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Pero cuando llegó la 368ª noche

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Ella dijo:

... el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas. Entonces el anciano me tendió la mano, me levantó y me dijo: "Veo que tu corazón está consumido de pasión por la joven, y voy a indicarte el medio de volver a verla. Vas a ocultarte detrás de los árboles y a esperar pacientemente la vuelta de las palomas. Las dejarás desnudarse y meterse en el estanque, y entonces te precipitarás de repente sobre sus mantas de plumas y te apoderarás de ellas.

Entonces verás cómo dulcifican contigo su lenguaje; se acercarán a ti, te harán mil caricias y te suplicarán, con palabras extremadamente gentiles, que les devuelvas sus plumas. Pero guárdate bien de dejarte conmover, porque entonces acabarían por siempre para ti las jóvenes. Por el contrario, rehusa enérgicamente devolvérselas, y diles: "¡Os daré de buen grado vuestros mantos, pero no sin que venga el jeique!" Y efectivamente, esperarás mi regreso entreteniéndolas con galanterías; ¡y yo encontraré el medio de que las cosas se tornen favorables para ti!"

Al oír estas palabras, dí muchas gracias al venerable gobernador de las aves, y enseguida corrí a ocultarme detrás de los árboles, en tanto que se retiraba él a su pabellón para recibir a sus súbditos.

Permanecí bastante tiempo esperando la llegada de las tres palomas. Al fin oí un batir de alas y risas aéreas, y vi que las tres palomas se posaban en el borde del estanque y miraban a derecha y a izquierda para enterarse de si no las observaba nadie. Luego, la que me había hablado se encaró con las otras dos, y les dijo: "¿No creéis, hermanas mías, que puede estar escondido alguien en el jardín? ¿Qué habrá sido del joven a quien vimos?"

Pero le dijeron sus hermanas: "¡Oh Schamsa, no te preocupes por eso y date prisa a hacer como nosotras!" Y las tres se despojaron de sus plumas entonces, y se sumergieron en el agua para entregarse enseguida a mil locos juegos, blancas y desnudas cual la plata virgen. Y creí ver tres lunas reflejadas en el agua.

Esperé a que hubiesen nadado hasta la mitad del estanque, y me erguí sobre ambos pies para ponerme de pronto en movimiento con la rapidez del rayo y apoderarme del manto de la joven a quien amaba. Y respondieron a mi ademán raptor tres gritos de espanto, y vi que las jóvenes, avergonzadas por haber sido sorprendidas en sus retozos, se sumergían enteramente, sin dejar fuera del agua más que la cabeza, y corrían hacia mí lanzándome miradas llorosas. Pero seguro entonces de tenerlas a mi arbitrio, me eché a reír, retrocediendo del borde del estanque y ostentando el manto de plumas con aire victorioso.

Al ver aquello, la joven que me había hablado la primera vez, y cuyo nombre era Schamsa, me dijo: "¿Cómo te atreves ¡oh joven! a apoderarte de lo que no te pertenece?" Yo contesté: "¡Oh paloma mía, sal del baño y ven a conversar conmigo!" Ella dijo: "Bien quisiera conversar contigo, ¡oh hermoso joven! pero estoy completamente desnuda y no puedo salir así del baño. ¡Devuélveme mi manto y te prometo salir del agua para distraerme contigo, y hasta te dejaré que me acaricies y me beses cuanto quieras!" Yo dije: "¡Oh, luz de mis ojos, eh dueña mía, oh soberana de belleza, oh fruto de mi hígado! ¡Si te devolviera tu manto, sería como darme la muerte con mi propia mano! ¡No puedo, pues, hacerlo, por lo menos mientras no llegue mi amigo el jeique, gobernador de las aves!" Ella me dijo: "Entonces, puesto que no cogiste más que mi manto, aléjate un poco y vuelve la cabeza a otro lado para dejarme salir del baño y dar tiempo a que se cubran mis hermanas; ¡y para ocultar lo más esencial, me prestarán ellas entonces algunas de sus plumas!" Yo dije: "¡Eso sí, puedo hacerlo!" Y me alejé y me puse detrás del trono de rubí.

Entonces salieron primeramente las dos hermanas mayores y se pusieron con presteza sus mantos; luego arrancaron algunas de las plumas finas e hicieron con ellas una especie de mandilillo; después ayudaron a salir a su vez del agua a su hermana pequeña, la taparon con aquel mandil lo más esencial y me dijeron: "¡Ya puedes venir!" Y yo corrí a presentarme ante aquellas gacelas, y me eché a los pies de la amable Schamsa y le besé los pies, siempre sujetando con fuerza su manto para que no lo cogiese y emprendiese el vuelo. Entonces me hizo ella levantarme, y empezó a decirme mil palabras gentiles y a hacerme mil caricias para decidirme a que le devolviese su manto; pero me guardé mucho de ceder a sus deseos, y logré arrastrarla hacia el trono de rubí, donde me senté colocándola sobre mis rodillas.

Entonces, al ver ella que no podía escaparse, se decidió por fin a corresponder a mis deseos, y me rodeó el cuello con sus brazos, y me devolvió beso por beso y caricia por caricia, en tanto que nos sonreían sus hermanas, mirando a todos lados para ver si llegaba alguien.

Mientras estábamos de aquella manera, mi protector el jeique abrió la puerta y entró. Entonces, nos levantamos en honor suyo, nos adelantamos a recibirle, y le besamos las manos respetuosamente. Nos rogó él entonces que nos sentáramos, y encarándose con la amable Schamsa, le dijo: "Estoy encantado, hija mía, de la elección que has hecho correspondiendo a este joven que te ama con locura. ¡Porque has de saber que pertenece a un linaje ilustre! Su padre es el rey Tigmos, señor del Afghanistán. ¡Harás bien, pues, al aceptar esa alianza y al decidir igualmente a tu padre el rey Nassr para que otorgue su consentimiento!"

Ella contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Entonces le dijo el jeique: "Si verdaderamente aceptas esa alianza, ¡júrame y prométeme ser fiel a tu esposo y no abandonarle nunca!" Y la bella Schamsa se levantó al punto y prestó el consabido juramento entre las manos del venerable jeique. Entonces nos dijo él: "Demos gracias al Altísimo por vuestra unión, hijos míos. ¡Y ya podéis ser dichosos! ¡He aquí que invoco la bendición para vosotros! Ahora podéis amaros libremente. ¡Y tú, Janschah, devuélvele su manto pues no ha de dejarte!"

Y dichas estas palabras, el jeique nos introdujo en una sala, donde había colchones cubiertos con tapices, y también fuentes llenas de hermosas frutas y otras cosas exquisitas. Y tras de rogar a sus hermanas que la precedieran en su vuelta al palacio de su padre para anunciarle su matrimonio y prevenirle de su regreso en mi compañía, Schamsa estuvo extremadamente amable, y quiso mondarme ella misma las frutas y repartirlas conmigo. Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 369ª noche

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Ella dijo:

... Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo.

Por la mañana fué Schamsa quien se puso primero en pie. Vistióse con su manto de plumas, me despertó, me besó entre los dos ojos, y me dijo: "Ya es hora de que vayamos al palacio de los diamantes a ver a mi padre el rey Nassr. ¡Vístete, pues, cuanto antes!" Obedecí en seguida, y cuando estuve dispuesto, fuimos a besar las manos del jeique gobernador de las aves y le dimos muchas gracias. Entonces me dijo Schamsa: "¡Ahora súbete en mis hombros y sostente bien, porque el viaje será un poco largo, aunque me propongo hacerlo a toda velocidad!" Y me tomó en sus hombros, y después de tributar a nuestro protector las últimas despedidas, me transportó por los aires con la rapidez del rayo, y al poco tiempo me dejó en tierra a alguna distancia de la entrada al palacio de los diamantes. Y desde allí nos encaminamos tranquilamente hacia el palacio, mientras corrían a anunciar nuestra llegada los genn servidores que había instalado el rey por aquellos sitios.

El rey Nassr, padre de Schamsa y, señor de los genn, experimentó una inmensa alegría al verme; me cogió en brazos y me oprimió contra su pecho. Luego ordenó que me vistieran con un magnífico ropón de honor, me puso en la cabeza una corona tallada en un solo diamante, me condujo después a la presencia de la reina, madre de mi esposa, la cual reina me manifestó su júbilo y felicitó a su hija por la elección que de mi persona hizo. Y regaló más tarde a su hija una cantidad enorme de pedrerías, pues el palacio estaba lleno de ellas; y ordenó que a ambos nos llevaran al hammam, en donde nos lavaron y perfumaron con agua de rosas, almizcle, ámbar y aceites aromáticos, que nos refrescaron maravillosamente. Tras de lo cual se dieron en honor nuestro festines que duraron treinta días y treinta noches consecutivas.

Entonces manifesté mis deseos de presentar a mi vez mi esposa a mis padres en mi país. Y aunque muy apenados por tener que separarse de su hija, el rey y la reina aprobaron mi proyecto, pero me hicieron prometer que todos los años iríamos a pasar con ellos una temporada. Después hizo el rey construir un trono de tal magnificencia y tal tamaño, que en sus peldaños podía contener doscientos genios varones y doscientos genios hembras. Subimos al trono los dos, y los cuatrocientos genios de ambos sexos, que se hallaban allí para servirnos, se pusieron de pie en las gradas, mientras actuaban de portadores todo un ejército compuesto por otros genios. Cuando nos despedimos por última vez los portadores se elevaron por los aires con el trono, y empezaron a recorrer el espacio con tanta rapidez, que en dos días hiceron un trayecto de dos años de marcha. Y llegamos sin incidentes al palacio de mi padre en Kabul.

Cuando mi padre y mi madre me vieron llegar después de una ausencia que les había hecho perder toda esperanza de encontrarme, y cuando contemplaron a mi esposa y supieron quién era y en qué circunstancias me case con ella, llegaron al límite de la alegría y lloraron mucho besándome y besando a mi muy amada Schamsa. Y tanto se conmovió mi pobre madre, que cayó desvanecida y no volvió en sí más que gracias al agua de rosas que llevaba en un frasco grande mi esposa Schamsa.

Después de todos los festines y todos los regocijos que se organizaron con motivo de nuestra llegada y de nuestros esponsales, mi padre preguntó a Schamsa: "¿Qué quieres que haga para agradarte, hija mía?"

Y Schamsa, que tenía gustos muy modestos, contestó: "¡Oh rey afortunado! Solamente anhelo tener para nosotros dos un pabellón en medio de un jardín regado por arroyos". Y al punto dió mi padre el rey las órdenes necesarias, y al cabo de un corto espacio de tiempo tuvimos nuestro pabellón y nuestro jardín, donde vivimos en el límite de la felicidad.

Pasado de tal suerte un año en un mar de delicias, mi esposa Schamsa quiso volver al palacio de los diamantes para ver de nuevo a su padre y a su madre, y me recordó la promesa que les hice de ir todos los años a pasar con ellos una temporada. No quise contrariarla, porque la amaba mucho; pero ¡ay! la desgracia debía abatirse sobre nosotros por causa de aquel maldito viaje.

Nos colocamos, pues, en el trono llevado por nuestros genios servidores, y viajamos a gran velocidad, recorriendo cada día una distancia de un mes de camino, y deteniéndonos por las tardes para descansar cerca de algún manantial o a la sombra de los árboles. Y he aquí que un día hicimos alto precisamente en este sitio para pasar la noche, y mi esposa Schamsa quiso ir a bañarse en el agua de ese río que corre ante nosotros. Me esforcé cuanto pude por disuadirla, hablándole del fresco excesivo de la tarde y de los perjuicios que la podría ocasionar; no quiso escucharme, y se llevó en su compañía a algunas de sus esclavas para que se bañaran con ella. Se desnudaron en la ribera y se metieron en el agua, donde Schamsa parecía la luna al salir en medio de un cortejo de estrellas. Estaban retozando y jugando entre sí, cuando de repente Schamsa lanzó un grito de dolor y cayó en brazos de sus esclavas, que se apresuraron a sacarla del agua y llevarla a la orilla. Pero cuando quise hablarle y cuidarla, ya estaba muerta. Y las esclavas me enseñaron en el talón de mi esposa una mordedura de serpiente acuática.

Ante aquel espectáculo, caí desmayado, y permanecí en tal estado tanto tiempo que me creyeron muerto también. Pero ¡ay! hube de sobrevivir a Schamsa para llorar por ella y erigirle esta tumba que ves. En cuanto a la otra tumba, es la mía propia, que hice construir junto a la de mi pobre bienamada. ¡Y dejo transcurrir mi vida ahora entre lágrimas y recuerdos crueles, esperando el momento de dormir al lado dé mi esposa Schamsa, lejos de mi reino, al que renuncié, lejos del mundo, que es para mí un desierto horrible, en este asilo solitario de la muerte!"

Cuando el hermoso joven triste acabó de contar su historia a Belukia, escondió el rostro entre sus manos y se echó a llorar. Entonces le dijo Belukia: "¡Por Alah, oh hermano mío! tu historia es tan asombrosa y tan extraordinaria, que olvidé mis propias aventuras, aunque las creía prodigiosas entre todas las aventuras! ¡Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma!...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló.



Pero cuando llegó la 370ª noche

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Ella dijo:

"¡... Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma!"

Estuvo con él una hora todavía, tratando de decidirle a que le acompañara a su reino para cambiar de aires y horizontes; pero fue en vano. Entonces vióse obligado a abandonarle para no importunarle, y después que le abrazó y le dijo aún algunas palabras de consuelo, emprendió de nuevo el camino de su ciudad, a la que llegó sin incidentes tras una ausencia de cinco años.

¡Y desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas!

Y como ahora te hallas aquí tú, ¡oh Hassib! olvidaré completamente a aquel joven rey Belulcia, a quien esperaba volver a ver por acá un día u otro. ¡Tú, al menos, no me abandonarás tan pronto, porque pienso retenerte en mi compañía largos años, sin dejarte carecer de nada para persuadirte a que accedas! ¡Por cierto que todavía he de contarte tantas historias asombrosas, que la del rey Belukia y del hermoso joven triste parecerán simples aventuras corrientes! ¡Y para darte desde ahora una prueba de que te quiero bien por haberme escuchado todo este tiempo con tanta atención, he aquí que mis mujeres van a servirnos de comer y beber, y van a cantar para deleitarnos, y nos van a aligerar el espíritu hasta que llegue la mañana!"

Cuando la reina Yamlika, princesa subterránea, hubo acabado de contar al joven Hassib, hijo del sabio Danial, la historia de Belukia y la del hermoso joven triste, y cuando el festín, y los cantos, y las danzas de las mujeres serpientes llegaron a su término, se levantó la sesión y se formó el cortejo para volver a la otra residencia. Pero el joven Hassib, que amaba en extremo a su madre y a su esposa, dijo: "¡Oh reina Yamlika! ¡no soy más que un pobre leñador, y me ofreces aquí una vida llena de delicias; pero en mi casa me esperan una madre y una esposa! Y no puedo ¡por Alah! dejar que me esperen más tiempo sumidas en la desesperación que las producirá mi ausencia. Permíteme, pues, que regrese junto a ellas, porque si no morirían de dolor. ¡Y créeme que en verdad sentiré toda mi vida no haber podido escuchar las demás historias con que tenías la intención de deleitarme durante mi estancia en tu reino!"

Al oír estas palabras, la reina Yamlika comprendió que estaba justificado el motivo de la partida de Hassib, y le dijo: "Consiento ¡oh Hassib! en dejarte regresar junto a tu madre y esposa, aunque me cuesta mucho trabajo separarme de un auditor tan atento como tú. Solamente exijo de ti un juramento, sin el cual me será imposible dejarte partir. Vas a prometerme no ir nunca en lo sucesivo a tomar un baño en el hammam durante toda tu vida. De lo contrario, llegará tu perdición. ¡Por el momento no puedo ser más explícita!"

El joven Hassib, a quien tal petición asombraba en extremo, no quiso contrariar a la reina Yamlika, y prestó el juramento consabido, en el cual prometía no ir en toda su vida a tomar un baño en el hammam. Entonces, después de las despedidas, la reina Yamlika hizo que una de sus mujeres serpientes le acompañara hasta los confines del reino, del que se salía por una abertura escondida en una casa ruinosa que estaba enclavada en el lado opuesto al paraje donde se hallaba el agujero por el cual pudo penetrar Hassib en la residencia subterránea.

Amarilleaba el sol cuando Hassib llegó a su calle y llamó a la puerta de su casa, fué a abrir su madre, y al conocerle lanzó un grito agudo y se arrojó en sus brazos llorando de alegría. Y su esposa, por su parte, al oír el grito y los sollozos de la madre, corrió a la puerta, le reconoció también y le saludó respetuosamente besándole las manos. Después de lo cual entraron en la casa y se entregaron con libertad a los más vivos transportes de júbilo.

Cuando estuvieron un poco calmados, Hassib les pidió noticias de sus antiguos camaradas los leñadores que le habían abandonado en la cueva de la miel. Su madre le contó que fueron a darle la mala nueva de su muerte entre los dientes de un lobo, y que se habían hecho ricos mercaderes y propietarios de muchos bienes y de hermosas tiendas, viendo a diario dilátarse cada vez más el mundo ante sus ojos.

Entonces Hassib reflexionó un instante, y dijo a su madre: "¡Mañana irás a buscarles al zoco, y cuando estén reunidos, les anunciarás mi regreso, diciéndoles que tendré mucho gusto en verles!" Así es que al día siguiente la madre de Hassib no dejó de hacer el encargo, y al saber la noticia, los leñadores cambiaron de color y contestaron escuchando y obedeciendo en lo concerniente a la visita de bienvenida. Luego se concertaron entre sí y resolvieron arreglar el asunto lo mejor posible. Empezaron por regalar a la madre de Hassib sedas hermosas y hermosas telas, y la acompañaron a la casa, aviniéndose a entregar a Hassib cada uno la mitad de las riquezas, esclavas y propiedades que tenían en su poder.

Al llegar a la presencia de Hassib, le saludaron y le besaron las manos, ofreciéndole todo aquello y rogándole que lo, aceptara y olvidara sus yerros para con él. Y Hassib no quiso guardarles rencor, aceptó sus ofrecimientos, y les dijo: "¡Lo pasado, pasado. Y ninguna preocupación puede impedir que suceda lo que ha de suceder!" Entonces se despidieron de él, asegurándole su gratitud, y Hassib se convirtió desde aquel día en un hombre rico, y se estableció como mercader en el zoco, abriendo una tienda que llegó a ser la más hermosa entre todas las tiendas.

Un día que iba a su tienda, como de costumbre, pasó por delante del hammam, situado a la entrada del zoco. Y he aquí que el propielario del hammam estaba precisamente tomando el aire a la puerta, y al reconocer a Hassib, le saludó y le dijo: "Hazme el honor de entrar un mi establecimiento. Nunca te he tenido ni una sola vez como cliente. ¡Pero hoy quiero que vengas solamente para complacerme, y los maisajistas te frotarán con un guante nuevo de crin y te enjabonarán con filamentos de lifa, que no ha usado nadie!" Pero contestó Hassib, que se acordaba de su juramento: "No, ¡por Alah! no puedo aceptar tu ofrecimiento ¡oh jeique! ¡porque hice voto de no entrar nunca en el hammam!...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 371ª noche

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Ella dijo:

"... porque hice voto de no entrar nunca en el hammam". Al oír tales palabras, el dueño del hammam, que no podía creer en semejante juramento, ya que ningún hombre puede, a trueque de morir, dejar de tomar baños cuantas veces se acerca sexualmente a su esposa, exclamó: "¿Por qué rehusas, ¡oh mi señor!?" ¡Pues, ¡por Alah! te juro a mi vez que si persistes en tu resolución iré inmediatamente a divorciarme de mis tres esposas! ¡Lo juro tres veces por el divorcio!" Pero como a pesar del juramento tan grave que acababa de oír, Hassib se obstinaba en no aceptar, el propietario del hammam se echó a sus pies; suplicándole que no le obligara a cumplir su juramento; y le besó los pies llorando, y le dijo: "¡Pongo sobre mi cabeza la responsabilidad de tu acto y todas sus consecuencias!"

Y al enterarse de qué se trataba al oír el juramento del divorcio, los transeúntes que habíanse agrupado en torno suyo se pusieron asimismo a suplicar a Hassib que no ocasionara sin más ni más la desdicha de un hombre que le ofrecía un baño gratuito. Luego como vieran la inutilidad de sus palabras, se decidieron todos a emplear la fuerza, apoderándose de Hassib y llevándole, a pesar de sus gritos terribles, al interior del hammam, donde le despojaron de su ropa, le echaron todos a la vez sobre el cuerpo el agua de veinte o treinta jofainas, le friccionaron, le dieron masaje, le enjabonaron, le secaron y le envolvieron el cuerpo en toallas calientes y le pusieron en la cabeza un pañuelo grande festoneado y bordado. Luego el dueño del hammam, en el límite de la alegría por verse desligado de su juramento, llevó a Hassib una taza de sorbete perfumado con ámbar, y le dijo: "¡Séate leve y bendito el baño! ¡Que te refresque esta bebida como me has refrescado tú!" Pero Hassib, a quien todo aquello aterraba cada vez más, no sabía si rehusar o aceptar esta última invitación, e iba a responder, cuando de pronto invadieron el hammam los guardias del rey, que se precipitaron sobre el joven, apoderándose de él tal y como estaba con su atavío de baño, y a pesar de sus protestas y su resistencia lo llevaron al palacio del rey, y lo pusieron entre las manos del gran visir, que los esperaba a la puerta con la mayor impaciencia.

Al ver a Hassib, el gran visir tuvo una alegría extremada, le recibió con las señales más notorias de respeto, y le rogó que le acompañase a la presencia del rey. Y resuelto ya a dejar correr su destino, Hassib siguió al gran visir, que le introdujo, para presentarle al rey, en una sala donde se alineaban por orden jerárquico dos mil gobernadores de provincia, dos mil jefes militares y dos mil portaalfanjes, que no esperaban más que un signo para hacer volar las cabezas. En cuanto al rey, estaba acostado en amplio lecho de oro y parecía dormir, con la cabeza y el rostro cubiertos por un pañuelo de seda.

Al ver todo aquello, el aterrado Hassib se sintió morir y cayó al pie del lecho, protestando públicamente de su inocencia. Pero el gran visir se apresuró a levantarle con toda clase de respetos, y le dijo: "¡Oh hijo de Danial, esperamos de ti que salves a nuestro rey Karazdan! ¡Una lepra, que hasta ahora no tuvo remedio, le cubre el rostro y el cuerpo! ¡Y hemos pensado en ti para que le cures, ya que eres hijo del sabio Danial!" Y todos los circunstantes, gobernadores, chambelanes y portaalfanjes, gritaron a la vez: "¡Sólo de ti esperamos la curación del rey Karazdán!"

Al oír estas palabras, se dijo el asustado Hassib: "¡Por Alah! ¡me toman por un sabio!" Luego dijo al gran visir: "En verdad que soy el hijo de Danial! ¡Pero no soy más que un ignorante! Me llevaron a la escuela y no aprendí en ella nada; quisieron enseñarme la medicina, pero al cabo de un mes renunciaron a ello al ver la mala calidad de mi entendimiento. Y como último recurso, mi madre me compró un asno y cuerdas, e hizo de mí un leñador: ¡Y eso es todo lo que sé!"

Pero el visir le dijo: "Es inútil, ¡oh hijo de Danial! que sigas ocultando tus conocimientos. ¡Demasiado sabemos que aunque recorriéramos el Oriente y el Occidente, no encontraríamos quien te igualase como médico!" Aterrado, dijo Hassib: "Pero ¡oh visir lleno de sabiduría! ¿cómo podré curarle si no conozco las enfermedades ni los remedios?" El visir añadió: "Vamos, joven, es inútil negar más. ¡Todos sabemos que la curación del rey está en tus manos!" Hassib alzó al cielo las manos y preguntó: "¿Cómo es eso?" El visir dijo: "¡Muy sencillo! ¡Puedes obtener esa curación porque conoces a la princesa subterránea, la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas o empleada como díctamo, cura las enfermedades más incurables...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 372ª noche

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Ella dijo:

"... la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas o empleada como díctamo, cura las enfermedades más incurables!"

Al oír tales palabras, comprendió Hassib que aquellos informes provenían de su entrada en el hammam, y trató de negar. Exclamó, pues: ¡Jamás he visto esa leche, ¡oh señor! y no se quién es la princesa Yamlika! ¡Es la primera vez que oigo semejante nombre!" El visir sonrió y dijo: "¡Puesto que te niegas aún, voy a demostrarte que no te servirá de nada! ¡Te digo que has estado en los dominios de la reina Yamlika! Además, cuantos fueron allá en los tiempos antiguos, volvieron con la piel del vientre negra. Así lo dice este libro que tengo a la vista. Pero la piel del vientre no se le pone negra al visitante de la reina Yamlika más que después de su entrada en el hammam, ¡oh hijo de Danial! Y he aquí que los espías que yo tenía apostados en el hammam para que examinaran el vientre a todos los bañistas, han venido hace un rato a decirme que se te había puesto de pronto negro el vientre mientras te bañaban. ¡Es inútil, pues, que continúes negando!"

Al oír estas palabras; exclamó Hassib: "¡No, por Alah! ¡Nunca estuve en los dominios de la princesa subterránea!" Entonces se acercó a él el gran visir, le quitó las toallas que le envolvían y le dejó el vientre al descubierto. Estaba negro como el vientre de un búfalo.

Al ver aquello, Hassib estuvo a punto de caerse desmayado de espanto; luego tuvo una idea, y dijo al visir: "Debo declararte ¡oh mi señor! que nací con el vientre completamente negro". El visir sonrió y dijo: "Pues no lo estaba cuando entraste en el hammam. ¡Así me lo dijeron los espías!" Pero Hassib, que de ninguna manera quería hacer traición a la princesa subterránea revelando su residencia, siguió negando haber tenido relaciones con ella ni haberla visto nunca. Entonces el visir hizo una seña a dos verdugos, que se acercaron al joven, le echaron en el suelo, desnudo como estaba, y empezaron a administrarle en las plantas de los pies palos tan crueles y tan repetidos, que habría muerto si no se decidiera a pedir gracia confesando la verdad.

En seguida hizo el visir que levantaran al joven, y ordenó que le pusiesen un magnífico ropón de honor en lugar de las toallas con que a su llegada se envolvía. Tras de lo cual lo condujo por sí mismo al patio del palacio, donde le hizo montar en el caballo más hermoso de las caballerizas reales, montando él a caballo también, y acompañados ambos por un séquito numeroso, tomaron el camino de la casa ruinosa por donde salió Hassib de los dominios de la reina Yamlika.

El visir, que había aprendido en los libros la ciencia de los conjuros, se puso a quemar allá perfumes y a pronunciar las fórmulas mágicas que abren las puertas, mientras Hassib, por su parte, siguiendo órdenes del visir, emplazaba a la reina para que se mostrase a él. Y de pronto se produjo un temblor de tierra que tiró al suelo a la mayoría de los circunstantes, y se abrió un agujero por el que surgió, sentada en un azafate de oro transportado por cuatro serpientes con cabeza humana que vomitaban llamas, la reina Yamlika, cuyo rostro tenía áureos resplandores. Y miró a Hassib con ojos preñados de reproches, y le dijo: "¿Es así, ¡oh Hassib! como cumples el juramento que me hiciste?" Y exclamó Hassib: "¡Por Alah! ¡Oh reina! La culpa es del visir, que por poco me mata a golpes!" Ella dijo: "¡Ya lo sé! Y por eso no quiero castigarte; te han hecho venir aquí, y hasta a mí misma me obligan a salir de mi morada para curar al rey. Y vienes a pedirme leche para realizar esa curación. ¡De buen grado te la concedo como recuerdo de la hospitalidad que te di y de la atención con que me escuchaste! He aquí dos frascos con leche mía. Para operar la curación del rey, conviene que te enseñe el modo de emplearla. ¡Acércate más a mí!" Hassib se acercó a la reina, la cual le dijo en voz baja para que no la oyese nadie más que él: "Uno de los frascos, el que está marcado con una raya roja, debe servir para curar al rey. Pero el otro lo destino al visir que mandó que te apalearan. En efecto, cuando el visir vea la curación del rey, querrá beber de mi leche para preservarse de las enfermedades, y tú le darás a beber del otro frasco.

Luego, la reina Yamlika entregó a Hassib los dos frascos de leche, y desapareció enseguida, mientras la tierra volvía a cerrarse sobre ella y las que la transportaban.

Cuando llegó Hassib al palacio, hizo exactamente lo que le había indicado la reina. Se acercó, pues, al rey, y le dió a beber del primer frasco. Y no bien el rey hubo bebido aquella leche, se puso a sudar por todo su cuerpo, y al cabo de algunos instantes comenzó a caérsele a pedazos la piel atacada de lepra, a la vez que le nacía otra piel dulce y blanca como la plata. Y quedó curado en el momento. En cuanto al visir, quiso beber también de aquella leche, cogió el segundo frasco y lo vació de un trago. Y al punto empezó a hincharse poco a poco, y después de ponerse gordo como un elefante, estalló de pronto y murió inmediatamente. Y le retiraron de allí enseguida para enterrarle.

Cuando el rey se vio curado de aquel modo, hizo sentarse a Hassib al lado suyo, le dio muchas gracias y le nombró gran visir en lugar del que había muerto en su presencia. Y luego hizo que le pusieran un ropón de honor avalorado con pedrerías, y mandó que proclamaran por todo el palacio su nombramiento, después de regalarle trescientos mamalik y trescientas jóvenes para concubinas, además de tres princesas de sangre real que, con la mujer de Hassib, hicieron cuatro esposas legítimas; y le dió también trescientos mil dinares de oro, trescientas mulas, trescientos camellos y muchos rebaños de búfalos, bueyes y carneros.

Tras de lo cual, todos los oficiales, chambelanes y notables, por orden del rey, que les dijo: "¡Quien me honre que le honre!" se acercaron a Hassib y le besaron la mano por orden de categorías, demostrándole su sumisión y patentizándole su respeto. Luego tomó Hassib posesión del palacio del antiguo visir, y habitó en él con su madre, sus esposas y sus favoritas. Y vivió así rodeado de honores y de riquezas durante largos años, en los cuales tuvo tiempo de aprender a leer y a escribir.

Cuando aprendió Hassib a leer y a escribir, se acordó de que su padre Danial había sido un gran sabio, y tuvo la curiosidad de preguntar a su madre si no le había dejado como herencia sus libros y sus manuscritos. Y la madre de Hassib contestó: "Hijo mío, tu padre destruyó antes de morir todos sus papeles y todos sus manuscritos, y no te dejó como herencia más que una hojita de papel, que me encargó te entregase cuando me expresaras tal deseo". Y dijo Hassib: "¡Anhelo mucho poseerla, porque ahora deseo instruirme para dirigir mejor los asuntos del reino!"

Entonces la madre de Hassib...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 373ª noche

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Ella dijo:

... Entonces la madre de Hassib corrió a sacar de la maleta, donde la había guardado con sus alhajas, la hojita de papel, único legado del sabio Danial, y fué a entregársela a Hassib, que la cogió y la desenrolló.

Y leyó en ella estas sencillas palabras: "Toda ciencia es vana, porque llegaron los tiempos en que el Elegido de Alah indicará a los hombres las fuentes de la sabiduría. ¡Se llamará Mohammed! ¡Con él y con sus compañeros y con sus creyentes sean la paz y la bendición hasta la extinción de las edades!"


Y tal es ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- la historia de Hassib, hijo de Danial, y de la reina Yamlika, princesa subterránea. ¡Pero Alah es más sabio!


Cuando Schehrazada hubo acabado de contar esta historia extraordinaria, el rey Schahriar exclamó de repente:

"Siento que me invade el alma un gran fastidio, Schehrazada. ¡Y ten cuidado, porque como esto continúe, me parece que mañana por la mañana estará por un lado tu cabeza y tu cuerpo por el otro!"

Al oír estas palabras, la pequeña Doniazada, compungida, se acurrucó más aún en la alfombra, y Schehrazada contestó sin inmutarse: "En ese caso ¡oh rey afortunado! voy a contarte una o dos historias cortas, lo preciso para pasar el resto de la noche. ¡Al fin y al cabo, Alah es el Omnisciente!"

Y preguntó el rey Schahriar: "¿Pero cómo vas a arreglarte para: encontrar una historia que sea breve y divertida a la vez?" Schehrazada sonrió, y dijo: "Precisamente ¡oh rey afortunado! esas historias son las que mejor conozco. Voy, pues, a contarte al instante una o dos anécdotas entresacadas del Parterre florido del ingenio y del jardín de la galantería. ¡Y después quiero que me cortes la cabeza!"


Y dijo en seguida:



El Parterre Florido del Ingenio y el Jardín de la Galanteria

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Al-Raschid y el cuesco

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que un día en que el califa Harún Al-Raschid se sentía presa del fastidio y se hallaba en el mismo estado de espíritu en que se halla en este momento Tu Serenidad, salió a pasear por el camino que va de Bagdad a Bassra, llevando en su compañía a su visir Giafar Al-Barmaki, a su copero favorito Abu-Ishak y al poeta Abu-Nowas.

Mientras se paseaban y el califa seguía con la mirada torva y los labios apretados, pasó por el camino un jeique montado en un burro. Entonces el califa se encaró con su visir Giafar, y le dijo: "¡Interroga a ese jeique por el lugar adonde se dirige!" Y Giafar, que desde hacía un momento no sabía qué inventar para distraer al califa, resolvió al punto divertirle a costa del jeique, que iba tranquilamente por su camino, dejando el ronzal suelto sobre el cuello del asno que le conducía.

Se acercó, pues, al jeique, y le preguntó: "¿Adónde se va, ¡oh venerable!?"

El jeique contestó: "¡A Bagdad, de vuelta de Bassra, que es mi país!" Giafar preguntó: "¿Y a qué obedece un viaje tan largo?" El otro contestó: "¡Por Alah!; voy en busca de un médico bueno que me recete un colirio para mi ojo!" Giafar dijo: "¡La suerte y la curación están entre las manos de Alah, ¡oh jeique! Pero ¿qué me darás si para evitarte pesquisas y gastos te receto yo mismo aquí un colirio que te cure el ojo en una noche?''

El otro contestó: "¡Sólo Alah podría remunerarte con arreglo a tus méritos!" Entonces Giafar se volvió hacia el califa y hacia Abu-Novas, y les guiñó el ojo; luego dijo al jeique: "Así es, mi buen tío, y no olvides la receta que voy a darte, porque es sencillísima.


Hela aquí: toma tres onzas de soplo de viento, tres onzas de rayos de sol y tres onzas de luz de linterna; lo mezclas todo cuidadosamente en un mortero sin fondo, y durante tres meses lo dejas expuesto al aire libre. Entonces tendrás que machacarlo durante dos o tres meses y verterlo en una escudilla agujereada, que expondrás al viento y al sol durante otros tres meses todavía. Después de hacer esto estará a punto el colirio, no tendrás más que espolvorearte con él el ojo trescientas veces la primera noche, cogiendo para ello tres dedadas grandes cada vez, y te dormirás. ¡Al día siguiente te despertarás curado, si Alah quiere!"


Al oír estas palabras, en prueba de gratitud y de respeto el jeique se puso de bruces encima de su burro delante de Giafar y de repente soltó un detestable cuesco seguido de dos largos follones, y dijo a Giafar:


"Corre ¡oh médico! para recogerlos antes de que se desparramen. Por el momento es la única respuesta que da mi gratitud a tu remedio ventoso; pero ten la seguridad de que apenas me halle de regreso en mi tierra, si Alah quiere, te enviaré como regalo una esclava de trasero tan arrugado como un higo seco, la cual ha de proporcionarte tanto placer que expirará tu alma; y entonces sentirá tu esclava tanto dolor y tanta emoción al llorar sobre tu cadáver ¡que no podrá menos de mearse en tu rostro frío y regar tu barba seca!"


Y el jeique acarició tranquilamente a su asno y siguió su camino, en tanto que el califa se dejaba caer de trasero en el límite de la convulsión y reventaba de risa al ver la cara de su visir, inmóvil y mudo de sorpresa, y Abu-Nowas, que con un gesto paternal fingía felicitarle.


Al oír esta anécdota, se serenó de pronto el rey Schahriar y dijo a Schehrazada: "¡Date prisa, Schehrazada, a contarme aún esta noche una anécdota que sea tan divertida como la anterior, por lo menos!"

Y exclamó la pequeña Doniazada: "¡Oh Schehrazada; hermana mía, cuán dulces y sabrosas son tus palabras!" Entonces, tras una pausa corta, Schehrazada dijo:



El jovenzuelo y su maestro

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Cuentan que el visir Badreddin, gobernador del Yamán, tenía un hermano que era un joven dotado de una belleza tan incomparable, que a su paso volvían la cabeza hombres y mujeres para admirarle y hartarse los ojos de sus encantos. Así es que temeroso de que le sobreviniera alguna aventura considerable, el visir Badr le tenía cuidadosamente alejado de las miradas de los hombres y le impedía que se tratara con los jóvenes de su edad. Como no quería llevarle a la escuela por no poder vigilarle allí lo suficiente, hizo ir a la casa en calidad de maestro a un jeique venerable y piadoso, de costumbres notoriamente castas, y le puso entre sus manos. Y el jeique iba todos los días a ver a su discípulo, con el cual se encerraba algunas horas en una estancia que les había reservado el visir para dar las lecciones.

Al cabo de cierto tiempo, la belleza y los encantos del joven no dejaron de surtir su efecto habitual en el jeique, que acabó por quedar locamente prendado de su discípulo, y al verle sentía cantar a todos los pájaros de su alma que despertaban con sus cánticos cuanto estaba dormido en él.

Así es que sin saber qué hacer para calmar su emoción, decidióse un día a participar al joven la turbación de su alma y le declaró que no podía ya pasarse sin su presencia. Entonces, muy conmovido por la emoción de su maestro, le dijo el joven: "¡Ay! bien sabes que tengo las manos atadas y que mi hermano vigila todos mis movimientos". El jeique suspiró, y dijo: "¡Quisiera pasar solo contigo una velada!" El joven contestó: "¡Quién piensa en eso!" Si durante el día me vigilan, ¡qué no será por las noches!" El jeique añadió: "Ya lo sé; pero la terraza de mi casa está contigua y al mismo nivel que la terraza de esta casa en que nos hallamos, y te será fácil, cuando tu hermano se durmiera esta noche, subir sigilosamente allá, donde yo te esperaré y te llevaré conmigo, sin más que saltar la tapia divisoria, a mi terraza, en la que no vendrá nadie a vigilarnos".

El joven aceptó la proposición, diciendo: "Escucho y obedezco!"...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente:


Y el rey Schahriar se dijo: "¡En verdad que no la mataré antes de saber lo que pasó entre ese jovenzuelo y su maestro!"



Y cuando llegó la 375ª noche

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Dijo Schehrazada:

... El joven aceptó la proposición, y llegada la noche, fingió dormir, y cuando el visir se retiró a su estancia, subió él a la terraza, donde ya le esperaba el jeique, que en seguida le cogió de la mano y se dio prisa a conducirle a su terraza, en la que ya estaban dispuestas las copas llenas y las frutas. Se sentaron, pues, a la luz de la luna en la esterilla blanca, y con la inspiración propicia en la serenidad de la hermosa noche, se pusieron a cantar y a beber, en tanto que los dulces rayos del astro les iluminaban hasta el éxtasis.

Mientras dejaban transcurrir así el tiempo ellos, el visir Badr pensó, antes de acostarse, ir a ver a su hermano pequeño, y se sorprendió mucho al no encontrarle. Dedicóse a buscarle por toda la casa, y acabó por subir a la terraza y acercarse a la tapia divisoria; vió entonces a su hermano y al jeique con la copa en la mano, cantando sentados uno junto a otro. Pero el jeique también había tenido tiempo de verle avanzar desde lejos, y con un aplomo admirable interrumpió la canción que estaba diciendo, para improvisar estos versos que cantó con el mismo motivo y sin cambiar de tono:


¡Me hace beber un vino mezclado con la saliva de su boca; y el rubí de la copa brilla en sus mejillas, que se coloran a la vez con la púrpura del pudor!


¿Qué nombre le daré? Su hermano se llama ya la Luna Llena de la Religión, y en verdad que nos alumbra como la luna en este momento. ¡Le llamaré, pues, la Luna Llena de la Belleza!


Cuando el visir Badreddin hubo oído estos versos, que contenían la alusión tan delicada con respecto a él, como era discreto y muy galante, y como tampoco veía que ocurriera nada inconveniente, se retiró, diciendo: "¡Por Alah! ¡No seré yo quien turbe su coloquio!" Y los otros dos llegaron a sentir una felicidad perfecta.


Y después de contar esta anécdota, Schehrazada se detuvo un instante, y dijo luego:



El saco prodigioso

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Cuentan que el califa Harún Al-Raschid, atormentado una noche por uno de sus frecuentes insomnios, llamó a Giafar, su visir, y le dijo: "¡Oh Giafar! esta noche tengo extremadamente oprimido el pecho por el insomnio, y anhelo mucho ver cómo te arreglas para dilatármelo!"

Giafar contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! tengo un amigo llamado Alí el Persa, que posee en su alforja una porción de historias deliciosas a propósito para borrar las penas más tenaces y calmar los humores irritados!"

Al-Raschid contestó: "¡Venga, pues, a mi presencia al instante tu amigo!" Y Giafar le puso enseguida entre las manos del califa, que le hizo sentarse y le dijo: "¡Escucha, Alí! Me han dicho que sabes historias capaces de disipar la pena y el fastidio, y hasta de procurar el sueño a quien sufre insomnio. ¡Deseo de ti una de esas historias!" Alí el Persa contestó: "¡Escucho y obedezco, oh Emir de los Creyentes! ¡Pero no sé si debo contarte algo que haya oído con mis oídos o algo que haya visto con mis ojos!" Al-Raschid dijo: "¡Prefiero una historia en que tú mismo intervengas!"

Entonces dijo Alí el Persa:

"Un día estaba yo sentado en mi tienda vendiendo y comprando, cuando llegó un kurdo para ajustar conmigo algunos objetos; pero de pronto se apoderó de un saquito que había delante de mí, y sin tomarse el trabajo de ocultarlo quiso llevárselo, como si le perteneciese absolutamente desde que nació. Entonces me planté en la calle de un salto, le agarré por el faldón de su traje y le insté a que me devolviera mi saco; pero se encogió de hombros, y me dijo: "¡Pero si este saco me pertenece con todo lo que tiene!"

Entonces grité en el límite de la sofocación: "¡Oh musulmanes, salvad de las manos de ese descreído lo que es mío!" Al oír mis gritos, todo el zoco se agrupó a nuestro alrededor, y los mercaderes me aconsejaron que fuese a quejarme al kadí en el instante. Acepté y me ayudaron a arrastrar a casa del kadí al kurdo que me robó mi saco.

Cuando estuvimos en presencia del kadí, nos mantuvimos de pie respetuosamente entre sus manos, y empezó por preguntarnos él: "¿Quién de vosotros es el querellante y de quién se querella?"

Entonces el kurdo, sin darme tiempo para abrir la boca, se adelantó algunos pasos y contestó:

"¡Dé Alah su apoyo a nuestro amo el kadí! Este saco que tengo es mi saco, y me pertenece todo lo que contiene. ¡Lo había perdido y acabo de encontrarlo delante de este hombre!"

El kadí le preguntó: "¿Cuándo lo perdiste?" El otro contestó: "¡Durante el día de ayer, y su pérdida me impidió dormir toda la noche!" El kadí le dijo: "¡En ese caso, enumérame los objetos que contiene!"

Entonces, sin dudar un instante, contestó el kurdo: "En mi saco ¡oh nuestro amo el kadí! hay dos frascos de cristal llenos de kohl, dos varillas de plata para extender el kohl, un pañuelo, dos vasos de limonada con el borde dorado, dos antorchas, dos cucharas, un almohadón, dos tapetes para mesa de juego, dos pucheros con agua, dos azafates, una bandeja, una marmita, un depósito de agua de barro cocido; un cazo de cocina, una aguja de hacer calceta, dos sacos con provisiones, una gata preñada, dos perras, una escudilla con arroz, dos burros, dos literas para mujer, un traje de paño, dos pellizas, una vaca, dos becerros, una oveja con dos corderos, una camella y dos camellitos, dos dromedarios de carrera con sus hembras, un búfalo y dos bueyes, una leona y dos leones, una osa, dos zorros, un diván, dos camas, un palacio con dos salones de recepción, dos tiendas de campaña de tela verde, dos doseles, una cocina con dos puertas, y una asamblea de kurdos de mi especie dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco".


Entonces se encaró conmigo el kadí y me preguntó...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 376ª noche

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Ella dijo:

... Entonces se encaró conmigo el kadí y me preguntó: "¿Y qué tienes tú que contestar?"

Yo ¡oh Emir de los Creyentes! estaba estupefacto con todo aquello.

Sin embargo, avancé un poco y contesté: "¡Eleve y honre Alah a nuestro amo el kadí! ¡Yo bien sé que en mi saco solamente hay un pabellón en ruinas, una casa sin cocina, un albergue para perros, una escuela de adultos, unos jóvenes que juegan a los dados, una guarida de salteadores, un ejército con sus jefes, la ciudad de Bassra y la ciudad de Bagdad, el palacio antiguo del emir Scheddad ben-Aad, un horno de herrero, una caña de pescar, una cayada de pastor, cinco buenos mozos, doce jóvenes intactas, y mil conductores de caravanas dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco!"


Cuando el kurdo hubo oído mi respuesta, rompió a llorar y a sollozar, y luego exclamó con la voz entrecortada por las lágrimas: "¡Oh nuestro amo el kadí! este saco que me pertenece es conocido y reconocido, y todo el mundo sabe que es de mi propiedad. ¡Encierra, además, dos ciudades fortificadas y diez torres, dos alambiques de alquimista, cuatro jugadores de ajedrez, una yegua y dos potros, un semental y dos jacas, dos lanzas largas, dos liebres, un mozo experto y dos mediadores, un ciego y dos clarividentes, un cojo y dos paralíticos, un capitán marino, un navío con sus marineros, un sacerdote cristiano y dos diáconos, un patriarca y dos frailes y por último, un kadí y dos testigos dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco!"


Al oír estas palábras se encaró conmigo el kadí y me preguntó: "¿Qué tienes que contestar a todo eso?"

Yo ¡oh Emir de los Creyentes! me sentía cargado de rabia hasta las narices. Me adelanté, no obstante, algunos pasos y contesté con toda la calma de que era capaz: "¡Alah esclarezca y consolide el juicio de nuestro amo el kadí! ¡Debo añadir que en este saco hay, además, medicamentos contra el dolor de cabeza, filtros y hechizos, cotas de malla y armarios llenos de armas, mil carneros destinados a luchar a cornadas, un parque con ganados, hombres dados a las mujeres, aficionados a los muchachos, jardines llenos de árboles y de flores, viñas cargadas de uvas, manzanas e higos, sombras y fantasmas, frascos y copas, recién casados con todo el séquito de su boda, gritos y chistes, doce cuescos vergonzosos, y otros tantos follones sin olor, amigos sentados en una pradera, banderas y pendones, una casada saliendo del hammam, veinte cantarinas, cinco hermosas esclavas abisinias, tres indias, cuatro griegas, cincuenta turcas, setenta persas, cuarenta cachemirenses, ochenta kurdas, otras tantas chinas, noventa georginas, todo el país del Irak, el Paraíso terrenal, dos establos, una mezquita, varios hammams, cien mercaderes, una tabla de madera, un clavo, un negro que toca el clarinete, mil dinares, veinte cajones llenos de tela, veinte danzarinas, cincuenta almacenes, la ciudad de Kufa, la ciudad de Gasa, Damieta, Assuán, el palacio de Khoshú -Anuschriván y el de Soleimán; todas las comarcas situadas entre Balkh e Ispahán, las Indias y el Sudán, Bagdad y el Khorassán; contiene, además -¡Alah persevere los días de nuestro amo el kadí!- una mortaja, un ataúd y una navaja de afeitar para la barba del kadí, si el kadí no quisiera reconocer mis derechos y sentencias que este saco es mi saco!"

Cuando el kadí hubo oído todo aquello, nos miró y me dijo: "¡Por Alah, o sois dos bribones que os burláis de la ley y de su representante, o este saco debe ser un abismo sin fondo o el propio Valle del Día del Juicio!"

Y para comprobar mis palabras hizo al punto el kadí que se abriera el saco ante testigos. ¡Contenía unas cáscaras de naranjas y unos huesos de aceitunas!

Entonces, pasmado hasta el límite del pasmo, declaré al kadí que aquel saco pertenecía al kurdo, pero que el mío había desaparecido, y me marché".


Cuando el califa Harún Al-Raschid hubo escuchado esta historia, le tiró de espalda la fuerza explosiva de su risa, e hizo un magnífico regalo a Alí el Persa. ¡Y aquella noche durmió con un profundo sueño hasta por la mañana!


Luego añadió Schehrazada: "Pero no creas ¡oh rey afortunado! que es menos deliciosa esta anécdota que aquella otra en que Al-Raschid se encuentra en un apurado caso de amor". Y preguntó el rey Schahriar: "¿Qué anécdota es esa que no conozco?"


Entonces Schehrazada dijo:



Al-Raschid, justiciero de amor

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Cuentan que una noche en que Harún Al-Raschid estaba acostado entre dos hermosas jóvenes que le gustaban por igual, y de las cuales una era de Medina y otra de Kufa, no quería expresar con la terminación final su preferencia por una en detrimento de la otra. Debía, pues, alcanzar tal premio la que hiciera más méritos para ello. Así es que la esclava de Medina empezó por cogerle de las manos y se puso a acariciarle dulcemente, en tanto que la de Kufa, echada un poco más abajo, le frotaba los pies, aprovechándose de la ocasión para deslizar su mano hasta la mercancía de más arriba y sopesarla de cuando en cuando.

Bajo la influencia de este tanteo delicado, la mercancía empezó de pronto a aumentar de peso considerablemente. Entonces se apresuró a apoderarse de ella la esclava de Kufa, y trayéndola toda hacia sí, la ocultó entre sus manos; pero la esclava de Medina, le dijo: "¡Ya veo que guardas el capital para ti sola y no piensas dejarme siquiera los intereses!"

Y con un ademán rápido rechazó a su rival y se apoderó del capital a su vez, oprimiéndole cuidadosamente con las manos.

Entonces la esclava defraudada, que estaba muy versada en el conocimiento de las tradiciones del Profeta, dijo a la esclava de Medina: "Yo soy quien debe tener derecho al capital, en virtud de estas palabras del Profeta (¡con él la plegaria y la paz!): "¡Quien hace revivir una tierra muerta, se convierte en su único propietario!"

Pero la esclava de Medina, que no cedía la mercancía, no estaba menos versada en la Suma que su rival de Kufa, y le contestó al punto: "El capital me pertenece en virtud de estas palabras del Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) que nos fueron conservadas y transmitidas por Sofián: "¡La casa pertenece, no a quien la levanta, sino a quien le da alcance!"

Cuando oyó estas citas el califa, le parecieron tan justas, que satisfizo por igual a ambas jóvenes aquella noche.


Luego añadió Schehrazada: "Pero ninguna de estas anécdotas ¡oh rey afortunado! vale tanto como aquella en que dos mujeres discuten para saber si en amor conviene dar la preferencia al joven o al hombre maduro.



¿Para quién la preferencia?

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¿Para el joven o para el hombre maduro?

La anécdota siguiente nos la relata Abul-Afina. Dice.

"Un día había yo subido a mi terraza para tomar el aire, cuando oí una conversación de mujeres en la terraza contigua. Las que así charlaban eran dos esposas de mi vecino, cada una de las cuales tenía un amante que la contentaba como no lo hacía el esposo viejo e impotente. Pero el amante de una era un hermoso joven de lo más tierno aún y con las mejillas sonrosadas e imberbes, y el amante de la otra era un hombre maduro y peludo; de barba compacta y espesa. Y he aquí que sin saber que las escuchaban, mis dos vecinas discutían precisamente acerca de los méritos respectivos de sus enamorados. Decía una...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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