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Y cuando llegó la 856ª noche

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Ella dijo:

... se había llevado la triaca consabida, de la que, en realidad ya no podía hacer uso Kassim, y había ido a reunirse con su amo Alí Babá. Y en pocas palabras le puso al corriente de lo que pensaba hacer. Y él aprobó su plan, y le manifestó cuánta admiración sentía por su ingeniosidad.

En efecto, al día siguiente, la diligente Luz Nocturna fué a casa del mismo mercader de drogas, y con el rostro bañado en lágrimas y con muchos suspiros e hipos que entrecortaban los suspiros, le pidió cierto electuario que por lo general no se da más que a los moribundos sin esperanza. Y se marchó diciendo: "¡Ay de nosotros! ¡si no surte efecto este remedio todo se ha perdido!" Y al mismo tiempo tuvo cuidado de poner a todas las gentes del barrio al corriente del supuesto caso desesperado de Kassim, hermano de Alí Babá.

Así es que, cuando al día siguiente por el alba las gentes del barrio se despertaron sobresaltadas por gritos penetrantes y lamentables, no dudaron de que aquellos gritos los daban la esposa de Kassim, la joven Luz Nocturna y todas las mujeres de la familia para anunciar la muerte de Kassim.

Entretanto, Luz Nocturna continuaba poniendo en ejecución su plan.

En efecto, ella se había dicho: "¡Hija mía, no consiste todo en hacer pasar una muerte violenta por una muerte natural; se trata de conjurar un peligro mayor! Y estriba en no dejar que la gente advierta que el difunto está cortado en seis pedazos! ¡Sin lo cual no quedará el jarro sin alguna raja!"

Y corrió sin tardanza a casa de un viejo zapatero remendón del barrio, que no la conocía, y mientras le deseaba la zalema le puso en la mano un dinar de oro, y le dijo: "¡Oh jeique Mustafá, tu mano nos es necesaria hoy!" Y el viejo zapatero remendón, que era un buen hombre, lleno de simpatía y de alegría, contestó: "¡Oh jornada bendita por tu blanca llegada! ¡oh rostro de luna! ¡Habla, ¡oh mi señora! y te contestaré por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Y Luz Nocturna dijo: "¡Oh tío mío Mustafá! deseo sencillamente que te levantes y vengas conmigo. ¡Pero antes, si te parece, coge cuanto necesites para coser cuero!" Y cuando hubo hecho él lo que ella le pedía, cogió ella una venda y le vendó de pronto los ojos, diciéndole: "¡Es condición necesaria esto! ¡Sin ella no hay nada de lo dicho!"

Pero él se puso a gritar, diciendo: "¿Vas a hacerme renegar, por un dinar, de la fe de mis padres, ¡oh joven! o a obligarme a cometer algún latrocinio o crimen extraordinario?"

Pero ella le dijo: "Alejado sea el Maligno, ¡oh jeique! ¡Ten la conciencia tranquila! ¡No temas nada de eso, pues solamente se trata de una pequeña labor de costura!" Y así diciendo, le deslizó en la mano una segunda moneda de oro, que le decidió a seguirla.

Y Luz Nocturna le cogió de la mano y le llevó, con los ojos vendados, a la bodega de la casa de Alí Babá. Y allí le quitó la venda, y mostrándole el cuerpo del difunto, que había reconstituído poniendo los pedazos en su sitio respectivo, le dijo: "¡Ya ves que es para hacer que cosas los seis despojos que aquí tienes por lo que me he tomado la pena de conducirte de la mano!" Y como el jeique retrocediera asustado, la avisada Luz Nocturna le deslizó en la mano una nueva moneda de oro y le prometió otra más si el trabajo se hacía con rapidez. Lo cual decidió al zapatero remendón a poner manos a la obra. Y cuando hubo acabado, Luz Nocturna le vendó de nuevo los ojos, y tras de darle la recompensa prometida, le hizo salir de la bodega y le condujo hasta la puerta de su tienda, donde le dejó después de devolverle la vista. Y se apresuró a regresar a casa, volviéndose de cuando en cuando para ver si la observaba el zapatero remendón.

Y en cuanto llegó lavó el cuerpo reconstituído de Kassim, le perfumó con incienso y le roció con aguas aromáticas, y ayudada por Alí Babá, le envolvió en el sudario. Tras de lo cual, a fin de que no pudiesen sospechar de nada los hombres que llevaban las angarillas encargadas, fué a hacerse cargo ella misma de las tales angarillas, y las pagó liberalmente. Luego, ayudada siempre por Alí Babá, puso el cuerpo en la madera mortuoria y lo cubrió todo con cendales y telas compradas para la circunstancia.

Mientras tanto, llegaron el imam y los demás dignatarios de la mezquita y se cargaron a hombros las angarillas cuatro de los vecinos que acudieron. Y el imam se puso a la cabeza del cortejo, seguido por los lectores del Corán. Y detrás de los portadores echó a andar Luz Nocturna, arrasada en llanto, lanzando gritos lamentables, golpeándose el pecho con mucha fuerza y mesándose los cabellos, en tanto que Alí Babá cerraba la marcha, acompañado de los vecinos, que se separaban por turno, de vez en vez, para sustituir y dar descanso a los otros portadores, y así hasta que llegaron al cementerio, mientras en la casa de Alí Babá las mujeres que acudieron a la ceremonia fúnebre mezclaban sus lamentos y llenaban de gritos espantosos todo el barrio. Y de tal suerte la verdad de aquella muerte quedó cuidadosamente al abrigo de toda divulgación, sin que nadie pudiese tener la menor sospecha con respecto a la funesta aventura. ¡Y esto es lo referente a todos ellos!

En cuanto a los cuarenta ladrones, que a causa de la putrefacción de los seis fragmentos de Kassim abandonados en la caverna, se habían abstenido de volver durante un mes a su retiro, al regresar a la caverna llegaron al límite del asombro por no encontrar ni despojos de Kassim, ni putrefacción de Kassim, ni nada que de cerca o de lejos se pareciese a semejante cosa. Y aquella vez reflexionaron seriamente acerca de la situación, y el jefe de los cuarenta dijo: "¡Oh hombres! estamos descubiertos, y ya no hay que dudar de ello, y se conoce nuestro secreto. Y si no intentamos poner un pronto remedio, todas las riquezas que nuestros antecesores y nosotros hemos amontonado con tantos trabajos como fatigas nos serán arrebatadas en seguida por el cómplice del ladrón a quien hemos castigado. Es preciso, pues, que, sin pérdida de tiempo, tras de haber hecho perecer al uno hagamos perecer al otro. Sentado esto, no queda más que un medio de lograr nuestro propósito, y es que alguno que sea tan audaz como listo vaya a la ciudad disfrazado de derviche extranjero, ponga en juego todos sus recursos para descubrir si se habla del individuo a quien hemos cortado en seis pedazos, y averigüe en qué casa vivía ese hombre. Pero todas esas pesquisas deberán hacerse con la mayor cautela, porque una palabra escapada podrá comprometer el asunto y perdernos sin remedio. ¡Así es que estimo que quien asuma esta tarea debe comprometerse a sufrir pena de muerte si da prueba de ligereza en el cumplimiento de su misión!"

Y al punto exclamó uno de los ladrones: "¡Yo me ofrezco para la empresa y acepto las condiciones!"

Y el jefe y los camaradas le felicitaron y le colmaron de elogios. Y se marchó disfrazado de derviche.

Y he aquí que entró en la ciudad cuando todas las casas y tiendas estaban cerradas todavía a causa de la hora temprana, excepto la tienda del jeique Mustafá, el zapatero remendón. Y el jeique Mustafá, con la lezna en la mano, se dedicaba a confeccionar una babucha de cuero azafranado. Y alzó los ojos y vió al derviche, que le miraba trabajar, admirándole, y que se apresuró a desearle la zalema. Y el jeique Mustafá le devolvió la zalema, y el derviche se maravilló de verle, a su edad, con tan buenos ojos y con los dedos tan expertos. Y el viejo, muy halagado, se pavoneó y contestó: "¡Por Alah, ¡oh derviche! que todavía puedo enhebrar la aguja al primer intento, y hasta puedo coser las seis partes de un muerto en el fondo de una bodega sin luz!"

Y el derviche ladrón, al oír estas palabras, creyó volverse loco de alegría, y bendijo su destino, que le conducía por el camino más corto al fin deseado. Así es que no dejó escapar la ocasión, y fingiendo asombro, exclamó: "¡Oh rostro de bendición! ¿Las seis partes de un muerto? ¿Qué quieres decir con estas palabras? ¿Acaso en este país tienen costumbre de cortar a los muertos en seis partes y de coserlos luego? ¿Y hacen eso para ver qué tienen dentro?"

A estas palabras el jeique Mustafá se echó a reír, y contestó: "¡No, por Alah! aquí no hay esa costumbre. ¡Pero yo sé lo que sé, y lo que yo sé no lo sabrá nadie! ¡Para ello tengo varias razones, cada una más seria que las otras! ¡Y además, se me ha acortado la lengua esta mañana y no obedece a mi memoria!" Y el derviche ladrón se echó a reír a su vez, tanto a causa de la manera que tenía de pronunciar sus sentencias el jeique zapatero remendón, como para atraerse al buen hombre. Luego, simulando que le estrechaba la mano, le deslizó en ella una moneda de oro, y añadió: "¡Oh hijo de hombres elocuentes! ¡oh tío! Alah me guarde de querer mezclarme en lo que no me incumbe. Pero sí en calidad de extranjero que quiere ilustrarse pudiera dirigirte un ruego, sería el de que me hicieras el favor de decirme dónde se encuentra la casa en cuya bodega estaban las seis partes del muerto que remendaste".

Y el viejo zapatero remendón contestó: "¿Y cómo voy a hacerlo, ¡oh jefe de los derviches! si ni yo mismo conozco esa casa? Has de saber, en efecto, que he sido conducido con los ojos vendados por una joven hechicera que ha hecho marchar las cosas con una celeridad sin par. Claro es, sin embargo, hijo mío, que, si me vendaran los ojos de nuevo, quizá pudiera encontrar la casa guiándome por ciertas observaciones que hice al paso y palpando todo en mi camino. Porque debes saber ¡oh sabio derviche! que el hombre ve con sus dedos tanto como con sus ojos, sobre todo si no tiene la piel tan dura como el lomo del cocodrilo. Y por mi parte, sé decir que, entre los clientes cuyos honorables pies calzo, tengo varios ciegos más clarividentes, merced al ojo que tienen en la punta de cada dedo, que el maldito barbero que me afeita la cabeza todos los viernes acuchillándome el cuero cabelludo. (¡Que Alah se lo haga expiar!)...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 857ª noche

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Ella dijo:

"... Y por mi parte, sé decir que, entre los clientes cuyos honorables pies calzo, tengo varios ciegos más clarividentes, merced al ojo que tienen en la punta de cada dedo, que el maldito barbero que me afeita la cabeza todos los viernes acuchillándome el cuero cabelludo atrozmente. (¡Que Alah se lo haga expiar!") Y el derviche ladrón exclamó: "Bendito sea el seno que te ha lactado, y ojalá puedas por mucho tiempo todavía enhebrar la aguja y calzar pies honorables, ¡oh jeique de buen augurio! ¡En verdad que no anhelo otra cosa que someterme a tus indicaciones, con el objeto de que procures buscar la casa en cuya bodega pasan cosas tan prodigiosas!"

Entonces el jeique Mustafá se decidió a levantarse, y el derviche le vendó los ojos y le llevó de la mano por la calle, y marchó a su lado, conduciéndole unas veces y guiado por él otras, a tientas, hasta la misma casa de Alí Babá. Y dijo el jeique Mustafá: "Es aquí, sin duda, y no en otra parte. ¡Conozco la casa por el olor a estiércol de asno, que se exhala de ella y por este poyo con que tropecé la vez primera!" Y el ladrón, en el límite de la alegría, antes de quitar la venda al zapatero remendón, se apresuró a hacer en la puerta de la casa una señal con un trozo de tiza que llevaba consigo. Luego devolvió la vista a su acompañante, le gratificó con una nueva moneda de oro, y le despidió después de darle las gracias y de prometerle que no dejaría de comprar babuchas en su casa durante el resto de sus días. Y se apresuró a emprender otra vez el camino de la selva para anunciar al jefe de los cuarenta su descubrimiento. Pero no sabía que corría derecho a hacer saltar de sus hombros su cabeza, como se va a ver.

En efecto, cuando la diligente Luz Nocturna salió para ir a la compra, notó en la puerta, al regresar del zoco, la señal blanca que había hecho el derviche ladrón. Y la examinó atentamente, y pensó para su alma escrupulosa: "Esta señal no se ha hecho sola en la puerta. Y la mano que la ha hecho no puede ser más que una mano enemiga. ¡Hay que conjurar, pues, los maleficios, parando el golpe!" Y corrió a buscar un trozo de tiza, y puso la misma señal, y en el mismo sitio exactamente, en las puertas de todas las casas de la calle, a derecha y a izquierda. Y cada vez que marcaba una señal decía mentalmente, dirigiéndose al autor de la señal primera: "¡Mis cinco dedos en tu ojo izquierdo y mis otros cinco dedos en tu ojo derecho!" Porque sabía que no había fórmula más poderosa para conjurar las fuerzas invisibles, evitar los maleficios y hacer recaer sobre la cabeza del maleficador las calamidades perpetradas o inminentes.

Así es que, al siguiente día, cuando los ladrones, informados por su camarada, entraron de dos en dos en la ciudad para invadir la casa con el signo, se encontraron en el límite de la perplejidad y del embarazo al observar que todas las puertas de las casas del barrio tenían la misma marca exactamente. Y a una seña de su jefe se apresuraron a regresar a su caverna de la selva para no llamar la atención de los transeúntes. Y cuando de nuevo estuvieron juntos, arrastraron al centro del círculo que formaban al ladrón guía que tan mal había tomado sus precauciones, le condenaron a muerte acto seguido, y a una señal dada por su jefe le cortaron la cabeza.

Pero como la venganza que había que tomar del principal autor de todo aquello se hacía más urgente que nunca, un segundo ladrón se ofreció para ir a informarse. Y admitida por el jefe su pretensión, entró en la ciudad, se puso al habla con el jeique Mustafá, se hizo conducir ante la casa que presumían era la casa de los seis despojos cosidos, e hizo una señal roja sobre la puerta en un sitio poco visible. Luego regresó a la caverna. Pero no sabía que cuando una cabeza está marcada para el salto fatal no puede menos de dar ese mismo salto y no otro.

En efecto, cuando los ladrones, guiados por su camarada, llegaron a la calle de Alí Babá, se encontraron con que todas las puertas estaban señaladas con el signo rojo, exactamente en el mismo sitio. Porque la astuta Luz Nocturna, sospechándose algo, había tomado sus precauciones, como la vez primera. Y al regreso a la caverna, la cabeza del guía tuvo que sufrir la misma suerte que la de su predecesor. Pero aquello no contribuyó a hacer luz en el asunto para los ladrones, y sólo sirvió para rebajar de la partida a los dos jayanes más valerosos.

Así es que, cuando el jefe hubo reflexionado durante un buen rato acerca de la situación, levantó la cabeza y se dijo: "¡En adelante no me fiaré más que de mí mismo!" Y completamente solo partió para la ciudad.

Y he aquí que no obró como los otros. Porque, cuando se hizo indicar la casa de Alí Babá por el jeique Mustafá, no perdió el tiempo en marcar la puerta con tiza roja, blanca o azul, sino que se estuvo contemplándola atentamente para fijar bien en la memoria su emplazamiento, ya que por fuera tenía la misma apariencia que todas las casas vecinas. Y una vez terminado su examen volvió a la selva, congregó a los treinta y siete ladrones supervivientes, y les dijo: "Ya está descubierto el autor del daño que se nos ha causado, pues bien conozco ahora su casa. ¡Y por Alah que su castigo será un castigo terrible! En cuanto a vosotros, valientes míos, apresuraos a traerme aquí treinta y ocho tinajas grandes de barro, barnizado por dentro, de cuello ancho y de vientre redondo. Y han de estar vacías las treinta y ocho tinajas, excepción de una sola, que llenaréis con aceite de oliva. Y cuidad de que no tengan ninguna raja. Y volved sin demora". Y los ladrones, acostumbrados a ejecutar sin discutirlas las órdenes de su jefe, contestaron con el oído y la obediencia, y se apresuraron a ir a procurarse en el zoco de los cacharreros las treinta y ocho tinajas consabidas, y a llevárselas a su jefe de dos en dos sobre sus caballos.

Entonces el jefe de los ladrones dijo a sus hombres: "¡Quitaos vuestras ropas y que cada uno de vosotros se meta en una tinaja sin conservar consigo más que sus armas, su turbante y sus babuchas!" Y los treinta y siete ladrones, sin decir una palabra, subieron de dos en dos a lomos de los caballos que llevaban las tinajas. Y como cada caballo llevaba dos tinajas, una a la derecha y otra a la izquierda, cada ladrón se deslizó en una tinaja, desapareciendo por completo. Y de tal suerte se encontraron replegados sobre sí mismos, en las tinajas, las pantorrillas tocando con las nalgas y las rodillas a la altura del mentón, como deben estar los polluelos en el huevo al vigésimoprimer día. Y así instalados, sostenían una cimitarra en una mano y una estaca en la otra mano, con las babuchas cuidadosamente guardadas debajo del trasero.

Y el trigésimoséptimo ladrón hacía pareja y contrapeso a la única tinaja llena de aceite.

Cuando los ladrones acabaron de colocarse dentro de las tinajas en la posición menos incómoda, avanzó el jefe, les examinó a uno tras de otro y tapó las bocas de las tinajas con fibras de palmera, de modo que ocultase el contenido y al mismo tiempo que permitiese a sus hombres respirar libremente. Y para que no pudiera asaltar al espíritu de los transeúntes ninguna duda acerca del contenido, tomó aceite de la tinaja que estaba llena y frotó con él cuidadosamente las paredes exteriores de las tinajas nuevas. Y así dispuesto todo, el jefe de los ladrones se disfrazó de mercader de aceite, y guiando hacia la ciudad a los caballos portadores de la mercancía improvisada, actuó de conductor de aquella caravana.

Y he aquí que Alah le escribió la seguridad, y llegó él sin contratiempo, por la tarde, a casa de Alí Babá. Y como si todas las cosas estuviesen dispuestas a favorecerle, no tuvo que tomarse el trabajo de llamar a la puerta para ejecutar el propósito que le llevaba, pues en el umbral estaba sentado Alí Babá en persona, que tomaba el fresco tranquilamente antes de la plegaria de la tarde...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 858ª noche

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Ella dijo:

... pues en el umbral estaba sentado Alí Babá, en persona, que tomaba el fresco tranquilamente antes de la plegaria de la tarde. Y el jefe de los ladrones se apresuró a parar los caballos, avanzó entre las manos de Alí Babá, y le dijo, después de las zalemas y cumplimientos: "¡Oh mi señor! tu esclavo es mercader de aceite y no sabe dónde ir a alojarse por esta noche en una ciudad en que no conoce a nadie. ¡Espera, pues, de tu generosidad que le concedas hasta mañana por la mañana hospitalidad, por Alah, a él y a sus bestias en el patio de tu casa!"

Al escuchar esta petición, Alí Babá se acordó de la época en que era pobre y sufría la inclemencia del tiempo, y al punto se le ablandó el corazón. Y lejos de reconocer al jefe de los ladrones, a quien tiempo atrás había visto y oído en la selva, se levantó en honor suyo y le contestó: "¡Oh mercader de aceite, hermano mío! que la morada te proporcione descanso, y ojalá encuentres en ella comodidad y familia. ¡Bienvenido seas!" Y así diciendo, le cogió de la mano y le introdujo en el patio con sus caballos. Y llamó a Luz Nocturna y a otro esclavo, y les dió orden de ayudar al huésped de Alah a descargar las tinajas y dar de comer a los animales. Y cuando pusieron en fila por orden las tinajas en el fondo del patio y los caballos quedaron atados a lo largo del muro, con su saco lleno de cebada y avena al cuello cada uno, Alí Babá, siempre lleno de cortesía y amabilidad, volvió a coger de la mano a su huésped y le condujo al interior de su casa, donde le hizo sentarse en el sitio de honor, y se sentó a su lado para tomar la comida de la noche. Y cuando ambos hubieron comido y bebido y dado gracias a Alah, por sus favores, Alí Babá no quiso molestar a su huésped, y se retiró diciéndole: "¡Oh mi señor! la casa es tu casa, y lo que hay en la casa te pertenece".

Y he aquí que, cuando ya se marchaba, el mercader de aceite, que era el jefe de los ladrones, le llamó, diciéndole: "Por Alah sobre ti ¡oh huésped mío! enséñame el lugar de tu honorable casa donde me sea posible dar reposo al interior de mis intestinos, y también mear". Y Alí Babá, enseñándole el gabinete de los desahogos, situado precisamente en un rincón de la casa, muy cerca del sitio en que estaban alineadas las tinajas, contestó: "¡Ahí está!" Y se apresuró a esquivarse para no entorpecer las funciones digestivas del mercader de aceite.

Y el jefe de los ladrones no dejó de hacer, en efecto, lo que tenía que hacer. No obstante, cuando hubo concluido, se acercó a las tinajas, y se inclinó sobre cada una de ellas, diciendo en voz baja: "¡Oh compañero! ¡en cuanto oigas resonar la tinaja en que estás al chinarrazo que le lanzaré desde el sitio en que me alojo, no dejes de salir y de venir a mí!" Y dando así a su gente orden de lo que tenía que hacer, volvió a la casa. Y Luz Nocturna, que le esperaba a la puerta de la cocina con una linterna de aceite en la mano, le condujo al aposento que le había preparado, y se retiró. Y para estar bien dispuesto a la hora de ejecutar su proyecto, apresuróse él a tumbarse en la cama en que pensaba dormir hasta media noche. Y no tardó en roncar como un caldero de lavanderas.

Y entonces sucedió lo que tenía que suceder.

En efecto, estando Luz Nocturna en su cocina, dedicada a preparar los platos y las cacerolas, se apagó de pronto la lámpara, falta de aceite. Y he aquí que precisamente se había agotado la provisión de aceite de la casa, y Luz Nocturna, que se había olvidado de procurarse otra por el día, se desoló mucho con aquel contratiempo, y llamó a Abdalah, el nuevo esclavo de Alí Babá, a quien participó su contrariedad y su apuro. Pero Abdalah le dijo, echándose a reír: "Por Alah sobre ti, ¡oh hermana mía Luz Nocturna! ¿cómo puedes decir que carecemos de aceite en casa, cuando en el patio hay en este momento, alineadas contra el muro, treinta y ocho tinajas llenas de aceite de oliva que, a juzgar por el olor de los recipientes que lo contienen, debe ser de calidad suprema? ¡Ah! ¡hermana mía, esta noche no reconocen mis ojos a la diligente, a la entendida, a la llena de recursos Luz Nocturna!" Luego añadió: "¡Voy otra vez a dormir, hermana mía, que mañana tengo que levantarme con el alba, a fin de acompañar al hammam a nuestro amo Alí Babá!" Y la dejó para irse a roncar como un búfalo de los pantanos cerca de la habitación en que dormía el mercader de aceite.

Entonces Luz Nocturna, un poco confusa por las palabras de Abdalah, cogió el cacharro del aceite y fué al patio para llenarlo en una de las tinajas. Y se acercó a la primera tinaja, la destapó, y metió el cacharro por la boca. Y -¡oh trastorno de las entrañas! ¡oh dilatación de los ojos! ¡oh garganta oprimida!- el cacharro, en vez de sumergirse en el aceite, dió con violencia en una cosa resistente. Y aquella cosa se movió; y salió de ella una voz que dijo: "¡Por Alah, que la china que ha tirado es lo menos una roca! ¡Vamos, ha llegado el momento!" Y sacudió la cabeza y se contrajo para salir de la tinaja.

¡Eso fué todo!

¿Y qué criatura humana, al encontrar en una tinaja un ser vivo en vez de encontrar aceite, no se hubiese imaginado que llegaba la hora fatal del Destino? Así es que la joven Luz Nocturna, muy asustada en el primer momento, no pudo por menos de pensar: "¡Muerta soy! ¡Y todo el mundo en casa puede tenerse ya por muerto sin remedio!"

Pero he aquí que de improviso la violencia de su emoción le devolvió todo su valor y toda su presencia de ánimo. Y en lugar de ponerse a dar gritos espantosos y a promover un escándalo, se inclinó sobre la boca de la tinaja y dijo: "No, no, ¡oh valiente! ¡Tu amo duerme aún! ¡Espera a que se despierte!" Porque, como Luz Nocturna era tan sagaz, lo había adivinado todo. Y para asegurarse de la gravedad de la situación, quiso inspeccionar todas las demás tinajas, aunque la tentativa no estaba exenta de peligro; y se fué aproximando a cada una, palpó la cabeza que salía en cuanto se levantaba la tapa, y dijo a cada cabeza: "¡Paciencia y hasta pronto!" Y de tal suerte contó treinta y siete cabezas de ladrones barbudos, y se encontró con que la trigésimaoctava tinaja era la única que estaba llena de aceite. Entonces llenó su cacharro con toda tranquilidad, y corrió a encender su lámpara para volver en seguida a poner en ejecución el proyecto de liberación que acababa de suscitar en su espíritu el peligro inminente. Entonces Luz Nocturna llenó de aquel aceite hirviendo el cubo mayor de la cuadra, se acercó a una de las tinajas, levantó la tapa, y de una vez vertió el líquido exterminador sobre la cabeza que salía. Y el bandido propietario de la cabeza quedó irrevocablemente escaldado, y se tragó la muerte con un grito que no hubo de salir.

Y Luz Nocturna, con mano firme, hizo sufrir la misma suerte a todos los encerrados en las tinajas, que murieron asfixiados y hervidos, pues ningún hombre, aunque esté encerrado en siete tinajas, puede escapar al destino que lleva atado a su cuello.

Realizada su hazaña, Luz Nocturna apagó la lumbre de debajo de la caldera, volvió a tapar las tinajas con las tapas de fibra de palmera, y tornó a la cocina, en donde sopló la linterna, quedándose a oscuras, resuelta a vigilar la continuación de la cosa. Y de tal suerte apostada en acecho, no tuvo que esperar mucho.

En efecto, hacia medianoche, el mercader de aceite se despertó, fué a sacar la cabeza por la ventana que daba al patio, y no viendo luz en ninguna parte ni oyendo ningún ruido, supuso que toda la casa estaría durmiendo. Entonces, conforme había dicho a sus hombres, cogió unas chinitas que llevaba consigo y las tiró unas tras otras a las tinajas. Y como tenía buena vista y buena puntería, acertó a dar en todas deduciéndolo por el sonido producido en la tinaja al chinarrazo. Luego esperó, sin dudar de que iba a ver surgir a sus valientes blandiendo las armas. Pero no se movió nadie. Entonces, imaginándose que se habrían dormido en sus tinajas, les tiró más chinas; pero no apareció ni una cabeza y no se produjo ni un movimiento. Y el jefe de los ladrones se irritó extremadamente contra sus hombres, a quienes creía durmiendo; y bajó hacia ellos pensando: "¡Hijos de perros! ¡no sirven para nada!" Y se abalanzó a las tinajas; pero fué para retroceder, de tan espantoso como era el olor a aceite frito y a carne abrasada que se exhalaba de ellas. Sin embargo, se aproximó de nuevo a las tinajas, tocándolas con la mano, y notó que estaban tan calientes como un horno. Entonces recogió un tallo de paja, lo encendió y miró dentro de las tinajas. Y vió uno tras otro a sus hombres, abrasados y humeantes, con cuerpos sin alma.

Al ver aquello, el jefe de los ladrones, comprendiendo de qué muerte tan atroz habían perecido sus treinta y siete compañeros, dió un salto prodigioso hasta el borde de la tapia del patio, saltó a la calle y echó a correr. Y desapareció y se sumergió en la noche, devorando a su paso la distancia...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 859ª noche

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Ella dijo:

...Y desapareció y se sumergió en la noche, devorando a su paso la distancia. Y llegado que fué a su caverna, se perdió en negras reflexiones acerca de lo que tendría que hacer en adelante para vengar todo lo que había de vengar.

¡Y por el momento, esto es lo referente a él!

En cuanto a Luz Nocturna, que acaba de salvar la casa de su amo y las vidas que en ella se albergaban, una vez que se hubo dado cuenta de que todo peligro estaba conjurado por la fuga del falso mercader de aceite, esperó tranquilamente a que despuntara el día para ir a despertar a su amo Alí Babá. Y cuando él estuvo vestido, creyendo que no se le había despertado tan temprano más que para que fuese al hammam, Luz Nocturna le llevó ante las tinajas, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡levanta la primera tapa y mira!" Y cuando hubo mirado, Alí Babá llegó al límite del espanto y del horror. Y Luz Nocturna se apresuró a contarle todo lo que había pasado, desde el principio hasta el fin, sin omitir un detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y también le contó la historia de las señales blancas y rojas en las puertas, de que no había juzgado conveniente hablarle. Pero respecto a esta historia, tampoco hay utilidad en repetirla.

Cuando Alí Babá hubo oído el relato de su esclava Luz Nocturna lloró de emoción, y estrechando con ternura a la joven contra su corazón, le dijo: "¡Oh hija de bendición, bendito sea el vientre que te ha llevado! En verdad que el pan que comiste en nuestra morada no fué comido por la ingratitud. ¡Y en lo sucesivo estarás al frente de mi casa y serás la mayor de mis hijas!" Y continuó prodigándole frases amables y dándole muchas gracias por su valentía, su sagacidad y su abnegación.

Tras de la cual, Alí Babá, ayudado por Luz Nocturna y por el esclavo Abdalah, procedió a enterrar a los ladrones, a quienes se decidió, después de reflexionar, a hacer desaparecer cavando para ellos una fosa enorme en el jardín y metiéndoles allá revueltos, sin ninguna ceremonia, para no llamar la atención de los vecinos. Y así es como acabó de desembarazarse de aquella ralea maldita. ¡Qué bien hizo!

Y transcurrieron varios días entre alegrías y congratulaciones en casa de Alí Babá. Y no dejaron de contarse pormenores de aquella aventura prodigiosa, dando gracias a Alah por su liberación y de hacer todos los comentarios consiguientes. Y Luz Nocturna estaba más mimada que nunca; y Alí Babá, con sus dos esposas, y sus hijos, se ingeniaba por demostrarle su reconocimiento y su amistad.

Pero un día, el hijo mayor de Alí Babá, que estaba al frente de los negocios de compra y venta de la antigua tienda de Kassim, dijo a su padre al regresar del zoco: "¡Oh padre mío! no sé qué hacer para devolver a mi vecino, el mercader Hussein, todas las atenciones con que no cesa de abrumarme desde su reciente instalación en nuestro zoco. Ya va para cinco veces que he aceptado, sin corresponder, el compartir su comida de mediodía. Así es que quisiera ¡oh padre! obsequiarle, aunque no sea más que una sola vez, para indemnizarle con la suntuosidad del festín, en esa vez única, de todos los gastos que ha hecho en honor mío. ¡Porque convendrás conmigo en que no sería decoroso tardar más tiempo en devolverle las consideraciones que para mí tuvo!" Y Alí Babá contestó: "Sin duda ¡oh hijo mío! se trata del más usual de los deberes. ¡Y debiste hacerme pensar en ello antes! Pero precisamente mañana es viernes, día de descanso, y te aprovecharás de esta circunstancia para invitar a hagg Hussein, tu vecino, a venir a compartir con nosotros el pan y la sal de la noche. Y si busca evasivas por discreción, no temas insistir y tráele a nuestra casa, donde creo hallará un agasajo no muy indigno de su generosidad".

En efecto, al día siguiente, después de la plegaria, el hijo de Alí Babá invitó a hagg Hussein, el mercader recientemente establecido en el zoco, a acompañarle para darle un paseo. Y encaminó el paseo en compañía de su vecino precisamente por la parte del barrio en que estaba su morada. Y Alí Babá, que les esperaba en el umbral, avanzó a ellos con cara sonriente, y después de las zalemas y los deseos recíprocos, manifestó a hagg Hussein su gratitud por las atenciones prodigadas a su hijo, y le invitó, porfiándole mucho, a entrar a descansar en su casa y a compartir con él y con su hijo la comida de la noche. Y añadió: "Bien sé que, por más que haga, no podré corresponder a tus bondades para con mi hijo. ¡Pero, en fin, creemos que aceptarás el pan y la sal de nuestra hospitalidad!" Pero hagg Hussein contestó: "Por Alah, ¡oh mi señor! tu hospitalidad sin duda es una hospitalidad generosa; pero ¿cómo voy a aceptarle, si desde mucho tiempo atrás tengo hecho juramento de no tocar jamás los alimentos que estén sazonados con sal y de no probar jamás este condimento?" Y Alí Babá contestó: "¡No te importe eso, ¡oh hagg bendito! pues no tendré más que decir una palabra en la cocina, y se guisarán los manjares sin sal y sin nada que se le parezca!"

Y tanto porfió al mercader, que le obligó a entrar en la casa. Y al punto corrió a prevenir a Luz Nocturna para que tuviese cuidado de no echar sal a los alimentos y preparase especialmente aquella noche los manjares y los rellenos y los pasteles sin ayuda de aquel condimento usual. Y Luz Nocturna, extremadamente sorprendida del horror que el nuevo huésped sentía por la sal, no supo a qué atribuir un gusto tan extraordinario, y se puso a reflexionar acerca de la cosa. Sin embargo, no dejó de avisar a la cocinera negra para que tuviese en cuenta la extraña orden de su amo Alí Babá.

Cuando estuvo dispuesta la comida, Luz Nocturna la sirvió en las bandejas y ayudó al esclavo Abdalah a llevarlas a la sala de reunión. Y como por naturaleza era curiosa, no dejó de echar de vez en cuando una ojeada al huésped a quien no le gustaba la sal. Y cuando se terminó la comida salió Luz Nocturna para dejar que Alí Babá charlase a sus anchas con el huésped invitado.

Pero al cabo de una hora la joven hizo de nuevo su entrada en la sala. Y con gran sorpresa de Alí Babá, iba vestida de danzarina, la frente diademada de zequíes de oro, el cuello adornado con un collar de granos de ámbar amarillo, el talle preso en un cinturón de mallas de oro, y llevaba pulseras con cascabeles de oro en las muñecas y en los tobillos. Y de su cinturón colgaba, como es costumbre en las danzarinas de profesión, el puñal con mango de jade y larga hoja calada y puntiaguda que sirve para mimar las figuras de la danza. Y sus ojos de gacela enamorada, ya tan grandes de por sí y con un brillo tan profundo, estaban duramente alargados con khol negra hasta las sienes, lo mismo que sus cejas, dibujadas en arco amenazador. Y así ataviada y emperejilada, avanzó a pasos acompasados, muy derecha y con los senos enhiestos. Y detrás de ella entró el joven esclavo Abdalah, llevando en su mano izquierda, a la altura del rostro, una pandera con sonajas de metal, en la cual tocaba a compás, pero muy lentamente, ritmando los pasos de su compañera. Y cuando llegaron ante su amo, Luz Nocturna se inclinó graciosamente, y sin darle tiempo a reponerse de la sorpresa que le había producido aquella entrada inesperada, se encaró con el joven Abdalah y le hizo una ligera seña con los ojos. Y de repente se aceleró el ritmo de la pandera de un modo muy cadencioso, y Luz Nocturna, escurriéndose como un pájaro, bailó.

Y bailó todos los pasos, incansable, y esbozó todas las figuras como nunca lo hubiese hecho en los palacios de los reyes una danzarina de profesión. Y bailó como sólo quizá había bailado el pastor David ante Saúl negro de tristeza.

Y bailó la danza de los velos, y la del pañuelo, y la del bastón. Y bailó las danzas de las judías, y las de las griegas, y las de las etíopes, y las de las persas, y las de las beduínas, con una ligereza tan maravillosa, que, en verdad, sólo Balkis, la reina enamorada de Soleimán, las había podido bailar iguales.

Y en cuanto hubo bailado todo aquello, cuando el corazón de su amo, y el del hijo de su amo, y el del mercader invitado por su amo quedaron suspensos de sus pasos y los ojos quedaron fijos en la soltura de su cuerpo, esbozó la ondulante danza del puñal. En efecto, sacando de improviso el arma dorada de su vaina de plata, y muy conmovedora de gracia y de actitudes, al ritmo acelerado de la pandera surgió, con el puñal amenazador, combada, flexible, ardiente, ronca y salvaje, con ojos como relámpagos y sostenida por alas que no se veían. Y la amenaza del arma tan pronto se dirigía a un enemigo invisible del aire como volvía su punta hacia los hermosos senos de la joven exaltada. Y la concurrencia lanzó en aquel momento un prolongado grito de horror, al ver tan próximo a la punta mortal el corazón de la danzarina. Pero poco a poco se hizo más lento el ritmo de la pandera y la cadencia amenguó y se atenuó hasta el silencio de la piel sonora. Y Luz Nocturna, con el pecho hinchado como una ola de mar, cesó de bailar.

Y se volvió hacia el esclavo Abdalah, quien, a una nueva seña, le tiró la pandera desde su sitio. Y ella la cogió al vuelo, y volviéndola del revés se sirvió de ella como de un platillo para tendérsela a los tres espectadores y solicitar su liberalidad, como es costumbre de almeas y danzarinas. Y Alí Babá, que, si bien un poco molesto por la acción inesperada de su servidora, se había dejado conquistar por tanto encanto y tanto arte, echó un dinar de oro en la pandera. Y Luz Nocturna le dió las gracias con una profunda reverencia y una sonrisa, y tendió la pandera al hijo de Alí Babá, que no fué menos generoso que su padre.

Entonces, con la pandera siempre en la mano izquierda, se la presentó al huésped a quien no le gustaba la sal. Y hagg Hussein sacó su bolsa, y ya se disponía a extraer de ella algún dinero para dárselo a la tan deseable danzarina, cuando de pronto Luz Nocturna, que había retrocedido dos pasos, saltó hacia adelante como un gato montés y le sepultó en el corazón, hasta la empuñadura, el puñal que blandía en la mano derecha. Y hagg Hussein, con los ojos hundidos de repente en las órbitas, abrió la boca y la volvió a cerrar, lanzando apenas un suspiro; luego se desplomó sobre la alfombra, dando con la cabeza antes que con los pies, y convertido ya en cuerpo sin alma.

Alí Babá y su hijo, en el límite del espanto y de la indignación, se abalanzaron sobre Luz Nocturna, que, temblando, de emoción, limpiaba con su chal de seda el puñal ensangrentado. Y como la creyeran presa de delirio y de locura, y la cogieran la mano para arrancarle el arma, ella les dijo con voz tranquila: "¡Oh amos míos! ¡Loores a Alah, que ha armado el brazo de una débil muchacha para vengaros del jefe de vuestros enemigos! ¡Ved si este muerto no es el mercader de aceite, el propio capitán de los ladrones con sus mismos ojos, el hombre que no quería probar la sal sagrada de la hospitalidad!" Y así diciendo, despojó de su manto el cuerpo yacente, e hizo ver bajo su larga barba y el disfraz con que se había embozado para la circunstancia al enemigo que juró destruirles.

Cuando Alí Babá hubo reconocido de tal suerte, en el cuerpo inanimado de hagg Hussein, al mercader de aceite dueño de las tinajas y jefe de los ladrones, comprendió que por segunda vez debía su salvación y la de toda su familia a la abnegación valiente y al valor de la joven Luz Nocturna. Y la estrechó contra su pecho y la besó entre ambos ojos, y le dijo, con lágrimas en los ojos: "¡Oh Luz Nocturna, hija mía! ¿quieres, para llevar mi felicidad hasta el límite, entrar definitivamente en mi familia, casándote con mi hijo, este hermoso joven que aquí tienes?"

Y Luz Nocturna besó la mano de Alí Babá y contestó: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!"

Y se celebró sin tardanza el matrimonio de Luz Nocturna con el hijo de Alí Babá, ante el kadí y los testigos, en medio de regocijos y diversiones. Y se enterró secretamente el cuerpo del jefe de los ladrones en la fosa común que había servido de sepultura a sus antiguos compañeros.

¡Maldito sea!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 860ª noche

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Ella dijo:

... Y después del matrimonio de su hijo, Alí Babá, que se había hecho prudente y seguía los consejos de Luz Nocturna y escuchaba sus avisos, aún se abstuvo por algún tiempo de volver a la caverna, por temor de encontrarse allí con los dos ladrones cuya suerte ignoraba, y que en realidad, como sabes, ¡oh rey afortunado! habían sido ejecutados por orden de su capitán. Y sólo al cabo de un año, cuando estuvo completamente tranquilo por esa parte, se decidió a ir a visitar la caverna en compañía de su hijo y de la avispada Luz Nocturna.

Y Luz Nocturna, que iba observándolo todo por el camino, vió, al llegar a la roca, que los arbustos y las hierbas grandes obstruían por completo la vereda que conducía allí, y que, además, en el suelo no había huella alguna de pasos humanos ni el menor vestigio de caballos. Y sacó en consecuencia que nadie había ido allí desde hacía mucho tiempo. Y dijo a Alí Babá: "¡Oh tío mío! no hay inconveniente. ¡Podemos entrar ahí dentro sin correr peligro!"

Entonces Alí Babá, extendiendo la mano hacia la puerta de piedra, pronunció la fórmula mágica, diciendo: "¡Sésamo, ábrete!" Y lo mismo que antes, obedeciendo a las dos palabras y como movida por servidores invisibles, la puerta se abrió en la roca, y dejó el paso libre a Ali Babá, a su hijo y a la joven Luz Nocturna. Y Alí Babá comprobó que nada había cambiado, en efecto, desde su última visita al tesoro, y hubo de complacerse en enseñar a Luz Nocturna y a su esposo las fabulosas riquezas de que en lo sucesivo era único poseedor.

Y cuando lo hubieron examinado todo en la caverna, llenaron de oro y pedrerías tres sacos grandes que habían llevado, y se volvieron a su casa después de pronunciar la fórmula que cerraba. Y desde entonces vivieron en paz y con felicidades, utilizando con moderación y prudencia las riquezas que les había deparado El Donador, que es el Único grande, el Generoso.

Y así es como Alí Babá, el leñador que por toda fortuna tenía tres asnos, se tornó, gracias a su destino y a la bendición, en el hombre más rico y más honrado de su ciudad natal. ¡Gloria a Quien da sin cuento a los humildes de la tierra!

"Y he aquí ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- cuanto sé de la historia de Alí Babá y de los cuarenta ladrones. ¡Pero Alah es más sabio!

Y el rey Schahriar dijo: "¡Cierto, Schehrazada, que esa historia es una historia asombrosa! Y la joven Luz Nocturna no tiene par entre las mujeres de ahora. Y bien lo sé yo, que me he visto obligado a hacer que corten la cabeza a todas las desvergonzadas de mi palacio".


Pero Schehrazada, al ver que el rey fruncía ya las cejas al asaltarle aquel recuerdo, y se excitaba penosamente por las cosas pasadas, se apresuró a comenzar en estos términos la historia de...



Los encuentros de Al-Raschid en el puente de Bagdad

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Y viendo Schehrazada que, al recuerdo de las tribulaciones antiguas; el rey Schahriar fruncía ya las cejas, se apresuró a empezar la nueva historia, diciendo:


He llegado a saber ¡oh rey del tiempo! ¡oh corona de mi cabeza! que, un día entre los días, el califa Harún Al-Raschid (¡Alah le tenga en Su gracia!) salió de su palacio en compañía de su visir Giafar y de Massrur, su portaalfanje ambos disfrazados, como él mismo lo iba, de mercaderes nobles de la ciudad. Y había llegado ya con ellos al puente de piedra que une las dos riberas del Tigris, cuando en la misma entrada del puente vió, sentado en tierra sobre sus piernas encogidas, a un ciego de mucha edad que pedía limosna por Alah a los transeúntes en el camino de la generosidad. Y el califa interrumpió su paseo ante el viejo achacoso, y puso un dinar de oro en la palma de la mano que le tendía el mendigo. Y éste le detuvo bruscamente por la mano al querer el califa proseguir su camino, y le dijo: "¡Oh generoso donador! que Alah recompense con Sus más escogidas bendiciones esta acción de tu alma piadosa. Pero te suplico que, antes de marcharte, no me niegues el favor que voy a pedirte. Levanta el brazo y dame un puñetazo o una bofetada en el lóbulo de la oreja".

Y tras de hablar así, se soltó de la mano que tenía cogida, a fin de que el extranjero pudiese aplicarle la consabida bofetada. Sin embargo, por miedo a que se pasase de largo sin complacerle, tuvo cuidado de cogerle por la orla de su luengo traje.

Y al ver y oír aquello: "¡Oh tío! ¡Alah me libre de obedecer a tu mandato! Porque quien da una limosna por Alah no debe borrar su mérito maltratando al que beneficia con esa limosna. Y el maltrato al cual me mandas que te someta es una acción indigna de su creyente". Y tras de hablar así hizo un esfuerzo para que le soltará el ciego. Pero no había contado con la vigilancia del ciego, que, suponiendo el movimiento del califa, hizo por su parte un esfuerzo mucho más grande para que no se soltara. Y le dijo: "¡Oh mi generoso señor! perdóname mi importunidad y el atrevimiento de mi conducta. Y déjame implorarte aún que me des esa bofetada en el lóbulo de la oreja. De no ser así, prefiero que recojas tu limosna. Porque sólo con esa única condición puedo aceptarla sin perjurar ante Alah y contravenir al juramento que hice de cara a Quien te ve y me ve". Luego añadió: "Si supieras ¡oh mi señor! el motivo de mi juramento no vacilarías en darme la razón".

Y el califa pensó: "¡Contra la importunidad de este viejo ciego no hay recurso más que en Alah el Todopoderoso!" Y como no quería ser por mucho tiempo pasto de la curiosidad de los transeúntes, se apresuró a hacer lo que le pedía el ciego, quien, inmediatamente de recibir la bofetada, le soltó, dándole gracias y alzando las dos manos al cielo para invocar sobre su cabeza las bendiciones.

Y Al-Raschid después de aquello, se alejó con sus dos acompañantes, y dijo a Giafar: "¡Por Alah, que la historia de ese ciego debe ser una historia asombrosa, y su caso un caso muy extraño! Así, pues, vuelve adonde se halla él y dile que vas de parte del Emir de los Creyentes para ordenarle que mañana esté en palacio a la hora de la plegaria de mediodía". Y Giafar volvió junto al ciego y le comunicó la orden de su señor.

Luego fué a reunirse con el califa. Y habían dado pocos pasos, cuando divisaron en la orilla izquierda del puente, sentado casi enfrente del ciego, un segundo mendigo lisiado de ambas piernas y con la boca hendida. Y a una seña de su amo, el portaalfanje Massrur se acercó al lisiado de ambas piernas que tenía la boca hendida, y le dió la limosna que estaba escrita en su suerte aquel día. Y el hombre levantó la cabeza y se echó a reír, diciendo: "¡Ah, ualah! en toda mi vida de maestro de escuela he ganado tanto como acabo de recibir de manos de tu generosidad, ¡oh mi señor!" Y Al-Raschid, que había oído la respuesta, se encaró con Giafar, y le dijo: "¡Por vida de mi cabeza! si es un maestro de escuela y se ve reducido a mendigar por los caminos, sin duda debe ser extraña su historia. Date prisa a ordenarle que mañana esté a la puerta de mi palacio a la misma hora que el ciego".

Y se ejecutó la orden. Y continuaron su paseo.

Pero aún no habían tenido tiempo de alejarse del lisiado, cuando le oyeron invocar a grandes gritos las bendiciones sobre la cabeza de un jeique que se había acercado a él. Y miraron hacia allá para ver de qué se trataba. Y vieron que el jeique procuraba esquivarse, muy confuso por las bendiciones y alabanzas de que era objeto. Y por las palabras del lisiado comprendieron que la limosna que el jeique acababa de entregarle era más considerable todavía que la de Massrur, y que nunca la había recibido igual el pobre hombre. Y Harún manifestó a Giafar su asombro al ver que un simple particular daba una prueba de largueza mayor que la suya propia, y añadió: "Me gustaría conocer a ese jeique y profundizar en el motivo de su generosidad. Ve, pues, ¡oh Giafar! a decirle que tiene que presentarse entre mis manos mañana por la siesta, a la misma hora que el ciego y el lisiado". Y se ejecutó la orden.

Y ya iban a proseguir su camino, cuando vieron avanzar por el puente un magnífico cortejo, como no pueden ostentarlo, por lo general, más que los reyes y los sultanes. Pero lo precedían a caballo unos heraldos que gritaban: "¡Paso a nuestro amo, el esposo de la hija del todopoderoso rey de la China y de la hija del poderoso rey del Sind y de la India!" Y a la cabeza del cortejo, en un caballo cuyo aspecto pregonaba su raza, caracoleaba un emir o quizá un hijo de rey, que tenía una apostura brillante y llena de nobleza. E inmediatamente detrás de él iban dos sais que conducían, con un ronzal de seda azul, a un camello maravillosamente enjaezado y cargado con un palanquín en que, bajo un palio de brocato rojo, estaban sentadas, una a la derecha y otra a la izquierda, las dos jóvenes princesas, esposas del jinete, con el rostro cubierto por un velo de seda anaranjada. Y cerraba el cortejo una orquesta de músicos que tocaban aires indios y chinos en sus instrumentos de formas desconocidas.

Y Harún, maravillado a la par que sorprendido, dijo a sus acompañantes: "He aquí un extranjero notable, de los que raramente vienen a mi capital. Y aunque he recibido a los reyes y a los príncipes y a los emires más imponentes de la tierra, y aunque los jefes de los descreídos de allende los mares, los del país de los francos y los de las regiones del extremo Occidente, me han enviado embajadas y diputaciones, ninguno de los que hemos visto podía compararse con éste en fausto y en belleza". Luego se encaró con su portaalfanje Massrur, y le dijo: "Date prisa ¡oh Massrur! a seguir a ese cortejo, con objeto de que veas lo que haya que ver, y vuelvas sin tardanza para informarme en palacio, teniendo antes cuidado, sin embargo, de incitar a ese noble extranjero a presentarse mañana entre mis manos a la misma hora que el ciego y el lisiado y el jeique generoso".

Y cuando Massrur se marchó para ejecutar la orden, el califa y Giafar atravesaron el puente por fin. Pero apenas habían llegado al extremo, divisaron en medio del meidán que se abría frente a ellos, y que servía para justas y torneos, una gran aglomeración de espectadores que miraban a un joven montado en una hermosa yegua blanca, a la que lanzaba a toda brida por uno y otro lado, castigándola a latigazos y espolazos sin compasión y de manera que el animal echaba espuma y sangre y le temblaban las patas y el cuerpo todo.

Al ver aquello, el califa, que era aficionado a los caballos y no podía sufrir que se les maltratara, llegó al límite de la indignación, y preguntó a los espectadores: "¿Por qué se porta de modo tan bárbaro ese joven con esa hermosa yegua dócil?" Y contestaron: "No lo sabemos, y sólo Alah lo sabe. ¡Pero todos los días a la misma hora vemos llegar al joven con su yegua, y asistimos a este espectáculo inhumano!" Y añadieron: "Al fin y al cabo, es dueño legítimo de su yegua y puede tratarla a su antojo". Y Harún se encaró con Giafar y le dijo: "Te dejo el cuidado ¡oh Giafar! de informarte por ese joven de la causa que le impulsa a maltratar de tal suerte a su yegua. Y si se niega a revelártela, le dirás quién eres y le ordenarás que se presente entre mis manos mañana por la siesta, a la misma hora que el ciego, el lisiado, el jeique generoso y el jinete extranjero".

Y dejó el meidán para regresar a palacio solo aquel día...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 861ª noche

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Ella dijo:

"... Y Giafar contestó con el oído y la obediencia, y el califa le dejó en el meidán para regresar a palacio solo aquel día.

Y he aquí que al siguiente, después de la plegaria intermedia de mediodía, el califa entró en el diwán de audiencias, y el gran visir Giafar al punto introdujo en su presencia a los cinco personajes con quienes se habían encontrado la víspera en el puente de Bagdad, a saber: el ciego que se hacía abofetear, el maestro de escuela lisiado, el jeique generoso, el noble jinete a cuya zaga tocaban aires indios y chinos, y el joven dueño de la yegua blanca. Y cuando los cinco estuvieron prosternados ante su trono y hubieron besado la tierra entre sus manos, el califa les hizo con la cabeza seña de que se levantaran, y Giafar les colocó por orden, uno junto a otro, en la alfombra que había al pie del trono.

Entonces Al-Raschid se encaró con el joven dueño de la yegua blanca, y le dijo: "¡Oh joven que ayer te mostraste tan inhumano con la hermosa yegua blanca tan dócil que montabas! ¿puedes decirme, para que yo lo sepa, el motivo que impulsaba a tu alma a portarte de modo tan bárbaro con un animal mudo que no puede responder a las injurias con injurias y a los golpes con golpes? Y no me digas que obrabas así para guiar o para desbravar a tu yegua. Porque en mi vida he desbravado y guiado yo mismo gran número de potros y potrancas, pero nunca he tenido necesidad de maltratar, como tú lo hacías, a los animales que he enseñado. Y tampoco me digas que hostigabas así a tu yegua para divertir a los espectadores, pues no solamente no les divertía ese espectáculo inhumano, sino que les escandalizaba y a mí también me escandalizaba con ellos. Y en poco estuvo ¡por Alah! que me diese a conocer en público para castigarte como merecías y poner fin a un espectáculo tan repugnante. Habla, pues, sin mentir y sin ocultarme nada del motivo de tu conducta, porque es el único medio que te queda de escapar a mi rencor y de entrar en mi gracia. Y si tu relato me satisface y tus palabras disculpan tu conducta, dispuesto estoy incluso a perdonarte y a olvidar todo lo que de ofuscante hubiese en tu manera de obrar".

Cuando el joven dueño de la yegua blanca hubo oído las palabras del califa, se le puso la tez muy amarilla y bajó la cabeza guardando silencio, presa visiblemente de un embarazo muy grande y de una pena sin límites. Y como continuara erguido de tal suerte, sin poder llegar a pronunciar una sola palabra, mientras brotaban lágrimas de sus ojos y le caían en el pecho, el califa cambió de tono con él, y más intrigado que nunca, le dijo con voz dulce: "¡Oh joven! olvida que estás en presencia del Emir de los Creyentes y habla con toda libertad, como si estuvieras entre tus amigos, pues bien veo que tu historia debe ser una historia muy extraña y el motivo de tu conducta un motivo muy extraño. Y te juro, por los méritos de mis antecesores los Gloriosos, que no se te hará ningún mal".

Y Giafar, por su parte, se puso a hacer al joven, con la cabeza y con los ojos, señas inequívocas de estímulo que significaban claramente: "Habla con toda confianza. Y no tengas la menor inquietud".

Entonces el joven comenzó a recobrar el aliento perdido, y tras de alzar la cabeza, besó la tierra una vez más entre las manos del sultán, y dijo:

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