Make your own free website on Tripod.com








Y cuando llegó la 932ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

"... Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! —continuó Tohfa—, os diré el Canto de la Rosa. Helo aquí:


Soy la que hace su visita entre el invierno y el verano. Pero mi visita es tan corta como la aparición del fantasma nocturno.


Apresuraos a disfrutar el corto espacio de mi floración, y acordaos que el tiempo es un alfanje afilado.


Tengo el color de la amante a la vez que el traje del amante. Embalsamo a quien aspira mi aliento, y converso con la joven que me recibe de mano de su amigo, sintiendo una emoción desconocida.


Soy un huésped que nunca resultó inoportuno; y quien espere poseerme por mucho tiempo se equivoca. Soy aquella de quien está enamorada el ruiseñor.


Pero, con toda mi gloria, ¡ay! soy la más castigada de todas mis hermanas. Tierna aún, por doquiera que florezco, un círculo de espinas me oprime en todos sentidos.


Como flechas aceradas, esparcen mi sangre por mis vestiduras y las tiñen de bermejo color. Estoy eternamente herida.


Sin embargo, a pesar de cuanto sufro, sigo siendo la más elegante entre las efímeras. Me llaman Orgullo de la mañana. Brillante de lozanía, me adorno con mi propia hermosura.


Pero he aquí la mano terrible de los hombres, que me coge de en medio de mi jardín de hojas para llevarme a la prisión del alambique, entonces se liquida mi cuerpo y se abrasa mi corazón; se desgarra mi piel y se pierde mi fuerza; corren mis lágrimas y nadie tiene piedad de mí.


Mi cuerpo es presa del ardor del fuego, mis lágrimas de la sumersión y mi corazón del borboteo. El sudor que segrego es indicio irrecusable de mis tormentos.


Aquellos a quienes consume un mal abrasador se alivian con mi alma volátil; y aquellos a quienes agita el deseo aspiran con delicia el almizcle de mis antiguos trajes.


Así es que, cuando mi hermosura exterior abandona a los hombres, mis cualidades interiores con mi alma se quedan entre ellos.


Y los contemplativos, que saben extraer de mis encantos pasajeros una alegoría, no añoran la época en que mi flor adornaba los jardines; pero los amantes querrían que durara siempre esa época.


"Y ahora, ¡oh señores míos y señoras mías! si queréis, os diré el Canto del Jazmín. Helo aquí:


Cesad de apenaros, ¡oh vosotros todos los que a mí os acercáis! que soy el jazmín. En el azul estallan mis estrellas, más blancas que la plata en la mina.


Nazco directamente del seno de la divinidad, y reposo en el seno de las mujeres.


Soy un adorno maravilloso para llevarlo en la cabeza.


Bebed vino en compañía, y burlaos de quien pasa su tiempo en languidez.


Mi color recuerda el alcanfor, ¡oh mis señores! y mi olor es el padre de los olores, el me hace estar presente todavía cuando ya estoy lejos.


Mi nombre, Yas-min, brinda un enigma cuyo significado verdadero no puede por menos de gustar a los novicios en la vida ingeniosa.


Está compuesto de dos palabras diferentes, desesperación y error. Indico, pues, con mi lenguaje mudo, que la desesperación es un error.


Por eso llevo conmigo la dicha y pronostico la felicidad y la alegría.


Soy el jazmín. Y mi color recuerda el alcanfor, ¡oh mis señores!


"Y ahora, ¡oh señores míos y señoras mías! si queréis, os diré el Canto del Narciso. Helo aquí:


No me ofusca mi hermosura porque mis ojos sean lánguidos, porque me balancee armoniosamente y porque tenga un noble origen.


Siempre junto a las flores, me complazco en mirarlas; charlo con ellas a la luz de la luna, y constantemente soy su camarada.


Mi hermosura me otorga el primer puesto entre mis compañeras, y no obstante, soy su servidor. Así, puedo enseñar a quienquiera que lo desee las obligaciones propias del servicio.


Me ajusto a los riñones el cinturón de la obediencia, y me mantengo en pie como un buen servidor.


No me siento con las demás flores, ni alzo la cabeza hacia mi comensal.


Jamás soy avaro de mi perfume para aquel que desee aspirarlo, y jamás me rebelo a la mano que me coge.


A cada instante aplaco mi sed en mi cáliz, que es para mí un vestido de pureza.

Un tallo de esmeralda sírveme de base, y mi vestido está formado de oro y plata.


Cuando reflexiono sobre mis imperfecciones, no puedo por menos de bajar, confundido, mis ojos hacia tierra. Y cuando medito en lo que un día llegaré a ser, mi tez cambia de color.


Porque quiero, con la humildad de mis miradas, confesar mis defectos y hacerme perdonar mis guiños de ojos, y si a menudo bajo la cabeza, no es por mirarme en las aguas y admirarme, sino para pensar en el momento cruel de mi término.


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto de la Violeta. Helo aquí:


Estoy vestida con el manto de una hoja verde y con un ropón de honor ultramarino. Soy una cosita ínfima de aspecto delicioso.


Llámase a la rosa Orgullo de la mañana. Yo soy su misterio.


¡Pero cuán digna de envidia es mi hermana la rosa, que vive la vida de los bienaventurados y muere mártir de su hermosura!


Yo me amustio desde mi infancia, consumida de pena, y nazco vestida de luto.


¡Qué cortos son los instantes en que disfruto una vida agradable! ¡Ay! ¡ay! ¡qué largos son los instantes en que vegeto seca y despojada de mis trajes de hojas!


Ved. En cuanto abro mi corola, vienen a cogerme y a separarme de mis raíces sin darme tiempo de llegar al término de mi desarrollo.


No faltan entonces gentes que, abusando de mi debilidad, me tratan con violencia sin que las conmuevan mi modestia ni mis atractivos.


Hablo de placer a los que están junto a mí, y gusto a los que me advierten. Sin embargo, apenas pasa un día, y hasta menos de un día, no se me estima ya.


Y se me vende al más bajo precio tras de hacer el mayor caso de mí; y acábase por encontrarme defectos tras de haberme colmado de elogios.


De noche, por influjo del Destino enemigo, mis pétalos se enrollan y se mustian; y por la mañana, estoy pálida y seca.


Entonces es cuando me recogen las gentes estudiosas que conocen mis virtudes, con mi auxilio, alejan los males, aplacan los dolores y dulcifican los caracteres secos.


Fresca, hago disfrutar a los hombres la dulzura de mi perfume, el encanto de mi flor; seca les devuelvo la salud.


Pero, entre los hijos de los hombres, cuántos ignoran mis cualidades interiores y no se dignan escrutar mis ribetes de sabiduría.


Ofrezco, sin embargo, tantos motivos de reflexión a los meditativos, que procuran instruirse estudiándome. Porque mi modo de ser atrae a los que escuchan la voz de la razón.


Pero me consuelo de ser desconocida tan a menudo, viendo cómo mis flores, sobre sus tallos, se asemejan a un ejército cuyos jinetes, con cascos de esmeralda, hubieran adornado de zafiros sus lanzas y arrebatado oportunamente con sus lanzas las cabezas de sus enemigos.


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto del nenúfar. Helo aquí:


Tan temeroso y púdico es mi natural, que, no pudiendo decidirme a vivir desnudo al aire, rehuyo las miradas y me escondo en el agua. Y con mi corola inmaculada, me dejo adivinar más bien que ver.


Escuchen con avidez mis lecciones los enamorados, y tengan miramientos conmigo, y pórtense con prudencia.


Los lugares acuáticos son mi lecho de reposo, porque me gusta el agua límpida y corriente, y no me separo de ella ni por la mañana ni por la noche, ni en el invierno ni en el verano.


Y ¡qué cosa tan extraordinaria! atormentado de amor por esa agua, no ceso de suspirar tras ella, y presa de la sed ardiente del deseo, la acompaño por doquiera.

¿Vióse jamás nada parecido? Estar en el agua y sentirse devorado por la sed más ardiente.


De día, bajo los rayos del sol, despliego mi cáliz dorado; pero cuando la noche envuelve a la tierra con su manto y se extiende sobre las aguas, la onda me atrae hacia sí.


Y se inclina mi corola, y hundiéndome en el seno nativo, me retiro al fondo de mi nido de verdor y de agua y vuelvo a mis pensamientos solitarios, porque mi cáliz, sumergido en el agua nocturna, contempla entonces, como un ojo vigilante, lo que hace su dicha.


Y los hombres irreflexivos no saben ya dónde estoy, y no sospechan mi dicha escondida, y ningún censor viene a importunarme para alejarme de mi fresca bienamada.

Además de que, adonde quiera que me llevan mis deseos, mi bienamada permanece al lado mío.


Si le ruego que alivie el ardor que me inflama, me empapa ella en su dulce licor, y si le pido asilo, complaciente, ábreme su seno para ocultarme en él.


Mi existencia se halla ligada a la suya, y la dulzura de mi vida depende del tiempo que viva ella conmigo.


Ella sola puede darme el último grado de la perfección, y sólo a sus cualidades debo mis virtudes.


Tan temeroso y púdico es mi natural, que, no pudiendo decidirme a vivir desnudo al aire, huyo las miradas y me escondo en el agua. Y con mi corola inmaculada, me dejo adivinar más bien que ver.


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto del Alelí...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 933ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

"... Y ahora, si queréis, ¡oh señores y señoras mías! os diré el Canto del Alelí. Helo aquí:


Las revoluciones del tiempo han cambiado mi color primitivo, descomponiéndolo en los tres matices diferentes que constituyen mis variedades.


La primera se presenta con la vestidura amarilla del mal de amor; la segunda se ofrece a las miradas vestida con el traje blanco de la inquietud que producen los tormentos de la ausencia; y la tercera aparece bajo el velo azul de la pena de amor.


Cuando soy blanco, no tengo brillo ni perfume. Así es que el olfato desdeña mi corola, y nadie viene a levantar el velo que cubre mis hechizos.


Pero me alegro de verme tan abandonado, porque así lo quería. (Guardo cuidadosamente mi secreto, encierro en mí mismo mi perfume, y disimulo mis tesoros con tanto esmero para que ni los deseos ni los ojos puedan gozar de ellos).


Cuando soy amarillo me propongo, por el contrario, seducir; a tal fin, adopto un aire de voluptuosidad; desde por la mañana hasta por la noche esparzo mi olor almizclado; y en el crepúsculo de la mañana y en el de la tarde dejo escapar mi aromático aliento.

No me censuréis, ¡oh hermanas mías! si, acuciado por los deseos, confío mi pasión al soplo del céfiro. La amante que traiciona su deseo no es culpable, sino que está vencida por la violencia de su amor.


Pero cuando soy azul, reprimo mi ardor durante el día, soporto mi pena con paciencia, y no exhalo el aroma de mi corazón.


Incluso a aquellos que me aman, nada les respondo cuando la luz del sol ofende al misterio en que me complazco; ni les manifiesto el secreto de mi alma, ni siquiera traiciono mi presencia con mi aroma.


Pero en cuanto la noche me cubre con sus sombras, muestro mis tesoros a mis amigos, y me quejo de mis males a los que sufren las mismas penas que yo, y cuando, en el jardín donde están sentados mis amigos, dan la vuelta las copas de vino, yo bebo a mi vez en mi propio corazón.


Entonces, cuando el instante me parece favorable, exhalo mis emanaciones nocturnas, y esparzo un perfume tan dulce cual la sociedad de un amigo muy querido.


También entonces, si se busca mi presencia y se me acaricia delicadamente, cedo con presteza a la invitación, sin quejarme de lo que me hacen sufrir los corazones duros.


¡Ah! Me gustan las tinieblas que los amantes escogen para sus entrevistas, en que la enamorada desfallece con los brazos abiertos. Me gustan las tinieblas que me permiten exhalar al viento mis endechas perfumadas, quitarme los velos que tapan mi desnudez, y presentar a mis hermanas sin perfumes el homenaje de mi incienso.


"Y ahora, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré, si queréis, el Canto de la Albahaca. Helo aquí:


Ha llegado el momento, hermanas mías, de que adornéis a satisfacción el jardín en que moro. Dadme órdenes, y admitidme de comensal, por favor.


Mis hojas frescas y delicadas os anuncian mis raras cualidades. Soy amiga de los arroyos; comparto los secretos de los que conversan a la luz de la luna, y soy su depositaria más fiel.


Admitidme de comensal, ¡oh hermanas mías! Así como la danza no sería agradable sin el sonido de los instrumentos, el ingenio de las personas deliciosas no sería regocijante sin mi presencia.


Mi seno encierra un perfume precioso que penetra hasta el fondo de los corazones. Estoy prometida a los elegidos en el paraíso.

Ya os he dicho ¡oh hermanas mías! que no soy indiscreta. No obstante, quizá hayáis oído decir que existe un delator entre los individuos de mi familia: ¡la menta!


Pero os ruego que no le hagáis reproches: sólo difunde su propio olor, y sólo divulga un secreto que la concierne.


El que es indiscreto para sí mismo no puede compararse con quien revela secretos que se le han confiado, y no merece el apelativo injurioso de delator.


De todos modos, no estoy ligada a la menta por lazos de parentesco próximo. Reflexionad en esto, ¡oh hermanas mías! Soy amiga de los ruiseñores; conozco los secretos de los enamorados que hablan a la luz de la luna; soy una depositaria fiel.


Ha llegado el momento de que adornéis a satisfacción el jardín en que moro, dadme órdenes, y admitidme de comensal, por favor.


"Y ahora, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré, si queréis, el Canto de la Manzanilla. Helo aquí:


Si te encuentras en estado de comprender los emblemas, levántate, y ven a aprovecharte de los que se te ofrecen. Si no, duerme, ya que no sabes interpretar la Naturaleza. Pero hay que confesar que es muy culpable tu ignorancia.


¿Cómo no han de ser deliciosos los días en que mi flor se abre? Ha llegado la época de que embellezca yo los campos y mi hermosura sea más dulce y más grata.


Mis pétalos blancos sirven para que se me reconozca desde lejos, y mi disco amarillo imprime dulce languidez a mi corola.


Se puede comparar la diferencia de mis dos colores a la que existe entre los versículos del Korán, que unos son claros y otros oscuros.


Aprende a desentrañar el sentido oculto de mi muerte aparente, que tiene lugar cada año, y de los tormentos que el Destino me hace sufrir.


Con frecuencia venías a admirarme cuando mi flor abierta encantaba las campiñas; y poco después has venido de nuevo, pero no me has encontrado. Y no comprendiste.


Así, cuando mis querellas dolorosas suben en pos de mis hermanas las palomas, supones que estos gemidos son un cántico de placer, y retozas, dichoso, sobre el césped esmaltado con mis flores. ¡Ay! no has comprendido.


Mis pétalos blancos sirven para que se me reconozca desde lejos. Pero es enfadoso que no sepas distinguir mi alegría de mi tristeza.


"Y ahora, ¡oh señores míos y señoras mías! si queréis, os diré el Canto de la Alhucema. Helo aquí:


¡Oh! ¡Cuán dichosa soy de no contarme en el número de las flores que adornan los parterres! No corro riesgo de caer en manos viles, y estoy al abrigo de los discursos frívolos.


Al revés que a las plantas hermanas mías, la Naturaleza me ha hecho crecer lejos de los arroyos; y no me gustan los lugares cultivados y las tierras civilizadas.

Soy salvaje. Lejos de la sociedad, resido en los desiertos y en las soledades. Porque no me gusta mezclarme con la muchedumbre.


Como nadie me siembra ni cultiva, nadie tiene que echarme en cara los cuidados que me ha prestado. ¡Soy libre, libre! Y jamás me tocaron las manos del esclavo ni del hombre de las ciudades.


Pero si vas al Najd de Arabia, me encontrarás: allí, lejos de las moradas de los hombres pálidos, hacen mi dicha las llanuras espaciosas, y la sociedad de las gacelas y de las abejas es mi único placer.


Allí, el ajenjo amargo es mi hermano en soledad. Soy la bienamada de los anacoretas y de los contemplativos. Y he consolado a Agar y he curado a Ismael.


Soy libre, libre y semejante a las hijas de sangre noble, a quienes no se pone a la venta en los mercados de las ciudades.


No me buscan los libertinos, sino que sólo me estima el que, abrigando el propósito inquebrantable, se descubre la pierna y se lanza sobre el rápido corcel, con una brizna de mi tallo en la oreja.


Quisiera que estuvieses en el desierto de Najd, de donde soy originaria, cuando la brisa de la mañana vaga al lado mío por los valles.


Mi olor fresco y aromático perfuma al beduino solitario, y mi discreta exhalación regocija el olfato de los que descansan junto a mí.


Así es que, cuando el rudo camellero describe mis raras cualidades a las gentes de las caravanas, no puede menos de hablar de mí con ternura.


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré, para terminar, el Canto de la Anémona. Helo aquí:


Si mi interior estuviera conforme con mi exterior, no me vería obligada a quejarme y a envidiar la suerte de mis hermanas.


Se ensalzan sin cesar los ricos matices de mi vestido, y el mayor elogio que se hace de las mejillas de las vírgenes es encontrarles parecido con mi tinte encarnado.


Y, sin embargo, quien me ve me desdeña; no me colocan en los vasos que decoran las salas de los festines; nadie elogia mis gracias; no participo de los homenajes que se rinden a mis hermanas; se me relega al último lugar en los parterres; se llega hasta excluirme de ellos por completo; y parece que a la vez repugno a la vista y al olfato.


¡Ay de mí! ¿Dónde está, pues, la causa de tan marcada indiferencia? ¡Ay! ¡ay! me supongo que obedecerá a que tengo negro el corazón.


¿Pero qué puedo yo contra los designios del Destino? Si mi interior está lleno de defectos y tengo negro el corazón, ¿no hay hermosura en mi exterior?


Renuncio a luchar. ¡Ay de mí! Si mi interior estuviera conforme con mi exterior, no me vería obligada a quejarme y a envidiar la suerte de mis hermanas. Me imagino que toda mi desgracia procede de mi corazón.


"Y ahora que he acabado los cantos del céfiro y de las flores, os diré, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! algunos cantos de aves. He aquí primeramente el Canto de la Golondrina...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 934ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

"... Y ahora que he acabado los cantos del céfiro y de las flores, os diré, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! algunos cantos de aves. He aquí primeramente el Canto de la Golondrina:


Si utilizo para vivienda las terrazas y las casas, apartándome con ello de mis semejantes los pájaros que habitan en las concavidades de los árboles y en las ramas, es porque a mis ojos nada hay preferible a la condición de extraño. Me mezclo, pues, con los humanos porque no son de mi especie, y precisamente para ser extraña entre ellos.


Vivo siempre como viajera, y así disfruto la compañía de la gente instruída. Lejos de su patria, siempre es uno acogido con bondad y de manera cortés.

Cuando me establezco en una casa, no me permito hacer el menor agravio a sus habitantes. Me limito a levantar allí mi celda con materiales cogidos a orillas de los arroyos.

Aumento el número de los individuos de la casa; pero no pido que me hagan participar de sus provisiones, pues voy a buscar mi sustento en los lugares desiertos, así, el cuidado que pongo en abstenerme de lo que mis huéspedes poseen me atrae su afecto; porque si quisiera participar de su alimento, no me admitirían en sus moradas.


Estoy junto a ellos cuando se hallan reunidos; pero me alejo cuando toman su comida. Porque es de sus buenas cualidades de lo que deseo participar y no de sus festines; es su mérito lo que busco y no su trigo; anhelo su amistad y no su grano.


¡Así, es que, como me abstengo escrupulosamente de lo que poseen los hombres, tengo su afecto, y se me recibe en sus moradas como a una pupila a quien se estrecha contra el seno!


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto del Búho. He aquí:


Me llaman maestro de la sabiduría, ¡ay! ¿quién conoce la sabiduría? La sabiduría, la paz y la dicha no se encuentran más que en el aislamiento. En él, al menos, hay probabilidades de encontrarlas.


Desde que nací, me aparté del mundo. Porque lo mismo que una sola gota de agua da origen a un torrente, la sociedad da origen a calamidades. Así es que no cifré en ella mi felicidad nunca.


Una cavidad de cualquier mina muy antigua constituye mi vivienda solitaria. Allí, lejos de compañeros, amigos y allegados, estoy al abrigo de tormentos y nada tengo que temer de los envidiosos.


Dejo los palacios suntuosos a los infortunados que en ellos residen, y los manjares delicados a los pobres ricos que de ellos se alimentan.


En mi soledad austera he aprendido a reflexionar y a meditar. Mi alma especialmente ha atraído mi atención. He pensado en el bien que puede hacer y en el mal de que puede ser culpable. He fijado mi atención en las cualidades reales e internas.


Así he aprendido que no existen alegrías ni placeres y que el mundo es un gran vacío erigido sobre el vacío. Hablo oscuramente, pero yo me entiendo. Hay cosas que es funesto explicar.


He olvidado, pues, lo que mis semejantes tienen derecho a esperar de mí, y lo que yo tengo derecho a esperar de ellos. He abandonado mi familia, mis bienes y mi país. He pasado con indiferencia por encima de los castillos. He escogido el viejo agujero de la muralla. Me prefiero a mí mismo.


Por eso me llaman el maestro de la sabiduría. ¡Ay! ¿quién conoce la sabiduría?


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto del Halcón. Helo aquí:


Es verdad que soy taciturno. Soy, incluso, muy sombrío a veces. Ciertamente, no soy el ruiseñor lleno de fatuidad, cuyo canto habitual fatiga a las aves, y a quien la intemperancia de su lengua atrae todas las desdichas.


Soy fiel a las normas del silencio. La discreción de mi lengua acaso sea mi único mérito, y el cumplimiento de mis deberes mi perfección acaso.


Reducido al cautiverio por los hombres, permanezco reservado, y jamás descubro el fondo de mi pensamiento. Nunca se me verá llorar sobre los vestigios de mi pasado. La instrucción es lo que busco en mis viajes.


Así es que mi amo acaba por quererme y temeroso de que mi imparcialidad y mi reserva me atraigan odio, me tapa la vista con la caperuza, de acuerdo con estas palabras del Korán: "¡No desparrames la vista!"


Enlaza mi lengua sobre mi pico con el lazo que cumple estas palabras del Korán: "¡No muevas la lengua!"


Me oprime, en fin, con las trabas designadas por este versículo del Korán: "¡No andes por la tierra con petulancia!"


Sufro al verme atado así; pero, silencioso siempre, no me quejo de los males que soporto.


Así se ha hecho mi instrucción, madurando por mucho tiempo mis pensamientos en la noche de la caperuza. ¡Y entonces es cuando los reyes se tornan servidores míos, su mano real es punto de partida de mi vuelo y su puño queda debajo de mis pies orgullosos!


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto del Cisne: Helo aquí:


Dueño de mis deseos, dispongo del aire, de la tierra y del agua.


Mi cuerpo es nieve, mi cuello es un lirio, y mi pico un cofrecillo de ámbar dorado.


Mi realeza está hecha de blancura, de soledad y de dignidad. Conozco los misterios de las aguas, los tesoros que guardan en su fondo y las maravillas marinas.


Y mientras yo viajo y bogo, impulsado por mi propio velamen, el indiferente que vive en la arena no recoge nunca las perlas marinas y no puede aspirar más que a la espuma amarga.


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto de la Abeja. Helo aquí:


Construyo mi casa sobre las colinas. Me alimento de lo que se puede coger sin lastimar los árboles y de lo que se puede comer sin escrúpulo.


Me poso en las flores y en las frutas, sin destruir jamás una fruta ni chafar una flor; de ella saco solamente una substancia ligera como el rocío.


Contenta de mi delicado botín vuelvo a mi morada, donde me dedico a mis trabajos, a mi meditación y a la gracia que me ha sido predestinada.


Mi casa está construída con arreglo a las leyes de una arquitectura severa; y el propio Euclides se instruiría admirando la geometría de mis alvéolos.


Mi cera y mi miel son productos de la unión de mi ciencia con mi trabajo. La cera es resultado de mis afanes, y la miel es fruto de mi instrucción.


Sólo después de hacerles sentir la amargura de mi aguijón, concedo mis gracias a los que las desean.


Si buscas alegorías, voy a brindarte una muy instructiva. Piensa en que no puedes gozar de mis favores más que sufriendo con paciencia la armagura de mis desdenes y mis heridas.


El amor torna ligero lo más pesado. Si comprendes, acércate; si no, quédate donde estás.


"Y ahora, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré, si queréis, el Canto de la Mariposa. Helo aquí:


Soy la amante abrasada eternamente en el amor de mi bien amada la llama.


La ley que rige mi vida consiste en consumirme de deseo y de ardor.


Los malos tratos de que mi amiga me hace objeto, lejos de disminuir mi amor, no hacen más que aumentarlo, y me precipito a ella, impulsada por el deseo de ver consumada nuestra unión.


Pero ella me rechaza con crueldad y desgarra el tejido de gasa de mis alas. ¡Jamás sufrió un amante lo que sufro yo!


Y la vela me responde: "Si me amas de verdad, no te apresures a condenarme, porque sufro los mismos tormentos que tú...


"Que un enamorado se abrase, nada tiene de asombroso; pero sí debe sorprender que su querida corra la misma suerte.


"El fuego me ama como yo le amo; y sus suspiros inflamados me queman y me derriten.


"Quiere acercarse a mí, y me devora; quiere unirse a mí en amor, pero sólo puede realizar sus deseos destruyéndome.


"Por el fuego me arrancaron de mi morada con mi hermana la miel. Luego, al separarme de ella, pusieron entre nosotros un espacio inmenso.


"Mi suerte se reduce a esparcir mi luz, a arder, a verter lágrimas. Y me consumo para alumbrar a los demás".


Así me habló la vela. Pero el fuego encarándose con nosotras dos, nos dijo:

"¡Oh vosotras las atormentadas por mi llama! ¿por qué os quejáis del dulce instante de la unión?


"¡Dichosos los que beben, mientras yo soy su copero! ¡Dichosa vida la del que, consumido por mi llama inmortal, muere por obedecer las leyes del amor!"


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto del Cuervo...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 935ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

"... Y ahora, si queréis, ¡oh señores y señoras mías! os diré el Canto del Cuervo.

"Helo aquí:


Sí, ya sé que, vestido de negro, vengo a turbar, con mi grito importuno, lo más puro, y a hacer amargo lo más dulce.


Lo mismo al salir la aurora que a la noche, me dirijo a los campamentos primaverales y los excito a la separación.


Si veo una dicha completa, proclamo su próximo fin; si diviso un palacio magnífico, anuncio su ruina inminente.


Sí, ya sé que me reprochan todo eso, y que soy de peor agüero que Kascher y más siniestro que Jader.

Pero ¡oh tú que cesuras mi conducta! si conocieras tu verdadera dicha como conozco yo la mía, no vacilarías en cubrirte, como yo, con una vestidura negra; y a todas horas me contestarías con lamentaciones.


Pero vanos placeres ocupan tus momentos, y tu vanidad te retiene alejado de los senderos de la sabiduría.


Olvidas que el amigo sincero es el que te habla con franqueza y no el que te oculta tus errores; que es el que te reprende y no el que te disculpa; que es el que te enseña la verdad y no el que venga sus injurias.


Porque quien te amonesta despierta en ti la virtud cuando duerme, y te pone en guardia inspirándote temores saludables.


Por lo que a mí respecta, vestido de luto, lloro por la vida fugitiva que se nos escapa, y no puedo por menos de gemir cuantas veces columbro una caravana cuyo conductor acelera la marcha.


Por tanto, soy semejante al predicador de la mezquita, y no es cosa nueva que los predicadores vayan vestidos de negro.


Pero ¡ay! que sólo objetos mudos e inanimados responden a mi voz profética.


¡Oh tú, que tan duro tienes el oído! despiértate por fin, y comprende lo que indica la niebla matinal: ¡no hay en la tierra nadie que no deba esforzarse por entrever algo del mundo invisible!


¡Pero no me oyes, no me oyes! ¡Y por fin me doy cuenta de que estoy hablando con un muerto!


"Y ahora, si queréis, ¡oh señores míos y señoras mías! os diré el Canto de la Abubilla. Helo aquí:


Cuando vine de Saba, como mensajera de amor, entregué al rey dorado la carta de la reina de rasgados ojos cerúleos.


Y me dijo Soleimán: "¡Oh abubilla! me has traído de Saba una noticia que hace bailar mi corazón".


Y me colmó de favores, y me puso a la cabeza esta corona encantadora que llevo desde entonces.


Y me enseñó la sabiduría. Por eso vuelvo con frecuencia a la soledad de mis pensamientos, y recuerdo su enseñanza tal como me la facilitó.


Me dijo: "Has de saber ¡oh abubilla! que si el corazón tuviera cuidado de instruirse, la inteligencia penetraría el sentido de las cosas; si el espíritu fuera bueno, vería los signos de la verdad; si la conciencia supiera comprender, se enteraría sin dificultad de las buenas noticias;


"Si el alma se abriera a las influencias místicas, recibiría luces sobrenaturales; si el interior fuese puro, quedarían al descubierto los misterios de las cosas, y la Dueña Divina se dejaría ver.


"Si nos despojáramos de la vestidura del amor propio, no existirían ya en la vida obstáculos, y el espíritu no segregaría ya pensamientos helados.


"De tal suerte tu temperamento podría adquirir el grado de equilibrio que constituye la salud espiritual, y serías tu propio médico.


"Sabrías refrescarte con el abanico de la esperanza y prepararte tú misma el mirabolano del refugio, la besetén de la corrección, la azufaifa de la solicitud y el tamarindo de la dirección.


"Sabrías molerte en el mortero de la paciencia, tamizarte por el tamiz de la humanidad, y administrarte los remedios espirituales, después de la vigilia nocturna, en la soledad de la mañana, frente a frente de la Divina Amiga.


"Porque quien no sabe extraer un sentido alegórico del chirrido agrio de la puerta, del ronroneo de la mosca y del movimiento de los insectos que se deslizan por el polvo;


"quien no sabe comprender lo que indican la marcha de la nube, el resplandor del espejismo y el color de la niebla, no se cuenta en el número de las personas inteligentes".


Y tras de recitar así estos versos de flores y de aves, la joven Tohfa se calló.

Entonces, desde todos los puntos del palacio, se alzaron entusiastas exclamaciones de los genn. Y el jeique Eblis fué a besarle los pies, y las reinas, en el límite de la exaltación, fueron a abrazarla llorando. Y todos juntos se pusieron a hacer con las manos y con los ojos gestos y señas que significaban claramente: "¡Tenemos la lengua trabada de admiración, y no pueden salir palabras de nuestra boca!" Luego empezaron a saltar en sus asientos cadenciosamente y levantando las piernas en el aire, lo que significaba claramente en su lenguaje de genn: "¡Qué hermoso es! ¡Tú has sobresalido! Estamos maravillados. ¡Te lo agradecemos mucho!" Y el efrit Maimún, así como su compañero en fealdad, se levantó y se puso a bailar con el dedo metido en el culo, lo que significaba manifiestamente en su lenguaje: "Estoy loco de entusiasmo".

Y Tohfa, conmovida al ver el efecto producido en los genn por aquellos cantos y aquellos poemas, les dijo: "¡Por Alah, ¡oh señores míos y señoras mías! que si no estuviera fatigada, aún os hubiera dicho otros cantos y otros versos concernientes a las demás flores olorosas, hierbas y aves, especialmente los cantos del Ruiseñor, de la Codorniz, del Estornino, del Canario, de la Tórtola, de la Paloma, de la Zorita, del Jilguero, del Pavo Real, del Faisán, de la Perdiz, del Milano, del Buitre, del Águila y del Avestruz; y os hubiera dicho los cantos de algunos animales, como el Perro, el Camello, el Caballo, el Onagro, el Asno, la Jirafa, la Gacela, la Hormiga, el Carnero, el Zorro, la Cabra, el Lobo, el León y muchos otros más. Pero ¡inschalah! ya nos reuniremos en otra ocasión. Por el momento, ruego al jeique Eblis que me lleve al palacio de mi amo el Emir de los Creyentes, que debe estar muy inquieto por mí. Y dispensadme por no poder asistir a la circuncisión del niño y a las bodas de la joven efrita.

¡De verdad, no puedo!"

Entonces le dijo el jeique Eblis: "Verdaderamente, ¡oh Obra Maestra de los Corazones! se nos derrite el corazón al saber que quieres dejarnos tan pronto. ¿No habría manera de que te quedaras todavía un poco con nosotros? ¡Nos das a probar el dulce y nos lo quitas de los labios! ¡Por Alah sobre ti, ¡oh Tohfa! favorécenos con algunos instantes más!" Y Tohfa contestó: "En verdad que la cosa está por encima de mi capacidad. Y es preciso que vuelva al lado del Emir de los Creyentes, porque ¡oh Eblis! no ignoras que los hijos de la tierra no pueden disfrutar la verdadera dicha más que en la tierra. ¡Y mi alma se entristece por estar tan lejos de sus semejantes! ¡Oh vosotros todos! ¡no me retengáis aquí por más tiempo contra los impulsos de mi corazón!"

Entonces Eblis le dijo: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos; pero antes ¡oh Tohfa! quiero decirte que conozco a tu antiguo maestro de música, el admirable Ishak Ibn-Ibrahim de Mossul".

Luego sonrió y dijo: "Y él también me conoce, pues en cierta velada de invierno pasaron entre nosotros ciertas cosas que no dejaré de contarte a mi vez ¡inschalah! algún día. Porque la historia de mis relaciones con él es una historia larga; y aún no ha debido olvidar las posiciones de laúd que hube de enseñarle ni la joven de una noche que hube de procurarle. Y no es ahora el momento oportuno para contarte todo eso, ya que tanta prisa tienes por volver con el Emir de los Creyentes. Sin embargo, no se dirá que has salido de entre nosotros sin nada entre las manos. Por eso voy a enseñarte un recurso de laúd, con el cual serás exaltada por el mundo entero, y serás todavía más amada por tu amo el califa".

Y ella contestó: "Haz lo que te plazca".

Entonces Eblis tomó el laúd de la joven y tocó una pieza por un método nuevo, con escalas maravillosas, repeticiones insólitas y temblores perfeccionados. Y oyendo aquella música, parecióle a Tohfa que cuanto había aprendido hasta aquel momento era erróneo, y que lo que acaba de aprender del jeique Eblis (¡confundido sea!) era fuente y base de toda armonía. Y se regocijó al pensar que podría hacer oír aquella música nueva a su amo el Emir de los Creyentes y a Ishak Al-Nadim. Y para tener la certeza de que no se equivocaría, quiso repetir, en presencia del que lo había tocado, el aire oído. Tomó, pues, su laúd de manos de Eblis, y guiándose por el primer tono que él le dió, repitió la pieza a la perfección. Y exclamaron todos los genn: "¡Excelente!" Y Eblis le dijo: "Hete aquí ahora, ¡oh Tohfa! en los límites extremos del arte. Así es que voy a extenderte un diploma signado por todos los jefes de los genn, en el cual se te reconocerá y proclamará como la mejor tañedora de laúd de la tierra. Y en ese mismo diploma te nombraré "lugartenienta de los pájaros". Porque los poemas que nos has recitado y los cantos con que nos has favorecido te hacen sin par; y mereces estar a la cabeza de los pájaros músicos".

Y el jeique Eblis mandó llamar al escriba principal, que tomó una piel de gallo, y acto seguido la preparó para extender el diploma en cuestión...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 936ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

...Y el jeique Eblis mandó llamar al escriba principal, que tomó una piel de gallo, y acto seguido la preparó para extender el diploma en cuestión. Luego escribió encima, con una letra hermosa, en caracteres kúficos de renglones perfectos, lo que le dictó el jeique Eblis. Y quedó patente y reconocido en aquel diploma que la joven Tohfa sería en lo sucesivo lugarteniente de los pájaros, y que, en virtud de decreto especial, se la nombraba sultana de las tañedoras de laúd y de la cantarinas. Y se formalizó aquel diploma con el sello del jeique Eblis, y se marcó con los sellos de los demás jefes de los genn. Y después lo guardaron en un cofrecillo de oro, y se lo entregaron ceremoniosamente a Tohfa, que lo acogió y se lo llevó a la frente en acción de gracias.

Entonces Eblis hizo una seña a los que le rodeaban, y al punto entraron unos genn cargados con un armario cada cual. Y pusieron delante de Tohfa aquellos armarios, que eran doce, todos iguales. Y Eblis los abrió uno por uno, con objeto de enseñar el contenido a Tohfa, diciéndole: "¡Son de tu propiedad!" Y he aquí que el primer armario estaba enteramente lleno de pedrerías; el segundo, de dinares de oro; el tercero, de oro en lingotes; el cuarto, de joyas de orfebrería; el quinto, de candelabros de oro; el sexto, de confituras secas y de mirabolano, el séptimo, de lencería de seda; el octavo, de afeites y perfumes; el noveno, de instrumentos musicales; el décimo, de vajilla de oro; el undécimo, de trajes de brocado y el duodécimo, de trajes de seda de todos colores.

Y cuando Tohfa hubo mirado el contenido de aquellos doce armarios, Eblis hizo una nueva seña a los portadores, que al punto se echaron a la espalda los armarios y se pusieron en fila detrás de Tohfa.

Entonces fueron las reinas de los genn a decir adiós, llorando a la lugarteniente de los pájaros; y la reina Kamariya le dijo: "¡Oh hermana mía! ya que nos abandonas, ¡ay! permitirás, al menos, que alguna vez vayamos a verte al pabellón en que habitas, y nos regocijemos los ojos con tu presencia, que arrebata la razón. ¡Pero supongo que también querrás que en adelante, en vez de permanecer invisible, tome yo forma de mujer terrestre y te despierte con mi aliento!" Y dijo Tohfa: "De todo corazón amistoso, ¡oh hermana mía Kamariya! Sin duda me regocijaré al despertarme bajo el soplo de tu aliento y al sentirte acostada al lado mío". Y a continuación se besaron por última vez, y se hicieron mil zalemas y mil juramentos de amantes.

Entonces Eblis dobló la espalda ante Tohfa, y la tomó a horcajadas en su cuello. Y en medio de adioses y suspiros de pena, echó a volar con ella seguido de cerca por los genn portadores que llevaban a la espalda los armarios. Y en un abrir y cerrar de ojos, llegaron todos, sin contratiempo, al pabellón del Emir de los Creyentes de Bagdad. Y Eblis depositó delicadamente a Tohfa en su lecho; y los portadores alinearon por orden contra la pared los doce armarios. Y tras de besar la tierra entre las manos de la lugartenienta de los pájaros, se retiraron todos, con Eblis a la cabeza, sin hacer el menor ruido, como habían venido.

Cuando Tohfa se encontró en su cuarto y en su lecho, le pareció que nunca había salido de él, y creyó que cuanto le había sucedido no era más que un sueño. Así es que, para cerciorarse de la realidad de sus sensaciones, tomó consigo el laúd, y lo templó y tañó con arreglo al método nuevo que había aprendido de Eblis, improvisando versos relativos al regreso. Y el eunuco que custodiaba el pabellón oyó tocar y cantar dentro del cuarto, y exclamó: "¡Por Alah, que es la música de mi señora Tohfa!"

Y se precipitó afuera, corriendo como un hombre perseguido por una horda de beduínos, y cayendo y levantándose, de tan emocionado como estaba, llegó al lado del jefe eunuco, Massrur el portaalfanje, que hacía la guardia, como de costumbre, a la puerta del Emir de los Creyentes. Y cayó a sus plantas, diciendo: "¡Ya sidi! ¡ya sidi!" Y Massrur le dijo: "¿Qué te ocurre? ¿Y qué vienes a hacer aquí a semejante hora?" Y el eunuco dijo: "¡Date prisa ¡ya sidi! a despertar al Emir de los Creyentes! ¡Traigo una buena noticia!" Y Massrur empezó a regañarle, diciéndole: "¿Estás loco ¡oh Sawab! para creerme capaz de despertar a esta hora a nuestro amo el califa?" Pero el otro se puso a insistir de tal manera y a gritar tan fuerte, que el califa acabó por oír el ruido y despertarse. Y preguntó desde adentro: "¡Ya Massrur! ¿a qué obedece todo ese tumulto de fuera?" Y Massrur, temblando, contestó: "Es Sawab el guardián del pabellón, ¡oh mi señor! que viene a buscarme para decirme: "¡Despierta al Emir de los Creyentes!" Y el califa preguntó: "¿Qué tienes que decirme, ¡oh Sawab!?" Y el eunuco sólo pudo balbucear: "¡Ya sidi! ¡ya sidi!" Entonces Al-Raschid dijo a una de las jóvenes esclavas que dentro velaban su sueño: "Ve a ver de qué se trata".

Entonces salió la joven a buscar a los eunucos, e hizo entrar al que custodiaba el pabellón. Y se hallaba él en tal estado, que, al ver al Emir de los Creyentes, se olvidó de besar la tierra entre sus manos, y le gritó, como si hablase a uno de sus semejantes en eunuquez: "¡Yalah, levántate pronto! Mi señora Tohfa está en su cuarto cantando y tocando el laúd. Vamos, ven a oírla ya, ¡oh hombre!" Y el califa, estupefacto, miró al esclavo sin poder pronunciar una palabra. Y el otro le dijo: "¿No has oído el principio de mi discurso? ¡No estoy loco, por Alah! Te digo que mi señora Tohfa está sentada en su dormitorio, tocando el laúd y cantando. ¡Ven pronto! ¡Date prisa!" Y Al-Raschid se levantó y se puso a toda prisa el primer traje que encontró a mano, sin comprender, por otra parte, ni una palabra de las del eunuco, al cual dijo: "¡Mal hayas! ¿Qué dices? ¿Cómo te atreves a hablarme de tu señora Sett Tohfa? ¿No sabes que ha desaparecido de su cuarto, aun cuando estaban cerradas puertas y ventanas, y que mi visir Giafar, que lo sabe todo, me ha afirmado que su desaparición no es natural, sino obra de los genn y de sus maleficios? ¿Y no sabes que, generalmente, no se vuelve a ver a las personas que se han llevado los genn? ¡Mal hayas, ¡oh esclavo! que te atreves a venir a despertar a tu señor a causa de un sueño grotesco que has tenido en tu cerebro negro!" Y el esclavo dijo: "¡No he tenido ningún sueño ni empeño, no he comido beleño, y por lo tanto, levántate, dueño, como yo te enseño! ¡Y ven a ver, risueño, a ese maravilloso diseño!" Y el califa, a pesar de todo, no pudo por menos de echarse a reír a carcajadas al observar la locura del eunuco Sawab. Y le dijo: "¡Si es cierto tu discurso, para bien tuyo será; porque te libertaré y te daré mil dinares de oro; pero si todo eso es falso, y de antemano te digo que eso es falso y producto de un ensueño de negro, te haré crucificar". Y el eunuco exclamó, alzando los brazos al cielo: "¡Oh Alah! ¡oh Protector! ¡oh Dueño de la salvaguardia! haz que no haya tenido yo en mi cerebro negro un sueño ni una visión".

Y echó a andar el primero, abriendo la marcha el califa, diciendo: "Las orejas son para oír y los ojos para ver. Ven, pues, para ver y escuchar con tus ojos y con tus orejas".

Y cuando Al-Raschid hubo llegado a la puerta del pabellón, oyó el sonido del laúd y la voz de Tohfa cantando. Y precisamente en aquel momento cantaba y tocaba con arreglo al método que le había enseñado el jeique Eblis. Y Al-Raschid, trastornado y reteniendo a duras penas la razón que se le huía, metió la llave en la cerradura; y su mano se negaba a abrir, de tanto como temblaba. Por fin, al cabo de un momento, se reanimó, y apoyándose en la puerta, que hubo de ceder, entró diciendo: "¡Bismilah! ¡Confundido sea el Maligno! ¡Me refugio en Alah contra los maleficios!"

Cuando Tohfa vió entrar al Emir de los Creyentes tan trastornado y tembloroso de emoción como estaba, se levantó vivamente y corrió a su encuentro. Y le rodeó con sus brazos y le estrechó contra su corazón. Y Al-Raschid lanzó un grito como si rindiera el alma, y se desplomó desmayado, dando con la cabeza antes que con los pies. Y Tohfa le roció con agua de rosas almizclada, y le remojó las sienes y la frente hasta que volvió él de su desmayo. Y permaneció un momento como un hombre ebrio. Y a lo largo de sus mejillas corrían lágrimas y mojaban su barba. Y cuando recobró el sentido por completo, pudo por fin llorar libremente con toda su alegría en el seno de su bienamada, que lloraba también. Y las frases que se dijeron y las caricias que se prodigaron están por encima de todos los discursos. Y Al-Raschid le dijo: "¡Oh Tohfa! ciertamente, tu ausencia es cosa extraordinaria; pero tu regreso lo es más todavía y va más allá del entendimiento". Y ella contestó: "¡Por tu vida!, ¡oh mi señor! ¡que es verdad! Pero ¿qué dirás cuando, tras de contarte todo, te lo haya enseñado todo?"

Y sin darle tiempo a replicar, le explicó la entrada silenciosa del viejo jeique en el pabellón, la danza enloquecida de Eblis, la bajada por las letrinas, lo referente al caballo alado y la residencia de los genn, hablándole asimismo de las reinas de los genn, y sobre todo de la belleza de Kamariya, enumerándole los manjares y los honores, los cantos de las flores y de las aves, la lección de música de Eblis, y por último, lo relativo al diploma que le habían extendido, nombrándola lugartenienta de los pájaros. Y desdobló ante el califa el diploma consabido escrito en piel de gallo.

Luego, cogiéndole de la mano, le mostró, uno tras de otro, los doce armarios con su contenido, que no podrían describir mil lenguas ni anotar mil registros...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

siguiente anterior