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Y cuando llegó la 829ª noche

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Ella dijo:

... Cuando el genealogista hubo dicho al sultán: "Y he aquí lo que he visto en esa dama soberana, ¡oh mi señor! ¡Pero Alah es omnisciente!", el sultán le dijo: "¡No se trata de eso, ¡oh genealogista! sino de que me digas qué has descubierto con respecto al origen de tu señora, mi honorable favorita!" Y tomando de pronto una actitud reservada y discreta, el genealogista contestó: "¡Es cosa delicada, ¡oh rey del tiempo! y no sé si debo hablar o callarme!" Y el sultán exclamó: "¡Por Alah, que no te he hecho venir más que para que hables! Vamos desembucha lo que tengas guardado, y mide tus palabras, ¡oh bellaco!" Y el genealogista, sin inmutarse, dijo: "¡Por vida de nuestro amo, que esa dama sería el ser más perfecto entre las criaturas si no tuviese un defecto original que desluce sus perfecciones personales!"

Al oír estas últimas frases y la palabra "defecto", el sultán, frunciendo las cejas e invadido por el furor, sacó de repente su cimitarra y saltó hacia el genealogista para cortarle la cabeza, gritando: "¡Oh perro, hijo de perro! por lo visto vas a decirme que mi favorita desciende de algún búfalo marino o que tiene un gusano en un ojo o en otra parte! ¡Ah! ¡hijo de los mil cornudos de la impudicia, así esta hoja te deje más ancho que largo!" Y de un trago le habría hecho beber la muerte infaliblemente, si no se hubiese encontrado allí el visir, prudente y juicioso, para desviar su brazo y decirle: "¡Oh mi señor! ¡mejor será no quitar la vida a este hombre, sin estar convencido de su crimen!"

Y el sultán dijo al hombre, a quien había derribado y a quien tenía bajo su rodilla: "¡Pues bien; habla! ¿Cuál es ese defecto que has encontrado en mi favorita?"

Y el genealogista de la especie humana contestó con el mismo acento tranquilo de antes: "¡Oh rey del tiempo! ¡mi señora, tu honorable favorita, es un dechado de belleza y de perfecciones; pero su madre era una danzarina pública, una mujer libre de la tribu errante de los Ghaziyas, una hija de prostituta !"

Al oír estas palabras, se hizo tan intenso el furor del sultán que se le quedaron los gritos en el fondo de la garganta. Y sólo al cabo de un momento pudo expresarse, diciendo a su gran visir: "¡Ve en seguida a traerme aquí al padre de mi favorita, que es el intendente de mi palacio!" y continuó teniendo bajo su rodilla al genealogista, que era el tercer comedor de haschisch. Y cuando hubo llegado el padre de su favorita, le gritó: "¿Ves este palo? ¡Pues bien; si no quieres verte sentado en su punta date prisa a decirme la verdad con respecto al nacimiento de tu hija, mi favorita!" Y el intendente de palacio, padre de la favorita, contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Y dijo: "Has de saber ¡oh mi señor soberano! que voy a decirte la verdad, pues, que tal es la única salvación. En mi juventud vivía yo la vida libre del desierto, y viajaba escoltando a las caravanas, que me pagaban el tributo del pasaje por el territorio de mi tribu. Y he aquí que un día en que habíamos acampado junto a los pozos de Zobeida (¡sean con ella las gracias y la misericordia de Alah! ), acertó a pasar un grupo de mujeres de la tribu errante de los Ghaziyas, cuyas hijas, cuando llegan a la pubertad, se prostituyen con los hombres del desierto, viajando de una tribu a otra y de un campamento a otro, ofreciendo sus gracias y su ciencia del amor a los cabalgadores jóvenes. Y aquel grupo se quedó con nosotros durante algunos días, y nos dejó luego para ir a buscar a los hombres de la tribu vecina. Y he aquí que después de su marcha, cuando ya se habían perdido de vista, descubrí acurrucada debajo de un árbol, a una pequeñuela de cinco años, a quien su madre, una Ghaziya, había debido perder u olvidar en el oasis, junto a los pozos de Zobeida. Y en verdad ¡oh mi señor soberano! que aquella muchacha, morena como el dátil maduro, era tan menuda y tan hermosa, que acto seguido declaré que la tomaba a mi cargo. Y aunque estaba asustada como una corza joven en su primera salida por el bosque, conseguí domesticarla, y se la confié a la madre de mis hijos, que la educó como si fuese su propia hija. Y creció entre nosotros y se desarrolló tan bien, que, cuando estuvo en la pubertad, ninguna hija del desierto, por muy maravillosa que fuera, podía comparársela. Y yo ¡oh mi señor! sentía que mi corazón estaba prendado de ella, y sin querer unirme a ella de manera ilícita, la tomé por mujer legítima, desposándola, a pesar de su origen inferior. Y gracias a la bendición, me dió ella la hija que te has dignado elegir para favorita tuya ¡oh rey del tiempo! Y ésta es la verdad acerca de la madre de mi hija, y acerca de su raza y de su origen. Y juro por la vida de nuestro profeta Mahomed (¡con El la plegaria y la paz) que no he quitado una sílaba. ¡Pero Alah es más verídico y el único infalible!"

Cuando el sultán hubo oído esta declaración sin artificio, se sintió aliviado de una preocupación torturadora y de una inquietud dolorosa. Porque se había imaginado que su favorita era hija de una prostituta entre las Ghaziyas, y acababa de saber precisamente lo contrario, pues, aunque era Ghaziya, la madre había permanecido virgen hasta su matrimonio con el intendente del palacio. Y entonces se dejó llevar de la sorpresa que le producía la ciencia del perspicaz genealogista. Y le preguntó: "¿Cómo te has arreglado para adivinar ¡oh sabio! que mi favorita era una hija de Ghaziya, hija de danzarina, la cual era hija de prostituta?" Y el genealogista comedor de haschisch contestó: "¡Escucha! Primero mi ciencia (¡Alah es más sabio!) me puso en camino de este descubrimiento. ¡Y luego me fijé en la circunstancia de que las mujeres de raza Ghaziya tienen todas, como tu favorita, las cejas muy espesas y juntas en el entrecejo, y también, como ella, tienen los ojos más intensamente negros de Arabia!"

Y el rey, maravillado de lo que acababa de oír, no quiso despedir al genealogista sin darle una prueba de su satisfacción. Se encaró, pues, con los servidores, que ya habían entrado de nuevo, y les dijo: "¡Dad hoy a este distinguido sabio doble ración de carne y dos panes del día, así como agua a discreción!"

¡Y he aquí lo referente al genealogista de la especie humana! Pero no es todo, porque no se ha acabado.

En efecto, al siguiente día, el sultán, que se había pasado la noche reflexionando sobre lo que habían hecho los tres compañeros y sobre la profundidad de su ciencia en las diversas ramas de la genealogía, se dijo para sí: "¡Por Alah! después de lo que me ha dicho este genealogista de la especie humana respecto al origen de la raza de mi favorita, no queda por hacer más que declararle el hombre más sabio de mi reino. ¡Pero quisiera saber antes qué me dice respecto a mi origen, al de este sultán, que es descendiente auténtico de tantos reyes!"

Al instante puso en acción su pensamiento, e hizo llevar de nuevo entre sus manos al genealogista de la especie humana, y le dijo: "¡Ahora ¡oh padre de la ciencia! que no tengo ningún motivo para dudar de tus palabras, quisiera oírte hablarme de mi origen y del origen de mi raza real!" Y el otro contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh rey del tiempo! pero no sin que antes me hayas prometido la seguridad. Porque dice el proverbio: "¡Pon distancia entre la cólera del sultán y tu cuello, y mejor es que hagas que te ejecuten por contumacia!" ¡Y yo ¡oh mi señor! soy sensible y delicado, y prefiero el palo por contumacia al palo eficaz que ensarta y profundiza en el agujero por una cuestión de raza!"

Y le dijo el sultán: "¡Por mi cabeza que te concedo la seguridad, y que, sea como sea lo que digas, estás absuelto de antemano!" Y le tiró el pañuelo de la salvaguardia. Y el genealogista recogió el pañuelo de la salvaguardia, y dijo: "¡En este caso, ¡oh rey del tiempo! te ruego que no dejes estar en esta sala otra persona que nosotros dos!" Y el rey le preguntó: "¿Por qué ¡oh hombre!?" El otro dijo: "¡Porque ¡oh mi señor! Alah Todopoderoso posee entre sus nombres benditos el sobrenombre de "Velador", pues le gusta velar con los velos del misterio las cosas cuya divulgación sería perjudicial!"

Y el sultán ordenó salir a todo el mundo, incluso a su gran visir.

Entonces, al encontrarse a solas con el sultán, el genealogista avanzó hacia él, e inclinándose a su oído, le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡tú no eres más que un adulterino, y de mala calidad!"


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 830ª noche

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Ella dijo:

... Entonces, al encontrarse a solas con el sultán el genealogista avanzó hacia él, e inclinándose a su oído, le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡tú no eres más que un adulterino, y de mala calidad!"

Al oír estas terribles palabras, cuya audacia era inusitada, el sultán se puso muy amarillo de color y cambió de talante, y sus miembros cayeron desmadejados; y perdió el oído y la vista; y quedó como un beodo que no hubiera bebido vino; y se tambaleó, con espuma en los labios; y acabó por caer desfallecido en el suelo, y permaneció en aquella posición mucho tiempo, sin que el genealogista supiese con exactitud si estaba muerto de la impresión, o medio muerto, o vivo todavía. Pero el sultán acabó por volver en sí, y levantándose, y recobrado el sentido por completo, se encaró con el genealogista y le dijo: "Ahora, ¡oh hombre! como se me pruebe que tus palabras son verídicas y adquiera yo la certeza de ellas con pruebas positivas, juro por la verdad de Quien me colocó por encima de los cuellos de Sus servidores, que quiero firmemente abdicar un trono del que sería indigno y desposeerme de mi poder real en favor tuyo. Porque eres el que mejor lo merece, y nadie como tú sabrá hacerse digno de esa posición. ¡Pero si advierto la mentira en tus palabras te degollaré!"

Y el genealogista contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡No hay inconveniente!"

Entonces el sultán se irguió sobre ambos pies sin más dilación ni tardanza, se precipitó con la espada en la mano al aposento de la sultana madre, y penetró en él, y le dijo: "¡Por el que elevó el cielo y lo separó del agua, que si no me respondes con la verdad a lo que voy a preguntarte te cortaré en pedazos con esto!" Y blandió su arma, girando unos ojos de incendio y babeando de furor. Y la sultana madre, asustada y azorada a la vez por un lenguaje tan poco usual, exclamó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡Cálmate ¡oh hijo mío! e interrógame acerca de todo lo que desees saber, que no te responderé más que con arreglo a los preceptos del Verídico!" Y el sultán le dijo: "Date prisa a decirme, entonces, sin ningún preámbulo ni entrada en materia, si soy hijo de mi padre el sultán y si pertenezco a la raza real de mis antepasados. ¡Porque sólo tú puedes revelármela".

Y contestó ella: "Te diré, pues, sin preámbulos, que eres hijo auténtico de un cocinero. ¡Y si quieres saber cómo, helo aquí!

"Cuando tu antecesor el sultán, a quien hasta ahora creías tu padre, me hubo tomado por esposa, cohabitó conmigo como es de rigor. Pero Alah no le favoreció con la fecundidad, y no pude darle una posteridad que le trajese alegría y asegurase el trono a su raza. Y cuando vió que no tendría hijos, quedó sumido en una tristeza que le hizo perder el apetito, el sueño y la salud. Y su madre no le dejaba parar, impulsándole a tomar nueva esposa. Y tomó una segunda esposa. Pero Alah no le favoreció con la fecundidad. Y de nuevo le aconsejó su madre una tercera esposa. Entonces, al ver que iba a acabar por quedar relegada a última fila, resolví poner a salvo mi influencia, poniendo al mismo tiempo a salvo la herencia del trono. Y esperé la ocasión propicia para realizar tan excelente intención.

"Un día, el sultán, que continuaba sin tener ningún apetito y adelgazando, tuvo mucha gana de comerse un pollo relleno. Y dió al cocinero orden de degollar una de las aves que estaban encerradas en jaulas en las ventanas de palacio. Y vino el hombre para coger el ave en su jaula. Entonces yo, al examinar bien a aquel cocinero, le encontré de lo más a propósito para la obra proyectada, pues era un gallardo joven corpulento y gigantesco. Y asomándome a la ventana, le hice señas para que subiera por la puerta secreta. Y lo recibí en mi aposento. Y lo que pasó entre él y yo sólo duró el tiempo preciso, porque en cuanto hubo acabado su misión le hundí en el corazón un puñal. Y cayó de bruces, muerto, dando con la cabeza antes que con los pies. E hice que mis fieles servidoras le cogieran y le enterraran en secreto en una fosa cavada por ellas en el jardín. Y aquel día no comió el sultán pollo relleno, y montó en una gran cólera a causa de la desaparición inexplicable de su cocinero. Pero nueve meses más tarde, día por día, te eché al mundo con tan buen aspecto como sigues teniendo. Y tu nacimiento fué causa de alegría para el sultán, que recobró su salud y su apetito, y colmó de favores y de presentes a sus visires, a sus favoritos y a todos los habitantes de palacio, y dió grandes festejos y regocijos públicos, que duraron cuarenta días y cuarenta noches. Y ésta es la verdad acerca de tu nacimiento, de tu raza y de tu origen. Y te juro por el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) que no he dicho más que lo que sabía. ¡Y Alah es omnisciente!"

Al oír este relato, el sultán se levantó y salió del aposento de su madre llorando. Y entró en la sala del trono, y se sentó en tierra, frente al tercer genealogista, sin decir una palabra. Y seguían rodando lágrimas de sus ojos, y se deslizaban por los intersticios de su barba que la tenía muy larga. Y al cabo de una hora de tiempo levantó la cabeza y dijo al genealogista: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh boca de verdad! dime cómo has podido descubrir que yo era un adulterino de mala calidad!" Y el genealogista contestó: "¡Oh mi señor! cuando cada uno de nosotros tres hubo probado los talentos que poseía, y de los que quedaste extremadamente satisfecho, ordenaste que nos dieran como recompensa doble ración de carne y de pan y agua a discreción. Y por la mezquindad de semejante regalo y la naturaleza misma de esa generosidad, juzgué que no podías ser más que hijo de un cocinero, posteridad de un cocinero y sangre de un cocinero. Porque los reyes hijos de reyes no tienen costumbre de corresponder al mérito con distribuciones de carne u otra cosa análoga, sino que recompensan los méritos con magníficos presentes, ropones de honor y riquezas sin cuento. Así es que no pude por menos de adivinar tu baja extracción adulterina con aquella prueba incontestable. ¡Y no hay mérito alguno en este descubrimiento!"

Cuando el genealogista hubo cesado de hablar, el sultán se levantó y le dijo: "¡Quítate la ropa!" Y el genealogista obedeció, y el sultán, despojándose de sus ropas y de sus atributos reales, se los puso al otro con sus propias manos. Y le hizo subir al trono, y doblándose ante él, besó la tierra entre sus manos y le rindió los homenajes de un vasallo a su soberano. Y en aquella hora y en aquel instante hizo entrar al gran visir, a los demás visires y a todos los grandes del reino, y le hizo reconocer por ellos como a su legítimo soberano. Y el nuevo sultán envió al punto a buscar a sus amigos los otros dos genealogistas comedores de haschisch, y a uno le nombró guardián de su derecha y a otro guardián de su izquierda. Y conservó en sus funciones al antiguo gran visir, a causa de su sentimiento de la justicia.

Y fué un gran rey.

¡Y he aquí lo referente a los tres genealogistas!

Pero, volviendo al antiguo sultán, su historia no hace más que comenzar. ¡Porque hela aquí... !


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

Y su hermana, la pequeña Doniazada, que de día en día y de noche en noche se volvía más hermosa y más desarrollada y más comprensiva y más atenta y más silenciosa, se levantó a medias de la alfombra en que estaba acurrucada y le dijo: "¡Oh hermana mía, cuán dulces y sabrosas y regocijantes y deleitosas son tus palabras!" Y Schehrazada le sonrió, la besó y le dijo: "Sí; pero ¿qué es eso comparado con lo que voy a contar la noche próxima, siempre que quiera permitírmelo nuestro señor el rey?

Y dijo el sultán Schahriar: "¡Oh Schehrazada, no lo dudes! Claro que puedes decirnos mañana la continuación de esa historia prodigiosa que no hace más que empezar apenas. ¡Y si no estás fatigada, puedes proseguirla esta misma noche, que tanto deseo saber lo que va a ocurrirle al antiguo sultán, a ese hijo adulterino! ¡Alah maldiga a las mujeres execrables!

Sin embargo, debo ahora declarar que la esposa del sultán, madre del adulterino, sólo fornicó con el cocinero abrigando un propósito excelente. ¡Alah extienda sobre ella Su misericordia! ¡Pero por lo que respecta a la maldita, a la desvergonzada, a la hija de perro que hizo lo que hizo con el negro Massaud, no trataba de asegurar el trono para mis descendientes, la maldita! ¡Ojalá no la tenga Alah jamás en Su compasión!"

Y tras de hablar así, el rey Schahriar, frunciendo terriblemente las cejas y mirando con los ojos en blanco y de reojo, añadió: "¡En cuanto a ti Schehrazada, empiezo a creer que acaso no seas como todas esas desvergonzadas a quienes he hecho cortar la cabeza!"

Y Schehrazada se inclinó ante el rey huraño, y dijo: "¡Que Alah prolongue la vida de nuestro señor y me otorgue vivir hasta mañana para contarle lo que le aconteció al adulterino simpático!" Y tras de hablar así, se calló.



Y cuando llegó la 831ª noche

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La pequeña Doniazada dijo a Schehrazada: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermana mía! si no tienes sueño, date prisa a decirnos, por favor, lo que fué del antiguo sultán, hijo adulterino del cocinero!"

Y dijo Schehrazada: "¡De todo corazón y como homenaje debido a nuestro señor, este rey magnánimo!"

Y continuó la historia en estos términos: ... Pero, volviendo al antiguo sultán, su historia no hace más que comenzar. ¡Porque hela aquí!

Una vez que hubo abdicado su trono y su poderío entre las manos del tercer genealogista, el antiguo sultán vistió el hábito de derviche peregrino, y sin entretenerse en despedidas que ya no tenían importancia para él, y sin llevar nada consigo, se puso en camino para el país de Egipto, donde contaba con vivir en olvido y soledad, reflexionando sobre su destino. Y Alah le escribió la seguridad, y después de un viaje lleno de fatigas y de peligros llegó a la ciudad espléndida de El Cairo, esa inmensa ciudad tan diferente de las ciudades de su país, y cuya vuelta exige tres jornadas y media de marcha por lo menos. Y vió que verdaderamente era una de las cuatro maravillas del mundo, contando el puente de Sanja, el faro de Al-Iskandaria y la mezquita de los Ommiadas en Damasco. Y le pareció que estaba lejos de haber exagerado las bellezas de aquella ciudad y de aquel país el poeta que ha dicho:


"¡Egipto! ¡tierra maravillosa cuyo polvo es de oro, cuyo río es una bendición y cuyos habitantes son deleitosos, perteneces al victorioso que sabe conquistarte!"


Y paseándose, y mirando, y maravillándose sin cansarse, el antiguo sultán, bajo sus hábitos de derviche pobre, se sentía muy dichoso de poder admirar a su antojo y marchar a su gusto y detenerse a voluntad, desembarazado de los fastidios y cargos de la soberanía. Y pensaba: "¡Loores a Alah el Retribuidor! El da a unos el poderío con los agobios y las preocupaciones, y a otros la pobreza con la despreocupación y la ligereza de corazón. ¡Y estos últimos son los más favorecidos! ¡Bendito sea!" Y de tal suerte llegó, rico de visiones encantadoras, ante el propio palacio del sultán de El Cairo, que a la sazón era el sultán Mahmud.

Y se detuvo bajo las ventanas del palacio, y apoyado en su bastón de derviche, se puso a reflexionar sobre la vida que pudiera llevar en aquella morada imponente el rey del país, y sobre el cortejo de preocupaciones, inquietudes y fastidios diversos en que debería estar sumido constantemente, sin contar su responsabilidad ante el Altísimo, que ve y juzga los actos de los reyes. Y se alegraba en el alma por haber tenido la idea de librarse de una vida tan pesada y tan complicada, y por haberla cambiado, merced a la revelación de su nacimiento, por una existencia de aire libre y libertad, sin tener por toda hacienda y por toda renta más que su camisa, su capote de lana y su báculo. Y sentía una gran serenidad que le refrescaba el alma y acababa de hacerle olvidar sus pasadas emociones.

En aquel preciso momento el sultán Mahmud, de vuelta de la caza, entraba en su palacio. Y atisbó al derviche apoyado en su báculo, sin ver lo que le rodeaba y con la mirada perdida en la contemplación de cosas lejanas. Y quedó conmovido por la apostura noble de aquel derviche y por su actitud distinguida y su aire distraído. Y se dijo: "¡Por Alah, he aquí el primer derviche que no tiende la mano al paso de los señores ricos! ¡Sin duda alguna debe ser su historia una singular historia!" Y despachó hacia él a uno de los señores de su séquito para que le invitase a entrar en el palacio, porque deseaba charlar con él. Y el derviche no pudo por menos de obedecer al ruego del sultán. Y aquello fué para él un segundo cambio de destino.

Y tras de descansar un poco de las fatigas de la caza, el sultán Mahmud hizo entrar al derviche a su presencia, y le recibió con afabilidad, y le preguntó con bondad por su estado, diciéndole: "La bienvenida sea contigo, ¡oh venerable derviche de Alah! ¡A juzgar por tu aspecto, debes ser hijo de los nobles Árabes del Hedjaz o del Yemen!" Y contestó el derviche: "Sólo Alah es noble, ¡oh mi señor! Yo no soy más que un pobre hombre, un mendigo". Y el sultán insistió: "¡No diré que no! Pero ¿cuál es el motivo de tu venida a este país y de tu presencia bajo los muros de este palacio, ¡oh derviche!? ¡Ciertamente, debe ser eso una historia asombrosa!" Y añadió: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh derviche bendito! cuéntame tu historia sin ocultarme nada!" Y al oír estas palabras del sultán, el derviche no pudo por menos de dejar escapar de sus ojos una lágrima, y le oprimió el corazón una emoción grande. Y contestó: "No te ocultaré nada de mi historia, señor, aunque sea para mí un recuerdo lleno de amargura y de dulzura. ¡Pero permíteme que no te la cuente en público!" Y el sultán Mahmud se levantó de su trono, descendió hasta donde estaba el derviche, y cogiéndole de la mano le condujo a una sala apartada, en donde se encerró con él. Luego le dijo: "Ya puedes hablar sin temor, ¡oh derviche!"

Entonces el antiguo sultán dijo, sentado en la alfombra frente al sultán Mahmud: "¡Alah es el más grande! ¡he aquí mi historia!" Y contó cuanto le había ocurrido, desde el principio hasta el fin, sin olvidar un detalle, y cómo había abdicado el trono y se había disfrazado de derviche para viajar y tratar de olvidar sus desdichas. Pero no hay utilidad en repetirlo.

Cuando el sultán Mahmud hubo oído las aventuras del presunto derviche, se arrojó a su cuello y le besó con efusión, y le dijo: "¡Gloria al que abate y eleva, humilla y honra con los decretos de Su sabiduría y de Su omnipotencia!" Luego añadió: "¡En verdad, ¡oh hermano mío! que tu historia es una gran historia y la enseñanza que encierra es una enseñanza grande! Te doy gracias, pues, por haberme ennoblecido los oídos y enriquecido el entendimiento. El dolor, ¡oh hermano mío! es un fuego que purifica, y los reveses del tiempo curan los ojos ciegos de nacimiento".

Luego dijo: "Y ahora que la sabiduría ha elegido para domicilio tu corazón, y la virtud de la humanidad para con Alah te ha dado más títulos de nobleza que da a los hombres un milenio de dominación, ¿me será permitido expresar un deseo, ¡oh magno!?" Y el antiguo sultán dijo: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh rey magnánimo!" Y dijo el sultán Mahmud: "¡Quisiera ser amigo tuyo!"

Y tras de hablar así, abrazó de nuevo al antiguo sultán convertido en derviche, y le dijo: "¡Qué vida tan admirable va a ser la nuestra en lo sucesivo, ¡oh hermano mío! Saldremos juntos, entraremos juntos, y por la noche disfrazados, nos iremos a recorrer los diversos barrios de la ciudad para beneficiarnos moralmente con esos paseos. Y todo en este palacio te pertenecerá a medias con toda cordialidad. ¡Por favor, no me rechaces, porque la negativa es una de las formas de la mezquindad!".

Y cuando el sultán-derviche hubo aceptado con corazón conmovido la oferta amistosa, el sultán Mahmud añadió: "¡Oh hermano mío y amigo mío! Sabe a tu vez que también yo tengo en mi vida una historia. Y esta historia es tan asombrosa que, si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección saludable a quien la leyese con deferencia. ¡Y no quiero tardar más en contártela, con el fin de que desde el principio de nuestra amistad sepas quién soy y quién he sido!"


Y el sultán Mahmud, recopilando sus recuerdos, dijo al sultán-derviche, que ya era amigo suyo:



Historia del mono jovenzuelo

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"Has de saber, ¡oh hermano mío! que el comienzo de mi vida ha sido de todo punto semejante al fin de tu carrera, pues si tú empezaste por ser sultán para luego vestir los hábitos de derviche, a mí me ha sucedido precisamente lo contrario. Porque primero fui derviche, y el más pobre de los derviches, para llegar luego a ser rey y a sentarme en el trono del sultanato de Egipto.

He nacido, en efecto, de un padre muy pobre que ejercía por las calles el oficio de reguero. Y a diario llevaba a su espalda un odre de piel de cabra lleno de agua, y encorvado bajo su peso, regaba por delante de las tiendas y de las casas mediante un exiguo estipendio. Y yo mismo, cuando estuve en edad de trabajar, le ayudaba en su tarea, y llevaba a la espalda un odre de agua proporcionado a mis fuerzas, y aun más pesado de lo conveniente. Y cuando mi padre falleció en la misericordia de su Señor, me quedó por toda herencia, por toda sucesión y por todo bien, el odre grande de piel de cabra que servía para el riego. Y a fin de poder atender a mi subsistencia, me vi obligado a ejercer el oficio de mi padre, que era muy estimado por los mercaderes delante de cuyas tiendas regaba y por los porteros de los señores ricos.

Pero, ¡oh hermano mío! la espalda del hijo nunca es tan resistente como la de su padre, y pronto tuve que abandonar el trabajo penoso del riego para no fracturarme los huesos de la espalda o quedarme irremediablemente jorobado, de tanto como pesaba el enorme odre paterno. Y como no tenía bienes, ni rentas, ni olor siquiera de estas cosas, tuve que hacerme derviche mendigo y tender la mano a los transeúntes en el patio de las mezquitas y en los sitios públicos. Y cuando llegaba la noche me tendía cuan largo era a la entrada de la mezquita de mi barrio, y me dormía después de comerme la exigua ganancia del día, diciéndome, como todos los desdichados de mi especie: "¡El día de mañana, si Alah quiere, será más próspero que el de hoy!" Y tampoco olvidaba que todo hombre tiene fatalmente su hora sobre la tierra, y que la mía tenía que llegar, tarde o temprano, quisiera o no quisiera yo. Y por eso no dejaba de pensar en ella y la vigilaba como el perro en acecho vigila a la liebre.

Pero, entretanto, vivía la vida del pobre, en la indigencia y en la penuria, y sin conocer ninguno de los placeres de la existencia. Así es que la primera vez que tuve entre las manos cinco dracmas de plata, don inesperado de un generoso señor, a la puerta del cual había ido yo a mendigar el día de sus bodas, y me vi poseedor de aquella suma, me prometí agasajarme y pagarme algún placer delicado. Y apretando en mi mano los dichosos cinco dracmas, eché a correr hacia el zoco principal, mirando con mis ojos y olfateando con mi nariz por todos los lados para elegir lo que iba a comprar.

Y he aquí que de repente oí grandes carcajadas en el zoco...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 832ª noche

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Ella dijo:

... Y he aquí que de repente oí grandes carcajadas en el zoco, y vi una multitud de personas de cara satisfecha y bocas abiertas que se habían agrupado en torno a un hombre que llevaba de una cadena a un mono joven de trasero sonrosado. Y mientras andaba, aquel mono hacía con los ojos, con la cara y con las manos numerosas señas a los que le rodeaban, con el propósito evidente de divertirse a costa de ellos y de hacer que le dieran alfónsigos, garbanzos y avellanas.

Y yo, al ver aquel mono, me dije: "Ya Mahmud, ¿quién sabe si tu destino no está atado al cuello de ese mono? ¡Hete aquí ahora rico con cinco dracmas de plata que vas a gastarte, para dar gusto a tu vientre, de una vez o en dos veces o en tres veces a lo más! ¿No harías mejor, teniendo ese dinero, en comprar a su amo ese mono para hacerte exhibidor de monos y ganar con seguridad tu pan de cada día, en lugar de continuar llevando esta vida de mendicidad a la puerta de Alah?"

Y así pensando, me aproveché de un claro en la muchedumbre para acercarme al propietario del mono, y le dije: "¿Quieres venderme ese mono con su cadena por tres dracmas de plata?" Y me contestó: "¡Me ha costado diez dracmas contantes y sonantes; pero, por ser para ti, te lo dejaré en ocho!" Yo dije: "¡Cuatro!" El dijo: "¡Siete! Yo dije: "¡Cuatro y medio!" El dijo: "¡Cinco, la última palabra! ¡Y ruego por el Profeta!"

Y contesté: "¡Con El las bendiciones, la plegaria y la paz de Alah! ¡Acepto el trato, y aquí tienes los cinco dracmas!" Y abriendo mis dedos, que tenían los cinco dracmas encerrados en el hueco de mi mano con más seguridad que en una arquilla de acero, le entregué la suma, que era todo mi haber y todo mi capital, y en cambio cogí el mono, y me le llevé de la cadena.

Pero entonces reflexioné que no tenía domicilio ni cobijo en que resguardarle, y no había ni que pensar en hacerle entrar conmigo en el patio de la mezquita donde habitaba al aire libre, porque me hubiese echado el guardián a vuelta de muchas injurias para mí y para mi mono. Y entonces me dirigí a una casa vieja en ruinas que no tenía en pie más que tres muros, y me instalé allí para pasar la noche con mi mono. Y el hambre empezaba a torturarme cruelmente, y a aquella hambre venía a sumarse el deseo reconcentrado de golosinas del zoco que no había podido satisfacer y que me sería imposible aplacar en adelante, pues la adquisición del mono me lo había llevado todo. Y mi perplejidad, extremada ya, se duplicaba entonces con la preocupación de alimentar a mi compañero, mi ganapán futuro. Y empezaba a arrepentirme de mi compra, cuando de pronto vi que mi mono daba una sacudida, haciendo varios movimientos singulares. Y en el mismo momento, sin que tuviese tiempo yo de darme cuenta de la cosa, vi, en lugar del repulsivo animal de trasero reluciente, a un jovenzuelo como la luna en su décimocuarto día. Y en mi vida había yo visto una criatura que pudiese compararse con él en hermosura, en gracias y en elegancia. Y erguido en una actitud encantadora, se dirigió a mí, con una voz dulce como el azúcar, diciendo: "¡Mahmud, acabas de gastar en comprarme los cinco dracmas de plata que eran todo tu capital y toda tu fortuna, y en este instante no sabes qué hacer para procurarte algún alimento que nos baste a mí y a ti!"

Y contesté: "Por Alah, que dices verdad, ¡Oh jovenzuelo! Pero ¿cómo es esto? ¿Y quién eres? ¿Y de dónde vienes? ¿Y qué quieres?" Y me dijo sonriendo: "Mahmud, no me hagas preguntas. Mejor será que tomes este dinar de oro y compres todo lo necesario para nuestro regalo. ¡Y sabe, Mahmud, que, en efecto, tu destino, como pensaste, está atado a mi cuello, y vengo a ti para traerte la buena suerte y la dicha!" Luego añadió: "¡Pero date prisa, Mahmud, a ir a comprar de comer porque tenemos mucha hambre tú y yo!" Y al punto ejecuté sus órdenes, y no tardamos en hacer una comida de calidad excelente, la primera de esta especie, para mí desde mi nacimiento. Y como ya iba muy avanzada la noche, nos acostamos uno junto a otro. Y al ver que, indudablemente, era él más delicado que yo, le tapé con mi viejo capote de lana de camello. Y se durmió muy apretado a mí, como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida. Y yo no me atrevía a hacer el menor movimiento por miedo a molestarle o a que creyera en tales o cuales intenciones por mi parte, y a verle entonces recobrar su forma prístina de mono con el trasero desollado. ¡Y por vida mía, que entre el contacto delicioso de aquel cuerpo de jovenzuelo y la piel de cabra de los odres que me habían servido de almohadas desde la cuna, verdaderamente había diferencia! Y me dormí a mi vez, pensando que dormía al lado de mi destino. Y bendije al Donador, que me lo otorgaba bajo su aspecto tan hermoso y seductor.

Al día siguiente el jovenzuelo, que hubo de levantarse más temprano que yo, me despertó y me dijo: "¡Mahmud! ¡Ya es tiempo, después de esta noche pasada de cualquier manera, de que vayas a alquilar en nuestro nombre un palacio que sea el más hermoso entre los palacios de esta ciudad! Y no temas que te falte dinero para comprar los muebles y tapices más caros y más preciosos que encuentres en el zoco". Y contesté con el oído y la obediencia y ejecuté sus órdenes sin pérdida de momento.

He aquí que, cuando estuvimos instalados en nuestra morada, que era la más espléndida de El Cairo, alquilada a su propietario mediante diez sacos de mil dinares de oro, el jovenzuelo me dijo: "¡Mahmud! ¿cómo no te da vergüenza acercarte a mí y vivir a mi lado, vestido de harapos como vas y con el cuerpo sirviendo de refugio a todas las variedades de pulgas y de piojos? ¿Y a qué esperas para ir al hammam a purificarte y a mejorar tu estado? Porque, respecto a dinero, tienes más que el que necesitarían los sultanes dueños de imperios. ¡Y en cuanto a ropa, sólo tienes que tornarte el trabajo de escoger!" Y contesté con el oído y la obediencia, y me apresuré a tomar un baño asombroso, y salí del hammam ligero, perfumado y embellecido.

Cuando el jovenzuelo me vió reaparecer ante él, transformado y vestido con ropas de la mayor riqueza, me contempló detenidamente y quedó satisfecho de mi apostura. Luego me dijo: "¡Mahmud! así es como quería verte. ¡Ven a sentarte ahora junto a mí!" Y me senté junto a él, pensando para mi ánima: "¡Vaya! ¡me parece que ha llegado el momento!" Y me dispuse a no rezagarme de ninguna manera ni por ningún estilo.

Y he aquí que, al cabo de un momento, el jovenzuelo me dió amigablemente en el hombro, y me dijo: "¡Mahmud!" Y contesté: "¡Ya sidi!" El me dijo: "¿Que te parecería que llegara a ser tu esposa una jovenzuela hija de rey más hermosa que la luna del mes de Ramadán?" Yo dije: "La tendría por muy bienvenida, ¡oh mi señor!" El dijo: "¡En ese caso, levántate, Mahmud, toma este paquete y ve a pedir en matrimonio su hija mayor al sultán de El Cairo! ¡Porque está escrita en tu destino ella! Y al verte comprenderá su padre que eres tú quien tiene que ser esposo de su hija. ¡Pero, al entrar, no te olvides de ofrecer al sultán, como presente, este paquete, después de las zalemas!" Y contesté: "¡Escucho y obedezco!" Y sin vacilar un instante, pues que tal era mi destino, tomé conmigo un esclavo para que me llevara el paquete por el camino, y me presenté en el palacio del sultán.

Y al verme vestido con tanta magnificencia, los guardias de palacio y los eunucos me preguntaron respetuosamente qué deseaba. Y cuando se informaron de que yo deseaba hablar al sultán y llevaba un regalo para entregárselo en propia mano, no pusieron ninguna dificultad para hacer, en mi nombre, una petición de audiencia e introducirme a su presencia al punto. Y yo, sin perder la serenidad, como si toda mi vida hubiese sido comensal de reyes, dirigí la zalema al sultán con mucha deferencia, pero sin ridiculeces, y él me la devolvió con una actitud graciosa y benévola. Y tomé el paquete de manos del esclavo, y se lo ofrecí, diciendo: "¡Dígnate aceptar este modesto presente, ¡oh rey del tiempo! aunque no vaya por el camino de tus méritos, sino por el humilde sendero de mi incapacidad!" Y el sultán mandó a ver qué contenía. Y vió joyeles y atavíos y adornos de una magnificencia tan increíble como nunca hubo de verlos. Y maravillado, prorrumpió en exclamaciones referentes a la hermosura de aquel regalo, y me dijo: "¡Queda aceptado! Pero date prisa a manifestarme qué deseas y qué puedo darte en cambio. ¡Porque los reyes no deben quedarse atrás en liberalidades y atenciones!" Y sin esperar a más, contesté: "¡Oh rey del tiempo ¡mi deseo es llegar a ser conexo y pariente tuyo en tu hija mayor, esa perla escondida, esa flor en su cáliz, esa virgen sellada y esa dama oculta en sus velos!"

Cuando el sultán hubo oído mis palabras y comprendido mi demanda, me miró durante una hora de tiempo y me contestó: "¡No hay inconveniente!" Luego se encaró con su visir, y le dijo: "¿Qué te parece la demanda de este eminente señor? ¡En ciertos signos de su fisonomía conozco que viene enviado por el Destino para ser mi yerno!" Y contestó el visir interrogado: "¡Las palabras del rey están por encima de nuestra cabeza! Y no es el señor una conexión indigna de nuestro amo ni una parentela para rechazarla. ¡Nada más lejos de eso! ¡Pero acaso fuera mejor, no obstante este regalo, pedirle una prueba de su poderío y su capacidad!" Y el sultán le dijo: "¿Qué tengo que hacer para ello? Aconséjame, ¡oh visir!"

El aludido dijo: "Mi opinión ¡oh rey del tiempo! es que le enseñes el diamante más hermoso del tesoro y no le concedas en matrimonio tu hija la princesa más que con la condición de que, para presente de boda traiga un diamante del mismo valor".

Entonces yo, aunque estaba muy violentamente emocionado en mi interior por todo aquello, pregunté al sultán: "Si traigo una piedra que sea hermana de ésta y de todo punto igual, ¿me darás a la princesa?"

El me contestó: "Si realmente me traes una piedra idéntica a ésta, mi hija será tu esposa". Y examiné la piedra, la di vueltas en todos sentidos y la retuve en mi imaginación. Luego se la devolví al sultán y me despedí de él, pidiéndole permiso para volver al día siguiente.

Y cuando llegué a nuestro palacio me dijo el jovenzuelo: "¿Cómo va el asunto?" Y le puse al corriente de lo que había pasado, describiéndole la piedra como si la tuviese entre mis dedos. Y me dijo: "La cosa es fácil. Hoy, sin embargo, es tarde ya; pero mañana ¡inschalah! te daré diez diamantes exactamente iguales al que me has descrito ...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 833ª noche

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Ella dijo:

"... Hoy, sin embargo, es tarde ya; pero mañana ¡inschalah! te daré diez diamantes exactamente iguales al que me has descrito".

Y, efectivamente, al día siguiente por la mañana el jovenzuelo salió al jardín del palacio, y al cabo de una hora me entregó los diez diamantes, todos exactamente iguales en hermosura al del sultán, tallados en forma de huevo de paloma y puros como el ojo del sol. Y fuí a presentárselos al sultán, diciéndole: "¡Oh mi señor! dispénsame la pequeñez. Pero no me ha parecido bien traer un solo diamante y he creído que debía traer diez. ¡Puedes escoger y tirar luego los que no te gusten". Y el sultán mandó al gran visir que abriera el cofrecillo de esmalte que guardaba aquellas piedras, y quedó maravillado de su brillo y de su hermosura, y muy sorprendido de ver que en realidad había diez, todos exactamente iguales al que poseía él.

Y cuando volvió de su asombro se encaró con el gran visir, y sin dirigirle la palabra le hizo con la mano un gesto que significaba: "¿Qué debo hacer?" Y el visir, de la misma manera, contestó con un gesto que quería decir: "¡Hay que concederle tu hija!"

Y al punto se dieron órdenes para que se hiciesen todos los preparativos de nuestro matrimonio. Y mandaron al kadí y a los testigos que escribieran el contrato de matrimonio acto seguido. Y cuando estuvo extendida esta acta legal me la entregaron, con arreglo al ceremonial de rigor. Y como yo había querido que asistiese a la ceremonia el jovenzuelo, a quien presenté al sultán como pariente cercano mío, me apresuré a enseñarle el contrato con el fin de que lo leyese por mí, ya que yo no sabía leer ni escribir. Y tras de leerlo en voz alta desde el principio hasta el fin, me lo devolvió, diciéndome: "Está conforme a lo establecido y acostumbrado. Y hete aquí casado legalmente con la hija del sultán".

Luego me llamó aparte y me dijo: "¡Bien está todo esto, Mahmud; pero ahora exijo de ti una promesa!" Y contesté: "¡Oh, por Alah! ¿qué promesa puedes pedirme mayor que la de darte mi vida, que ya te pertenece?" Y sonrió y me dijo: "¡Mahmud! No quiero que llegues a consumar el matrimonio mientras yo no te dé permiso para penetrar en ella. ¡Porque antes tengo que hacer una cosa!"

Y contesté: "¡Oír es obedecer!"

Así es que, cuando llegó la noche de la penetración, entré en el aposento de la hija del sultán. Pero, en vez de hacer lo que hacen los esposos en semejante caso, me senté lejos de ella, en un rincón, a pesar del deseo que me embargaba. Y me limité a mirarla desde lejos, detallando con mis ojos sus perfecciones. Y me conduje de tal suerte la segunda noche y la tercera noche, aunque cada mañana, como es costumbre, iba la madre de mi esposa a preguntarle cómo había pasado la noche, diciéndole: "¡Espero de Alah que no habrá habido contratiempos y que se habrá verificado la prueba de tu virginidad!"

Pero mi esposa contestaba: "¡No me ha hecho nada todavía!" Por tanto, a la mañana de la tercera noche la madre de mi esposa se afligió hasta el límite de la aflicción, y exclamó: "¡Oh, qué calamidad para nosotros! ¿por qué nos trata tu esposo de esta manera humillante y persiste en abstenerse de tu penetración? ¿Y qué van a pensar de esta conducta injuriosa nuestros parientes y nuestros esclavos? ¿Y no tendrán derecho a creer que esta abstención se debe a algún motivo inconfesable o a alguna razón tortuosa?" Y llena de inquietud, en la mañana del tercer día fué a contar la cosa al sultán, que dijo: "¡Si esta noche no le quita la doncellez le degollaré!"

Y esta noticia llegó a oídos de mi joven esposa, que fué a contármela.

Entonces no vacilé ya en poner al jovenzuelo al corriente de la situación. Y me dijo: "¡Mahmud, ha llegado el momento oportuno! Pero antes de quitarle la doncellez hay que tener en cuenta una condición, y es que, cuando estés solo con ella, le pidas un brazalete que lleva en el brazo derecho. Y lo cogerás y me lo traerás inmediatamente. Después de lo cual te está permitido llevar a cabo la penetración y complacer a su madre y a su padre".

Y contesté: "¡Escucho y obedezco!"

Y cuando me reuní con ella al llegar la noche, le dije: "Por Alah sobre ti, ¿tienes realmente deseo de que esta noche te dé yo gusto y alegría?" Y me contestó: "Ese deseo tengo en verdad". Y añadí: "¡Dame, entonces, el brazalete que llevas en el brazo derecho!" Y exclamó ella: "Te lo daré; pero no sé qué podrá sobrevenir si abandono entre tus manos este brazalete, que es un amuleto que me dió mi nodriza cuando era yo muy niña". Y así diciendo, se lo quitó del brazo y me lo dió. Y al instante fui a entregárselo a mi amigo el jovenzuelo, que me dijo: "¡Esto es lo que necesitaba! Ahora puedes volver para ocuparte de la penetración".

Y me apresuré a regresar a la cámara nupcial para cumplir mi promesa concerniente a la toma de posesión y dar gusto con ello a todo el mundo.

Y he aquí que, a partir del momento en que penetré junto a mi esposa, que me esperaba completamente preparada en su lecho, ignoro ¡oh hermano mío! lo que me ocurrió. Todo lo que sé es que de pronto vi que mi habitación y mi palacio se derretían como ensueños, y me vi acostado al aire libre en medio de la casa en ruinas adonde había conducido al mono cuando efectué su adquisición. Y estaba despojado de mis ricas vestiduras y medio desnudo entre los andrajos de mi antigua miseria. Y reconocí mi vieja túnica llena de remiendos de telas de todos colores, y mi báculo de derviche mendigo, y mi turbante con tantos agujeros como una criba de mercader de granos.

Al ver aquello ¡oh hermano mío! no me di cuenta exacta de lo que significaba, y me pregunté: "Ya Mahmud, ¿estás en estado de vigilia o de sueño? ¿Sueñas o eres realmente Mahmud el derviche mendigo?" Y cuando acabé de recobrar el sentido me levanté y di una sacudida, como había visto hacer al mono la otra vez. Pero seguí siendo quien era, un pobre hijo de pobre y nada más.

Entonces, con el alma dolorida y el espíritu conturbado empecé a caminar sin rumbo, pensando en la inconcebible fatalidad que me había llevado a aquella situación. Y vagando de tal suerte, llegué a una calle poco frecuentada, en donde vi a un maghrebín del Barbar sentado en un alfombrín y teniendo ante sí una esterilla cubierta de papeles escritos y de diversos objetos adivinatorios.

Y yo, contento por aquel encuentro, me acerqué al maghrebín con objeto de que me sacara la suerte y me dijera mi horóscopo, y le dirigí una zalema que me devolvió. Y me senté en tierra con las piernas encogidas, me acurruqué frente a él y le rogué que consultara a lo Invisible con respecto a mí.

Entonces el maghrebín, tras de considerarme con ojos por donde pasaban hojas de cuchillo, exclamó: "¡Oh derviche! ¿eres tú quien ha sido víctima de una execrable fatalidad que te ha separado de tu esposa?" Y exclamé: "¡Ah, ualah! ¡ah ualah! ¡yo mismo soy!" El me dijo: "¡Oh pobre! el mono que compraste en cinco dracmas de plata, y que tan súbitamente se metamorfoseó en un jovenzuelo lleno de gracia y de belleza, no es un ser humano de entre los hijos de Adán, sino un genni de mala calidad. No se ha servido de ti más que para lograr sus fines. Porque has de saber que desde hace mucho tiempo está prendado apasionadamente de la hija del sultán, la misma con quien te ha hecho casarte. Pero como, a pesar de todo su poder, no conseguía acercarse a ella, porque llevaba ella un brazalete talismánico, se ha valido de ti para obtener el brazalete y adueñarse de la princesa impunemente. Pero espero no tardar mucho en destruir el poder peligroso de ese mal sujeto, que es uno de los genios adulterinos que se rebelaron contra la ley de nuestro señor Soleimán (¡con El la plegaria y la paz!)".

Y tras hablar así, el maghrebín tomó una hoja de papel, trazó en ella caracteres complicados, y me la entregó diciendo: "¡Oh derviche! no dudes de la grandeza de tu destino, anímate y ve al paraje que voy a indicarte. Y allí esperarás a que pase una tropa de personajes, a quienes observarás con atención. ¡Y cuando divises al que parece su jefe le entregarás este billete, y satisfará tus deseos!" Luego me dió las instrucciones necesarias para llegar al paraje de que se trataba, y añadió: "¡En cuanto a la remuneración que me debes, ya me lo darás cuando se cumpla tu destino!"

Entonces, después de dar gracias al maghrebín, cogí el billete y me puse en camino para el paraje que me había indicado. Y a tal fin, anduve toda la noche y todo el día siguiente y parte de la segunda noche. Y llegué entonces a una llanura desierta, donde por toda presencia no había más que el ojo invisible de Alah y la hierba silvestre. Y me senté y esperé con impaciencia lo que iba a ocurrir. Y escuché a mi alrededor como un vuelo de pájaros nocturnos que no veía. Y el escalofrío de la soledad empezaba a hacer temblar mi corazón, y el espanto de la noche llenaba mi alma. Y he aquí que de repente vislumbré a distancia gran número de antorchas que parecían caminar hacia mí ellas solas. Y pronto pude distinguir las manos que las llevaban; pero las personas a quienes pertenecían aquellas manos permanecían invisibles en el fondo de la noche, y no las veían mis ojos. Y de tal suerte pasaron por delante de mí de dos en dos un número infinito de antorchas llevadas por manos sin propietarios. Y por último, vi rodeado de gran número de luces a un rey en su trono, revestido de esplendor. Y llegado que fué delante de mi, me miró y me consideró, en tanto que mis rodillas se entrechocaban de terror, y me dijo: "¿Dónde está el billete de mi amigo el mahgrebín barbari?" Y tendí el billete, que desdobló él, mientras se detenía la procesión. Y gritó él a alguien que yo no veía: "¡Ya Atrasch, ven aquí!" Y al punto, saliendo de la sombra, avanzó un mensajero todo equipado, que besó la tierra entre las manos del rey. Y el rey le dijo: "¡Ve en seguida a El Cairo a encadenar al genni Fulano, y tráemele sin tardanza!" Y el mensajero obedeció y desapareció al instante.

Y he aquí que, al cabo de una hora, volvió con el jovenzuelo encadenado, que se había vuelto horrible de mirar y estaba desfigurado hasta dar asco. Y el rey le gritó: "¿Por qué ¡oh maldito! has quitado el bocado de la boca a este adamita? ¿Y por qué te has comido tú el bocado?" Y el otro contestó: "El bocado está intacto todavía, y yo soy quien le ha preparado". Y el rey dijo: "¡Es preciso que al instante devuelvas el brazalete talismánico a este hijo de Adán, pues de no hacerlo así tendrás que entendértelas conmigo!" Pero el genni, que era un cochino obstinado, contestó con altanería: "¡El brazalete lo tengo yo, y no lo tendrá nadie más!" Y así diciendo, abrió una boca como un horno, y echó en ella el brazalete, que desapareció dentro.

Al ver aquello, el rey nocturno alargó el brazo, e inclinándose, cogió al genni por la nuca, y dándole vueltas como a una honda, le lanzó contra tierra, gritándole: "¡Para que aprendas!" Y del golpe le dejó más ancho que largo. Luego mandó a una de las manos portadoras de antorchas que sacara el brazalete de dentro de aquel cuerpo sin vida y me lo devolviera. Lo cual fué ejecutado en el momento.

Y en cuanto estuvo entre mis dedos aquel brazalete, ¡oh hermano mío! el rey y todo su séquito...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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