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Y cuando llegó la 920ª noche

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Ella dijo:

...Así habló el rey Ciprés, señor de la ciudad de Wakak, al joven príncipe Diamante. Luego añadió: "¡Y ahora que has oído lo que no sabe ningún ser humano, pon la cabeza que ya no te pertenece, y lava de la vida tus manos!".

Pero Diamante contestó: "¡Oh rey del tiempo! sé que mi cabeza se halla entre tus manos, y estoy dispuesto a separarme de ella sin excesiva pena. ¡No obstante, hasta el presente no está suficientemente esclarecido para mi espíritu el punto más importante de esa historia, pues todavía no sé por qué el séptimo negro ha ido a refugiarse precisamente debajo del lecho de la princesa Mohra, y no en otro lugar de la tierra, y sobre todo, ignoro cómo ha consentido esa princesa en tenerle en su morada! Entérame, por tanto, de cómo ha pasado la cosa; y una vez enterado, haré mis abluciones y moriré".

Cuando el rey Ciprés oyó estas palabras de Diamante, quedóse prodigiosamente sorprendido. Porque no se esperaba semejante pregunta ni, por cierto, había tenido nunca la curiosidad de saber por sí mismo los detalles que pedía Diamante. Pero, no queriendo aparecer ignorante de tan importante cuestión, dijo al joven príncipe: "¡Oh viajero! lo que preguntas pertenece al dominio de los secretos de Estado, y si yo accediera a revelártelo, atraería sobre mi cabeza y sobre mi reino las peores calamidades. ¡Por eso prefiero hacerte gracia de la vida y de tu cabeza y perdonarte tu indiscreción! ¡Date prisa, pues, a salir de palacio, antes de que me retracte de mi decisión de dejarte marchar en libertad!".

Y Diamante, que no esperaba salvarse a tan poca costa, besó la tierra entre las manos del rey Ciprés, e instruido para en lo sucesivo de lo que tanto ansiaba conocer, salió del palacio dando gracias a Alah, que le había deparado la seguridad. Y fué a despedirse de su joven amigo, el hermoso Farah, que derramó lágrimas por su marcha. Luego subió a la terraza y quemó uno de los pelos de Al-Simurg. Y al punto apareció ante él el Volador, precedido de una ráfaga tempestuosa. Y cuando se informó de su deseo, le tomó a hombros, le hizo atravesar los siete océanos y le llevó a su habitación, cordial y amablemente. Y le hizo descansar en ella unos días.

Tras de lo cual lo transportó al lado de la deliciosa reina Aziza, en medio de las rosas y sus capullos. Y el joven vió que la deliciosa Aziza, lloraba su ausencia y suspiraba por su vuelta, con las mejillas semejantes a la flor del granado. Y al verle entrar acompañado de Al-Simurg el Volador, desfalleció su corazón, y se levantó temblorosa como la corza a quien se parecía. Y Al-Simurg el Volador, para no importunarlos, salió de la casa y los dejó reunirse con libertad. Y cuando, al cabo de una hora de tiempo, entró de nuevo, los encontró enlazados todavía, esplendores sobre esplendores.

Y Diamante, que ya tenía sus proyectos, dijo a Al-Simurg: "¡Oh bienhechor nuestro! ¡oh padre de los gigantes y corona suya! ¡ahora deseo de ti que nos transportes a casa de tu sobrina la encantadora Gamila, que me espera en las ascuas enrojecidas del deseo!". Y el excelente Al-Simurg los tomó a ambos, en un hombro a cada uno, y en un abrir y cerrar de ojos los transportó al lado de la gentil Gamila, a quien encontraron sumida en la tristeza, sin tener noticias de su cuerpo, y dedicada a suspirar estas estrofas:


¡No rechaces mi corazón lejos de esos ojos, de quienes está enamorado el narciso!


¡Oh abstemio! ¡no se deben desoír las quejas de los beodos, sino conducirlos de nuevo a la taberna!


¡Mi corazón no podrá librarse del ejército de tu bozo; y como una rosa rota, la abertura de mi traje no podrá zurcirse!


¡Oh tiránica belleza! ¡oh hermoso, moreno y encantador! ¡mi corazón yace a tus pies de jazmín!


¡Mi corazón de muchacha sencilla, en la tierna edad de la adolescencia, yace a los pies del raptor de corazones!


Y Diamante, que no había olvidado las atenciones que debía a aquella compasiva Gamila, que le había sacado de su piel de gamo y librado a los artificios de su hermana Latifa, la hechicera, sin contar el don de las armas mágicas con que le había revestido, no dejó de manifestarle con calor sus sentimientos de gratitud. Y después de los transportes de alegría por volver a encontrarse, rogó a la reina Aziza que le dejara una hora con Gamila, sin testigos. Y a Aziza le pareció justificada la petición y equitativo el reparto, y salió con Al-Simurg.

Y cuando, al cabo de una hora de tiempo, entró de nuevo, encontró a Gamila desfallecida en los brazos de Diamante.

Entonces Diamante, que gustaba de hacer cada cosa a su tiempo, se encaró con sus dos esposas y con Al-Simurg, y les dijo: "Creo que ya es hora de arreglar las cuentas a la maga Latifa, que es tu hermana, ¡ya Gamila! e hija de tu hermano, ¡oh padre de los Voladores!". Y contestaron todos: "¡No hay inconveniente!". Luego Al-Simurg, a instancias de Diamante, se transportó al lado de su sobrina la maga Latifa, y de improviso le ató los brazos a la espalda y la llevó a presencia de Diamante. Y al verla, dijo el joven príncipe: "Sentémonos en corro aquí para juzgarla y meditemos el castigo que ha de imponérsele". Y cuando se colocaron unos frente a otros, Al-Simurg dió su opinión, diciendo: "Hay que desembarazar, sin vacilaciones, a la raza humana de esta malhechora. Mi opinión es que sin tardanza la colguemos cabeza abajo y la empajemos luego. 0 también, después de colgarla, podríamos dar a comer su carne a los buitres y a las aves de rapiña". Y Diamante se encaró con la reina Aziza y le preguntó su opinión. Y Aziza dijo: "¡Entiendo que mejor es olvidar sus yerros para con nuestro esposo Diamante, y perdonarla para solemnizar nuestra unión en este día bendito!" Y Gamila, a su vez, opinó que se debía absolver a su hermana, y pedirle, en compensación, que devolviera la forma humana a todos los jóvenes a quienes había convertido en gamos. Entonces dijo Diamante: "¡Pues bien; sean con ella el perdón y la seguridad!" Y le tiró su pañuelo. Luego dijo: "¡Convendría que me dejarais con ella una hora de tiempo!". Y al punto accedieron ellos a su deseo. Y cuando de nuevo entraron en la sala, encontraron a Latifa perdonada y contenta en brazos del joven.

Y cuando Latifa hubo devuelto en forma primitiva a los príncipes y demás individuos a quienes con sus hechicerías había convertido en gamos, y los hubo despedido tras de darles de comer y vestirlos, Al-Simurg se echó a la espalda a Diamante y a sus tres esposas, y los transportó en poco tiempo a la ciudad del rey Tammuz ben Qamús, padre de la princesa Mohra. Y levantó tiendas fuera de la ciudad para que las ocupasen y les dejó descansando un poco, para ir él por sí mismo, a instancias de Diamante, al harén donde se encontraba la favorita Rama de Coral. Y previno a la joven de la llegada de Diamante, que esperaba ella entre suspiros y dolores de corazón. Y no le costó trabajo decidirla a dejarse conducir por él junto a su enamorado. Y la transportó a la tienda en que Diamante estaba amodorrado, y la dejó sola con él, llevándose a las otras tres esposas. Y Diamante, tras de las expansiones propias del regreso, supo demostrar a Rama de Coral que no olvidaba sus promesas, y acto seguido le habló con el lenguaje oportuno. Y ella se dilató de satisfacción y de contento, y la encontraron encantadora las tres esposas de Diamante.

Cuando se arreglaron de aquel modo entre Diamante y sus cuatro esposas las cuestiones íntimas, se pensó en la realización del proyecto principal. Y Diamante abandonó el campamento, y se encaminó solo a la ciudad, y llegó a la plaza del meidán, frente al palacio de Mohra, en donde aparecían clavadas a millares las cabezas de príncipes y reyes, con sus coronas unas y desnudas y melenudas otras. Y se lanzó al tambor, y le hizo sonar con fuerza para anunciar que estaba dispuesto a dar a la princesa Mohra la respuesta que exigía ella a sus pretendientes...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 921ª noche

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Ella dijo:

...para anunciar que estaba dispuesto a dar a la princesa Mohra la respuesta que exigía ella a sus pretendientes. Y los guardias al punto le llevaron a presencia del rey Tammuz ben Qamús, que reconoció en él al joven cuya hermosura le había seducido, y a quien hubo de decir la vez primera: "Reflexiona durante tres días, y vuelve luego a pedir la audiencia que ha de separar tu graciosa cabeza del reino de tu cuerpo".

Y he aquí que a la sazón le hizo seña para que se acercase, y le dijo: "¡Oh hijo mío, que Alah te proteja! ¿Persistes siempre en querer desentrañar los misterios y explicar las ideas fantásticas de una joven". Y dijo Diamante: "¡De Alah nos viene la ciencia de la adivinación, y no debemos enorgullecernos de los dones de Alah! Nadie conoce ese secreto que tu hija ha escondido en el cofrecillo de su corazón, y cuya apertura pide; pero yo tengo la clave de él". Y dijo el rey: "¡Lástima de tu juventud! ¡Acabas de lavar tus manos de la vida!".

Y como no esperaba ya hacer que el joven desistiera de su funesto proyecto, dió orden a los esclavos para que previnieran a su señora Mohra de que un príncipe extranjero venía a tratar de explicar sus fantasmagorías, con objeto de ser admitido por ella.

Y precedida por el aroma de sus bucles perfumados, entró en seguida en la sala de audiencias la joven princesa de maneras encantadoras, Mohra la bienaventurada, causa de tantas vidas truncadas, aquella a quien no se podía dejar de mirar, como el hidrópico no puede dejar de beber el agua del Eufrates, y por quien millares de almas se sacrificaban como las mariposas en la llama. Y a la primera ojeada reconoció ella en Diamante al joven santón del jardín, al adolescente con cara de sol, al cuerpo encantador cuya vista tanto le había trastornado el corazón. Y por consiguiente, llegó entonces al límite del asombro; pero no tardó en comprender que había sido engañada por aquel santón, que desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastro. Y se puso furiosa en el alma; y se dijo: "No se me escapará esta vez". Y sentándose en el lecho del trono, al lado de su padre, miró al joven cara a cara con ojos tenebrosos, y le dijo: "¡Nadie ignora la pregunta! !Responde! ¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?".

Y Diamante contestó: "Nadie ignora la respuesta, ¡oh princesa! Pero hela aquí: las relaciones entre Piña y Ciprés son de mala calidad. Porque Piña, que es la esposa de Ciprés, rey de la ciudad de Wakak, ha recibido el justo pago de lo que ha hecho. ¡Y hay negros mezclados en el asunto!".

Al oír estas palabras de Diamante, la princesa Mohra se puso muy amarilla de color, y apoderóse de su corazón el temor. Sin embargo, sobreponiéndose a su inquietud, dijo: "No están claras esas palabras. Cuando des más explicaciones sabré si conoces la verdad o si mientes". Cuando Diamante vió que la princesa Mohra no quería rendirse a la evidencia y se negaba a entender las medias palabras, le dijo: "¡Oh princesa! ¡si deseas que te lo cuente con más extensión, alzando la cortina que oculta lo que debe estar oculto, empieza por decirme quién te ha enterado de esas cosas que debe ignorar una joven virgen! ¡Porque es posible que retengas aquí a alguien cuya llegada ha constituido una calamidad para todos los príncipes que me precedieron!".

Y tras de hablar así, Diamante se encaró con el rey, y le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡no conviene que ignores en adelante el misterio en que vive tu honorable hija, y te ruego que le ordenes responda a la pregunta que le he hecho!". Y el rey se encaró con la hermosa Mohra, y le hizo con los ojos una seña que quería decir: "¡Habla!" Pero Mohra guardó silencio, y a pesar de las señas reiteradas de su padre, no quiso libertarse la lengua del nudo que la ataba.

Entonces Diamante cogió de la mano al rey Tammuz, y sin pronunciar palabra, le condujo al aposento de Mohra. Y de repente se inclinó, y con un solo movimiento levantó el lecho de marfil de la princesa. Y he aquí que, de improviso, la redoma del secreto de Mohra se hizo añicos contra la piedra del abridor, y su consejero, el negro, apareció a los ojos de todos con su cabeza crespa.

Al ver aquello, el rey Tammuz y todos los presentes quedaron sumidos en la estupefacción; luego bajaron la cabeza con vergüenza, y se les cubrió de sudor el cuerpo. Y el viejo rey no preguntó más, sin querer que su deshonor apareciese en toda plenitud ante las personas de su corte. Y sin pedir siquiera otras explicaciones, entregó a su hija entre las manos de Diamante para que dispusiese de ella a su antojo. Y añadió: "¡Solamente te pido ¡oh hijo mío! que te vayas de aquí cuanto antes, llevándote a esta hija desvergonzada, a fin de que no vuelva yo a oír hablar de ella y mis ojos no sufran más el verla!".

En cuanto al negro, fué empalado.

Y no dejó Diamante de obedecer al viejo rey, y cogiendo de la mano a la confusa princesa, se la llevó a sus tiendas, atada de pies y manos y, rogó a Al-Simurg el Volador que le transportara con todas sus mujeres a la entrada de la ciudad de su padre, el rey Schams-Schah. Lo cual fué ejecutado al instante. Y el excelente Al-Simurg despidióse de Diamante entonces, sin querer aceptar su reconocimiento. E inflándose, se marchó por su camino. ¡Y esto es lo referente a él!

En cuanto al rey Schams-Schah, padre de Diamante, cuando corrió hasta él la noticia de la llegada de su hijo bienamado, la noche de la pena se tornó para él en la mañana de la alegría, después de que la ausencia convirtió en fuente sus dos ojos. Y salió al encuentro de su hijo, mientras la proclamación de la buena nueva se esparcía por toda la ciudad y en todas se exteriorizaba el júbilo. Y se acercó al príncipe, temblando de emoción, y le estrechó contra su pecho, y le besó en la boca y en los ojos, y lloró mucho y ruidosamente sobre él. Y Diamante, apretando los puños, procuraba reprimir sus llantos y suspiros. Y cuando, por fin, se calmaron un poco las primeras exaltaciones, y pudo hablar el viejo rey, dijo a su hijo Diamante: "¡Oh ojo y lámpara de la casa de tu padre...".


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 922ª noche

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Ella dijo:

"... ¡Oh ojo y lámpara de la casa de tu padre! cuéntame al detalle la historia de tu viaje, a fin de que yo viva con el pensamiento los días de tu dolorosa ausencia". Y Diamante contó al viejo rey Schams-Schah todo lo que le había sucedido, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirlo. Luego le presentó, una tras de otra, a sus cuatro esposas, y acabó por hacer llevar a su presencia a la princesa Mohra, atada de pies y manos. Y le dijo: "Ahora a ti corresponde ¡oh padre mío! ordenar lo que te plazca respecto a ella".

Y el viejo rey, a quien el Altísimo había dotado de cordura y de inteligencia, pensó en su espíritu que su hijo debía amar desde el fondo de su corazón a aquella joven funesta, causante de la muerte de tantos príncipes hermosos, ya que por ella fué por quién hubo de soportar todas aquellas penas y todas aquellas fatigas. Y se dijo que, si dictaba una sentencia severa, le afligiría sin duda alguna. Así es que, tras de reflexionar un instante todavía, le dijo: "¡Oh hijo mío! el que, a vuelta de muchas penas y dificultades, obtiene una perla inapreciable, debe guardarla cuidadosamente. Claro que esta princesa de espíritu fantástico se ha hecho culpable, por su ceguera, de acciones reprensibles; pero es preciso considerarlas como llevadas a cabo por voluntad del Altísimo. Y si por culpa suya se privó de la vida a tantos jóvenes, fué porque el escriba de la suerte lo había escrito así en el libro del Destino. Por otra parte, no olvides ¡oh hijo mío! que esta joven te ha tratado con muchos miramientos cuando hubiste de introducirte, en calidad de santón, en su jardín. Por último, ya sabes que la mano del deseo de quienquiera, sea el negro o cualquier otro en el mundo, no ha tocado el fruto del tierno arbolillo de su ser, y que nadie ha saboreado el gusto de la manzana de su barbilla ni del alfónsigo de sus labios".

Y Diamante se conmovió con las palabras de tan dulce lenguaje, máxime cuando sus cuatro esposas, las bienaventuradas de modales encantadores, apoyaron con su asentimiento aquel discurso. En vista de lo cual, escogiendo un día y un momento favorables, aquel jovenzuelo de sol se unió con aquella luna pérfida, semejante a la serpiente guardadora del tesoro. Y tuvo de ella, como de sus cuatro esposas legítimas, hijos maravillosos, cuyos pasos fueron otras tantas felicidades, y que tuvieron por esclavas, como su padre Diamante el Espléndido y su abuelo Schams-Schah el Magnífico, a la fortuna y a la dicha.


Y tal es la historia del príncipe Diamante, con cuantas cosas extraordinarias le sucedieron. ¡Gloria, pues, a quien reserva los relatos de los antiguos para lección de los modernos, a fin de que las gentes aprendan sabiduría!


Y el rey Schahriar, que había escuchado aquella historia con extremada atención, dió gracias por primera vez a Schehrazada, diciendo: "Loores a ti, ¡oh boca de miel! ¡Me hiciste olvidar amargas preocupaciones!"

Luego se ensombreció su rostro repentinamente. Y al ver aquello, Schehrazada se apresuró a decir: "Está bien, ¡oh rey del tiempo! Pero ¿qué vale esto comparado con lo que voy a contarte del Maestro de las divisas y de las risas?".

Y dijo el rey Schahriar: "¿Quién es ¡oh Schehrazada! ese maestro de las divisas y de las risas a quien no conozco?"

Y dijo Schehrazada:



Algunas tonterías y teorías del maestro de las divisas y de las risas

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En los anales de los antiguos y en los libros de los sabios se cuenta, y se nos ha transmitido por la tradición, ¡oh rey del tiempo! que en la ciudad de El Cairo, residencia del buen humor y de la gracia, había un hombre de apariencia estúpida que, bajo su aspecto de bufón extravagante, ocultaba un fondo sin igual de listeza, de sagacidad, de inteligencia y de cordura, a más de ser indudablemente el hombre más divertido, más instruido y más ingenioso de su tiempo. Tenía por nombre Goha, y por oficio ninguno en absoluto, aunque circunstancialmente ejercía el cargo de predicador en las mezquitas.

Un día le dijeron sus amigos: "¡Oh Goha! ¿no te da vergüenza pasarte la vida sin hacer nada, y no usar tus manos, con sus diez dedos, más que para llevártelas llenas a la boca? ¿Y no piensas que ya es hora de que ceses en tu vida de holgazanería y te amoldes al modo de ser de todo el mundo?". Y he aquí que él no contestó nada. Pero un día atrapó una cigüeña grande y hermosa, dotada de alas magníficas, que la hacían volar muy alto por el cielo, y de un pico maravilloso, terror de los pájaros, y de dos tallos de lirio por patas. Y cuando la cogió, subió con ella a su terraza, en presencia de los que le habían hecho reproches, y con un cuchillo le cortó las magníficas plumas de las alas, y el largo pico maravilloso, y las encantadoras patas tan finas, y empujándola con el pie hacia el vacío, le dijo: "¡Vuela, vuela!". Y sus amigos le gritaron, escandalizados: "Alah te maldiga, ¡oh Goha! ¿A qué viene esa locura?". Y les respondió él: "Esta cigüeña me molestaba y pesaba sobre mi vista porque no era como los demás pájaros. Pero ahora le he hecho semejante a todo el mundo".

-Y otro día dijo a los que le rodeaban: "¡Oh musulmanes, y vosotros, cuantos estáis aquí presentes! ¿sabéis por qué Alah el Altísimo, el Generoso (¡glorificado y venerado sea!) no dió alas al camello y al elefante?". Y los demás se echaron a reír, y contestaron: "No, por Alah, que no lo sabemos, ¡oh Goha! Pero tú, a quien nada se oculta de las ciencias y de los misterios, dínoslo pronto para que nos instruyamos". Y Goha les dijo: "Voy a decíroslo. Porque si el camello y el elefante tuvieran alas, cagarían con todo su peso sobre las flores de vuestros jardines y las aplastarían".

-Y otro día, un amigo de Goha fué a llamar a su puerta y dijo: "¡Oh Goha! en nombre de la amistad, préstame tu burro, que le necesito para hacer con él un trayecto urgente". Y Goha, que no tenía gran confianza en aquel amigo, contestó: "Bien quisiera prestarte el burro, pero no está aquí, que le he vendido". Mas en aquel momento mismo empezó a rebuznar el burro desde la cuadra, y el hombre oyó a aquel burro que parecía no iba nunca a terminar de rebuznar, y dijo a Goha: "¡Pues si tienes ahí a tu burro!". Y Goha contestó con acento muy ofendido: "¡Vaya, por Alah! ¿conque ahora resulta que crees al burro y no me crees a mí? ¡Vete, que no quiero verte más!"

-Y otra vez, el vecino de Goha fué en busca suya para invitarle a una comida, diciéndole: "Ven ¡oh Goha! a comer en mi casa". Y Goha aceptó la invitación. Y cuando ambos estuvieron sentados ante la bandeja de manjares, les sirvieron una gallina. Y tras de intentar masticarla varias veces, acabó Goha por renunciar a tocar aquella gallina, que era una vieja entre las gallinas más viejas, y tenía la carne correosa; y se limitó a sorber un poco del caldo en que estaba cocida. Tras de lo cual se levantó, y cogiendo la gallina, la colocó en dirección a la Meca, y se dispuso a recitar sobre ella su plegaria. Y su huésped, enfadado, le dijo: "¿Qué vas a hacer, ¡oh descreído!, ¿Y desde cuándo los musulmanes recitan sus plegarias sobre las gallinas?". Y contestó Goha: "¡Oh tío! ¡qué ilusiones te haces! ¡Esta ave de corral, sobre la que voy a recitar mi plegaria, no es un ave de corral! ¡De ave de corral tiene solamente la apariencia, pues, en realidad, es una santa mujer vieja convertida en gallina, o acaso en venerable santón! ¡Porque la han puesto a la lumbre, y la lumbre la ha respetado!".

-Otra vez salió con una caravana, y las provisiones de boca eran exiguas, y el hambre de los caravaneros era considerable. Por lo que a Goha respecta, su estómago le requería tan insistentemente, que hubiera él devorado la ración de los camellos. El caso es que cuando, en la primer parada, se sentó todo el mundo para comer, Goha hizo gala de una reserva y de una discreción que maravillaron a sus compañeros. Y como le instaran para que cogiera el pan y el huevo duro que le correspondía, contestó: "¡No, por Alah! ¡comed vosotros y satisfaceos, que a mí me sería imposible comer un pan entero y un huevo duro yo solo! Así, pues, tome cada uno de vosotros el pan y el huevo duro que le corresponde, y luego, si os parece bien, me daréis la mitad de cada pan y de cada huevo; porque no cabe más en mi estómago; que es delicado".

-Y en otra ocasión, fué a casa del carnicero y le dijo: "¡Hoy es día de fiesta en casa! Dame, pues, el mejor trozo que tengas de carne del carnero gordo". Y el carnicero apartó para él todo el solomillo del carnero, que tenía un peso considerable, y se lo entregó. Y, Goha llevó todo el solomillo a su mujer, diciéndole: "Haznos con este excelente solomillo filetes con cebollas. Y sazónalo bien a mi gusto". Luego salió a dar una vuelta por el zoco.

Y he aquí que la esposa se aprovechó de la ausencia de Goha para asar a toda prisa el solomillo de carnero y comérselo con su hermano, sin dejar nada. Y cuando volvió Goha, sintió el apetitoso tufillo de los filetes asados, y se le dilataron las narices, y se le conmovió el estómago. Pero, cuando estuvo sentado ante la bandeja, su mujer le llevó por toda comida un pedazo de queso griego y un pan duro. En cuanto al kabab, ni rastro de él había. Y Goha, que no había hecho más que pensar en aquel kabab, dijo a su mujer: "¡Oh hija del tío! ¿y el kabab? ¿Cuándo vas a servírmelo?". Y ella contestó: "¡La misericordia de Alah sobre ti y sobre el kabab! Lo ha devorado el gato mientras yo estaba en el retrete". Y Goha, sin decir palabra, se levantó y cogió al gato y le pesó en la balanza de la cocina. Y observó que pesaba bastante menos que el solomillo de carnero que había llevado él. Y se encaró con su esposa, y le dijo: "¡Oh hija de perros! ¡oh desvergonzada! Si este gato que tengo se ha comido la carne, ¿dónde está el peso del gato? Y si lo que tengo es sólo el gato, ¿dónde está la carne?".

-Y otro día, estando su esposa ocupada en la cocina, le entregó al niño de pecho, hijo suyo, que tenía tres meses, y le dijo: "¡Oh padre de Abdalah! ten al niño y mécele, mientras estoy junto al fogón. Luego te le cogeré". Y Goha accedió a quedarse con el niño, aunque aquello no le agradaba mucho. Y en aquel preciso momento sintió el niño ganas de mear, y empezó a mearse en el caftán nuevo de su padre. Y Goha, en el límite de la contrariedad, se apresuró a dejar en el suelo al niño; y presa del furor, empezó a mearse en él, a su vez. Y al verle su esposa conducirse de aquel modo, acudió gritando: "¡Oh rostro de brea! ¿qué haces al niño?". Y él le contestó: "¿Estás ciega? ¿Pues no ves que me meo en él para no tratarle como a un hijo extraño? Porque, si hubiese sido hijo de un extraño quien se hubiese meado en mí, y no mi propio hijo, en verdad que hubiese vaciado mi interior sin duda alguna en su cara".

-Y una noche en que estaba reunido con sus amigos, le dijeron éstos: "¡Ya Si-Goha! puesto que estás tan instruido en las ciencias y tan versado en la astronomía, ¿puedes decirnos qué es la luna cuando pasa su último cuarto?", Y Goha contestó: "¿Qué os ha enseñado entonces el maestro de escuela, ¡oh compañeros!? ¡Por Alah! ¡pues cada vez que una luna está en su último cuarto, se la rompe para hacer de ''ella estrellas!".

-Y otro día, Goha fué en busca de un vecino suyo y le dijo: "El vecino se debe a su vecino. Préstame una marmita para cocer en casa una cabeza de carnero...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 923ª noche

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Ella dijo:

"... Préstame una marmita para cocer en casa una cabeza de carnero". Y el vecino prestó a Goha la marmita en cuestión. Y se coció en ella lo que se coció. Y al día siguiente Goha devolvió la marmita a su propietario. Pero había tenido cuidado de meter en ella otra marmita más pequeña. Y el vecino se asombró mucho, cuando recuperó lo que le pertenecía, al ver que le había dado fruto. Y dijo a Goha: "¡Ya Si-Goha! ¿qué marmita es esta Pequeña que veo dentro de mi marmita?". Y dijo Goha: "No sé; pero supongo que será que tu marmita ha parido esta noche". Y dijo el otro: "¡Alahu akbar! se trata de un beneficio de la bendición por mediación tuya, ¡oh rostro de buen augurio!". Y colocó en el vasar de la cocina la marmita y su hija.

Al cabo de cierto tiempo volvió Goha a casa de su vecino y le dijo: "¡Si no fuera por miedo a molestarte, ¡oh vecino! te pediría la marmita con su hija, que las necesito hoy!". Y el otro contestó: "De todo corazón amistoso, ¡oh vecino!". Y le entregó la marmita con la otra más pequeña dentro. Y Goha las cogió y se marchó. Y transcurrieron varios días sin que Goha devolviese lo que se había llevado. Y el vecino fué a buscarle, y le dijo: "¡Ya Si-Goha! no es por falta de confianza en ti, pero en casa necesitamos hoy el utensilio que te llevaste". Y Goha preguntó: "¿Qué utensilio, ¡oh vecino!?". Y el otro dijo: "¡La marmita que te presté y engendró!" Y contestó Goha: "¡Alah la tenga en su misericordia! Se ha muerto". Y dijo el vecino: "¡No hay más dios que Alah! ¿Cómo se entiende, ¡oh Goha!? ¿Es que puede morirse una marmita?" Y Goha dijo: "¡Todo lo que engendra, muere! ¡De Alah venimos, y a Él retornaremos!".

-Y otra vez, un felah regaló a Goha una gallina cebada. Y Goha hizo guisar la gallina e invitó al felah a la comida. Y se comieron la gallina y quedaron muy satisfechos. Pero, al cabo de cierto tiempo, llamó a la puerta de Goha otro felah y pidió albergue. Y Goha le abrió y le dijo: "Bienvenido seas; pero ¿quién eres?" Y el felah contestó: "Soy vecino del que te regaló la gallina". Y Goha contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos". Y le albergó con toda cordialidad y le dió de comer y no le hizo carecer de nada. Y el otro se marchó tan contento. Y algunos días después llamó a la puerta un tercer felah. Y Goha preguntó: "¿Quién es?". Y dijo el hombre: "Soy vecino del vecino del que te ha regalado la gallina". Y Goha dijo: "No hay inconveniente". Y le hizo entrar y sentarse ante la bandeja de manjares. Pero, por todo alimento y por toda bebida, puso delante de él una marmita con agua caliente, en la superficie de la cual se veían algunas gotitas de grasa. Y el felah, viendo que no había más, preguntó: "¿Qué es esto, ¡oh huésped mío!?". Y Goha contestó: "¿Esto? pues la substancia de la substancia del agua en que se coció la gallina".

-Y un día en que los amigos de Goha querían divertirse a costa suya, se concertaron entre sí, y le llevaron al hammam. Y llevaron huevos sin que Goha lo sospechara. Y cuando estuvieron en el hammam y se desnudaron todos, entraron con Goha en la sala de las sudaciones y dijeron: "¡Ha llegado el momento! Cada cual de nosotros va a poner un huevo". Y añadieron: "Aquel de nosotros que no pueda poner tendrá que pagar la entrada al hammam a todos los demás". Y acto seguido se pusieron todos en cuclillas, cacareando a más y mejor, a manera de gallinas. Y cada uno de ellos acabó por sacar un huevo de debajo de sí. Y al ver aquello, Goha enarboló de pronto el niño de su padre, y lanzando el cacareo de gallo, se precipitó sobre sus amigos, disponiéndose a asaltarlos. Y se levantaron muy de prisa todos, gritándole: "¿Qué vas a hacer, ¡oh miserable!? Y Goha contestó: "¿No lo estáis viendo? ¡Por mi vida! ¡veo gallinas delante de mí, y como soy el único gallo, tengo que montarlas!".

-También hemos llegado a saber que Goha tenía costumbre de ponerse todas las mañanas a la puerta de su casa y de recitar a Alah esta plegaria: "¡Oh Generoso! tengo que pedirte cien dinares de oro, ni uno más ni uno menos, porque los necesito. ¡Pero si, en vista de Tu generosidad, se pasase de la cifra de ciento, aunque sólo fuese en un dinar, o sí, por mi carencia de méritos, faltara un solo dinar de los ciento que te pido, no aceptaría el don!".

Y he aquí que entre los vecinos de Goha había un judío enriquecido (¡de Alah nos viene la riqueza!) con toda clase de negocios reprensibles (¡sepultado sea en los fuegos del quinto infierno!). Y el tal judío oía todos los días a Goha recitar en voz alta aquella plegaria delante de su puerta. Y pensó para sí: "¡Por vida de Ibraim y de Yacub, que voy a hacer con Goha un experimento! Y ya veré cómo sale de la prueba." Y cogió una bolsa con noventa y nueve dinares de oro nuevo, y desde su ventana la tiró a los pies de Goha cuando éste recitaba su plegaria acostumbrada de pie ante el umbral de su casa. Y Goha recogió la bolsa, mientras el judío le vigilaba para ver en qué paraba el asunto. Y vió a Goha desatar los cordones de la bolsa, vaciando el contenido en su regazo y contando los dinares uno a uno. Luego oyó que Goha, al notar que faltaba un dinar para los cientos que había pedido, exclamaba, alzando las manos hacia su Creador: "¡Oh Generoso! ¡loado y reverenciado y glorificado seas por tus beneficios! pero el don no está completo, y en vista de mi promesa, no puedo aceptarlo tal y como viene". Y añadió: "Por eso voy a gratificar con ello a mi vecino el judío, que es un hombre pobre, cargado de familia y un modelo de honradez". Y así diciendo, cogió la bolsa y la tiró dentro de la casa del judío. Luego se fué por su camino.

Cuando el judío vió y oyó todo aquello, llegó al límite de la estupefacción, y se dijo: "¡Por los cuernos luminosos de Mussa! nuestro vecino Goha es un hombre lleno de candor y de buena fe. Pero no puedo verdaderamente opinar con respecto a él mientras no haya comprobado la segunda parte de su aserto". Y al día siguiente tomó la bolsa, metió en ella cien dinares más uno, y la tiró a los pies de Goha en el momento en que éste recitaba su acostumbrada plegaria delante de su puerta. Y Goha, que demasiado sabía de dónde caía la bolsa, pero continuaba fingiendo creer en la intervención del Altísimo, se inclinó y recogió el don. Y cuando contó de un modo ostensible las monedas de oro, se encontró con que aquella vez era ciento uno el número de dinares. Entonces dijo, levantando las manos al cielo: "¡Ya Alah, tu generosidad no tiene límites! He aquí me has concedido lo que te pedía con toda confianza, y aun has querido colmar mi deseo, dándome más de lo que anhelaba. Así es que, para no herir tu bondad, acepto este don tal como viene, aunque en esta bolsa hay un dinar más de los que yo pedía". Y tras de hablar así, se guardó la bolsa en el cinturón e hizo andar una tras otra a sus dos piernas. Cuando el judío, que miraba a la calle, vió que Goha se guardaba de tal suerte la bolsa en su cinturón y se marchaba tranquilamente, se puso muy amarillo de color y sintió que de cólera se le salía el alma por la nariz. Y se precipitó fuera de su casa y corrió detrás de Goha, gritándole: "¡Espera!, ¡oh Goha, espera!". Y Goha dejó de andar, y encarándose con el judío, le preguntó: "¿Qué te pasa?". El otro contestó: "¡La bolsa! ¡devuélveme la bolsa!". Y dijo Goha: "¿Devolverte la bolsa de cien dinares y un dinar que Alah me ha deparado? ¡Oh perro de judíos! ¿es que esta mañana ha fermentado tu razón en tu cráneo? ¿0 acaso piensas que debo dártela como te di la de ayer? En este caso, puedes desengañarte, porque ésta la guardo por miedo a ofender al Altísimo en Su Generosidad para conmigo, que soy indigno de ella. Bien sé que hay un dinar de más en esta bolsa, pero eso no perjudica a los demás. ¡Por lo que a ti respecta, ya estás yendo!" Y enarboló un grueso garrote nudoso, e hizo ademán de dejarlo caer con todo su peso sobre la cabeza del judío. Y el desgraciado de la descendencia de Yacub se vió obligado a volverse con las manos vacías y la nariz alargada hasta los pies.

-Y otro día Si-Goha escuchaba en la mezquita predicar al khateb. Y en aquel momento el khateb explicaba a sus oyentes un extremo de derecho canónico, diciendo: "¡Oh creyentes! sabed que si a la caída de la noche el marido cumple con su esposa los deberes de un buen esposo, se verá recompensado por el Retribuidor como si hubiese sacrificado un carnero. Pero si la copulación lícita tiene lugar durante el día, se le tendrá en cuenta al marido como si se tratara del rescate de un esclavo. ¡Y si la cosa se realiza a media noche, la recompensa será igual a la obtenida por el sacrificio de un camello!".

Y he aquí que, de vuelta en su casa, Si-Goha transmitió a su esposa estas palabras. Luego se acostó a su lado para dormir. Pero la mujer, sintiéndose poseída de violentos deseos, dijo a Goha: "Levántate ¡oh hombre! a fin de que ganemos la recompensa que se obtiene por el sacrificio de un carnero". Y Goha dijo: "Está bien". E hizo la cosa y volvió a acostarse. Pero a media noche de nuevo se sintió la hija de perro con el organismo en disposición copulativa y volvió a despertar a Goha, diciéndole: "Ven ¡oh hombre! para que juntos nos procuremos el beneficio que reporta el sacrificio de un camello...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 924ª noche

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Ella dijo:

"... Ven ¡oh hombre! para que juntos nos procuremos el beneficio de un camello". Y Goha se despertó refunfuñando, y con los ojos medio cerrados, hizo la cosa en cuestión. Y al punto se volvió a dormir.

Pero a primera hora de la mañana, la esposa, asaltada de nuevos deseos, sacó de su sueño a Goha, diciéndole: "¡Date prisa ¡oh hombre! a despertarte antes de que salga el sol, que tenemos que hacer juntos lo que nos proporcionará, de parte del Retribuidor, el precio acordado por rescate de un esclavo!"

Pero aquella vez Goha no quiso oír, y contestó: ¡Oh mujer! ¿y qué esclavitud peor que la de un hombre que se ve obligado a sacrificar a su propio niño? Deja, pues, al niño de su padre, y rescátame el primero a mí, que soy tu esclavo".

-Y otro día, en otra mezquita, Si-Goha, escuchaba piadosamente al imam, que decía: "¡Oh creyentes que evitáis a vuestras mujeres para correr en pos de las nalgas de los mancebos! sabed que cada vez que un creyente realiza con su esposa el acto conyugal, Alah levanta para él un kiosco en el paraíso". Y de vuelta en su casa, Goha contó a su mujer la cosa, porque así salió en la conversación, aunque sin darle importancia. Pero la esposa, que no había dejado salir por la otra oreja lo que le había entrado por una, esperó a que estuviesen acostados los niños, y dijo a Goha: "¡Bueno, ven para que hagamos que nos levanten un kiosco a nombre de nuestros hijos!" Y Goha contestó: "No hay inconveniente". Y metió la herramienta del albañil en el cajón de la argamasa. Luego se acostó.

Pero al cabo de una hora de tiempo, la esposa de ojos vacíos despertó a Goha, y le dijo: "Me he olvidado de que tenemos una hija casadera que debe habitar sola. Levantemos un kiosco para ella". Y Goha dijo: "¡Vaya, ualahí! ¡Sacrifiquemos al muchacho por la muchacha!" E introdujo al niño consabido en la cuna que le reclamaba. Luego se echó en su colchón, resoplando, y se volvió a dormir. Pero a media noche la esposa le tiró del pie, reclamando otro kiosko para su madre. Pero Goha exclamó: "¡Sea la maldición de Alah con los pedigüeños indiscretos! ¿Acaso no sabes ¡oh mujer de ojos vacíos! que la generosidad de Alah prescindiría de nosotros si le obligáramos a levantar tantos kioscos a nuestro nombre?"

Y siguió roncando.

-Y un día entre los días, una mujer devota entre las vecinas de Goha estaba orando, cuando, por inadvertencia, se le escapó un cuesco. Y como no acostumbraba a hacerlo, no supo con exactitud si el cuesco consabido lo había engendrado ella realmente, o si el ruido que oyó provenía del roce de su pie contra las baldosas o de un gemido lanzado al orar. Y llena de escrúpulos, fué a consultar a Goha, de quien sabía estaba muy versado en la jurisprudencia. Y se lo explicó y le pidió su opinión. Y Goha, a manera de respuesta, soltó al punto un cuesco de importancia y preguntó a la devota: "¿Era un ruido como éste, tía mía?" Y la vieja devota contestó: "¡Era un poco más fuerte!" Y Goha lanzó al punto un segundo cuesco más importante que el primero, y preguntó a la devota: "¿Era así?" Y ella contestó: "¡Era un poco más fuerte todavía". Entonces Goha exclamó: "¡No, por Alah, entonces no era un ventoseo, sino una tempestad! ¡Vete segura, ¡oh madre de los Ventoseos! porque si no, a fuerza de hacer ganas, voy a hacer pasteles!"

-Y un día, el asombroso conquistador tártaro Timur-Lenk, el Cojo de hierro, pasó cerca de la ciudad donde residía Si-Goha. Y se reunieron los habitantes, y después de discutir mucho la manera de impedir al khan tártaro que devastara su ciudad, acordaron rogar a Si-Goha que les sacara de tan cruel apuro. Y al punto Si-Goha hizo que le llevaran toda la muselina que había disponible en los zocos, y con ella se fabricó un turbante del tamaño de una rueda de carro. Luego montó en su burro, y salió de la ciudad al encuentro de Timur. Y cuando estuvo en su presencia, el tártaro observó aquel turbante extraordinario, y dijo a Goha: "¿Cómo traes ese turbante?" Y Goha contestó: "¡Oh soberano del mundo! es mi gorro de noche, y te suplico que me dispenses por haber venido entre tus manos con este gorro de noche; pero dentro de un instante tendré mi gorro de día, que viene detrás cargado en un carromato alquilado a tal fin". Entonces Timur-Lenk, espantado del enorme tocado de los habitantes, no pasó por aquella ciudad. Y lleno de simpatía por Goha, le retuvo a su lado, y le preguntó: "¿Quién eres?" Y Goha contestó: "¡Aquí donde me ves, soy el dios de la tierra!"

Y Timur, que era de raza tártara, en aquel momento estaba rodeado de algunos mozalbetes, que eran los más hermosos de su nación, y tenían, como es corriente en los de su raza, los ojos muy pequeños y encogidos. Y dijo a Goha, mostrándole aquellos niños: "Y bien, ¡oh dios de la tierra! ¿encuentras de tu gusto a estos lindos niños que aquí ves? ¿Tiene par su belleza?" Y Goha dijo: "No es por disgustarte, ¡oh soberano del mundo! pero me parece que estos niños tienen los ojos demasiado pequeños, y a causa de ello carece de gracia su rostro". Y Timur le dijo: "¡No te preocupen por eso! ¡Y puesto que eres el dios de la tierra, hazme el favor de agrandarle los ojos!" Y Goha contestó: "¡Oh mi señor! ¡respecto a ojos del rostro, sólo Alah puede agrandarlos, pues, por mi parte, yo, que soy el dios de la tierra, sólo puedo agrandarle el ojo que tienen de cintura para abajo!" Y al oír estas palabras, Timur comprendió con qué clase de granuja tenía que habérselas, y se regocijó con su réplica, y en lo sucesivo, lo retuvo con él, como bufón habitual.

-Y un día, Timur, que no solamente era cojo y tenía un pie de hierro, sino también tuerto y extremadamente feo, charlaba de unas cosas y de otras con Goha. Y a la sazón entró el barbero de Timur, y después de afeitarle la cabeza, le presentó un espejo para que se mirase. Y Timur se echó a llorar. Y siguiendo su ejemplo, Goha rompió en llanto, y lanzó suspiros tras gemidos, e invirtió en ello una o dos o tres horas de tiempo. Así es que ya había acabado de llorar Timur, y Goha seguía sollozando y lamentándose. Y Timur, asombrado, le dijo:

¿Qué te pasa? Si yo he llorado, fué porque me miré en el espejo de este barbero de mal augurio y me encontré verdaderamente feo. Pero ¿por qué motivo viertes tú tantas lágrimas y continúas gimiendo tan lamentablemente?" Y Goha contestó: "Dicho sea con todo respeto, ¡oh soberano nuestro! he de hacerte observar que ha bastado que te mires un breve instante en el espejo para llorar dos horas de tiempo. ¿Qué tiene, pues, que quien te está mirando todo el día llore más tiempo que tú?" Y a estas palabras, en vez de enfadarse, Timus se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero.

-Y otro día, estando Timur a la mesa, eructó muy cerca de la cara de Goha. Y exclamó Goha: "¡Oh soberano mío! ¡eructar es un acto vergonzoso!" Y Timur, asombrado, dijo: "En nuestro país no se tiene por vergonzoso el eructo". Y Goha no contestó nada; pero, al final de la comida, soltó un cuesco ruidoso. Y exclamó Timur, enfadado: "¡Oh hijo de perro! ¿qué haces? ¿Y no te da vergüenza?" Y Goha contestó: "¡Oh mi señor! en nuestro país no se tiene eso por vergonzoso. ¡Y como sé que no comprendes la lengua de nuestro país, no he tenido escrúpulo en hacerlo!"

-Otro día, en otra ocasión, Goha reemplazaba al khateb en la mezquita de un pueblo vecino. Y cuando hubo acabado de predicar, dijo a sus oyentes, meneando la cabeza: "¡Oh musulmanes! el clima de vuestra ciudad es exactamente el mismo que el de mi pueblo". Y ellos dijeron: "¿Por qué lo dices. El contestó, «Porque acabó de tentarme el zib, y lo encuentro como en mi pueblo, flojo y colgante sobre mis testículos. ¡La zalema con todos vosotros, que me voy!"

-Y otro día predicaba Goha en la mezquita, Y a manera de conclusión, alzó las manos al cielo, y dijo: "Dámoste gracias y te glorificamos por Tus bondades, ¡oh Dios verídico y todopoderoso que no nos has colocado el culo en la mano!" Y asombrados por aquella acción de gracias, sus oyentes le preguntaron: "¿Qué quieres decir con esa extraña plegaria, ¡oh khateb!?" Y Goha dijo: "¡Pues bien claro está, por Alah. Si el Donador nos hubiese creado con el culo en la mano, nos mancharíamos la nariz cien veces al día".

-Y otra vez, subido también en el púlpito, tomó la palabra; diciendo: "¡Oh musulmanes! ¡loores a Alah, que no nos ha colocado detrás lo que tenemos delante!" Y le preguntaron: "¿Por qué dices eso...?


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 925ª noche

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Ella dijo:

"... ¡Oh musulmanes! ¡loores a Alah, que no nos ha colocado detrás lo que tenemos delante!" Y le preguntaron: "¿Por qué dices eso?" El dijo: "Porque si el báculo estuviera situado detrás, cada cual, sin querer, podría tornarse semejante a los compañeros de Loth, haciendo aquello a lo que sólo pudo sustraerse Loth".

-Y un día encontrándose sola y completamente desnuda, la mujer de Goha se puso a contar su historia con mucha fruición, diciendo "¡Oh caro tesoro! ¿por qué no tendré dos o tres o cuatro como tú? Eres manantial de mis placeres, y me procuras preciosas ventajas". Y he aquí que quiso el Destino que llegase Goha mientras tanto. Y oyó aquellas palabras, y comprendió por qué se expresaba así su esposa. Entonces sacó su herencia, y le dijo, llorando: "¡Oh hijo de perro! ¡oh proxeneta! ¡cuántas calamidades has traído sobre mi cabeza! ¡Ojalá no hubieras sido nunca el niño de tu padre!"

-Y otro día penetró Goha en la viña de su vecino, y se puso a comer uvas como un zorro, cogiendo los racimos por el rabo y sacándoselos de la boca sin un grano. Y he aquí que de repente apareció el vecino, amenazándole con un garrote y gritándole: "¿Qué haces ahí, ¡oh maldito!?" Y Goha contestó: "Tenía retorcijones, y he entrado aquí para descargarme el vientre". Y el otro preguntó: "Si es verdad eso, vamos a ver dónde está lo que has hecho". Y Goha se quedó muy perplejo por un instante; pero, tras de mirar a un lado y a otro buscando con qué justificarse, mostró al viñero una boñiga de asno, diciéndole: "Aquí tienes la prueba". Y el hombre dijo: "¡Cállate!, ¡oh embustero! ¿Desde cuándo eres un burro?" Y al punto sacó Goha su zib, que era enorme, y dijo: "Desde que el Retribuidor me gratificó con la herramienta calamitosa que estás viendo".

-Y un día se paseaba Goha a orillas del río; y vió un grupo de lavanderas lavando su ropa interior. Y las lavanderas, al verle, se acercaron a él y le rodearon como un enjambre de abejas. Y una de ellas, levantándose la ropa, dejó al descubierto el cebón. Y Goha lo advirtió y volvió la cabeza, diciendo: "En ti me refugio, ¡oh Protector del Pudor!" Pero las lavanderas le dijeron alborotadas: "¿Qué te pasa, ¡oh pillastre!? ¿Acaso no sabes el nombre de este bienaventurado?" El dijo: "¡Demasiado sé que se llama el Origen de mis males!" Pero ellas exclamaron: "¡Quiá! ¡Si es el Paraíso del Pobre!" Entonces Goha pidió permiso para retirarse, apartándose un poco, y envolvió al niño con la tela de su turbante, como en un sudario, y se acercó de nuevo a las lavanderas, que le preguntaron: "¿Qué es eso, ¡oh Goha!?" El dijo: "Es un pobre que ha muerto, y desea entrar en el paraíso consabido". Y se echaron ellas a reír hasta caerse. Y al propio tiempo notaron que fuera del sudario colgaba una cosa y que era la bolsa enorme de Goha. Y le dijeron: "¡Bueno! pero ¿qué es eso que cuelga de tal modo por debajo del muerto, como dos huevos de avestruz?" El dijo: "¡Son los dos hijos de este pobre, que han venido a visitar su tumba!"

-Y una vez que estaba Goha de visita en casa de la hermana de su esposa. Y le dijo ella: "¡Ya Si-Goha! me veo precisada a ir al hammam, por lo que te ruego que tengas cuidado de mi mamoncillo durante mi ausencia". Y se marchó. Entonces el pequeñuelo empezó a gritar y a chillar. Y Goha, muy fastidiado, se dispuso a hacer por calmarle. Sacó, pues, su rahat-lucum y se lo dió a chupar al mamoncillo, que no tardó en dormirse. Y cuando estuvo de vuelta la madre y vió al niño dormido, dió muchas gracias a Goha, que le dijo: "De nada, ¡oh hija del tío! y si hubiera hecho contigo lo que con él y hubieses probado mi narcótico, también te hubieras dormido, dando con la cabeza antes que con los pies".

-Y otra vez se disponía Goha a violar a su burro a la puerta de una mezquita aislada. Y acertó a pasar un hombre que iba a hacer sus devociones en aquella mezquita. Y vió a Goha que estaba muy ocupado en la cosa consabida. Y asqueado, escupió en el suelo manifiestamente. Y Goha le miró atravesado, y le dijo: "¡Da gracias a Alah, que si no tuviera yo ahora entre manos una cosa tan urgente, ya te enseñaría a escupir aquí".

-Y otra vez Goha estaba tumbado en el camino, a pleno sol, un día de calor, teniendo en la mano su garboso báculo al descubierto. Y le dijo un transeúnte: "Vergüenza sobre ti, ¡oh Goha! ¿Qué estás haciendo?" Y Goha contestó: "Calla, ¡oh hombre! y vete de mi vista. ¿No ves que he sacado a tomar el aire a mi niño para refrescarle?" -Y otro día fueron a preguntar a Goha en consulta jurídica: "Si en la mezquita suelta un cuesco el imam, ¿qué debe hacer la asamblea?" Y Goha contestó sin vacilar: "¡Es evidente que lo que debe hacer es responder!"

-Y Goha y su mujer iban por la orilla del río un día de crecida. Y de pronto, dando un mal paso, la mujer resbaló y cayó al agua. Y como la corriente era muy fuerte, se la llevó. Y Goha no vaciló en tirarse al agua para pescar a su mujer: pero, en lugar de seguir la corriente, fué en dirección contraria. Y la gente que se había reunido le hizo observar aquello, y le dijo: "¿Qué buscas, ya Si-Goha?"

Y contestó él:

"¡Por Alah! ¡busco a la hija del tío, que se ha caído al agua!" Y le contestaron: "¡Pero ¡oh Goha! ha debido arrastrarla la corriente, y la estás buscando contra la corriente!" Dijo él: "¡Quiá! ¡Conozco a mi esposa mejor que vosotros! ¡Tiene un carácter tan atrabiliario, que de antemano estoy seguro de que ha ido contra la corriente!"

-Y otro día llevaron un hombre a presencia de Goha, que desempeñaba entonces las funciones de kadí. Y le dijeron: "El hombre que ves aquí ha sido sorprendido en plena calle mientras se dedicaba a violar a un gato". Y como había testigos del hecho, el hombre no pudo negar de una manera aceptable. Y Goha le dijo: "¡Vamos, habla! ¡Si me dices la verdad, te será otorgada la indulgencia de Alah! ¡Dime, pues, cómo te has arreglado para violar al gato!" Y el hombre contestó: "Por Alah, ¡oh nuestro señor el kadí! ¡he acercado lo que tú sabes a la puerta de la gracia, y he forzado esta puerta sujetando las patas del animal con mis manos y su cabeza con mis rodillas! ¡Y como la cosa había resultado bien la vez primera, he cometido la torpeza de reincidir! Confieso mi falta, ¡oh señor kadí!"

Pero Goha exclamó: "Mientes, ¡oh hijo de proxenetas! ¡Porque yo he intentado más de treinta veces hacer lo mismo que tú, sin obtener buen resultado nunca!" Y mandó que le dieran una paliza.

-Otro día, estando Goha de visita en casa del kadí de la ciudad, se presentaron dos querellantes, y dijeron: "¡Oh señor kadí! Nuestras casas se hallan tan próximas, que se tocan. Y he aquí que esta noche ha venido un perro a ensuciarse entre nuestras dos puertas, a igual distancia. Y venimos en tu busca para que nos digas a quién incumbe recoger la cosa". Y el kadí se encaró con Goha, y le dijo con acento irónico: "A tu juicio dejo la tarea de examinar este caso y de sentenciarlo". Y Goha se encaró con ambos querellantes, y dijo a uno: "Vamos a ver, ¡oh hombre! ¿ha ocurrido el hecho evidentemente más cerca de tu puerta?" El hombre contestó: "¡La verdad es que la cosa ha tenido lugar en medio exactamente!" Y Goha preguntó al segundo: "¿Es cierto, o quizá la cosa está más hacia tu casa?" El otro contestó "¡La mentira es ilícita! La cosa ha tenido lugar exactamente entre nosotros dos, en la calle". Entonces Goha dijo, a manera de sentencia: "Ya está resuelto el asunto. Esa tarea no os incumbe ni a uno ni a otro, sino a quien, por deber de su cargo, corresponde el cuidado de las calles, es decir, a nuestro señor el kadí".

-Y otro día el hijo de Goha, que tenía cuatro años de edad, había ido con su padre a casa de unos vecinos que estaban de fiesta. Y le presentaron una hermosa berenjena, preguntándole: "¿Qué es esto?" Y el niño contestó: "¡Un ternerillo que todavía no ha abierto los ojos!" Y todo el mundo se echó a reír, mientras Goha exclamaba: "¡Por Alah, que no soy yo quien se lo ha enseñado!"

-¡Y, finalmente, estando Goha otro día con ganas de copulación, sacó al aire el niño de su padre. Y he aquí que, por casualidad, una mosca de la miel se posó en la cabeza de la herramienta. Y Goha se pavoneó, exclamando...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 926ª noche

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"... Y he aquí que, por casualidad, una mosca de la miel se posó en la cabeza de la herramienta. Y Goha se pavoneó, exclamando: "Por Alah, que sabes lo que es bueno, ¡oh mosca! Porque ésta es una flor digna de ser escogida entre todas las flores para hacer miel".


"Y estas son ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- solamente algunas entre las numerosas gracias, palabras, tonterías y teorías del maestro de las divisas y de la risa, el delicioso e inolvidable Si-Goha. ¡La misericordia y la bendición de Alah sean con él! ¡Y ojalá se conserve viva su memoria hasta el día de la Retribución!"

Y dijo el rey Schahriar: "¡Esas gracias de Goha me han hecho olvidar las más graves preocupaciones, Schehrazada!" Y la pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y sabrosas y frescas son tus palabras!"

Y Schehrazada dijo: "Pero ¿qué es eso comparado con la Historia de la jovenzuela obra maestra de los corazones, lugartenienta de los pájaros?" Y el rey Schahriar exclamó: "¡Por Alah, ¡oh Schehrazada! que conozco bastantes jovenzuelas, y he visto más aún; pero no recuerdo ese nombre! ¿Quién es, pues, "Obra maestra de los corazones, y cómo es lugartenienta de los pájaros?"



Historia de la jovenzuela obra maestra de los corazones, lugartenienta de los pájaros

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Y dijo Schehrazada:

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en Bagdad, ciudad de paz y morada de todas las alegrías y residencia de los placeres y jardín del ingenio, el califa Harún Al-Raschid, vicario del Señor de los tres mundos y Emir de los Creyentes, tenía por compañero de copa y amigo preferido, entre sus íntimos y coperos, a aquel cuyos dedos manejaban la armonía, cuyas manos eran las bienamadas de los laúdes y cuya voz era enseñanza para los ruiseñores, al músico rey de los músicos y maravilla de la música de su tiempo, al prodigioso cantor Ishak Al-Dadim, de Mossul. Y el califa, que le quería con un cariño extremado, habíale dado por morada el más hermoso de sus palacios y el más selecto. Y tenía Ishak por cargo y misión instruir en el arte del canto y en la armonía a las jóvenes más a propósito entre las que se compraban en el zoco de las esclavas y en los mercados del mundo para el harén del califa. Y en cuanto una de ellas se distinguía entre sus compañeras y las adelantaba en el arte del canto, del laúd y de la guitarra, Ishak la conducía ante el califa, y la hacía cantar y tocar delante de él. Y si gustaba al califa, la hacían entrar en su harén inmediatamente. Pero si no le gustaba bastante volvía a ocupar su sitio entre las discípulas del palacio de Ishak.

Un día entre los días, el Emir de los Creyentes, sintiéndose el pecho oprimido, mandó buscar a su gran visir Giafar el Barmecida, y a Ishak, su compañero de copa, y a Massrur, el portaalfanje de su venganza. Y cuando estuvieron entre sus manos, les ordenó que se disfrazaran como acababa de hacer él mismo. Y disfrazados de tal modo, parecían un simple grupo de particulares. Y Al-Fazl, el hermano de Giafar, y Yunús el letrado se juntaron a ellos, disfrazados también. Y todos salieron del palacio sin ser notados, y llegaron al Tigris, y llamaron a un batelero, y se hicieron conducir hasta Al-Taf, barrio de Bagdad. Y aterrizaron allá y caminaron al azar por la ruta de los encuentros fortuitos y de las aventuras inopinadas.

Y mientras marchaban charlando y riendo, vieron ir hacia ellos a un anciano de barba blanca y de aspecto venerable, que se inclinó ante Ishak y le besó la mano. E Ishak le reconoció como uno de los proveedores que aprovisionaban de jóvenes y de mozalbetes el palacio del califa. Y a aquel jeique precisamente era al que se dirigía Ishak cada vez que deseaba una nueva tanda de discípulas para su escuela de música.

Y he aquí que, precisamente cuando el jeique hubo abordado de tal modo a Ishak, sin sospechar que iba acompañado del Emir de los Creyentes y de su visir Giafar y de sus amigos, se excusó mucho por haberle molestado e interrumpido su paseo, y añadió: "¡Oh mi señor! hace mucho tiempo que deseo verte. E incluso tenía decidido ir a buscarte en tu palacio. Pero ya que Alah me ha puesto hoy en el camino de tu gracia, voy a hablarte en seguida de lo que preocupa a mi espíritu". E Ishak preguntó: "¿Y de qué se trata, pues, ¡oh venerable!? ¿Y en qué puedo servirte?" Y el mercader de esclavos contestó: "Escucha. En este momento tengo, en el depósito de esclavos, una joven que está muy diestra ya en el laúd y que no tardará en hacer honor a tu escuela, pues se halla muy bien dotada, y mejor que ninguna sabrá ella aprovecharse de tu admirable enseñanza. Y como, además, su gracia es continuación de los dones de su espíritu, creo que no dejarás de echar sobre ella una ojeada y de prestar por un instante tu oído precioso a la prueba de su voz. Y si te place ella, todo saldrá a pedir de boca. De no ser así, la venderé a cualquier mercader, y sólo me restará renovar mis excusas por la molestia que te ocasiono a ti y a estos honorables señores, amigos tuyos".

Al oír estas palabras del viejo mercader de esclavos, Ishak consultó con una rápida ojeada al califa, y contestó: "¡Oh tío! precédenos, pues, al depósito de esclavos, y prevén a la joven consabida, a fin de que se prepare a ser vista y oída poro todos nosotros. Porque me acompañarán mis amigos". Y el jeique contestó con el oído y la obediencia, y desapareció a buen paso, en tanto que el califa y sus compañeros se dirigían más despacio al depósito de esclavos, guiados por Ishak, que conocía el camino.

Y aunque la aventura no tenía nada de extraordinaria, la aceptaron de buena gana, como a orillas del mar acepta el pescador la suerte que Alah ha escrito para su primer redada. Y al acercarse al depósito de esclavos, vieron que era un edificio alto de murallas y amplio de espacio, que podría alojar cómodamente a todas las tribus del desierto. Y franquearon la puerta y entraron en una sala grande, reservada para la venta y la compra, y rodeada de bancos en que se sentaban los compradores. Y también sentáronse ellos en aquellos bancos, mientras el anciano, que les había precedido, iba a buscar a la joven. Y habíase preparado para ella, precisamente en medio de la sala, una especie de trono de madera preciosa, cubierto con la tela bordada de Jonia, al pie del cual se hallaba un laúd de Damasco con cuerdas de plata y oro.

Y de pronto la joven que esperaban hizo su entrada con la gracia de una rama que se balanceaba. Y se sentó en el trono preparado, saludando a la concurrencia. Y parecía el sol cuando brilla en lo alto del cielo de mediodía. Y aunque le temblaban un poco las manos, cogió el laúd, lo apoyó contra su seno como haría una hermana con su hermanito, e hizo brotar del instrumento un preludio que entusiasmó los espíritus. E inmediatamente hirió en otro tono las cuerdas dóciles, y cantó estos versos del poeta:


¡Suspira, ¡oh mañana! a fin de que uno de tus suspiros flotantes se destaque y llegue hasta la tierra de la amada! ¡Y lleva mi saludo perfumado a todo el caro y brillante grupo!


¡Y di a mi amiga que me he dejado el corazón en prenda de su amor! ¡Porque mi deseo es más fuerte que cuanto de ordinario desalienta a los enamorados!


¡Dile que ha herido con un golpe mortal mi corazón y mis ojos! ¡Pero mi pasión aumenta y se exalta cada vez más!


¡Y mi espíritu, lacerado por el amor todas las noches, ha hecho olvidar a mis párpados el arte de hacerse obedecer del sueño!


Cuando la joven hubo acabado de cantar estos versos, el califa no pudo por menos de exclamar: "¡Maschalah sobre tu voz y sobre tu arte!, ¡oh bendita! En verdad que has triunfado". Pero de repente se acordó de su disfraz, y no dijo más, temiendo que le reconocieran. E Ishak tomó a su vez la palabra para cumplimentar a la joven. Pero no había acabado de abrir la boca, cuando la armoniosa jovenzuela se levantó vivamente de su asiento y fué a él y le besó respetuosamente la mano, diciendo: "¡Oh mi señor! los brazos se inmovilizan en tu presencia, y a tu vista, las lenguas se callan, y la elocuencia frente a ti se torna muda. Y sólo tú, por lo que a mí respecta, puedes ser quien descorra el velo". Y le dijo estas palabras mientras sus ojos lloraban.

Al ver aquello, le preguntó Ishak, muy sorprendido y emocionado...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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