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Y cuando llegó la 660ª noche

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Ella dijo:

"... Efectivamente, había en la casa un pájaro domesticado, a quien amaestró el judío, y que reconocía y quería mucho a su amo. Pero, mientras duró la ausencia del judío, aquel pájaro hubo de cifrar su afecto en Anís y tomó la costumbre de posársele en la cabeza y en los hombros y hacerle mil caricias, de modo que, cuando su amo el judío regresó de viaje, no quiso el pájaro reconocerle ya, considerándole como un extraño. Y ya no había píos de alegría, aleteos y caricias más que para el joven Anís, socio de su amo. Y el judío pensó para sí: "¡Por Muza y Aarún! ¡pues no me ha olvidado este pájaro! ¡Y su conducta para conmigo da más valor todavía a los sentimientos de mi esposa, que ha caído enferma de dolor por mi ausencia!" ¡Así pensaba! Pero no tardó en chocarle y en hacer que le asaltasen mil ideas torturadoras otra cosa extraña.

Porque notó que su esposa, tan reservada y tan modesta en presencia de Anís, tenía sueños extraordinarios en cuanto se dormía. Tendía los brazos, jadeaba, suspiraba y hacía mil contorsiones pronunciando el nombre de Anís y hablándole como hablan las enamoradas más apasionadas. Y el judío se quedó extremadamente asombrado al comprobar aquello varias noches sucesivas, y pensó: "¡Por el Pentateuco, que esto viene a demostrarme que todas las mujeres son iguales y que, cuando una de ellas es virtuosa y casta y continente como mi esposa, tiene que satisfacer de una manera o de otra sus malos deseos, aunque sea en sueños! ¡Alejado sea de nosotros el Maligno! ¡Qué calamidad son estas criaturas formadas con la llama del infierno!" Luego se dijo: "¡He de poner a prueba a mi esposa! ¡Si resiste a la tentación y permanece casta y reservada, lo del pájaro y lo de los sueños no será más que una coincidencia entre las coincidencias sin resultados!"

Y he aquí que, cuando llegó la hora de la comida acostumbrada, el judío anunció a su esposa y a su socio que estaba invitado a casa del walí con motivo de un gran pedido de mercaderías; y les rogó que esperasen su regreso para empezar a comer. Luego les dejó y salió al jardín. Pero, en vez de ir a casa del walí, se apresuró a volver sobre sus pasos y a subir al piso superior de la casa; allí, desde una habitación cuya ventana daba a la sala de reunión, podría vigilar lo que iba a ocurrir.

No se hizo esperar mucho el resultado, que por parte de los amantes se manifestó con besos y caricias de una intensidad y una pasión increíbles. Y como no quería el judío descubrir su presencia ni dejarles adivinar que no había ido a casa del walí, se vió obligado durante una hora de tiempo a asistir a las manifestaciones desenfrenadas de ambos amantes. Pero, tras de esta espera dolorosa, bajó a reunirse con ellos y entró en la sala con rostro sonriente, como si nada supiera. Y mientras duró la comida, se guardó bien de dejarles adivinar sus sentimientos, y tuvo muchas más consideraciones y atenciones para el joven Anís, quien, por otra parte, se mostró todavía más reservado y más discreto que de costumbre.

Pero cuando se terminó la comida y se marchó el joven Anís, el judío se dijo: "¡Por los cuernos de nuestro señor Muza, que he de abrasarles el corazón al separarlos!" Y sacó del seno una carta que abrió y leyó; luego exclamó: "He aquí que voy a verme obligado a partir de nuevo para un viaje largo. ¡Porque me llega esta carta de mis corresponsales del extranjero, y es preciso que vaya a verles para arreglar con ellos un importante asunto comercial!" Y Zein Al-Mawassif supo disimular perfectamente la alegría que le causaba esta noticia, y dijo: "¡Oh esposo mío bienamado! ¡vas a dejarme morir durante tu ausencia! ¡Dime, por lo menos, cuánto tiempo vas a estar lejos de mí!" Dijo él: "¡Tres años, o acaso cuatro años, ni más ni menos!" Ella exclamó: "¡Oh, pobre Zein Al-Mawassif! ¡Tu mala suerte no te deja nunca disfrutar de la presencia de tu esposo! ¡Oh desesperación de mi alma!"

Pero le dijo él: "¡No te desesperes más por eso! Porque para no dejarte sola esta vez y exponerte a la tristeza, quiero que vengas conmigo! ¡Levántate, pues, y ordena que tus doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub te ayuden a hacer tu equipaje para la marcha!"

Al oír estas palabras, a la quebrantada Zein Al-Mawassif se le puso el color muy amarillo, y sus ojos humedeciéronse con lágrimas, y no pudo pronunciar ni una sola palabra. Y su marido, que interiormente se dilataba de contento, le preguntó con acento muy afectuoso: "¿Qué te pasa, Zein?" Ella contestó: "¡Nada, por Alah! ¡Solamente estoy un poco emocionada con esta agradable noticia de saber que ya no voy a separarme de ti!"

Luego se levantó y se puso a hacer los preparativos de la marcha, ayudada por sus doncellas, a la vista de su esposo el judío. Y no sabía cómo enterar de la triste nueva a Anís. Por fin pudo disponer de un momento para trazar sobre la puerta de entrada estos versos de adiós a su amigo:


¡A ti mis penas, Anís! ¡Hete aquí solo, con el corazón sangrando por vivas heridas!


¡Los celos más que la necesidad ocasionan nuestra separación! ¡Y la alegría hubo de entrar en el alma del envidioso a la vista de mi dolor y de mi desesperación!


¡Pero por Alah juro que no me poseerá otro que no seas tú, Anís, aunque venga acompañado de mil intercesores!


Tras de lo cual montó en el camello preparado para ella, y segura de no volver a ver ya a Anís, se metió en su litera, dedicando versos de adiós a la casa y al jardín. Y se puso en marcha toda la caravana, con el judío a la cabeza, Zein Al-Mawassif en medio y las doncellas a la cola. Y esto es lo referente a Zein y a su esposo el judío...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 662ª noche

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Ella dijo:

"... Y esto es lo referente a Zein y a su esposo el judío.

¡Pero he aquí lo que atañe a Anís!

Cuando al día siguiente vió que no iba al zoco su asociado el mercader judío, quedó extremadamente sorprendido y esperó su llegada hasta la tarde. Pero en vano. Entonces decidióse a ir a ver por sí mismo la causa de semejante ausencia. Y llegó de tal suerte ante la puerta de entrada, y leyó la inscripción que Zein Al-Mawassif había grabado allí. Y comprendió su sentido, y trastornado se dejó caer en tierra, presa de la desesperación. Y cuando se repuso un poco de la emoción que hubo de causarle aquella ausencia de su bienamada, preguntó a los vecinos. Y así fué como se enteró de que su esposo el judío se la había llevado con sus doncellas y un gran equipaje, que cargaron en diez camellos, y con víveres para un viaje muy largo.

Al saber esta noticia, Anís caminó como un insensato por entre las soledades del jardín; e improvisó estos versos:


¡Para llorar el recuerdo de la bienaventurada, detengámonos aquí en el límite de árboles de su jardín, donde se yergue su querida casa, donde sus huellas, como en mi corazón, no pueden ser borradas ni por los vientos del Norte ni por los vientos del Sur!


¡Se marchó, pero mi corazón está con ella, atado al aguijón que apresura la marcha de los camellos!


¡Ah, ven, oh noche! ¡ven a refrescar mis mejillas ardientes y a calmar el fuego que me consume el corazón!


¡Oh brisa del desierto! a ti, cuyo soplo perfumó su aliento, ¿no te ha recetado ningún colirio para secar mis lágrimas, ningún remedio para reanimar mi cuerpo helado?


¡Ay! ¡ay! ¡el conductor de la caravana dió señal de partir en medio de las tinieblas de la noche, antes que el soplo del céfiro matinal viniera a vivificar las cañadas!


¡Se arrodillaron los camellos; hiciéronse los fardos; metiáse ella en la litera; se marchó!


¡Ay! ¡se marchó, y me ha dejado sin poder seguir sus huellas! ¡La sigo desde lejos, regando con mis lágrimas el polvo!


Luego, mientras se entregaba de este modo a sus reflexiones y recuerdos, oyó graznar a un cuervo que tenía su nido en una palmera del jardín. E improvisó esta estrofa:


¡Oh cuervo! ¿qué tienes que hacer ya en el jardín de mi bienamada? ¿Vienes a gemir con tu voz lúgubre por los tormentos de mi amor? ¡Ay! ¡ay! ¡gritas a mi oído! y el eco infatigable repite sin cesar: ¡Ay! ¡ay!


Luego, sin poder ya resistirse a tantas penas y tormentos, se echó Anís en el suelo y se sintió invadido por el sopor. Y he aquí que en sueños se le apareció su bienamada; y se encontraba dichoso él con ella; y la oprimía en sus brazos, y hacía ella lo mismo.

Pero despertóse de pronto y quedó desvanecida la ilusión. Y para consolarse, sólo pudo él improvisar estos versos:


¡Salve, imagen de la bienamada! ¡Te me apareces en medio de las tinieblas de la noche, y vienes a calmar por un instante la violencia de mi amor!


¡Me habla ella, me sonríe, me hace mil tiernas caricias; tengo en mis manos toda la felicidad de la tierra, y me despierto bañado en lágrimas!


Así se lamentaba el joven Anís. Y continuó viviendo a la sombra de la casa abandonada, sin alejarse más que para tomar algún alimento en su vivienda.

Y he aquí lo referente a él.

En cuanto a la caravana, cuando llegó a un mes de distancia de la ciudad consabida, hizo alto. Y el judío mandó armar las tiendas cerca de una ciudad situada a orillas del mar. Allí quitó a su esposa los ricos trajes que la cubrían, cogió una vara larga y flexible, y le dijo: "¡Ah, miserable traidora! ¡tu piel manchada sólo se podrá limpiar con esto! ¡Que venga ahora a librarte de entre mis manos ese joven Anís!" Y a pesar de sus gritos y protestas, le fustigó dolorosamente con toda su fuerza.

Luego le envolvió un manto de crines viejo, y fué a la ciudad en busca de un herrador, y le dijo:


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Pero cuando llegó la 663ª noche

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Ella dijo:

"... y fué a la ciudad en busca de un herrador, y le dijo: "Vas a herrar sólidamente los pies de esta esclava; tras de lo cual le herrarás las manos. ¡Y me servirá de cabalgadura!" Y el herrador asombrado, miró al viejo, y le dijo: "¡Por Alah, que es la primera vez que me llaman para herrar a seres humanos! ¿Pues qué ha hecho esta joven para merecer ese castigo?" El viejo dijo: "¡Por el Pentateuco! ésa es la pena con que nosotros los judíos castigamos a nuestros esclavos cuando tenemos queja de su conducta". Pero el herrador, deslumbrado por la belleza de Zein Al-Mawassif e impresionado en extremo por sus encantos, miró al judío con desprecio e indignación, y le escupió en la cara; y en lugar de tocar a la joven, improvisó esta estrofa:


¡Ojalá ¡oh mulo! te herraran a ti en toda tu piel antes de torturar sus pies delicados! ¡Si fueras sensato, con anillos de oro adornarías sus pies encantadores!


¡Porque bien seguro estoy de que, al comparecer ante el Juez Soberano, será declarada inocente y pura tan bella criatura!


Luego corrió el herrador en busca del walí de la ciudad y le contó lo que había visto, describiéndole la belleza maravillosa de Zein Al-Mawassif y el trato cruel que quería hacerle soportar su esposo el judío. Y el walí ordenó a los guardias que inmediatamente fueran al campamento y trajeran a su presencia a la bella esclava, al judío y a las demás mujeres de la caravana. Y los guardias se apresuraron a ejecutar la orden. Y al cabo de una hora, volvieron e introdujeron en la sala de audiencias, ante el walí, al judío, a Zein Al-Mawassif y a las cuatro doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub. Y deslumbrado por la belleza de Zein Al-Mawassif, el walí le preguntó: "¿Cómo te llamas, hija mía?" Ella dijo, moviendo las caderas: "Tu esclava Zein Al-Mawassif, ¡oh amo nuestro!" Y él le preguntó: "¿Y quién es este hombre tan feo?" Ella contestó: "¡Es judío ¡oh mi señor! que me separó de mi padre y de mi madre, y me violentó, y con toda clase de malos tratos quiso forzarme a abjurar de la santa fe de mis padres musulmanes! ¡Y me hace sufrir tortura a diario, y por ese procedimiento intenta vencer mi resistencia! Y en prueba de lo que revelo a nuestro amo, aquí tenéis las huellas de los golpes con que no cesa de martirizarme!" Y con mucho rubor descubrió la parte alta de los brazos y enseñó los verdugones que los surcaban. Luego añadió: "¡Y por cierto ¡oh amo nuestro! que el honorable herrador puede dar testimonio del trato bárbaro que quería hacerme sufrir ese judío! ¡Y mis doncellas confirmarán mis palabras! ¡Por lo que a mí respecta, soy una musulmana, una creyente, y atestiguo que no hay más Dios que Alah y que Mohamed es el Enviado de Alah!

Al oír estas palabras, el walí se encaró con las doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub, y les preguntó: "¿Es cierto lo que dice vuestra ama?" Ellas contestaron: "¡Es cierto!" Entonces el walí se encaró con el judío, y con los ojos chispeantes, le dijo: "¡Mal hayas, enemigo de Alah! ¿Por qué arrebataste esta joven a su padre y a su madre, a su casa y a su patria, y la torturaste, e intentaste hacerle renegar de nuestra santa religión y precipitarla en los horribles errores de tu creencia maldita?"

El judío contestó: "¡Oh amo nuestro! ¡por vida de la cabeza de Yacub, de Muza y de Aarún, te juro que esta joven es mi esposa legal!" Entonces exclamó el walí: "¡Que le den una paliza!" Y los guardias le tiraron al suelo y le aplicaron cien palos en la planta de los pies, cien palos en la espalda y cien palos en las nalgas. Y como continuara en sus gritos y vociferaciones, protestando y afirmando que Zein Al-Mawassif le pertenecía legalmente, el walí dijo: "¡Ya que no quiere declarar, que le corten las manos y los pies, y que le fustiguen!"

Al oír esta terrible sentencia, exclamó el judío: "¡Por los cuernos sagrados de Muza! ¡si sólo eso basta para salvarme, declaro que no es mi esposa esta mujer y que se la he quitado a su familia!"

Entonces pronunció el walí: "¡Ya que ha declarado, que le encarcelen! ¡Y que esté preso toda su vida! ¡Sean castigados así los judíos descreídos!" Y al punto los guardias ejecutaron la orden. Y arrastraron al judío hasta la cárcel. Y sin duda allí moriría en su descreimiento y en su fealdad. ¡Que Alah no tenga nunca compasión de él! ¡Y precipite su alma judía en el fuego del último piso del infierno! ¡Pero nosotros somos creyentes! ¡Y reconocemos que no hay más Dios que Alah y que Mohamed es el Enviado de Alah!

En cuanto a Zein Al-Mawassif, besó la mano del walí, y acompañada por sus cuatro doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub, volvió a las tiendas y ordenó a los camelleros que levantaran el campo y se pusieran en camino para el país de su bienamado Anís.

Y he aquí que viajó sin contratiempos la caravana, y hacia la noche del tercer día, llegó a un monasterio cristiano que estaba habitado por cuarenta monjes y por su patriarca. Y este patriarca, que se llamaba Danis, estaba precisamente sentado a la puerta del monasterio, tomando el fresco, cuando acertó a pasar por allí en su camello la joven sacando la cabeza fuera de la litera. Y a la vista de aquel rostro de luna, el patriarca sintió que se rejuvenecía su vieja carne muerta; y se le estremecieron los pies, la espalda, el corazón y la cabeza. Y se levantó de su asiento e hizo señas a la caravana para que se detuviese, e inclinándose hasta el suelo ante la litera de Zein Al-Mawassif, invitó a la joven a apearse y descansar con todo su acompañamiento. Y la instó vivamente a pasar la noche en el monasterio, asegurándole que de noche estaban los caminos infestados de bandoleros salteadores. Y Zein Al-Mawassif no quiso rehusar la oferta de esta hospitalidad, aunque viniera de cristianos y monjes; se apeó de su litera y entró en el monasterio seguida por sus cuatro acompañantes.

Y he aquí que el patriarca Danis, abrasado de amor por la belleza y los encantos de Zein Al-Mawassif...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 665ª noche

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Ella dijo:

"... Y he aquí que el patriarca Danis, abrasado de amor por la belleza y los encantos de Zein Al-Mawassif, no sabía cómo arreglarse para declararle su pasión. Y en efecto, la cosa era muy ardua. Por último creyó dar con un buen medio, que consistió en enviar con la joven al monje menos elocuente entre los cuarenta monjes del monasterio. Y llegó a presencia de la joven aquel monje, con intención de hablar en pro de su patriarca. Pero al ver a aquella luna de belleza, sintió que se le trababa en la boca la lengua con mil nudos, y que su zib, por el contrario, hablaba elocuentemente por debajo de la ropa, irguiéndose como una trompa de elefante.

Y al ver aquello, Zein Al-Mawassif se echó a reír con toda su alma en compañía de Hubub, Khutub, Sukub y Rukub. Luego, viendo que el monje permanecía sin hablar con la herramienta preparada, hizo una seña a sus doncellas, que se levantaron al punto y le echaron de su habitación.

Entonces, al ver que el monje volvía con un aire muy mohino, se dijo el patriarca Danis: "¡Sin duda no ha sabido convencerla!" Y mandó a ella un segundo monje. Y el segundo monje fué a presencia de Zein Al-Mawassif; pero le sucedió exactamente lo mismo que le había sucedido al primero. Y le echaron, y volvió cabizbajo junto al patriarca, quien envió entonces al tercero, luego al cuarto y al quinto, y así sucesivamente hasta el cuatrigésimo. Y cada vez que enviaba a alguno para preparar el terreno, el monje enviado regresaba sin conseguir ningún resultado, no habiendo podido exponer la misión de su patriarca, y no habiendo manifestado su presencia más que por la elevación de la herencia paterna.

Cuando el patriarca vió todo aquello, se acordó del proverbio que dice: "¡Hay que rascarse con las uñas propias y andar con los propios pies!"

Y resolvió obrar por sí mismo.

Entonces se levantó y entró con paso grave y mesurado en la habitación en que se hallaba Zein Al-Mawassif. ¡Y he aquí lo que pasó! Exactamente igual que a sus monjes le sucedió todo lo que a los otros les había sucedido en cuanto a lengua trabada con mil nudos y elocuencia de herramienta. Y ante la risa y la befa de la joven y sus acompañantes, salió de la habitación con la nariz alargada hasta los pies.

Pero, no bien salió él, Zein Al-Mawassif se levantó, y dijo a sus acompañantes: "¡Por Alah! ¡tenemos que escapar de este monasterio lo más pronto posible, porque mucho me temo que esos monjes terribles y su patriarca repugnante vengan a violentarnos esta noche y a mancharnos con su contacto envilecedor!" Y a favor de las tinieblas, se deslizaron fuera del monasterio las cinco, y volviendo a montar en sus camellos, continuaron la marcha a su país.

Y he aquí lo referente a ellas.

En cuanto al patriarca y a los cuarenta monjes, cuando se despertaron por la mañana y advirtieron la desaparición de Zein Al-Mawassif, sintieron que se les retorcían de desesperación las tripas. Y se reunieron en su iglesia para cantar como asnos, según tenían por costumbre. Pero en vez de cantar antífonas y de recitar sus plegarias ordinarias, he aquí lo que improvisaron:


El primer monje cantó:


¡Congregaos, hermanos míos, antes de que os abandone mi alma, porque ha llegado mi última hora!


¡El fuego del amor consume mis huesos, la pasión devora mi corazón, y ardo por una belleza que ha venido a esta región para herirnos a todos con flechas mortales, disparadas por las pestañas de sus párpados!


Y el segundo monje respondió con este canto:


¡Oh tú que viajas lejos de mí! ¿por qué, ya que me arrebataste el corazón, no me has llevado contigo?


¡Te marchaste llevándote mi reposo! ¡Ah! ¡ojalá vuelvas pronto para verme expirar en tus brazos!


El tercer monje cantó:


¡Oh tú, cuya imagen brilla en mis ojos, llena mi alma y habita en mi corazón!


¡Tu recuerdo es más dulce para mi espíritu que lo dulce que la miel es para los labios del niño; y tus dientes, que sonríen en mis ensueños, son más brillantes que la espada de Asrael! (El ángel de la muerte)


¡Todo pasó cual una sombra, vertiendo llama devoradora en mis entrañas!


¡Si alguna vez en sueños te acercas a mi lecho, le encontrarás bañado con mi llanto!


El cuarto monje respondió:


¡Reprimamos nuestras lenguas, hermanos míos, y no dejemos escapar más palabras superfluas que nos aflijan los corazones sufridores!


¡Oh luna llena de la belleza! ¡tu amor ha esparcido en mi cabeza oscura sus rayos brillantes, y me han incendiado en una pasión infinita!


El quinto monje cantó, sollozando:


¡Mi único deseo es mi bienamada! ¡Su belleza borra el resplandor de la luna; su saliva es más dulce que el agua preciosa de las uvas; la anchura de sus caderas alaba a su Creador!


¡He aquí que mi corazón se consume en la llama del amor que ella me ha inspirado, y mis ojos manan lágrimas cual gotas de ágata!


Entonces prosiguió el sexto monje:


¡Oh ramas cargadas de rosas! ¡oh estrellas de los cielos! ¿dónde está la que apareció en nuestro horizonte, y cuya influencia mortal hace perecer a los hombres sin ayuda de armas, sólo con su mirada?


Luego el séptimo monje entonó este canto:


¡Mis ojos, que la han perdido, se llenan de lágrimas; el amor se acrecienta y la paciencia disminuye!


¡Oh dulce encantadora, aparecida en nuestros caminos! ¡el amor se acrecienta y la paciencia disminuye!


Y así, sucesivamente, entonaron todos los demás monjes un canto improvisado a su vez por cada cual, hasta que le llegó el turno al patriarca, quien con voz sollozante cantó entonces:


¡Mi alma está llena de turbación, y me ha abandonado la esperanza!


¡Una belleza arrebatadora pasó por nuestro cielo y me robó el reposo!


¡Ahora huye de mis párpados el sueño, y la tristeza los consume!


¡A Ti, Señor, me quejo de mis sufrimientos! ¡Haz que, al partir mi alma, mi cuerpo se desvanezca como una sombra!


Cuando hubieron terminado con sus cánticos, los monjes pegaron la cara a las baldosas de su iglesia, y lloraron mucho tiempo. Tras de lo cual resolvieron dibujar de memoria el retrato de la fugitiva, y colocarlo en el altar de su descreimiento. Pero no pudieron realizar su propósito, porque les sorprendió la muerte y puso término a sus tormentos cuando se hubieron cavado por sí mismos sus tumbas en el monasterio.


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente:



Y cuando llegó la 666ª noche

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Ella dijo:

"... porque les sorprendió la muerte y puso término a sus tormentos cuando se hubieron cavado por sí mismo sus tumbas en el monasterio. ¡He aquí lo referente a los cuarenta monjes y a su patriarca!

En cuanto a la caravana, la vigilancia de Alah le escribió la seguridad, y tras de un viaje sin contratiempos, llegó al país natal con buena salud. Y ayudada por sus acompañantes, Zein Al-Mawassif descendió de su litera y echó pie a tierra en su jardín. Y entró en la morada, e hizo al punto prepararlo todo, y perfumar el lecho con ámbar precioso, antes de enviar a Hubub para que avisara su regreso a su bienamado Anís.

Y he aquí que en aquel momento Anís, que continuaba pasándose días y noches bañado en lágrimas, estaba echado, somnoliento, en su cama, y tenía un sueño en el que veía distintamente a su bienamada de regreso. Y como tenía fe en los sueños, se levantó muy emocionado, y al punto se encaminó a la casa de Zein Al-Mawassif para cerciorarse si era verdad el sueño. Y franqueó la puerta del jardín. Y enseguida aspiró en el aire el perfume de ámbar y almizcle de su bienamada. Y voló a la vivienda y entró en la habitación donde esperaba su llegada Zein Al-Mawassif, dispuesta ya. Y cayeron uno en brazos de otro, y permanecieron mucho tiempo enlazados, prodigándose muestras apasionadas de su amor. Y para no desmayarse de alegría y de emoción bebieron en un jarro lleno de una bebida refrescante que tenía azúcar, limones y agua de flores. Tras de lo cual se expansionaron mutuamente, contándose cuanto les había sucedido durante su ausencia; y no se interrumpían más que para acariciarse y besarse tiernamente. Y sólo Alah sabe el número y la intensidad de las pruebas de amor de aquella noche. Y al día siguiente enviaron a la joven Hubub en busca del kadí y de los testigos, quienes acto seguido extendieron su contrato de matrimonio. ¡Y vivieron todos una vida dichosa hasta la llegada de la Segadora de jóvenes y jovenzuelas ! ¡Pero gloria y loor a Quien con Su Justicia distribuye belleza y placeres! ¡Y sean la plegaria y la paz para el Señor de los Enviados, Mohamed, que ha reservado el paraíso a sus creyentes!


Cuando Schehrazada hubo contado así esta historia, exclamó la pequeña Doniazada: "¡Oh hermana mía! ¡cuánto sabor, cuántas delicias, cuánta pureza y cuánta excelencia hay en tus palabras!" Y Schehrazada dijo: "¿Pues qué será todo eso comparado con lo que todavía tengo que contar del Joven Holgazán, si es que antes quiere permitírmelo el rey?" Y el rey Schahriar dijo: "¡Claro, Schehrazada, que quiero permitírtelo esta noche aun, porque me han satisfecho tus palabras, y no conozco la Historia del joven holgazán!"


Y dijo Schehrazada:



Historia del joven holgazán

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Se cuenta -entre muchas cosas- que un día, estando sentado en su trono el califa Harún Al-Raschid, entró un pequeño eunuco que llevaba en las manos una corona de oro rojo incrustada de perlas, de rubíes y de todas las especies más inestimables de gemas y pedrerías. Y aquel eunuco niño besó la tierra entre las manos del califa, y dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! nuestra ama Sett Zobeida me envía a transmitirte sus zalemas y sus homenajes y a decirte, al propio tiempo, que a esta maravillosa corona que aquí ves, y que ya conoces, le falta todavía en su remate una gema grande, y no se ha podido encontrar una lo bastante hermosa para que ocupe este sitio vacío. ¡Y ha mandado hacer pesquisas por todas partes en casa de los mercaderes, y ha revuelto sus propios tesoros; pero hasta el presente no pudo aún encontrar la piedra digna de rematar esta corona! Por eso anhela que por tu cuenta mandes hacer pesquisas a tal fin para satisfacer su deseo".

Entonces el califa se encaró con sus visires, emires, chambelanes y lugartenientes, y les dijo: "¡Buscad todos una gema tan grande y tan hermosa como la que desea Sett Zobeida!"

Y he aquí que todos buscaron una gema así en las pedrerías de sus esposas pero no encontraron nada que se amoldase a lo que anhelaba Sett Zobeida. Y dieron cuenta al califa de la inutilidad de sus investigaciones. Y al califa se le oprimió mucho el pecho al saber tal noticia, y les dijo: "¿Cómo, siendo yo califa y rey de reyes, va a serme imposible poseer cosa tan miserable como una piedra? ¡Maldición sobre vuestras cabezas! ¡Id a investigar en casa de los mercaderes!" E hicieron pesquisas en casa de todos los mercaderes, los cuales contestaron unánimes: "¡No busquéis más! ¡Nuestro señor el califa sólo podrá encontrar esa gema en casa de un joven de Bassra que se llama Abu-Mohammad-Huesos-Blandos!" Y fueron a dar cuenta al califa de lo que habían hecho y sabido, diciéndole: "¡Nuestro señor el califa sólo podrá encontrar esa gema en casa de un joven de Bassra, que se llama Abu-Mohammad-Huesos-Blandos! "

Entonces el califa ordenó a su visir Giafar que mandara avisar al emir de Bassra, a fin de que inmediatamente se pusiera en busca de aquel Abu-Mohammad-Huesos-Blandos para conducirle con toda urgencia a Bagdad, entre sus manos...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 667ª noche

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Ella dijo:

"... en busca de aquel Abu-Mohammad-Huesos-Blandos para conducirle con toda urgencia a Bagdad, entre sus manos. Y al punto escribió Giafar una misiva apropiada, y encargó al portaalfanje Massrur que a toda prisa fuera a Bassra para llevársela por sí mismo al emir El-Zobeidi, gobernador de la ciudad. Y Massrur partió sin tardanza a cumplir su misión.

Cuando el emir El-Zobeidi, gobernador de Bassra, recibió la misiva del califa, hubo de contestar con el oído y la obediencia; y tras de rendir al emisario del califa todos los honores y miramientos debidos, le dió guardias para que le condujeran a casa de Abu-Mohammad-Huesos-Blandos. Y llegó Massrur al palacio habitado por aquel joven; y fué recibido en la puerta por una tropa de esclavos ricamente vestidos, a los cuales dijo: "¡Advertid a vuestro amo que el Emir de los Creyentes le reclama en Bagdad!" Y los esclavos entraron a avisar a su amo.

Algunos instantes después, apareció en el umbral de su morada el propio joven Abu-Mohammad y vió al emisario del califa con los guardias del emir de Bassra; y se inclinó hasta el suelo ante él, y dijo: "¡Obediencia a las órdenes del Emir de los Creyentes!" Luego añadió: "¡Pero os suplico ¡oh honorables! que entréis un instante a honrar mi casa!" Massrur contestó: "¡No podemos retardarnos mucho aquí, a causa de la urgencia de las órdenes del Emir de los Creyentes, que está esperando tu llegada en Bagdad!" Dijo él: "No obstante, es preciso que me déis tiempo para hacer mis preparativos de viaje. ¡Entrad, pues, a descansar!" Todavía pusieron algunas dificultades Massrur y sus acompañantes, por pura fórmula; pero acabaron por seguir al joven.

Y desde el vestíbulo vieron magníficas cortinas de terciopelo azul recamado de oro y mármoles preciosos y tallas de madera y toda clase de maravillas, y por doquiera, igual en las tapicerías que en los muebles, igual en las paredes que en los techos, metales preciosos y titilar de pedrerías. Y el huésped hizo que les condujeran a una sala de baño, deslumbradora de limpieza y perfumada cual un corazón de rosal, tan espléndida como no poseía ninguna el palacio del califa. Y terminado el baño, les vistieron los esclavos a todos con suntuosos trajes de brocado verde, sembrados de motivos de perlas, de oro afiligranado y de pedrerías de todos colores. Y haciendo votos por ellos para después del baño, los esclavos les ofrecieron copas de sorbetes y refrescos en bandejas de porcelana dorada. Tras de lo cual entraron cinco mozalbetes, hermosos como el ángel Harut, que de parte del amo dieron a cada uno una bolsa con cinco mil dinares de oro de regalo, después de hacer los votos consecutivos al baño. Y entonces entraron los primeros esclavos que les habían llevado al hammam; y les rogaron que les siguieran, y les condujeron a la sala de reunión, donde les esperaba Abu-Mohammad, sentado en un diván de seda y apoyando los brazos en cojines orlados de perlas. Y se levantó en honor suyo y les hizo sentarse a su lado, y comió y bebió con ellos toda clase de manjares admirables y bebidas como no las había más que en el palacio de los Kaissares.

Entonces se levantó el joven, y dijo: "¡Soy el esclavo del Emir de los Creyentes! ¡Ya están hechos los preparativos, y podemos partir para Bagdad!" Y salió con ellos, y mientras los otros montaban de nuevo en sus caballos, los esclavos que tenía a sus órdenes le ayudaron a poner el pie en el estribo y a acomodarse en una mula blanca como la plata virgen, cuya silla y cuyos arreos titilaban con todas las luces de los oros y pedrerías que la adornaban. Y Massrur y el joven Abu-Mohammad se pusieron a la cabeza de la escolta y salieron de Bassra para emprender el camino de Bagdad. Y después de un viaje feliz, llegaron a la Ciudad de Paz, y entraron en el palacio del Emir de los Creyentes.

Cuando se le introdujo a presencia del califa, el joven besó por tres veces la tierra entre sus manos y tomó una actitud llena de modestia y de deferencia. Y el califa le invitó a sentarse. Y el joven se sentó respetuosamente al borde del asiento, y con un lenguaje muy distinguido, dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! tu esclavo sumiso ha sabido, sin que se lo digan, el motivo porque se le llamó ante su soberano. ¡Por eso, en vez de una sola gema, ha creído era su deber de humilde súbdito traer al Emir de los Creyentes lo que le ha concedido la suerte!" Y cuando hubo dicho estas palabras, añadió: "¡Si nuestro amo el califa me lo permite, voy a hacer abrir los cofres que traje conmigo en calidad de regalo de un leal a su soberano!" Y le dijo el califa: "No veo inconveniente en ello".

Entonces Abu-Mohammad mandó subir los cofres a la sala de recepción. Y abrió el primer cofre, y entre otras maravillas que arrebataban la razón, sacó de él tres árboles de oro con los troncos de oro, las ramas y las hojas de esmeraldas y aguas marinas y las frutas de rubíes, perlas y topacios en lugar de naranjas, manzanas y granadas.

Luego, mientras el califa se maravillaba de la hermosura de aquellos árboles, abrió el segundo cofre, y entre otros esplendores, sacó de él...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 668ª noche

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Ella dijo:

"... Luego, mientras el califa se maravillaba de la hermosura de aquellos árboles, abrió el segundo cofre, y entre otros esplendores sacó de él un pabellón de seda y oro, incrustado de perlas, jacintos, esmeraldas, rubíes y zafiros y otras muchas gemas de nombres desconocidos; y el poste central de aquel pabellón era de madera de áloe indio; y todas las franjas de aquel pabellón estaban salpicadas de gemas de todos colores, y por dentro estaba adornado con dibujos de un arte maravilloso que representaban graciosos retozos de animales y vuelos de pájaros; y todos estos animales y estos pájaros eran de oro, crisólitos, granates, esmeraldas y otras muchas variedades de gemas y metales preciosos.

Y cuando el joven Abu-Mohammad sacó de aquel cofre tan distintos objetos, que iba colocando en la alfombra según los sacaba y de cualquier modo, se puso de pie, y sin mover la cabeza, alzó y bajó las cejas. Y al punto se armó por sí mismo en medio de la sala todo el pabellón con tanta prontitud, orden y simetría como si lo hubiesen manejado veinte personas expertas; y los tres árboles maravillosos fueron a plantarse por sí mismos a la entrada del pabellón para protegerlo con su sombra.

Entonces Abu-Mohammad miró por segunda vez al pabellón y dejó oír un ligerísimo silbido. Y al punto se pusieron a cantar todos los pájaros de gemas que había dentro, y los animales de oro se pusieron a responderles con dulzura y armonía. Y al cabo de un instante, Abu-Mohammad dejó oír otro silbido, y el coro entero se interrumpió en la nota comenzada.

Cuando el califa y todos los presentes vieron y oyeron cosas tan extraordinarias, no supieron si soñaban o estaban despiertos. Y Abu-Mohammad besó una vez más la tierra entre las manos de Al-Raschid, y dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! no creas que te traigo con alma interesada estos pequeños obsequios que tienen la suerte de no disgustarte, sino que te los traigo en calidad de homenaje de un leal a su dueño soberano. Y no son nada en comparación de los que pienso ofrecerte aún, siempre que me lo permitas".

Cuando el califa se repuso un poco del asombro en que le había sumido la contemplación de aquellas cosas como nunca hubo visto, dijo al joven: "¿Puedes decirme ¡oh joven! de dónde te vienen todas esas cosas, siendo un simple súbdito entre mis súbditos? ¡Te conocen por el nombre de Abu-Mohammad-Huesos-Blandos, y sé que tu padre sólo era un ventosista del hammam que murió sin dejarte ninguna herencia! ¿A qué se debe, pues, el hecho de que, en tan poco tiempo y tan joven todavía, hayas llegado a semejante grado de riqueza, de distinción y de poderío?" Y contestó Abu-Mohammad: "¡Te contaré, pues, mi historia, ¡oh Emir de los Creyentes! que es una historia tan maravillosa y está tan llena de hechos extraordinariamente prodigiosos, que si se escribiera con agujas de tatuaje en el ángulo interior del ojo, serviría sin duda de lección rica en provecho para los que quisieran aprovecharse de ella!" Y dijo Al-Raschid, extremadamente intrigado: "¡Date prisa entonces a hacernos oír lo que tienes que decirnos, ¡ya Abu-Mohammad!"

Y dijo el joven:

"Sabe, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! (¡Alah aumente tu poderío y tu gloria!) que, en efecto, se me conoce de ordinario con el nombre de Abu-Mohammad-Huesos-Blandos, soy hijo de un antiguo y pobre ventosista de hammam que murió sin dejarnos a mi madre ni a mí nada con qué atender a nuestra subsistencia. Así es que te han dicho verdad quienes te dieron estos detalles; pero no te dijeron por qué ni cómo me vino aquel mote. ¡Pues helo aquí!

Desde mi niñez ¡oh Emir de los Creyentes! era yo el muchacho más holgazán y más perezoso que podría encontrarse sobre la faz de la tierra. Y eran tan grandes, en verdad, mi holgazanería y mi pereza, que si estaba tumbado en el suelo a mediodía y el sol caía a plomo sobre mi cráneo descubierto, no tenía yo arrestos para cambiar de postura, y me dejaba cocer como una colocasia por no mover una pierna o un brazo. Con lo cual no tardé en tener un cráneo a prueba de toda clase de golpes; y si quieres ¡oh Emir de los Creyentes! mandar ahora a tu portaalfanje Massrur que me parta la cabeza, verás cómo se mella su alfanje y se hace trizas contra los huesos de mi cráneo.

Cuando murió mi difunto padre (¡Alah le tenga en su misericordia!), era yo un mozo de quince años; pero no parecía tuviese más de dos años de edad, pues continuaba sin querer trabajar ni moverme de un sitio; y mi pobre madre se veía obligada a servir a la gente del barrio para alimentarme, mientras yo me pasaba los días tumbado de lado, y no tenía fuerza ni para levantar la mano con objeto de espantarme las moscas que habían establecido su domicilio en todos los agujeros de mi cara...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 669ª noche

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Ella dijo:

"... las moscas que habían establecido su domicilio en todos los agujeros de mi cara.

Un día, por una casualidad muy rara entre las casualidades, mi madre, que había estado bregando todo un mes al servicio de quienes le daban trabajo, fué a mí llevando en la mano cinco monedas de plata, fruto de toda su labor. Y me dijo: "¡Oh hijo mío! ¡acabo de saber que nuestro vecino el jeique Muzaffar va a partir para la China! Ya sabes, hijo mío, que ese venerable jeique es un hombre excelente, un hombre de bien que no desprecia ni rechaza a los pobres como nosotros. Toma, pues, los cinco dracmas de plata y levántate para acompañarme a casa del jeique; y le entregarás estos cinco dracmas y le rogarás que en China te compre mercaderías para revenderlas tú aquí luego y de las cuales (¡Alah lo quiera así, compadeciéndose de nosotros!) sacarás sin duda alguna un beneficio considerable. ¡He aquí, pues, ¡oh hijo mío! una buena ocasión de enriquecernos! ¡Y quien rehúsa el pan de Alah es un descreído!"

Al oír este discurso de mi madre, se me aumentó más aún la holgazanería, y me hice completamente el muerto. ¡Y mi madre me suplicó y me conjuró de todas maneras, por el nombre de Alah y por la tumba de mi padre, y por todo! ¡Pero en vano! Porque yo hice como que roncaba. Entonces me dijo mi madre: "¡Por las virtudes de tu padre, te juro ¡oh Abu-Mohammad-Huesos Blandos! que, si no quieres escucharme y acompañarme a ver al jeique, no volveré a darte de comer ni de beber, y te dejaré morir de inanición!" Y dijo estas palabras con tan resuelto acento, ¡oh Emir de los Creyentes! que comprendía que aquella vez pondría en práctica sus palabras; y dejé oír un sonido sordo que significaba: "¡Ayúdame a sentarme!" Y me cogió del brazo y me ayudó a incorporarme y a sentarme. Entonces, aniquilado de fatiga, me eché a llorar, y entre mis gemidos, suspiraba: "¡Dame mis zapatos!" ¡Y me los llevó, y le dije: "¡Pónmelos!" Y me los puso. Y le dije: "¡Ayúdame a ponerme en pie!" Y me levantó y me hizo ponerme en pie. Y llorando hasta rendir el alma, le dije: "¡Sostenme para que ande!" Y se puso detrás de mí y me sostuvo, empujándome suavemente para hacerme avanzar. Y eché a andar despacio, parándome a cada paso para tomar aliento, e inclinando la cabeza sobre los hombros como para rendir el alma. Y acabé por llegar de esta manera a la orilla del mar, donde vi al jeique Muzaffar rodeado de sus allegados y amigos, disponiéndose a embarcar para ponerse en marcha. Y mi llegada fué acogida con asombro por todos los presentes, que exclamaban al mirarme: "¡Qué prodigio! ¡Es la primera vez que vemos andar a Abu-Mohammad-Huesos-Blandos! ¡Y es la primera vez que sale de su casa!"

Cuando estuve al lado del jeique, le dije: "¡Oh tío mío! ¿eres el jeique Muzaffar?" El me dijo: "Para servirte, ¡oh Abu-Mohammad, oh hijo de mi amigo el difunto ventosista a quien Alah tenga en Su gracia y en Su piedad!" Yo le dije, dándole las cinco monedas de plata: "¡Toma estos cinco dracmas ¡oh jeique! y cómprame con ellos mercaderías de la China! ¡Y quizás así por mediación tuya, tengamos ocasión de enriquecernos!" Y el jeique Muzaffar no se negó a tomar los cinco dracmas; y se los guardó en el cinturón, diciendo: "¡En el nombre de Alah!" Y me dijo: "¡Con la bendición de Alah!"

Y se despidió de mí y de mi madre; y acompañado de varios mercaderes que se habían juntado con él para el viaje, se embarcó con rumbo a China.

Alah escribió la seguridad al jeique Muzaffar, que llegó sin contratiempos al país de la China. Y compró, como todos los mercaderes que iban con él, lo que tenía que comprar, y vendió lo que tenía que vender, y traficó e hizo lo que tenía que hacer. Tras de lo cual, volvió a embarcarse, para regresar al país con sus compañeros, en el mismo navío que habían fletado en Bassra. Y se dieron a la vela y abandonaron la China.

Al cabo de diez días de navegación, una mañana se levantó de pronto el jeique Muzaffar, se golpeó con desesperación las manos, y exclamó: "¡Arriad las velas!" Y los mercaderes le preguntaron, muy sorprendidos: "¿Qué ocurre, ¡oh jeique Muzaffar!?" El dijo: "¡Ocurre que hay que volver a la China!" Y en el límite de la estupefacción, le preguntaron: "¿Por qué, ¡oh jeique Muzaffar!?" El dijo: "¡Habéis de saber que me olvidé de comprar el pedido de mercancías para el cual me dió los cinco dracmas de plata Abu-Mohammad-Huesos-Blandos!" Y le dijeron los mercaderes: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh jeique nuestro! no nos obligues por tan poca cosa a volver a China después de todas las fatigas pasadas y los peligros corridos y la ya tan larga ausencia de nuestro país!" El jeique dijo: "¡Es absolutamente preciso que volvamos a China! ¡Porque he empeñado mi palabra en la promesa que hice a Abu-Mohammad y a su pobre madre, la mujer de mi amigo el difunto ventosista!" Los demás le dijeron: "No te detenga eso, ¡oh jeique! ¡Porque estamos dispuestos a pagarte cinco dinares de oro cada cual como intereses de las cinco monedas de plata que has de devolver a Abu-Mohammad-Huesos-Blandos! ¡Y a nuestra llegada le darás todo ese oro!" El jeique dijo: "¡Acepto en nombre suyo vuestra oferta!" Entonces cada mercader pagó al jeique Muzaffar cinco dinares de oro destinados a mí, y prosiguieron su viaje.

Durante la travesía hizo escala el navío, para aprovisionarse, en una isla entre las islas. Y los mercaderes y el jeique Muzaffar desembarcaron para pasear por tierra. Y después de pasear y respirar el aire de aquella isla, se disponía el jeique a embarcarse otra vez, cuando a la orilla del mar vió a un mercader de monos que tenía en venta unos veinte animales de esta especie. Y he aquí que, entre todos aquellos monos, había uno de aspecto muy miserable, pelado, tembloroso y con lágrimas en los ojos. Y cada vez que su amo volvía la cabeza para hablar con el jeique y sus acompañantes, no dejaban los demás monos de saltar sobre su miserable compañero, y morderle y arañarle y mearle en la cabeza.

Y al jeique Muzaffar, que tenía un corazón compasivo, le conmovió el estado de aquel pobre mono, y preguntó al mercader: "¿Cuánto vale ese mono?" El mercader dijo: "Ese no es muy caro, ¡oh mi señor! ¡Para desembarazarme de él, te lo dejo en cinco dracmas solamente!" Y el jeique se dijo: "¡Precisamente es la cantidad que me dió el huérfano! ¡Y voy a comprarle este animal, a fin de que le sirva para enseñarlo por los zocos y ganar así su pan y el de su madre!" Y pagó al mercader los cinco dracmas, e hizo que se llevara el mono al navío un marinero. Tras de lo cual se embarcó con sus compañeros los mercaderes para ponerse en marcha.

Antes de hacerse a la vela, vieron a unos pescadores que se sumergían hasta el fondo del mar, y salían llevando siempre en las manos conchas llenas de perlas.

Y también lo vió el mono...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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