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Y cuando llegó la 911ª noche

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Ella dijo:

... el castillo fortificado del rey de los negros el terrible Tak-Tak. Y Diamante vió que, en efecto, las cercanías de aquel castillo estaban guardadas por etíopes de diez codos de alto, con caras espantosas. Y sin dejar que el temor invadiera su pecho, ató su caballo a un árbol que había junto a la fuente, y se sentó a la sombra para descansar. Y oyó que los negros decían entre sí: "Vaya, por fin, después de tanto tiempo, viene un ser humano a abastecernos de carne fresca. Apoderémonos de esa presa, a fin de que nuestro rey Tak-Tak se endulce con ella la boca y el paladar". Y acto seguido, diez o doce etíopes de los más feroces avanzaron hacia Diamante para apoderarse de él y presentárselo en el asador a su rey.

Cuando Diamante vió que su vida estaba realmente en peligro, sacó de su cinto la espada salomónica, y abalanzándose sobre sus agresores, expidió a gran número de ellos por la llanura de la muerte. Y cuando aquellos hijos del infierno llegaron a su destino, se enteró por correo de la noticia el rey Tak-Tak, quien, montando en roja cólera, envió al punto, para que se apoderase del audaz, al jefe de los negros, el embetunado Mak-Mak. Y el tal Mak-Mak, que era una calamidad reconocida, se puso a la cabeza del ejército de embetunados, cayendo como la irrupción de un enjambre de abejorros. Y de sus ojos salía la muerte negra, buscando víctimas.

Al ver aquello, el príncipe Diamante se irguió sobre ambos pies, y le esperó, firme de piernas. Y silbando como una víbora cornuda, y mugiendo con sus anchas narices, el calamitoso Mak-Mak fué derecho a Diamante, blandiendo su maza destructora de cabezas, y la hizo voltear de tal manera, que retembló el aire. Pero, en aquel mismo momento, el bienamado Diamante alargó su brazo armado con el puñal de Tammuz, y rápido como el relámpago, clavó la hoja en el costado del gigante etíope, e hizo beber de un trago la muerte a aquel hijo de mil cornudos. Y al punto se acercó el ángel de la muerte a aquel maldito, llevándoselo a su última morada.

En cuanto a los negros del séquito de Mak-Mak, cuando vieron a su jefe caer al suelo más ancho que largo, echaron a correr y volaron como los pajarillos ante el Padre de pico gordo. Y Diamante les persiguió, y mató a los que mató.

Cuando el rey Tak-Tak se enteró de la derrota de Mak-Mak, la cólera invadió sus narices tan violentamente, que ya no pudo él distinguir su mano derecha de su mano izquierda. Y su estupidez le incitó a ir a atacar por sí mismo al jinete de los precipicios y barrancos, corona de los jinetes, a Diamante. Pero, a la vista del héroe rugiente, el hijo negro de la impúdica de nariz gorda sintió aflojársele los músculos, revolverse el saco del estómago y pasar sobre su cabeza el viento de la muerte. Y Diamante, tomándole de blanco, y disparando sobre él una de las flechas del profeta Saleh (¡con él la plegaria y la paz!), le hizo tragar el polvo de sus talones, y de una vez envió a un alma a habitar los lugares fúnebres donde se ha aposentado la Alimentadora de buitres.

Tras de lo cual Diamante hizo papilla a los negros que rodeaban a su rey muerto, y abrió un camino recto a su caballo por entre sus cuerpos sin alma. Y de tal suerte llegó vencedor a la puerta del palacio en que había reinado Tak-Tak. Y llamó en la puerta como un amo que llamara en su propia morada. Y la que salió a abrirle era una reina a quien había quitado su trono y su herencia aquel Tak-Tak de mal agüero. Y era una joven semejante a la gacela asustada, y cuya faz era tan picante, que derramaba sal sobre la herida del corazón de los amantes. Y si no había ido más allá para salir al encuentro de Diamante, en verdad que era porque la pesadez de las caderas que colgaban de su talle frágil se lo habían impedido, y porque su trasero, adornado de diversos hoyuelos, era tan notable y bendito, que no podía ella moverlo a su antojo, pues le temblaba su propio impulso, como la leche cuajada en la escudilla del beduíno y como la salsa de membrillo en medio de la bandeja perfumada con benjuí.

Y recibió a Diamante con efusiones propias de una cautiva para con su libertador. Y quiso hacerle sentar en el trono del rey difunto; pero Diamante se negó, y cogiéndole la mano, la invitó a subir por sí misma al trono que Tak-Tak arrebató a su padre. Y no le pidió nada a cambio de tantos beneficios. Entonces subyugada por su generosidad, ella le dijo: "¡Oh hermoso! ¿a qué religión perteneces para hacer así el bien sin esperanza de recompensa?" Y Diamante contestó: "¡Oh princesa! ¡mi fe es la fe del Islam, y su creencia es mi creencia!" Y ella le preguntó: "¿Y en qué consisten ¡oh mi señor! esa fe y esa creencia?" El contestó: "Consisten sencillamente en atestiguar la Unidad con la profesión de fe que nos ha sido revelada por nuestro Profeta (¡con El la plegaria y la paz!)" Y ella preguntó: "¿Y puedes hacerme la merced de revelarme a tu vez esa profesión de fe que torna tan perfectos a los hombres?" El dijo: "Consiste en estas únicas palabras: "No hay más Dios que Alah, y Mahomed es el enviado de Alah!" Y quienquiera que la pronuncie con convicción, en aquella hora y en aquel instante queda ennoblecido con el Islam. ¡Y aunque sea el último de los descreídos, al punto se torna en igual del más noble de los musulmanes!" Y cuando hubo oído estas palabras, la princesa Aziza sintió que su corazón se conmovía con la verdadera fe; y levantó la mano espontáneamente, y llevando el índice a la altura de sus ojos, pronunció la schehada, y al punto se ennobleció con el Islam...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 912ª noche

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Ella dijo:

... levantó la mano espontáneamente, y llevando el índice a la altura de sus ojos, pronunció la schehada, y al punto se ennobleció con el Islam. Tras de lo cual dijo a Diamante: "¡Oh mi señor! ahora que me has hecho reina y que me veo iluminada en la vida de la rectitud, heme aquí entre tus manos dispuesta a servirte con mis ojos y a ser una esclava entre las esclavas de tu harén. ¿Quieres, pues, haciéndome favor con ello, aceptar por esposa a la reina de este país y vivir con ella en donde te plazca, llevándola de séquito en la aureola de tu belleza?" Y Diamante contestó: "¡Oh mi señora! tan querida eres para mí como mi propia vida; pero en este momento me requiere un asunto muy importante, por el cual abandoné padre, morada, reino y país. Y hasta puede que mi padre, el rey Schams-Schah, a la hora de ahora me llore como muerto o peor todavía. Y no obstante, es preciso que yo vaya adonde me espera mi destino, a la ciudad de Wakak. Y a mi vuelta, ¡inschalah! me casaré contigo, y te llevaré a mi país, y me refocilaré con tu belleza. Pero, por el momento, deseo saber de ti, si lo sabes, dónde se halla Al-Simurg, tío de la princesa Latifa. Porque sólo ese Al-Simurg podrá guiarme a la ciudad de Wakak. Pero ignoro su morada, no sé siquiera quién es, ni si es un genio o un ser humano. Así, pues, si tienes algunas referencias del tío de Gamila, el precioso Al-Simurg, date prisa a participármelas, a fin de que vaya yo en busca suya. Y eso es cuanto te pido por el momento, ya que deseas serme agradable".

Cuando la reina Aziza enteróse del proyecto de Diamante, se apenó en el corazón y se afligió en extremo. Pero al ver que ni sus lágrimas ni sus suspiros podían disuadir de su resolución al joven príncipe, se levantó de su trono, y cogiéndole de la mano, le condujo en silencio por las galerías del palacio y salió con él al jardín.

Y era un jardín semejante a aquel de quien Rizwán es el guardián alado. Un seto de rosas formaban las avenidas, y el céfiro, que pasaba por encima de aquellas rosas y parecía aventar almizcle, perfumaba el olfato y embalsamaba el cerebro. Allí entreabríase el tulipán embriagado con su propia sangre, y el ciprés se agitaba con todos sus susurros para alabar a su manera el canto cadencioso del ruiseñor. Allí corrían los arroyos como niños risueños, al pie de las rosas, que hacían rimar con ellos sus capullos. Y arrastrando tras ella sus pesados esplendores, a despecho de su talle frágil, que sucumbía bajo tan considerable carga, la princesa Aziza llegó de tal modo con Diamante al pie de un árbol corpulento cuya generosa sombra protegía en aquel momento el sueño de un gigante. Y aproximó sus labios al oído de Diamante, y le dijo en voz baja: "Ese que ves aquí acostado es precisamente el que buscas, el tío de Gamila, Al-Simurg el Volador. Si, cuando salga él de su sueño, quiere tu suerte que abra el ojo derecho antes que el ojo izquierdo, es que le satisface verte, y comprendiendo por tus armas que te envía la hija de su hermano, hará por ti lo que le pidas. Pero si, por tu mala suerte y tu irremediable destino, es su ojo izquierdo el que primero se abra a la luz, estás perdido sin remedio; porque se apoderará de ti, a pesar de tu valentía, y alzándote del suelo con la fuerza de su brazo, te tendrá suspendido como el pajarillo en las garras del halcón, ¡y te estrellará contra el suelo, pulverizando tus huesos encantadores, ¡oh querido mío! y haciendo entrar en su anchura la longitud de tu cuerpo deseable!" Luego añadió: "¡Y ahora, que Alah te guarde y te conserve y te acelere tu regreso al lado de una enamorada a quien ya asaltan los sollozos por tu ausencia!"

Y le dejó para alejarse a toda prisa con los ojos llenos de lágrimas y las mejillas semejantes a flores de granado.

Y Diamante esperó, durante una hora de tiempo, a que el gigante Al-Simurg el Volador saliese de su ensueño. Y pensaba para su ánima: "¿Por qué se llamará el Volador este gigante? ¿Y cómo, siendo tan gigantesco, puede elevarse sin alas por el aire y moverse de otra manera que un elefante?" Luego, perdiendo la paciencia al ver que Al-Simurg continuaba roncando debajo del árbol con un ruido semejante precisamente al que produciría un rebaño de elefantes pequeños, se inclinó y le hizo cosquillas en la planta de los pies. Y con aquel contacto, el gigante se convulsionó de pronto y batió el aire con sus piernas, lanzando un cuesco espantoso. Y en el mismo momento abrió ambos ojos a la vez...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 913ª noche

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Ella dijo:

... se convulsionó de pronto y batió el aire con sus piernas, lanzando un cuesco. Y en el mismo momento abrió ambos ojos a la vez. Y vió al joven príncipe y comprendió que era el autor de la trastada hecha en su pie cosquilleado. Así es que, alzando la pierna, le soltó en pleno rostro una pedorrera que duró una hora de tiempo y que envenenaría a todos los seres animados en cuatro parasangas a la redonda. Y sólo gracias a la virtud que tenían las armas de que era portador, pudo Diamante escapar de aquel soplo infernal.

Y cuando el gigante Al-Simurg hubo agotado su provisión, se sentó sobre su trasero, y mirando al joven con estupefacción, le dijo: "¡Cómo! ¿Es que no te has muerto del efecto que produce mi trasero, ¡oh ser humano!?" Y así diciendo, le miró atentamente, y vió las armas de que era portador el joven. Entonces se irguió sobre ambos pies y se inclinó ante Diamante, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡dispensa mi comportamiento! Pero si hubieras hecho que algún esclavo me avisara de tu llegada, habría yo cubierto con mis propios pelos el suelo que tenías que pisar. Espero, pues, que no me guardarás rencor en tu corazón por lo que de mi parte ha sido involuntario y sin intención maligna. Así, pues, hazme el favor de decirme qué asunto tan importante es el que te ha impulsado a venir hasta este lugar, adonde no pueden llegar ni seres humanos ni animales. Apresúrate ya a explicármelo, a fin de que yo obre en favor tuyo, si es posible, y lleve a buen término tu empresa".

Y tras de manifestar a Al-Simurg su simpatía, Diamante le contó toda su historia, sin omitir un detalle. Luego le dijo: "Y he venido hasta ti ¡oh Padre de los Voladores! sólo para tener tu ayuda Y llegar hasta la ciudad de Wakak, surcando los océanos infranqueables".

Cuando Al-Simurg hubo oído el relato de Diamante, se llevó la mano al corazón, a los labios y a la frente, y contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos". Luego añadió: "Vamos a partir sin tardanza para la ciudad de Wakak; pero antes he de preparar mis provisiones de boca. Para lo cual, voy a cazar asnos salvajes de los que pueblan la selva, y me apoderaré de algunos para hacer kababs con su carne y odres con su pellejo. Y cuando ambos estemos provistos de cosas tan necesarias, tú te montarás a caballo en mis hombros, y echaré a volar contigo. Y así te pasaré por los siete océanos. Y cuando yo esté debilitado por la fatiga, me darás kababs y agua, hasta que lleguemos á la ciudad de Wakak".

Y de acuerdo con su discurso, al punto púsose a cazar, y cogió siete asnos salvajes, uno para la travesía de cada océano, e hizo los kababs y los odres consabidos. Luego volvió al lado de Diamante y le hizo montar en sus hombros tras de llenar con los kababs de los asnos salvajes unas alforjas que se había pasado al cuello, tras de cargarse los siete odres llenos de agua de manantial.

Cuando Diamante se vió montado de tal modo a hombros del gigante Al-Simurg, dijo para sí: "¡Este gigante, que es mayor que un elefante, pretende volar conmigo sin alas por los aires! ¡Por Alah, que es cosa prodigiosa y de la que no oí hablar nunca!" Y mientras reflexionaba de este modo, oyó de pronto un ruido como el que produce el viento al pasar por el intersticio de una puerta, y vió que el vientre del gigante se inflaba a ojos vistas y alcanzaba en seguida las dimensiones de una cúpula. Y aquel ruido de viento a la sazón se hizo semejante al de un fuelle de herrero, a medida que se inflaba el vientre del gigante. Y de pronto Al-Simurg golpeó el suelo con el pie, y en un instante se remontó con su carga por encima del jardín. Luego continuó subiendo por el cielo, haciendo maniobrar sus piernas como un sapo en el agua. Y llegado que fué a una altura conveniente, tomó en línea recta hacia Occidente. Y cuando, a pesar suyo, sentía que no iba bien y estaba a más altura de la que deseaba, soltaba uno o dos o tres o cuatro cuescos de fuerza y duración variadas. Y cuando, por el contrario, a consecuencia de esta pérdida, se le desinflaba el vientre, aspiraba aire con todas sus aberturas superiores, o sea boca, nariz y oídos. Y al punto se remontaba por el cielo cerúleo, y seguía en línea recta con la rapidez del ave.

Y viajaron de tal suerte como pájaros, cerniéndose por encima de las aguas, y franqueando uno tras otro los océanos. Y cada vez que surcaban uno de los siete mares, bajaban a descansar un momento en tierra firme para comer kababs de asno salvaje y beber agua de los odres. Al propio tiempo, el gigante renovaba su provisión de fuerzas volátiles, acostándose unas horas para reponerse de las fatigas del viaje...


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Y cuando llegó la 914ª noche

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Ella dijo:

"... Al propio tiempo, el gigante renovaba su provisión de fuerzas volátiles, acostándose unas horas para reponerse de las fatigas del viaje. Y al cabo de siete días de travesía aérea, llegaron una mañana encima de una ciudad toda blanca que dormía en medio de sus jardines. Y el Volador dijo a Diamante: "En lo sucesivo serás un hijo para mí, y no me arrepiento de las fatigas que he soportado para traerte hasta aquí. Ahora voy a dejarte en la terraza más alta de esta ciudad, que es precisamente la ciudad de Wakak, y en la que sin duda hallarás la solución del problema que buscas y dice así: "¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?" Sí, ésta es la ciudad del negro sombrío que se encuentra debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra. Y aquí es donde podrás saber por qué ese negro es el padre de todo este asunto tan complicado". Y tras de hablar así descendió, desinflándose poco a poco, y depositó dulcemente y sin sacudidas al príncipe Diamante en la terraza consabida. Y al despedirse de él, le entregó un mechón de pelos de su barba diciéndole: "Guarda cuidadosamente estos pelos de mi barba y no te separes de ellos nunca. Y cuando estés apurado y tengas necesidad de mí para que te saque del apuro o para que te lleve al sitio donde te encontré, no tendrás más que quemar uno de estos pelos, y me verás sin tardanza ante ti". Y acto seguido volvió a inflarse y se remontó por los aires, bogando con soltura y rapidez en pos de su morada.

Y Diamante, sentado en aquella terraza, se puso a reflexionar en lo que tenía que hacer. Y se preguntaba cómo se arreglaría para bajar de aquella terraza sin ser notado por las gentes que habitaban la casa, cuando vió salir de la escalera y avanzar hacia él un joven de una belleza sin par y que era precisamente el dueño de aquella morada. Y el joven le abordó con la zalema, sonriéndole, y le deseó la bienvenida, diciendo: "¡Qué mañana tan luminosa la que trae para mí tu llegada a mi terraza, ¡oh el más hermoso de los humanos! ¿Eres un ángel, un genni o un ser humano?" Y Diamante contestó: "¡Oh caro jovenzuelo! soy un ser humano encantado de inaugurar este día con tu contemplación deliciosa. Y me hallo aquí porque me ha conducido mi destino. Y esto es cuanto puedo decirte acerca de mi presencia en tu morada bendita". Y tras de hablar así estrechó al jovenzuelo contra su pecho. Y se juraron ambos amistad. Y bajaron juntos a la sala de los amigos, y comieron y bebieron en compañía. ¡Loores al que une a dos seres hermosos y allana en su camino las dificultades y simplifica las complicaciones!

Cuando estuvo consolidada la amistad entre Diamante y el jovenzuelo, que se llamaba Farah, y era precisamente el favorito del sultán de la ciudad de Wakak, Diamante le dijo: "¡Oh amigo mío Farah!, ya que eres tan querido del sultán y compañero íntimo suyo, en vista de lo cual no podrá permanecer oculto para ti ningún asunto de este reino, ¿puedes hacerme, en nombre de la amistad, un servicio que no te ocasionará ningún gasto?" Y contestó el joven Farah: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh amigo mío Diamante! Habla, y si es preciso que venda mi piel para hacerte sandalias con ella, me someteré con alegría y contento". Y entonces le dijo Diamante: "¿Puedes decirme sencillamente qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés? ¿Y puedes explicarme también por qué el negro sombrío está echado debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra, hija del rey Tammuz ben Qamús, señor de las comarcas de Sinn y de Masinn?"

Al oír esta pregunta de Diamante, al joven Farah se le demudó mucho el semblante y se le puso muy amarilla la tez y turbada la mirada. Y empezó a temblar como si estuviese delante del ángel Asrail. Y al verle en aquel estado, Diamante le prodigó las más dulces palabras para calmar su alma y lavarla del susto. Y el joven Farah acabó por decirle: "¡Oh Diamante! sabe que el rey ha ordenado se haga morir a todo habitante o a todo viajero que pronuncie el nombre de Ciprés o de Piña. Porque Ciprés es precisamente el nombre de nuestro rey y Piña es el de nuestra reina. Y he aquí todo lo que se acerca de tan temible cuestión.

En cuanto a la clase de relaciones que haya entre el rey Ciprés y la reina Piña, las ignoro, de la propia manera que mi lengua no puede decir nada respecto a lo que tenga que ver en tan peligroso asunto el negro consabido. Todo lo que puedo decirte para darte gusto ¡oh Diamante!, es que nadie más que el propio rey Ciprés conoce este secreto oculto. Y me ofrezco a conducirte a palacio y a ponerte en presencia del rey. Y no dejarás de entrar en su gracia, y acaso puedas desanudar directamente entonces tan difícil nudo".

Y Diamante dió las gracias a su amigo por aquella intervención, y convino con él respecto al día en que harían aquella visita al rey Ciprés. Y cuando llegó el momento esperado, fueron juntos a palacio; e iban cogidos de la mano, y parecían dos ángeles. Y el rey Ciprés se dilató y se holgó al ver entrar a Diamante. Y después de admirarle una hora de tiempo, le ordenó que se acercara. Y Diamante avanzó entre las manos del rey, y tras de los homenajes y deseos, le ofreció como presente una perla roja que llevaba colgada de un rosario de ámbar amarillo, tan preciosa, que no se hubiera podido pagar su valor con todo el reino de Wakak, y los reyes más poderosos no hubieran podido procurarse otra igual. Y Ciprés quedó muy contento, y aceptó el regalo, diciendo: "Lo admito de corazón". Luego añadió: "¡Oh jovenzuelo circundado de gracia! en justa correspondencia, puedes pedirme cualquier favor, que de antemano te está concedido". Y no bien oyó estas palabras que esperaba, contestó Diamante: "¡Oh rey del tiempo! ¡Alah me libre de pedir otro favor que el de ser tu esclavo! ¡Sin embargo, si quieres permitírmelo y consientes en dejar a salvo mi vida, te diré lo que llevo en el corazón!" Y añadió...


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Y cuando llegó la 915ª noche

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Ella dijo:

"... te diré lo que llevo en el corazón!" Y añadió: "¡Oh mi señor! bien dichosos son los sordos y los ciegos por no estar expuestos a las calamidades, las cuales nos entran por los ojos y por los oídos. ¡Porque en mi caso fueron mis oídos los que atrajeron sobre mí la mala suerte! Porque ¡oh asilo del mundo! desde el día nefasto en que oí mencionar delante de mí lo que voy a contarte, ya no he tenido reposo ni sueño" Y le contó toda su historia con los menores detalles. Y no hay utilidad en repetirla. Luego añadió: "Y ahora que el Destino me ha gratificado con la vista de tu presencia luminosa, ¡oh rey del tiempo! y que quieres concederme, como favor insigne, la merced que me permites solicitarte, te pediré sencillamente que me digas exactamente qué clase de relaciones hay entre nuestro señor rey Ciprés y nuestra señora la reina Piña, y que me digas también qué tiene que ver en el asunto el negro sombrío que a la hora de ahora está tendido debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra, hija del rey Tammuz ben Qamús, soberano de las comarcas de Sinn y de Massin".

Así habló Diamante al rey Ciprés, señor de la ciudad de Wakak. Y a medida que hablaba Diamante, el rey Ciprés cambiaba sensiblemente de color y de intenciones. Y cuando Diamante acabó su discurso Ciprés se había puesto como una llama; y en sus ojos ardía un incendio. Y en su pecho le roncaba el hervidero interior, de todo punto semejante al furor de la caldera en el brasero. Y permaneció un momento sin poder emitir sonidos. Y de improviso estalló, diciendo: "Mal hayas, ¡oh extranjero! ¡Por vida de mi cabeza, que si no fueras sagrado para mí después del juramento que hice de dejar a salvo tu vida, en este mismo instante te separaría del cuerpo la cabeza!" Y Diamante dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡perdona a tu esclavo su indiscreción! Pero la he cometido porque me lo permitiste. Y ahora, por mucho que digas, no puedes menos de ceder a mi demanda, después de tu promesa. Porque me has ordenado que formule un deseo entre tus manos, y lo único que me interesa es precisamente la cosa que sabes".

Y el rey Ciprés, al oír este discurso de Diamante, llegó al límite de la perplejidad y de la desesperación. Y tan pronto se inclinaba su alma a desear la muerte de Diamante como a mantener sus propios compromisos. Pero el primer deseo era mucho más violento. Sin embargo, consiguió dominarse temporalmente, y dijo a Diamante: "¡Oh hijo del rey Schams-Schah! ¿por qué quieres obligarme a echar inútilmente por el aire tu vida? ¿No te valdrá más que renuncies a la idea peligrosa que te preocupa, y que me pidas otra cosa en cambio, aunque sea la mitad de mi reino?" Pero Diamante insistió, diciendo: "Mi alma no anhela nada más, ¡oh rey Ciprés!" Entonces le dijo el rey: "No hay inconveniente en complacerte. ¡No obstante, ten presente que, cuando te haya revelado lo que quieres saber, haré que sin remisión te corten la cabeza!" Y Diamante dijo: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh rey del tiempo! ¡Cuando me haya enterado de la solución que anhelo, o sea de la clase de relaciones que hay entre nuestro señor el rey Ciprés y nuestra señora la reina Piña, y qué tiene que ver el negro con la princesa Mohra, haré mis abluciones y moriré con la cabeza cortada!"

Entonces el rey Ciprés se mostró muy pesaroso, no solamente porque se veía obligado a revelar un secreto que estimaba más que su alma, sino a causa de la muerte segura de Diamante. Permaneció, pues, con la cabeza baja y la nariz alargada durante una hora de tiempo. Tras de lo cual hizo evacuar la sala del trono por los guardias, a los cuales dió, por señas, algunas órdenes. Y salieron los guardias, y volvieron al cabo de un momento, llevando atado con una correa de cuero rojo enriquecida de pedrerías a un hermoso perro lebrel de la especie de los lebreles de color castaño claro. Y luego extendieron ceremoniosamente un gran tapiz de brocado de forma cuadrada. Y el lebrel fué a sentarse en una esquina del tapiz, tras de lo cual entraron en la sala algunas esclavas, en medio de las cuales iba una maravillosa joven de cuerpo delicado, con las manos atadas a la espalda, bajo la mirada vigilante de doce etíopes sanguinarios. Y las esclavas hicieron sentarse a aquella joven en la esquina opuesta del tapiz, y pusieron delante de ella una bandeja con la cabeza de un negro. Y aquella cabeza estaba conservada en sal y hierbas aromáticas y parecía recién cortada. Después el rey hizo una nueva seña. Y al punto entró el cocinero mayor de palacio, seguido de portadores de toda clase de manjares agradables a la vista y al gusto; y colocó todos aquellos manjares en un mantel delante del perro lebrel. Y cuando el animal comió y se sació, colocaron las sobras en un plato sucio, de mala calidad, delante de la hermosa joven que tenía atadas las manos. Y ella se puso primero a llorar y luego a sonreír, y las lágrimas que caían de sus ojos se convertían en perlas, y las sonrisas de sus labios en rosas. Y los etíopes recogieron delicadamente las perlas y las rosas y se las dieron al rey.

Tras de lo cual el rey Ciprés dijo a Diamante: "¡Ha llegado el momento de tu muerte con el alfanje o con la cuerda!" Pero Diamante dijo: "Sí, ciertamente, ¡oh rey! pero no antes de que me expliques lo que acabo de ver. ¡Cuando lo hagas, moriré!"

Entonces el rey Ciprés recogió la orla de su traje real sobre su pie izquierdo, y apoyando la barba en la palma de su mano derecha, habló así:

"Has de saber, pues, ¡oh hijo del rey Schams-Schah! que la joven que estás viendo con las manos atadas a la espalda, y cuyas lágrimas y sonrisa son perlas y rosas, se llama Piña. Es mi esposa. Y yo, el rey Ciprés, soy señor de este país y de esta ciudad, que es la ciudad de Wakak...


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Y cuando llegó la 916ª noche

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Ella dijo:

"... Has de saber, pues, ¡oh hijo del rey Schams-Schah! que la joven que estás viendo con las manos atadas a la espalda, y cuyas lágrimas y sonrisas son perlas y rosas, se llama Piña. Es mi esposa. Y yo, el rey Ciprés, soy señor de este país y de esta ciudad, que es la ciudad de Wakak.

"Un día entre los días de Alah, salí de mi ciudad para cazar, cuando he aquí que en la llanura me asaltó una sed ardiente. Y como una persona perdida en el desierto, iba yo de un lado a otro en busca de agua. Y tras de muchas penalidades y mucha ansiedad, acabé por descubrir una tenebrosa cisterna abierta por los pueblos antiguos. Y di gracias al Altísimo por aquel descubrimiento, aunque ya no tenía fuerzas ni para moverme. Sin embargo, cuando invoqué el nombre de Alah, conseguí tocar los bordes de aquella cisterna, a la que era difícil acercarse a causa de los desprendimientos de tierra y de las ruinas que la circundaban. Luego, sirviéndome de mi gorro como un cubo, y de mi turbante añadido a mi cinturón como de una cuerda, solté todo en la cisterna. Y ya se me refrescaba el corazón sólo con oír el ruido del agua contra mi gorro. Pero ¡ay! cuando quise tirar de la cuerda improvisada, no puede sacar nada. Porque mi gorro se había vuelto tan pesado como si contuviese todas las calamidades. Y me costó un trabajo infinito tratar de moverlo, sin conseguirlo. Y en el límite de la desesperación, y sin poder soportar la sed que me abrasaba, exclamé: "¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah! ¡Oh seres que habéis establecido vuestra residencia en esta cisterna! seáis genn o seres humanos, tened compasión de un pobre de Alah a quien hace agonizar la sed, y dejadme que saque el cubo. ¡Oh habitantes ilustres de este pozo! me falta e! aliento y se me detiene en la boca la respiración".

"Y me puse a proclamar de tal suerte mi tormento y a gemir mucho, hasta que al fin llegó desde el pozo a mi oído una voz que dejó oír estas palabras: "Más vale la vida que la muerte. ¡Oh servidor de Alah! si nos sacas de este pozo, te recompensaremos. ¡Más vale la vida que la muerte!"

"Entonces, olvidando por un instante mi sed, hice acopio de las energías que me quedaban, y sacando fuerzas de flaqueza, por fin logré extraer del pozo mi cubo con su carga. Y vi, agarradas con los dedos a mi gorro, dos viejísimas mujeres ciegas, con la espalda curvada como un arco, y tan delgadas, que habrían pasado por el ojo de una aguja de ensalmar. Se les hundían los párpados en la cabeza, tenían sin dientes las mandíbulas, su cabeza oscilaba lamentablemente, temblaban sus piernas, y tenían los cabellos tan blancos como algodón cardado. Y cuando, poseído de piedad y olvidando finalmente mi sed, les pregunté la causa de que habitaran en aquella antigua cisterna, ellas me dijeron: "¡Oh joven caritativo! en otro tiempo incurrimos en la cólera de nuestro señor, el rey de los genn de la Primera División, que nos privó de la vista e hizo que nos arrojaran en este pozo. Y henos aquí dispuestas, por gratitud, a hacer que obtengas cuanto puedas desear. Vamos a indicarte antes, empero, el modo de curarnos nuestra ceguera. Y una vez curadas, quedaremos obligadas por tus beneficios". Y prosiguieron en estos términos: "A poca distancia de aquí, en tal paraje, hay un río a cuyas orillas suele ir a pastar una vaca de tal color. Ve a buscar boñiga fresca de esa vaca, úntanos los ojos con ella, y en el mismo instante recobraremos la vista. Pero en el momento en que aparezca esa vaca tienes que ocultarte de ella, porque si te ve, no estercolará".

"Entonces yo, teniendo presente este discurso, me dirigí al río consabido, que no había visto en mis correrías anteriores, y llegué al paraje indicado, acurrucándome allí detrás de unas cañas. Y no tardé en ver salir del río una vaca blanca como la plata. Y en cuanto estuvo al aire, estercoló abundantemente, poniéndose después a pacer hierba. Tras de lo cual volvió a entrar en el río y desapareció.

"En seguida me levanté de mi escondrijo y recogí la boñiga de la vaca blanca, y regresé a la cisterna. Y apliqué aquella boñiga en los ojos de las viejas, y al punto se tornaron clarividentes y miraron a todos lados.

"Entonces me besaron las manos, y me dijeron: "¡Oh señor nuestro! ¿quieres riqueza, salud o una partícula de belleza? Y contesté sin vacilar: "¡Oh tías mías! Alah el Generoso me ha otorgado riqueza y salud. ¡En cuanto a la belleza, jamás se tiene entre las manos lo bastante para satisfacer al corazón! ¡Dadme esa partícula de que habláis!" Y me dijeron: "¡Por encima de nuestra cabeza y de nuestros ojos! te daremos esa partícula de belleza. Es la propia hija de nuestro rey. Se asemeja a la risueña hoja del jardín, y ella misma es una rosa, cultivada o salvaje. Son lánguidos sus ojos como los de una persona ebria, y uno de sus besos calma mil penas de las más negras. En cuanto a su belleza general, domina al sol, abrasa a la luna y hace desfallecer a los corazones todos, y sus padres, que la quieren extremadamente, a cada instante la estrechan contra su pecho e inauguran todas sus jornadas admirando la hermosura de su hija. Tal como es, con todo lo que tiene oculto, te pertenecerá; y disfrutarás de ella; y viceversa...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 917ª noche

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Ella dijo:

"... sus padres, que la quieren extremadamente, a cada instante la estrechan contra su pecho e inauguran todas sus jornadas admirando la hermosura de su hija. Tal como es, con todo lo que tiene oculto, te pertenecerá; y disfrutarás de ella; y viceversa. Vamos, pues, a conducirte al lado suyo, y haréis ambos lo que tengáis que hacer. Pero ten cuidado de que no te vean sus padres, sobre todo cuando estéis enlazados; porque te arrojarían vivo al fuego. Sin embargo, el mal no sería irremediable, porque estaremos allí siempre para velar por ti y salvarte de la muerte. Y todo saldrá bien, porque iremos a buscarte en secreto, y te untaremos el cuerpo con aceite de la serpiente faraónica, de modo que, aunque estuvieras mil años en la hoguera o en la horca, no experimentaría tu cuerpo el menor daño, y el fuego resultaría para ti un baño tan fresco cual los manantiales del jardín de Irem".

"Y tras de prevenirme así de cuanto debía sucederme, y tranquilizándome de antemano por el resultado de la aventura, las dos viejas me transportaron, con una rapidez que me dejó atónito, al palacio consabido, que era el del rey de los genn de la Primera División. Y creí verme de repente en el paraíso sublime. Y en la sala retirada donde me introdujeron, vi a la que me había deparado mi destino, una joven iluminada por su propia belleza, y acostada en su lecho, apoyando la cabeza en una almohada encantadora. Y en verdad que el resplandor de sus mejillas avergonzaba al mismo sol; y mirándola demasiado tiempo, se os lavarían las manos de la razón y de la vida. Y en seguida la flecha penetrante del deseo por unirme a ella entró profundamente en mi corazón. Y permanecí en su presencia, con la boca abierta, en tanto que el niño que me tocó en herencia se conmovía considerablemente y pretendía nada menos que salir a tomar el aire.

"Al ver aquello, la joven lunar frunció las cejas, como si la moviese un sentimiento de pudor, a la vez que su mirada llena de malicia daba su consentimiento. Y me dijo con un tono que quería hacer iracundo: "¡Oh ser humano! ¿de dónde has venido y hasta dónde llega tu audacia? ¿Es que no temes lavarte de tu propia vida las manos?" Y comprendiendo los verdaderos sentimientos que la animaban con respecto a mí contesté: "¡Oh mi deliciosa señora! ¿qué vida es preferible en este instante en que mi alma goza contemplándote? ¡Por Alah! estás escrita en mi destino, y he venido aquí precisamente por obedecer a mi destino. Te suplico, pues, por los diamantes de tus ojos, que no perdamos en palabras sin objeto un tiempo que se podría emplear de manera útil".

"Entonces la joven abandonó de pronto su postura displicente, y corrió a mí, cual movida de un deseo irresistible, y me tomó en sus brazos, y me estrechó contra ella con calor, y se puso muy pálida y cayó desvanecida en mis brazos. Y no tardó en moverse, jadeando y estremeciéndose, de modo y manera que, sin interrupción, entró el niño en su cuna, sin gritos ni sufrimientos, igual que el pez en el agua. Y mi espíritu conmovido, libre de inconvenientes de los celos, ya sólo se preocupó del goce puro y sin trabas. Y nos pasamos todo el día y toda la noche sin hablar, ni comer, ni beber, haciendo contorsiones de piernas y de riñones y todo lo consiguiente respecto a movimientos de avance y retroceso. Y el cordero corneador no perdonó a aquella oveja batalladora, y sus sacudidas eran las de un verdadero padre de cuello gordo, y la confitura que le sirvió era una confitura de nervio gordo, y el padre de la blancura no fué inferior a la herramienta prodigiosa, y la carne dulce fué la ración del asaltante tuerto, y el mulo terco fué domado por el báculo del derviche, y el estornino mudo se acordó con el ruiseñor modulador, y el conejo sin orejas marchó a compás con el gallo sin voz, y el músculo caprichoso hizo moverse a la lengua silenciosa, y en una palabra, se arrebató lo que había que arrebatar, y se redujo lo que había que reducir; y no cesamos en nuestra tarea hasta la aparición de la mañana, en que nos interrumpimos para recitar la plegaria e ir al baño.

"Y de tal modo nos pasamos un mes, sin que nadie sospechara mi presencia en el palacio ni la vida extraordinaria que llevábamos, toda llena de copulaciones sin palabras y de otras cosas semejantes. Y habría sido completa mi alegría, a no ser por la aprensión que no cesaba de sentir mi amiga, temerosa de ver nuestro secreto descubierto por su padre y su madre, aprensión tan viva, en verdad, que partía el corazón.

"Y he aquí que no dejó de llegar el tan temido día. Porque una mañana el padre de la joven, al despertarse, fué al aposento de su hija, y observó que su belleza lunar y su lozanía había disminuido y que una especie de fatiga profunda alteraba sus facciones y las velaba de palidez. Y al instante llamó a la madre y le dijo: "¿Por qué ha cambiado el color del rostro de nuestra hija? ¿No ves que el viento funesto de otoño ha marchitado las rosas de sus mejillas?" Y la madre miró durante largo rato en silencio y con aire suspicaz a su hija, que dormía apaciblemente, y sin pronunciar palabra se acercó a ella, le levantó con un movimiento brusco la camisa, y con los dedos de la mano izquierda separó las dos mitades encantadoras de cierta parte inferior de su hija. Y con sus ojos vió lo que vió, o sea la prueba fehaciente de la virginidad volatilizada de aquel conejo color de jazmín...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 918ª noche

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Ella dijo:

"... Y con sus ojos vió lo que vió, o sea la prueba fehaciente de la virginidad volatilizada de aquel conejo color de jazmín. Y al comprobar aquello, casi se desmayó de emoción, y exclamó: "¡Oh su pudor y su honor saqueados! ¡Qué hija tan desvergonzada y tan tranquila! ¡Qué manchas tan indelebles sobre el vestido de su castidad!" Luego la sacudió furiosamente y la despertó, gritándole: "¡Si no dices la verdad, ¡oh perra! te haré probar la muerte roja!"

"Y la joven, despertando sobresaltada con aquello, y al ver a su madre, con la nariz llena de cólera negra contra ella, sospechó lo que ocurría y comprendió vagamente que había llegado el momento grave. Así es que no trató de negar lo que era innegable, ni de confesar lo que era inconfesable, sino que tomó el partido de bajar la cabeza y los párpados y de guardar silencio. Y de cuando en cuando, abrumada por la ola de palabras tempestuosas lanzadas por su madre, se contentaba con alzar los párpados un instante para bajarlos en seguida sobre sus ojos asombrados. En cuanto a responder de una manera o de otra, se guardó mucho de hacerlo. Y cuando, a vuelta de preguntas, amenazas y ruidos tormentosos, sintió la madre que se le atropellaba la voz y su garganta se negaba a emitir sonidos, dejó allí a su hija y salió alborotada a dar orden de que hicieran pesquisas por todo el palacio para encontrar al perpetrador del estrago. Y no tardaron en encontrarme, pues se hicieron las pesquisas; siguiéndome la pista por mi olor de ser humano, perceptible para el olfato de ellos.

"Y por consiguiente se apoderaron de mí y me hicieron salir del harén y del palacio; y acumulando una enorme cantidad de leña, me desnudaron y se dispusieron a arrojarme a la pira. Y en aquel preciso momento las dos viejas de la cisterna se acercaron a mí, y dijeron a los guardias: "Vamos a verter sobre el cuerpo de este ser humano malhechor esta zafra de aceite de quemar, a fin de que el fuego lama mejor sus miembros y nos libre más pronto de su presencia de mal agüero". Y los guardias no pusieron ningún inconveniente, sino al contrario. Entonces las dos viejas me vertieron sobre el cuerpo una zafra llena de aceite salomónico, cuyas virtudes me habían explicado, y me frotaron con él todos los miembros, sin omitir una partícula de mi persona. Tras de lo cual los guardias me colocaron en medio de la inmensa hoguera, a la que prendieron fuego. Y a los pocos instantes me rodearon las llamas furiosas. Pero las lenguas rojas que me lamían eran para mí más dulces y más frescas que la caricia del agua en los jardines del Irem. Y permanecía desde por la mañana hasta por la noche en medio de aquella hornaza, tan intacto como el día que salí del vientre de mi madre.

"Y he aquí que los genn de la Primera División, que atizaban el fuego donde me creían en estado de osamenta, preguntaron a su señor qué tenían que hacer con mis cenizas. Y el rey les ordenó que recogieran las cenizas y las arrojaran de nuevo al fuego. Y la reina añadió: "¡Pero antes os mearéis todos encima!". Y cumpliendo esta orden, los servidores genn apagaron el fuego para recoger mis cenizas y mearse encima. Y me encontraron sonriente e intacto, en el estado que ya he dicho.

"Al ver aquello, el rey y la reina de los genn de la Primera División no dudaron de mi poder. Y reflexionaron con su espíritu, y opinaron que tenía el deber de respetar en lo sucesivo a un personaje tan eminente. Y les pareció conveniente casar a su hija conmigo. Y fueron a darme la mano, y se excusaron por su conducta para conmigo, y me trataron con mucho honor y cordialidad. Y cuando les revelé que era hijo del rey de Wakak, se regocijaron hasta el límite del regocijo, bendiciendo la suerte que unía a su hija con el más noble de los hijos de Adán. Y celebraron con pompa y ostentación mi matrimonio con aquella hermosa de cuerpo de rosa.

"Y cuando, al cabo de algunos días, experimenté el deseo de volver a mi reino, pedí permiso para hacerlo a mi tío, padre de mi esposa. Y aunque para ellos era doloroso separarse de su hija, no quisieron oponerse a mi deseo. Y mandaron prepararnos un carro de oro, al que uncieron seis pares de genn aéreos, y me dieron, en calidad de regalos, un número considerable de joyas y gemas espléndidas. Y después de los adioses y los votos, en un abrir y cerrar de ojos fuimos transportados a la ciudad de Wakak, mi ciudad.

"Has de saber ahora ¡oh joven! que esta adolescente que ves delante de ti, con las manos atadas a la espalda, es la hija de mi tío, el rey de los genn de la Primera División. Ella precisamente es mi esposa, y se llama Piña. Y de ella se ha tratado hasta el presente, y a ella también he de referirme en lo que ahora voy a contarte.

"En efecto, una noche, algún tiempo después de mi regreso, estaba yo dormido al lado de mi esposa Piña. Y a causa del calor, que era grande, me desperté, contra mi costumbre, y observé que, a pesar de la temperatura de aquella noche sofocante, los pies y las manos de Piña estaban más fríos que la nieve. Y me extrañó aquel frío singular, y creyendo en alguna dolencia profunda de mi esposa, la desperté dulcemente y le dije: "¡Encantadora mía, tu cuerpo está helado! ¿Sufres o no sientes nada?". Y ella me contestó con acento indiferente: "No es nada. Hace un rato satisfice una necesidad, y a causa de la ablución que hice luego se me han puesto fríos los pies y las manos". Y yo creí que su discurso era verídico, y me volví a acostar sin decir palabra.

"Pero, algunos días después, ocurrió otra vez lo mismo, y mi esposa, interrogada por mí, me dió la misma contestación. Aquella vez, sin embargo, no me quedé satisfecho, y en mi espíritu penetraron confusamente vagas sospechas. Y estuve inquieto desde entonces. No obstante, guardé aquellas sospechas en el cofrecillo de mi corazón, y puse la cerradura del silencio a la puerta de mi lengua...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 919ª noche

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Ella dijo:

"... No obstante, guardé aquellas sospechas en el cofrecillo de mi corazón, y puse la cerradura del silencio a la puerta de mi lengua. Y por intentar una distracción de mi inquietud, fui a mis cuadras a mirar mis hermosos caballos. Y vi que los caballos que tenía reservados para mi uso personal a causa de su velocidad, que superaba a la del viento, estaban tan delgados y extenuados que los huesos se les clavaban en la piel, y tenían desollado el lomo por varios sitios. Y sin enterarme de nada más, hice ir a mi presencia a los palafreneros, y les dije: "¡Oh hijos de perro! ¿qué es esto? ¿Y a qué obedece esto?". Y se prosternaron con la faz contra el suelo ante mi ira, y uno de ellos levantó un poco la cabeza, temblando, y me dijo: "¡Oh señor nuestro! si me haces gracia de la vida, te diré una cosa en secreto". Y le tiré el pañuelo de la seguridad, diciéndole: "¡Dime la verdad, y no me ocultes nada, porque, si no, te espera el palo!". Entonces dijo él: "Sabe ¡oh señor nuestro! que todas las noches sin falta nuestra señora la reina, vestida con sus trajes reales, adornada con sus atavíos y sus joyas, semejantes a Balkis con sus preseas, viene a la cuadra, escoge uno de los caballos particulares de nuestro amo, lo monta, y va a pasearse. Y cuando regresa, al terminar la noche, el caballo no vale para nada, y cae al suelo, extenuado. ¡Y ya hace mucho tiempo que dura este estado de cosas, del que no nos hemos atrevido nunca a avisar a nuestro señor el sultán!"

"Al enterarme de aquellos detalles tan extraños, se me turbó el corazón, y mi inquietud se hizo tumultuosa, y en mi espíritu arraigaron profundamente las sospechas. Y de tal suerte transcurrió para mi la jornada, sin que tuviese yo un momento de calma para ocuparme de los asuntos del reino. Y esperé la noche con una impaciencia que distendía mis piernas y mis brazos a pesar mío. Así es que cuando llegó la hora de la noche en que de ordinario iba yo en busca de mi esposa, entré en su aposento y la encontré desnuda ya y estirando los brazos. Y me dijo: "Estoy muy cansada y sólo tengo ganas de acostarme. Mira cómo se abate el sueño sobre mis ojos. ¡Ah, durmamos!" Y yo, por mi parte, supe disimular mi agitación interna, y fingiendo estar más extenuado todavía que ella, me eché a su lado, y aunque estaba muy despierto, me puse a respirar roncando, como los que duermen en la taberna.

"Entonces esta mujer de mala fortuna se levantó como un gato, y aproximó a mis labios una taza cuyo contenido hubo de verter en mi boca. Y tuve fuerza de voluntad para no traicionarme; pero, volviéndome un poco hacia la pared, como si continuase durmiendo, escupí sin ruido en la almohada el bang líquido que me había dado. Y sin dudar del efecto del bang, no tuvo ella cuidado para ir y venir por la habitación, y lavarse y arreglarse, ponerse kohl en los ojos, y nardo en los cabellos, y surma indio en los ojos, y missi también indio en los dientes, y perfumarse con esencia volátil de rosas y cubrirse de alhajas, y echar a andar como si estuviera borracha.

"Entonces, esperando a que hubiese salido ella, me levanté de mi lecho, y echándome sobre los hombros una abaya con capucha, la seguí a pasos recatados, con los pies descalzos. Y la vi dirigirse a las cuadras, y escoger un caballo tan hermoso y tan ligero como el de Schirin. Y montó en él, y se marchó. Y quise montar también a caballo para seguirla; pero pensé que el ruido de los cascos llegaría a oídos de aquella esposa desvergonzada, y quedaría advertida de lo que debía permanecer oculto para ella. Así es que, apretándome el cinturón a la manera de los sais y de los mensajeros, eché a correr sigilosamente detrás del caballo de mi esposa, agitando mis piernas con rapidez. Y si tropezaba, me levantaba; y si caía, me levantaba también, sin perder ánimos. Y de tal modo continué mi carrera, lastimándome los pies con los guijarros del camino.

"Y has de saber ¡oh joven! que, sin que yo hubiese pensado en darle orden de seguirme, este perro lebrel que está de pie delante de ti, con el cuello adornado por un collar de oro, había salido detrás de mí y corría fielmente, sin ladrar.

"Y al cabo de aquella carrera sin tregua, mi esposa llegó a una llanura desolada donde no había más que una sola casa, baja y constiuída con barro, que estaba habitada por negros. Y se apeó del caballo y entró en la casa de los negros. Y quise penetrar detrás de ella; pero se cerró la puerta antes de que yo hubiese llegado al umbral, y me contenté con mirar por un tragaluz para ver si me enteraba de la cosa.

"Y he aquí que los negros, que eran siete, semejantes a búfalos, acogieron a mi esposa con injurias espantosas, y se apoderaron de ella, y la tiraron al suelo, y la pisotearon, golpeándola tanto, que la creí ya con los huesos molidos y el alma expirante. Pero, lejos de mostrarse dolida por aquel trato feroz del que hasta hoy tienen señales sus hombros, su vientre y su espalda, ella se limitaba a decir a los negros: "¡Oh queridos míos! por el ardor de mi amor hacia vosotros, os juro que he venido un poco retrasada esta noche sólo porque mi esposo el rey, ese sarnoso, ese trasero infame, ha estado despierto hasta después de su hora habitual. De no ser así, ¿hubiera yo esperado tanto tiempo para venir y hacer disfrutar a mi alma con la bebida de nuestra unión?".

Y al ver aquello, no sabía yo dónde estaba ya, ni si era presa de un sueño horrible. Y pensé para mi ánima: "¡Ya Alah! ¡jamás he pegado a Piña, ni siquiera con una rosa! ¿Cómo se explica, pues, que soporte semejantes golpes sin morir?" Y mientras yo reflexionaba así, vi que los negros, apaciguados por las excusas de mi esposa, la desnudaron por completo, desgarrándole sus trajes reales, y le arrancaron las alhajas y sus adornos, precipitándose después todos sobre ella, como un solo hombre, para asaltarla por todos lados a la vez. Y a estas violencias respondía ella con suspiros de contento, ojos en blanco y jadeos.

"Entonces, sin poder soportar por más tiempo aquel espectáculo, me precipité por el tragaluz en medio de la sala, y cogiendo una maza entre las mazas que había allí me aproveché de la estupefacción de los negros, que creían que había bajado entre ellos algún genni, para arrojarme sobre ellos y matarlos a golpazos asestados en sus cabezas. Y de tal suerte desenlacé de mi esposa a cinco de ellos, y los precipité en el infierno derecho. Viendo lo cual, los otros dos negros que quedaban se desenlazaron de mi esposa por sí mismos y buscaron su salvación en la fuga. Pero conseguí atrapar a uno, y de un golpe le tendí a mis pies; y como solamente estaba aturdido cogí una cuerda y quise atarle las manos y los pies. Y cuando me inclinaba, mi esposa acudió de pronto por detrás, y me empujó con tanta fuerza, que di de bruces en el suelo. Entonces el negro aprovechó la ocasión para levantarse y echarse encima de mi pecho. Y ya levantaba su maza para terminar conmigo de una vez, cuando mi fiel perro, este lebrel de color castaño claro, le saltó a la garganta y le derribó, rodando por el suelo con él. Y al punto aproveché aquel instante favorable para caer sobre mi adversario y agarrotarle brazos y piernas. Luego le tocó el turno a Piña, a la cual até, sin pronunciar palabra, mientras me salían chispas de los ojos.

"Hecho esto, arrastré al negro fuera de la casa y lo até a la cola de mi caballo. Después cogí a mi esposa y la puse atravesada en la silla, como un fardo, delante de mí. Y seguido de mi perro lebrel, que me había salvado la vida, regresé a mi palacio, en donde, con mi propia mano, corté la cabeza al negro, cuyo cuerpo, arrastrado a lo largo de la ruta, no era ya más que un pingajo jadeante, y di a comer su carne a mi perro. E hice salar aquella cabeza, que precisamente es la que aquí estás viendo en esa bandeja que tiene delante Piña. E infligí por todo castigo a esa desvergonzada esposa mía la contemplación diaria de la cabeza cortada de su amante negro. Y he aquí lo referente a ellos dos.

"Pero, volviendo al séptimo negro, que logró ponerse en fuga, no cesó de correr hasta que hubo llegado a las comarcas de Sinn y de Massin, donde reina el rey Tammuz ben Qamús. Y tras de una serie de maquinaciones, el negro consiguió ocultarse debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra, hija del rey Tammuz. Y al presente es su consejero íntimo. Y en el palacio nadie conoce su presencia debajo del lecho de la princesa.

"¡Y he aquí ¡oh joven! la historia de cuanto me ocurrió con Piña! Y eso es lo referente al negro sombrío que a la hora de ahora está debajo del lecho de marfil de la hija del rey de Sinn y de Massin, Mohra, la matadora de tantos jóvenes reales".


Así habló el rey Ciprés, señor de la ciudad de Wakak, al joven príncipe Diamante. Luego añadió...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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