia estoy de mi país y qué camino debo tomar para llegar a él. ¡Además, tengo hambre!" Entonces me miraron sin contestarme cuantos estaban sentados allí, y el que parecía ser su jeique me dijo por señas solamente y sin pronunciar una palabra: "¡Come y bebe, pero no hables!" Y me mostró una bandeja de manjares asombrosos, que por cierto jamás había yo visto, y que estaban guisados con aceite, a juzgar por el olor. Entonces comí, bebí y guardé silencio.

Cuando hube acabado, se acercó a mí el jeique de los judíos, y me preguntó igualmente por señas: "¿Quién? ¿De dónde? ¿Adónde?" Entonces le pregunté por señas si podía contestar, y tras una señal afirmativa suya seguida de otra que quería decir: ¡No pronuncies más de tres palabras! pregunté: "¿Caravana Kabul, cuándo?"

Me contestó: "¡No lo sé!", siempre sin pronunciar una palabra, y me hizo seña de que me marchara, porque ya había terminado mi comida. Entonces le saludé, como también a todos los circunstantes, y salí, asombrándome en extremo de sus maneras extrañas. Ya en la calle intentaba orientarme, cuando por fin oí a un pregonero público que decía a voces: "¡Quién quiera ganarse mil monedas de oro y poseer una esclava joven de belleza sin igual, que venga conmigo, para efectuar un trabajo de una hora!"

Como yo estaba en la penuria, me acerqué al pregonero, y le dije: "¡Acepto el trabajo, y al mismo tiempo los mil dinares y la esclava joven!" Entonces me cogió de la mano y me llevó a una casa amueblada muy ricamente, en la que estaba sentado en un sillón de ébano un judío viejo, ante el cual se inclinó el pregonero, presentándome, y dijo: "¡He aquí, al fin, a un joven extranjero, que ha sido el único que respondió a mi llamamiento en los tres meses que hace que pregono la cosa!"

Al oír estas palabras, el viejo judío, dueño de la casa. me hizo sentar a su lado, estuvo conmigo muy amable, ordenando que me sirvieran de comer y de beber sin parsimonia, y terminada la comida me dio una bolsa con mil monedas de oro que no eran falsas, a la vez que mandaba a sus esclavas que me pusieran un ropón de seda y me llevaran junto a la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 366ª noche

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Ella dijo:

... la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía.

Entonces, después de haberme puesto el ropón de seda consabido, los esclavos me llevaron a la estancia donde me esperaba la joven, que debía ser virgen, según afirmación del viejo judío. Y me encontré, en efecto, con una joven muy bella, en cuya compañía me dejaron solo para pasar la noche. Y al punto me acosté con ella y la encontré perfecta en verdad.

Tres días y tres noches pasé con ella, comiendo y bebiendo y haciendo lo que tenía que hacer, y a la mañana del cuarto día el anciano hizo que me llamaran, y me dijo: "¿Estás ahora dispuesto a ejecutar el trabajo que te he pagado y que de antemano aceptaste?"

Declaré que estaba dispuesto a prestarme a aquel trabajo, sin saber de qué se trataba.

Entonces el viejo judío ordenó a sus esclavos que enjaezaran y llevaran dos mulas; y los esclavos llevaron dos mulas enjaezadas. Montó en una él y yo en otra, y me dijo que le siguiera. Ibamos a buen paso, y de tal suerte caminamos hasta mediodía, hora en la que llegamos al pie de una alta montaña cortada a pico, y en cuyas laderas no se veía ningún sendero por donde pudiese aventurarse un hombre o una cabalgadura cualquiera. Echamos pie a tierra, y el viejo judío me tendió un cuchillo, diciéndome: "¡Clávalo en el vientre de tu mula! ¡Ha llegado el momento de empezar a trabajar!" Yo obedecí y clavé el cuchillo en el vientre de la mula, que no tardó en sucumbir; luego, por orden del judío, desollé al animal y limpié la piel. Entonces mi interlocutor me dijo: "Tienes que echarte ahora encima de esa piel, para que yo la cosa contigo dentro como si estuvieras en un saco". Y obedecí asimismo, y me eché encima de la piel, la cual cosió el anciano cuidadosamente conmigo dentro; luego me dijo: "¡Escucha bien mis palabras! De un instante a otro se arrojará sobre ti un pájaro enorme y te cogerá para llevarte a su nido, que está situado en la cima de esta montaña escarpada. Ten mucho cuidado de no moverte cuando te sientas transportado por los aires, porque te soltaría el pájaro y te estrellarías al caer al suelo; pero cuando te haya dejado en la montaña, corta la piel con el cuchillo que te di y sal del saco. El pájaro se asustará y no te hará nada. Entonces has de recoger las piedras preciosas de que está cubierta la cima de esta montaña y me las arrojas. Hecho lo cual, bajarás a reunirte conmigo".

Y he aquí que apenas había acabado de hablar el viejo judío, me sentí transportado por los aires, y al cabo de algunos instantes me dejaron en el suelo. Entonces corté con mi cuchillo el saco y asomé por la abertura mi cabeza. Aquello asustó al pájaro monstruoso, que huyó volando a toda prisa. Yo me puse entonces a recoger rubíes, esmeraldas y demás piedras preciosas que cubrían el suelo, y se las arrojé al viejo judío. Pero cuando quise bajar advertí que no había ni un sendero donde poner el pie, y vi que el viejo judío montaba en su mula después de recoger las piedras, y se alejaba rápidamente hasta desaparecer de mi vista.

Entonces, en el límite de la desesperación, lloré mi destino y pensando hacia qué lado me convendría más encaminarme, eché a andar todo derecho delante de mí y a la ventura, errando de tal suerte dos meses hasta llegar al final de la cadena de montañas, a la entrada de un valle magnífico, en el que los arroyos, los árboles y las flores glorificaban al Creador entre gorjeos de pájaros.

Allí vi un inmenso palacio que se elevaba a gran altura por los aires y hacia el cual me encaminé. Llegué a la puerta, donde hallé sentado en el banco del zaguán a un anciano cuyo rostro brillaba de luz. Tenía en la mano un cetro de rubíes y llevaba en la cabeza una corona de diamantes. Le saludé y me devolvió el saludo con amabilidad, y me dijo: "¿Siéntate junto a mí, hijo mío!" Y cuando me senté, me preguntó: "¿De dónde vienes a esta tierra que nunca holló la planta de un adamita?" ¿Y adónde te propones ir?"

Por toda respuesta estallé en sollozos, y se diría que me iba a ahogar el llanto. Entonces me dijo el anciano: "Cesa de llorar así, hijo mío, porque me encoges el corazón. Ten valor y empieza por reanimarte comiendo y bebiendo". Y me introdujo en una vasta sala, dándome de comer y de beber. Y cuando me vio en mejor estado de ánimo, me rogó que le contase mi historia, y satisfice su deseo, y a mi vez le rogué que me dijese quién era y a quién pertenecía aquel palacio. Me contestó: "Sabe, hijo mío, que este palacio fue construido antaño por nuestro señor Soleimán, de quien soy representante para gobernar a las aves. Cada año vienen aquí a rendirme pleitesía todas las aves de la tierra. Si deseas regresar a tu país, te recomendaré a ellas la primera vez que vengan a recibir órdenes mías, y te transportarán a tu país. En tanto, para matar el tiempo hasta que lleguen, puedes circular por todo este inmenso palacio, y puedes entrar en todas las salas, con excepción de una sola, la que se abre con la llave de oro que ves entre todas estas llaves que te doy".

Y el anciano gobernador de las aves me entregó las llaves y me dejó en completa libertad.

Empecé por visitar las salas que daban al patio principal del palacio; luego penetré en las otras estancias, que estaban todas arregladas para que sirvieran de jaulas a las aves, y de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 367ª noche

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Ella dijo:

... de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro, y permanecí largo tiempo mirándola, sin osar ni siquiera tocarla con la mano en vista de la prohibición que me hizo el anciano; pero al cabo no pude resistir a la tentación que colmaba mi alma, metí la llave de oro en la cerradura, abrí la puerta y presa del temor penetré en el lugar prohibido.

Pero, lejos de tener ante los ojos un espectáculo asombroso, vi, primeramente, en medio de un pabellón con el piso incrustado de pedrerías de todos colores, un estanque de plata rodeado de pájaros de oro que echaban agua por el pico, con un ruido tan maravilloso, que creí oír los trinos de cada uno de ellos resonar melodiosamente contra las paredes de plata. Había en torno al estanque, divididos por clases, cuadros de flores de suaves perfumes que casaban sus colores con los de las frutas de que estaban cargados los árboles que esparcían sobre el agua su frescura asombrosa. La arena que yo hallaba era polvo de esmeralda y diamante, y se extendía hasta las gradas de un trono que se alzaba enfrente del estanque maravilloso. Estaba hecho aquel trono con un solo rubí, cuyas facetas reflejaban en el jardín el rojo de sus rayos fríos, que iluminaban el agua con un brillo de pedrerías.

Me detuve extático ante cosas tan sencillas nacidas de la unión pura de los elementos; luego fui a sentarme en el trono de rubí, que aparecía coronado por un dosel de seda roja, y cerré los ojos un instante para que penetrara mejor aquella fresca visión en mi alma entusiasmada.

Cuando abrí los ojos vi que se adelantaban hacia el estanque, sacudiendo sus plumas blancas, tres elegantes palomas que iban a darse un baño. Saltaron con gracia el ancho borde del estanque de plata, y después de abrazarse y hacerse mil caricias encantadoras, ¡oh mis ojos maravillados! las vi arrojar lejos de sí su virginal manto de plumas y aparecer en una desnudez de jazmín, con el aspecto de tres jóvenes bellas como lunas. Y al punto se sumergieron en el estanque para entregarse a mil juegos y mil locuras, ora desapareciendo, ora reapareciendo entre remolinos brillantes, para volver a desaparecer riendo a carcajadas, mientras sólo sus cabelleras flotaban sobre el agua, sueltas en un vuelo de llama.

Ante tal espectáculo, ¡oh hermano Belukia! sentí que mi corazón nadaba en mi cerebro y trataba de abandonarlo. Y como no podía contener mi emoción, corrí enloquecido hacia el estanque y grité: "¡Oh, jóvenes; oh, lunas, oh, soberanas!"

Cuando me vislumbraron las jóvenes lanzaron un grito de terror, y saliendo del agua con ligereza, corrieron a coger sus mantos de plumas, que echaron sobre su desnudez, y volaron al árbol más alto entre los que daban sombra a la pila, y se echaron a reír mirándome.

Entonces me acerqué al árbol, levanté hacia ellas los ojos, y les dije: "¡Oh, soberanas, os ruego que me digáis quiénes sois! ¡Yo soy Janschah, hijo del rey Tigmos, soberano de Kabul y jefe de los Bani-Schalán!" Entonces la más joven de las tres, precisamente aquella cuyos encantos habíanme impresionado más, me dijo: "Somos las hijas del rey Nassr, que habita en el palacio de los diamantes. Venimos aquí para dar un paseo y con el sólo fin de distraernos".

Dije: "En ese caso, ¡oh mi señora! ten compasión de mí y baja a completar el juego conmigo".

Ella me dijo: "¿Y desde cuándo pueden las jóvenes jugar con los jóvenes, ¡oh Janschah!? ¡Pero si deseas absolutamente conocerme mejor, no tienes más que seguirme al palacio de mi padre!" Y habiendo dicho estas palabras, me lanzó una mirada que me penetró el hígado, y emprendió el vuelo en compañía de sus dos hermanas hasta que la perdí de vista.

Al ver aquello, en el límite ya de la desesperación, di un grito agudo y caí desmayado bajo el árbol.

No sé cuánto tiempo permanecí echado de aquel modo; pero cuando volví en mí, el anciano gobernador de las aves estaba a mi lado y me rociaba el rostro con agua de flores. Cuando me vio abrir los ojos, me dijo: "¡Ya ves, hijo mío, lo que te ha costado desobedecerme! ¿No te prohibí que abrieras la puerta de este pabellón?"

Yo, por toda respuesta, me limité a prorrumpir en sollozos, y luego improvisé estos versos:


¡Ha arrebatado mi corazón una esbelta joven de cuerpo armonioso!


¡Arrebatador es su talle entre todos los talles! ¡Cuando sonríe, sus labios excitan los celos de las rosas y los rubíes!


¡Su cabellera oscila por encima de su hermosa grupa redonda!


¡Las flechas que disparan los arcos de sus pestañas dan en el blanco, aun desde lejos, y hacen heridas incurables!


¡Oh belleza suya! ¡no tienes rival y borras las bellezas todas de la India!


Cuando acabé de recitar estos versos, me dijo el anciano: "Comprendo lo que te ha sucedido. Viste a las jóvenes vestidas de palomas, que algunas veces vienen a darse un baño aquí". Yo exclamé: "Las vi, padre mío, y te ruego que me digas dónde se halla el palacio de los diamantes, en que habitan con su padre el rey Nassr".

Contestó: "No hay para qué pensar en ir allí, hijo mío, pues el rey Nassr es uno de los jefes más poderosos de la genn, y dudo mucho que te diera en matrimonio a una de sus hijas. Ocúpate, pues, de preparar tu regreso a tu país. Yo mismo te facilitaré la tarea recomendándote a las aves que enseguida van a venir a presentarme sus respetos, y que te servirán de guías". Contesté: "¡Te doy las gracias, padre mío; pero renuncio a regresar al lado de mis padres, si no debo volver ya a ver a la joven que me habló!" Y al decir estas palabras me arrojé a los pies del anciano llorando, y le supliqué que me indicara el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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