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Pero cuando llegó la 235ª noche

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Ella dijo:

... a Sett Budur le dió tal acceso de risa, que le faltó poco para desmayarse. Después se puso seria de repente, y recobró su antigua voz, dulce y tan cantora, y dijo a Kamaralzamán: "¡Oh esposo amadísimo qué pronto has olvidado nuestras hermosas noches pasadas!" y se levantó rápidamente, y tirando a lo lejos el traje y el turbante con que estaba disfrazada, apareció completamente desnuda, suelta la cabellera a lo largo de la espalda.

Al ver aquello, Kamaralzamán conoció a su esposa Budur, hija rey Ghayur, señor de El-Budur y de El-Kussur. Y la besó, y ella le besó, y la estrechó, y ella le estrechó, y después, ambos llorando de alegría, se confundieron en besos encima del diván.

Y ella, entre otros mil, le recitó estos versos:


¡He aquí a mi amado! ¡Es el bailarín de cuerpo armonioso! ¡miradle cuando avanza con pie flexible y ligero!


¡Hele aquí! ¡No creáis que sus piernas se quejen del peso enorme que las precede, y que constituiría una buena carga para un camello!


¡He aquí a mi amdo! ¡Como alfombra tendí por su camino las flores de mis mejillas, ¡oh dicha mía! ¡Y el polvo de sus suelas fue un bálsamo bienhechor para mis ojos!


¡En el rostro de mi amado! ¡oh hijas de Arabia! vi bailar a la aurora! ¿Cómo olvidar sus encantos y su dulzura...?


Después de lo cual, la reina Budur contó a Kamaralzamán cuanto le había ocurrido desde el principio hasta el fin. Lo mismo hizo él, y después la reconvino, y le dijo: "¡Es realmente una enormidad lo que has hecho conmigo esta noche!" Ella contestó: "¡Por Alah! ¡No era más que una broma! "Enseguida siguieron sus retozos entre muslos y brazos hasta que amaneció.

Entonces la reina Budur se juntó con el rey Armanos, padre de Hayat-Alnefus, le contó la verdad de su historia, y le reveló que su hija, la joven Hayat-Alnefus, era todavía tan completamente virgen como antes.

Cuando el rey Armanos, dueño de la isla de Ebano, oyó estas palabras de Sett Budur, hija del rey Ghayur, se maravilló hasta el límite del asombro, y mandó que historia tan prodigiosa se escribiera con letras de oro sobre pergaminos ilustres. Después se volvió hacia Kamaralzamán y le preguntó: "¡Oh hijo del rey Scrahramán! ¿quieres entrar en mi parentela aceptando como segunda esposa a mi hija Hayat-Alnefus, que está aún intacta de toda sacudida?"

Kamaralzamán contestó: "Antes tengo que consultar con mi esposa Sett Budur, a quien debo respeto y amor". Y se volvió hacia la reina Budur, y le preguntó: "¿Puedo contar con tu consentimiento para tomar a Hayat-Alnefus como segunda esposa?" Budur contestó: "¡Sí, por cierto; pues yo misma te la he reservado para festejar tu regreso! ¡Y me contentaré con ocupar el segundo puesto, pues debo mucha gratitud a Hayat-Alnefus por sus amabilidades y su hospitalidad!"

Entonces Kamaralzamán se volvió hacia el rey Armanos, y le dijo: "Mi esposa Sett Budur me ha contestado aceptando lo propuesto, y diciéndome que en caso necesario se daría por muy contenta con ser esclava de Hayat-Alnefus!"

Al oír estas palabras, el rey Armanos se regocijó hasta el límite del regocijo, y fué a sentarse para aquel caso en el trono de justicia, y mandó reunir a todos los emires, visires, chambelanes y notables del reino, y les contó la historia de Kamaralzamán y de su esposa Sett Budur, desde el principio hasta el fin.

Luego les comunicó su proyecto de dar a Hayat-Alnefus por segunda esposa a Kamaralzamán, y nombrarle al mismo tiempo rey de la isla de Ebano en lugar de su esposa la reina Budur. Y todos besaron la tierra entre sus manos, y respondieron: "¡Desde el momento en que Kamaralzamán es el esposo de Sett Budur, que ha reinado antes en este trono le aceptamos con júbilo por nuestro rey, y nos consideramos dichosos con ser sus esclavos fieles!"

Después de estas palabras, el rey Armanos se entusiasmó hasta el límite más extremo del entusiasmo, e inmediatamente mandó llamar a los kadíes, testigos y jefes principales, y extender el contrato de boda de Kamaralzamán con Hayat-Alnefus. Y se sacrificaron millares de reses para los pobres y desgraciados, hubo liberalidad para todo el pueblo y todo el ejército. Y no quedó nadie en el reino que no deseara larga vida y felicidad para el rey Kamaralzamán y sus dos esposas Sett Budur y Hayat-Alnefus.

Y Kamaralzamán, a su vez, alardeó de tanta justicia al gobernar su reino como al contentar a sus dos esposas, pues pasaba una noche con cada una, alternativamente.

En cuanto a Sett Budur y a Hayat-Alnefus, vivieron siempre en perfecta armonía, dando las noches a su esposo, pero disfrutando juntas durante las horas del día.

Tras de lo cual, Kamaralzamán despachó correos a su padre, el rey Schahramán, para comunicarle todos aquellos felices sucesos y decirle que pensaba ir a verle en cuanto hubiera reconquistado una ciudad a orillas del mar que los infieles habían arrebatado a los musulmanes. Mientras tanto, la reina Budur y la reina Hayat-Alnefus, fecundadas por Kamaralzamán, dieron cada una a su esposo un hijo varón, hermoso como la luna. ¡Y todos vivieron con perfecta felicidad hasta el fin de sus días! Y tal es la historia maravillosa de Kamaralzamán y la princesa Budur.


Y Schehrazada, sonriendo, se calló.

Pero la pequeña Doniazada, la de las mejillas siempre blancas, se había puesto muy colorada, sobre todo al acabarse la historia, y los ojos se le habían agrandado de placer, de curiosidad y también de confusión, y había acabado por taparse la cara con las dos manos, pero mirando al través.

Y mientras Schehrazada, para rehacerse la voz, se mojaba los labios en una copa de cocimiento helado de pasas, Doniazada, palmoteando, exclamó: "¡Oh hermana, qué lástima que una historia tan maravillosa se acabe tan pronto! ¡Es la primera de ese género que oigo de tus labios! ¡Y no sé por qué me pongo tan colorada!"

Y Schehrazada, después de beber un sorbo, sonrió a su hermana con el rabillo del ojo, y le dijo:

"Pues ¿qué será cuando hayas oído la Historia de Grano-de-Belleza...? Pero primero te he de contar la agradable Historia de Feliz-Bello y Feliz-Bella".

Oídas estas palabras, Doniazada saltó de alegría y emoción, y exclamó: "¡Oh hermana, por favor! ¡Antes de empezar la historia de Feliz-Bello y Feliz-Bella, cuyos nombres ya me complacen infinito, dime quién es Grano-de-Belleza!"

Y Schehrazada respondió: "¡Querida mía, Grano-de-Belleza es un joven!"

Entonces el rey Schahriar, cuya tristeza había desaparecido a las primeras palabras de la historia de Sett Budur, que oyó entera con gran atención, dijo: "¡Oh Schehrazada! he de confesarte que la historia de Budur me ha encantado y regocijado, y además me ha incitado a enterarme mejor de esa moda nueva de la cual hablaba Sett Budur en prosa y verso. De modo que si en las historias que nos prometes se explica esa moda con otros pormenores desconocidos para mí, puedes empezar enseguida.


Pero en este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, se calló.

Y el rey Schahriar dijo para sí: "¡Por Alah! ¡no la mataré hasta que haya oído otros detalles sobre la moda nueva, que hasta ahora encuentro llena de oscuridad y complicaciones!"

Doniazada dijo: "¡Oh Schehrazada, hermana mía, te ruego que empieces!"

Y Schehrazada sonrió a su hermana, y después volviéndose hacia el rey Schahriar, le dijo


Historia de Feliz-Bello y Feliz-Bella

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Se dice (pero Alah es más sabio) que había en la ciudad de Kufa un hombre al que se contaba entre sus vecinos más ricos y considerados, y se llamaba Primavera.

Al primer año de su matrimonio, el mercader Primavera sintió caer sobre su casa la bendición del Altísimo con el nacimiento de un hijo muy hermoso, que vino al mundo sonriendo. Y por eso se llamó al niño Feliz-Bello.

Al séptimo día de nacer su hijo, el mercader Primavera fué al zoco de los esclavos a comprar una criada para su mujer. Llegado a mitad de la plaza central, echó una ojeada circular a las mujeres y a los muchachos que se habían puesto a la venta, y vió, en medio de uno de los grupos, a una esclava de aspecto dulce que llevaba a la espalda, sujeta con un ancho cinturón, a su hija dormida.

El mercader Primavera pensó entonces: "¡Alah es generoso!" Y se acercó al corredor y le preguntó: "¿Cuánto cuesta esta esclava con su hija?" El corredor contestó: "¡Cincuenta dinares, ni más ni menos!"

Primavera dijo: "¡La compro! Escribe el contrato, y toma el dinero". Después de llenar esta formalidad, el mercader Primavera dijo con dulzura a la mujer: "Sígame, sierva mía". Y se la llevó a su casa. Cuando la hija de su tío vió llegar a Primavera con la esclava, le preguntó: "¡Oh hijo de mi tío! ¿por qué has hecho ese gasto tan inútil? ¡Yo, en cuanto me reponga del parto, podré atender a la casa como antes!" El mercader Primavera contestó con agrado: "¡Oh hija de mi tío! he comprado esta esclava por la niña que lleva a cuestas, y a la cual criaremos con nuestro hijo Feliz-Bello. ¡Y sabe que, si he de juzgar por lo que de sus facciones he visto, cuando crezca esta niña no tendrá igual en belleza en todos los países de Irak, Persia y Arabia!"

Entonces la esposa de Primavera se volvió hacia la sierva, y le preguntó bondadosamente: "¿Cómo te llamas?" Ella contestó: "¡Me llaman Prosperidad, ¡oh mi señora!" A la esposa del mercader le gustó mucho aquel nombre, y le dijo: "¡Te sienta bien, ¡por Alah! Y tu hija, ¿cómo se llama?" La esclava contestó: "¡Fortuna!" Entonces la esposa de Primavera, en el límite de la alegría, dijo: "¡Ojalá aciertes! ¡Y Alah, con tu venida, haga que duren la fortuna y la prosperidad en casa de quienes te han comprado, ¡oh cara blanca!"

Después de lo cual se volvió hacia su esposo Primavera, y le preguntó: "Ya que es costumbre que los amos den nombre a los esclavos que compran, ¿cómo piensas llamar a la niña?" Primavera respondió: "¡Como tú prefieras!" Y su esposa contestó: "¡Llamémosla Feliz-Bella!" Y Primavera dijo: "Así se llamará. No veo ningún inconveniente".

Y así fué cómo se llamó la niña Feliz-Bella, y se la crió con Feliz-Bello, exactamente en las mismas condiciones. Y ambos crecieron, juntos, aumentándose cada día su hermosura; y Feliz-Bello llamaba a la hija de la esclava "mi hermana", y ella le llamaba a él "mi hermano".

Cuando Feliz-Bello llegó a los cinco años, se pensó en celebrar su circuncisión. Se aguardó para ello la fiesta del natalicio del Profeta (¡con él la plegaria y la salvación!), para dar a tal rito preciado toda la manifestación de belleza que encierra. Por lo tanto, se hizo solemnemente la circuncisión de Feliz-Bello, que en vez de llorar, pareció encontrar aquello casi de su agrado, y sonrió gentilmente, cosa que, por otra parte, solía hacer siempre. Se formó una comitiva imponente y numerosa, compuesta de todos los parientes, amigos y conocidos de Primavera y de la hija de su tío; después, precedidos de banderas, desfiló por todas las calles de Kufa. Y Feliz-Bello iba encaramado en un palanquín rojo, sobre una mula ricamente enjaezada de brocado, y a su lado estaba sentada la pequeña Feliz-Bella, que le abanicaba con un pañuelo de seda. Detrás del palanquín seguían las amigas, las vecinas y los niños, que llenaban el aire con sus lu-lu-lúes" de alegría, mientras el buen Primavera, contentísimo, llevaba de la brida la mula, arrogante y dócil.

Cuando regresaron a casa, los invitados fueron uno tras otro a felicitar al mercader Primavera, diciendo antes de retirarse: "¡Para ti sean la bendición y la alegría! ¡Disfruta durante larga vida la abundancia de los goces del alma...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 238ª noche

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Ella dijo:

"¡... disfruta durante larga vida la abundancia de los goces del alma!"

Después transcurrieron tiempos felices, y los dos niños llegaron a cumplir los doce años de edad.

Entonces Primavera fué a buscar a su hijo Feliz-Bello, que jugaba a matrimonios con Feliz-Bella, y le llamó aparte, y le dijo: "¡He aquí, ¡oh hijo mío! que acabas de cumplir doce años, gracias a la bendición de Alah! De modo que desde hoy ya no has de llamar a Feliz-Bella hermana tuya, pues ahora he de decirte que Feliz-Bella es hija de nuestra esclava Prosperidad, aunque la hayamos criado contigo en la misma cuna y la tratemos como a hija nuestra. Además, desde ahora es menester que se cubra la cara con el velo, pues tu madre me ha dicho que Feliz-Bella ha llegado la semana pasada a la época de la nubilidad. Así es que tu madre le va a buscar un esposo, que será para nosotros un esclavo adicto".

Al oír estas palabras, Feliz-Bello dijo a su padre: "Pues ya que Feliz-Bella no es hermana mía, quiero casarme con ella". Primavera contestó: "¡Hay que pedirle permiso a tu madre!"

Entonces Feliz-Bello fué a buscar a su madre, y le besó la mano, que se llevó a la frente; después le dijo: "Deseo casarme en secreto con Feliz-Bella, hija de nuestra esclava Prosperidad". Y la madre de Feliz-Bello contestó: "¡Feliz-Bella te pertenece, hijo mío! Tu padre la había comprado en nombre tuyo".

Inmediatamente Feliz-Bello corrió a buscar a Feliz-Bella, y la cogió de la mano, y la amó, y ella le amó a él, y la misma noche durmieron juntos, como esposos dichosos.

Después, y sin cesar tal estado de cosas, vivieron ambos en el colmo de la felicidad durante cinco años benditos. Y en toda la ciudad de Kufa no había joven más bella, ni más dulce, ni más deliciosa que la mujer del hijo de Primavera. Ni la había tan instruida ni tan sabia. En efecto, Feliz-Bella había consagrado sus ratos de ocio a aprender el Korán, las ciencias, la hermosa escritura cúfica y la corriente, las bellas letras y la poesía, y el manejo de los instrumentos musicales. Y había llegado a adquirir tal habilidad en el arte del canto, que sabía cantar de más de quince modos distintos, y basándose en una sola palabra del primer verso de una canción, podía prolongar durante varias horas, y hasta una noche entera, variaciones infinitas que arrebataban con sus ritmos y sus trémolos.

Así es que Feliz-Bello y su esclava Feliz-Bella, muchas veces, a las horas de calor, se sentaban en su jardín sobre el mármol desnudo que rodeaba el estanque, en donde la frescura del agua y de la piedra llenábanles de delicias. Allí comían sandías exquisitas, de pulpa fusible y ligera, y almendras y avellanas, y grano tostado y salado, y otras mil cosas admirables. Y dejaban de comer para respirar rosas y jazmines, o para recitarse poemas encantadores. Y entonces Feliz-Bello rogaba a su esclava que preludiase, y Feliz-Bella cogía la guitarra de cuerdas dobles, de la cual sabía extraer sonidos sin par. Y ambos cantaban canciones como éstas, entre otras mil maravillosas:


¡Oh joven, llueven flores y aves! ¡Vamos con el viento hacia la cálida Bagdad de sonrosadas cúpulas!


¡No emir mío! ¡Quedémonos todavía en el jardín, junto al llamear de las palmas de oro, y ,oh delicia, con las manos en la nuca soñemos!


¡Ven, oh joven! ¡Llueven diamantes en las hojas azules, y sobre el azul, es bella la curva de las ramas. ¡Levántate, oh ligera, y sacude las gotas furtivas que lloran en tus cabellos!


¡No emir mío, siéntate aquí y reclina la cabeza en mis rodillas! ¡Embriágate entre mi ropa con todo el perfume de mis pechos floridos... y luego oye la suave brisa que canta al Hacedor!


Otras veces, ambos jóvenes modulaban versos como los siguientes, acompañándose con el daff:

¡Soy feliz y ligera como una ágil danzarina!


¡Oh lábios, haced más lentos vuestros trinos sobre las flautas! ¡Guitarras, paráos bajo los dedos para escuchar la canción de las palmeras!


¡Las palmeras están de pie! ¡Como las jóvenes, murmuran en sordina en la noche clara, y el remolino de sus cabelleras melodiosas responde a la brisa musical!


;Ah! ¡Soy feliz y ligera como una ágil danzarina!


¡Esposa encantadora y perfumada! ¡Al oir las notas de tu voz, las piedras se levantan bailando, y vienen ordenadamente a construir un edificio armonioso!

¡Que aquel que creó la belleza del amor nos otorgue la ventura, esposa encantadora y perfumada!


¡Oh negrura de mis ojos! ¡Por ti voy a dar azulado a mis párpados con la varita de cristal, y a macerar mis manos en la pasta de alheña!


¡Así te parecerán mis dedos frutos del azufaifo, o si lo prefieres, dátiles finos!


¡Después me perfumaré los pechos, el vientre y todo el cuerpo con incienso delicado, para que mi piel se derrita en tu boca con suavidad, oh negrura de mis ojos!


Y de tal modo, el hijo de Primavera y la hija de Prosperidad pasaban las noches y las mañanas en una vida deliciosa...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 239ª noche

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Ella dijo:

... en una vida deliciosa.

Pero ¡ah! lo que está escrito en la frente del hombre por los dedos de Alah, no puede borrarlo la mano del hombre; y aunque la criatura poseyera alas, no le sería posible huir del Destino.

Tal fué la causa de que Feliz-Bello y Feliz-Bella tuvieran que experimentar durante cierto tiempo las vicisitudes de la suerte. Pero de todos modos, la nativa bendición que habían traído consigo a la tierra había de librarles de las desdichas irremediables.

Efectivamente, el gobernador de la ciudad de Kufa había oído al califa hablar de la hermosura de Feliz-Bella, esposa del hijo del mercader Primavera. Y dijo para sí: "¡Sin remedio he de encontrar la manera de apoderarme de esta Feliz-Bella, cuyas perfecciones y arte para cantar me ponderan tanto! ¡Será un magnífico regalo para mi amo el Emir de los Creyentes Abd El-Malek ben-Meruán!"

Por consiguiente, el gobernador de Kufa resolvió un día ejecutar su proyecto, y con tal fin mandó llamar a una vieja muy astuta, que de ordinario estaba encargada de adquirir e instruir especialmente a las esclavas jóvenes. Y le dijo: "¡Te ruego que vayas a casa del mercader Primavera y hagas conocimiento con la esclava de su hijo, la joven Feliz-Bella, de la cual se dice que está muy versada en el arte del canto, y que es muy hermosa! Y de cualquier manera has de traérmela aquí, porque quiero enviarla como regalo al califa Abd El-Malek".

La vieja respondió: "¡Escucho y obedezco!" Y se fué inmediatamente a hacer los preparativos necesarios.

A primera hora de la mañana se vistió de estameña, y se echó al cuello un enorme rosario de millares de cuentas, se ató una calabaza a la cintura, cogió una muleta, y se dirigió con lento paso a casa de Primavera, parándose a cada momento para suspirar muy devota: "¡Alabado sea Alah! ¡No hay más Dios que Alah! ¡Sólo a Alah es preciso recurrir! ¡Alah es el más grande!" Y no dejó de proceder del mismo modo durante todo el camino, con gran admiración de los transeúntes, hasta que llegó a la puerta de la casa en que vivía Primavera.

Llamó, y dijo: "¡Alah es generoso! ¡Oh Donador! ¡Oh Bienhechor!"

Entonces fué a abrirle el portero, que era un anciano respetable, antiguo servidor de Primavera. Vió a la vieja devota, y después de examinarla no le pareció su aspecto muy tranquilizador, sino muy al contrario. Y por su parte él también desagradó mucho a la vieja, que le dirigió una mirada atravesada. Y el portero sintió instintivamente la mirada, y también instintivamente, y para conjurar el mal de ojo, formuló con el pensamiento: "¡Mis cinco dedos en tu ojo izquierdo!" Después, y en alta voz, le preguntó: "¿Qué quieres, mi anciana tía?" Ella respondió: "Soy una pobre vieja que no piensa más que en rezar. Y como veo que se acerca la hora de la oración, quisiera entrar en esta morada para hacer mis devociones este día santo".

El buen portero se indignó, y le dijo con brusquedad: "¡Vete! Esta casa no es mezquita ni oratorio, sino el hogar del mercader Primavera y su hijo Feliz-Bello!" La vieja respondió: "¡Ya lo sé! Pero ¿hay mezquita ni oratorio más digno de la oración que la morada bendita de Primavera y su hijo Feliz-Bello? Sabe también, ¡oh portero de cara seca!, que soy mujer conocida en Damasco, en el palacio del Emir de los Creyentes. Y he salido de allí para visitar los santos lugares y rezar en todos los sitios dignos de veneración".

Pero el portero contestó: "Bueno es que seas una devota; pero ésa no es razón para que entres aquí. Sigue tu camino". Pero la vieja se resistió e insistió tanto tiempo, que el rumor de su voz hubo de llegar a oídos de Feliz-Bello que salió para enterarse de la causa del altercado, y oyó a la vieja que decía al portero: "¿Cómo se puede impedir a una mujer de mi categoría entrar en la casa de Feliz-Bello, hijo de Primavera, cuando las puertas más cerradas de los emires y los grandes siempre se me abren de par en par?"

Al oír estas palabras, Feliz-Bello sonrió, según su costumbre, y rogó a la vieja que entrara. Entonces la vieja le siguió, y llegó con él a la habitación de Feliz-Bella. Y le deseó la paz de la manera más sentida, y a la primera ojeada quedó estupefacta de su belleza.

Cuando Feliz-Bella vió entrar a la santa vieja, se apresuró a levantarse en honor suyo, y le devolvió su zalema con respeto, y le dijo: "¡Sea de buen agüero para nosotros tu venida, buena madre! ¡Dígnate descansar!" Pero ella contestó: "Acaban de anunciar la hora de la oración, hija mía. ¡Déjame rezar!" Y volvióse enseguida en dirección a la Meca, y se arrodilló en actitud de orar. Y así estuvo hasta la noche sin moverse, y nadie se atrevía a interrumpir su función augusta. Y además parecía tan sumida en el éxtasis, que no hacía caso alguno de lo que ocurría a su alrededor.

Por fin, Feliz-Bella se atrevió, y acercóse tímidamente a la santa, y le dijo con voz dulce y respetuosa: "¡Madre mía, da descanso a las rodillas, aunque no sea más que una hora!" La vieja contestó: "¡El que no cansa el cuerpo en este mundo no puede aspirar al reposo reservado a los puros y elegido en lo futuro!" Feliz-Bella, extremadamente deificada, repuso: "¡Por favor, oh madre nuestra! honra nuestra mesa con tu presencia y consiente en compartir con nosotros el pan y la sal!" La vieja respondió: "No me hagas caso, y ve a reunirte con tu esposo. Vosotros, que sois jóvenes y hermosos, ¡comed, bebed y sed felices...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 240ª noche

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Ella dijo:

"... vosotros, que sois jóvenes y hermosos, ¡comed, bebed y sed felices!"

Entonces Feliz-Bella fué a buscar a su amo y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡Te ruego que vayas a suplicar a esa santa que en adelante se aposente en nuestra casa, pues su rostro, macerado en la piedad, iluminará nuestra morada!" Feliz-Bello contestó: "Tranquilízate. Ya he mandado que le preparen una habitación con su lecho, y una esterilla nueva, y su jarro, y su palangana. Y nadie la molestará".

En cuanto a la vieja, se pasó toda la noche rezando y leyendo en alta voz el Korán. Después, al amanecer, se lavó y fué a buscar a Feliz-Bello y a su amiga, y les dijo: "¡Vengo a despedirme de vosotros! ¡Alah os tenga en su guarda!" Pero Feliz-Bello le dijo: "¡Oh madre nuestra! ¿Cómo nos vas a dejar con tan poco sentimiento, cuando nosotros nos estábamos ya alegrando de ver nuestra casa bendecida para siempre por tu presencia y te habíamos preparado la mejor habitación para que hagas tus devociones sin que te molesten?"

Y la vieja contestó: "¡Alah os conserve a los dos y haga durar sus bendiciones y sus gracias para vosotros! Ya que la caridad musulmana ocupa un sitio de honor en vuestro corazón, me alegro mucho de que me albergue vuestra hospitalidad. ¡Pero os pido únicamente que advirtáis a vuestro portero, que tiene una cara tan seca, que no se oponga más a dejarme entrar aquí cuando pueda venir! Ahora mismo voy a visitar los santos lugares de Kufa, en los cuales haré votos a Alah para que os retribuya según vuestros méritos. ¡Luego volveré a endulzarme con vuestra, hospitalidad!" Después los dejó, mientras ambos le cogían las manos y se las llevaban a los labios y a la frente.

¡Oh pobre Feliz-Bella! ¡Si supieras el motivo de que aquella vieja de betún entrara en tu casa y los negros destinos que urdía contra tu dicha y tranquilidad! Pero ¿cuál es la criatura que puede adivinar lo oculto y arrancar el velo al porvenir?

La maldita vieja salió, y se dirigió al palacio del gobernador, y se le presentó enseguida. Entonces éste le preguntó: "¿Qué has hecho, ¡oh desenredadora de telas de arañas!? ¡Oh taimada sublime y sutil!"

La vieja dijo: "Haga lo que haga, ¡oh mi señor! no soy más que tu discípula y la protegida de tus miradas. Escucha. He visto a la joven Feliz-Bella, esclava del hijo de Primavera. ¡jamás el vientre de la fecundidad modeló belleza semejante!" El gobernador exclamó. "¡Ya Alah!" Y prosiguió la vieja: "Está amasada con delicias. ¡Es un fluir continuo de dulzuras y de encantos ingenuos!" El gobernador exclamó: "¡Oh, ojo mío! ¡Latido de mi corazón!" La vieja añadió: "¿Qué dirías si oyeras el timbre de su voz, más fresca que el rumor del agua debajo de una bóveda sonora? ¿Qué harías si vieras sus ojos de antílope y sus miradas modestas?"

El gobernador exclamó: "¡No podría hacer más que admirarla con toda mi admiración, pues repito que la destino a nuestro amo el califa! ¡Apresúrate, pues, a triunfar!" La vieja dijo: "¡Te pido para ello un mes entero!" Y el gobernador respondió: "¡Dispón de ese tiempo, siempre que dé resultado! Y en mí encontrarás una generosidad que te dejará satisfecha. Para empezar, toma mil dinares como señal de mi buena voluntad".

Y la vieja guardó los mil dinares en el cinturón, y desde aquel día empezó a visitar con regularidad a Feliz-Bello y Feliz-Bella en su casa, y ellos, por su parte, le demostraban cada día más miramientos y consideraciones.

Y así las cosas, la vieja llegó a ser la consejera inseparable de aquella casa. Y un día le dijo a Feliz-Bella: "Hija mía, la fecundidad no ha visitado aún tus caderas juveniles. ¿Quieres venir conmigo a pedir la bendición a los santos ascetas, a los jeiques amados de Alah, a los santones y walíes que están en comunicación con el Altísimo? Conozco a esos walíes, hija mía, y sé el poder inmenso que tienen para hacer milagros y realizar las cosas más prodigiosas en nombre de Alah. Curan a los ciegos y a los inválidos, resucitan a los muertos, vuelan por el aire, nadan por el agua. En cuanto a la fecundación de las mujeres, ¡es el privilegio más fácil que les otorgó Alah! ¡Y alcanzarás ese resultado sin más que tocar la orla de su ropón o besar las cuentas de su rosario!"

Al oír estas palabras de la vieja, Feliz-Bella sintió agitarse en su alma el deseo de la fecundidad, y dijo a la anciana: "Tengo que pedir a mi amo Feliz-Bello permiso para salir. Aguardemos que regrese". Pero la vieja respondió: "Te basta con avisar a su madre". Entonces la joven fué enseguida a buscar a la madre de Feliz-Bello, y le dijo: "Te suplico, por Alah, ¡oh mi señora! que me concedas permiso para ir con esta santa vieja a visitar a los walíes amigos de Alah, y pedirles la bendición en su santa morada! Y te prometo estar aquí de vuelta antes que llegue mi amo Feliz-Bello". Entonces la esposa de Primavera contestó: "¡Hija mía, piensa en el disgusto que tendría tu amo si volviese y no te encontrase! Me diría: ¿Y cómo ha podido salir Feliz-Bella sin permiso mío? ¡Es la primera vez que tal ocurre!".

En este momento intervino la vieja, y dijo a la madre de FelizBello: "¡Por Alah! ¡Haremos una rápida vuelta por los lugares santos, no la dejaré siquiera que se siente para descansar, y la traeré sin demora!" Entonces la madre de Feliz-Bello dió el consentimiento, pero suspirando a pesar suyo.

La vieja se llevó, pues, a Feliz-Bella y la guió directamente a un pabellón aislado del jardín de palacio; allí la dejó sola un momento, y corrió a comunicar su llegada al gobernador, que fué enseguida al pabellón...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 241ª noche

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Ella dijo:

... al gobernador, que fué en seguida al pabellón, y en el umbral quedóse como deslumbrado por tal belleza.

Cuando Feliz-Bella vió entrar a aquel hombre desconocido, se apresuró a velarse la cara, rompió en sollozos, y buscó con la mirada un sitio por donde pudiera huir; pero fué en vano.

Entonces, como la vieja no aparecía, Feliz-Bella ya no dudó de la traición de la maldita, y se acordó de ciertas palabras que su fiel portero le había dicho respecto a los ojos llenos de artificios de aquella mujer.

En cuanto al gobernador, seguro de que Feliz-Bella era la misma que tenía delante, volvió a salir, cerrando la puerta, y fué a dar rápidamente algunas órdenes: escribió una carta al califa Abd El-Malek ben Meruán, y confió la carta y la joven al jefe de sus guardias, mandándole que emprendiera en seguida el camino de Damasco.

Entonces el jefe de los guardias se llevó por la fuerza a Feliz. Bella, la colocó encima de un ágil dromedario, se puso delante de ella, y partió a toda prisa hacia Damasco, seguido por algunos esclavos.

En cuanto a Feliz-Bella, durante todo el camino se tapó la cara con el velo, y sollozó en silencio, indiferente a las paradas, a las sacudidas, a los descansos y a las marchas. Y el jefe de los guardias no le pudo sacar una palabra ni una seña, y así siguió hasta la llegada a Damasco. El jefe se dirigió sin demora al palacio del Emir de los Creyentes, entregó la esclava y la carta al jefe de los chambelanes, recibió la respuesta que le dieron, y se volvió a Kufa del mismo modo que había venido.

Al día siguiente, el califa entró en el harem y manifestó a su esposa y a su hermana la llegada de la esclava nueva, diciéndole: "El gobernador de Kufa acaba de enviarme como regalo una esclava joven; y me escribe para decirme que esa esclava, comprada por él, es hija de un rey, apresada en su país por mercaderes de esclavos". Y su esposa le respondió: "¡Alah acreciente tus goces y sus beneficios!" Y la hermana del califa preguntó: "¿Cómo se llama? ¿Es morena o blanca?" El califa contestó: "¡Aun no la he visto!"

Entonces la hermana del califa, llamada Sett Zahia, que era de tierno corazón, sintió lástima, y se acercó a la joven, y le preguntó: "¿Por qué lloras, hermana mía?" ¿No sabes que desde ahora estás segura, y que tu vida transcurrirá ligera y sin preocupaciones? ¿Adónde podías ir a parar mejor que al palacio del Emir de los Creyentes?" Al oír estas palabras, la hija de Prosperidad levantó los ojos sorprendida, y preguntó: "Pero ¡oh mi señora! ¿en qué ciudad estoy, para que sea éste el palacio del Emir de los Creyentes?" Sett Zahia contestó "¡En la ciudad de Damasco! ¿Pero tú no lo sabías? ¿Y el mercader que te vendió no te ha advertido que lo hacía por cuenta del califa Abd El-Malek ben-Meruán? Ya lo sabes, hermana, eres propiedad del Emir de los Creyentes, que es mi hermano. Sécate, pues, las lágrimas y dime tu nombre".

Al oír semejantes palabras, la joven ya no pudo reprimir los sollozos que la ahogaban, y murmuró: "¡Oh mi señora, en mi tierra me llaman Feliz-Bella!"

A la sazón entró el califa. Avanzó hacia Feliz-Bella sonriendo bondadosamente, se sentó a su lado, y le dijo: "¡Quítate el velo de la cara, ¡oh joven!" Pero Feliz-Bella, en vez de descubrirse la cara, se aterró sólo de pensarlo, y se tapó completamente con la tela hasta por debajo de la barbilla, con mano temblorosa. Y el califa no quiso enojarse por una acción tan extraordinaria, y dijo a Sett Zahia: "Te confío a esta joven, y espero qué dentro de pocos días la hayas acostumbrado a ti, y la animes, y consigas que sea menos tímida". Después dirigió otra mirada a Feliz-Bella y nada pudo ver, fuera de las finas muñecas. Pero con aquello le bastó para que la amara en extremo; muñecas tan admirablemente modeladas no podían pertenecer más que a una perfecta beldad. Y se retiró.

Entonces Sett Zahia se llevó a Feliz-Bella, y la condujo al hammam del palacio, y después del baño la vistió con un traje muy hermoso, y le colocó en el peinado varias sartas de perlas y pedrerías, y después le acompañó el resto del día, tratando de acostumbrarla a ella. Pero Feliz-Bella, aunque muy confusa con los miramientos que le prodigaba la hermana del califa, no podía dejar de llorar, ni quería tampoco revelar la causa de sus penas, porque pensaba que con ello no variaría su destino. Guardó, pues, para sí aquel agudo dolor, y siguió consumiéndose día y noche, de tal modo, que al poco tiempo cayó gravemente enferma; y desesperaron de salvarla después de haber experimentado en ella la ciencia de los médicos más famosos de Damasco.

En cuanto a Feliz-Bello, hijo de Primavera, al anochecer regresó a su casa, y según costumbre, se echó en el diván, y llamó: "¡Oh Feliz-Bella!"

Pero, por primera vez, nadie contestó. Entonces se levantó súbito y llamó de nuevo: "¡Oh Feliz-Bella!" Pero nadie contestó. Porque todas las esclavas se habían escondido, y ninguna de ellas se atrevía a moverse. Entonces Feliz-Bello se dirigió al aposento de su madre, entró precipitadamente, y encontró a su madre sentada, muy triste, con la mano en la mejilla y absorta en sus pensamientos. Al verla, creció su inquietud, y preguntó, todo lleno de espanto: "¿Dónde está Feliz Bella?"

Pero la esposa de Primavera no contestó más que con lágrimas, y después suspiró: "¡Alah nos proteja, ¡oh hijo mío! Feliz-Bella, en ausencia tuya, ha venido a pedirme permiso para salir con la vieja e ir, según me dijo, a visitar a un santo walí que realiza milagros. ¡Ah hijo mío! mi corazón no estuvo tranquilo nunca desde que esa vieja entró en nuestra casa. ¡Tampoco la ha mirado jamás con buenos ojos, nuestro portero, el servidor anciano y fiel que nos crió a todos! ¡Siempre he tenido el presentimiento de que esa vieja nos había de traer mala suerte con sus oraciones harto prolongadas y sus miradas tan astutas!" Pero Feliz-Bello interrumpió a su madre para preguntar: "¿A qué hora exactamente ha salido Feliz-Bella?" La madre contestó: "Esta mañana temprano, después de haberte ido al zoco". Y Feliz-Bello exclamó: "Ya ves, madre mía, para lo que nos sirve variar nuestras costumbres y otorgar a nuestras mujeres libertades de las cuales no saben qué hacer, y que tienen que serles funestas! ¡Ah, madre mía! ¿Por qué permitiste salir a Feliz-Bella? ¿Quién sabe por dónde se pudo extraviar, o si se ha caído al agua, o si la sepultó un alminar que se haya derrumbado? ¡Pero voy a escape a ver al gobernador para obligarle a hacer investigaciones inmediatamente!"

Y Feliz-Bello, fuera de sí, corrió al palacio, y el gobernador la recibió sin hacerle esperar, por consideración hacia su padre Primavera, que era una de las personas más notables de la ciudad. Y Feliz- Bello, sin atender siquiera a las fórmulas obligatorias de la zalema dijo al gobernador: "Mi esclava ha desaparecido de nuestra casa esta mañana en compañía de una vieja a la cual habíamos dado albergue. Vengo a rogarte que me ayudes a buscarla". El gobernador, adoptando un tono lleno de interés, contestó: "¡En seguida, hijo mío! Estoy dispuesto a todo por consideración a tu digno padre. Ve a buscar de mi parte al jefe de la guardia, y cuéntale el caso. Es hombre muy avisado y lleno de recursos, y sin duda alguna encontrará a la esclava dentro de pocos días".

Entonces Feliz-Bello corrió a ver al jefe de la guardia, y le dijo "Vengo a verte de parte del gobernador para encontrar a mi esclava que ha desaparecido de mi hogar".

El jefe de la guardia, que estaba sentado en la alfombra, con las piernas cruzadas, resolló dos o tres veces, y al fin preguntó: "¿Con quién se ha marchado?" Feliz-Bello respondió: "Con una vieja cuyas señas son éstas y aquéllas. Y la vieja va vestida de estameña, y lleva al cuello un rosario con millares de cuentas". Y el jefe de la guardia dijo: "¡Por Alah! ¡Dime en dónde está la vieja, y enseguida iré a buscar a la esclava!"

A estas preguntas, Feliz-Bello contestó: "Pero ¿y qué sé yo dónde está la vieja? ¿Vendría aquí si supiera dónde está?" El jefe de la guardia mudó la postura, colocando las piernas en sentido inverso, y dijo: "¡Hijo mío, únicamente Alah el Omnisciente es capaz de descubrir las cosas invisibles!" Entonces, Feliz-Bello, irritado hasta el límite, exclamó: "¡Por el Profeta! ¡A ti solo te haré responsable de esto! Y en caso necesario iré a ver al gobernador, y hasta al Emir de los Creyentes, para que sepan quién eres!"

El otro contestó: "¡Puedes ir adonde te parezca! ¡No he estudiado hechicería, para adivinar las cosas ocultas!"

Enseguida Feliz-Bello volvió a casa del gobernador, y le dijo: ¡He ido a ver al jefe de la guardia y ha pasado tal y cuál cosa!" Y el gobernador dijo: "¡No es posible! ¡Hola, guardias, id a buscar a ese hijo de perro!" Y cuando llegó el jefe, el gobernador dijo: "¡Te mando que hagas las pesquisas más minuciosas para encontrar a la esclava de Feliz-Bello, hijo de Primavera! Envía a tus jinetes en todas direcciones. Corre tú también, y busca por todas partes. ¡Pero tienes que encontrarla!" Y al mismo tiempo le guiñó el ojo para que no hiciera nada. Después se volvió hacia Feliz-Bello, y le dijo: "¡En cuanto a ti, hijo mío, no quiero que tengas que reclamar en adelante esa esclava más que a mí! ¡Y si por acaso -pues todo puede suceder- no se encontrara a la esclava, yo mismo te daré en su lugar diez vírgenes de la edad de las huríes, de pechos turgentes y nalgas duras y firmes como cubos de granito! ¡Y obligaré también al jefe de la guardia a darte de su harem diez esclavas jóvenes tan intactas como mis ojos! Pero tranquiliza tu alma, pues sabe que el Destino te otorgará siempre lo que te esté reservado, y por otra parte, nunca lograrás lo que no te haya destinado la suerte...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 242ª noche

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Ella dijo:

"... nunca lograrás lo que no te haya destinado la suerte". Entonces Feliz-Bello se despidió del gobernador, y volvió desesperado a su casa, después de haber vagado toda la noche en busca de Feliz-Bella. Y a la jornada siguiente tuvo que guardar cama, presa de una extensa debilidad y de una calentura que creció de día en día, según perdía la esperanza que le quedaba respecto a las pesquisas ordenadas por el gobernador. Y los médicos consultados contestaron: "¡Su enfermedad no tiene otro remedio que el regreso de su esposa!'

A todo esto, llegó a la ciudad de Kufa un persa muy versado en medicina, arte de drogas, ciencia de las estrellas y arena adivinatoria. Y el mercader Primavera se apresuró a llamarle a casa de su hijo. Entonces, el sabio persa, después de haber sido tratado por Primavera con los mayores miramientos, se acercó a Feliz-Bello y le dijo: "¡Dame la mano!" Y le cogió la mano, le tomó el pulso un buen rato, le miró con atención la cara, después sonrió, y se volvió hacia el mercader Primavera, diciéndole: "¡La enfermedad de tu hijo reside en su corazón!" Y Primavera respondió: "¡Por Alah! ¡Verdad dices, ¡oh médico!" El sabio prosiguió: "Y la causa de esa enfermedad es la desaparición de una persona querida. ¡Pues bien! ¡Os voy a decir, con ayuda de los poderes misteriosos, el sitio en que se encuentra esa persona!"

Y dichas tales palabras, el persa se acurrucó, sacó de un talego un paquete de arena, que desató y extendió delante de él; luego puso en medio de la arena cinco guijarros blancos y tres guijarros negros, dos varitas y una uña de tigre; los colocó en un plano, después en dos planos, y luego en tres planos; los miró, pronunciando algunas frases en lengua persa, y dijo: "¡Oh vosotros que me oís! ¡sabed que la persona se encuentra en este momento en Bassra!" Después reflexionó y dijo: "¡No! Los tres ríos que ahí veo me han engañado. ¡La persona se encuentra en este momento en Damasco, dentro de un gran palacio, y en el mismo estado de languidez que tu hijo, ¡oh ilustre mercader!"

Al oír estas palabras, Primavera exclamó: "¿Y qué hemos de hacer, ¡oh venerable médico!? Por favor, ilumínanos, y no habrás de quejarte de la avaricia de Primavera. Pues ¡por Alah! te daré con qué vivir en la opulencia durante el espacio de tres vidas humanas!" Y el persa contestó: "¡Tranquilizad ambos vuestras almas, y que se refresquen vuestros párpados cubriendo vuestros ojos sin inquietud! ¡Pues yo me encargo de reunir a los dos jóvenes, y eso es más fácil que hacer de lo que tú te figuras!" Después añadió, dirigiéndose a Primavera: "¡Saca del bolsillo cuatro mil dinares!" Y Primavera se desató inmediatamente el cinturón, y colocó delante del persa cuatro mil dinares y otros mil.

Y el persa dijo: "¡Ahora que tengo con qué cubrir gastos, voy a ponerme al momento en camino para Damasco, llevando conmigo a tu hijo! ¡Y si Alah quiere, regresaremos con su amada!" Después se volvió hacia el joven tendido en la cama, y le preguntó: "¡Oh hijo del distinguido Primavera! ¿Cómo te llamas?" El otro respondió: "¡Feliz-Bello!" El persa dijo: "¡Pues bien, Feliz-Bello, levántate y que tu alma se vea en adelante libre de toda inquietud, pues desde este momento puedes dar por seguro que has recobrado a tu esclava!"

Y Feliz-Bello, súbitamente movido por el buen influjo del médico, se levantó y se sentó. Y el médico prosiguió: "Afirma tus ánimos y tu valor. No te preocupes por nada. ¡Come, bebe y duerme! Y dentro de una semana, en cuanto recuperes las fuerzas, volveré a buscarte para hacer el viaje contigo". Y se despidió de Primavera y Feliz-Bello, y se fué a hacer también sus preparativos para el viaje.

Entonces Primavera dió a su hijo otros cinco mil dinares, y le compró camellos que mandó cargar de ricas mercaderías y de aquellas sedas de Kufa de colores tan hermosos, y le dió caballos para él y para su acompañamiento. Y al cabo de la semana, como Feliz-Bello había seguido las prescripciones del sabio y se había repuesto admirablemente, Primavera supuso que su hijo podía emprender sin inconveniente el viaje a Damasco. De modo que Feliz-Bello se despidió de su padre, de su madre, de Prosperidad y del portero, y acompañado de todos los buenos deseos que los brazos de los suyos invocaban sobre su cabeza, salió de Kufa con el sabio persa.

Y Feliz-Bello había llegado en aquellos instantes a la perfección de la juventud, y sus diez y siete años habían dado un sedoso vello a sus mejillas levemente sonrosadas, lo cual hacía más seductores todavía sus encantos, de modo que nadie le podía mirar sin pararse extático. Y el sabio persa no tardó en experimentar el efecto delicioso de los hechizos del joven, y le quiso con toda su alma, muy de veras, y se privó durante todo el viaje de todas las comodidades a fin de que él las aprovechara. Y cuando le veía contento, se alegraba hasta el limite de la alegría...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 243ª noche

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Ella dijo:

... se alegraba hasta el límite de la alegría.

En estas condiciones, el viaje fué agradable y nada fatigoso, y así llegaron a Damasco.

Inmediatamente el sabio persa fué al zoco con Feliz-Bello, y alquiló en el acto una gran tienda, que restauró por completo. Después mandó hacer anaquelerías tapizadas de terciopelo, y en ellas colocó por orden sus frascos de valor, sus dictamos, sus bálsamos, sus polvos, sus jarabes exquisitos, sus triscas finas conservadas en oro puro, sus tarros de porcelana con reflejos metálicos, en donde maduraban las añejas pomadas compuestas con los jugos de trescientas hierbas raras, y entre los frascos grandes, los alambiques y las retortas, colocó el astrolabio de oro.

Tras de lo cual se puso su traje de médico y el gran turbante de siete vueltas, y preparó también a Feliz-Bello, que había de ser su ayudante, despachando las recetas, machacando en el mortero, haciendo los saquillos y escribiendo los remedios que él le dictara. Para ello le vistió con una camisa de seda azul y un chaleco de casimir, y le pasó alrededor de las caderas un mandil de seda de color de rosa con franjas de oro. Después le dijo: "¡Oh Feliz-Bello! ¡desde este momento tienes que llamarme padre, y yo te llamaré hijo, pues si no, los habitantes de Damasco creerían que hay entre los dos lo que tú comprendes!" Y Feliz-Bello dijo: "¡Escucho y obedezco!".

Y apenas se abrió la tienda que el persa destinaba a consulta, acudieron de todas partes en tropel los vecinos, unos para exponer lo que les pasaba, otros nada más que para admirar la belleza del joven, y todos para quedar estupefactos y encantados a un tiempo al oír a Feliz-Bello conversar con el médico en lengua persa, que ellos no conocían, y les parecía deliciosa en labios del joven ayudante. Pero lo que llevó hasta el límite extremo el asombro de los habitantes fué el modo de adivinar las enfermedades el médico persa.

Efectivamente, el médico miraba a lo blanco de los ojos durante unos minutos al enfermo que recurría a él, y luego le presentaba una gran vasija de cristal, y le decía: "¡Mea!" Y el enfermo meaba en la vasija, y el persa elevaba la vasija hasta la altura de sus ojos y la examinaba, y después decía: “!te pasa tal y cual cosa!” Y el enfermo exclamaba siempre: "¡Por Alah! ¡Verdad es!" Con lo cual todo el mundo levantaba los brazos, diciendo: "¡Ya Alah! ¡Qué prodigioso sabio! ¡Nunca hemos oído cosa parecida! ¿Cómo podrá conocer por la orina la enfermedad?"

No es, pues, de extrañar que el médico persa adquiriera fama en pocos días por su ciencia extraordinaria entre todas las personas notables y acomodadas, y que el eco de todos sus prodigios llegase a los mismos oídos del califa y de su hermana El-Sett Zahia.

Y un día que el médico estaba sentado en medio de la tienda y dictaba una receta a Feliz-Bello, que se hallaba a su lado con el cálamo en la mano, una respetable dama, montada en un borrico con silla de brocado rojo y adornos de pedrería, se paró a la puerta, ató la rienda del burro a la argolla de cobre que coronaba el armazón de la silla, y después hizo seña al sabio para que la ayudase a bajar. El persa se levantó en seguida solícito, corrió a darle la mano, y le rogó que se sentase, al mismo tiempo que Feliz-Bello, sonriendo discretamente, le presentaba un almohadón.

Entonces la dama sacó de debajo de su vestido un frasco lleno de orines, y preguntó al persa: "¿Eres realmente tú, ¡oh venerable jeique! el médico procedente del Irak-Ajami, que hace esas curas admirables en Damasco?" El contestó: "Soy el mismo, y tu esclavo".

Ella dijo: "¡Nadie es esclavo más que de Alah! Sabe, pues, ¡oh maestro sublime de la ciencia! que este frasco contiene lo que comprenderás, y su propietaria, aunque virgen todavía, es la favorita de nuestro soberano el Emir de los Creyentes. Los médicos de este país no han podido acertar la causa de la enfermedad que la tiene en cama desde el día de su llegada a palacio. Y por eso Sett Zahia, hermana de nuestro señor, me ha enviado a traerte este frasco, para que descubras esa causa desconocida".

Oídas estas palabras, dijo el médico: "¡Oh mi señora! ¡has de decirme el nombre de la enferma, para que yo pueda hacer mis cálculos y saber precisamente la hora más favorable para hacerle tomar las medicinas!" La dama respondió: "Se llama Feliz-Bella".

Entonces el médico se puso a trazar en un pedazo de papel que tenía en la mano numerosísimos cálculos, unos con tinta roja y otros con tinta verde. Después sumó los guarismos verdes y los guarismo rojos, y dijo: "¡Oh mi señora!" ¡he descubierto la enfermedad! Es una afección conocida con el nombre de "temblar de los abanicos del corazón". A tales palabras, la dama contestó: "¡Por Alah! ¡Es verdad! ¡Pues los abanicos de su corazón tiemblan tanto, que los oímos!" El médico prosiguió: "Pero antes de prescribir los remedios he de saber de qué país es ella. Y esto es muy importante, porque así averiguaré, en cuanto haga mis cálculos, el influjo de la ligereza o de la pesadez del aire en los abanicos de su corazón. Además, para juzgar el estado en que se conservan esos abanicos delicados, tengo que saber asimismo el tiempo que hace que está en Damasco y su edad exacta". La dama contestó: "Se ha criado, según parece, en Kufa, ciudad del Irak; y tiene diez y seis años, pues nació, según nos ha dicho, el año del incendio del zoco de Kufa. En cuanto a su residencia en Damasco, es cosa de pocas semanas nada más...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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