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Y cuando llegó la 244ª noche

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Ella dijo:

"... pocas semanas nada más".

Al oír estas palabras, el sabio persa dijo a Feliz-Bello, cuyo corazón se agitaba como un molino: "¡Hijo mío, prepara los remedios tal y cual, según la fórmula de Ibn-Sina artículo séptimo".

Entonces la dama se volvio hacia el adolescente, al cual empezó a mirar con mayor atención, para decirle a los pocos momentos: "¡Por Alah! ¡la enferma se te parece mucho, y su rostro es tan hermoso y dulce como el tuyo!" Después le dijo al sabio: "Dime, ¡oh noble persa! este joven ¿es hijo o esclavo tuyo?" El otro contestó: "Es mi hijo, ¡oh respetable! y tu esclavo". Y la anciana dama, muy halagada con tanta consideración, respondió: "¡Verdaderamente, no sé qué admirar más aquí, si tu ciencia, ¡oh médico sublime!' o tu descendencia!" Y siguió conversando con el sabio, mientras Feliz-Bello acababa de arreglar los paquetitos de los remedios y los colocaba en una caja, en la cual deslizó una esquela para enterar a Feliz-Bella de su llegada a Damasco con el médico persa. Después de lo cual selló la caja y escribió en la tapadera su nombre y las señas de su casa en caracteres cúficos, ilegibles para los habitantes de Damasco, pero descifrables para Feliz-Bella, que conocía muy bien las escrituras cúficas, lo mismo que la árabe corriente. Y la dama cogió la caja, dejó diez dinares de oro en el mostrador del médico, se despidió de los dos, y salió para irse directamente a palacio y apresurarse a subir a la habitación de la enferma.

La encontró con los ojos medio cerrados y bañados en llanto, como siempre estaban. Se acercó a ella, y le dijo: "¡Ah hija mía! ¡ojalá estos remedios te alivien tanto como he gozado al ver al que los ha hecho! ¡Es un joven tan hermoso como un ángel, y la tienda en que se encuentra es un lugar delicioso! He aquí la caja que me ha dado para ti". Entonces Feliz-Bella, por no rechazar la oferta, cogió la caja, y con una mirada indiferente examinó la tapadera, pero de pronto se le mudó el color al ver en la tapa estas palabras escritas en cúfico: "Soy Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa". Sin embargo tuvo bastante dominio de sí misma para no desmayarse ni descubrirse. Y sonriendo, preguntó a la anciana: "¿De modo, que se trata de un hermoso joven? ¿Y cómo es?" La dama contestó: "¡Es un conjunto de delicias, que me resulta imposible describirlo! ¡Tiene unos ojos! ¡Y unas cejas! ¡Ya Alah! ¡Pero lo que arrebata el alma es un lunar que tiene en la comisura izquierda de los labios, y un hoyuelo que al sonreír se le forma en la mejilla derecha!"

Cuando oyó estas palabras, Feliz-Bella ya no tuvo duda de que era aquél su dueño querido, y dijo a la anciana dama: "¡Ya que es así, ojalá sea de buen agüero ese rostro! Dame los remedios". Y los cogió, y sonriendo se los tomó de una vez. Y en aquel momento vió la esquela, que abrió y leyó. Entonces saltó de la cama, y exclamó: "¡Mi buena madre, comprendo que estoy curada! Estos remedios son milagrosos. ¡Oh qué bendito día!" Y la dama exclamó: "¡Sí, por Alah! ¡Esto es una bendición del Altísimo! Y Feliz-Bella añadió: "¡Por favor, tráeme de comer y beber, pues me siento morir de hambre, ya que hace cerca de un mes que no puedo tragar la comida!"

Entonces la anciana, después de haber mandado a los esclavos que sirviesen a Feliz-Bella fuentes cargadas de toda clase de asados, frutas y bebidas, se apresuró a visitar al califa, para anunciarle la curación de su esclava por la ciencia inaudita del médico persa. Y el califa dijo: "¡Ve pronto a llevarle mil dinares de mi parte!" Y la anciana se apresuró a ejecutar la orden, no sin haber pasado por el aposento de Feliz-Bella que le entregó otro regalo para Feliz-Bello en una caja precintada.

Cuando la dama llegó a la tienda, entregó los mil dinares al médico de parte del califa y la caja a Feliz-Bello, que la abrió y leyó su contenido. Pero entonces fué tal su emoción, que rompió en sollozos y cayó desmayado, pues Feliz-Bella en su esquela le relataba toda su aventura, y su rapto por orden del gobernador, y su envío como regalo al califa Abd El-Malek, de Damasco.

Al ver aquello, la buena anciana dijo al médico: "¿Por qué se ha desmayado de pronto su hijo después de romper en llanto?" El médico contestó: "¿Cómo no va a ser así, ¡oh venerable! cuando la esclava Feliz-Bella, a quien he curado, es propiedad de éste al que crees mi hijo, y que no es otro que el hijo del ilustre mercader Primavera, de Kufa? ¡Y nuestra venida a Damasco no ha tenido más objeto que buscar a la joven Feliz-Bella, que había desaparecido un día arrebatada por una maldita vieja de ojos traidores! ¡Así es, ¡oh madre nuestra! que desde ahora ciframos en tu benevolencia nuestra esperanza más querida, y no dudamos de que nos ayudarás a recobrar el más sagrado de los bienes!" Después añadió: "Y en prenda de nuestro agradecimiento, he aquí, para empezar, los mil dinares del califa. ¡Tuyos son! ¡Y el porvenir te demostrará que la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón un sitio de honor...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 245ª noche

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Ella dijo:

"... la gratitud por tus beneficios ocupa en nuestro corazón un sitio de honor!" Entonces la buena señora empezó por apresurarse a ayudar al médico para que Feliz-Bello, desmayado, recobrara el conocimiento, y después dijo: "Podéis contar con el favor de mi buena voluntad y mi abnegación". Y les dejó para ir enseguida junto a Feliz-Bella, a la cual encontró con el rostro radiante de júbilo y salud! Y se acercó a ella sonriente, y le dijo: "Hija mía, ¿por qué no has tenido desde el principio confianza en tu madre? De todos modos, ¡cuánta razón te asistía para llorar todas las lágrimas de tu alma al verte separada de tu dueño, el hermoso y dulce Feliz-Bello, hijo de Primavera, de Kufa!" Y ál ver la sorpresa de la joven, se dió prisa a añadir: "Puedes contar, hija mía, con toda mi discreción y mi voluntad maternal para contigo. ¡Te juro que te reuniré con tu amado, aunque me costara la vida! ¡Tranquiliza, pues, tu alma, y deja que la anciana trabaje para tu bien, según su saber!"

Abandonó entonces a Feliz-Bella, que le besaba las manos llorando de alegría, y fué a hacer un paquete en el cual puso ropas de mujer, alhajas y todos los accesorios necesarios para un completo disfraz, y volvió a la tienda del médico, e hizo seña a Feliz-Bello para hablar aparte con él. Entonces Feliz-Bello la llevó a la trastienda, detrás de una cortina, y se enteró por ella de sus proyectos, que le parecieron perfectamente combinados, y se dejó guiar por el plan que ella le sometió.

Con lo cual la buena dama vistió a Feliz-Bello con ropas de mujer que había llevado, y le alargó los ojos con kohl, y agrandó y ennegreció el lunar de la mejilla, y después le puso brazaletes en las muñecas, y le colocó alhajas en la cabellera cubierta con un velo de Mosul, y hecho aquello echó la última ojeada a su tocado, y le pareció que estaba encantador así y mucho más hermoso que todas las mujeres juntas del palacio del sultán. Entonces le dijo: "¡Bendito sea Alah en sus obras! Ahora, hijo mío, tienes que andar como las jóvenes todavía vírgenes, yendo a pasito corto, moviendo la cadera derecha y enarcando hacia atrás la izquierda, sin dejar de dar ligeras sacudidas a tus nalgas sabiamente. ¡Haz un corto ensayo de esas maniobras antes de salir!"

Entonces Feliz-Bello se puso a ensayar en la tienda los ademanes consabidos, y lo hizo tan bien, que la buena dama exclamó: "¡Maschalah! ¡Ya pueden dejar de alabarse las mujeres! ¡Qué maravillosos movimientos de nalgas y qué meneo de riñones tan espléndido! Sin embargo, para que la cosa resulte completamente admirable, es menester que des a tu cara una expresión más lánguida, inclinando el cuello un poco más y mirando con el rabillo del ojo. ¡Así! ¡Perfectamente! Ya puedes seguirme". Y se fué con él a palacio.

Cuando llegaron a la puerta de entrada del pabellón reservado al harem, avanzó el jefe de los eunucos y dijo: "Ninguna persona extraña puede entrar sin orden especial del Emir de los Creyentes. ¡Atrás, pues, con esa joven, o si quieres, entra tú sola!" Pero la dama anciana dijo: ¿Qué has hecho de tu cordura, ¡oh corona de los guardianes!? ¡Tú, que generalmente eres la misma delicia y la urbanidad, adoptas ahora un tono que le sienta muy mal a tu aspecto exquisito! ¿No sabes, ¡oh dotado de nobles modales! que esta esclava es propiedad de Sett Zahia, hermana de nuestro amo el califa, y que Sett Zahia, en cuanto sepa tu falta de consideración respecto a su esclava preferida, no dejará de hacer que te destituyan y hasta de mandar decapitarte? ¡Y tú mismo habrás sido de esta manera el causante de tu infortunio!" Después la dama se volvió hacia Feliz-Bello, y le dijo: "¡Ven, esclava, olvida por completo esa falta de miramiento de nuestro jefe, y sobre todo no le digas nada a tu señora! ¡Anda, vamos ya!" Y le cogió de la mano y le hizo entrar; mientras Feliz-Bello inclinaba mimosamente la cabeza a derecha e izquierda, sonriendo con los ojos al jefe de los eunucos, que meneaba la cabeza.

Ya en el patio del harem, la dama dijo a Feliz-Bello: "Hijo mío, te hemos hecho reservar una habitación en el interior del harem, y allá vas a irte en seguida tú sólo. Para dar con el aposento, entras por esta puerta, tomas la galería que encuentres delante, vuelves a la izquierda, y después a la derecha, y otra vez a la derecha; cuentas en seguida cinco puertas, y abres la sexta, que es la de la habitación que se te ha reservado, y a la cual irá a buscarte Feliz-Bella, a quien voy a avisar.

Y yo me encargaré de que salgáis los dos de palacio sin llamar la atención de guardias ni de enuncos".

Entonces Feliz-Bello entró en la galería, y en su turbación, se equivocó de camino; volvió a la derecha, y después a la izquierda por un pasillo paralelo al otro, y penetró en la sexta habitación...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 246ª noche

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Ella dijo:

... en la sexta habitación

Así llegó a una sala alta, coronada por una hermosa cúpula, y cuyas paredes estaban adornadas con versículos en caracteres de oro que corrían por todas partes, enlazados en mil líneas perfectas; las paredes estaban tapizadas con seda de color de rosa; las ventanas tapizadas con finas cortinas de gasa, y el suelo cubierto con inmensas alfombras de Khorassan y Cachemira; en los taburetes aparecían colocadas copas con frutas, y encima de las alfombras se extendían fuentes cubiertas con un paño protector, que dejaba adivinar, por sus formas y sus perfumes admirables, esa famosa pastelería, delicia de las gargantas más descontentadizas, y que sólo Damasco, entre todas las ciudades de Oriente y del universo entero, sabía dotar de sus cualidades tan exquisitas.

Y Feliz-Bello estaba muy lejos de figurarse lo que le reservaban en aquella sala los poderes desconocidos.

En medio de la estancia había un trono cubierto de terciopelo; único visible; y Feliz-Bello, sin atreverse a retroceder, por temor a que le encontraran vagando por los corredores, fué a sentarse en el trono, y aguardó su destino.

Apenas llevaba allí algunos momentos, cuando llegó a sus oídos un rumor de seda repercutido por la bóveda, y vió entrar por una de las puertas laterales a una joven de aspecto regio, sin más ropa que la interior, sin velo en la cara ni pañuelo en la cabellera, y la seguía una esclava muy bella, con los pies descalzos, que llevaba flores en la cabeza y en la mano un laúd de madera de sicomoro. Y aquella dama no era otra que Sett Zahia, hermana del Emir de los Creyentes.

Cuando Sett Zahia vió aquella persona velada que habíase sentado en la sala se acercó a ella afablemente y le preguntó: ¿Quién eres, ¡oh extranjera! a quien no conozco? ¿Por qué llevas echado el velo en el harem, donde nadie puede verte?" Pero Feliz-Bello, que se había apresurado a ponerse en pie, no se atrevió a pronunciar palabra y tomó la determinación de fingirse mudo. Y Sett Zahia le preguntó: "¡Oh joven de ojos hermosos! ¿por qué no me contestas? Si por casualidad eres alguna esclava despedida de palacio por mi hermano el Emir de los Creyentes, date prisa a decírmelo, e iré a interceder por ti, pues nunca me niega nada". Pero Feliz-Bello no se atrevió a contestar. Y Sett Zahia se figuró que aquel silencio de la joven obedecía a la presencia de la esclavita que estaba allí con los ojos muy abiertos, mirando con asombro a aquella persona velada y tan tímida. Sett Zahia le dijo entonces: "Vé, querida, y quédate detrás de la puerta para impedir que entre nadie en la sala". Y cuando salió la esclava, se acercó más a Feliz-Bello, que tuvo deseos de apretarse más el velo y le dijo: "¡Oh joven! dime ahora quién eres y tu nombre y el motivo de tu venida a esta sala, en la cual sólo entramos el Emir de los Creyentes y yo. Puedes hablarme con el corazón en la mano, pues te encuentro encantadora y tus ojos me gustan mucho. ¡Verdaderamente, te encuentro deliciosa, hija mía!" Y Sett Zahia, que gusta en extremo de las vírgenes blancas y delicadas, antes de que le contestara cogió a la joven por la cintura, atrayéndola hacia si, y le llevó la mano a los pechos para acariciárselos, mientras le desabrochaba el vestido con la otra mano. ¡Pero se quedó estupefacta al observar que el pecho de la joven era tan liso como el de un muchacho! Y primero retrocedió, pero después se acercó y le quiso levantar la falda para aclarar tal asunto.

Cuando Feliz-Bello adivinó aquella intención, juzgó más prudente hablar, y cogió la mano a Sett Zahia, y llevándosela a los labios, dijo: "¡Oh mi señora, me entrego enteramente a tu bondad y me coloco bajo tus alas pidiéndote protección!" Sett Zahia dijo: "Te la otorgo por completo. Habla". Y él dijo: "¡Oh mi señora! Yo no soy una mujer: Me llamo Feliz-Bello, y soy hijo de Primavera, de Kufa. Y si he llegado hasta aquí arriesgando mi vida, ha sido para volver a ver a mi esposa Feliz-Bella, la esclava que el gobernador de Kufa me robó para enviarla como regalo al Emir de los Creyentes. ¡Por la vida de nuestro Profeta! ¡oh señora mía! ¡apiádate de tu esclavo y de su esposa!" Y Feliz-Bello se echó a llorar.

Sett Zahia se apresuró a llamar a la esclava y le dijo: "¡Corre enseguida a la habitación de Feliz-Bella, y dile: Mi ama Zahia te llama!" Después se volvió...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 247ª noche

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Ella dijo:


... Después se volvió hacia Feliz-Bello, y le dijo: "Calma tu espíritu, ¡oh joven! ¡No te pasarán más que cosas felices!"

Y mientras tanto, la buena anciana había ido a buscar a Feliz-Bella y le había dicho: "Sígueme aprisa, hija mía. ¡Tu esposo querido está, en la habitación que le he reservado!" Y la guió, pálida de emoción, al aposento en donde creía encontrar a Feliz-Bello. Y su dolor fué muy grande, y no menor su terror, al no verle allí; y la vieja dijo: "¡Seguramente se habrá extraviado por los pasillos! ¡Vuelve, hija mía; a tu habitación mientras yo voy en busca suya!"

Y entonces fué cuando la esclava entró en el aposento de Feliz-Bella, a la cual encontró toda trémula y muy pálida, y le dijo: "¡Oh Feliz-Bella! ¡mi ama Sett Zahia te llama!" Entonces Feliz-Bella ya no tuvo duda de su perdición y de la de su amado, y tambaleándose siguió a la gentil esclava que le indicaba el camino.

Pero apenas había entrado en la sala, cuando la hermana del califa se acercó a ella con la sonrisa en los labios, la cogió de la mano y la llevó junto a Feliz-Bello, que seguía con el velo puesto, diciéndoles a ambos: "¡He aquí la dicha!" Y los dos jóvenes se conocieron al momento, y cayeron desmayados uno en brazos de otro.

Entonces la hermana del califa, ayudada por la esclava, les roció con agua de rosas, les hizo recobrar el conocimiento y les dejó solos. Volvió al cabo de una hora, y los encontró sentados, abrazándose estrechamente y con los ojos llenos de lágrimas de ventura y gratitud por su bondad. Entonces les dijo: "¡Ahora tenemos que festejar vuestra unión bebiendo juntos por la eterna duración de vuestra felicidad!" Y enseguida, a una seña suya, la risueña esclava llenó de vino exquisito las copas, y se las presentó. Y bebieron, y Sett Zahia les dijo: "¡Cuánto os amáis, oh hijos míos! Debéis de saber versos admirables sobre el amor y canciones muy bellas acerca de los amantes. ¡Me gustaría que cantáseis algo! ¡Tomad ese laúd y haced resonar con vuestro arte el alma de su madera melodiosa!"

Entonces Feliz-Bello y Feliz-Bella besaron las manos de la hermana del califa, y templando el laúd, cantaron alternativamente estas maravillosas estrofas:


-¡Te traigo hermosas flores bajo mi velo de Kufa, y frutas todavía empolvadas con el oro del sol!


-¡Todo el oro del Sudán está en tu piel, amada mía! ¡Los rayos del sol están en tus cabellos, y el terciopelo de Damasco, en tus ojos!


-¡Heme aquí ¡Vengo a buscarte durante la hora en que las noches tibias son propícias...! ¡El aire es leve, la noche se hace sedosa y transparente, y hacia nossotros llega el murmullo de las hojas y el agua!


-¡Aquí me tienes, oh mi gacela de las noches! Tus ojos han deslumbrado a todas las tinieblas. ¡Quiero sumergirme en tus ojos, como el ave que se embriaga sobre el mar!


-¡Acércate más y toma en mis labios sus rosas! ¡Déjame después salir lentamente de mi cáliz y acabar de desnudarme para ti desde los hombros hasta los tobillos!


-¡Oh mi muy amada!


¡Heme aquí! El secreto de mi carne de luna tiene la forma del dátil maduro. ¡Ven...! ¡Se te aparecerá todo el mar, el mar lleno de olas en que las aves se embriagan!


Apenas habían expirado las últimas notas de aquel canto en los labios de Feliz-Bella, desfallecida de felicidad, cuando súbitamente se descorrieron las cortinas y el califa en persona entró en la sala.

Al verle, se levantaron los tres apresuradamente, y besaron la tierra entre sus manos. Y el califa les sonrió a todos, y fue a sentarse en medio de ellos en la alfombra, y mandó a la esclava que trajera vino y llenara las copas. Después dijo: "¡Vamos a beber para festejar la vuelta de Feliz-Bella a la salud!" Y bebió lentamente. Dejó entonces la copa, y notando la presencia de aquella esclava, a quien no conocía, preguntó a su hermana: "¿Quién es esa joven que está ahí y cuyas facciones me parecen tan bellas bajo el velo ligero?" Sett Zahia contestó: "¡Es una compañera sin la cual no puede vivir Feliz-Bella, pues no puede comer ni beber a gusto si no la tiene cerca!"

Entonces el califa levantó el velo de la supuesta esclava y se quedó pasmado de su belleza. En efecto, Feliz-Bello todavía no tenía pelo en las mejillas, sino tan sólo un leve bozo que daba una sombra adorable a su blancura, sin contar con el lunar de almizcle que sonreía bellamente en su barbilla.

Y el califa, en extremo encantado, exclamó: "¡Por Alah! ¡Oh Zahia! ¡desde esta noche quiero también tomar por concubina a esta nueva adolescente, y le reservaré, como a Feliz-Bella, una habitación digna de su hermosura y un tren de casa como a mi esposa legítima!'

Y Sett Zahia respondió: "¡Por cierto, oh hermano mío, que esta joven es un bocado digno de ti!" Después añadió: "Ahora precisamente recuerdo una interesante historia que he leído en un libro escrito por uno de nuestros sabios. Y el califa preguntó: "¿Y cuál es esa historia?'

Sett Zahia dijo: "Sabe, ¡oh Emir de los Creyentes! que hubo en la ciudad de Kufa un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 248ª noche

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Ella dijo:

"... un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera. Era dueño de una esclava muy hermosa, a la cual amaba, y que le amaba también, pues a ambos les habían criado juntos en la misma cuna, y se habían poseído desde los primeros tiempos de la pubertad. Y fueron dichosos años enteros, hasta que un día el tiempo se volvió contra ellos, arrebatándoles el uno al otro. Una vieja fué la que sirvió de instrumento de desgracia al destino feroz. Raptó a la esclava y se la entregó al gobernador de la ciudad, que se apresuró a enviársela como regalo al rey de aquel tiempo.

"Mas el hijo de Primavera, al saber la desaparición de la que amaba, no descansó hasta que la encontró en el propio palacio del rey, en medio del harem. Pero en el momento en que ambos se congratulaban de verse reunidos y derramaban lágrimas de alegría, el rey entró en la sala en que se encontraban, y les sorprendió juntos. Su furor llegó al colmo, y sin tratar de poner en claro el asunto, les mandó cortar la cabeza.

"Ahora bien -prosiguió Zahia como el sabio que escribió esta historia no da su parecer sobre el procedimiento, quisiera preguntarte, ¡oh Emir de los Creyentes! tu opinión acerca del acto del rey, y saber lo que habrías hecho en su lugar y en las mismas condiciones".

El Emir de los Creyentes, Abd El-Malek ben-Meruán, respondió sin vacilar: "Este rey debió haberse guardado de obrar con tanta precipitación, y mejor habría sido que perdonase a los dos jóvenes, por tres razones: la primera, porque ambos se querían de veras y desde mucho antes: la segunda, porque eran en aquel momento los huéspedes del rey, puesto que estaban en su palacio; y la tercera, porque un rey no debe proceder sino con prudencia y mesura. ¡Deduzco de todo esto que cometió un acto indigno de un buen rey!"

Al oír estas palabras, Sett Zahia se echó a los pies de su hermano, y exclamó: "¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡sin saberlo, acabas de juzgarte a ti mismo en el acto que vas a realizar! ¡Te conjuro, por la sagrada memoria de nuestros antepasados y de nuestro augusto padre, el íntegro, a que seas equitativo en el caso que voy a someterte!"

Y el califa, sorprendidísimo, dijo a su hermana: "¡Puedes hablar con toda confianza! ¡Pero levántate!" Y la hermana del califa se levantó, y se volvió hacia los dos jóvenes, y les dijo: "¡Poneos de pie!" Y se pusieron de pie. Y Sett Zahia dijo a su hermano: "¡Oh Emir de los Creyentes! esta esclava tan dulce y tan bella, que está cubierta con el velo, no es sino el joven Feliz-Bello, hijo de Primavera. ¡Y Feliz-Bella es la que se crió con él, y más adelante llegó a ser su esposa! Y su raptor no es otro que el gobernador de Kufa, llamado Ben-Yussef El-Thekafi. Ha mentido al decirte en su carta que había comprado la esclava por diez mil dinares. Te pido que le castigues, y perdones a estos dos jóvenes tan disculpables. ¡Otórgame su indulto, pensando en que son tus huéspedes y les resguarda tu sombra!"

A estas palabras de su hermana, el califa respondió: "¡Cierto que sí! ¡No tengo costumbre de desdecirme!"

Después se volvió hacia Feliz-Bella y le preguntó: "¡Oh FelizBella! ¿Declaras que ése es tu esposo Feliz-Bello?" Ella contestó: "¡Tú lo has dicho, oh príncipe de los Creyentes!" Y el califa dijo: "¡Os devuelvo el uno al otro!" Tras lo cual miró a Feliz-Bello, y le preguntó: "¿Puedes decirme siquiera cómo has podido penetrar aquí y enterarte de la estancia de Feliz-Bella en mi palacio?"

Feliz-Bello contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡concede a tu esclavo algunos momentos de atención, y te contará toda su historia!" Y en seguida puso al califa al corriente de toda la aventura, sin omitir ni un detalle, desde el principio hasta el fin.

El califa quedó en extremo asombrado, y quiso ver al médico de Persia que había ejercido una intervención tan prodigiosa, y le nombró médico de palacio en Damasco, y le colmó de honores y consideraciones. Después albergó a Feliz-Bello y Feliz-Bella en su alcázar durante siete días y siete noches, y dió en honor suyo grandes fiestas, y los mandó a Kufa cargados de regalos y honores. Y destituyó al gobernador y nombró en su lugar a Primavera, padre de Feliz-Bello. Y así todos vivieron en el colmo de la felicidad durante una larga y deliciosa vida.


Cuando Schehrazada acabó de hablar, el rey Schahriar exclamó: "¡Oh Schehrazada! ¡me encantó esa historia, y sobre todo, los versos me han exaltado hasta el último límite! ¡Pero me sorprende mucho no encontrar en ella los pormenores sobre aquella clase de amor que me hiciste prever!"

Y Schehrazada sonrió levemente, y dijo: "¡0h rey afortunado, precisamente esos pormenores están en la Historia de Grano-de-Belleza, que me reservo contarte si es que lo autorizas!"

Y el rey Schahriar exclamó: "¿Qué dices, ¡oh Schehrazada ! ¡Por Alah! Tengo un grandísimo interés por oír la Historia de Grano-de-Belleza. ¡Apresúrate, pues, a contarla!"


Pero en aquel momento Schehrazada vió aparecer la mañana, y dejó la historia para el otro día.



Historia de Grano-de-Belleza

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Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que hubo en El Cairo un venerable jeique, que era el síndico de los mercaderes de la ciudad. Todo el zoco le respetaba por su honradez, por su lenguaje mesurado, por su riqueza y por el número de sus esclavos y servidores. Se llamaba Schamseddin.

Un viernes, antes de la plegaria, fué al hammam, y entró después en la barbería, donde, según las prescripciones sagradas, mandó que le cortaran los bigotes precisamente al ras del labio superior y que le afeitaran con esmero la cabeza. Tras de lo cual cogió el espejo que le brindaba el barbero y se miró, no sin haber recitado el acto de fe, para preservarse de una complacencia demasiado señalada por sus facciones. Y comprobó con tristeza infinita que los pelos blancos de su barba eran mucho más numerosos que los negros, y que se necesitaba fijar mucho la atención para distinguir los negros diseminados entre los mechones blancos. Y pensó: “Las barbas canosas son un indício de la vejez, y la vejez es una advertencia de la muerte. ¡Pobre Schamseddin! ¡Hete ya próximo a las puertas de la tumba, y todavía no tienes sucesión! ¡Te extinguirás como si nunca hubieras existido!" Después, completamente preocupado con tan desoladores pensamientos, se dirigió a la mezquita para orar, y desde allí regresó a su casa en donde su esposa que sabía las horas acostumbradas de su llegada, se había preparado a recibirle, bañándose y perfumándose y cepillándose con mucho cuidado. Y le recibió con cara sonriente, y le dió la buena acogida, diciéndole:" ¡Que sea una noche feliz para ti!"

Pero el síndico, sin devolver el saludo a su esposa, le dijo en tono agrio: "¿De qué felicidad me hablas? ¿Puede haber felicidad para mí?" Su esposa, asombrada, le dijo: "¡El nombre de Alah sobre ti y a tu alrededor! ¿Por qué esas suposiciones nefastas? ¿Qué te falta para ser feliz? ¿Y cuál es la causa de tu pesar?" El contestó: "¡Tú sola eres tal causa! ¡Escúchame, oh mujer! ¡Piensa en la pena y amargura que experimento siempre que voy al zoco! Veo en las tiendas a los mercaderes sentados y teniendo al lado sus hijos, que crecen ante su vista, sean dos, sean cuatro. Y están aquéllos orgullosos de su posteridad. ¡Y yo sólo me veo privado de esa dicha! iY a veces deseo la muerte, para librarme de esta vida desconsolada! ¡Y ruego a Alah, que llamó a mis padres a su seno, que escriba también un fin que ponga término a mis tormentos!"

A estas palabras, contestó la esposa del síndico: "No te preocupen tan aflictivos pensamientos, y ven a honrar el mantel que he puesto para ti".

Pero el mercader gritó: "¡Jamás! ¡No quiero comer ni beber, y sobre todo, no quiero aceptar desde ahora nada de tus manos! ¡Tú sola eres la causante de nuestra esterilidad! ¡Ya han pasado cuarenta años desde que nos casamos, y sin ningún provecho! ¡Y siempre me has impedido tomar otras esposas, y como eres una mujer interesada te aprovechaste de la flaqueza de mi carne en la primera noche de nuestras bodas, para hacerme jurar que no traería otra mujer a esta casa en tu presencia, y que ni siquiera me acostaría más que contigo!

Y yo te lo prometí candorosamente. Y lo peor es que he cumplido mi promesa, y que tú, al ver que eres estéril, no has tenido la generosidad de relevarme de mi juramento.

Pero ¡por Alah! Ahora te juro que prefiero cortarme el zib a dártelo en adelante; ni siquiera he de acariciarte con él pues ya veo que es tiempo perdido trabajar contigo. ¡Lo mismo sacaré hundiendo mi herramienta en el agujero de una peña que tratando de fecundar una tierra tan seca como la tuya! ¡Por Alah! ¡Han sido copulaciones perdidas todas las que tan generosamente he desperdiciado en tu abismo sin fondo!

Cuando la mujer del síndico oyó tan agresivas palabras, vió la luz convertirse ante sus ojos en tinieblas, Y con el acento más agrio que le pudo dar la ira, gritó a su esposo el síndico: "¡Ah viejo helado! ¡Perfúmate la boca para hablar conmigo! ¡El nombre de Alah sobre mí y a mi alrededor! ¡Guárdeme de toda fealdad y falsa imputación! ¿Crees que de los dos soy yo la culpable? ¡Desengáñate, infeliz viejo! ¡Echate la culpa a ti y a tus fríos compañones! ¡Por Alah! ¡Tus compañones están fríos y segregan un líquido demasiado claro y sin vigor! ¡Vé a ¡comprar algo con que espesar y calentar su jugo! ¡Y entonces verás si mi fruta está llena de buena semilla o es estéril!"

Estas palabras de su esposa irritada quebrantaron bastante las convicciones del síndico, y con acento vacilante preguntó: "Y si es cierto, como tú afirmas, que mis compañones estén fríos y transparentes, y su jugo sea claro y falto de vigor, ¿podrías indicarme el sitio en que se vende la droga capaz de espesar lo que no está espeso?"

Su esposa le contestó: "¡Encontrarás en casa de cualquier droguero la mixtura que espesa los compañones de los hombres y les da aptitud para fecundar a la mujer...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 251ª noche

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Ella dijo:

"... la mixtura que espesa los compañones de los hombres y les da aptitud para fecundar a la mujer!"

Al oír estas palabras, el síndico pensó: "¡Por Alah! ¡Mañana mismo voy a la droguería a comprar un poco de esa mixtura para espesar los compañones!"

Y a la mañana siguiente, apenas se abrió el zoco, el síndico cogió un tazón vacío, y fué a una droguería y le dijo al droguero: "¡La paz sea contigo!" Y el droguero le devolvió la zalema y le dijo: "¡Oh mañana bendita que te trae como primer parroquiano! ¡Manda!" El síndico dijo: "¡Vengo a pedirte que me vendas una onza de la mixtura que espesa los compañones del hombre!" Y le alargó el tazón de porcelana.

Cuando oyó estas palabras, el droguero no supo qué pensar, y se dijo: "Nuestro síndico, generalmente tan formal, tiene ganas de broma; le contestaré, pues, en el mismo tono". Y le dijo: "¡Por Alah! Ayer sí que me quedaba; pero se vende tanta mixtura de ésa, que se me agotó la provisión. Vé a pedírsela a mi vecino".

Entonces el síndico fué a casa del segundo droguero, y después a casa del tercero, y luego a todas las droguerías del zoco, y todos le despedían con las mismas palabras, riéndose para sí de tan extraordinaria petición.

Cuando el síndico vió que sus gestiones no le daban resultado, volvió a su tienda, y se sentó, muy meditabundo y asqueado de la vida. Y mientras pasaba tan mal rato, vió que parábase a su puerta el jeique de los corredores, el mayor tragador de haschich, borracho, fumador de opio, modelo de los perdidos y de la canalla del zoco, el cual se llamaba Sésamo.

El corredor Sésamo respetaba mucho al síndico Schamseddin, y nunca pasaba por delante de su tienda sin saludarle, inclinándose hasta el suelo y usando las más corteses fórmulas. Y aquella mañana no dejó de tributar las acostumbradas consideraciones al buen síndico, pero no pudo dejar de corresponder a su zalema en tono de mal humor. Y Sésamo, que lo notó, le preguntó: "¿Qué gran desastre te ha ocurrido para perturbar así tu alma, ¡oh venerable síndico nuestro!?" Este contestó: "Mira, Sésamo, ven a sentarte aquí y oye mis palabras. Y verás si tengo motivo para afligirme. Considera, Sésamo, que hace cuarenta años que me casé y todavía no he tenido ni sombra de un niño. ¡Y han acabado por decirme que la culpa es sólo mía, porque, al parecer, mis compañones son transparentes y mi jugo harto claro y sin vigor!

Y me han aconsejado que busque en las droguerías la mixtura que espesa los compañones. Pero ningún droguero la tiene en su tienda. ¡Y aquí me ves desesperado, por no poder encontrar algo con que dar la consistencia necesaria al jugo más preciado de mi individuo!"

Cuando el corredor Sésamo oyó las palabras del síndico, en vez de asombrarse o reírse, como los drogueros, alargó la mano con la palma hacia arriba, y dijo: "Pon un dinar en esta mano y dame un tazón de porcelana. Tengo lo que necesitas". Y el síndico le preguntó: "¡Por Alah! ¿Es posible? ¡Oh Sésamo! ¡sabe que si me ayudas en este trance está hecha tu fortuna! ¡Te lo juro por la vida del Profeta! ¡Y para empezar, toma dos dinares en lugar de uno!" Y le puso las dos monedas de oro en la mano y le entregó el tazón.

Entonces, Sésamo, el borracho fabuloso, se mostró en aquella ocasión bastante superior en ciencia a todos los drogueros del zoco. Efectivamente, volvió a su casa, después de haber comprado en el zoco cuanto le hacía falta, y enseguida se puso a preparar la siguiente mixtura:

Tomó dos onzas de zumo de copaiba china, una onza de extracto graso de cáñamo jónico, una de cariofilina fresca, una de cinamono rojo de Serendib, diez dracmas de cardamomo blando de Malabar, cinco de jengibre indio, cinco de pimienta blanca, cinco de pimentón de las islas, una onza de boyas estrelladas de badián de la india y media onza de tomillo de las montañas. Mezclólo todo diestramente, después de machacarlo y pasarlo por el tamiz, le echó miel pura, y así formó una pasta muy compacta, a la cual añadió cinco gramos de almizcle y una onza de huevos de pescado machacadas. Le añadió también un poco de julepe ligero de agua de rosa, y lo puso todo en el tazón de porcelana.

Apresuráse entonces a llevar el tazón al síndico Schamseddin, diciéndole: "¡He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones del hombre y espesa los jugos demasiado flúidos...!"


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 252ª noche

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Ella dijo:

"He aquí la mixtura soberana que endurece los compañones del hombre y espesa los jugos demasiado flúidos!" Después añadió: "Es preciso tomar esta pasta dos horas antes de la conjunción sexual. Pero los tres días anteriores hay que limitarse a comer únicamente pichones asados muy sazonados con especias, pescados machos con sus lechecillas, y por último criadillas de carnero ligeramente asadas. Y si con todo eso no llegas hasta atravesar las paredes y fecundar un peñasco pelado, consiento en afeitarme la barba y los bigotes y te permito que me escupas en la cara".

Y dichas estas palabras, entregó al síndico el tazón de porcelana y se fué.

Entonces el síndico pensó: "¡Este Sésamo, que se pasa la vida en el libertinaje, seguramente debe entender de drogas endurecedoras! ¡Voy a poner mi fe en Alah y en él!" Y volvió a su casa y se reconcilió con su esposa, a la cual, por otra parte, amaba, y ella le amaba a él, y ambos se dieron mutuas explicaciones por su arrebato pasajero, y se hicieron presente cuánta pena les había causado estar reñidos toda una noche por palabras sin importancia.

Después de lo cual, Schamseddin siguió escrupulosamente durante tres días el régimen prescripto por Sésamo, y acabó por comerse la consabida pasta, que le pareció excelente.

Entonces notó que la sangre se le calentaba en extremo, como en los tiempos de su infancia, cuando apostaba con chiquillos de su edad. Y se aproximó a su esposa y la cabalgó; y ella le correspondió; y a ambos les maravilló el resultado en cuanto a duración, repetición, calor, chorro, intensidad y consistencia.

Y aquella noche la esposa del síndico quedó indiscutiblemente fecundada, de lo cual tuvo la certeza completa cuando comprobó que se le pasaron así tres meses.

La preñez siguió su curso normal, y a los nueve meses día por día, la mujer parió con felicidad, pero con muchas dificultades, porque el niño que nació era tan grande como si tuviera un año. Y la comadrona declaró, tras las invocaciones acostumbradas, que en su vida había visto niño tan fuerte ni hermoso. Lo cual no es de asombrar si se recuerda la pasta maravillosa de Sésamo.

La comadrona recogió al niño y lo lavó invocando el nombre de Alah, de Mohammad y de Alí, y le recitó al oído el acto de fe musulmán. Le envolvió y se lo dió a la madre, que le amamantó hasta que quedó saciado y dormido. Y la comadrona pasó otros tres días junto a la madre, y no se fué hasta no estar segura de que todo iba bien y después de haberse repartido entre las vecinas las golosinas preparadas con tal motivo.

Al séptimo día echaron sal en la habitación, y entonces entró el síndico a felicitar a su esposa. Luego le preguntó: "¿En dónde está el don de Alah?" Enseguida ella le mostró el recién nacido. Y el síndico Schamseddin quedó maravillado de la hermosura de aquel niño de siete días, que parecía tener un año, y cuya cara era más brillante que la luna llena al salir. Y preguntó a su esposa: "¿Cómo le vas a llamar?" Ella contestó: "Si fuera una niña ya le habría puesto nombre. ¡Pero como es un niño, a ti te corresponde!"

Y en aquel momento una de las esclavas que envolvían al niño lloró de emoción y placer al advertir en la nalga izquierda del chico una linda mancha oscura como un grano de almizcle, que resaltaba por su forma y color encima de la blancura de lo demás. Y en cada una de las dos mejillas del niño también había un bonito lunar negro y aterciopelado. Y el digno síndico, inspirado por aquel descubrimiento, exclamó: "¡Le llamaremos Alaeddin Grano-de-Belleza!"

Llamóse, pues, al niño Alaeddin Grano-de-Belleza; pero como tal nombre resultaba muy largo, nunca le llamaban más que Grano-de.Belleza. Y a Grano-de-Belleza le amamantaron durante cuatro años dos nodrizas distintas y su madre; así es que llegó a ser fuerte como un leoncillo, y blanco como el jazmín, y sonrosado como las rosas. Y era tan hermoso, que todas las niñas de parientes y vecinos le querían con locura, y él aceptaba sus homenajes, pero nunca consentía que le besaran, y las arañaba cruelmente cuando se le acercaban demasiado; así es que las niñas y hasta las jóvenes se aprovechaban de su sueño para ir a cubrirle de besos impunemente y a maravillarse de su hermosura y lozanía.

Cuando el padre y la madre de Grano-de-Belleza vieron cuán admirado y mimado era su hijo, temieron al mal de ojo, y resolvieron sustraerle a tan maligno influjo. Y con tal fin, en vez de hacer como otros padres, que dejan que las moscas y la suciedad cubran la cara de sus hijos, para que parezcan menos guapos y no atraigan al mal de ojo, los padres de Grano-de-Belleza encerraron al niño en un subterráneo situado debajo de la casa y le criaron allí lejos de todas las miradas. Y Grano-de-Belleza crióse de aquel modo ignorado de todos, pero rodeado de los cuidados incesantes de esclavos y eunucos. Y cuando fué mayor le dieron maestros instruidísimos, que le enseñaron el Korán, las ciencias y a escribir bien. Y llegó a ser tan sabio como hermoso y bien formado. Y sus padres resolvieron no sacarle del subterráneo hasta que las barbas le crecieran tanto que le arrastraran.


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como discreta, se calló.



Pero cuando llegó la 253ª noche

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Ella dijo:

... hasta que las barbas le crecieran tanto que le arrastraran.

Y cierto día, un esclavo que llevaba a Grano-de-Belleza unas fuentes con manjares no se acordó de cerrar al salir la puerta del subterráneo; y Grano-de-Belleza, al ver abierta aquella puerta, en la cual nunca se fijó dado lo amplio que eran el subterráneo aquél, lleno de tapices y cortinajes, se apresuró a salir y a subir al piso en que se encontraba su madre rodeada por diversas damas aristocráticas que habían ido a visitarla.

A la razón, Grano-de-Belleza habíase convertido en un maravilloso y arrogante joven de catorce años, hermoso como un ángel, con las mejillas aterciopeladas como un fruto, y sus lunares a ambos lados de los labios, sin contar el que no se le veía.

De modo que cuando las damas vieron entrar de pronto a aquel hermoso joven, a quien no conocían, apresuráronse muy asustadas a taparse el rostro con los velos, y dijeron a la esposa de Schamseddin: "¡Por Alah! ¿No te avergüenzas de traer junto a nosotras a un extraño? ¿No sabes que el pudor es uno de los dogmas esenciales de la fe?"

Pero la madre de Grano-de-Belleza contestó: "¡Invocad el nombre de Alah, ¡oh invitadas mías! pues el que veis no es otro que mi hijo amado, fruto de mis entrañas, el hijo del síndico de los mercaderes de El Cairo, el que ha sido criado por los pechos de nodrizas generosas y en brazos de hermosas esclavas, y en hombros de vírgenes escogidas, y en el pecho de las más puras y nobles! ¡Es el ojo de su madre y el orgullo de su padre! ¡Es Grano-de-Belleza! ¡Invocad el nombre de Alah ¡oh mis convidadas!"

Y las esposas de los emires y de los mercaderes ricos contestaron: "¡El nombre de Alah sobre ti y a tu alrededor! Pero ¡oh madre de Grano-de-Belleza! ¿cómo es que nunca hasta hoy nos enseñaste a tu hijo?"

Entonces, la esposa de Schamseddin empezó por levantarse, y besó a su hijo en los ojos, y le despidió para que no estorbase más a las invitadas, y después les dijo: "Su padre mandó criarle en el subterráneo de nuestra casa para librarle del mal de ojo. Y ha resuelto no enseñarle hasta que le haya crecido la barba, por lo mucho que teme llamar sobre él peligros y malos influjos. Y si ha salido ahora, debe ser por culpa de algún eunuco que se habrá olvidado de cerrar la puerta".

Oídas estas palabras, las convidadas felicitaron mucho a la esposa del síndico por tener un hijo tan hermoso, y le desearon las bendiciones del Altísimo, y luego se fueron.

Entonces Grano-de-Belleza volvió junto a su madre, y al ver que los esclavos enjaezaban una mula, preguntó: "¿Para quién es esa mula?" Ella contestó: "Para ir a buscar a tu padre al zoco". El preguntó: "¿Y cuál es el oficio de mi padre?" Ella dijo: "Tu padre, ¡ojos míos! es un gran comerciante y síndico de todos los mercaderes de El Cairo y proveedor del sultán de los árabes y de todos los reyes musulmanes. Y para que te formes idea de la importancia de tu padre, sabe que los compradores no se dirigen a él más que para grandes negocios, cuyo importe pase de mil dinares; pero si el negocio es menos, aunque se trate de 999 dinares, se ocupan de ello los empleados de tu padre, sin molestarle. Y no hay mercancía ni cargamento que pueda entrar en El Cairo ni salir sin que antes se entere tu padre y le pidan parecer. Alah ha otorgado a tu padre, ¡oh hijo mío! riquezas incalculables. ¡Démosle gracias!"

Grano-de-Belleza contestó: "¡Sí! ¡Loor a Alah, que me ha hecho nacer hijo del síndico de los mercaderes! ¡Por eso ya no quiero pasar la vida encerrado lejos de todas las miradas, y desde mañana tengo que ir al zoco con mi padre!" Y la madre contestó: "¡Alah te oiga, hijo mío! ¡En cuanto vuelva tu padre se lo diré!"

Y en cuanto Schamseddin volvió, su esposa le refirió lo que acababa de ocurrir, y le dijo: "Ya es tiempo de que nuestro hijo vaya al zoco contigo". El síndico respondió: "¡Oh madre de Grano-de-Belleza! ¿Ignoras que el mal de ojo es una realidad de las más amargas y lamentables y que no se pueden gastar bromas con cosas tan serias? ¿Olvidaste la suerte del hijo de nuestro vecino y la de otros muchos, víctimas del mal de ojo? ¡Te prevengo que la mitad de los muertos que están enterrados han perecido del mal de ojo!"

La mujer del síndico contestó: "¡Oh padre de Grano-de-Belleza! ¡Realmente el destino del hombre está sujeto a su cuello! ¿Cómo ha de poder librarse de él? Y la cosa escrita no puede borrarse, y el hijo seguirá el mismo camino que su padre en vida y en muerte. ¡Y lo que existe hoy ya no existirá mañana! ¡Y piensa en las consecuencias funestas de que nuestro hijo sea víctima algún día por culpa tuya! iEfectivamente, cuando después de una vida que te deseo larga y siempre bendita, te hayas muerto, nadie querrá reconocer a nuestro hijo por heredero legítimo de tus riquezas y propiedades, puesto que hasta hoy todo el mundo ignora su existencia! Y de tal suerte, el Tesoro del Estado se apoderará de todos tus bienes y desposeerá a tu hijo sin remedio. ¡Y por mucho que yo invoque el testimonio de los ancianos, los ancianos tendrán que decir: "Nunca nos hemos enterado de que el síndico Schamseddin tuviera ningún hijo ni hija!" Palabras tan sensatas hicieron reflexionar al síndico, que contestó al cabo de un rato: "¡Por Alah! ¡Tienes razón, ¡oh mujer! Mañana mismo llevaré conmigo a Grano-deBelleza, y le enseñaré a vender y comprar, y las negociaciones, y todos los elementos del oficio".

Después se volvió hacia Grano-de-Belleza, transportado de alegría por aquella noticia, y le dijo: "Ya sé que te encanta ir conmigo. ¡Peró sabe, hijo mío, que en el zoco hay que ser muy formal y tener los ojos bajos con modestia! ¡Espero, pues, que pongas en práctica las sabias lecciones de tus maestros y los buenos principios en que te has criado!"

Al día siguiente, el síndico Schamseddin, antes de llevar a su hijo al zoco, le hizo entrar en el hammam...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 254ª noche

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Ella dijo:

... le hizo entrar en el hammam, y después del baño lo vistió con un traje de raso blanco, el mejor que tenía en el almacén, y le ciñó la frente con un turbante ligero de tela con rayas finas de seda dorada. Después de lo cual, ambos tomaron un bocado y bebieron un vaso de sorbete, y ya refrescados, salieron del hammam. El síndico cabalgó en la mula blanca que sujetaban los esclavos, y puso a la grupa a su hijo Grano-de-Belleza, cuya frescura de tez se había hecho todavía más notable y cuyos brillantes ojos habrían seducido a los mismos ángeles. Después, montados ambos en la mula y seguidos por los esclavos, que llevaban ropón nuevo, emprendieron el camino del zoco.

Al verles, todos los mercaderes del zoco y todos los compradores y vendedores quedaron maravillados, y se decían unos a otros: "¡Ya Alah! ¡Mirad al muchacho!" "Es como la luna en la noche décimo cuarta". Y otros decían: "¿Quién será ese niño delicioso que está de trás del síndico Schamseddin? ¡Nunca le habíamos visto!"

Mientras surgían tales exclamaciones al paso de la mula montada por el síndico y Grano-de-Belleza, acertó a pasar el corredor Sésamo por el zoco, y vió asimismo al muchacho. Y Sésamo, a fuerza de libertinaje y de excesos de opio y haschich, había acabado por perder completamente la memoria, y ni siquiera se acordaba de la curación que había logrado en otro tiempo por medio de la milagrosa mixtura a base de almizcle, copaiba y tantas cosas excelentes.

Y al ver al síndico en compañía de aquel hermoso joven, empezó a sonreírse con socarronería y a gastar bromas picantes acerca de ellos, diciendo a los mercaderes que le oían: "¡Mirad al viejo de barbas blancas! ¡Es lo mismo que el perro! ¡Blanco por fuera y verde por dentro!" E iba de un mercader a otro repitiendo a todos sus chanzas y chistes, hasta que no quedó uno en el zoco que no tuviera la certeza de que el síndico Schamseddin tenía en su tienda a un joven mameluco para su placer.

Cuando estos rumores llegaron a oídos de los notables y de los principales mercaderes, se celebró una reunión de los de más edad y más respetados entre ellos, para juzgar el caso de su síndico. Y en medio de la asamblea peroraba Sésamo y hacía grandes ademanes de indignación, y decía: "¡Ya no queremos tener en adelante a nuestra cabeza, como síndico del zoco, a esa barba viciosa que se roza en secreto con los muchachos! Y desde hoy vamos a abstenernos de ir a recitar antes de abrir las tiendas, según solíamos hacer por las mañanas, los siete versículos sagrados de la Fatiha en presencia del síndico. ¡Y no terminará el día sin que elijamos otro síndico que sea un poco menos aficionado a los muchachos que ese viejo!"

En cuanto al buen Schamseddin, cuando vió que pasaba la hora sin que los mercaderes y corredores fuesen a recitar delante de él los versículos rituales de la Fatiha, no supo a qué atribuir aquel descuido tan grave y tan contrario a la tradición. Y como viese al famoso Sésamo, que le miraba con el rabillo del ojo, le hizo seña de que se acercara para decirle dos palabras. Y Sésamo, que sólo aguardaba aquella seña, se acercó, pero lentamente y tomándose tiempo, arrastrando los pies, y no sin dirigir a derecha e izquierda sonrisas de inteligencia a los tenderos, que no le quitaban ojo, pues la curiosidad les tenía suspensos y hacíales desear la solución de aquel asunto que para ellos era muy capital.

Y Sésamo, al ver que en él convergían todas las miradas y la atención general, llegó contoneándose hasta apoyarse en el mostrador de la tienda; y Schamseddin le preguntó: "Dime, Sésamo, ¿cómo es que los mercaderes, con el jeique a la cabeza, no han venido a recitar delante de mí los versículos del primer capítulo del Korán?" Sésamo contestó: "¡Así de pronto, no lo sé! ¡Hay rumores que corren por el zoco, rumores... ¿Cómo te lo explicaría yo...? rumores...! ¡De todos modos, lo que sé muy bien es que se ha formado un partido compuesto por los principales jeiques, que ha resuelto destituirte y dar a otro el cargo de síndico!"

Al oír estas palabras, el buen Schamseddin mudó de color, y en tono mesurado y grave, preguntó: "¿Y puedes decirme siquiera en qué se fundamenta esta decisión?" Sésamo le guiñó el ojo, movió las caderas, y contestó: "¡Oh mi anciano jeique, no bromees! ¡Mejor lo sabes tú que nadie! ¡Ese hermoso joven que tienes en la tienda no estará allí para espantar las moscas! De cualquier modo, sabe que yo, a pesar de todo, he sido el único que te defendió en la asamblea, y dije que no eras aficionado a muchachos, cosa que habría sido yo el primero en saber, pues tengo relaciones amistosas con todos los que se dedican con preferencia a ese sexo ácido. Y, además, he añadido que este joven debería ser algún pariente de tu esposa o el hijo de alguno de tus amigos de Tantah, Mansurah o Bagdad, que habría venido a tu casa para negocios. Pero la asamblea entera se ha vuelto contra mí y ha votado tu destitución. ¡Alah es el más grande, oh jeique! Para consolarte te queda ese joven, por el cual, aquí para entre nosotros, te felicito. ¡Verdaderamente es muy hermoso...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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