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Pero cuando llegó la 264ª noche

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Ella dijo:

... afablemente y corrió a buscar a su esposa, la sagaz Zobeida. Y Zobeida, iluminado el rostro por el júbilo, recibió a Grano-deBelleza felicitándole por el resultado obtenido, y le dió cien dinares para que preparase para ambos un banquete que durase toda la noche. Y Grano-de-Belleza, con el dinero de su mujer, mandó preparar enseguida el festín consabido. Y ambos se pusieron a comer y beber hasta saciarse. Y entonces, alegres hasta el límite de la alegría, copularon de una manera prolongada. Y después, para descansar, fueron a la sala de recepciones, encendieron las luces y organizaron entre los dos un concierto capaz de hacer bailar a las rocas y suspender el vuelo de los pájaros en el fondo del cielo.

No es de extrañar, por lo tanto, que de improviso se oyeran golpes dados en la puerta exterior de la casa. Y Zobeida, que fué la primera en oírlos, dijo a Grano-de-Belleza: "Ve a ver quién llama a la puerta". Y Grano-de-Belleza fué enseguida a abrir.

Ahora bien; aquella noche, el califa Harún Al-Raschid, sintiendo oprimido el pecho, había dicho a su visir Giafar, a su portaalfanje Massrur y a su poeta favorito el delicioso Abu-Nowas: "Me siento con el pecho algo oprimido. ¡Vamos a pasearnos un poco por las calles de Bagdad, a ver si se nos dilatan los humores!" Y los cuatro se habían disfrazado de derviches persas y se habían puesto a recorrer las calles de Bagdad, esperando dar con alguna entretenida aventura. Y así habían llegado delante de la casa de Zobeida, y al oír cantar y tañer instrumentos, habían llamado a la puerta, según costumbre de los derviches.

Cuando les vió Granó-de-Belleza, como no ignoraba los deberes de la hospitalidad, y además estaba en excelentes disposiciones, les recibió cordialmente, les introdujo en el vestíbulo y les dió de comer. Pero ellos rechazaron el alimento, diciendo: "¡Por Alah! ¡Los espíritus delicados no necesitan mucho alimento para regocijar los sentidos! Se contentan con la armonía. Y precisamente estamos viendo que los acordes que oíamos desde fuera se han callado al entrar nosotros. ¿Será una cantora de profesión la que cantaba tan maravillosamente?"

Grano-de-Belleza contestó: "¡No, señores, era mi propia mujer!" Y les contó su historia, desde el principio hasta el fin, sin omitir un detalle.

Entonces, el jefe de los derviches, que era el mismo califa, dijo a Grano-de-Belleza, que le parecía todo lo delicioso posible y por el cual sintió súbito afecto: "Hijo mío, puedes tranquilizarte respecto a los diez mil dinares que debes al ex marido de tu esposa. Soy el jefe de la tekké de los derviches de Bagdad, que cuenta con cuarenta miembros, y gracias a Alah estamos acomodados; diez mil dinares no constituyen para nosotros ningún sacrificio. Te prometo que los tendrás antes de diez días. Pero ve a rogar a tu esposa que cante algo desde detrás del tapiz para exaltarnos el alma. Porque la música, hijo mío, le sirve a unos de comida, a otros de remedio y a otros de abanico; pero para nosotros es las tres cosas a un tiempo".

Grano-de-Belleza no se hizo rogar más, y su esposa Zobeida se avino a cantar para los derviches; de modo que el júbilo de éstos fué extremado, y pasaron una noche deliciosa, ya escuchando el canto y contestando: "¡Ah! ¡Ah!" con toda su alma, ya conversando agradablemente, ya oyendo las chistosas improvisaciones del poeta Abu-Nowas, a quien la belleza del muchacho hacía delirar hasta el límite del delirio.

Al amanecer se levantaron los falsos derviches, y el califa, antes de irse, colocó debajo del almohadón en que estaba apoyado un bolsillo con cien dinares de oro, para empezar, y que eran los únicos que en aquel momento llevaba encima. Después se despidieron del joven huésped, dándole las gracias por boca de Abu-Nowas, que le improvisó versos exquisitos y se prometió por dentro no perderle de vista.

Hacia el mediodía, Grano-de-Belleza, a quien Zobeida había entregado los cien dinares de oro encontrados debajo del almohadón, quiso salir para ir al zoco a hacer unas compras, cuando al abrir la puerta vió parados delante de la casa cincuenta mulos pesadamente cargados de fardos de telas, y en una mula ricamente enjaezada, a un joven esclavo abisinio, de facciones encantadoras y cuerpo moreno, que llevaba en la mano una misiva enrollada.

Al ver a Grano-de-Belleza, el gentil esclavillo se apeó rápidamente, besó la tierra delante del joven, y entregándole la misiva, le dijo: "¡Oh mi señor Grano-de-Belleza! Acabo de llegar ahora mismo de El Cairo, enviado a ti por tu padre, mi amo Schamseddin, síndico de los mercaderes de la ciudad. Te traigo cincuenta mil dinares en mercaderías de valor y un paquete que encierra un regalo de tu padre dedicado a tu esposa Sett Zobeida, y compuesto de una jarra de oro enriquecida con pedrería y una jofaina de oro cincelado...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 265ª noche

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Ella dijo:

"... y compuesto de una jarra de oro enriquecida con pedrería y una jofaina de oro cincelado".

Grano-de-Belleza quedó tan sorprendido y contento a la vez con aquel suceso milagroso, que no pensó en un principio más que en enterarse del contenido de la carta. La abrió, y leyó lo que sigue:


"Después de los deseos más completos de dicha y salud de parte de Schamseddin a su hijo Alaeddin Grano-de-Belleza:

"Sabe, ¡oh hijo amado! que el rumor del desastre sufrido por tu caravana y la pérdida de tus bienes ha llegado hasta mi. Enseguida te he mandado preparar una nueva caravana de cincuenta mulos cargados de mercaderías por valor de cincuenta mil dinares de oro. Además, tu madre te envía un traje precioso que ha bordado ella misma, y como regalo para tu esposa un jarro y una jofaina, que nos atrevemos a esperar que le gusten.

"Efectivamente, supimos con cierto asombro que has servido de Desligador en un divorcio ligado por la fórmula de la Repudiación por Tres. Pero ya que la mujer resulta a gusto tuyo después de la prueba, has hecho bien en conservarla. Y así, las mercancías que te enviamos bajo la custodia del pequeño abisinio Salim servirán muy holgadamente para pagar los diez mil dinares que debes como indemnización al primer marido.

"Tu madre y todos los nuestros están contentos y sanos, esperando tu próxima vuelta, y te envían sus zalemas afectuosas y la mayor expresión de ternura.”

"¡Vive dichoso largo tiempo!"


Esta carta y la llegada inesperada de aquellas riquezas alborotaron de tal modo a Grano-de-Belleza, que no pensó ni por un instante en lo inverosímil del suceso. Subió a las habitaciones de su esposa y la enteró de lo ocurrido.

Aun no había terminado sus explicaciones, cuando llamaron a la puerta, y el padre de Zobeida y el primer marido entraron en el vestíbulo. Iban a tratar de convencer a Grano-de-Belleza de que se divorciara amistosamente.

Y el padre de Zobeida dijo a Grano-de-Belleza: "¡Hijo mío, ten piedad de mi primer yerno, que quiere mucho a su ex esposa! Alah te ha enviado riquezas que te permitirán comprar las esclavas más bellas del mercado, y casarte también, en legítimas nupcias, con la hija del más importante de los emires. ¡Devuelve, pues, a ese pobre hombre su ex esposa, y él consentirá en ser tu esclavo".

Pero Grano-deBelleza contestó: "Precisamente me ha enviado Alah todas esas riquezas para remunerar con liberalidad a mi antecesor. Dispuesto estoy a darle los cincuenta mulos con sus mercancías y hasta el lindo esclavo abisinio Salim, y a no conservar de todo ello más que el regalo destinado a mi esposa, o sea el jarrón y la jofaina". Y añadió: "Y si tu hija Zobeida consiente en volver con su anterior esposo, estoy conforme con desligarla".

Entonces el padre entró en el aposento de Zobeida y le preguntó: "¿Qué? ¿Consientes en volver con tu anterior marido?" Y ella respondió, haciendo grandes gestos: "¡Ya Alah! ¡Ya Alah! Si nunca supo el valor de los arriates de mi jardín y siempre se paró a mitad del camino! ¡No, por Alah! ¡Me quedo con el joven que me ha explorado en todos sentidos!"

Cuando el primer esposo se cercioró de que había de perder toda esperanza, le entró tal pena, que le estalló el hígado en el acto, y murió. En cuanto a Grano-de-Belleza, siguió gozando con la encantadora y sagaz Zobeida; y todas las noches, después del banquete y de múltiples copulaciones y cosas semejantes, organizaba con ella un concierto capaz de hacer bailar a los peñascos y de suspender en el fondo del cielo el vuelo de las aves.

A los diez días de casado, recordó de pronto la promesa que le había hecho el jefe de los derviches de enviarle los diez mil dinares, y dijo a su esposa: "¡Mira qué jefe de embusteros! ¡Si hubiera yo tenido que esperar la realización de su promesa, me habría muerto de hambre en la cárcel! ¡Por Alah! ¡Como le encuentre otra vez, le diré lo que pienso de su mala fe!"

Y después, como iba anocheciendo, mandó encender las luces de la sala de recepciones, y se disponía a organizar el concierto, como todas las noches, cuando llamaron a la puerta. Quiso ir a abrir él mismo, y no se sorprendió poco al ver a los cuatro derviches de la primera noche. Se echó a reír en su cara, y les dijo: "¡Bienvenidos sean estos embusteros, hombres de mala fe! Pero, de todos modos, os invito a entrar, pues Alah me ha librado de tener en adelante necesidad de vuestros favores. ¡Y además, aunque embusteros e hipócritas, sois muy agradables y bien educados!" Y les introdujo en el salón de recepciones, y rogó a Zobeida que les cantara algo desde detrás del tapiz. Y ella lo hizo de manera capaz de arrebatar la razón, de hacer bailar a las piedras y de suspender en el fondo del cielo el vuelo de las aves.

En un momento dado, el jefe de los derviches se levantó y se ausentó para evacuar una necesidad.

Entonces, uno de los falsos derviches, que era el poeta Abu-Nowas, se inclinó hacia el oído de Grano-de-Belleza, y le dijo...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discertamente.



Y cuando llegó la 266ª noche

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Ella dijo:

... el poeta Abu-Nowas, se inclinó hacia el oído de Grano-de-Belleza, y le dijo: "¡Oh encantador huésped nuestro! permíteme que te dirija una pregunta. ¿Cómo has podido creer un momento que tu padre Schamseddin te enviara los cincuenta mulos cargados de riquezas? ¡Vamos a ver! ¿Cuántos días se necesitan para ir a El Cairo desde Bagdad?"

El otro contestó: "Cuarenta y cinco". Abu-Nowas preguntó: "¿Y para volver?" El otro contestó: "Otros cuarenta y cinco lo menos". Abu-Nowas se echó a reír y dijo: "¿Y cómo quieres que en menos de diez días tu padre haya averiguado la pérdida de la caravana y haya podido mandarte la segunda?"

Grano-de-Belleza exclamó: "¡Por Alah! ¡Mi alegría fué tan grande; que no me dió tiempo de pensar todo eso! Pero dime, entonces, ¡oh derviche! ¿Quién ha escrito la carta? ¿De dónde procede el envío?" Abu-Nowas contestó: "¡Ah Grano-de-Belleza! ¡Si fueras tan perspicaz como hermoso, hace tiempo que habrías adivinado que nuestro jefe, con su traje de derviche, es nuestro amo el califa, el Emir de los Creyentes, Harún Al-Raschid, y el segundo derviche, el sabio visir Giafar el Barmecida, y el tercero, el portaalfanje Massrur, y yo mismo, tu esclavo y admirador, Abu-Nowas, sencillamente poeta!"

Oídas estas palabras, Grano-de-Belleza llegó al límite de la sorpresa y de la confusión, y preguntó tímidamente: "Pero, ¡oh gran poeta Abu-Nowas! ¿cuál es el mérito que me ha traído tantos beneficios del califa?" Abu-Nowas sonrió, y dijo: "¡Tu hermosura!" Y añadió: "A sus ojos, el mérito mayor es ser joven, simpático y hermoso. Y se le figura que nunca es caro comprar el espectáculo de un ser bello y el ver un rostro lindo"

A todo esto el califa volvió a ocupar su sitio en la alfombra, y entonces Grano-de-Belleza fué a inclinarse entre sus manos, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Alah te conserve a nuestro respeto y a nuestro amor, y nunca nos prive de los beneficios de tu generosidad!" Y el califa le sonrió y le acarició levemente la mejilla, y le dijo: "Mañana te aguardo en palacio". Después levantó la sesión, y seguido de Giafar, Massrur y Abu-Nowas, que encargó a Grano-de-Belleza que no olvidase lo ofrecido, se marchó.

Al día siguiente, Grano-de-Belleza, a quien su esposa había aconsejado repetidamente que fuera a palacio, eligió las cosas más preciosas de las que le había llevado el pequeño abisinio Salim, las encerró en un lindísimo cofrecillo, y colocó éste en la cabeza del hermoso esclavo; y después que le vistió y le arregló con esmero su esposa Zobeida, se dirigió hacia el diwán, acompañado del esclavo con su carga. Y subió al diwán, y poniendo el cofrecillo a los piez del califa, le dirigió un cumplimiento en versos bien rimados, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! Nuestro bendito profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!) aceptaba los regalos para no causar pena a quienes se los ofrecían. ¡Tu esclavo sería también muy feliz si quisieras recibir este cofrecillo como señal de mi gratitud!"

Encantado el califa de la atención del joven, le dijo: "¡Demasiado regalo es, ¡oh Grano-de-Belleza! pues tu persona supone ya un preciado presente! Sé bienvenido en mi palacio; hoy mismo te conferiré un buen empleo". E inmediatamente destituyó de su cargo al síndico de los mercaderes de Bagdad, y nombró para tal puesto a Grano-de-Belleza. Después, para que todo el mundo se enterara del nombramiento, el califa escribió un firmán con el decreto correspondiente, y lo mandó entregar al walí, el cual se lo dió a un pregonero, que lo promulgó por todos los zocos y calles de Bagdad.

En cuanto a Grano-de-Belleza, desde aquel día empezó a ver con regularidad al califa, que ya no podía pasarse sin él. Y como no tenía tiempo para vender personalmente sus mercancías, mandó abrir una hermosa tienda, a cuyo frente puso al esclavillo moreno, que desempeñó a maravilla tan delicado oficio.

Apenas habían transcurrido dos o tres días, cuando fueron a anunciar al califa la súbita defunción de su gran copero. Y el califa nombró inmediatamente a Grano-de-Belleza gran copero, y le regaló un ropón de honor, apropiado para tan alto cargo, y le asignó suntuosos emolumentos. Y de esta manera ya no se separaba de él.

A los dos días, y estando Grano-de-Belleza al lado del califa, entró el gran chambelán, besó la tierra delante del trono, y dijo: "¡Conserve Alah los días del Emir de los Creyentes, y los aumente en otros tantos como la muerte acaba de arrebatar al gobernador de palacio!" Y añadió: "¡Oh Emir de los Creyentes, el gobernador de palacio acaba de fallecer!" El Emir de los Creyentes dijo: "¡Téngale Alah en su misericordia!" Y en el acto nombró a Grano-de-Belleza gobernador de palacio en vez del difunto, y le asignó emolumentos más suntuosos todavía. Y de esta manera Grano-de-Belleza tenía que estar continuamente al lado del califa. Hecho este nombramiento y comunicado a todo el palacio, el califa levantó la sesión, agitando el pañuelo como de costumbre...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 267ª noche

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Ella dijo:

... el califa levantó la sesión, agitando el pañuelo como de costumbre, y se quedó solo con Grano-de-Belleza.

Y desde entonces Grano-de-Belleza pasó todos los días en palacio, y no volvía a su casa hasta bien entrada la noche, y se acostaba feliz con su esposa, a quien contaba todos los sucesos del día.

El afecto del califa a Grano-de-Belleza fué acrecentándose diariamente, hasta el punto de que lo habría sacrificado todo antes que dejar sin satisfacer el menor deseo del joven, como lo demuestra el hecho siguiente:

El califa daba un concierto, al cual asistían sus íntimos amigos de siempre: Giafar, el poeta Abu-Nowas, Massrur y Grano-de-Belleza. Detrás del tapiz cantaba la propia favorita del califa, la más bella y perfecta de sus concubinas. Pero de pronto el califa miró fijamente a Grano de-Belleza, y le dijo: "Amigo, estoy leyendo en tus ojos que te gusta mi favorita". Y Grano-de-Belleza contestó: "¡Lo que gusta al amo debe gustar al esclavo!" Pero el califa exclamó: "¡Por mi cabeza y por la tumba de mis antepasados! ¡Grano-de-Belleza, te pertenece mi favorita desde este momento!" Y llamó enseguida al jefe de los eunucos, y le dijo: "¡Transporta a casa del gobernador de palacio todo el ajuar y las cuarenta esclavas de mi favorita Delicia-de-los-Corazones, y después llévala también a su casa en una silla de manos!" Pero Grano-de-Belleza dijo: "¡Por tu vida, ¡oh Príncipe de los Creyentes! dispensa a tu indigno esclavo de tomar lo que le pertenece al amo!" Entonces el califa comprendió la idea de Grano-de-Belleza, y le dijo: "¡Razón tienes! ¡Es probable que tu esposa tenga celos de mi ex favorita! ¡Quédese ésta, pues, en palacio!" Después se volvió hacia su visir Giafar, y le dijo: ¡Oh Giafar! tienes que ir inmediatamente al zoco de los esclavos, pues hoy es día de mercado, y comprar en diez mil dinares la esclava más bella de todo el zoco. ¡Y la mandarás llevar enseguida a casa de Grano-de-Belleza!"

Giafar se levantó en el acto, fué al zoco de los esclavos, y rogó a Grano-de-Belleza que le acompañara para indicarle la que prefiriese. Y el walí de la ciudad, emir Khaled, había ido también al zoco aquel día a comprar una esclava para su hijo, que acababa de llegar a la edad de la pubertad.

Porque el walí de la ciudad tenía un hijo. Pero este hijo era un muchacho tan feo, que haría abortar a una parturienta; contrahecho, hediondo, de aliento fétido, de ojos atravesados y de boca tan ancha como la vulva de una vaca vieja. Por eso le llamaban GordoHinchado.

Precisamente la víspera por la noche había cumplido Gordo-Hinchado los catorce años, y su madre estaba alarmada hacía algún tiempo por no observar en él ningún síntoma de virilidad real. Pero no tardó en tranquilizarse al notar, la mañana de aquel día, que su hijo Gordo. Hinchado había copulado en sueños en la cama, dejando en ella huellas evidentes.

Tal observación había entusiasmado en extremo a la madre de Gordo-Hinchado, y la había hecho ir corriendo a ver a su esposo, al cual había comunicado la feliz nueva, obligándole a marchar inmediatamente al zoco, acompañado de su hijo, para comprarle una hermosa esclava que le conviniera.

Y el Destino, que está en manos de Alah, quiso que aquel día se encontrara en el zoco Giafar y Grano-de-Belleza con el emir Khaled y y su hijo Gordo-Hinchado.

Después de las zalemas acostumbradas, se reunieron en un grupo y ordenaron que desfilaran por delante de ellos los corredores, cada cual con las esclavas blancas, morenas o negras de que dispusiese.

Así vieron cantidad innumerable de muchachas griegas, abisinias, chinas y persas, y ya se iban a retirar sin haber elegido ninguna, cuando el mismo jefe de los corredores pasó el último, llevando de la mano a una joven con la cara destapada, más hermosa que la luna llena del mes de Ramadán.

Al verla, Gordo-Hinchado empezó a resollar con fuerza para expresar su deseo, y le dijo a su padre, el emir Khaled: "¡Esa es la que necesito!" Y por su parte, Giafar preguntó a Grano-de-Belleza: "¿Te conviene esa?" Y el otro respondió: "Es la que elijo".

Entonces Giafar preguntó a la joven: "¿Cómo te llamas, ¡oh esclava gentil?" Ella contestó: "¡Oh mi señor! Yazmina". Entonces el visir preguntó al corredor: "¿En cuánto está tasada Yazmina?" El corredor dijo: "En cinco mil dinares, ¡oh mi amo!" Entonces Gordo-Hinchado gritó: "¡Ofrezco seis mil!"

En aquel momento se adelantó Grano-de-Belleza, y dijo: "¡Ofrezco ocho mil!" Entonces Gordo-Hinchado resolló con rabia, y exclamó: "¡Ocho mil un dinares!" Giafar dijo: "¡Nueve mil uno!" Pero Grano de-Belleza dijo: "¡Diez mil Dinares!`

Y el corredor, temiendo que se arrepintiera alguno, dijo: "¡Adjudicada en diez mil dinares la esclava Yazmina!"

Y se la entregó a Grano de-Belleza.

Al ver aquello, Gordo-Hinchado se cayó, azotando el aire con pies y manos, y desconsolando a su padre el emir Khaled, que no le había llevado al zoco más que por complacer a su esposa, pues le detestaba por idiota y feo.

En cuanto a Grano-de-Belleza, tras de dar las gracias al visir Giafar, se llevó a Yazmina, y la amó, y ella le amó también. Y después de haberla presentado a su esposa Zobeida, que la encontró simpática y le felicitó por su elección, se unió con ella legítimamente, tomándola como segunda esposa. Y durmió con ella aquella noche, y la fecundó, como se demostrará más adelante.

Y vamos ahora con Gordo-Hinchado.

Cuando a fuerza de promesas y mimos lograron llevarle a su casa, se tiró sobre el diván, y nó quiso levantarse para comer ni beber, y por otra parte, casi había perdido la razón.

Mientras todas las mujeres de la casa, consternadas, rodeaban a la madre de Gordo-Hinchado, que había llegado a los límites de la perplejidad, entró una vieja, que era la madre de un ladrón famoso, sentenciado entonces a prisión perpetua, y conocido de todo Bagdad con el sobrenombre de Ahmed-la-Tiña.

Este Ahmed-la-Tiña era tan diestro en el arte de robar, que para él constituía cosa de juego apoderarse de una puerta en las narices del portero y hacerla desaparecer en un momento como si se la tragase: perforar las paredes delante de un casero fingiendo orinar, arrancarle las pestañas a un individuo sin que lo notara, y limpiar de kohl los ojos de una mujer sin que se enterase ella.

La madre de Ahmed-la-Tiña entró en el aposento de la de Gordo-Hinchado, y después de las zalemas, le preguntó: "¿Cuál es la causa de tu aflicción, ¡oh mi señora!? ¿Y qué mal padece mi joven amo, tu hijo, a quien Alah conserve?" Entonces la madre de Gordo-Hinchado contó a aquella vieja, que hacía tiempo la proveía de criadas, la contrariedad que les ponía a todos en tal estado. Y la madre de Ahmed-la-Tiña exclamó: "¡Oh mi señora! Unicamente mi hijo os puede sacar del paso; ¡lo juro por tu vida! Trata de lograr que le suelten, y ya sabrá inventar un medio de traer a la bella Yazmina a los brazos de nuestro joven amo, tu hijo. Porque ya sabes que mi pobre hijo se halla encadenado y tiene en los pies una argolla de hierro, en la cual están grabadas estas palabras: "Cadena perpetua". ¡Y todo por haber fabricado moneda falsa!" Y la madre de Gordo-Hinchado prometió protegerle.

Efectivamente, aquella misma noche, cuando su esposo el walí, de regreso en su casa, fué a buscarla después de cenar, se había ella arreglado y perfumado, adoptando un aspecto amable. Y el emir Khaled, que era un hombre muy bueno, no pudo resistir el deseo que provocaba en él la contemplación de su mujer, y quiso poseerla; pero ella se resistió, diciendo: "¡Júrame por el divorcio que me concederás lo que te pida!" Y se lo juró. Entonces ella le enterneció hablándole de la desgracia de la anciana madre del ladrón, y logró de él la promesa de que le soltarían. Y entonces dejó que la montara el esposo.

Y a la mañana siguiente, el emir Khaled, después de las abluciones y la oración, se fué a la cárcel en que estaba encerrado Ahmed-la-Tiña, y le preguntó: "¿Y qué, bandido, te arrepientes de tus pasadas fechorías?" Y el otro contestó: "Me arrepiento, y lo proclamo con la palabra como lo pienso con el corazón". Entonces el walí le sacó de la cárcel y le llevó ante el califa, que se quedó asombrado al verle vivo todavía, y le preguntó: "¿Y cómo no te has muerto aún, bandido?" El otro contestó: "¡Por Alah, oh Emir de los Creyentes! la vida de los malos es muy dura de pelar!" Entonces el califa se echó a reír a carcajadas, y dijo: "¡Manden venir al herrero para que le quite la argolla!" Y luego dijo: "Como estoy enterado de tus hazañas, voy a ayudarte ahora a persistir en tu arrepentimiento, y como eres el que más conoce a los ladrones, te nombro jefe de vigilancia de Bagdad". Y enseguida el califa mandó promulgar un edicto nombrando a Ahmed-la-Tiña jefe de vigilancia. Entonces Ahmed besó la mano al califa y enseguida empezó a ejercer sus funciones.

Y para festejar alegremente su libertad y su nuevo cargo, principió por ir a la taberna regida por el judío Abraham, testigo de sus pasadas hazañas, vaciando dos o tres frascos de su bebida favorita, vino jónico excelente. Y cuando su madre fué a buscarle para hablarle de la gratitud que debía manifestar siempre a la esposa del emir Khaled y madre de Gordo-Hinchado, que había sido la causante de su libertad, le encontró medio borracho y tirándole de las barbas al judío, que no se atrevía a protestar por respeto al cargo temible del antiguo Ahmed-la-Tiña, actual jefe de vigilancia.

De todos modos, la vieja logró sacarle de allí, y hablándole reservadamente, le contó cuantas incidencias motivaron su libertad, y le dijo que había que discurrir inmediatamente algo para quitar la esclava a Grano-de-Belleza, gobernador de palacio.

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña dijo a su madre: "Se hará esta misma noche, pues es facilísimo". Y la dejó para ir a preparar el golpe...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 268ª noche

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Ella dijo:

... Y la dejó para ir a preparar el golpe.

Y hay que advertir que aquella noche el califa había entrado en el aposento de su esposa porque era el primer día del mes, y reservaba con regularidad aquel día para hablar con ella de los asuntos corrientes y preguntarle su opinión sobre todas las cuestiones generales y particulares del Imperio. Efectivamente, cifraba en ella una confianza ilimitada, y la quería por su cordura y su belleza inextinguible. Pero también hay que advertir que antes de entrar en la habitación de su esposa el califa tenía costumbre dejar en el vestíbulo, encima de un velador especial, un rosario de cuentas alternadas de ámbar y turquesas, su alfanje recto, con empuñadura de jade incrustada de rubíes gordos como huevos de paloma, su sello regio y una lamparita de oro adornada con pedrería, que le alumbraba cuando por las noches inspeccionaba secretamente el palacio.

Ahmed-la-Tiña conocía todos estos pormenores, que le sirvieron para realizar su proyecto. Aguardó las tinieblas de la noche y el sueño de los esclavos para colgar una escala de cuerda a lo largo del muro del pabellón que servía de aposento a la esposa del califa, trepar por ella y penetrar silencioso como una sombra en el vestíbulo. Llegado allí, se apoderó en un momento de los cuatro objetos preciosos, y se apresuró a bajar por donde había subido.

Desde allá corrió a casa de Grano-de-Belleza, y por el mismo medio penetró en el patio, y sin hacer el menor ruido quitó uno de los baldosines de mármol del pavimento, abrió rápidamente un hoyo y allí metió los objetos robados. Y después de haberlo dejado todo en orden, desapareció para seguir bebiendo en la taberna del judío Abraham.

Sin embargo, Ahmed-la-Tiña, a fuer de perfecto ladrón, no había podido resistir al deseo de apropiarse de uno de los objetos preciosos. Por lo tanto, había separado la lamparita de oro, y en vez de enterrarla con lo demás en el hoyo, se la había metido en el bolsillo, diciendo para sí: "¡No acostumbro dejar de cobrar la comisión! ¡Me pagaré a mí mismo!"

Volviendo al califa, grande fué su sorpresa cuando por la mañana ya no encontró en el velador los cuatro objetos preciosos. Y cuando; interrogados los eunucos se tiraron de bruces al suelo protestando de su ignorancia, le entró al califa una cólera sin límites, de tal modo, que se puso inmediatamente el terrible ropón del furor. El tal ropón era todo de seda roja; y cuando el califa se lo ponía era señal de seguro desastre y de calamidades espantosas sobre la cabeza de cuantos le rodeaban.

Revestido el califa con el ropón rojo, entró en el diván y se sentó en el trono, solo en el salón. Y todos los chambelanes y visires entraron uno por uno y se prosternaron con la cara contra el suelo, y permanecieron en tal postura, menos Giafar, que aunque muy pálido, estaba erguido, con los ojos fijos en los pies del califa.

Pasada una hora de espantable silencio, el califa miró a Giafar impasible, y le dijo con voz sorda: "¡La copa hierve!" Giafar contestó: "¡Alah evite todo mal!"

Pero en aquel momento entró el walí acompañado de Ahmed-la-Tiña. Y el califa le dijo: "¡Acércate, emir Khaled! ¡Dime cómo está la tranquilidad pública en Bagdad".

El walí, padre de Gordo-Hinchado, "contestó: "La tranquilidad es perfecta en Bagdad, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa exclamó: "¡Mientes!" Y como el walí, trastornado, aun no sabía el origen de aquella ira, Giafar, que estaba a su lado; le deslizó al oído en dos palabras motivo, acabando de consternarle.

Después le dijo el califa: "¡Si antes de esta noche no has podido dar con los objetos preciosos que me son más queridos que mi reina, colgaremos tu cabeza a la puerta de palacio!"

Oídas estas palabras, el walí besó la tierra entre las manos del califa, y exclamó: "¡Oh Emir de los Creyentes! el ladrón debe ser alguien de palacio, porque el vino que se agría lleva en sí su propio fermento. Y además, permite decir a tu esclavo que el unico responsable ha de ser el comandante especial encargado de esta vigilancia, y que además conoce uno por uno a todos los ladrones de Bagdad y del Imperio. Su muerte habría de preceder por lo tanto a la mía, si no, aparecieran los objetos perdidos".

Entonces se adelantó Ahmed-la-Tiña, comandante de vigilancia, y, después de los homenajes debidos, dijo al califa: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡ descubriremos al ladrón! Pero ruego al califa me facilite un firmán que me permita hacer pesquisas en casa de todos los habitantes de palacio y en las de todos los que entran aquí, sin excluir la del kadí, ni la del gran visir Giafar, ni la de Grano-de-Belleza, gobernador de palacio". Y el califa mandó que se le facilitara en el acto el firmán pedido, y dijo: "De todos modos he de cortar la cabeza a alguien, o a ti o al ladrón. ¡Escoge! ¡Y juro por mi vida y por la tumba de mis antepasados, que aunque el ladrón fuera mi hijo, el heredero de mi trono, mi decisión será la misma: la muerte por horca en la plaza pública!"

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña, con el firmán en la mano, se retiró y fué a buscar a dos guardias del kadí y a otros dos del walí, y empezó inmediatamente sus pesquisas visitando la casa de Giafar y la del kadí y la del walí, y llegó después a la de Grano-de-Belleza, que todavía ignoraba cuanto acababa de ocurrir.

Ahmed-la-Tiña, con el firmán en una mano y una pesada vara de cobre en la otra, entró en el vestíbulo y enteró de la situación a Grano-de-Belleza, y le dijo: "Yo me guardaría muy bien, señor, de llevar a cabo pesquisas en la casa del fiel confidente del califa. ¡Permíteme, pues, que me retire como si la hubiera hecho!"

Grano-de-Belleza dijo: "¡Alah me libre de todo ello!, ¡oh jefe de vigilancia! ¡Tienes que cumplir tu deber hasta el fin!" Entonces Ahmed-la-Tiña dijo: "Voy a hacerlo sólo por fórmula". Y con aspecto negligente salió al patio y empezó a darle la vuelta, golpeando en cada baldosín de mármol con la pesada vara de cobre, hasta que llegó al baldosín consabido, que al recibir el golpe, sonó a hueco.

Al oír este sonido, Ahmed-la-Tiña exclamó: "¡Oh señor, por Alah! ¡Se me figura que aquí debajo debe haber algún subterráneo que encierra un tesoro de pasados tiempos!" Y Grano-de-Belleza dijo a los cuatro guardias: "Tratad, pues, de quitar el baldosín, para que veamos lo que hay debajo". Y enseguida los guardias hicieron penetrar sus instrumentos en las junturas del baldosín de mármol y lo levantaron. ¡Y a la vista de todos aparecieron tres de los objetos robados: el alfanje, el sello y el rosario!

Al verlos, gritó Grano-de-Belleza: "¡En nombre de Alah!", y cayó desmayado.

Entonces Ahmed-la-Tiña mandó llamar al kadí, y al walí, y a los testigos, que levantaron inmediatamente acta del descubrimiento; y todos pusieron su sello en el documento, y el kadí en persona fué a entregárselo al califa, mientras los guardias se apoderaban de Grano-deBelleza.

Cuando el califa tuvo entre las manos los tres objetos robados, menos la lámpara, y se enteró de que se habían encontrado en la casa de aquel a quien consideraba su más fiel confidente e íntimo amigo, a quien había colmado de mercedes, depositando en él ilimitada confianza, permaneció durante una hora sin decir palabra, y después se volvió hacia el jefe de los guardias y dijo: "¡Que le ahorquen!"

Inmediatamente salió el jefe de los guardias y mandó pregonar la sentencia por todas las calles de Bagdad, y fué a la casa de Grano-de Belleza, al cual prendió, y cuyos bienes y mujeres confiscó en el acto. Los bienes ingresaron en el Tesoro Público y las mujeres iban a ser subastadas en el mercado como esclavas; pero entonces el walí, padre de Gordo-Hinchado, declaró que se llevaba una, que era la esclava comprada por Giafar, y el jefe de los guardias hizo llevar a su propia casa a la otra, que era Zobeida, la de la voz hermosa.

Y este jefe de guardias era precisamente el mejor amigo de Grano de-Belleza, y le había consagrado un afecto paternal que nunca habíase desmentido. Y aunque ejecutaba en público las terribles medidas de rigor dictadas contra Grano-de-Belleza por la ira del califa, se propuso salvar la cabeza de su hijo adoptivo, y empezó por poner en seguridad dentro de su casa a una de sus esposas, a la bella Zobeida, aniquilada por la desventura.

Aquella misma noche había de ser ahorcado Grano-de-Belleza, encadenado por lo pronto en la cárcel. Pero el jefe de los guardias velaba por él. Fué a buscar al carcelero mayor, y le dijo: "¿Cuántos presos hay condenados a que les ahorquen esta semana sin remedio?" El otro contestó: "Unos cuarenta, poco más o menos". El jefe de los guardias dijo: "Quiero verlos a todos". Y les pasó revista uno tras otro repetidas veces y acabó por escoger uno que se parecía de un modo asombroso a Grano-de-Belleza, y dijo al carcelero: "¡Este me va a servir, como en otro tiempo la bestia sacrificada por el Patriarca padre de Ismael en lugar de su hijo!"

Se llevó, pues, al preso, y a la hora señalada para el suplicio fué a entregárselo al verdugo, que inmediatamente, y ante la muchedumbre inmensa congregada en la plaza, y después de las formalidades piadosas acostumbradas, echó la cuerda al cuello del supuesto Grano-de-Belleza, y de un empujón lo lanzó, ahorcado, al espacio.

Hecho esto, el jefe de los guardias aguardó que oscureciera para ir a sacar de la cárcel a Grano-de-Belleza y llevárselo ocultamente a su casa. Y entonces le reveló lo que acababa de hacer por él, y le dijo: "Pero, ¡por Alah! ¿cómo te dejaste tentar por esos objetos preciosos, hijo mío, habiendo puesto el califa en ti toda su confianza?"

Al oír estas palabras, Grano-de-Belleza cayó desmayado de emoción, y cuando recobró el sentido a fuerza de cuidados, exclamó: "¡Por el Nombre augusto y por el Profeta, ¡oh padre mío! soy completamente ajeno a ese robo y desconozco su causa y su autor!" Y el jefe de los guardias no vaciló en creerlo, y le dijo: "¡Tarde o temprano, hijo mío, se descubrirá al culpable! ¡Pero tú no puedes seguir un momento en Bagdad, pues no en vano se tiene a un rey por enemigo. Por lo tanto, me voy a marchar contigo, dejando en casa cerca de mi mujer a tu esposa Zobeida, hasta que Alah, con su sabiduría, varíe tal estado de cosas!"

Después, sin dar tiempo siquiera a Grano-de-Belleza para despedirse de su esposa Zobeida, se lo llevó, diciéndole: "Ahora mismo nos vamos al puerto de Ayas, en el mar salado, para embarcarnos hacia Iskandaria, en donde aguardarás los sucesos, viviendo tranquilamente, pues esa ciudad de Iskandaria, ¡oh hijo mío! es muy agradable de habitar y sus alrededores son verdes y benditos!"

Enseguida ambos se pusieron en camino, de noche, y pronto se vieron fuera de Bagdad. Pero no tenían cabalgaduras, y ya no sabían cómo proporcionárselas, cuando vieron a dos judíos cambistas de Bagdad, hombres muy ricos y conocidos del califa. Entonces el jefe de los guardias temió que fueran a contar al califa que le habían visto con Grano-de-Belleza vivo. Se adelantó hacia ellos y les dijo: "¡Bajad de las mulas!" Y los dos judíos se apearon, temblando, y el jefe de los guardias les cortó la cabeza, les cogió el dinero y montó en una mula, dándole la otra a Grano-de-Belleza; y ambos siguieron su camino hacia el mar.

Llegados a Ayas, cuidaron de confiar sus mulas al propietario del khan en que pasaron para descansar, encargándole que las cuidase mucho, y al día siguiente buscaron juntos un barco que saliera para Iskandaria. Acabaron por encontrar uno que estaba a punto de darse a la vela. Entonces, el jefe de los guardias, después de dar a Grano-de-Belleza todo el oro arrebatado a los judíos, le aconsejó vehementemente que aguardara en Iskandaria con toda serenidad las noticias que no dejaría de enviarle desde Bagdad, y hasta que esperase su llegada a Iskandaria, desde donde le volvería a llevar a Bagdad, cuando se descubriera al culpable. Luego le abrazó, llorando, y le dejó cuando ya el navío henchía las velas. Y se volvió a Bagdad.

Y véase lo que averiguó:

Al día siguiente de ahorcar al supuesto Grano-de-Belleza, el califa, muy trastornado todavía, llamó a Giafar y le dijo: "¿Has visto, ¡oh mi visir! cómo ha agradecido ese Grano-de-Belleza mis bondades y el abuso de confianza que ha cometido conmigo? ¿Cómo un ser tan hermoso podría tener un alma tan fea?"

El visisr Giafar, hombre de admirable cordura, que no podía apreciar los motivos de una conducta tan ilógica, se contentó con responder: “!Oh emir de los Creyentes! Las acciones más raras sólo son raras porque no comprendemos sus causas. De todos modos todo lo que podemos juzgar son los efectos del acto. !Y ese efecto ha sido bien lastimoso para el autor, puesto que le llevó a la horca! ¡No obstante, ¡oh Príncipe de los Creyentes! el egipcio Grano-de-Belleza tenía en los ojos tal reflejo de bondad espiritual, que mi entendimiento se niega a creer en el hecho comprobado por mis sentidos visuales!"

Oídas estas palabras, el califa estuvo una hora reflexionando, y después dijo a Giafar: "¡De todas maneras, quiero ir a ver el cuerpo del culpable balanceándose en la horca!" Y se disfrazó y salió con Giafar, y llegó al sitio en que el falso Grano-de-Belleza colgaba entre el cielo y la tierra.

El cuerpo estaba envuelto en un sudario que lo tapaba por completo. Y Giagar le quitó el sudario, y el califa miró, pero retrocedió enseguida, estupefacto, exclamando: "¡Oh Giafar! ¡ése no es Grano-deBelleza!" Giafar examinó el cuerpo, y conoció que, efectivamente, no era Grano-de-Belleza, pero no lo dió a entender, y preguntó con calma: "¿Pues en qué conoces, ¡oh Emir de los Creyentes! que no es Grano de-Belleza?" El califa contestó: "En que era más bien bajo de estatura, y éste es alto".

Giafar contestó: "Esa no es prueba. Los ahorcados se alargan". El califa dijo: "¡El gobernador de palacio tenía dos lunares en las mejillas, y éste no los tiene!" Giafar explicó: "¡La muerte transforma y varía la fisonomía!" Pero el califa dijo: "Pero fíjate bien, ¡oh Giafar! y observa las plantas de los pies de este ahorcado: llevan tatuadas, según costumbre de los herejes sectarios de Alí, el nombre de los grandes jeiques. ¡Y bien sabes que Grano-de-Belleza no era chiita, sino sunnita!"

Ante tal comprobación, Giafar dijo: "¡ Sólo Alah conoce el misterio de las cosas!” Después regresaron ambos a palacio y el califa mandó que se enterrara aquel cuerpo. Y desde aquel día desterró de su memoria hasta el recuerdo de Grano-de-Belleza.

En cuanto a la esclava, segunda esposa de Grano-de-Belleza, fué llevada por el emir Khaled a su hijo Gordo-Hinchado. Y éste, que no se había movido de la cama desde el día de la venta, se levantó resollando y quiso acercarse a ella y cogerla en brazos. Pero la bella esclava, irritada y asqueada por el aspecto horrible del idiota, sacó inmediatamente un puñal del cinturón, y exclamó levantando el brazo: "¡Apártate o te mato con este puñal y enseguida me lo clavo en el pecho!" Entonces la madre de Gordo-Hinchado se adelantó, alargando los brazos, y gritó: "¿Cómo te atreves a resistir a los deseos de mi hijo, ¡oh esclava insolente!?" Pero la joven dijo: "¡Oh traidora! ¿qué ley permite a una mujer pertenecer a dos hombres a un tiempo? Y dime, ¿desde cuándo pueden vivir los perros en la morada de los leones?"

Al oír estas palabras, la madre de Gordo-Hinchado dijo: "¡Bueno! ¡Si así es, ya verás qué vida te daremos aquí!" Y la joven replicó: "¡Prefiero morir a renunciar al cariño de mi amo, vivo o muerto!"

Entonces la esposa del walí la mandó desnudar, y le quitó los buenos trajes de seda y las alhajas, y le puso encima del cuerpo una mala y vieja falda de pelo de cabra, y la mandó a la cocina: diciendo: "¡En adelante, tus funciones de esclava en esta casa consistirán en pelar cebollas, poner las cazuelas a la lumbre, exprimir el jugo de los tomates y hacer la masa para el pan!"

Y la joven dijo: "¡Prefiero ese oficio de esclava a verle la cara a tu hijo!"

Y desde aquel día trabajó en la cocina; pero no tardó en granjearse las simpatías de las demás esclavas, que no la dejaban ocuparse en nada y le hacían todo el trabajo.

En cuanto a Gordo-Hinchado, al ver que no podía conseguir a la hermosa esclava Yazmina, se metió otra vez en el lecho y no se volvió a levantar.

Hay que recordar que Yazmina, la primera noche de bodas, quedó fecundada por Grano-de-Belleza. Y a los pocos meses de su llegada a la casa del walí, dió a luz un niño varón, tan bello como la luna, al cual llamó Aslán, llorando a lágrima viva, tanto ella como las otras esclavas, porque no estaba allí el padre para dar nombre a su hijo.

Su madre amamantó dos años a Aslán, que llegó a ser robusto y muy fuerte. Y cuando ya sabía andar solo, quiso su destino que un día, mientras su madre estaba ocupada, subiera los peldaños de la escalera de la cocina y llegase a la sala, en donde se hallaba rezando su rosario de ámbar el emir Khaled, padre de Gordo-Hinchado.

Al ver al pequeño Aslán, cuya semejanza con su padre Grano-de-Belleza era absoluta, el emir Khaled sintió que se le arrasaban los ojos en lágrimas, y llamó al niño, y se lo puso en las rodillas, y empezó a acariciarlo enternecido, y dijo para sí: "¡Bendito sea Aquel que crea objetos tan hermosos y les da alma y vida!"

Entretanto, la esclava Yazmina se enteró de la ausencia de su hijo; buscóle por todas partes enloquecida, y a pesar de las costumbres, se decidió a entrar, con la mirada extraviada, en la sala en que se encontraba el emir Khaled. Y vió al niño Aslán en las rodillas del walí, entreteniéndose en meter los deditos por entre las barbas venerables del emir. Pero al percibir a su madre, el chiquitín se echó hacia adelante tendiendo los brazos, y el emir Khaled le sujetó, y dijo a Yazmina con bondad: "¡Acércate!, ¡oh esclava! ¿Es hijo tuyo este niño?" Ella respondió: "¡Sí, mi amo, es el fruto de mi corazón!" Y él preguntó: "¿Y quién es su padre? ¿Es alguno de mis servidores?" Y la esclava dijo, entre un torrente de lágrimas: "Su padre es mi esposo, Grano-de-Belleza. ¡Pero ahora, ¡oh mi amo! es hijo tuyo!"

Y el walí, muy conmovido, dijo a la esclava: "¡Por Alah! ¡Tú lo has dicho! ¡Desde ahora es hijo mío!" E inmediatamente le adoptó, y dijo a su madre: "¡Desde hoy tienes que considerar a tu hijo como mío, y cuando esté en edad de comprender, dadle a entender que nunca tuvo otro padre que yo!" Y Yazmina contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Entonces el emir Khaled se encargó, como verdadero padre, del hijo de Grano-de-Belleza, y le dió una educación esmeradísima, y lo puso en manos de un maestro muy sabio, que era un calígrafo de primer orden, y le enseñó a escribir muy bien, el Korán, la geometría y la poesía. Y cuando el joven Aslán fué mayor, su padre adoptivo, el emir Khaled, le enseñó personalmente a montar a caballo, a manejar las armas, a justar con la lanza y a luchar en los torneos. Y de tal modo, al cumplir los catorce años era un caballero consumado, y fué elevado por el califa al título de emir, como su padre el walí.

Y el Destino dispuso un día que se encontraran el joven Aslán y Ahmed-la-Tiña a la puerta de la tienda del judío Abraham. Y Ahmed-la-Tiña convidó al hijo del emir a tomar un refresco.

Cuando se hubieron sentado, Ahmed-la-Tiña empezó a beber, como de costumbre, hasta emborracharse. Entonces se sacó del bolsillo la lamparita de oro adornada con pedrería que había robado en otro tiempo, y la encendió, porque había oscurecido. En eso, Aslán le dijo: "¡Ya Ahmed! esa lámpara es muy hermosa. ¡Dámela!" El jefe de vigilancia replicó: "¡Alah me libre! ¿Cómo voy a darte un objeto que ha perdido ya tantas almas? Sabe, en efecto, que esta lámpara ha sido causa de la muerte de un gobernador de palacio, de cierto egipcio llamado Grano-de-Belleza". Y Aslán, muy interesado, exclamó: "¡Cuéntame eso!"

Entonces Ahmed-la-Tiña le contó toda la historia desde el principio hasta el fin, jactándose en medio de su borrachera de haber sido el autor de la proeza.

Cuando el joven Aslán volvió a su casa, contó a su madre Yazmina la historia que había oído referir a Ahmed-la-Tiña, y le dijo que la lámpara estaba todavía en poder de aquel malvado.

Al oír aquello, Yazmina exhaló un grito agudo y cayó desmayada...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 269ª noche

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Ella dijo:

Al oír aquello, Yazmina exhaló un agudo grito y cayó desmayada. Y cuando volvió en sí, prorrumpió en sollozos y se echó al cuello de su hijo Aslán, y le dijo entre lágrimas: "¡Oh hijo mío, Alah acaba de hacer brillar la verdad! ¡No puedo callar ya mi secreto! Sabe, ¡oh mi Aslán! que el emir Khaled no es más que tu padre adoptivo; tu padre por la sangre es mi amado esposo Grano-de-Belleza, que fué castigado, según ves, en lugar del culpable. Por consiguiente, hijo mío, tienes que ir a buscar enseguida a un antiguo amigo íntimo de tu padre, el venerable jefe de la guardia del califa, y contarle lo que acabas de descubrir. Y después le dirás: "¡Te ruego por Alah que me vengues del matador de mi padre Grano-de-Belleza!"

Inmediatamente el joven Aslán fué a buscar al jefe de los guardias de palacio, al mismo que había salvado la vida de Grano-de-Belleza, y le dijo lo que Yazmina le había encargado que le dijera.

Entonces el jefe de los guardias, en el colmo de la sorpresa y de la alegría, dijo a Aslán: "¡Bendito sea Alah, que desgarra los velos y hace brotar la claridad entre las tinieblas!" Y añadió: "¡Mañana mismo, ¡oh hijo mío! Alah te vengará!"

En efecto, aquel día el califa daba un gran torneo en que debían justar todos los emires y los mejores jinetes de Bagdad, y se había de organizar una partida de pelota a caballo. Y el joven Aslán estaba entre los jugadores de pelota. Y se había puesto su cota de malla y cabalgaba el mejor caballo de las cuadras de su padre adoptivo el emir Khaled. Y realmente estaba espléndido, y hasta el califa se prendó en extremo de su continente y de su viva juventud. Y quiso que fuera su compañero.

Y empezó el juego. Y por una y otra parte los jugadores desplegaron gran arte en sus movimientos y maravillosa destreza para despedir la pelota con el mazo a todo galope de los caballos. Pero de pronto, uno de los jugadores del bando opuesto al que dirigía el califa en persona lanzó la pelota derechamente contra la cara del califa, con golpe tan diestro y vigoroso, que infaliblemente el califa habría perdido un ojo y acaso la vida, si el joven Aslán con admirable maestría, no hubiera parado la pelota al vuelo con su mazo. Y la devolvió tan terriblemente en dirección contraria, que alcanzó en la espalda al jinete que la había lanzado, y le hizo perder los estribos y le rompió el espinazo.

Vista tan brillante acción, el califa miró al joven, y le dijo: "¡Vivan los valientes!, ¡oh hijo del emir Khaled!"

Y el califa se apeó enseguida, después de dar fin al torneo, y reunió a los emires y a todos los jinetes que habían tomado parte en el juego, y llamó al joven Aslán, y ante todos los circunstantes le dijo:

"¡Oh valeroso hijo del walí de Bagdad, quiero oírte a ti mismo calcular la recompensa que merece una hazaña como la tuya! ¡Estoy dispuesto a acceder a todas tus peticiones! ¡Habla!"

Entonces el joven Aslán besó la tierra entre las manos del califa, y le dijo: "¡Pido la venganza al Emir de los Creyentes! ¡La sangre de mi padre aun no ha sido rescatada y vive el matador!"

Al oír tales palabras, el califa llegó al límite del asombro, y exclamó: "¿Qué dices, ¡oh Aslán! de vengar a tu padre? ¡Pero si tu padre, el emir Khaled, está a mi lado, bien vivo gracias a Alah!" Pero Aslán contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡el emir Khaled ha sido para mí el mejor de los padres adoptivos! ¡Sabe, en efecto, que no soy su hijo por la sangre, pues mi padre fué Grano-de-Belleza, el gobernador de palacio".

Cuando el califa oyó aquellas palabras vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y dijo con voz alterada: "Hijo mío, ¿no sabes que tu padre fué traidor al Príncipe de los Creyentes?" Pero Aslán exclamó: "¡Preserve Alah a mi padre de haber sido el autor de la traición! ¡El traidor está a tu izquierda, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Es el jefe de vigilancia, Ahmed-la-Tiña! ¡Manda que lo registren, y en su bolsillo se encontrarán las pruebas de su traición!"

Al oír aquello, el califa mudó de color y se puso amarillo como el azafrán, y con voz espantable llamó al jefe de la guardia y le dijo: Registra delante de mí al jefe de vigilancia!" Entonces el jefe de los guardias, el íntimo amigo de Grano-de-Belleza, se acercó a Ahmed la-Tiña y le registró los bolsillos en un momento, y sacó de pronto la lámpara de oro robada al califa.

Entonces éste, sin poder apenas reprimirse, dijo a Ahmed-la-Tiña: "¡Ven acá! ¿De dónde te ha venido esa lámpara?" El otro contestó: “!La compré!, ¡oh Príncipe de los Creyentes!" Y el califa dijo a los guardias: "¡Dadle ahora mismo de palos hasta que confiese!" Y enseguida Ahmed-la-Tiña fué apresado por los guardias, desnudado, y apaleado, y acribillado a golpes, hasta que confesó y contó toda la historia desde el principio hasta el fin.

Elcalifa se volvió entonces hacia el joven Aslán, y le dijo: "¡Ahora te toca a ti! ¡Lo vas a ahorcar con tus propias manos!" Y enseguida los guardias echaron la cuerda al cuello de Ahmed-la-Tiña, y Aslán la cogió con ambas manos, y ayudado por el jefe de los guardias izó al bandido hasta lo más alto de la horca, levantada en medio del campo de carreras.

Cuando se hubo hecho justicia, el califa dijo a Aslán: "¡Hijo mío, todavía no me has pedido una merced por tu hazaña!" Y Aslán respondió: "¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡ya que me permites una petición, te ruego que me devuelvas a mi padre!"

Al oír aquello, el califa se echó a llorar, conmovidísimo, y después murmuró: "Pero ¿no sabes, hijo mío, que tu padre murió ahorcado en virtud de una sentencia injusta? 0 más bien es probable que muriera, pero no seguro. ¡Por esto, te juro por el valor de mis antepasados otorgar el mayor favor a quien me anuncie que tu padre Grano-de-Belleza no ha muerto!"

Entonces el jefe de los guardias se adelantó hasta la presencia del califa y dijo: "Dame tu palabra de seguridad". Y el califa respondió: "¡La seguridad está cóntigo! ¡Habla!" Y el jefe de los guardias dijo: "Te anuncio la buena nueva, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Tu antiguo y fiel servidor Grano-de-Belleza está vivo!"

El califa exclamó: "¿Es cierto lo que dices?" El jefe de los guardias contestó: "¡Por la vida de tu cabeza, te juro que es la verdad! i Yo fuí el que salvé a Grano-de-Belleza, mandando ahorcar en lugar suyo a un sentenciado que se le parecía como un hermano se parece a un hermano! ¡Y ahora él está seguro en Iskandaria, en donde supongo que será tendero del zoco!

Al oír aquello, el califa se puso contentísimo, y dijo al jefe de los guardias: "¡Hay que ir a buscarle y traérmelo en brevísimo plazo!" Y el jefe de los guardias contestó: "¡Escucho y obedezco!" Entonces el califa mandó que le entregaran diez mil dinares para gastos de viaje, y el jefe de los guardias se puso en camino para Iskandaria, donde le encontraremos, si Alah quiere.


Y ahora verás lo que pasó a Grano-de-Belleza.

El buque en que había tomado pasaje llegó a Iskandaria después de una excelente travesía que le había destinado Alah (¡bendito sea!), Grano de-Belleza desembarcó rápidamente y quedó encantado del aspecto de Iskandaria, que nunca había visto, a pesar de ser natural de El Cairo. Y fué enseguida al zoco, en donde alquiló una tienda ya preparada y que se ponía a la venta en aquel estado, según anunciaba el pregonero. Era una tienda cuyo amo acababa de morirse de repente. Estaba amueblada con divanes, cual es costumbre, y sus mercancías consistían en objetos para la gente de mar, como velas, cuerdas, cordeles, arcas sólidas, sacas para pacotillas, armas de todas formas y precios, y sobre todo una cantidad enorme de hierro y antigüedades muy estimables por los capitanes de marina, que las compraban allí para venderlas a la gente de Occidente, pues los de este país estiman en mucho las cosas antiguas, y cambian sus mujeres e hijas por un pedazo de madera podrida, por ejemplo, o por una piedra talismánica, o por un sable viejo y enmohecido.

No es, pues, de asombrar que Grano-de-Belleza, durante los largos años de su destierro de Bagdad, tuviera muy buena suerte en su comercio y ganara diez por uno, ya que no hay nada más productivo que la venta de antigüedades, que se compran, por ejemplo, por un dracma y se revenden por diez dinares.

Cuando Grano-de-Belleza hubo vendido todo lo que encerraba la tienda y se disponía a revenderla vacía, vió de pronto en uno de los estantes que sabía estaban desguarnecidos, un objeto rojo y brillante.

Lo cogió y comprobó, en el límite del asombro, que era una gran gema talismánica, tallada en seis facetas y colgada de cadenilla de oro viejo. Y en las facetas estaban grabados nombres con caracteres desconocidos, que se parecían mucho a hormigas o a insectos del mismo tamaño. Y la miraba con extraordinaria atención, calculando lo que podría valer, cuando advirtió delante de su tienda a un capitán mercante que se había parado para ver desde más cerca aquel objeto que distinguió desde la calle.

El capitán, después de saludar, dijo a Grano-de-Belleza: "¡Oh mi dueño! ¿puedes cederme esa gema, si es que está a la venta?" El otro contestó: "Todo está a la venta, hasta la tienda". El capitán preguntó: "Entonces, ¿consientes en venderme esa gema por ochenta y cuatro mil dinares de oro?"

Grano-de-Belleza, al oír aquello, pensó: "¡Por Alah! ¡Esta gema debe ser fabulosamente preciosa! ¡Me voy a hacer el descontentadizo!" Y contestó: "¡Tú tienes ganas de bromas!, ¡oh capitán! ¡Pues ¡por Alah! a mí me cuesta cien mil dinares!" El otro dijo: "Entonces, ¿quieres dármela en cien mil?" Grano-de.Belleza dijo: ¡Bueno! ¡Pero es por ser para ti!" Y el capitán le dió las gracias y le dijo: "No tengo encima tanto dinero. Pero vendrás conmigo a bordo, y cobrarás el precio, y además te haré un regalo de dos piezas de paño, dos de terciopelo y dos de raso".

Entonces Grano-de-Belleza se levantó, cerró con llave la puerta de la tienda y siguió al capitán. Y éste le rogó que le esperara sobre la cubierta, y se marchó para buscar el dinero. Pero no volvió a aparecer, y de pronto las velas se desplegaron por completo y la nave hendió el mar como un pájaro.

Cuando Grano-de-Belleza se vió prisionero en el agua, fué muy grande su estupefacción. Pero a nadie podía recurrir, tanto menos cuanto que no veía a ningún marinero a quien pedir explicaciones, y el barco volaba por el mar como si lo impulsara una fuerza invisible.

Mientras se hallaba perplejo y asustado, vió por fin llegar al capitán, que se acariciaba las barbas y le miraba con aspecto burlón, y acabó por decirle: "¿Eres realmente musulmán, Grano-de-Belleza, hijo de Schamseddin de El Cairo, que has estado en Bagdad en el palacio del califa?" El otro contestó: "Yo soy el hijo de Schamseddin". Y el capitán dijo: "¡Pues bien! ¡Dentro de pocos días llegaremos a Genoa, a nuestro país cristiano! ¡Y ya verás, musulmán, la vida que allí te espera!" Y se fué.

Y efectivamente, después de una feliz navegación, el barco llegó al puerto de Genoa, ciudad de los cristianos de Occidente. Y enseguida una vieja, acompañada por dos hombres, fué a bordo a buscar a Grano-de-Belleza, que no sabía ya qué pensar de aquellos sucesos. No obstante, fiándose del Destino bueno o malo que le dirigía, siguió a la vieja, la cual atravesando la ciudad, le guió a una iglesia que pertenecía a un convento de monjes.

Llegados a la puerta de la iglesia, la vieja se volvió hacia Grano-de-Belleza, y le dijo: "En adelante debes considerarte como criado de esta iglesia y de este convento. Tu servicio consistirá en despertarte todos los días al amanecer, para empezar por ir al bosque a buscar leña y volver lo antes posible para lavar el piso de la iglesia y el convento, sacudir las esteras y barrerlo todo; después cribarás el trigo, lo molerás, harás la masa del pan, la cocerás en el horno, cogerás una medida de lentejas, las molerás, las guisarás, y llenarás con ellas luego trescientas setenta escudillas, que habrás de entregar una por una a los trescientos setenta monjes del convento; más tarde vaciarás los orinales que están en las celdas de los monjes; por último, acabarás la obra regando el jardín y llenando los cuatro estanques y los toneles colocados a lo largo de la pared. Y este trabajo tiene que estar acabado siempre antes de mediodía, pues has de consagrar todas las tardes a obligar a los transeúntes a ir de buena o mala gana a la iglesia a oír el sermón, y si se niegan, ahí tienes una maza coronada por una cruz de hierro, con la cual les matarás por orden del rey. Así no quedarán en la ciudad más que los cristianos fervientes que vendrán aquí a que los monjes los bendigan, ¡ahora, empieza el trabajo y cuida de no olvidar mis encargos!"

Y dichas estas palabras, la vieja le miró guiñándole el ojo, y se fué. Entonces Grano-de-Belleza dijo para sí: "¡Por Alah! ¡Eso es imposible!" Y no sabiendo qué decidir, entró en la iglesia, completamente desierta en aquel momento, y se sentó en un banco para tratar de reflexionar acerca de sucesos tan extraños como los que alternativamente iban sucediéndole.

Allí llevaba una hora, cuando oyó llegar a él, por debajo de los pilares, una voz tan dulce de mujer, que la escuchó en éxtasis, olvidando sus tribulaciones. Y tanto le conmovió aquella voz, que todas las aves de su alma se pusieron a cantar inmediatamente a un tiempo, y notó que bajaba sobre él la frescura bendita que la melodía solitaria da al espíritu. Y ya se levantaba para buscar la voz, cuando ésta se calló.

Pero de pronto, por entre las columnas apareció muy tapada una figura de mujer que adelantóse hacia él, y le dijo con voz trémula: "¡Ah Grano-de-Belleza! ¡Cuánto tiempo hacía que pensaba en ti! ¡Bendito sea Alah, que ha permitido por fin que nos juntemos! ¡Enseguida vamos a casarnos!"

Al oír semejantes palabras, Grano-de-Belleza exclamó: "No hay más Dios que Alah! ¡Seguramente todo cuanto me ocurre es un sueño! ¡Y en cuanto el sueño se disipe, me encontraré de nuevo en mi tienda de Iskandaria". Pero la joven dijo: "¡No, ¡oh Grano-de-Belleza! es una realidad! Estás en la ciudad de Genoa, a la cual te he hecho transportar, a pesar tuyo, por mediación del capitán de marina que está a las órdenes de mi padre, el rey de Genoa. Sabe que, efectivamente, soy la princesa Hosn-Mariam, hija del rey de esta ciudad. La hechicería, que aprendí de niña, me ha revelado tu existencia y tu hermosura, y me he enamorado tanto de ti que envié al capitán a buscarte a Iskandaria. Y aquí en mi cuello está la gema talismánica que encontraste en tu tienda, y que había sido puesta en un estante por el mismo capitán para atraerte a bordo de su nave. Y dentro de pocos momentos verás claro el poder maravilloso que me da esta gema. Pero ante todo has de casarte conmigo. Y entonces quedarán satisfechos todos tus deseos". Grano-de-Belleza le dijo: "¡Oh princesa! ¿me prometes siquiera volver a llevarme a Iskandaria?" Ella dijo: "Es lo más fácil". Y entonces consintió en casarse con ella.

Enseguida la princesa Mariam le dijo: "¿De modo que quieres volver inmediatamente a Iskandaria?" El contestó: "¡Sí, por Alah!"

Ella dijo: "¡Vamos allá!" Y cogió la cornalina y volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabada la imagen de una cama, y frotó rápidamente aquella cara con el pulgar, diciendo: "¡Oh cornalina, en nombre de Soleimán te ordeno que me proporciones una cama de viaje!"

Apenas pronunciadas tales palabras, se colocó delante de ellos un lecho de viaje, con sus sábanas v almohadones. Lo ocuparon los dos y se tendieron cómodamente. Entonces la princesa Mariam cogió entre los dedos la cornalina, volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabado un pájaro, y dijo: ¡Cornalina, ¡oh cornalina! te ordeno, por el nombre de Soleimán, que nos transportes sanos y salvos a Iskandaria por la vía más directa!

Apenas había dado la orden, cuando la cama se levantó sola por el aire, sin sacudidas, subió hasta la cúpula, salió por el mayor ventanal, y más rápida que el ave más rápida, hendió el espacio con maravillosa regularidad, y en menos tiempo que el necesario para orinar los depositó en Iskandaria.

Y en el instante mismo en que se apeaban, vieron llegar con dirección a ellos a un hombre vestido a la moda de Bagdad, a quien conoció en seguida Grano-de-Belleza: era el jefe de los guardias. Acababa de desembarcar en aquel momento para ponerse en busca del sentenciado. Se echaron uno en brazos de otro, y el jefe de los guardias anunció a Grano-de-Belleza la noticia del descubrimiento del culpable y de su ejecución, le contó todos los sucesos que habían pasado en Bagdad durante catorce años, y también le comunicó el nacimiento de su hijo Aslán, que había llegado a ser el caballero más hermoso de Bagdad.

Y Grano-de-Belleza, por su parte, refirió al jefe de los guardias todas sus aventuras desde el principio hasta el fin. Y aquello asombró en extremo al jefe de la guardia, que, cuando se le calmó algo la emoción, le dijo: "¡El Emir de los Creyentes desea verte cuanto antes!"

El otro contestó: "¡Cierto que sí! Pero permíteme antes ir a El Cairo a besar la mano de mi padre Schamseddin y a mi madre, y a decidirlos a que vengan con nosotros a Bagdad".

Entonces el jefe de los guardias subió con ellos a la cama que en un momento les transportó a El Cairo, precisamente a la calle Amarilla, en donde estaba la casa de Schamseddin. Y llamaron a la puerta. Y la madre bajó a ver quién llamaba así, y preguntó: "¿Quién llama?" Y él contestó: "¡Soy yo, tu hijo Grano-de-Belleza!"

El júbilo de la madre fué inmenso, pues desde hacía muchos años se había puesto de luto, y cayó desmayada en brazos de su hijo. Y al venerable Schamseddin le pasó lo propio.

Cuando hubieron descansado tres días en la casa, subieron todos juntos a la cama, que por orden de la princesa Hosn-Mariam les transportó sanos y salvos a Bagdad, en donde el califa recibió a Grano-de-Belleza abrazándole cual a un hijo, y le colmó de empleos y honores, así como a su padre Schamseddin y a su hijo Aslán.

Después de lo cual, Grano-de-Belleza se acordó de que en resumen el primer promotor de su fortuna era Mahmud-el-Bilateral, que al principio le había obligado con tanto ingenio a viajar, y más tarde le había recogido desprovisto de todo en la plataforma de la fuente pública. Y mandó buscarle por todas partes, y acabó por encontrarlo sentado en un jardín en medio de muchachos, con los cuales cantaba y bebía. Y le rogó que fuera a palacio y le hizo nombrar, por muy bilateral que fuera, jefe de vigilancia de Bagdad, en lugar de Ahmed-la-Tiña.

Cumplido este deber, Grano-de-Belleza, dichoso al encontrar un hijo tan hermoso y valiente como el joven Aslán, dió gracias a Alah por sus favores. Y vivió años y años en Bagdad en el colmo de la ventura entre sus tres esposas, Zobeida, Yazmina y Hosn-Mariam, hasta que fué visitado por la Destructora de delicias y Separadora de amigos. ¡Alabado sea el Inmutable, en el Cual convergen todas las cosas creadas!"


Y Schehrazada, al concluir de contar esta historia, se sintió algo cansada, y se calló.


Entonces el rey Schahriar, que había permanecido inmóvil de atención todo aquel tiempo, exclamó: "Esa historia de Grano-de-Belleza. ¡oh Schehrazada! es realmente extraordinaria, y la de Mahmud-el-Bilateral y la de Sésamo el corredor con su receta para calentar los campañones fríos, me han gustado en extremo. Pero he de expresarte mi asombro al ver tan pocos poemas en esta historia, pues ya estaba acostumbrado a los versos espléndidos. ¡Y además, he de decirte que las cosas del Bilateral todavía son para mí algo oscuras, y me encantaría que me dieras una explicación más clara de ellas, si es que puedes!"

Al oír lo dicho por el rey Schahriar, Schehrazada sonrió ligeramente y miró a su hermana Doniazada, a la cual encontró muy divertida; y después dijo al rey: "Ahora que esta niña lo puede oír todo, ¡oh rey afortunado! quiero contarte una o dos de las Aventuras del poeta Abu-Nowas, el más delicioso y encantador e ingenioso de todos los poetas del Irán y de Arabia.

Y la pequeña Doniazada se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió a arrojarse en los brazos de su hermana, a quien abrazó tiernamente, y le dijo: "¡Oh, por favor, Schehrazada, empieza en seguida! ¡Serías tan amable si así lo hicieses, ¡oh hermana mía!" Y dijo Schehrazada: "Con mucho gusto, y como debido homenaje a este rey dotado de tan buenos modales!"


Pero como viese aparecer la mañana, Schehrazada, siempre discreta, dejó el relato para el siguiente día.

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