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Y cuando llegó la 528ª noche

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Ella dijo:

"... Después de intentar en vano sacarle una respuesta o una palabra, se acercó a ella y se puso a desnudarla.

Empezó por quitarle delicadamente los velos ligeros que la envolvían; luego, uno tras otro, los siete trajes de colores y telas diferentes que la cubrían, y por último, la camisa fina y el amplio calzón con bellotitas de seda verde. Y vió debajo su cuerpo resplandeciente de blancura y su carne de pureza y de plata virgen.

Y la amó con un amor grande, y levantándose, la tomó su virginidad, y la encontró intacta y sin perforar. Y se regocijó y se deleitó en extremo con ello; y pensó: "¡Por Alah! ¿no es cosa prodigiosa que los diversos mercaderes hayan dejado intacta la virginidad de una joven tan bella y tan deseable?"

Y de tal manera se aficionó el rey a su nueva esclava, que abandonó por ella a todas las demás mujeres de palacio y a la favoritas y los asuntos del reino, y se encerró con ella un año entero, sin cansarse ni por un momento de las delicias nuevas que descubría allí cada día.

Pero, con todo, no consiguió arrancarle una palabra o un mohín de asentimiento, ni interesarla en lo que hacía con ella y alrededor de ella. Y ya no sabía él cómo interpretar aquel silencio y aquel mutismo. Y ya no esperaba él hablar con ella por más recursos a que acudiese.

Pero, un día entre los días, estaba el rey sentado, como de costumbre, junto a su bella e insensible esclava, y su amor era más violento que nunca, y le decía: "¡Oh deseo de las almas! ¡oh corazón de mi corazón! ¡oh luz de mis ojos! ¿es que no sabes el amor que siento por ti, y que por tu belleza he abandonado a mis favoritas, a mis concubinas y los asuntos de mi reino, y que lo hice con gusto, y que estoy lejos de arrepentirme de ello, además?

¿No sabes que te he guardado como si fueras lo único que me corresponde y lo único que me agrada de todos los bienes de este mundo?

¡Ya hace ya más de un año que prolongo la paciencia de mi alma ignorando la causa de ese mutismo y de esa insensibilidad, sin llegar a adivinar de qué proviene!

Si eres realmente muda, házmelo comprender por señas, al menos, con el fin de que pierda toda esperanza de oírte jamás, ¡oh bienamada mía!

De no ser así, ¡pluguiera a Alah enternecer tu corazón e inspirarte, en su bondad, para que cesaras por fin en ese silencio que no merezco! Y si se me ha de rehusar este consuelo siempre, ¡haga Alah que te quedes encinta de mí y me des un hijo querido que me suceda en el trono legado por mis padres y mis antecesores! ¡Ay!, ¿no ves cómo envejezco solitario y sin posteridad, y que pronto no me será ya posible fecundar flancos jóvenes, pues estaré deshecho por la tristeza y por los años? ¡Ay! ¡ay! ¡oh tú! si por mí experimentas el más leve sentimiento de piedad o afección, respóndeme, dime solamente si estás encinta o no; ¡te lo suplico por Alah sobre ti! ¡Y muera yo después!"

Al oír estas palabras, la bella esclava, que había escuchado al rey con los ojos siempre bajos y las manos juntas sobre las rodillas en una postura inmóvil, según su costumbre, tuvo de repente, y por primera vez desde su llegada a palacio, una ligera sonrisa.

¡Sólo eso y nada más!

Al ver aquello, el rey llegó a tal emoción, que creyó que el palacio entero se iluminaba con un relámpago en medio de las tinieblas. Y se estremeció en su alma y se regocijó, y como después de semejante prueba ya no dudaba que consentiría ella en hablar, se arrojó a los pies de la joven y esperó que llegase el momento anhelado, con los brazos en alto y la boca entreabierta en actitud de orar.

Y de pronto levantó la cabeza la joven y habló así, sonriente: "¡Oh rey magnánimo, soberano nuestro! ¡oh león valeroso! ¡sabe...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 529ª noche

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Ella dijo:

... Y de pronto levantó la cabeza la joven y habló así, sonriente... "¡Oh rey magnánimo, soberano nuestro! ¡oh león valeroso! ¡sabe que Alah ha respondido a tu ruego, porque estoy encinta de ti! ¡Y en breve daré a luz! ¡Pero no sé si el hijo que llevo en mi seno es hembra o varón! ¡Sabe, además, que de no haberme fecundado tú, estaba completamente resuelta a no dirigirte la palabra nunca ni a decirte una sola frase en mi vida!"

Al oír estas palabras inesperadas, el rey sintió tanta alegría, que se encontró imposibilitado por el momento para articular una palabra o hacer un movimiento; luego se iluminó y se transfiguró su rostro; y se dilató su pecho; y se sintió él alzado de la tierra por la explosión de su júbilo. Y besó las manos a la joven y le besó la cabeza y la frente, y exclamó: "¡Gloria a Alah por haberme concedido dos gracias que anhelaba, ¡oh luz de mis ojos! ver que me hablas y oír que me anunciabas la nueva de tu embarazo! ¡Alhamdolillah! ¡la alabanza a Alah!

Luego se levantó el rey y salió de allí después de anunciar que volvería en seguida, y fue a sentarse con gran pompa en el trono de su reino; y se hallaba en el límite de la dilatación y de la satisfacción. Y dió orden a su visir para que anunciara a todo el pueblo el motivo de su alegría y distribuyera cien mil dinares entre los indigentes, las viudas y cuantos estaban en general necesitados, en acción de gracias a Alah (¡exaltado sea!). Y el visir ejecutó inmediatamente la orden que había recibido.

Entonces fué el rey en busca de su hermosa esclava, y se sentó junto a ella, y la apretó contra su corazón y la besó, y le dijo: "¡Oh dueña mía, oh reina de mi vida y de mi alma! ¿me dirás ahora por qué guardaste conmigo y con todos nosotros ese silencio inquebrantable de día y de noche desde hace un año que entraste en nuestras moradas, y por qué te decidiste a dirigirme la palabra hoy solamente?" La joven contestó: "¿Cómo no guardar silencio, ¡oh rey! si me veía reducida aquí a la condición de esclava y convertida en una pobre extranjera con el corazón roto, separada para siempre de mi madre, de mi hermano, de mis parientes, y alejada de mi país natal?"

El rey contestó: "¡Tomo parte en tus penas y las comprendo! Pero, ¿cómo me dices que eres una pobre extranjera, cuando eres ama y reina de este palacio, y cuanto hay en él es de tu propiedad, y yo mismo, el rey soy un esclavo a tu servicio? ¡En verdad que no son oportunas esas palabras! Y si tenías pena por estar separada de tus padres, ¿por qué no me lo dijiste para que yo enviara a buscarlos y te reuniera aquí con ellos?"

Al oír estas palabras, la bella esclava dijo al rey: "Sabe, pues, ¡oh rey! que me llamo Gul-i-anar, lo que en la lengua de mi país significa Flor-de-Granada; y he nacido en el mar, donde era rey mi padre. Cuando mi padre murió, tuve queja un día por ciertos procederes de mi madre, que se llama Langosta, y de mi hermano, que se llama Saleh; y juré que ya no permanecería en el mar con ellos, y que saldría a la orilla y me entregaría al primer hombre de la tierra que me gustara. Así, pues, una noche en que mi madre la reina y mi hermano Saleh se habían dormido temprano y nuestro palacio se hallaba sumido en el silencio submarino, me escapé de mi aposento, y subiendo a la superficie del agua, fui a tenderme a la luz de la luna en la playa de una isla. Y halagada por el fresco delicioso que caía de las estrellas y acariciada por la brisa de tierra, me dejé invadir del sueño. Y de pronto me desperté al sentir caer sobre mí una cosa, y me vi presa de un hombre que cargó conmigo a su espalda, y a pesar de mis gritos y lamentos, me transportó a su casa, donde me tiró de espaldas y quiso tomarme por la fuerza. Pero al ver que aquel hombre era feo y olía mal, no quise dejarme poseer, y con todas mis fuerzas le aplique en el rastro un puñetazo que le hizo rodar por el suelo a mis pies, y me arrojé sobre él y le administré tal paliza, que no quiso tenerme ya consigo y me condujo a toda prisa al zoco, donde me subastó y hubo de venderme a ese mercader al cual me compraste tú mismo, ¡oh rey! Y como ese mercader era un hombre lleno de conciencia y de rectitud, no quiso robarme mi virginidad al verme tan joven; y me llevó a viajar con él y me condujo entre tus manos. ¡Y tal es mi historia! Pero al entrar aquí, yo estaba completamente resuelta a no dejarme poseer; y me hallaba decidida a arrojarme al mar por las ventanas del pabellón para reunirme con mi madre y mi hermano a la primer violencia de parte tuya. Y por orgullo guardé silencio durante todo este tiempo. Mas, al ver que tu corazón me amaba verdaderamente y que por mí habías abandonado a todas tus favoritas, empecé a sentirme conquistada por tus buenos modales. Y al notarme, por último, encinta de ti, acabé por amarte, y deseché toda idea de escaparme en lo sucesivo y de saltar a mi patria el mar. Y además, ¿con qué cara y con qué audacia iba a hacerlo ahora que estoy encinta y mi madre y mi hermano casi se morirían de pena al verme en tal estado y al saber mi unión con un hombre de la tierra, pues no me creerían si les dijese que había llegado a ser la Reina de Persia y del Khorassán y la esposa del más magnánimo de los sultanes? Y he aquí lo que tenía que decirte, ¡oh rey Schahramán! ¡Uassalam...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 530ª noche

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Ella dijo:

"... Y he aquí lo que tenía que decirte, ¡oh rey Schahramán! Uassalam !"

Al oír este discurso, el rey besó a su esposa entre los ojos, y le dijo: "¡Oh encantadora Flor-de-Granada! ¡oh oriunda del mar! ¡oh maravillosa! ¡oh princesa, luz de mis ojos! ¿qué maravillas acabas de revelarme? ¡Si un día me dejaras, aunque no fuese más que por un instante, moriría yo en el mismo momento ciertamente!"

Luego añadió: "¡Pero, ¡oh Flor-de-Granada! me has dicho que naciste en el mar y que tu madre Langosta y tu hermano Saleh habitaban en el mar con tus demás parientes, y que tu padre, cuando vivía, era rey del mar! Pero no comprendo del todo la existencia de los seres marítimos, y hasta el presente, me parecieron cosas de viejas las historias que me contaron a ese respecto. Sin embargo, puesto que me hablas de ello, y tú misma eres oriunda del mar, no dudo de la realidad de esos hechos, y te suplico que me ilustres acerca de tu raza y de los pueblos desconocidos que habitan tu patria. Dime sobre todo cómo es posible vivir, obrar y moverse en el agua sin sofocarse ni ahogarse. ¡Porque es la cosa más prodigiosa que he oído en mi vida!"

Entonces contestó Flor-de-Granada: "¡Claro que te lo diré todo, y de corazón amistoso! Sabe que, por virtud de los nombres grabados en el sello de Soleimán ben-Daúd (¡con ambos la plegaria y la paz!), vivimos y andamos por el fondo del mar como se vive y anda por la tierra; y respiramos en el agua como se respira en el aire; y el agua en vez de asfixiarnos, contribuye a nuestra vida, y ni siquiera moja nuestras vestiduras; y no nos impide ver en el mar, donde tenemos los ojos abiertos sin ninguna dificultad; y poseemos vista tan excelente, que atraviesa las profundidades marinas, a pesar de su espesor y de su extensión, y nos permite distinguir todos los objetos lo mismo cuando los rayos del sol penetran hasta nosotros que cuando la luna y las estrellas se miran en nuestras aguas.

En cuanto a nuestro reino, es mucho más vasto que todos los reinos de la tierra, y está dividido en provincias con ciudades muy populosas. Y según las regiones que ocupan esos pueblos, tienen costumbres y usos diferentes y también, como ocurre en la tierra, diferente conformación; unos son peces; otros medio peces, medio humanos, con cola en lugar de pies y de trasero, y otros, como nosotros, completamente humanos, y creyendo en Alah y en su Profeta, y hablando un lenguaje que es el mismo en que está grabada la inscripción del sello de Soleimán.

Respecto a nuestras moradas, ¡son palacios espléndidos, de una arquitectura que jamás podríais imaginar en la tierra! Son de cristal de roca, de nácar, de coral, de esmeralda, de rubíes, de oro, de plata y de toda clase de metales preciosos y de pedrerías, sin hablar de las perlas, que cualesquiera que sean su tamaño y su belleza, no se estiman entre nosotros y sólo adornan las viviendas de los pobres y de los indigentes. Por último, como nuestro cuerpo está dotado de una agilidad y una flexibilidad maravillosas, no necesitamos, cual vosotros, caballos y carros para utilizarlos como medios de transporte, aunque los tenemos en nuestras cuadras para servirnos de ellos solamente en las fiestas, los regocijos públicos y las expediciones lejanas. ¡Desde luego, esos carros están construidos con nácar y metales preciosos, y van provistos de asientos y tronos de pedrerías, y son tan hermosos nuestros caballos marinos, que ningún rey de la tierra los posee semejantes! Pero no quiero ¡oh rey! hablarte ya más tiempo de los países marinos, pues me reservo para contarte en el transcurso de nuestra vida, que será larga si Alah quiere, una infinidad de nuevos detalles que acabarán de ponerte al corriente en esta cuestión que te interesa. Por el momento me apresuraré a abordar un asunto mucho más apremiante y que te atañe más directamente.

Quiero hablarte de los partos de las mujeres. ¡Sabe, en efecto, ¡oh dueño mío! que los partos de las mujeres de mar son absolutamente distintos a los partos de las mujeres de tierra! ¡Y como está ya próximo el momento de dar yo a luz, temo mucho que las comadronas de tu país no sepan prestarme los auxilios del caso! Te ruego, pues, que me permitas que vengan a verme mi madre Langosta y mi hermano Saleh y mis demás parientes; y me reconciliaré con ellos, y ayudadas por mi madre, velarán mis primas por la seguridad de mi parto y cuidarán del recién nacido, heredero de tu trono...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 531ª noche

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Ella dijo:

"... Y ayudadas por mi madre, velarán mis primas por la seguridad de mi parto y cuidarán del recién nacido, heredero de tu trono". Al oír estas palabras, el rey exclamó maravillado: "¡Oh Flor-de-Granada! tus deseos constituyen mi norma de conducta, y yo soy el esclavo que obedece a las órdenes de su ama! Pero dime ¡oh maravillosa! ¿cómo vas a arreglarte en tan poco tiempo para avisar a tu madre, a tu hermano y a tus primas, y para hacer que vengan antes de que des a luz, estando el momento tan próximo? ¡De todos modos, conviene que yo sepa de antemano cuándo llegarán, para hacer los preparativos necesarios y recibirles con todos los honores que merecen!" Y contestó la joven reina: "¡Oh dueño mío, entre nosotros no hay necesidad de ceremonias! Y además, mis parientes, estarán aquí dentro de un instante. Y si quieres ver cómo van a llegar, no tienes más que entrar en esta habitación contigua a la mía, y mirarme y mirar también las ventanas que dan al mar".

El rey Schahramán entró al punto en la estancia contigua, y miró con atención lo que iba a hacer Flor-de-Granada a la vez que lo que iba a producirse sobre el mar.

Y Flor-de-Granada sacó de su seno dos trozos de madera de áloe de las Islas Comores, los puso en un braserillo de oro, y los quemó. Y cuando se disipó el humo, lanzó ella un silbido prolongado y agudo, y pronunció sobre el braserillo palabras desconocidas y fórmulas conjuratorias. Y en el mismo momento se conmovió y se agitó el mar, y salió primero del agua un joven como la luna, hermoso y de buen aspecto, y parecido en la cara y en la elegancia a su hermana Flor-de-Granada; y eran blancas y sonrosadas sus mejillas, y sus cabellos y su bigote naciente eran de un verde mar; y como dice el poeta, era él más maravilloso que la propia luna, porque la luna no tiene por morada ordinaria más que un solo signo del cielo, ¡mientras que aquel joven habita indistintamente en los corazones todos! Tras de lo cual salió del mar una vieja muy anciana, de cabellos blancos, que era la llamada Langosta, la madre del joven y de Flor-de-Granada. E inmediatamente la siguieron cinco muchachas jóvenes cual lunas, que tenían cierto parecido con Flor-de-Granada, de la que eran primas.

Y el joven y las seis mujeres echaron a andar por el mar, y a pie enjuto llegaron bajo las ventanas del pabellón. Y de un salto consiguieron entrar uno tras otro por la ventana donde se les había aparecido Flor-de-Granada, que hubo de retirarse para dejarles pasar.

Entonces el príncipe Saleh y su madre y sus primas se arrojaron al cuello de Flor-de-Granada, y la besaron con efusión, llorando de alegría al encontrarla, y le dijeron: "¡Oh Gul-i-anar! ¿cómo tuviste valor para abandonarnos y tenernos durante cuatro años sin noticias tuyas y sin indicarnos siquiera el lugar donde te encontrabas? ¡Ualah! el mundo nos pesaba de tan abrumados como estábamos por el dolor de la separación! ¡Y ya no experimentábamos placer en comer ni en beber, porque todos los alimentos resultaban insípidos para nuestro gusto! ¡Y no sabíamos más que llorar y sollozar día y noche, poseídos por el dolor intensísimo que nos producía tu separación! ¡Oh Gul-i-anar! ¡mira cómo ha enflaquecido y empalidecido de tristeza nuestro rostro!"

Y al oír estas palabras, Flor-de-Granada besó la mano a su madre y a su hermano, el príncipe Saleh, y besó de nuevo a sus queridas primas, y les dijo a todos: "¡Es verdad! ¡caí en falta gravemente para con vuestra ternura, marchándome sin preveniros! Pero, ¿qué se puede hacer contra el Destino? ¡Alegrémonos de habernos encontrado ahora, y demos gracias por ello a Alah el Bienhechor!" Luego les hizo sentarse a todos cerca de ella, ¡y les contó toda su historia desde el principio hasta el fin! Pero sería inútil repetirla. Luego añadió: "Y ahora que estoy casada con este rey excelente y perfecto hasta el límite de las perfecciones, el cual me ama y al cual amo, y que me ha dejado encinta, os hice venir para reconciliarme con vosotros y rogaros que me asistáis en el parto. ¡Porque no tengo confianza en las comadronas terrestres, que no entienden nada respecto a partos de hijas del mar!"

Entonces contestó su madre, la reina Langosta: "¡Oh hija mía! ¡Al verte en este palacio de un príncipe de la tierra, tuvimos miedo de que no fueses dichosa; y estábamos dispuestos a rogarte que nos siguieras a nuestra patria, porque ya sabes cuánto es nuestro deseo de saber que eres dichosa y vives tranquila y sin preocupaciones! Pero desde el momento en que nos afirmas que eres dichosa, ¿qué cosa mejor podríamos desearte?


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana. Y se calló discreta.



Pero cuando llegó la 532ª noche

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Ella dijo:

"... Pero desde el momento en que nos afirmas que eres dichosa, ¿qué cosa mejor podríamos desearte? Y sin duda, sería tentar al Destino el querer casarte con uno de nuestros príncipes del mar, a despecho de la suerte contraria". Y contestó Flor-de-Granada: "¡Sí, ¡por Alah! aquí estoy en el límite de la tranquilidad, de las delicias, de los honores, de la felicidad y de mis aspiraciones todas!"

¡Eso fué todo!

Y el rey oía lo que decía Flor-de-Granada; y se regocijaba en su corazón, y la agradecía en el alma estas buenas palabras; y la amó entonces mil millares de veces más que antes; y el amor que la tenía se consolidó para siempre en el núcleo de su corazón; y se prometió darle nuevas pruebas de afecto y de pasión en todas las ocasiones posibles.

Tras de lo cual Flor-de-Granada llamó con una palmada a sus esclavas, y les dió orden de que pusieran el mantel y sirvieran los manjares, cuyo condimento fué ella misma a vigilar en la cocina.

Y las esclavas llevaron bandejas grandes cubiertas de carnes asadas, de pasteles y de frutas; y Flor-de-Granada invitó a sus parientes a que se sentaran con ella alrededor del mantel y comieran.

Pero ellos contestaron: "¡No, ¡por Alah! no lo haremos de ningún modo antes de que hayas ido a prevenir de nuestra llegada a tu esposo, el rey! ¡Porque hemos entrado en su morada sin su permiso, y no nos conoce! ¡Sería una falta de educación comer en su palacio y aprovecharnos de su hospitalidad sin saberlo él!

¡Vé, pues a prevenirle, y dile cuán dichosos nos sentimos al verle y compartir con él el pan y la sal!"

Entonces Flor-de-Granada fué en busca del rey, que se mantenía escondido en la estancia contigua, y le dijo: "¡Oh dueño mío! sin duda oirías que te elogié ante mis parientes, y que estaban decididos a llevarme con ellos si les hubiese dicho la menor cosa que les hiciera creer que no era feliz contigo!"

Y contestó el rey: "¡Ya lo he oído y lo he visto! ¡En esta hora bendita tuve la prueba de tu adhesión a mí, y ya no puedo dudar de tu afecto!" Flor-de-Granada dijo: "De modo que, en vista de las alabanzas que de ti les hice, mi madre, mi hermano y mis primas experimentan por ti un afecto considerable, y puedo asegurarte que te quieren mucho. ¡Me han dicho que no se conformaban con volver a su país sin haberte visto, haberte presentado sus homenajes y formulado sus deseos de paz, y haber charlado contigo amistosamente! ¡Así, pues, te ruego que te prestes a sus deseos, a fin de que les veas y te vean, y reine entre vosotros el afecto puro y la amistad!"

Y el rey contestó: "¡Escuchar es obedecer, porque también es ése mi deseo!" Y al instante se levantó y acompañó a Flor-de-Granada a la sala en que se hallaban sus parientes.

Y en cuanto entró les deseó la paz de la manera más cordial, y le devolvieron ellos la zalema; y besó él la mano de la vieja reina Langosta, y abrazó al príncipe Saleh, y los invitó a todos a sentarse. Entonces le cumplimentó el príncipe Saleh, y le manifestó la alegría que experimentaban todos por ver a Flor-de-Granada convertida en la esposa de un gran rey, en vez de haber caído en las manos de un bruto que la habría desflorado para dársela luego en matrimonio a algún chambelán o a su cocinero. Y le expresó cuánto querían todos a Flor-de-Granada, y que antiguamente, antes de que ella fuese púber, habían pensado en casarla con algún príncipe del mar; pero empujada por su destino, se escapó de los países submarinos para casarse a su gusto. Y contestó el rey: "¡Sí! Alah me la tenía destinada. ¡Y os doy las gracias a ti, suegra mía, reina Langosta, y a ti, príncipe Saleh, y también a mis amables primas, por vuestros votos y cumplimientos y por haber dado vuestro consentimiento para mi matrimonio!"

Luego el rey les invitó a sentarse con él alrededor del mantel, y estuvo charlando con ellos mucho tiempo con toda cordialidad, y después condujo a cada uno por sí mismo a su aposento.

Así es que los parientes de Flor-de-Granada permanecieron en el palacio, en medio de fiestas y regocijos dados en su honor, hasta el parto de la reina, que no tardó en llegar. Porque al cabo del término fijado, parió ella, entre las manos de la reina Langosta y de sus primas, un hijo varón igual que la luna llena, y sonrosado y rollizo. Y envuelto en mantillas magníficas, se lo presentaron a su padre, el rey, que le recibió con los transportes de una alegría que ni la pluma ni la lengua sabrían describir. Y en acción de gracias, hizo él muchas dádivas a los pobres, a las viudas y a los huérfanos, y mandó abrir las cárceles y dar libertad a todos sus esclavos de ambos sexos; pero los esclavos no quisieron libertad, de tan dichosos como se encontraban dependiendo de un amo semejante.

Más tarde, al cabo de siete días de regocijos continuos, en medio de las felicidades todas, la reina Flor-de-Granada dió a su hijo el nombre de Sonrisa-de-Luna, con el asentimiento de su esposo, de su madre y de sus primas...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 533ª noche

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Ella dijo:

"... la reina Flor-de-Granada dió a su hijo el nombre de Sonrisa-de-Luna, con el asentimiento de su esposo, de su madre y de sus primas.

Entonces el príncipe Saleh, cogió al pequeñuelo en sus brazos, y empezó a besarle y a acariciarle de mil maneras, paseándole por la habitación y sosteniéndole en el aire con las manos; y de pronto tomó impulso, y desde la altura del palacio saltó al mar, sumergiéndose y desapareciendo con el niño.

Al ver aquello, el rey Schahramán empezó a lanzar gritos desesperados y a golpearse la cabeza, poseído de espanto y de dolor, hasta el punto de que parecía que se iba a morir. Pero la reina Flor-de-Granada, lejos de mostrarse asustada o afligida por semejante cosa, dijo al rey con seguro acento: "¡Oh rey del tiempo! no te desesperes por tan poco y estate sin ningún temor por tu hijo, pues yo, que sin duda quiero a ese niño mucho más que tú, estoy tranquila sabiendo que se encuentra con mi hermano, el cual no hubiera hecho lo que acaba de hacer si el pequeño fuese a sufrir la menor incomodidad o a enfriarse o a mojarse solamente. ¡Ten la seguridad de que el niño no corre ningún riesgo ni peligro por parte del mar, aunque sea tuya la mitad de su sangre! Porque a causa de la otra mitad de su sangre, que es mía, puede impunemente vivir en el agua como en la tierra. ¡No te alarmes más, por tanto, y persuádete de que mi hermano no tardará en volver con el niño en buena salud!"

Y la reina Langosta y las jóvenes parientes del niño confirmaron al rey las palabras de su esposa. Pero el rey no empezó a calmarse hasta no ver que el mar se conmovía y agitaba y que de su seno entreabierto salía con el pequeñuelo en brazos el príncipe Saleh, que de un salto se elevó por el aire y entró en la sala superior por la misma ventana por donde había salido. Y el pequeño estaba tan tranquilo como si se hallase en el regazo de su madre, y sonreía cual la luna en su décimocuarto día.

Al ver aquello, el rey se tranquilizó por completo y quedóse maravillado; y el príncipe Saleh le dijo: "Por lo visto, ¡oh rey! te asustaste mucho al verme saltar y hundirme en el mar con el pequeñuelo". Y contestó el rey: "Sí, por cierto, ¡oh hijo del tío! ¡fué extremado mi espanto, y hasta desesperaba de volver a verle nunca sano y salvo!" El príncipe Saleh dijo: "En adelante, no tengas por él ningún temor, porque está para siempre al abrigo de los peligros del agua, del ahogo, de asfixia, de la humedad y de otras cosas parecidas, y durante toda su vida podrá sumergirse en el mar y pasearse por él a su antojo; pues le hice adquirir el mismo privilegio que tienen nuestros propios hijos nacidos en el mar, y para ello le he frotado las pestañas y los párpados con cierto kohl que conozco, pronunciando sobre él las palabras misteriosas grabadas en el sello de Soleimán ben-Daúd (¡con ambos la plegaria y la paz!)

Después de pronunciado este discurso, el príncipe Saleh entregó el pequeñuelo a su madre, que le dió de mamar; luego sacó de su cinturón el príncipe un saco que tenía la boca sellada, e hizo saltar el sello, y habiéndolo abierto, lo cogió por la parte de abajo y vertió sobre la alfombra el contenido. Y el rey vió titilar diamantes grandes como huevos de paloma, barras de esmeralda de medio pie de longitud, sartas de perlas gordas, rubíes de talla y color extraordinarios y toda clase de joyas a cual más maravillosas. Y todas estas piedras lanzaban mil fulgores multicolores que alumbraban la sala con una armonía de luces semejantes a las que se ven en sueños. Y el príncipe Saleh dijo al rey: "Esto es un regalo que traigo, para que me dispenséis de haber venido aquí la vez primera con las manos vacías. ¡Pero entonces no sabía yo dónde se encontraba mi hermana Flor-de-Granada, y no podía figurarme que su feliz destino la hubiese puesto en el camino de un rey como tú! ¡Este regalo, sin embargo, no es nada en comparación de los que pienso hacerte en días venideros!" Y el rey no supo cómo dar gracias a su cuñado por aquel regalo, y encaróse con Flor-de-Granada, y le dijo: "¡Verdaderamente, estoy en extremo confuso por la generosidad de tu hermano para conmigo, y por la magnificencia de este regalo, que no tiene igual en la tierra y una de cuyas piedras sola vale tanto como mi reino entero!"

Y Flor-de-Granada dió las gracias a su hermano por haber pensado en cumplir con los deberes de parentesco; pero él encaróse con el rey, y le dijo: "¡Por Alah, ¡oh rey! que no es digno de tu rango esto! En cuanto a nosotros, jamás podremos pagar lo bastante las deudas que tu bondad nos hizo contraer contigo; y aunque mil años pasáramos todos nosotros sirviéndote por encima de nuestras caras y de nuestros ojos, no podríamos devolverte lo que te debemos; porque todo es poco en proporción de los derechos que sobre nosotros tienes".

Al oír estas palabras, el rey abrazó al príncipe Saleh, y le dió gracias calurosamente. Luego le obligó a permanecer todavía en el palacio con su madre y sus primas cuarenta días, transcurridos entre fiestas y regocijos. Pero al cabo de este tiempo, el príncipe Saleh se presentó al rey y besó la tierra entre sus manos. Y el rey le dijo: "Habla, ¡oh Saleh! ¿Qué deseas?" El príncipe contestó: "¡Oh rey del tiempo! en verdad que nos has anegado con tus favores, pero venimos a pedirte permiso para partir, ¡porque nuestra alma anhela vivamente volver a ver nuestra patria, a nuestros parientes y a nuestras moradas, de la que estuvimos alejados tanto tiempo! ¡Y además, una estancia demasiado prolongada en tierra es dañosa para nuestra salud, pues estamos acostumbrados al clima submarino...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Pero cuando llegó la 534ª noche

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Ella dijo:

"... una estancia demasiado prolongada en tierra es dañosa para nuestra salud, pues estamos acostumbrados al clima submarino!" Y contestó el rey: "¡Qué pena es para mí eso!, ¡Oh Saleh!" Saleh dijo: "¡Y también para nosotros! Pero ¡oh rey! vendremos de cuando en cuando para rendirte nuestros homenajes y ver de nuevo a Flor-de-Granada y a Sonrisa-de-Luna". Y dijo el rey: "¡Sí, ¡por Alah! hacedlo, y con frecuencia! Por lo que a mí respecta, siento mucho no poder acompañarte, así como a la reina Langosta y a mis primas, a tu país submarino, ¡pero temo mucho al agua!"

Entonces despidiéronse de él todos, y después de haber besado a Flor-de-Granada y a Sonrisa-de-Luna, se tiraron por la ventana uno tras otros y se sumergieron en el mar.

¡Y esto en lo que atañe a ellos!

¡Pero he aquí ahora lo referente al pequeño Sonrisa-de-Luna! Su madre, Flor-de-Granada, no quiso confiarle a nodrizas, y le dió el pecho ella misma hasta que llegó el niño a la edad de cuatro años, a fin de que con su leche chupase todas las virtudes marinas. Y como se había alimentado tanto tiempo con la leche de su madre, oriunda del mar, el niño se puso más hermoso y más robusto cada día; y a medida que avanzaba en edad, aumentaba en fuerza y en encantos; y cuando de tal suerte llegó a los quince años, fué el joven más hermoso, el más fuerte, el más diestro en los ejercicios corporales, el más sabio y el más instruido entre los hijos de los reyes de su tiempo. Y en todo el inmenso imperio de su padre no se hablaba en las conversaciones de otra cosa que de sus méritos, de sus encantos y de sus perfecciones, ¡porque era verdaderamente hermoso!

Y no exageraba el poeta que decía de él:


¡El bozo adolescente ha trazado dos líneas en sus mejillas encantadoras, ¡dos líneas negras sobre color de rosa, ámbar gris sobre perlas o azabache sobre manzanas!


¡Bajo sus lánguidos párpados, se alojan dardos asesinos, ¡y a cada una de sus miradas, parten y matan!


¡En cuanto a la embriaguez, no la busquéis en los vinos! ¡No os la proporcionarían al igual de sus mejillas enrojecidas por vuestros deseos y su pudor!


¡Oh bordados, maravillosos y negros bordados dibujados en sus mejillas resplandecientes, sois un rosario de granos de almizcle alumbrados por una lámpara que arde en las tinieblas!


Así es que el rey, que quería a su hijo con un cariño muy grande y veía en él tantas cualidades reales, sintiéndose ya él mismo envejecer y acercarse al término de su destino, pensó asegurarle en vida la sucesión al trono. A tal fin, convocó a sus visires y a los grandes de su imperio, que sabían cuán digno de sucederle era por todos conceptos el joven príncipe, y les hizo prestar juramento de obediencia a su nuevo rey; luego descendió del trono ante ellos, se quitó de su cabeza la corona y la puso con sus propias manos en la cabeza de su hijo Sonrisa-de-Luna; y le alzó de los brazos y le hizo subir y sentarse en el trono en lugar suyo; y para afirmar bien que en adelante le entregaba toda su autoridad y su poderío, besó la tierra entre sus manos y levantándose le besó la mano y la orla de su manto real, y bajó a colocarse debajo de él, a la derecha, mientras a la izquierda se mantenían los visires y los emires.

Al punto el nuevo rey Sonrisa-de-Luna se puso a juzgar, a resolver los asuntos pendientes, a nombrar para empleos a los que merecían algún favor, a destituir a los prevaricadores, a defender los derechos del débil contra el fuerte y los del pobre contra el rico, y a administrar justicia con tanta prudencia, equidad y discernimiento, que maravilló a su padre y a los antiguos visires de su padre y a todos los circunstantes. Y no levantó el diwán hasta mediodía.

Entonces, acompañado de su padre el rey, entró en el aposento de su madre la reina oriunda del mar; y llevaba en la cabeza la corona de oro de la realeza, y de aquel modo estaba verdaderamente como la luna. Y al verle tan hermoso con aquella corona, su madre corrió a él, llorando de emoción, y se arrojó a su cuello, abrazándole con ternura y efusión; luego le besó la mano y le deseó un reinado próspero, larga vida y victorias sobre los enemigos.

De tal suerte vivieron los tres en medio de la dicha y el amor de sus súbditos, durante el transcurso de un año, al cabo del cual el viejo rey Schahramán sintió un día que le latía el corazón precipitadamente y sólo tuvo el tiempo justo para besar a su esposa y a su hijo y hacerles sus últimas recomendaciones. Y murió con mucha tranquilidad, y se albergó en la misericordia de Alah (¡exaltado sea...! )


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 535ª noche

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Ella dijo:

"... Y murió con mucha tranquilidad, y se albergó en la misericordia de Alah (¡exaltado sea!) Y fueron grandes el duelo y la aflicción de Flor-de-Granada y del rey Sonrisa-de-Luna, y lloraron al difunto un mes entero sin ver a nadie, y le erigieron una tumba digna de su memoria, dedicándole bienes de mano muerta a beneficio de los pobres, de las viudas y de los huérfanos.

Y en este intervalo presentáronse para tomar parte en la aflicción general la abuela del rey, la reina Langosta, y el tío del rey, el príncipe Saleh, y las tías del rey, oriundas del mar, que ya en vida del viejo rey, habían ido a visitar a sus parientes varias veces. Y lloraron mucho por no haber podido asistir a sus últimos momentos. E hicieron común su dolor; y se consolaban mutuamente por turno; y después de mucho tiempo, acabaron por conseguir que el rey olvidara un poco la muerte de su padre, y le decidieron a que reanudara sus sesiones del diwán y se ocupara de los asuntos de su reino. Y les escuchó él, y tras mucha resistencia, consintió en vestir de nuevo sus trajes reales, recamados de oro y constelados de pedrerías, y en ceñir la diadema. Y empuñó otra vez la autoridad e hizo justicia con la aprobación universal y el respeto de grandes y pequeños; y así se pasó otro año.

Pero una tarde, el príncipe Saleh, que desde hacía algún tiempo no había vuelto a ver a su hermana y a su sobrino, salió del mar y entró en la sala donde se hallaba en aquel momento la reina y Sonrisa-de-Luna. Y les hizo sus zalemas, y les besó; y Flor-de-Granada le dijo: "¡Oh hermano mío! ¿cómo estás, y cómo está mi madre, y cómo están mis primas?" El príncipe contestó: "¡Oh hermana mía! ¡están muy bien y viven en la tranquilidad y el contento, y no les falta más que ver tu rostro y el rostro de mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna!" Y se pusieron a charlar de unas cosas y de otras, comiendo avellanas y alfónsigos; y el príncipe Saleh empezó a hablar, con grandes alabanzas, de las cualidades de su sobrino Sonrisa-de-Luna, de su belleza, de sus encantos, de sus proporciones, de sus modales exquisitos, de su destreza en los torneos y de su sabiduría. Y el rey Sonrisa-de-Luna, que estaba allí acostado en el diván y con la cabeza apoyada en los almohadones; al oír lo que decían de él su madre y su tío, no quiso aparentar que les escuchaba, y fingió dormir. Y de aquella manera pudo oír cómodamente lo que seguían diciendo acerca de él.

En efecto, al ver dormido a su sobrino, el príncipe Saleh habló con más libertad a su hermana Flor-de-Granada, y le dijo: "¡Olvidas, hermana mía, que pronto va a cumplir tu hijo diez y siete años, y que ésa ya es edad de pensar en casar a los hijos! Por eso al verle tan hermoso y tan fuerte, como sé que a su edad se tienen necesidades que es preciso satisfacer de una manera o de otra, tengo miedo de que le sucedan cosas desagradables. ¡Es de todo punto necesario, pues, casarle, buscándole entre las hijas del mar una princesa que le iguale en encantos y en belleza!"

Y contestó Flor-de-Granada: "¡Ciertamente, es también ése mi íntimo deseo, porque no tengo más que un hijo, y ya es tiempo de que él tenga asimismo un heredero para el trono de sus padres! ¡Te ruego, pues, ¡oh hermano mío! que traigas a mi memoria las jóvenes de nuestro país, porque hace tanto tiempo que abandoné el mar, que ya no me acuerdo de las que son hermosas y de las que son feas!"

Entonces Saleh púsose a enumerar a su hermana las princesas más hermosas del mar, una tras otra, aquilatando cuidadosamente sus cualidades, y el pro y el contra, y las ventajas y desventajas. Y a cada vez contestaba la reina Flor-de-Granada: "¡Ah! ¡no, no quiero a ésta por su madre, ni a ésa por su padre, ni a aquélla por su tía, que tiene la lengua muy larga; ni a aquélla otra por su abuela, que huele mal; ni a la de más allá, por su ambición y sus ojos vacíos!"

Así, sucesivamente, fué rehusando a todas las princesas que Saleh le enumeraba.

Entonces le dijo Saleh: "¡Oh hermana mía, razón te asiste para contentarte difícilmente al escoger esposa a tu hijo, que no tiene igual en la tierra ni debajo del mar! ¡Pero ya te he enumerado todas las jóvenes disponibles, y no me queda por proponerte más que una!"

Luego se interrumpió, y dijo, dudando: "Antes conviene que me cerciore de que mi sobrino está bien dormido; porque no puedo hablarte de esa joven delante de él: ¡tengo mis motivos para tomar esta precaución...!


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Pero cuando llegó la 536ª noche

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Ella dijo:

"... no puedo hablarte de esa joven delante de él: ¡tengo mis motivos para tomar esta precaución!"

Entonces Flor-de-Granada se acercó a su hijo, y le tentó, y le palpó, y le escuchó respirar; y como parecía él sumido en un sueño pesado, pues había comido un guiso de cebollas que le gustaba mucho y que le procuraba de ordinario una siesta muy profunda, la reina dijo a Saleh: "¡Duerme! ¡Puedes explicar lo que tengas que proponer!"

El príncipe dijo: "Has de saber ¡oh hermana mía! que si tomo esta precaución es porque tengo que hablarte ahora de una princesa del mar que es extremadamente difícil de obtener en matrimonio, no por ella, sino por su padre, el rey. Por eso no conviene que mi sobrino oiga hablar de ella mientras no estemos seguros de la cosa; porque ya sabes ¡oh hermana mía! que el amor se transmite por el oído con más frecuencia que por los ojos entre nosotros los musulmanes, cuyas mujeres e hijas llevan tapado el rostro con el velo púdico". Y dijo la reina: "¡Oh hermano mío, tienes razón! ¡porque el amor al principio es un poco de miel que no tarda en transformarse en un vasto mar salado de perdición! ¡Pero, por favor, dime pronto el nombre de esa princesa y de su padre!" Saleh dijo: "Es la princesa Gema, hija del rey Salamandra el marino".

Al escuchar este nombre, exclamó Flor-de-Granada: "¡Ah! ¡ya me acuerdo ahora de esa princesa Gema! Cuando yo habitaba todavía en el mar, era una niña de un año apenas, pero hermosa entre todas las niñas de su edad. ¡Qué maravillosa debe estar ahora!" Saleh contestó: "¡Maravillosa es, en verdad, y ni sobre la tierra ni en los reinos que hay debajo de las aguas, se ha visto una belleza semejante! ¡Oh! ¡es deliciosa y gentil y dulce y sabrosa y encantadora, hermana mía! ¡Y tiene un color! ¡Y unos cabellos! ¡Y unos ojos! ¡Y un talle! ¡Y una grupa! ¡ah! pesada, tierna y firme a la vez y floja, y redonda por todas partes sin excepción! ¡Cuando se balancea, da envidia a la rama del ban! ¡Cuando se vuelve hacia ellos, se ocultan los antílopes y las gacelas! ¡Cuando se descubre, avergüenza al sol y a la luna! ¡Cuando se mueve, derriba! ¡Cuando se apoya, mata! ¡Y cuando se sienta, es la huella que deja tan profunda, que no desaparece ya! ¿Cómo no llamarla entonces Gema, si es tan brillante y tan perfecta?"

Y contestó Flor-de-Granada: "¡En verdad que su madre estuvo bien inspirada por Alah el Omnisciente al darle ese nombre! ¡He ahí la que verdaderamente conviene para esposa a mi hijo Sonrisa-de-Luna!"

¡Eso fué todo! ¡Y Sonrisa-de-Luna fingía dormir, pero se deleitaba en su alma, y se estremecía pensando en poseer pronto a aquella princesa marina tan fina y opulenta!

Pero Saleh añadió en seguida: "¡Sin embargo, ¡oh hermana mía! el padre de la princesa Gema, el rey Salamandra, es un hombre brutal, ¡grosero, detestable! ¡Ya negó a su hija a varios príncipes que se la pedían en matrimonio, y les expulsó ignominiosamente después de molerles los huesos! ¡Así es que no estoy seguro de la acogida que nos haga ni de cómo va a parecerle nuestra petición! ¡Y heme aquí en el límite de la perplejidad a causa de eso!"

La reina contestó: "¡Muy delicado es el asunto! ¡Y necesitamos pensarlo mucho antes y no sacudir el árbol antes de que la fruta esté madura!"

Y Saleh dijo en conclusión: "¡Sí, reflexionemos, y ya veremos luego!"

Después, como en aquel momento Sonrisa-de-Luna hacía ademán de despertarse, cesaron de hablar, pensando reanudar más tarde la conversación en el punto en que la dejaban. ¡Y he aquí lo referente a ellos!

En cuanto a Sonrisa-de-Luna, se levantó acto seguido, como si no hubiera oído nada, y se desperezó tranquilamente; pero dentro de sí su corazón se abrasaba de amor y se arrugaba cual si estuviese en un brasero lleno de carbones ardiendo...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Pero cuando llegó la 537ª noche

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Ella dijo:

"... pero dentro de sí su corazón se abrasaba de amor y se arrugaba cual si estuviese en un brasero lleno de carbones ardiendo.

No obstante, se guardó mucho de decir a su madre y a su tío la menor palabra acerca del particular, y se retiró temprano y pasóse solo toda aquella noche, poseído por aquel tormento tan nuevo para él; y también a su vez reflexionó sobre el medio mejor para llegar más pronto al término de sus deseos. Y no hay para qué decir que estuvo sin cerrar los ojos un instante hasta por la mañana.

Así es que se levantó al alba y fué a despertar a su tío Saleh, que había pasado la noche en el palacio, y le dijo: "¡Oh tío mío, deseo pasearme esta mañana por la playa, pues tengo oprimido el pecho, y me lo dilatará el aire del mar!" Y contestó el príncipe Saleh: "¡Escuchar es obedecer!" Y saltó sobre ambos pies, y salió a la playa con su sobrino.

Caminaron juntos mucho tiempo, sin que Sonrisa-de-Luna dirigiese la palabra a su tío. Y estaba pálido, con lágrimas en el ángulo de los ojos. Y he aquí que de pronto se detuvo, y sentándose en una roca, improvisó estos versos y los cantó, mirando al mar:


Si me dijeran

En medio del incendio, mientras llamea mi corazón,

Si me dijeran:

"¿Prefieres verla O beber un sorbo de agua fresca y pura?

¿Qué responderías?"

-"¡Verla y morir!"-

¡Oh corazón que tan tierno te volviste,

Desde que se incrustó en ti la Gema de Salamandra!


Cuando el príncipe Saleh hubo oído estos versos cantados tristemente por su sobrino el rey, se golpeó las manos una contra otra en el límite de la desesperación, y exclamó: "¡La ilah ill'Alah! ¡ua Mahomed rassul Alah! ¡Y no hay majestad y poderío más que en Alah el Glorioso, el Magno! ¡Oh hijo mío! ¿oíste la conversación que ayer sostuve con tu madre, respecto a la princesa Gema, hija del rey Salamandra el marino?

¡Oh qué calamidad para nosotros! ¡Porque yo veo ¡oh hijo mío! que ya se preocupan mucho de ella tu espíritu y tu corazón, aunque no se ha conseguido nada todavía y la cosa es difícil de arreglar!"

Sonrisa-de-Luna contestó: "¡Oh tío mío, necesito a la princesa Gema, y no a otra! ¡Sin ella, moriré!"

El príncipe dijo: "¡Entonces, ¡oh hijo mío! volvamos a ver a tu madre a fin de que la ponga yo al corriente de tu estado, y le pida permiso para llevarte conmigo al mar e ir al reino de Salamandra el marino a pedir para ti en matrimonio a la princesa Gema!"

Pero Sonrisa-de-Luna exclamó: "¡No, ¡oh tío mío! no quiero pedir a mi madre un permiso que sin duda ha de negarme! Porque temerá por mí, ante el rey Salamandra, que tiene malos modales; y también me dirá que mi reino no puede permanecer sin rey, y que los enemigos del trono se aprovecharán de mi ausencia para usurparme el puesto. ¡Conozco a mi madre, y de antemano sé lo que ha de decirme!"

Luego Sonrisa-de-Luna se echó a llorar copiosamente delante de su tío, y añadió: "¡Quiero ir contigo en seguida a ver al rey Salamandra, sin prevenir a mi madre! ¡Y volveremos muy pronto, antes de que tenga ella tiempo de advertir mi ausencia!"

Cuando el príncipe Saleh vió que su sobrino se obstinaba en aquella determinación, no quiso afligirle más, y dijo: "¡Pongo mi confianza en Alah, y venga lo que venga!" Luego se quitó del dedo una sortija en la cual había grabados algunos nombres entre los nombres, y se la puso en el dedo a su sobrino, diciéndole:

"¡Esta sortija te protegerá más aún contra los peligros submarinos y acabará por otorgarte nuestras virtudes marítimas!"

Y añadió en seguida: "¡Haz lo que yo!" Y saltó con ligereza en el aire, abandonando la roca. Y Sonrisa -de-Luna le imitó, golpeando el suelo con el pie, y abandonó la roca para elevarse por los aires con su tío. Y describieron una curva descendente en dirección al mar, en el cual se sumergieron ambos...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Pero cuando llegó la 538ª noche

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Ella dijo:

".. Y describieron una curva descendente en dirección al mar, en el cual se sumergieron ambos.

Y Saleh quiso enseñar primero a su sobrino su morada submarina, a fin de que la reina Langosta pudiese recibir en su casa al hijo de su hija y de que las primas de Flor-de-Granada tuviesen la alegría de ver de nuevo en su casa a su pariente. Y no fué mucho el tiempo que invirtieron en llegar; y el príncipe Saleh introdujo en seguida a Sonrisa-de-Luna en el aposento de la abuela. Precisamente entonces estaba la reina Langosta sentada en medio de sus parientes las jóvenes: y en cuanto vió entrar a Sonrisa-de-Luna, le reconoció y estornudó de gusto. Y Sonrisa-de-Luna acercóse a ella y le besó la mano, y besó la mano de sus parientes; y todas le besaron con emoción, lanzando agudos gritos de alegría; y la abuela le hizo sentarse al lado suyo y le besó entre los dos ojos, y le dijo: "¡Oh bendita llegada! ¡Oh día de leche! Tú iluminas la morada, ¡oh hijo mío! ¿Cómo está tu madre Flor-de-Granada?" El joven contestó: "¡Goza de excelente salud y de dicha perfecta, y me encarga que os transmita sus zalemas a ti y a las hijas de su tío!" ¡Eso fué lo que dijo! Pero no era verdad, puesto que partió sin despedirse de su madre. En tanto, mientras Sonrisa-de-Luna se alejaba con sus parientes, que le llevaron consigo para enseñarle todas las maravillas de su palacio, el príncipe Saleh se apresuró a poner a su madre al corriente del amor que le había entrado por la oreja a su sobrino y se había apoderado de su corazón, sólo con el relato de los encantos de la princesa Gema, hija del rey Salamandra. Y le contó la aventura, desde el principio hasta el fin, y añadió: "¡Y no ha venido aquí conmigo más que para pedírsela en matrimonio a su padre!"

Cuando la abuela del rey Sonrisa-de-Luna oyó estas palabras de Saleh, hubo de llegar al límite de la indignación contra su hijo, y le reprochó violentamente que no tomara bastantes precauciones para hablar de la princesa Gema en presencia de Sonrisa-de-Luna, y le dijo: "¡Ya sabes, sin embargo, qué hombre tan violento, tan lleno de arrogancia y de estupidez es el rey Salamandra, y con qué avaricia guarda a su hija, que ya se la ha rehusado a tantos príncipes jóvenes! ¡Y te atreves a ponernos en una situación humillante ante él, obligándonos a hacerle una petición que rechazará sin duda! ¡Y entonces, nosotros, que tan alto ponemos nuestro honor, nos veremos muy humillados y volveremos seguramente con el mayor de los desencantos!

¡En verdad, hijo mío, que en ninguna ocasión y de ninguna manera debiste pronunciar el nombre de esa princesa, sobre todo delante del hijo de tu hermana, aunque estuviese dormido por un narcótico!"

Saleh contestó: "¡Así es; pero la cosa ya está hecha, y el joven se halla tan enamorado de la joven, que moriría si no la poseyese, según me ha afirmado! Y después de todo, ¿qué tiene esto de extraordinario? ¡Sonrisa-de-Luna es tan hermoso, por lo menos, como la princesa Gema, y desciende de un ilustre linaje de reyes, y él mismo es rey de un poderoso imperio terrestre! ¡Porque no es el único rey ese estúpido Salamandra! Y además, ¿qué podría éste replicar a lo que yo no respondiese cumplidamente? ¡Me dirá que su hija es rica, y le diré que nuestro hijo es más rico! ¡Que su hija es hermosa; pero nuestro hijo es más hermoso! ¡Que su hija es de noble linaje; pera nuestro hijo es de un linaje todavía más noble! ¡Y así sucesivamente, ¡oh madre mía! hasta que le convenza de que todo es beneficioso para él si consiente en ese matrimonio! ¡Al fin y al cabo, yo, por mi indiscreción, soy el causante de esto, y justo es que me comprometa a llevarlo a buen término, aun a riesgo de que me muelan los huesos y me vea precisado a rendir el alma!"

Al ver que, efectivamente, ya no quedaba más que aquella solución, la vieja reina Langosta dijo suspirando: "¡Cuán preferible hubiese sido, hijo mío, no suscitar nunca una cuestión tan peligrosa! Sin embargo; puesto que así lo quiso el Destino, me resigno, aunque de mala gana, a permitirte marchar. ¡Pero deja conmigo a Sonrisa-de-Luna hasta tu regreso, pues no quiero que se exponga antes de que sepamos nada en concreto! Márchate, pues, sin él, ¡y sobre todo, mide tus palabras, no vaya a ser que una expresión impropia enfurezca a ese rey brutal y grosero que no tiene en cuenta nada y trata a todo el mundo con el mismo desprecio!" Y contestó Saleh: "¡Escucho y obedezco!"

Se levantó entonces y llevóse consigo dos sacos grandes llenos de valiosos regalos destinados al rey Salamandra; y cargó aquellos dos sacos a la espalda de dos esclavos, y con ellos emprendió la ruta marina que conducía al palacio del rey Salamandra...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 539ª noche

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Ella dijo:

"...y con ellos emprendió la ruta marina que conducía al palacio del rey Salamandra.

Al llegar al palacio, el príncipe Saleh pidió permiso para entrar a hablar al rey; y se lo concedieron. Y entró en la sala donde se hallaba el rey marino Salamandra, sentado en un trono de esmeraldas y jacintos. Y Saleh formuló ante él sus deseos de paz con las maneras más escogidas, y depositó a sus pies los dos sacos grandes, llenos de magníficos regalos, que llevaban a la espalda los esclavos. Y al ver aquello, el rey correspondió a los deseos de paz de Saleh, le invitó a sentarse, y le dijo:

"¡Bien venido seas, príncipe Saleh! ¡Hace ya mucho tiempo que no te veo, lo cual me entristecía bastante! ¡Pero date prisa ya a pedirme lo que te haya impulsado a venir a verme; porque cuando se hace un regalo, siempre es con la esperanza de obtener en cambio una cosa equivalente! ¡Habla, pues, y veré si puedo hacer algo por ti!"

Entonces Saleh se inclinó profundamente ante el rey por segunda vez, y dijo: "¡Sí, estoy comisionado para una cosa que no quiero obtener más que de Alah y del rey magnánimo, del valiente león, del hombre generoso que ha extendido la fama de su gloria, de su magnificencia, de su liberalidad, de su esplendidez, de su clemencia y de su bondad, a lo largo de las tierras y los mares, haciendo que hablen de ella por la tarde con admiración las caravanas debajo de las tiendas de campaña!"

Al oír este discurso, el rey Salamandra, muy preocupado, frunció las cejas, y dijo: "¡Presenta tu demanda, ¡oh Saleh! pues entrará en un oído sensible y en un espíritu bien dispuesto! Si puedo satisfacerte, lo haré inmediatamente; pero si no puedo, no será por mala voluntad. ¡Porque Alah, oh Saleh! no pide a un alma lo que rebasa de su capacidad!"

Entonces Saleh se inclinó ante el rey más profundamente todavía que las dos veces anteriores, y dijo: "¡Oh rey del tiempo, en verdad que lo que tengo que pedirte puedes concedérmelo, pues depende de tu poder y de tu única autoridad! ¡Y claro es que no me hubiera aventurado a venir a pedírtelo si de antemano no tuviese la certeza de que cabía en las posibilidades! Porque ha dicho el sabio: "¡Si quieres que se te atienda, no pidas lo imposible!" ¡Y yo ¡oh rey! (¡Alah te conserve para dicha nuestra!) no soy un demente ni un importuno! ¡Helo aquí, pues! ¡Sabe ¡oh rey lleno de gloria! que vengo a ti solamente como intermediario! ¡Y lo hago ¡oh rey magnánimo! ¡oh generoso! ¡oh el más grande! para pedirte la perla única, la joya inestimable, el tesoro sellado, tu hija la princesa Gema, en matrimonio para mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna, hijo del rey Schahramán y de mi hermana la reina Flor-de-Granada, y señor de la Ciudad-Blanca y de los reinos terrestres que se extienden desde las fronteras de Persia hasta los límites extremos del Khorassán"

Cuando el rey Salamandra el marino hubo oído este discurso de Saleh, echóse a reír de tal manera, que se cayó de trasero, ¡y en el suelo siguió convulsionándose y estremeciéndose a la vez que agitaba las piernas en el aire! Tras de lo cual se levantó, y mirando a Saleh en silencio, le gritó de pronto: "¡Hola! ¡Hola!" Y de nuevo se echó a reír convulso, y con tanta fuerza y durante tanto tiempo, que acabó por soltar un cuesco retumbante.

Y así fué como se calmó, y dijo a Saleh: "¡En verdad, oh Saleh! que te creí siempre un hombre sensato y equilibrado, pero al presente veo cuánto me engañaba! Dime qué fué de tu buen sentido y de tu razón para que te atrevieras a hacerme una petición tan loca".

Pero Saleh contestó, sin inmutarse ni perder la serenidad: "¡No lo sé! ¡Sin embargo, lo cierto es que mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna es por lo menos tan hermoso y tan rico y de tan noble linaje como tu hija la princesa Gema! Y si la princesa Gema no nació para semejante matrimonio, ¿quieres decirme para qué nació entonces? Porque, ¿no ha dicho el sabio: «¡A la joven sólo le queda el matrimonio o la tumba!?» ¡Por eso no se conocen solteronas entre nosotros los musulmanes! ¡Date prisa, pues, ¡oh rey! a aprovecharte de esta ocasión para salvar de la tumba a tu hija!"

Al oír estas palabras, el rey Salamandra llegó al límite del furor, e irguiéndose sobre ambos pies, con las cejas contraídas y los ojos inyectados en sangre, gritó a Saleh: "¡Oh perro de los hombres! ¿acaso pueden tus semejantes pronunciar en público el nombre de mi hija? ¿Quién eres tú, pues, más que un perro hijo de perro? ¿Y quién es tu hermana? ¡Perros, hijos de perros todos!" Luego encaróse con sus guardias, y les gritó: "¡Ah de vosotros! ¡apoderáos de ese alcahuete y moledle los huesos!"

Al punto se precipitaron sobre Saleh los guardias y quisieron cogerle y derribarle; pero rápido como el relámpago, se les escapó él de las manos y salió para ponerse en fuga. Pero con extremada sorpresa vió que fuera había mil jinetes montados en caballos marinos, y cubiertos con corazas de acero y armados de pies a cabeza, y todos eran parientes suyos y gentes de su casa. ¡Y acababan de llegar en aquel mismo instante, enviados por su madre la reina Langosta, quien, presintiendo el mal recibimiento que pudiera hacerle el rey Salamandra, pensó en mandar a aquellos mil hombres para que le defendiesen de cualquier peligro!

Entonces Saleh les contó en pocas palabras lo que acababa de pasar, y les gritó: "Y ahora, ¡sus, a ese rey estúpido y loco!"

A la sazón se apearon de sus caballos los mil guerreros, desenvainaron sus espadas y se precipitaron en masa, detrás del príncipe Saleh, en la sala del trono...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

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