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Y cuando llegó la 937ª noche

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Ella dijo:

... le mostró, uno tras de otro, los doce armarios con su contenido, que no podrían describir mil lenguas ni anotar mil registros. Y aquellos armarios fueron los que más tarde sirvieron de base a las riquezas de los Bani-Barmak y de los Bani-Abbas.

En cuanto a Al-Raschid, en su alegría por encontrar a su bienamada Obra Maestra de los Corazones, hizo decorar e iluminar Bagdad desde un río al otro río, y dió festejos espléndidos en los que no quedó olvidado ningún pobre. Y en el transcurso de estos festejos, Ishak Al-Nadim, a quien se encumbró más que nunca con honores y dignidades, cantó en público el canto que, por agradecimiento, no dejó de enseñarle Tohfa y que ella misma había aprendido de Eblis (¡Confundido sea!).

Y Al-Raschid y Obra Maestra de los Corazones no cesaron de vivir una vida deliciosa, con prosperidad y amor, hasta la llegada ineluctable de la Proveedora de tumbas.


"Y tal es ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- la historia de la joven Tohfa, Obra Maestra de los Corazones, lugartenienta de los pájaros".

Y el rey Schahriar se maravilló de este relato de Schehrazada hasta el límite de la maravilla, sobre todo de los poemas y cantos de las flores y las aves, y especialmente del canto de la Abubilla y del canto del Cuervo. Y pensó para su ánima: "¡Por Alah, que esta hija de mi visir ha sido para mí una bendición insigne! Y una persona de su mérito y de sus cualidades no merece la muerte. Es preciso, pues, ante de que decida definitivamente con respecto a ella, que reflexione algún tiempo todavía. ¡Y además, puede saber otras historias no menos admirables, y contármelas!" Y se sintió en un estado de exaltación como no lo había experimentado hasta entonces; de modo que no pudo por menos de estrechar de pronto a Schehrazada contra su corazón, y decirle: "Benditas sean las mujeres que se te parecen, ¡oh Schehrazada! Esa historia me ha conmovido en extremo con los cantos de flores y aves que contiene y con la gran enseñanza con que me han enriquecido esos poemas. Así, pues, ¡oh virtuosa y dilecta hija de mi visir! si aún tienes que contarme una o dos o tres o cuatro historias como esa, no vaciles en comenzar. ¡Porque esta noche me noto el alma apaciguada y refrescada con tus palabras, y el corazón conquistado por tu elocuencia!"

Y Schehrazada contestó: "No soy más que la esclava de mi amo el rey, y sus alabanzas están por encima de mis méritos. Pero, ya que lo deseas, me gustaría narrarte ciertos hechos relativos a mujeres, a capitanes de policía y a otras cosas parecidas, aunque tengo mucho miedo de que mis palabras ofendan a tu espíritu y a tu amor por la moral, pues serán un poco libres y atrevidas. Porque ¡oh rey del tiempo! el pueblo ignora generalmente el lenguaje discreto, y sus expresiones traspasan a veces los límites de las conveniencias. ¡Por tanto, si quieres que salte por encima de ellas, saltaré; pero, si quieres que me calle, me callaré!" Y dijo el rey Schahriar: "¡Claro que puedes hablar, Schehrazada! porque nada podrá asombrarme de parte de las mujeres, y sé que son semejantes a una costilla torcida; y es notorio que, cuando se quiere enderezar una costilla torcida, se la tuerce más; y si se insiste, se la rompe.

¡Habla, pues, sin reticencias, que la cordura no habita lejos de nosotros desde el día en que tuvo lugar la traición de la esposa maldita que sabes!" Y pronunciadas estas últimas palabras, el semblante del rey Schahriar se oscureció de repente, hundiéndose sus ojos, se fruncieron sus cejas, palideció su tez, y su estado se tornó en muy mal estado. Y todo esto sucedió sólo al recuerdo evocado de la antigua desventura. Así es que, al ver aquella mudanza que no anunciaba nada tranquilizador, la pequeña Donizada tuvo cuidado de exclamar al punto: "¡Oh hermana mía! por favor, date prisa a contarnos lo que nos has anunciado respecto a los capitanes de policía y a las mujeres, y no temas nada por parte de este rey bien educado, que ya sabe que las mujeres son como las pedrerías, unas con manchas, taras y defectos, y otras puras, transparentes y a toda prueba. ¡Y mejor que tú y mejor que yo sabrá él hallar la diferencia y no confundir las joyas con los guijarros!"

Y Schehrazada dijo: "Verdad dices, ¡oh pequeña! ¡Así es que, de todo corazón amistoso, voy a contar a nuestro amo la Historia de Al-Malek Al-Zaher Rokn Al-Din Baibars Al-Bondokdari y de sus capitanes de policía, y lo que les sucedió!"



Historia de Baibars y de los capitanes de policía

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Schehrazada dijo:

Se cuenta -¡pero Alah el Invisible es más sabio!- que en otro tiempo había en el país de Egipto, en El Cairo, un sultán entre los sultanes valerosos y poderosos de la ilustrísima raza de los Baharirtas turcomanos. Y se llamaba el sultán Al-Malek Al-Zaher Rokn Al-Din Baibars Al-Bondokdari. Y bajo su reinado, brilló el Islam con un esplendor sin precedente, y el Imperio se extendió gloriosamente desde el límite extremo de Oriente a los confines profundos de Occidente. Y sobre la faz de la tierra de Alah, y bajo el cielo cerúleo no quedó en pie ninguna plaza fuerte de los francos y de los nazarenos, cuyos reyes fueron alfombra para los pies de aquel sultán. Y en las llanuras verdes, y en los desiertos, y sobre las aguas, no se elevaba ninguna voz que no fuese la voz de un Creyente, ni se oían pasos que no fuesen los pasos de quien caminaba por la vía de la rectitud. ¡Bendito sea por siempre el que nos enseñó el camino, el Bienamado. hijo de Abdalah el Khoreichita, nuestro señor y soberano Ahmad-Mahomed, el Enviado (¡con él la plegaria y la paz y las más escogidas bendiciones! ¡Amín!)

Y he aquí que el sultán Baibars amaba a su pueblo y era por él amado; y cuanto de cerca o de lejos se refería a su pueblo, bien con respecto a indumentaria y costumbres, bien con respecto a tradiciones y usos locales, le interesaba en extremo. Así es que no solamente le gustaba ver todas las cosas con sus propios y ojos y escucharlas a los narradores; y había encumbrado hasta las más altas categorías a aquellos de sus oficiales, guardias y familiares que mejor sabían contar las cosas del pasado y exponer las cosas del presente.

Así es que, una noche que se hallaba más dispuesto que de costumbre a escuchar y a instruirse, reunió a todos los capitanes de policía de El Cairo, y les dijo: "Quiero que esta noche me contéis lo más digno de contarse entre lo que conozcáis". Y contestaron ellos: ¡Por encima de nuestras cabezas y de nuestros ojos! Pero ¿quiere nuestro amo que contemos algo que nos haya sucedido personalmente, o algo que sepamos que le ha sucedido a otro?" Y dijo Baibars: "Delicada es la pregunta. ¡Por eso, que cada uno de vosotros quede en libertad de contar lo que quiera, pero con la condición de que sea de lo más sorprendente!" Y contestaron: "Está bien, ualah, ¿oh señor nuestro! ¡Te pertenece nuestro ingenio, así como nuestra lengua y nuestra felicidad!"

Y el primero que avanzó entre las manos de Baibars, para empezar su relato, era un capitán de policía que se llamaba Moin Al-Din, con el hígado ulcerado de amor por las mujeres y el corazón enredado en las colas de ellas sin cesar. Y tras de los deseos de larga vida al sultán, dijo: "¡Yo ¡oh rey del tiempo! te contaré un suceso extraordinario que me concierne personalmente y que me ocurrió en los primeros tiempos de mi carrera!"

Y se expresó así:



Historia contada por el primer capitán de policía

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"Has de saber ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! que cuando entré al servicio de la policía de El Cairo, a las órdenes de nuestro jefe Alam Al-Din Sanjar, estaba yo muy reputado, y todo hijo de alcahuete, de perro o de ahorcado, incluso todo hijo de zorra, me temía y me temblaba igual que a una calamidad, y huía de mí como del mal de aire amarillo. Y cuando yo iba a caballo por la ciudad, las gentes de esa clase me señalaban con el dedo y se guiñaban los ojos de modo convenido, en tanto que otros amontonaban en el suelo con sus manos las zalemas respetuosas con que me saludaban al pasar. Y yo no me preocupaba de sus gestos más que de una mosca que me hubiera rozado el zib. Y seguía mi camino con actitud altanera.

Un día, estaba sentado en el patio del walí, con la espalda apoyada contra el muro, y pensaba en mi grandeza y en mi importancia, cuando de pronto vi caer del cielo en mi regazo algo tan pesado como la sentencia del juicio final. Y era un bolsa llena y precintada. Y la tomé en mis manos y la abrí y vertí el contenido en los pliegues de mi ropa. Y conté hasta cien dracmas, ni uno más, ni uno menos. Y por más que miré a todos lados, encima de mi cabeza y a mi alrededor, no puede descubrir a la persona que la había dejado caer. Y dije: "¡Loores al Señor, Rey de los reinos de lo Visible y de lo Invisible!" E hice desaparecer a la hija en el seno de su padre. ¡Y he ahí lo referente a ella!

Al día siguiente, me reclamaba mi servicio en el mismo sitio que la víspera; y llevaba allí un momento, y he aquí que me cayó pesadamente un objeto en la cabeza y me puso de muy malhumor. Y miré con ademán furioso, y vi ¡por Alah! que era un bolsa llena, de todo punto hermana de la querida de su padre a quien hube de conceder el derecho de asilo junto a mi corazón. Y la envié a recalentarse en el mismo sitio para que hiciera compañía a su hermana mayor y protegiera su pudor contra los deseos indiscretos. Y lo mismo que la víspera, levanté la cabeza y la bajé, y volví el cuello y lo revolví, y giré sobre mí mismo y me inmovilicé, y miré a mi derecha y a mi izquierda, pero sin conseguir hallar ni rastro del expedidor de aquella encantadora bien venida. Y me pregunté: "Duermes o no duermes?" Y contesté: "No duermo. No, ¡por Alah! no está conmigo el sueño". Y como si nada hubiese pasado, me recogí la orla del traje, y salí del palacio con aire indiferente, escupiendo en el suelo a cada paso.

Pero a la tercera vez tomé mis precauciones. En efecto, no bien llegué al muro consabido, contra el cual de ordinario me pavoneaba admirándome, me tendí en tierra, y simulando dormir, me puse a roncar con tanto ruido como el de una manada de camellos escapados. Y de repente, ¡oh mi señor sultán! sentí en mi ombligo una mano que buscaba no sé qué. Y como no tenía nada que perder con aquella intervención, dejé que la mano consabida hurgara en la mercancía de arriba a abajo; y cuando me pareció que se aventuraba por el camino más angosto del distrito, la cogí bruscamente, diciendo: "¿Por dónde te metes, ¡oh hermana mía!?" Y me incorporé, abriendo los ojos, y vi que la propietaria de la gentil mano, adornada de sortijas de diamantes, que había huroneado en aquel camino de perdición, era una joven feérica, ¡oh mi señor sultán! que me miraba riendo. Y era como el jazmín. Y le dije: "Confianza y amistad, ¡oh mi señora! El mercader y su mercancía son de tu propiedad. Pero dime de qué parterre eres la rosa, de qué ramillete eres el jacinto, de qué jardín eres el ruiseñor, ¡oh la más deseable de las jóvenes!". Y mientras hablaba así, tuve mucho cuidado de no soltarla.

Entonces, sin el menor azoramiento en el gesto ni en la voz, la joven me hizo seña de que me levantara, y me dijo: "¡Ya Si-Moin! levántate y sígueme, si deseas saber quien soy y cual es mi nombre". Y yo, sin vacilar ni un instante, como si la conociese desde hacía mucho tiempo, o como si fuera yo su hermano de leche, me levanté, y después de sacudirme el traje y ajustarme el turbante, eché a andar a diez pasos de ella para no llamar la atención, pero sin perderla de vista ni un momento. Y de tal suerte llegamos al fondo de un retirado callejón sin salida, en donde me hizo señas de que podía acercarme sin temor. Y la abordé sonriendo, y sin tardanza quise hacer respirar a su lado el aire al niño de su padre. Y para no quedar por tonto ni por idiota, hice salir al niño consabido, y le dije: "Aquí le tienes, ¡oh mi señora!". Pero ella me miró con aire despreciativo, y me dijo: "Guárdale, ¡oh capitán Moin! porque se va a resfriar". Y contesté con el oído y la obediencia, y añadí: "No hay inconveniente, que tú eres quien manda, y yo soy el colmado por tus favores. Pero ¡oh hija legítima! ya que lo que te tienta no es este grueso nervio de confitura, ni este zib con sus anejos, ¿por qué me has gratificado con dos bolsas llenas y me has hecho cosquillas en el ombligo, y me has traído hasta aquí, a este oscuro callejón propicio a los saltos y a los asaltos?". Y ella me contestó: "¡Oh capitán Moin! eres el hombre de esta ciudad en quien tengo más confianza, y por eso me he dirigido a ti con preferencia a ningún otro. ¡Pero es por otro motivo del que te crees!". Y yo dije: "¡Oh mi señora! cualquiera que sea el motivo, lo agradezco. ¡Habla! ¿Qué servicio exiges del esclavo a quien has comprado por dos bolsas de cien dracmas?".

Y ella sonrió y me dijo:

"¡Ojalá vivas mucho tiempo! ¡Escucha! Has de saber ¡oh capitán Moin! que soy una mujer que está prendada de una jovenzuela. Y su amor chisporrotea como fuego en mis entrañas. Y aunque tuviera yo mil lenguas y mil corazones, no sería más viva esta pasión que tanto me penetra. Y la adorada no es otra que la hija del kadí de la ciudad. Y entre ella y yo ha ocurrido lo que ha ocurrido. Y eso es un misterio de amor. Y entre ella y yo existe un apasionado pacto acordado con promesas y con juramentos. Porque ella arde por mí con un ardor igual. Y jamás se casará ella, y jamás me tocará a mí un hombre. Y nuestras relaciones databan ya de hacía algún tiempo, y éramos inseparables, comiendo juntas y bebiendo en el mismo jarro y durmiendo en el mismo lecho, cuando un día su padre, el kadí de barba maldita, advirtió nuestras relaciones y las cortó de raíz, aislando completamente a su hija y diciéndome que me rompería las manos y los pies si entraba en su morada. Y desde entonces no he podido ver a la adorada, quien, según he sabido indirectamente, está como loca a causa de nuestra separación. ¡Y precisamente para aliviar mi corazón y proporcionarle alguna alegría me he decidido a venir en busca tuya, ¡oh capitán sin par! convencida de que sólo de ti pueden venir la alegría y el alivio!".

Por lo que a mí respecta, ¡oh mi señor sultán! al oír estas palabras de la incomparable joven que tenía delante de mis ojos, me quedé estupefacto hasta el límite de la estupefacción, y dije para mí: "¡Oh Alah Todopoderoso!. ¿Y desde cuándo las jovenzuelas se transforman en jovenzuelos, y las cabras en machos cabríos? ¿Y qué clase de pasión y qué especie de amor pueden ser la pasión y el amor de una mujer por otra mujer? ¿Y cómo de la noche a la mañana puede crecer el cohombro con sus anejos donde no está dispuesto el terreno para cultivarlo?". Y golpeé mis manos una contra otra con sorpresa, y dije a la joven: "¡Oh señora mía! ¡por Alah, que no comprendo nada de lo que me ha narrado tu gracia! Explícamelo antes al detalle desde el principio. ¡Porque ¡ualahí! jamás oí decir que fuese cosa corriente el que las corzas suspirasen por las corzas y las gallinas por las gallinas!". Y ella me dijo: "Cállate, ¡oh capitán! porque eso es un misterio de amor, y son pocas las personas capaces de comprenderlo...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 938ª noche

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Ella dijo:

"... Cállate, ¡oh capitán! porque eso es un misterio de amor, y son pocas las personas capaces de comprenderlo. Bástete saber que cuento contigo, para que me ayudes a penetrar en casa del kadí; y obrando así, te harás acreedor a la gratitud de una mujer que no ha de olvidarte". Y al oír aquello, me maravillé en extremo, y pensé: "¡Vaya, ualahí, ¡oh maese Moin! hete aquí ahora solicitado para proxeneta de una mujer con otra mujer! ¡Es una aventura que no tiene igual en la historia del proxenetismo! ¡No hay inconveniente en que cargues con ello tu conciencia!" Y dije a la joven dorada: "Pichona mía, el asunto de que me hablas es un asunto muy delicado; y aunque no comprendo sus circunstancias, puedes contar con mi obediencia, así como con mi abnegación. Pero, ¡por tu vida! ¿cómo voy a serte útil en todo eso?" Ella dijo: "¡Facilitándome la entrada en casa de mi adorada, la hija del kadí!". Y contesté: "Está bien, ¡oh tórtola mía! pero ten en cuenta quien soy yo y quien es esa bienaventurada hija del kadí. ¡Por la verdad de tu gracia, piensa en la gran distancia que nos separa!".

Y ella me dijo con aire de suficiencia:

¡Oh pobre! no vayas a creer que estoy tan desprovista de buen sentido como para introducirte en casa de la jovenzuela, ¡no, por Alah! Quiero sencillamente que me sirvas de bastón de apoyo en mi marcha en pos de la astucia y de la estratagema. ¡Y me ha parecido que sólo tú, ¡oh capitán! podías hacer lo que anhelo!" Y dije: "Escucho y obedezco, y soy un bastón ciego y sordo entre tus manos, cordera mía". Entonces me dijo ella: "Escucha, pues, y obedece. Esta noche, ataviada como un pavo real con mis mejores vestidos, y velada de manera que no me reconozca nadie más que tú en el barrio, iré a sentarme junto a la casa del kadí, padre de mi amante. Entonces tú y los guardias que tienes a tus órdenes, atraídos por el perfume penetrante que exhalaré, os dirigiréis al sitio donde yo me encuentre. Y tú avanzarás respetuosamente hacia mí, y me preguntarás: "¿Qué haces sola en la calle a hora tan tardía, ¡oh dama de alto rango!" Y yo contestaré: "Ualahí, ¡oh gallardo capitán! soy una joven del barrio de la ciudadela, y mi padre es uno de los emires del sultán. Pero hoy he salido de nuestra casa y de nuestro barrio, y he ido a la ciudad para hacer algunas compras. Y una vez comprado lo que quería y encargado lo que tenía que encargar, se me ha hecho tarde, pues cuando llegué a nuestro barrio de la ciudadela, vi que ya estaban cerradas las puertas. Y entonces, creyendo encontrar alguna persona conocida en cuya casa pudiese pasar la noche, he vuelto a la ciudad; pero mi mala suerte ha hecho que no encuentre a nadie. Y desolada por hallarme así, siendo la hija de un notable, sin amparo en medio de la noche, he venido a sentarme en el umbral de esta morada, que me han dicho es la del kadí, a fin de que su sombra me proteja. Y mañana por la mañana volveré a casa de mis padres, que ya deben creerme muerta, o por lo menos, perdida". Entonces tú, ¡oh capitán Moin! como eres inteligente, verás que, en efecto, voy vestida con ricos vestidos, y pensarás: "A un musulmán no le está permitido dejar en la calle a una mujer tan bella y tan joven, toda cubierta de perlas y de joyas, que puede ser violentada y robada por cualquier facineroso. Además de que, si en el barrio ocurriera semejante cosa, yo mismo, el capitán Moin, con mis ojos, sería responsable del atentado ante nuestro amo el sultán. Es preciso, pues, que, de una u otra manera, tome bajo mi protección a tan encantadora persona. Por tanto, voy a poner cerca de ella a uno de mis hombres armados, para que la guarde hasta mañana, o quizás sea mucho mejor -porque no tengo bastante confianza en mis guardias- buscar sin tardanza una morada de personas respetables que la alberguen honorablemente hasta mañana. ¡Y por Alah, que no veo dónde podría encontrarse mejor ni más considerada que en casa de nuestro amo el kadí, a cuya puerta la ha hecho sentarse la suerte! ¡Llevémosla, pues, a esa casa! Y sin duda alguna, obtendré por ello buena recompensa, sin contar con que la gratitud puede inclinar en favor mío el hígado de esa joven, cuyos ojos han producido en mis entrañas un incendio". Y tras de pensar tan cuerdamente, harás resonar la aldaba de la puerta del kadí, y me harás entrar en su harén. Y así me encontraré reunida con mi amante. Y se satisfará mi deseo. Y éste es mi plan, ¡oh capitán! Y ésta es mi explicación. ¡Uassalam!".

Entonces ¡oh mi señor sultán! contesté a la joven: "Alah aumente Sus favores sobre tu cabeza, ¡oh mi señora! He ahí un plan asombroso y fácil de ejecutar. La inteligencia es un don del Retribuidor". Y a continuación, poniéndome de acuerdo con ella respecto a la hora del encuentro, le besé la mano; y cada cual de nosotros se fué por su camino.

Y llegó la tarde, luego la hora de queda, luego la de la plegaria; y unos momentos después, salí a hacer mi ronda nocturna al frente de mis hombres armados de alfanjes desnudos. Y de barrio en barrio, hacia media noche llegamos a la calle donde debía encontrarse la joven de los amores extraños. Y el olor rico y asombroso que percibí desde que entré en la calle me hizo presagiar su presencia. Y en seguida oí el tintineo de sus pulseras de manos y tobillos. Y dije a mis hombres: "Me parece ¡oh hijos míos! que veo allí una sombra. Pero ¡qué rico olor!". Y miraron ellos en todas direcciones para descubrir la procedencia del aroma. Y vimos a la hermosa consabida, cubierta de sedería y cargada de brocados, que nos miraba llegar, inclinada y con el oído atento. Y me acerqué a ella, haciéndome el ignorante, y le dirigí la palabra, diciendo: "¿Qué clase de dama eres ¡oh mi señora! para no temer nada de la noche y de los transeúntes, tan bella como eres y ataviada y completamente sola como estás?". A lo cual me dió ella la respuesta que habíamos convenido la víspera; y me encaré con mis hombres, como para pedirles su opinión. Y me contestaron: "¡Oh jefe nuestro! si quieres, conduciremos a esta mujer a tu casa, donde estará mejor que en ninguna otra parte. Y no dudamos de que sabrá agradecértelo, porque indudablemente es rica, y bella, y va adornada con cosas preciosas. ¡Y harás de ella lo que quieras; y por la mañana se la devolverás a su madre amada!". Y les grité: "¡Callaos! ¡Me refugio en Alah contra vuestras palabras! ¿Acaso mi casa es digna de recibir a semejante hija de emir? ¡Y además, ya sabéis que vivo muy lejos de aquí! Lo mejor será pedir hospitalidad para ella al kadí del barrio, cuya casa está aquí precisamente". Y mis hombres me contestaron con el oído y la obediencia, y empezaron a llamar a la puerta del kadí, la cual abrióse al punto. Y apareció en la entrada el propio kadí, apoyado en los hombros de dos esclavos negros. Y después de las zalemas por una y otra parte, le conté la cosa y sometí el asunto a su criterio mientras la joven se mantenía de pie, cuidadosamente envuelta en sus velos. Y el kadí me contestó: "¡Bienvenida sea aquí! ¡Mi hija la cuidará y velará porque quede contenta!" Y acto seguido le puse entre las manos aquel depósito peligroso, y le confié el peligro viviente. Y la llevó a su harén, y yo me fui por mi camino.

Al día siguiente volví a casa del kadí para hacerme cargo del depósito que hube de confiarle; y decía para mi fuero interno: "¡Vaya, ualahí, que la noche ha debido ser de toda blancura para esas dos jóvenes! Pero en verdad que, por mucho que me devane los sesos, nunca llegaré a saber lo que ha pasado entre esas gacelas enamoradas. ¿Se oyó jamás hablar de una aventura semejante?" Y entretanto, llegué a la casa del kadí; y en cuanto entré, advertí un movimiento extraordinario y un tumulto de servidores asustados y de mujeres enloquecidas. Y de pronto, el kadí en persona, aquel jeique de barba blanca, se precipitó sobre mí y me gritó: "¡Vergüenza sobre las nulidades! ¡Has traído a mi casa una persona que se me ha llevado toda mi fortuna! Es preciso que des con ella, porque, si no, iré a quejarme de ti al sultán, que te hará probar la muerte roja". Y como yo le pidiera más amplios detalles, me explicó, entre una porción de interjecciones, gritos, amenazas e injurias dirigidas a la joven, que por la mañana la mujer a quien había dado asilo a instancias mías había desaparecido de su harén sin despedirse; y con ella había desaparecido el cinturón suyo, del kadí, que contenía seis mil dinares, todo su haber. Y añadió: "¡Tú conoces a esa mujer, y por consiguiente, a ti te reclamo mi dinero!"

Pero yo ¡oh mi señor! quedé tan estupefacto por aquella noticia, que me fué imposible articular palabra. Y me mordí la extremidad de la palma de la mano, diciéndome: "¡Oh proxeneta! hete aquí en la pez y en la brea. ¿En dónde estás, y en dónde está ella?".

Luego, al cabo de un momento, pude hablar, y contesté el kadí. "¡Oh nuestro amo el kadí! si la cosa ha pasado así, es porque tenía que ocurrir, pues lo que tiene que ocurrir no puede evitarse. Concédeme solamente tres días de plazo para ver si puedo enterarme de algo concerniente a esa persona prodigiosa. Y si no lo consigo, pondrás entonces en ejecución tu amenaza relativa a la pérdida de mi cabeza". Y el kadí me miró atentamente, y me dijo: "¡Te concedo los tres días que pides!" Y salí de allí muy pensativo, diciéndome: "¡Y no hay remedio!" ¡Ah! en verdad que eres un idiota; más aún, un zopenco y un imbécil. ¿Cómo vas a arreglarte para reconocer, en medio de toda la ciudad de El Cairo, a una mujer velada? ¿Y qué vas a hacer para inspeccionar los harenes sin penetrar en ellos? Mira, más te valdrá que te vayas a dormir esos tres días de plazo, y que a la mañana del tercero te presentes en casa del kadí para rendirle cuentas de tu responsabilidad". Y habiéndolo decidido así en mi espíritu, regresé a mi casa y me tendí en la estera, donde me pasé los tres días consabidos, negándome a salir, pero sin poder cerrar los ojos de tanto como me preocupaba aquel mal negocio. Y cuando expiró el plazo, me levanté y salí para casa del kadí. Y con la cabeza baja, me encaminaba en pos de mi condena, cuando, al pasar por una calle situada no lejos de la morada del kadí, divisé de pronto, detrás de una ventana enrejada y entreabierta, a la joven de mis tribulaciones. Y me miró ella riendo, y me hizo con sus párpados una seña que quería decir: "¡Sube en seguida!" Y me apresuré a aprovecharme de aquella invitación, de la cual dependía mi vida, y en un abrir y cerrar de ojos llegué junto a la joven, y olvidándome de la zalema, le dije: "¡Oh hermana mía! ¡y yo que no cesaba de buscarte por todos los rincones de la ciudad! ¡Ah, en qué negocio tan malo me has metido! ¡Por Alah, que vas a hacerme descender las gradas de la muerte roja!" Y ella fué a mí, y me besó y me estrechó contra su pecho: "¿Cómo tienes tanto miedo, siendo el capitán Moin? ¡Bah! no me cuentes nada de lo que te ha sucedido, porque lo sé todo. Pero como es fácil sacarte del apuro, he esperado, para hacerlo, el último momento. ¡Y precisamente para salvarte es por lo que te he llamado, aunque fácilmente hubiera podido dejarte proseguir tu camino en pos de la condena sin remisión!" Y le di las gracias, y como era tan encantadora, no pude por menos de besar su mano, causante de mi presente calamidad. Y me dijo ella: "Estate tranquilo y calma tu inquietud, porque no te sucederá nada malo. ¡Por lo pronto, levántate y mira!" Y me cogió de la mano y me introdujo en una habitación en que había dos cofres llenos de joyas, de rubíes, de otras piedras preciosas y de objetos raros y suntuosos. Luego abrió otro cofre que estaba lleno de oro, y poniéndolo delante de mí, me dijo: "Y bien, si lo deseas, puedes coger de este cofre los seis mil dinares que han desaparecido del cinturón de ese kadí de betún, padre de mi adorada. Pero ¡oh capitán! sabe que se puede hacer algo mejor que devolver el dinero a ese barbudo de mala sombra. Además, he quitado ese dinero sólo para que se muera de rabia reconcentrada, sabiéndole tan avaro e interesado como inoportuno. No he obrado, pues, por codicia; y cuando una persona es tan rica como yo, no roba por robar. Por cierto que su hija está bien enterada de que no he dado ese golpe más que para acelerar el decreto de su destino. Pero mira el plan que tengo para acabar de hacer perder la razón a ese viejo cabrón tullido. Escucha bien mis palabras, y retenlas". Y se interrumpió un momento, y dijo: "Helo aquí: En seguida vas a ir a casa del kadí, que debe esperarte en la parrilla de la impaciencia, y le dirás: "Señor kadí, solamente por descargo de conciencia me he pasado estos tres días haciendo pesquisas por toda la ciudad con respecto a esa joven a quien diste asilo una noche, a instancias mías, y a quien ahora acusas de haberte robado seis mil dinares de oro. Por lo que respecta a mí, al capitán Moin, demasiado sé que esa mujer no ha salido de tu morada desde que entró en ella; porque a pesar de las investigaciones que en todos sentidos han hecho nuestros hombres y todos los capitanes de policía de los demás barrios, no se ha encontrado rastro ni vestigio de la joven. Y ninguna de las mujeres espías que hemos enviado a los harenes ha tenido noticia de ella. Tú, sin embargo, vienes a decirnos y a declararnos que la joven te ha robado. Pero hay que probar esa afirmación. Porque yo no sé ¡por Alah! si este extraordinario asunto se reducirá a que la joven haya sido, en tu propia casa, víctima de un atentado, o por lo menos, objeto de una negra maquinación. Y como nuestras pesquisas casi han probado que no se encuentra ella en la ciudad, convendría ¡oh señor kadí! hacer un registro en tu casa para comprobar si no quedan huellas de la joven perdida, y para cerciorarme de si mi suposición es exacta o errónea. ¡Y Alah es más sabio!"

"¡Y de tal suerte, ¡oh capitán Moin! -continuó la prodigiosa joven-, de acusado te convertirás en acusador! Y el kadí verá ennegrecerse el mundo ante sus ojos, y le acometerá una cólera grande; y se le pondrá el rostro como el pimentón, y exclamará: "¡Muy aventurado es, maese Moin, hacer semejantes suposiciones! Pero no importa; puedes comenzar tu registro en seguida. Pero luego, cuando quede bien probado que te equivocas, te tendrás más merecido el castigo que te imponga el sultán". Entonces, llevando de testigos a tus hombres, harás un registro en la casa. Y desde luego, no has de encontrarme. Y cuando hayas registrado primero la terraza y luego las habitaciones, los cofres y los armarios, sin obtener resultado, bajarás la cabeza, invadido de cruel azoramiento, y empezarás a lamentarte y a excusarte. Y en aquel momento estarás en la cocina de la casa. Entonces, como por casualidad, mirarás al fondo de una zafra grande de aceite, levantando la tapa, y exclamarás: "¡Eh, un instante! ¡atención! ahí dentro veo algo". Y meterás el brazo en la zafra y tocarás dentro una cosa así como un paquete de ropa. Y lo sacarás, y verás, y todos los presentes lo verán contigo, mi velo, mi camisa, mi calzón y el resto de mi ropa. Y estará todo manchado de sangre coagulada. Al ver aquello, quedarás triunfante, y el kadí quedará confuso; y se le pondrá amarillo el color, y le temblarán las coyunturas; y se desplomará, y acaso muera. Y si no se muere de repente, hará todo lo posible por echar tierra al asunto, a fin de que no se mezcle su nombre en tan singular aventura. Y comprará tu silencio con mucho oro. Y así lo deseo para ti, ¡oh capitán Moin!"

Al oír este discurso, comprendí el plan maravilloso que había combinado ella para vengarse del kadí. Y admiré su espíritu ingenioso, su astucia y su inteligencia. Y me consideré redimido de trabajar en lo sucesivo, y permanecí asombrado y como atontado. Pero no tardé en despedirme de la joven para seguir el camino emprendido. Y cuando le besaba yo la mano, me deslizó ella entre los dedos una bolsa de cien dinares, diciéndome: "Para tus gastos de hoy, ¡oh mi señor! Pero ¡inschalah! pronto tendrás más pruebas de la generosidad de tu agradecida". Y le di las gracias vivamente, y tan conquistado estaba por ella, que no pude por menos de decirle: "Por tu vida, ¡oh señora mía! ¿consentirás en casarte conmigo cuando este asunto se termine?" Y ella se echó a reír, y me dijo: "Olvidas ¡ya saied Moin! que ya estoy casada y ligada por promesas, por fe y por juramento con la que posee mi corazón. ¡Pero sólo Alah conoce el porvenir! Y no sucederá nada que no deba suceder. ¡Uassalam...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 939ª noche

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Ella dijo:

"... ya estoy casada y ligada por promesas, por fe y por juramento con la que posee mi corazón. ¡Pero sólo Alah conoce el porvenir! Y no sucederá nada que no deba suceder. ¡Uassalam!"

Y salí de su casa, bendiciéndola, y sin tardanza me presenté con mis hombres ante el kadí, que exclamó en cuanto me vió: "¡Bismilah! ¡ya está ahí mi deudor! pero ¿dónde está mi hacienda?". Y contesté: "¡Oh señor kadí, mi cabeza no es nada al lado de la cabeza del kadí, y no tengo nadie que me apoye. Pero si la razón está de parte mía, lucirá claramente". Y el kadí, furioso, me gritó: "¿Qué estás hablando de razón? ¿Acaso piensas poder disculparte o librarte de lo que te espera, si no has encontrado a la mujer y mi hacienda? ¡Por Alah, que entre la razón y tú hay una distancia considerable!"

Entonces yo, con mucho aplomo, le miré fijamente a los ojos, y le recité la asombrosa historia que hube de aprender y que de acusado me convertía en acusador. Y el efecto que produjo fué exactamente igual a como lo había previsto la joven. Porque el kadí, indignado, vió ennegrecerse el mundo ante sus ojos; y le llenó el pecho una cólera grande; y se le puso el rostro como el pimentón; y exclamó: "¿Qué estás diciendo; ¡oh el más insolente de los soldados!? ¡No temes hacer semejantes suposiciones con respecto a mí, delante de mí y en mi casa? ¡Pero no importa! Ya que tienes sospechas, puedes practicar un registro en seguida. Y cuando quede bien demostrado que obraste arbitrariamente, será más importante el castigo que te imponga el sultán". Y mientras hablaba así, se había puesto como una marmita al rojo en la que se echara agua fría.

Entonces invadimos la casa, y registramos por todas partes, en todos los rincones y escondrijos, de arriba a abajo, sin perdonar un cofre, un agujero ni un armario. Y mientras duraron las pesquisas, no dejé de vislumbrar, a medida que huía ella de una habitación a otra para escapar de miradas extrañas, a la encantadora gacela de quien su semejante estaba enamorada. Y pensé para mí: "¡Maschalah, ua bismilah! ¡Y el nombre de Alah sobre ella y alrededor de ella! ¡Qué rama tan flexible! ¡Qué elegancia y qué hermosura! ¡Bendito sea el seno que la ha llevado, y loores al Creador, que la ha moldeado en el molde de la perfección!". Y comprendí hasta cierto punto por qué una joven así podía subyugar a otra semejante a ella, pues me dije: "¡El botón de rosa se inclina hacia el botón de rosa y el narciso hacia el narciso!" Y me alegró tanto aquello, que hubiera querido comunicárselo sin tardanza a la joven prodigiosa, a fin de que me diese ella su aprobación y no me considerara desprovisto en absoluto de pensamientos delicados y discernimiento.

Y he aquí que de tal suerte llegamos hasta la cocina, acompañados del kadí, que estaba más furioso que nunca, sin encontrar nada sospechoso y sin descubrir ningún rastro ni vestigio de la mujer.

Entonces, siguiendo las instrucciones de mi docta maestra, fingí que estaba muy avergonzado de mi arbitrario proceder, y me excusé ante el kadí, que se regocijaba con mi azoramiento, y me humillé a él. Pero todo ello tenía por objeto dar el golpe preparado. Y aquel kadí de ingenio espeso se dejó coger en la tela de araña, y se aprovechó de aquella ocasión para abrumarme con lo que él creía su triunfo. Y me dijo: "Bueno, ¿a qué han quedado ahora reducidas tus acusaciones amenazadoras y tus imputaciones ofensivas, insolente embustero, e hijo de embustero, y embusteros también de generación en generación? ¡Pero no tengas cuidado, que pronto verás lo que cuesta faltar al respeto al kadí de la ciudad!" Y mientras tanto, apoyado en una enorme zafra de aceite sin tapa, tenía yo la cabeza baja y el aire contrito. Pero de repente levanté la cabeza y exclamé: "¡Por Alah! no estoy seguro; pero me parece que de esta zafra sale cierto olor de sangre". Y miré en la zafra y metí el brazo, y lo saqué diciendo: "¡Alah akbar! ¡bismilah!" Y cogí el paquete de ropa manchada de sangre arrojado en la zafra, antes de desaparecer, por mi joven maestra. Y allí estaba su velo, su pañuelo de la cabeza, su pañuelo del seno, su calzón, su camisa, sus babuchas y otras ropas que no recuerdo, todo ensangrentado.

Al ver aquello, el kadí, como había previsto la joven, se quedó confuso y lleno de estupor; y se puso muy amarillo de color; y le temblaron las coyunturas; y se desplomó en el suelo, desmayado, dando con la cabeza antes que con los pies. Y en cuanto recobró el sentido, no dejé de hacer ver que se habían vuelto las tortas, y le dije: "Pues bien, ya El-Kadí, ¿quién de entre nosotros es el embustero y quién el verídico? ¡Loores a Alah! ¡Creo que estoy desagraviado de haber perpetrado el supuesto robo en connivencia con la joven! Pero ¿qué has hecho tú de tu sabiduría y de tu jurisprudencia? ¿Y cómo, siendo rico como lo eres, y nutrido en las leyes, has echado sobre tu conciencia el dar asilo a una pobre mujer para engañarla, robándola y asesinándola tras de violentarla probablemente de la peor manera? ¡Por mi vida! ése es un acto espantoso del que hay que dar cuenta sin tardanza a nuestro señor el sultán. Porque no cumpliría con mi deber callándole la cosa; y como nada queda oculto, no dejaría de enterarse por otro conducto; y con ello perdería yo a la vez mi plaza y mi cabeza".

Y el infortunado kadí, en el límite del asombro, permanecía delante de mí con los ojos muy abiertos, como si no oyera nada ni comprendiera nada de aquello. Y lleno de turbación y de angustia, seguía inmóvil, semejante a un árbol muerto. Porque, como en su espíritu se había hecho la noche, ya no sabía distinguir su brazo derecho de su brazo izquierdo, ni lo verdadero de lo falso. Y cuando estuvo un poco repuesto de su atontamiento, me dijo: "¡Oh capitán Moin! se trata de un asunto oscuro que sólo Alah puede comprender. ¡Pero si quieres no divulgarlo, no te arrepentirás!" Y así diciendo, se dedicó a colmarme de consideraciones y miramientos. Y me entregó un saco que contenía tantos dinares de oro como los que él había perdido. Y de tal suerte compró mi silencio y extinguió un fuego cuyos estragos temía.

Entonces me despedí del kadí, dejándole aniquilado, y fui a dar cuenta del hecho a la joven, que me recibió riendo, y me dijo: "¡Seguramente no sobrevivirá al golpe!". Y lo cierto ¡oh mi señor sultán! es que no se pasaron tres días sin que llegara a mí la noticia de que el kadí había muerto por rotura de su bolsa de la hiel. Y como no dejara yo de visitar a la joven para ponerla al corriente de lo que había pasado, las servidoras me enteraron de que su señora acababa de marcharse con la hija del kadí a una propiedad que poseía en el Nilo, cerca de Tantah. Y maravillado de todo aquello, sin llegar a comprender qué podrían hacer juntas aquellas dos gacelas sin clarinete, hice lo posible por seguir sus huellas, pero sin lograrlo. Y desde entonces espero que un día u otro quieran ellas darme noticias suyas y esclarecer para mi espíritu un asunto tan difícil de comprender.

Y tal es mi historia, ¡oh mi señor sultán! y tal es la aventura más singular que me ha ocurrido desde que ejerzo las funciones con que me ha investido tu confianza".


Cuando el capitán de policía Moin Al-Din acabó este relato, avanzó entre las manos del sultán Baibars un segundo capitán, y después de los deseos y los votos, dijo: "Yo ¡oh mi señor sultán! te contaré también una aventura personal, y que, si Alah quiere, dilatará tu pecho". Y dijo:



Historia contada por el segundo capitán de policía

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Has de saber ¡oh mi señor sultán! que, antes de aceptarme por esposo, la hija de mi tío (¡Alah la tenga en Su misericordia!) me dijo: "¡Oh hijo del tío! si Alah quiere, nos casaremos; pero no podré tomarte por esposo mientras no aceptes de antemano mis condiciones, que son tres, ¡ni una más, ni una menos!" Y contesté: "¡No hay inconveniente! Pero ¿cuáles son?". Ella me dijo: "¡No tomarás nunca haschisch, no comerás sandía y no te sentarás nunca en una silla!". Y contesté: "Por tu vida, ¡oh hija del tío! duras son esas condiciones. Pero, tales como son, las acepto de corazón sincero, aunque no comprendo el motivo a que obedecen". Ella me dijo: "Pues son así. ¡Y pueden tomarse o dejarse!" Y dije: "¡Las tomo, y de todo corazón amistoso!".

Y se celebró nuestro matrimonio, y se realizó la cosa, y todo pasó como debía pasar. Y vivimos juntos varios años en perfecta unión y tranquilidad.

Pero llegó un día en que mi espíritu anheló saber el motivo de las tres famosas condiciones relativas al haschisch, a las sandías y a la silla; y me decía yo: "¿Pero qué interés puede tener la hija de tu tío en prohibirte esas tres cosas cuyo uso en nada puede lesionarla? ¡Ciertamente, en todo esto debe haber un misterio que me gustaría mucho aclarar!" Y sin poder ya resistir a las solicitudes de mi alma y a la intensidad de mis deseos, entré en la tienda de uno de mis amigos, y por el pronto me senté en una silla rellena de paja. Luego hice que me llevaran una sandía excelente, tras de tenerla en agua para que se refrescara. Y después de comerla con delectación, absorbí un grano de haschisch en pasta, y emprendí el vuelo hacia el ensueño y el placer tranquilo. Y me sentí perfectamente dichoso; y mi estómago era dichoso a causa de la sandía; y a causa de la silla rellena, también era muy dichoso mi trasero, privado del placer de las sillas durante tanto tiempo.

Pero ¡oh mi señor sultán! cuando volví a mi casa, aquello fué tremendo. Porque, no bien estuve en presencia suya, mi mujer se echó el velo por el rostro, como si, en lugar de ser su esposo, no fuera yo para ella más que un hombre extraño, y mirándome con ira y desprecio, me gritó: "¡Oh perro hijo de perro! ¿es así como mantienes tus compromisos? ¡Vamos, sígueme! ¡Iremos a casa del kadí para arreglar el divorcio!" Y yo, con el cerebro nublado todavía por el haschisch, y con el vientre pesado aún a causa de la sandía, y con el cuerpo descansado por haber sentido debajo de mis nalgas, después de tanto tiempo, una silla mullida, traté de ser audaz, negando mis tres fechorías. Pero aún no había esbozado el gesto de la negación, cuando me gritó mi esposa: "Amordaza tu lengua, ¡oh proxeneta! ¿Vas a atreverte a negar la evidencia? Apestas a haschisch, y mi nariz te huele. Te has atascado de sandía, y veo las huellas en tu ropa. Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 940ª noche

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Ella dijo:

"... Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí!"

Y tras de hablar así, acabó de envolverse en sus velos, y me arrastró, a pesar de mi nariz, a casa del kadí. Y cuando estuvimos en su presencia, le dijo: "¡Oh mi señor kadí! tu servidora está unida en legítimo matrimonio con este hombre abyecto que se halla ante ti. Y antes de nuestro matrimonio, le impuse tres condiciones esenciales que ha aceptado él durante cierto tiempo; pero hoy acaba de infringirlas. Así, pues, como tengo derecho a ello, quiero cesar de ser su esposa a partir de este momento; y vengo a pedirte el divorcio y a reclamar mi equipo y la pensión". Y el kadí quiso conocer las condiciones. Y ella se las detalló, añadiendo: "Pero este hijo de ahorcado se ha sentado en una silla, ha comido una sandía y ha tomado haschisch". Y probó su aserto conmigo, que no me atrevía a negar la evidencia, y me limitaba a bajar la cabeza confuso.

Entonces el kadí, que tenía buenos sentimientos y se apiadaba de mi estado, dijo a mi esposa, antes de pronunciar sentencia: "¡Oh hija de gentes de bien! indudablemente, estás en tu derecho; pero debes ser misericordiosa". Y como ella se sublevaba y escandalizaba y no quería escuchar ni oír nada, el kadí y todos los presentes se pusieron a rogarle con insistencia que me perdonara por aquella vez. Y como seguía siempre inexorable, acabaron por rogarle sencillamente que suspendiera su demanda de divorcio para tomarse tiempo de reflexionar acerca de si, en vista de la unanimidad de los ruegos, no sería más razonable aplazar por el momento su pretensión, sin perjuicio de llevarla a cabo otra vez en caso de necesidad. Entonces mi esposa acabó por decir de mala gana: "Bueno, consiento en reconciliarme con él; pero con la condición expresa de que el señor kadí halle respuesta a la pregunta que yo le haga".

Y el kadí dijo: "Con mucho gusto. Haz la pregunta, ¡oh mujer!" Y ella dijo: "Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy?". Y el kadí bajó la cabeza para meditar. Pero por más que reflexionó acariciándose la barba, no dió con ello. Y acabó por encararse con mi esposa, y le dijo: "¡Ualahí! hoy no puedo encontrar la solución de ese problema, porque estoy fatigado de mi larga sesión de justicia. Pero te ruego que vengas aquí mañana por la mañana, y ya te contestaré, habiendo tenido tiempo para consultar mis libros de jurisprudencia".

A continuación levantó la sesión de justicia, y se retiró a su casa. Y tan preocupado le tenía el problema consabido, que ni siquiera pensó en probar la comida que acababa de servirle su hija, una joven de catorce años y medio. Y dominado por su obsesión, se repetía a media voz: "Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy? Vaya, ¡ualahí! ¿quién soy? Sí, ¿quién es? ¿Qué será?" Y revolvió todos sus libros de jurisprudencia, y obras de medicina, y gramática, y tratados científicos, y en ninguna parte pudo encontrar la solución de aquel problema, ni la menor cosa que de cerca o de lejos lograra resolverlo o encaminara a su explicación. Así es que acabó por exclamar: "¡No, por Alah, renuncio a ello! jamás me ilustrará sobre el particular ninguna obra".

Y su hija, que le observaba y notaba su preocupación, le oyó pronunciar estas últimas palabras, y le dijo: "¡Oh padre! me parece que estás preocupado y atareado. ¿Qué te ocurre, ¡por Alah sobre ti!? ¿Y cuál es el motivo de su atareamiento y de tus preocupaciones?"

Y contestó él: "¡Oh hija mía! se trata de una cosa inexplicable, de un asunto sin resolver". Ella dijo: "Explícamelo no obstante. Nada hay oculto para la ciencia del Altísimo". Entonces decidióse él a contárselo todo y a exponerle el problema que le había propuesto mi joven esposa. Y ella se echó a reír, y dijo: "¡Maschalah! ¿es ese el problema insoluble? Pero ¡oh padre! si es tan sencillo como el curso del agua corriente. En efecto, la solución está clara, y se reduce a esto: por el vigor, la dureza y la resistencia, el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es comparable a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, a un nervio; y después de los sesenta, no es más que una piltrafa de carne sin propiedad alguna".

Al oír estas palabras de su hija, el kadí se dilató y se esponjó, y dijo: "¡Loores a Alah, dispensador de la inteligencia. Tú salvas mi honor, ¡oh hija bendita! e impides que se deshaga un buen matrimonio". Y apenas fué de día, se levantó en el límite de la impaciencia, y corrió a la casa de las leyes, donde presidía la sesión de justicia, y tras de una larga espera, por fin vió entrar a la mujer a quien esperaba, o sea a mi esposa, y al esclavo que tienes delante, o sea yo mismo. Y después de las zalemas por una y otra parte, mi esposa dijo al kadí: "¡Ya sidi! ¿te acuerdas de mi pregunta, y has resuelto el problema?" Y contestó él: "¡El hamdú lilah! ¡Loor a Alah, que me ha iluminado! ¡Oh hija de gentes de bien! podías haberme hecho una pregunta un poco más difícil, porque ésa está resuelta sin dificultad. Y todo el mundo sabe que el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es parecido a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, se torna semejante a un nervio; y después de los sesenta, no es más que un pedazo de carne sin consecuencia".

Pero mi esposa, que conocía muy bien a la joven y estaba enterada de cuánta era su inteligencia, adivinó lo que había pasado, y dijo al kadí con cierta burla: "No tiene más que catorce años y medio tu hija; pero su cabeza tiene el doble o más. ¡Enhorabuena, enhorabuena! ¿a dónde irá a parar si sigue así? ¡Ualahí, muchas mujeres profesionales no sabrían tanto! Tiene una disposición excelente para las ciencias, y está asegurado su porvenir".

Y a continuación me hizo seña de que abandonara la sala de las sesiones de justicia, dejando al kadí pasmado, absorto y cubierto de confusión, en presencia de toda la concurrencia, hasta el fin de sus días".


Y tras de hablar así, el segundo capitán de policía se retiró a su fila. Y el sultán Baibars le dijo: "Los misterios de Alah son insondables. ¡Esa historia es una historia asombrosa!". Entonces avanzó el tercer capitán de policía, que se llamaba Ezz Al-Din, y después de besar la tierra entre las manos de Baibars, dijo: "En cuanto a mí, ¡oh rey del tiempo! en el transcurso de mi vida no me ha ocurrido nada saliente que merezca llegar a oídos de Tu Alteza. Pero, si me lo permites, te contaré una historia que, por muy impersonal que sea, no es menos atrayente y prodigiosa. Pero hela aquí:



Historia contada por el tercer capitán de policía

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"Has de saber ¡oh nuestro señor sultán! que la madre de tu esclavo sabía una porción de cuentos de las edades antiguas. Y entre otras historias que le oí, me contó un día ésta:

Había una vez en una comarca cercana al mar salado, un pescador que estaba casado con una mujer muy hermosa. Y esta hermosura le hacía dichoso; y también él la hacía dichosa a ella. Y el tal pescador bajaba todos los días a pescar, y vendía el pescado, cuya venta le producía lo justo para mantenerse ambos. Pero un día cayó enfermo, y transcurrió la jornada sin que tuviesen qué comer. Así es que al día siguiente le dijo su esposa: "¡Bueno! ¿no vas a ir hoy de pesca? Entonces ¿de qué vamos a vivir? Anda, no hagas más que levantarte; y como estás cansado, yo llevaré en lugar tuyo la red de pescar y el cesto. Y en ese caso, aunque no cojamos más que dos peces, los venderemos y tendremos cena". Y el pescador dijo: "¡Está bien!". Y se levantó, y su mujer echó a andar detrás de él con el cesto y la red de pescar. Y llegaron a la orilla del mar, a un paraje abundante en pescado, que estaba al pie del palacio del sultán.

Y he aquí que aquel día precisamente el sultán estaba asomado a la ventana y miraba al mar. Y divisó a la hermosa mujer del pescador, y recreó en ella sus ojos, y se enamoró de ella en el mismo momento. Y en el acto llamó a su gran visir, y le dijo: "¡Oh visir mío! acabo de ver a la mujer de ese pescador que está ahí, y estoy prendado de ella apasionadamente, porque es hermosa y no tiene quien la iguale de cerca ni de lejos en mi palacio". Y el visir contestó: "Se trata de un asunto delicado, ¡oh rey del tiempo! ¿Qué vamos a hacer, pues?" Y el sultán contestó: "No hay que vacilar; es preciso que hagas prender al pescador por los guardias de palacio, y que le mates. Entonces yo me casaré con su mujer".

Y el visir, que era hombre juicioso, le dijo: "No es lícito que le mates sin delito por parte suya, pues la gente hablará mal de ti. Se dirá, por ejemplo: "El sultán ha matado a ese pobre pescador a causa de su mujer". Y el rey contestó al visir: "¡Es verdad, ualahí! ¿Qué tengo que hacer, pues, para satisfacer mi deseo con esa hermosa sin par?" Y el visir dijo: "Puedes conseguir tu propósito por medios lícitos. Ya sabes, en efecto, que la sala de audiencias del palacio tiene una fanega de larga y una fanega de ancha. Por tanto, vamos a hacer venir al pescador a la sala, y yo le diré: "Nuestro señor el sultán quiere poner una alfombra en esta sala. Y la alfombra ha de ser de una pieza. Si no la traes te mataremos". De esta manera, su muerte tendrá un motivo. Y no se dirá que fué por culpa de una mujer". Y el sultán contestó: "Bueno".

Entonces el visir se levantó y envió a buscar al pescador. Y cuando llegó éste, le cogió y le llevó a la sala consabida, en presencia del sultán, y le dijo: "¡Oh pescador! nuestro amo el rey quiere que le pongas en esta sala, de una fanega de larga y otro tanto de ancha, una alfombra que sea de una pieza. Para ello te da un plazo de tres días, al cabo de los cuales, si no traes la alfombra, te achicharrará al fuego. Extiende, pues, un contrato en este papel, y formalízalo con tu sello".

Al oír estas palabras del visir, el pescador contestó: "Está bien. Pero ¿acaso soy yo un vendedor de alfombras? Soy un vendedor de peces. Pídeme peces de todos los colores y de diferentes variedades, y te los traeré. Pero, lo que es las alfombras, no me conocen, ¡por Alah! y yo no las conozco a ellas, y ni siquiera conozco su olor ni su color. Respecto a los peces, me comprometeré, y sellaré el contrato".

Pero el visir contestó: "Es inútil que argumentes con palabras ociosas. Lo ha ordenado el rey". Y dijo el pescador: "Así, ¡por Alah! puedes exigirme cien sellos, y no un sello, desde el momento en que se me toma por proveedor de alfombras". Y golpeó sus manos una contra otra, y salió del palacio, y se marchó en pos de su mujer, muy enfadado.

Y al verle de aquel modo, su mujer se preguntó: "Por qué estás enfadado". El contestó: "Calla. Y sin hablar más, levántate y recoge la poca ropa que poseemos, y huyamos de este país". Ella preguntó: "¿Por qué?" El contestó: "Porque el rey quiere matarme dentro de tres días". Ella dijo: "Pero ¿por qué?" El contestó: "¡Quiere de mí una alfombra de una fanega de larga y de una fanega de ancha para la sala de su palacio!" Ella preguntó: "¿No es nada más que eso?" El contestó: "Nada más". Ella dijo: "Está bien. Duerme tranquilo, que mañana yo te traeré la alfombra consabida, y la extenderás en la sala del rey". Entonces dijo él: "¡No me faltaba más que eso! Buenos estamos ahora. ¿Te has vuelto tan loca como el visir, ¡oh mujer! o acaso somos mercaderes de alfombras?" Pero ella contestó: "¿Quieres ahora misma la alfombra? Porque te indicaré el sitio donde puedes encontrarla y traerla aquí". El dijo: "Sí, prefiero que lo hagas en seguida para estar seguro. De ese modo podré dormir tranquilo". Ella dijo: "Siendo así, ¡oh hombre! yalah, levántate y ve a tal paraje, cercano a los jardines. Allí encontrarás un árbol torcido, debajo del cual hay un pozo. Y te inclinarás sobre ese pozo y mirarás adentro, y gritarás: "Tu querida amiga te envía la zalema por mediación mía, Y te encarga que me entregues para que yo se lo dé, el huso que ayer dejó olvidado en tu casa con las prisas por volver a la suya antes de que se hiciese de noche, porque queremos amueblar y alfombrar una habitación por medio de ese huso". Y el pescador dijo a su mujer: "Está bien".

Sin tardanza fué Pues al pozo consabido que estaba debajo del árbol torcido, miró al fondo, y gritó: "Tu querida amiga te envía la zalema por mediación mía, te encarga que me entregues el huso que dejó olvidado en tu casa, porque queremos amueblar una habitación por medio de ese huso".

Entonces la que estaba en el pozo -¡sólo Alah la conoce!- le contestó, diciendo: "¿Acaso puedo rehusar algo a mi querida amiga? ¡Toma, aquí tienes el huso! y ve a amueblar y alfombrar la habitación a tu gusto, valiéndote de él. Luego me lo traerás aquí". El dijo: "Está bien". Y cogió el huso que vió salir del pozo, se lo echó al bolsillo, y tomó el camino de su casa, diciéndose: "Esa mujer me ha vuelto tan loco como ella". Y continuó su camino, y llegó al lado de su mujer, y le dijo: "¡Oh hija del tío! ¡Aquí traigo el huso!"

Ella le dijo: Está bien. Vete ahora a buscar al visir que quiere tu muerte, Y dile: "¡Dame un clavo grande!" Y te dará un clavo, y lo clavarás en un extremo de la sala, atarás a él el hilo de este huso, ¡y extenderás la alfombra con arreglo al largo y al ancho que quieras!" Y el pescador prorrumpió en exclamaciones, diciendo: "¡Oh mujer! ¿quieres que antes de mi próxima muerte las gentes se rían de mi razón y se burlen de mí, tomándome por loco? ¿Acaso hay dentro de este huso una alfombra de una fanega?" Ella le dijo, enfadada: "¿Quieres marcharte cuanto antes, o no quieres? Calla, ¡oh hombre! y limítate a hacer lo que te he dicho". Y el pescador fué a palacio, con el huso, diciéndose: "No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Omnisciente. ¡Ha llegado ¡oh pobre! el último día de tu vida...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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