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Pero cuando llegó la 400ª noche

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Ella dijo:

... Y esta joven era tan exquisita, tan dulce y de una belleza tan viva, que la llamaban Rosa-en-el-Cáliz.

El rey, a quien gustaba mucho que estuviera ella a su lado en los festines, por lo bien dotada que se hallaba de finura de ingenio y distinción, tenía por costumbre dar todos los años grandes fiestas, y con esta ocasión aprovecharse de la presencia en palacio de los principales personajes de su reino para jugar con ellos a la pelota.

Cuando llegó el día en que los invitados del rey se reunían con motivo de este juego de pelota, Rosa-en-el-Cáliz se sentó a su ventana para disfrutar del espectáculo. Enseguida empezó a animarse el juego, y la hija del visir, que seguía con la vista a los jugadores y observaba sus movimientos, divisó entre ellos a un joven infinitamente hermoso, de rostro encantador, de dientes sonrientes, de cintura breve y de anchos hombros. Al verle, experimentó tal placer que no pudo hartarse de contemplarle ni dejar de lanzarle ojeadas repetidas. Acabó por llamar a su nodriza, y le preguntó: "¿Sabes el nombre de ese joven exquisito, tan lleno de distinción, que está en medio de los jugadores?" La nodriza contestó: "¡Oh hija mía, todos son hermosos! No sé de cuál quieres hablar". La joven dijo: "¡Espera, que voy a enseñártelo!"

Y cogió al punto una manzana y se la arrojó al joven, que se volvió y levantó la cabeza en dirección a la ventana. Vió entonces a Rosa-en-el-Cáliz, sonriente y bella como la luna llena al iluminar las tinieblas; y de repente, sin tener tiempo de separar de allí ya su mirada, se sintió extremadamente conmovido de amor; y recitó estos versos del poeta:


¿Quién punzó mi corazón enamorado? ¿Fue el arquero o la flecha de tus pupilas?


¿De dónde vienes tan veloz, flecha acerada? ¿De la muchedumbre de guerreros o de una ventana simplemente?


Rosa-en-el-Cáliz preguntó a su nodriza: "Y ahora, ¿puedes ya decirme el nombre de ese joven?"

La nodriza contestó: "Se llama Delicia-del-Mundo". Al oír tales palabras, la joven echó atrás la cabeza con placer y emoción, dejóse caer en el diván, gimió profundamente e improvisó estas estrofas:


No ha tenido por qué arrepentirse quien te llamó Delicia-delMundo, ¡oh tú que unes una delicadeza exquisita de modales a todas las cualidades excelentes!


¡Oh naciente luna llena! ¡Oh rostro brillante que alumbras el universo e iluminas el mundo!


¡Entre todas las criaturas, eres el único sultán de la belleza! ¡Y tengo testigos que me den la razón!


¿No es tu ceja la letra nun, perfectamente trazada? ¿No se asemeja la almendra de tu ojo a la letra sad, escrita por los dedos amorosos del Creador?


¡Y tu cintura! ¿No es la joven, la tierna rama flexible que toma todas las formas deseables?


Si ya tu intrepidez ¡oh jinete! sobrepujó al valor de los más fuertes, ¿qué no diré de tu gracia superior y de tu hermosura?


Terminada esta improvisación, Rosa-en-el-Cáliz cogió una hoja de papel y transcribió los versos cuidadosamente. La dobló luego y la metió en una bolsita de seda bordada en oro, la cual escondió debajo del cojín del diván.

Y he aquí que la vieja nodriza, que había observado estos diversos movimientos de su señora, se puso a charlar con ella de unas cosas y de otras hasta que la dejó dormida. Entones sacó cuidadosamente de debajo del cojín la hoja de papel, la leyó, y convencida de la pasión que sentía Rosa-en-el-Cáliz, la colocó en el mismo sitio. Luego, cuando se despertó la joven, le dijo: "¡Oh mi señora, soy para ti la mejor y más tierna de las consejeras! Debo, pues, decirte cuán violenta es la pasión de amor, y prevenirte de que cuando se concentra en un corazón sin poder expansionarse, lo derrite aunque sea de acero, y produce en el cuerpo muchas enfermedades y deformidades. ¡Por el contrario, si la persona que sufre de este mal de amor se lo revela a otra, tal cosa sólo alivio ha de proporcionarle!"

Al oír estas palabras de su nodriza, Rosa-en-el-Cáliz dijo: "¡Oh nodriza! ¿conoces un remedio para el amor?" La nodriza contestó: "Lo conozco. ¡Consiste en poseer a la persona amada!" La joven preguntó: "¿Y qué hacer para conseguir esa posesión?" La nodriza dijo: "¡Oh mi señora! por el pronto basta con cambiar cartas llenas de palabras dulces, de salutaciones y de cumplimientos; porque tal es el medio mejor a que para reunirse recurren dos amigos, y lo primero que hay que hacer para resolver dificultades y prevenir complicaciones. Así, pues...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.



Cuando llegó la 401ª noche

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Ella dijo:

"...Así, pues, ¡oh mi señora! en caso de que ocultes en tu corazón alguna cosa, no temas confiármela; porque si es un secreto lo guardaré intacto de toda divulgación ¡y nadie como yo sabrá servirte con sus ojos y su cabeza para satisfacer tus menores deseos y llevar discretamente tus misivas!"

Cuando Rosa-en-el-Cáliz hubo oído estas palabras de su nodriza, sintió que la alegría le arrebataba la razón; pero retuvo en su alma cualquier palabra imprudente que revelase la causa de la turbación que la agitaba, diciendo para sí: "Nadie conoce todavía mi secreto; y para mayor seguridad, más vale no informar de nada a esta mujer mientras no posea pruebas ciertas de su fidelidad".

Pero ya añadía la nodriza: "¡Oh hija mía! la noche última vi a un hombre que se me apareció en sueños y me dijo: "¡Has de saber que tu joven señora y Delicia-del-Mundo están enamorados uno de otro, y a ti te incumbe favorecer la aventura y encargarte de sus misivas, haciéndoles toda clase de servicios con gran discreción, si quieres disfrutar tranquilamente una porción de ventajas!" Yo ¡oh mi señora! te cuento lo que he visto. ¡Tú serás ahora quien decida!"

Rosa-en-el-Cáliz contestó: "¡Oh nodriza! ¿te sientes verdaderamente capaz de callar secretos?" La nodriza dijo: "¿Cómo puedes dudarlo ni un instante, cuando soy una esencia entre las esencias de los corazones selectos?"

Entonces ya no dudó la joven, exhibiéndole el papel en que había escrito los versos y se lo entregó, diciéndole: "¡Date prisa a llevar esto a Delicia-del-Mundo y a traerme la respuesta!" La nodriza se levantó al punto y se presentó en casa de Delicia-del-Mundo, empezando por besarle la mano para luego cumplimentarle con las expresiones más amables y corteses. Tras de lo cual le entregó el billete.

Delicia-del-Mundo desdobló el papel y lo leyó. Luego, cuando se enteró bien del contenido, escribió al dorso de la hoja los versos siguientes:

¡Exaltado por el amor, late mi corazón apasionadamente, y en vano trato de contener su ímpetu tumultuoso! ¡El estado en que me hallo descubre mis sentimientos!


Si mis lágrimas se desbordan, le digo a mi censor: "¡Es porque tengo los ojos malos!" Así creo engañarle acerca del verdadero motivo, ocultándole mis intimidades.


¡Libre aún ayer de toda ligadura y con el corazón tranquilo, yo ignoraba el amor! ¡Y he aquí que me despierto con el corazón dominado por el amor!


¡Voy a revelaros mi estado y a contaros mi cuita de amor, a fin de que vuestro corazón se compadezca del desgraciado que arde de pasión y a quien tortura la suerte!


¡Con las lágrimas de mis ojos trazo aquí este lamento, para con ello daros una prueba del amor a que obedece!


¡Preserve Alah de toda asechanza a un rostro que la belleza se encargó de cubrir con su velo, y ante el cual se inclina la luna, honrándole las estrellas cual esclavas!


¡Como hermosura, no he visto nada parecido! ¡Oh, su talle! ¡Las flexibles ramas aprenden a ondular viéndolo balancearse!


¡Ahora, si no os fastidia, me atrevo a suplicaros que vengáis a verme! ¡Oh, eso tiene para mí un valor muy grande!


¡No me resta ya más que haceros don de mi alma, con la esperanza de que acaso la aceptéis! ¡Vuestra llegada será para mí el Paraíso, y la Gehenna vuestra repulsa!


Después de escribir lo anterior, dobló la hoja, la besó y se la entregó a la nodriza, diciéndole: "¡Madre mía, cuento con tu bondad para predisponer en mi favor la voluntad de tu señora!" Ella contestó: "¡Escucho y obedezco!" Cogió el billete y volvió a toda prisa al lado de su señora, a quien se lo entregó.

Al tomar el billete, Rosa-en-el-Cáliz se lo llevó a los labios y luego a la frente, lo desdobló y lo leyó.

Y cuando se hubo enterado bien de su contenido, escribió debajo los siguientes versos:


¡Oh tú cuyo corazón se prendó de nuestra belleza, no te arrepientas de unir la paciencia al amor! ¡Tal vez sea un medio de llegar a poseernos!


¡Cuando hemos advertido que tu amor era sincero y que tu corazón sufrió los mismos torméntos que nuestro corazón, sentimos un deseo igual a tu deseo de vernos por fin unidos; pero nos retuvo el temor a nuestros guardianes!


¡Sabe que, al descender sobre nos la noche llena de tinieblas, se exalta tanto nuestro ardor, que se encienden hogueras en nuestras entrañas!


¡Las tiránicas torturas del deseo que nos llama a ti ahuyentan de nuestra cama el sueño entonces, y de nuestro cuerpo se apodera el dolor!


¡Pero no olvides que el primer deber de los enamorados es ocultar a los demás su amor! ¡Guárdate, pues, de descorrer ante extrañas miradas el velo que nos proteje!


¡Y ahora quiero gritar que mis entrañas se hallan rebosando amor a cierto jovenzuelo! ¡Oh! ¿por qué no se quedó para siempre en nuestra morada?


Cuando acabó de escribir estos versos...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 402ª noche

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Ella dijo:

... Cuando acabó de escribir estos versos, dobló el papel y se lo entregó a la nodriza, que lo cogió y salió del palacio. Pero quiso el Destino que se encontrase precisamente con el chambelán del visir, padre de Rosa-en-el-Cáliz, que le preguntó: "¿Adónde vas así a esta hora?''' A estas palabras se sintió ella presa de una turbación extremada, y contestó: "¡Al hammam!" Y continuó su camino, pero tan turbada, que dejó caer, sin advertirlo, el billete mal guardado en un pliegue de su cinturón. iY esto en cuanto a ella!

Pero por lo que respecta al billete caído a tierra cerca de la puerta del palacio, lo recogió uno de los eunucos, que apresuróse a llevárselo al visir.

Y he aquí que precisamente el visir acababa de salir de su harén y había entrado en la sala de recepción para sentarse en su diván. Y mientras permaneció sentado de tal guisa tan tranquilo, el eunuco se adelantó con el billete consabido en la mano y le dijo: "Mi señor, acabo de encontrar por el suelo en la casa este billete, que me he apresurado a recoger". El visir se lo arrebató de las manos, lo desdobló, y vio escritos allí los versos en cuestión. Los leyó, y cuando se penetró de su sentido, examinó la letra, que le pareció ser, sin género de duda, la de su hija Rosa-en-el-Cáliz.

Al ver aquello, se levantó y fue en busca de su esposa, madre de la joven, llorando tan abundantemente, que se mojó con lágrimas toda la barba.

Y le preguntó su esposa: "¿Qué te impulsa a llorar de esa manera, ¡oh mi dueño!?" El contestó: "¡Toma este papel y mira lo que dice!" Cogió ella el papel, lo leyó, y se dio cuenta que había correspondencia entre su hija Rosa-en-el-Cáliz y Delicia-del-Mundo. Al averiguarlo, acudieron a sus ojos las lágrimas; pero torturó su alma sin llorar, y dijo al visir: "Oh mi señor, de ninguna utilidad serán las lágrimas, y la única idea excelente consiste en imaginar la manera de poner a salvo tu honor y ocultar el enredo en que se ha metido tu hija!" Y siguió consolándole y mitigándole las penas. El contestó: "¡Mucho me aflige por mi hija esa pasión! ¿No sabes que el sultán experimenta por Rosa-en el-Cáliz una afección muy grande? Así es que mi temor en este asunto obedece a dos causas: primero por lo que me concierne, pues que se trata de mi hija; después por lo que afecta al sultán, ya que Rosa-en-el-Cáliz es la favorita del sultán, y pueden originarse de ahí graves complicaciones. ¿Y qué opinas tú de todo esto?"

Ella contestó: "¡Espera un poco, para darme tiempo a que pronuncie la plegaria que me ha de iluminar en cuanto al partido que debe tomarse!" Y al punto colocóse en actitud de orar, según el rito y la Sunna, ejecutando las prácticas piadosas prescritas para tal caso".

Terminada la plegaria, dijo a su esposo: "Has de saber que en medio del mar llamado Bahr Al-Konuz hay una montaña que se llama la Montaña-marina-de-la-Madre-que-perdió-su-hijo. Nadie puede arribar a ese paraje más que con dificultades infinitas. Te aconsejo, pues, que instales allí una vivienda para tu hija".

Conforme en este punto con su esposa, el visir resolvió hacer que se construyera en aquella Montaña-marina-de-la-Madre-que-perdió-suhijo un palacio inaccesible, en el cual confinaría a Rosa-en-el-Cáliz, cuidando de surtirla de provisiones para un año, que se renovaría a principios del año siguiente, y dándole un séquito que la hiciere compañía y la sirviese.

Una vez que hubo tomado semejante resolución, el visir congregó a carpinteros, albañiles y arquitectos y los mandó a aquella montaña, donde no dejaron de edificar un palacio inaccesible y tal como no se había visto otro en el mundo.

Entonces el visir hizo preparar las provisiones para el viaje, organizó la caravana, y penetró de noche en las habitaciones de su hija, ordenándola que se pusiera en marcha. Ante una orden así, Rosa-en-el-Cáliz sintió con violencia las angustias de la separación, y cuando salió del palacio y se dio cuenta de los preparativos del viaje, no pudo menos de llorar con un llanto abundante. Con objeto de informar a Delicia-del-Mundo del ardor amoroso que pasaba por ella, capaz por lo violento de estremecer la piel, fundir las rocas más duras y hacer desbordarse las lágrimas, se le ocurrió entonces escribir sobre la puerta los versos siguientes:


¡Oh casa! ¡Si a la mañana pasase el ser amado, saludando con señas amorosas,


Devuélvele de parte nuestra un saludo delicioso y perfumado, porque no sabemos adónde nos llevará la suerte esta noche!


¡Ni yo misma sé hacia qué lugares me transporta el viaje, pues me conducen de prisa, y con equipaje reducido!


¡Vendrá la noche, y un pájaro oculto en los ramajes anunciará con sus endechas moduladas la noticia de nuestro triste destino!


Dirá con su lenguaje: "¡Qué dolor! ¡Cuán cruel es separarse de quien se ama!"


¡Y cuando vi ya llenas las copas de la separación y a la suerte dispuesta a ofrecérnoslas a pesar nuestro,


He gustado con resignación el amargo brebaje! ¡Pero la resignación ¡ay! no podrá nunca procurarme el olvido!


Cuando trazó sobre la puerta estos versos...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 403ª noche

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Ella dijo:

... Cuando trazó sobre la puerta estos versos, se colocó en su palanquín, y la caravana se puso en marcha. Franquearon llanuras y desiertos, terrenos uniformes y montes accidentados, y llegaron de tal suerte al mar de Al-Konuz, a la orilla del cual armaron sus tiendas; y construyeron un gran navío, en el que hicieron embarcarse con su séquito a la joven.

Y como el visir había dado orden a los conductores de la caravana de que cuando dejasen a la joven confinada en el palacio enclavado en la cima de la montaña volviesen a la playa y destruyesen el navío, se guardaron muy mucho de desobedecer, y ejecutaron puntualmente la misión que se les encargó, para regresar luego a presencia del visir, llorando por todo aquello. ¡Y he aquí cuanto a ellos se refiere!

Pero respecto a Delicia-del-Mundo, cuando se despertó al día siguiente no dejó de hacer su oración matinal y de montar a caballo para ponerse al servicio del sultán, como de costumbre. Al pasar por la puerta del visir, advirtió los versos escritos en ella, y al leerlos creyó perder el sentido, y se encendió el fuego en sus entrañas trastornadas. Volvióse entonces a su casa, donde no pudo estarse quieto ni un momento, presa de la impaciencia, de la inquietud y de la agitación.

Luego, al caer la noche, temeroso de revelar su estado a la servidumbre, se apresuró a salir, vagando a la ventura por los caminos, perplejo y hosco.

Anduvo de tal modo toda la noche y parte de la mañana siguiente, hasta que el calor intenso y la sed torturadora le obligaron a descansar algo. Y he aquí que precisamente había llegado al borde de un arroyo sombreado por un árbol, y se sentó allí y cogió agua en el hueco de las manos. Pero al llevar a sus labios esta agua no le encontró sabor ninguno; al mismo tiempo sintió que se le demudaba el semblante y se le ponía amarillo el color; y vió que tenía los pies hinchados por la marcha y el cansancio.

Entonces se echó a llorar copiosamente, y con las mejillas empapadas de lágrimas recitó estos versos:


¡Se embriaga el enamorado con el amor de su amigo, y aumenta su embriaguez la intensidad de sus deseos!


¡La locura de su amor le hace vagar exaltado y frenético; no halla en ninguna parte asilo; no tiene gusto ninguno en alimentarse!


¿Cómo puede encontrar alegría el enamorado, viviendo lejos de su amiga? ¡Ah! ¡sería prodigioso!


¡Derretido estoy desde que el amor habita en mí; y torrentes de llanto me lavan las mejillas!


¡Oh! ¿cuándo veré al amigo o a alguien de su tribu que traiga un poco de calma a este torturado corazón?


Cuando hubo recitado estos versos, Delicia-del-Mundo lloró hasta mojar la tierra; luego se levantó y alejóse de aquellos parajes. Caminando de tal manera, desolado por llanuras y desiertos, vio de pronto ante sí un león de hirsuta crin, formidable cuello, cabeza enorme como una cúpula, fauces más anchas que una puerta y dientes parecidos a colmillos de elefante. Al verlo no dudó ni por un momento de su perdición; se volvió en dirección a la Meca, pronunció su acto de fe y se preparó a morir.

Pero en aquel preciso instante acordóse de pronto de haber leído antaño en los libros antiguos que el león era sensible a la dulzura de las palabras, se complacía con las adulaciones, y de este modo se dejaba amansar fácilmente. Entonces empezó a decirle: "¡Oh león de las selvas! ¡oh león de las llanuras! ¡oh león intrépido! ¡oh jefe temido de los bravos! ¡oh sultán de los animales! ¡delante de tu grandeza tienes a un pobre enamorado aniquilado por la separación y con la mente enloquecida, a quien la pasión redujo hasta este extremo! ¡Escucha mis palabras y apiádate de mi perplejidad y mi dolor!"

Cuando el león hubo oído este discurso, retrocedió unos pasos, se sentó, levantó la cabeza mirando a Delicia-del-Mundo, y púsose a jugar con su cola y sus patas delanteras.

Al ver aquellos movimientos del león, Delicia-del-Mundo recitó estos versos:


¡Oh león del desierto! ¿vas a matarme antes de que encuentre a quien me ató el corazón?


¡Oh, no soy caza preciada, ni siquiera gorda, porque consumido está mi cuerpo por la pérdida del amigo, y tengo el corazón devastado!


¿Qué harás con un muerto a quien sólo el sudario falta?


¡Oh león tumultuoso en la refriega!


¡Si me maltratas, alegrarás con ello a los que me envidian!


¡No soy más que un pobre enamorado anegado en lágrimas, con el corazón oprimido por la ausencia del amigo!


¿Qué ha sido del amigo? ¡Oh tristes pensamientos de mis noches inquietas!


¡He aquí que no sé si mi vida se debate en la nada!


Cuando el león hubo oído estos versos, se levantó...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 404ª noche

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Ella dijo:

... Cuando el león hubo oído estos versos, se levantó, y con los ojos llenos de lágrimas, avanzó con mucha dulzura hacia Delicia-del-Mundo, poniéndose a lamerle pies y manos con la lengua. Tras de lo cual hízole señas de que le siguiera y echó a andar delante de él.

Delicia-del-Mundo siguió al león, y caminaron ambos de tal suerte durante cierto tiempo. Después de escalar una montaña alta y descender por la vertiente, vieron en la llanura huellas de la caravana. Entonces Delicia-del-Mundo empezó a seguir con atención aquellas huellas, y al verle ya sobre la pista, el león le dejó que continuase solo sus pesquisas y volvió pies atrás para emprender de nuevo su camino.

En cuanto a Delicia-del-Mundo, continuó siguiendo día y noche las huellas de la caravana, y de tal suerte llegó a orillas del mar rugiente, de olas tumultuosas, donde los pasos se perdían en el agua. Comprendió entonces que la caravana habíase embarcado y había proseguido por el mar su ruta, y perdió toda esperanza de encontrar a su bienamada.

A la sazón dejó correr sus lágrimas y recitó estos versos:


¡Muy lejos está la amiga ahora, y mi paciencia llega al límite!


¿Cómo ir en pos de ella por los abismos del mar?


¿Cómo resignarme cuando están consumidas mis entrañas, y el insomnio sustituyó al sueño de mis ojos?


¡Desde que abandonó las moradas y nuestra tierra, mi corazón está inflamado!


¡Y qué llama le inflama!


¡Oh grandes ríos Seyhún, Jeyhún y tú, Eufrates! ¡Cual vosotros corren ya mis lágrimas!

¡Corren y se desbordan con más intensidad que los diluvios y las lluvias!


¡De tanto como los golpean esos torrentes de lágrimas, se me han ulcerado los párpados, y se incendió mi corazón al contacto de tantas chispas!


Las hordas de mi pasión y de mis deseos han salido al asalto de mi corazón!

¡Y el ejército de mi paciencia quedó vencido y derrotado!...


¡Sin cálculo arriesgué mi vida por su amor, pero el riesgo de mi vida es el menor de los peligros que corrí!


¡Ojalá no sean castigados mis ojos por haber visto en el recinto prohibido a esa maravillosa belleza, más resplandeciente que la luna!


¡Caí en tierra herido, con el corazón traspasado por las flechas que sin arco disparan sus anchos ojos maravillosamente rasgados!


¡Me ha seducido con la armonía de sus movimientos y su ligereza; Su ligereza que no igualaría la flexibilidad de la rama joven sobre tronco del sauce!


¡Con toda mi alma le imploro socorro para mis penas y quebrantos!

¡Pero ella me redujo al triste estado en que me véis, y sólo su mirada seductora causó mi perdición!


Cuando acabó de recitar estos versos, se echó a llorar de tal manera, que cayó sin conocimiento, y permaneció mucho tiempo así. Pero vuelto ya de su desmayo, giró la cabeza a la derecha y a la izquierda, y como se veía en un desierto sin habitantes, tuvo miedo a ser presa de los animales salvajes, y se puso a trepar por una alta montaña, en la cima de la cual oyó que salían de una caverna sonidos de voz humana. Escuchó la voz atentamente, y observó que era la de un ermitaño que había dejado el mundo para consagrarse a la devoción. Se acercó a aquella caverna y golpeó tres veces la puerta, sin obtener respuesta del ermitaño y sin verle salir.

Entonces suspiró profundamente y recitó estos versos:


¡Oh deseos míos! ¿cómo alcanzaréis vuestro fin?


¡Oh alma mía! ¿cómo olvidarás tus quebrantos, tus penas y tus fatigas?


¡Una a una, vinieron todas las calamidades a envejecer mi corazón Y a blanquear mi cabeza en mi primera juventud!


Ningún socorro dulcifica la pasión que me consume, ningún amigo aligera la carga que pesa sobre mi alma!


¡Ah! ¿quién sabrá decir los tormentos de mis deseos, ahora que se volvió en contra mía el Destino?


¡Gracia, piedad para el pobre enamorado desolado, el que bebió en el cáliz de la separación y el abandono!


¡Hay fuego en este corazón; se consumieron las entrañas, y de tanto como la pasión la ha torturado, la razón ha huido!


¡Ningún día fue más terrible que el de mi llegada a su morada, cuando vi los versos escritos en la puerta!


¡Oh, cuánto lloré! ¡A la tierra hice beber mis lágrimas ardientes, pero callé mi secreto ante allegados y extraños!


¡Oh ermitaño que buscaste el refugio de esta gruta para no ver nada de este mundo! ¡Acaso gustaras por ti mismo el amor, y se te huyera la razón también!


¡Yo, no obstante, a pesar de esto y aquello, a pesar de todo, olvidaría sin duda mis penas y fatigas si lograra mi propósito.


Cuando acabó de recitar estos versos, vió abrirse de pronto la puerta de la gruta y oyó que alguien gritaba: "¡La misericordia sobre ti!"


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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