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Pero cuando llegó la 580ª noche

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Ella dijo:

"... cogió con sus dos manos la cabeza de Hassán y le besó. Luego salió sin añadir una palabra más.

Entonces Hassán, extremadamente turbado con todo aquello, se apresuró a cerrar su tienda y corrió a su casa para contar a su madre, lo que acababa de ocurrir. Y la madre de Hassán repuso, muy conmovida: "¿Qué me cuentas, ya Hassán? ¿Y cómo puedes creer en las palabras de un persa hereje?" Hassán dijo: "¡Ese venerable sabio no es un hereje, pues lleva un turbante de muselina blanca como el de los verdaderos creyentes!"

Ella contestó: "¡Ah hijo mío, desengáñate! ¡Esos persas son unos miserables, unos seductores! ¡Y su ciencia es la alquimia! ¡Y sólo Alah sabe las asechanzas que traman en la negrura de su alma, y el número de estratagemas de que se valen para despojar a la gente!"

Pero Hassán se echó a reír, y dijo: "¡Oh madre mía, nosotros somos pobres, y no tenemos, en verdad, nada que pueda tentar la codicia de los demás! ¡En cuanto a ese persa, en toda la provincia de Bassra no hay ninguno que tenga un rostro y unos modales mejores! ¡Y he visto en él las señales más evidentes de la bondad y de la virtud! ¡Demos gracias a Alah, que hizo que su corazón se compadeciera de mi cualidad!"

Al oír estas palabras, nada contestó ya la madre. Y Hassán aquella noche no pudo cerrar los ojos, de tan perplejo e impaciente como estaba.

Al día siguiente, se presentó muy temprano en el zoco con sus llaves, y abrió su tienda antes que todos los demás mercaderes. Y al punto vió entrar al persa, y se levantó con viveza en honor suyo y quiso besarle la mano; pero el otro no lo consintió, y le estrechó en sus brazos, y le preguntó: "¿Estás casado, oh Hassán?" Hassán contestó: "No, por Alah! ¡Soy soltero, aunque mi madre no cesa de inclinarme al matrimonio!"

El persa dijo: "¡Muy bien entonces! ¡Porque si fueses casado, nunca habrías podido entrar en la intimidad de mis conocimientos!"

Luego añadió: "¿Tienes cobre en tu tienda, hijo mío?" Hassán dijo: "¡Ahí tengo una bandeja vieja, toda mellada, de cobre amarillo!" El persa dijo: "¡Eso mismo es lo que me hace falta! ¡Empieza, pues, por encender tu hornillo, pon al fuego tu crisol y haz funcionar tus fuelles! ¡Coge luego esa bandeja vieja de cobre y córtala en pedacitos con tus tijeras!" Y Hassán se apresuró a ejecutar la orden. Y el persa dijo: "¡Ahora pon esos pedazos de cobre en el crisol, y activa el fuego hasta que se licúe todo el metal!" Y Hassán echó al crisol los pedazos de cobre, activó el fuego y se puso a soplar con la caña sobre el metal hasta la licuefacción. Entonces levantóse el persa y se acercó al crisol y abrió su libro, y ante el líquido hirviente leyó unas fórmulas en lengua desconocida; luego, levantando la voz, gritó: "¡Hakh! ¡makh! ¡bakh! ¡Oh vil metal, que el sol te penetre con sus virtudes! ¡Hakh! ¡makh! ¡bakh! ¡Oh vil metal, que la virtud del oro ahuyente tus impurezas! ¡Hakh ¡makh! ¡bakh! ¡Oh cobre, conviértete en oro!" Y al pronunciar estas palabras, el persa alzó la mano hacia su turbante, y sacó de entre los pliegues de la muselina un paquete de papel doblado, que abrió; y cogió unos polvos amarillos como el azafrán, que apresuróse a echar en medio del cobre líquido dentro del hornillo. ¡Y al instante se solidificó el líquido v se convirtió en un pan de oro, del oro más puro!

Al ver aquello, Hassán quedó estupefacto en el límite de la estupefacción; y a una seña del persa, cogió su lima de ensayo y frotó con ella un extremo del pan brillante; y comprobó que era oro de la calidad más fina y más estimada. Entonces, poseído de admiración, quiso coger la mano al persa y besársela; pero éste no se lo permitió, y le dijo: "¡Oh Hassán! vé ya al zoco a vender este pan de oro! ¡Y cobra el importe, y vuelve a tu casa a guardar el dinero, sin decir una palabra de lo que sabes!" Y Hassán fué al zoco, y entregó el pan al pregonero, lo pregonó y obtuvo por él en seguida mil dinares de oro y después dos mil al segundo pregón. Y se adjudicó en ese precio el pan a un mercader, y Hassán cogió los dos mil dinares y fué a llevárselos a su madre, volando de alegría. Y la madre de Hassán, al ver todo aquel oro, no pudo en un principio pronunciar palabra, de tan llena de asombro como estaba; luego, cuando Hassán, riendo, le contó que aquello procedía de la ciencia del persa, ella alzó las manos y exclamó, aterrada: "¡No hay más dios que Alah, y no hay fuerza y poder más que en Alah! ¿Qué hiciste, ¡oh hijo mío! con ese persa versado en la alquimia?"

Pero Hassán contestó: "¡Precisamente ¡oh madre! ese venerable sabio está instruyéndome en la alquimia! ¡Y ha empezado por hacerme ver cómo se cambia un vil metal en el oro más puro!" Y sin prestar atención ya a las objeciones de su madre, Hassán cogió de la cocina el almirez grande de cobre en que su madre machacaba ajo y cebolla y confeccionaba las albóndigas de trigo molido, y corrió a su tienda en busca del persa, que le esperaba. Y tiró al suelo el almirez de cobre, y se puso a activar el fuego. Y el persa le preguntó: "¿Pero qué quieres hacer, ya Hassán?" Hassán contestó: "¡Quisiera convertir en oro el almirez de mi madre!" Y el persa se echó a reír, y dijo: "¡Eres un insensato, Hassán, al querer mostrarte en el zoco por dos veces en el mismo día con lingotes de oro que despertarían las sospechas de los mercaderes, los cuales adivinarían que nos dedicamos a la alquimia, y atraerían sobre nuestra cabeza algo muy enojoso!"

Hassán contestó: "¡Tienes razón! ¡Pero quisiera que me enseñaras el secreto de la ciencia!" El persa se echó a reír más fuerte aún que la primera vez, y dijo: "¡Eres un insensato, Hassán, al creer que la ciencia y los secretos de la ciencia pueden enseñarse así, en plena calle o en las plazas públicas, y que se pueden aprender en medio del zoco, a la vista de los guardias! ¡Pero si verdaderamente, ya Hassán, abrigas el firme propósito de instruirte de un modo completo, no tienes más que recoger tus herramientas y seguirme a mi casa!"

Y Hassán contestó sin vacilar: "¡Escucho y obedezco!" Y levantándose, recogió sus herramientas, cerró su tienda y siguió al persa.

Pero por el camino Hassán se acordó de las palabras de su madre acerca de los persas, y como le invadían el espíritu mil pensamientos, se detuvo en su marcha, sin saber a punto fijo lo que hacía, Y con la cabeza baja se puso a reflexionar profundamente. Y el persa, que habíase vuelto, le vió en aquel estado y se echó a reír, luego le dijo: "¡Eres un insensato, Hassán! ¡Porque si estuvieras tan dotado de razón como de gentileza, no te detendrías ante el buen destino que te aguarda! ¿Cómo es posible que vaciles cuando quiero hacer tu felicidad?"

Luego añadió: "¡Sin embargo, hijo mío, para que no tengas la más ligera duda acerca de mis intenciones, prefiero revelarte los secretos de mi ciencia en tu propia casa!" Y Hassán contestó: "¡Sí, ¡por Alah! así se tranquilizará mi madre!" Y dijo el persa: "¡Precédeme, pues, para enseñarme el camino!"

Y Hassán echó a andar delante, y el persa detrás; y de tal suerte llegaron a casa de la madre.


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 581ª noche

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Ella dijo:

"... y de tal suerte, llegaron a casa de la madre. Y Hassán rogó al persa que esperara en el vestíbulo, y corriendo como un potro que triscase por los prados en la primavera, fué a prevenir a su madre de que tenían por huésped al persa. Y añadió: "Puesto que va a comer de nuestra comida en nuestra casa, estaremos ligados por el pan y la sal, y así ya no podrás inquietarte por mí en lo sucesivo".

Pero la madre contestó: "¡Alah nos proteja, hijo mío! ¡El lazo del pan y de la sal es sagrado entre nosotros; pero no lo respetan esos persas abominables, que son adoradores del fuego, pervertidos y perjuros! ¡Ah hijo mío, qué calamidad nos persigue!" Hassán dijo: "¡Cuando veas a ese venerable sabio, no querrás dejarle salir de nuestra casa!"

Ella dijo: "¡No! ¡por la tumba de tu padre, que no he de permanecer aquí mientras esté ese hereje! ¡Y cuando se marche, fregaré las baldosas de la habitación, y quemaré incienso, y ni siquiera te tocaré a ti durante un mes entero, pues temo que pudiera mancharme con tu contacto!" Luego añadió: "¡Sin embargo, puesto que ya está en nuestra casa y guardamos el oro que nos ha dado, voy a prepararos de comer, y después me marcharé en a casa de los vecinos!" Y en tanto que Hassán iba en busca del persa, ella extendió el mantel, y tras de hacer muchas compras, puso en la bandejas pollos asados y cohombros y diez clases de pasteles y confituras, y apresuróse a refugiarse en casa de los vecinos.

Entonces Hassán introdujo en el comedor a su amigo el persa, y le invitó a sentarse, diciéndole: "¡Es preciso que nos liguen el pan y la sal!" Y contestó el persa: "¡Sin duda que ese lazo ha de ser cosa inviolable!" Y se sentó al lado de Hassán, y se puso a comer con él sin dejar de conversar. Y le decía: "¡Oh hijo mío Hassán! ¡por el lazo sagrado del pan y de la sal que existe ahora entre nosotros, créeme, que si no te quisiera con un cariño tan vivo, no te enseñaría las cosas secretas que nos han traído aquí!" Y así diciendo, sacó de su turbante el paquete de polvos amarillos, y mostrándoselo añadió: "¿Ves estos polvos? Pues bien: has de saber que con un poco de ellos puedes transformar en oro diez okes de cobre. Porque estos polvos no son otra cosa que el elixir quintaesenciado, solidificado y pulverizado que extraje de la substancia de mil cuerpos simples y de mil ingredientes a cual más complicados. ¡Y sólo conseguí este descubrimiento al cabo de trabajos y fatigas que ya conocerás un día!"

Y entregó el paquete a Hassán, quien se puso a mirarlo con tanta atención, que no vió al persa sacar rápidamente de su turbante un trozo de bang y mezclarlo a un pastel. Y el persa ofreció el pastel a Hassán, quien sin dejar de mirar los polvos, se lo tragó para caer al punto de espaldas, sin conocimiento, dando en el suelo con la cabeza antes que con los pies.

Inmediatamente, lanzando un grito de triunfo, el persa saltó sobre ambos pies, diciendo: "¡Ah encantador Hassán! ¡cuántos años hace ya que te busco sin encontrarte! ¡Pero hete ahora entre mis manos sin que hayas de escapar a mis deseos!" Y se alzó las mangas, se ciñó la cintura, y acercándose a Hassán, le dobló en dos, poniéndole la cabeza sobre las rodillas, y en esta posición le ató los brazos a las piernas y las manos a los pies. Luego abrió un arca la vació y metió dentro a Hassán con todo el oro que produjo su operación de alquimia. Después salió a llamar a un mandadero, le cargó el arca a la espalda, y le hizo llevarla a la orilla del mar, en donde había un navío dispuesto a hacerse a la vela. Y el capitán, que no esperaba más que la llegada del persa, levó el ancla. ¡Y empujado por la brisa de tierra, el navío se alejó de la orilla a toda vela! ¡Y he aquí lo referente al persa, raptor de Hassán y del arca en que estaba encerrado Hassán!

¡Pero he aquí ahora lo que atañe a la madre de Hassán! Cuando advirtió que su hijo había desaparecido con el arca y el oro, y que las ropas estaban esparcidas por la habitación, y que la puerta de la casa había quedado abierta, comprendió que en adelante Hassán estaba perdido para ella y que se había ejecutado el designio del Destino. Entonces se entregó a la desesperación, y se golpeó mucho el rostro, y rasgó sus vestiduras, y se puso a gemir, a sollozar, a lanzar gritos dolorosos y a verter llanto, diciendo: "¡Ay! ¡oh hijo mío! ¡ah! ¡Ay del fruto vivo de mi corazón! ¡ah!"

Y se pasó toda la noche corriendo enloquecida, a preguntar por su hijo en casa de todos los vecinos, pero sin resultado. Y desde entonces dejó transcurrir sus días y sus noches entre lágrimas de duelo, junto a la tumba que erigió en medio de su casa y en la cual escribió el nombre de su hijo Hassán y la fecha del día en que fué arrebatado a su afecto. Y también hizo grabar en el mármol de la tumba estos dos versos, a fin de recitárselos llorando sin cesar:


¡Cuando me duermo por la noche, se me presenta una forma engañosa, que viene a errar, triste, en torno de mi lecho y de mi soledad!


¡Quiero estrechar entre mis brazos la amada forma de mi hijo, y me despierto ¡ay! en medio de la casa desierta, cuando ya ha pasado la hora de la visita!


Y así es como vivía con su dolor la pobre madre.


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 582ª noche

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Ella dijo:

"... En cuanto al persa que se marchó en el navío con el arca, era realmente un mago muy formidable; y se llamaba Bahram el Gauro, Adorador del Fuego, alquimista de oficio. Y cada año escogía entre los niños de los musulmanes un joven bien formado, para llevárselo y hacer con él lo que le impulsaba a hacer su descreimiento, su perversión y su raza maldita; porque, como ha dicho el Maestro de los proverbios, ¡era "un perro, hijo de perro, nieto de perro; y todos sus antepasados eran perros! ¿Cómo iba a ser entonces otra cosa que un perro, ni hacer otra cosa que las acciones de un perro? Y he aquí que mientras duró el viaje por mar, bajaba una vez al día al fondo del navío, en donde estaba el arca, levantaba la tapa y daba de comer y beber a Hassán, metiéndole él mismo los alimentos en la boca y dejándole sumido siempre en estado de somnolencia. Y cuando el navío llegó al término del viaje, hizo desembarcar el arca y bajó él también a tierra, mientras que el navío reanudaba su rumbo.

Entonces el mago Bahram abrió el arca, desató las ligaduras de Hassán y destruyó el efecto de bang haciéndole aspirar vinagre y echándole en las narices polvo de antibang. Y al punto recobró Hassán el uso de sus sentidos, y miró a derecha e izquierda; y se vió echado en una playa marina cuyos guijarros y arena estaban coloreados de rojo, de verde, de blanco, de azul, de amarillo y de negro; y por eso asombrado de verse en lugar que no conocía, se levantó y vió sentado detrás de él en una roca al persa, que le miraba con un ojo abierto y un ojo cerrado. Y sólo con ver aquello, tuvo el presentimiento de que había sido víctima del mago y de que en adelante estaba a merced suya. Y se acordó de las desgracias que le predijo su madre; y se resignó a los decretos del Destino, diciéndose: "¡Pongo mi confianza en Alah!"

Luego se acercó al persa, que le dejaba avanzar sin moverse, y le preguntó con voz muy alterada: "¿Qué quiere decir esto, padre mío? ¿Es que no hubo entre nosotros una vez el lazo del pan y de la sal?" Y Bahram el Gauro se echó a reír, y exclamó: "¡Por el Fuego y la Luz! ¿Para qué me hablas del pan y la sal a mí, que soy Bahram el Adorador de la Llama y la Chispa, del Sol y de la Luz? ¿Y no sabes que, lo mismo que a ti, he tenido en mi poder a novecientos noventa y nueve jóvenes musulmanes que rapté, y que tú eres el milésimo? ¡Pero, ¡por el Fuego y la Luz! tú eres el más hermoso de todos! ¡Y no creía ¡oh Hassán! que cayeras tan fácilmente en mis redes! ¡Pero ¡gloria al Sol! hete aquí entre mis manos, y pronto verás cuánto te amo!"

Luego añadió: "¡Primero empezarás por abjurar de tu religión y adorar lo que yo adoro!" Al oír estas palabras, la sorpresa de Hassán se tornó en una indignación sin límites, y gritó al mago: "¡Oh jeique de maldición! ¿qué te atreves a proponerme? ¿Y qué abominación quieres hacerme cometer?"

Cuando el persa vió a Hassán en tal estado de cólera, como tenía otros proyectos con respecto a él, no quiso insistir más aquel día, y le dijo: "¡Oh Hassán! ¡lo que te proponía, al pedirte que abjuraras de tu religión, no era más que una farsa de mi parte para poner a prueba tu fe y añadirte un mérito ante el Retribuidor!" Luego añadió: "¡Mi único objeto, al traerte aquí, es iniciarte, en soledad, en los misterios de la ciencia! ¡Mira esa alta montaña a pico que domina el mar! ¡Es la Montaña de las Nubes! y en ella se encuentran los elementos necesarios para el elixir de las transmutaciones. ¡Y si quieres dejarte conducir a su cima, te juro por el Fuego y la Luz que no tendrás que arrepentirte de ello! ¡Porque si hubiera querido conducirte allí contra tu voluntad, lo hubiese hecho durante tu sueño! Y una vez que hayamos llegado a la cumbre, cogeremos los tallos de las plantas que crecen en esa región situada por encima de las nubes. ¡Y entonces te indicaré lo que tienes que hacer!" Y Hassán, que a pesar suyo sentíase dominado por las palabras del mago, no se atrevió a rehusar, y dijo: "¡Escucho y obedezco!" Luego, recordando dolorido a su madre y a su patria, se echó a llorar amargamente.

Entonces Bahram le dijo: "¡No llores, Hassán! ¡Pronto verás lo que vas a ganar con seguir mis consejos!" Y Hassán preguntó: "¿Pero cómo podremos realizar la ascensión de esta montaña a pico cual una muralla?" El mago contestó: "¡No te detenga esa dificultad! ¡Llegaremos allá con más facilidad que el ave!"

Habiendo dicho estas palabras, el persa sacó de entre su traje un tamboril de cobre en el cual había extendida una piel de gallo y aparecían grabados caracteres talismánicos. Y se puso a tocar con sus dedos en el tamboril. Y al punto se alzó una polvareda, desde el seno de la cual se hizo oír un relincho prolongado; y súbitamente, surgió ante ellos un gran caballo negro alado, que empezó a golpear el suelo con sus cascos, echando llamas por las narices. Y el persa le montó y ayudó a Hassán a encaramarse a la grupa. Y al instante el caballo batió las alas y remontó el vuelo; y en menos tiempo del que se necesita para abrir un párpado y cerrar el otro, les dejó en la cumbre de la Montaña de las Nubes. Luego desapareció.

Entonces el persa miró a Hassán de tan mala manera como en la playa, y lanzando una carcajada estridente, exclamó...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 583ª noche

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Ella dijo:

"... Entonces el persa miró a Hassán de tan mala manera como en la playa, y lanzando una carcajada estridente, exclamó: "¡Ahora, Hassán estás definitivamente en mi poder; y ninguna criatura podría socorrerte! ¡Prepárate, pues, a satisfacer todos mis caprichos con corazón sumiso, y empieza ante todo por abjurar de tu religión y reconocer como único poder al Fuego, padre de la Luz!"

Al oír estas palabras, Hassán retrocedió, exclamando: "¡No hay más Dios que Alah!

¡Y Mohamed es el Enviado de Alah! ¡En cuanto a ti, ¡oh vil persa! sólo eres un impío y un descreído! ¡Y el Dueño de la Omnipotencia va a castigarte por mediación mía!"

Y rápido como el relámpago, Hassán se abalanzó al mago y le quitó de las manos el tambor, luego le empujó al borde de la montaña a pico, y haciendo fuerza con ambos brazos, le precipitó al abismo. Y girando sobre sí mismo, el mago perjuro e impío fué a estrellarse contra las rocas del mar, y exhaló su alma en el descreimiento. Y Eblis recogió su último aliento para atizar con él el fuego del infierno.

Tal fué la muerte de que murió Bahram el Gauro, mago engañoso y alquimista.

En cuanto a Hassán, libre así del hombre que quería hacerle cometer todas las abominaciones, comenzó primeramente por examinar en todas sus partes el tambor mágico en que estaba extendida la piel de gallo. Pero, como no sabía de qué manera servirse de él, prefirió abstenerse de manejarlo y se lo colgó del cinturón. Tras de lo cual volvió los ojos en torno suyo, y vió que, efectivamente, la cima en que se encontraba era tan alta, que dominaba las nubes acumuladas en su base. Y sobre aquel elevado monte se extendía una llanura inmensa, formando cual un mar sin agua entre el cielo y la tierra. Y muy lejos brillaba una llamarada chispeante. Y pensó Hassán: "¡Allá donde hay fuego hay algún ser humano!"

Y echó a andar en aquella dirección, internándose por aquella llanura donde no había más presencia que la presencia de Alah. Y cuando se acercaba ya al final, acabó por advertir que la llamarada chispeante era sólo el brillo que daba el sol a un palacio de oro con cúpula de oro soportada por cuatro altas columnas de oro.

Al ver aquello, Hassán se preguntó: "¿Qué rey o qué genni habitará en estos lugares?" Y como estaba muy cansado por todas las emociones que acababa de experimentar y por la caminata que acababa de emprender, se dijo: "Voy a entrar, con la gracia de Alah, en este palacio, y a pedir al portero que me dé un poco de agua y algún alimento para no morirme de hambre. ¡Y si es un hombre de bien, quizá me albergue en un rincón por una noche!" Y confiándose al Destino, llegó ante la gran puerta, que estaba tallada en un bloque en el patio de entrada.

Pero apenas había dado Hassán algunos pasos por aquel primer patio, cuando advirtió sentadas en un banco de mármol a dos jóvenes resplandecientes de belleza que jugaban al ajedrez. Y como estaban muy atentas a su juego, no notaron en el primer momento la entrada de Hassán. Pero, al oír ruido de pasos, la más joven levantó la cabeza y vió al hermoso Hassán, que también sorprendióse al divisarlas. Y se levantó ella, rápidamente, y dijo a su hermana: "¡Mira, hermana mía, qué joven tan hermoso! ¡Debe ser sin duda el último de los infortunados a quienes el mago Bahram trae cada año a la Montaña-de-las-Nubes! ¿Pero cómo habrá podido arreglarse para escapar de entre las manos de ese demonio?" Al oír estas palabras, Hassán, que en un principio no se atrevió a moverse de su sitio, se adelantó hacia las jóvenes, y arrojándose a los pies de la más pequeña, exclamó: "¡Sí, ¡oh mi señora! soy ese infortunado!"

Al ver a sus pies aquel joven tan hermoso que tenía gotas de llanto en el borde de sus ojos negros, la joven se conmovió hasta el fondo de sus entrañas; y se levantó con semblante compasivo, y dijo a su hermana, mostrándole al joven Hassán: "¡Sé testigo, hermana mía, de que juro ante Alah y ante ti que desde este instante adopto como hermano mío a este joven, y quiero compartir con él los placeres y alegrías de los días buenos y las penas y aflicciones de los días menos dichosos!" Y cogió de la mano a Hassán y le ayudó a levantarse, y le besó como una hermana amante besaría a su hermano querido. Después, teniéndole cogido de la mano siempre, le condujo al interior del palacio, donde, ante todo, empezó por darle en el hammam un baño que le refrescara perfectamente; luego le vistió con trajes magníficos, tirando sus ropas viejas y sucias del viaje, y ayudada por su hermana, que fué a reunirse con ellos en el hammam, le condujo a su propio aposento, sosteniéndole por debajo de un brazo, mientras su hermana le sostenía por debajo del otro. Y ambas jóvenes invitaron a su joven huésped a sentarse entre las dos para tomar algún alimento. Tras de lo cual le dijo la más joven: "¡Oh hermano mío bienamado! ¡oh querido, cuya llegada hace bailar de alegría a las piedras de la casa...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 584ª noche

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Ella dijo:

"¡... Oh hermano mío bienamado! ¡oh querido, cuya llegada hace bailar de alegría a las piedras de la casa! ¿quieres decirnos el nombre encantador por que te llaman y el motivo que te trajo a la puerta de nuestra morada?"

El contestó: "Sabe, ¡oh hermana que me interrogas, y tú también, nuestra hermana mayor! que me llamo Hassán. ¡Respecto al motivo que me trajo a este palacio, no fué otro que mi dichoso destino! ¡No obstante, es verdad que, si estoy aquí, fué después de haber sufrido tribulaciones muy grandes!" Y contó desde el principio hasta el fin lo que le había ocurrido con el mago Bahram el Gauro. Pero no hay utilidad en repetirlo. E indignadas por la conducta del persa, exclamaron a la vez las dos hermanas: "¡Oh perro maldito! ¡Se tenía muy merecida la muerte, y has hecho bien ¡oh hermano nuestro! en impedirle por siempre respirar el aire de la vida!"

Tras de lo cual se encaró la mayor con la más joven, y le dijo: "¡Oh Botón-de-Rosa! ¡ahora te corresponde a ti contarle a nuestro hermano nuestra historia, a fin de que la retenga en su memoria!" Y la encantadora Botón-de-Rosa dijo:

"¡Has de saber, ¡oh hermano mío, oh el más hermoso! que nosotras somos princesas! Yo me llamo Botón-de-Rosa, y esta hermana mía que ves aquí se llama Grano-de-Mirto; pero también tengo otras cinco hermanas, más bellas todavía que nosotras, que están de caza en este momento y que no tardarán en regresar. La mayor de todas nosotras se llama Estrella-de-la-Mañana, la segunda se llama Estrella-de-la-Tarde, la tercera Cornalina, la cuarta Esmeralda, y la quinta Anémona. Pero yo soy la más joven de las siete. Y somos hijas del mismo padre, pero no de la misma madre; yo y Grano-de-Mirto somos hijas de la misma madre. Y nuestro padre, que es uno de los poderosos reyes de los genn y de los mareds, es un tirano tan orgulloso, que no juzgando a nadie digno de convertirse en esposo de una de sus hijas, juró que no nos casaría nunca. Y para tener la certeza de que jamás se defraudaría su voluntad, hizo comparecer a sus visires, y les preguntó: "¿Sabéis de algún lugar que no lo frecuenten ni los hombres ni los genn, y que pueda servir de vivienda a mis siete hijas?" Los visires contestaron: "¿Y para qué, ¡oh rey nuestro!?" El dijo: "¡Para poner a mis siete hijas al abrigo de los hombres y de los genn de especie masculina!" Ellos dijeron: "¡Oh rey nuestro, creemos que las mujeres y las jóvenes sólo fueron creadas por el Bienhechor para que se unieran a los hombres por los órganos delicados! Y por cierto que ha dicho el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) : "Ninguna mujer envejecerá virgen en el Islam!" ¡Así, pues, caería un gran oprobio sobre la cabeza de nuestro rey si sus hijas envejecieran con su virginidad! Además, ¡por Alah! ¡qué lástima para su juventud!"

Pero nuestro padre contestó: "¡Antes quiero verlas morir que casarlas!" Y añadió: "¡Si no me indicáis ya, el paraje porque os pregunto, saltará de vuestro cuello vuestra cabeza!" Entonces los visires contestaron: "En ese caso, ¡oh rey! sabe que hay un paraje muy a propósito para resguardar a tus hijas: la Montaña-de-las-Nubes, que en los tiempos antiguos estaba habitada por los efrits rebeldes a las órdenes de Soleimán.

Allá se yergue un palacio de oro levantado antaño por los efrits rebeldes para que les sirviera de refugio, pero que está abandonado desde entonces y permanece desierto. ¡Y la región en que se halla situado se ve favorecida por un clima admirable y abundante en árboles, en frutas y en aguas deliciosas más frescas que el hielo y más dulces que la miel!" Al oír estas palabras, nuestro padre se apresuró a enviarnos aquí con una escolta formidable de genns y de mareds, los cuales, una vez que nos pusieron en seguridad, retornaron al reino de nuestro padre.

"¡Y he aquí que, desde que llegamos, vimos que, efectivamente, esta comarca aislada de todas las criaturas de Alah, era una comarca florida, rica en selvas, en pastos lozanos, en vergeles y en manantiales de aguas corrientes que se deslizaban en abundancia, comparables a collares de perlas y a lingotes de plata; que los arroyos se empujaban unos a otros para contemplar y mirarse en las flores que les sonreían; que el aire estaba encantado con trinos y perfumes; que los palomos de collar y las tórtolas salmodiaban desde las ramas por la primavera y cantaban loas al Creador; que los cisnes nadaban gloriosamente en los lagos, y que los pavos reales, con sus espléndidas vestiduras incrustadas de coral y pedrerías de color a millares, eran semejantes a recién casadas; que la tierra era una tierra pura y alcanforada, hermosa con todas las bellezas del Paraíso; y en fin, que éste era un país elegido por las bendiciones!

"Así es ¡oh hermano mío! que de ningún modo nos creemos desgraciadas por vivir en semejante país, dentro de este palacio de oro; y dando siempre las gracias al Retribuidor por sus favores, no sentimos más que una cosa, y es no tener, para que nos haga compañía, ningún hombre de rostro agradable a la vista cuando nos despertamos por la mañana, y de corazón amante y bien intencionado. ¡Por eso ¡oh Hassán! nos ves ahora tan alegres con tu llegada!"

Y tras de hablar así, la encantadora Botón-de-Rosa colmó a Hassán de agasajos y regalos, como se hace entre hermanos y entre amigos, y continuó charlando con él afectuosamente.

Entretanto, llegaron las otras cinco princesas, hermanas de Botón-de-Rosa y de Grano-de-Mirto; y encantadas y satisfechas de ver a un joven tan hermoso y a un hermano tan delicioso, le hicieron la acogida más graciosa y más cordial. Y después de las zalemas y las fórmulas y frases preliminares, le hicieron jurar que permanecería con ellas un largo transcurso de tiempo. Y Hassán, que no veía en ello ningún inconveniente...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 585ª noche

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Ella dijo:

"... Y Hassán, que no veía en ello ningún inconveniente, se lo juró de corazón amistoso. Y vivió con ellas en aquel palacio lleno de maravillas, y desde aquel momento fué su acompañante en todas sus partidas de caza y en sus paseos. Y se regocijaba y se felicitaba de tener hermanas tan encantadoras y tan deliciosas; y ellas se maravillaban de tener un hermano tan arrogante y milagroso. Y pasaban sus días retozando juntos por los jardines y a lo largo de los arroyos; y por la noche se instruían mutuamente, contándoles Hassán las costumbres de su país natal, y contándole las jóvenes la historia de los genns, de los mareds y de los efrits. Y aquella vida agradable le volvía más hermoso cada día, y daba a su rostro todo el aspecto de la luna. Y su amistad fraternal con las siete hermanas, especialmente con la joven Botón-de-Rosa, se consolidó hasta llegar a ser cual la fraternidad de los hijos nacidos del mismo padre y de la misma madre.

Pero un día en que todos estaban sentados cantando en un bosquecillo, divisaron una gran polvareda que ocultaba el cielo y cubría la faz del sol; y avanzaba rápidamente con un ruido de trueno. Y las siete princesas, poseídas de espanto, dijeron a Hassán: "¡Oh! ¡corre a esconderte en seguida en el pabellón del jardín!" Y Botón-de-Rosa le cogió de la mano y fué a esconderle en el pabellón. ¡Y he aquí que se disipó la polvareda y tras ella apareció un cuerpo de ejército entero de genns y de mareds! Porque era una escolta que enviaba a sus hijas el rey del Gennistán para llevarlas con él a que asistieran a los grandes festejos que tenía intención de dar en honor de un rey vecino.

Al enterarse de esta noticia, Botón-de-Rosa corrió en busca de Hassán al escondrijo y le besó, con lágrimas en los ojos y con el pecho agitado por hipos dolorosos, y le explicó su marcha y la de sus hermanas, y le dijo: "¡Pero ¡oh hermano mío bienamado! espera nuestro regreso en este palacio, del cual eres dueño absoluto! ¡Y aquí tienes las llaves de todas las habitaciones!" Y le entregó las llaves, añadiendo: "Únicamente te suplico, ¡ya Hassán! y te conjuro a ello por tu alma cara, que no abras la habitación cuya llave tiene como señal esta turquesa incrustada!" Y le enseñó la llave consabida. Y Hassán, muy apenado por la marcha de ella y de sus hermanas, la besó llorando y le prometió que esperaría su regreso sin moverse, y que no abriría la puerta cuya llave tenía como señal la turquesa incrustada. Y la joven y sus seis hermanas, que habían ido al escondrijo para reunirse con ella, se despidieron de Hassán con un adiós lleno de ternura, y le besaron todas, una tras de otra, y después se pusieron en camino para el país de su padre, rodeadas de su escolta.

En cuanto a Hassán, cuando se vió solo en el palacio, se sintió poseído de una gran melancolía; y como se encontraba en la soledad después de la encantadora compañía de sus siete hermanas, se le oprimió mucho el pecho; y para distraerse y calmar sus penas, empezó a visitar, una tras de otra, las habitaciones de las jóvenes. Y al ver el sitio que ocuparon ellas y los hermosos objetos que les pertenecían, se le exaltaba el alma y palpitaba de emoción su corazón. Y de tal suerte llegó a la puerta que se abría con la llave que tenía como señal la turquesa incrustada. Pero no quiso servirse de ella, y se volvió sobre sus pasos.

Luego pensó: "¿Quién sabe por qué me habría recomendado de esa manera mi hermana Botón-de-Rosa que no abriese esa puerta? ¿Qué podrá haber de misterioso ahí dentro para que se me haya impuesto semejante prohibición? ¡Pero, ya que tal es la voluntad de mi hermana, sólo me resta responder con el oído y la obediencia!" Y se retiró, y como caía ya la noche y le pesaba la soledad, fué a acostarse para dormir su pena. Pero no pudo cerrar los ojos, de tanto como le obsesionaba aquella puerta prohibida; y tan intensamente le torturaba este pensamiento, que se dijo: "¿Y si fuera a abrirla, a pesar de todo?" Pero pensó: "¡Más vale esperar la mañana!" Luego, no pudiendo esperar ya sin dormir, se levantó, diciéndose: "¡Prefiero ir ya, a abrir esa puerta y ver qué encierra el aposento a que da entrada, aunque deba encontrar allí la muerte!" Y levantándose, encendió una antorcha y se dirigió a la puerta prohibida. E hizo entrar la llave en la cerradura, que cedió sin dificultad; y la puerta se abrió sin ruido, como por sí misma; y Hassán penetró en la estancia a que la tal puerta daba acceso.

Pero en vano miró por todos lados, pues no vió absolutamente nada en un principio. Mas, al dar la vuelta al aposento, vió en un rincón, adosada al muro, una escala de madera negra que desaparecía por un gran agujero abierto en el techo. Y Hassán, sin vacilar, depositó en el suelo su antorcha, y trepando por la escala, subió hasta el techo y se metió por el agujero. Y una vez que introdujo por el agujero la cabeza, se vió al aire, al nivel de una terraza situada sobre el techo de la habitación.

Entonces Hassán subió a la terraza, que estaba cubierta de plantas y de arbustos cual un jardín, y allá, bajo la claridad milagrosa de la luna, en medio del silencio de la tierra, vió extenderse el paisaje más hermoso que encantó nunca a ojos humanos...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 586ª noche

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Ella dijo:

"Entonces Hassán subió a la terraza, que estaba cubierta de plantas y de arbustos cual un jardín, y allá, bajo la claridad milagrosa de la luna, en medio del silencio de la tierra, vió extenderse el paisaje más hermoso que encantó nunca a ojos humanos. A sus pies, dormido en la serenidad, aparecía un gran lago donde se miraba toda la belleza del cielo, y en los rizos deliciosos del agua, sonreía la orilla con ramajes temblorosos de laureles, con mirtos en flor, con almendros coronados por su nieve, con guirnaldas de glicinas, y cantaba el himno de la noche con todas las lenguas de sus pájaros. Y el cendal de seda, rodeado de arbolados, iba a bañar más lejos los cimientos de un palacio de extraña arquitectura, de cúpulas diáfanas, surgido en la transparencia y el cristal de los cielos. Y desde aquel palacio avanzaba hasta el agua, por una escalera de mármol y mosaico, un estrado real construído con franjas alternadas de piedras de rubí, piedras de esmeralda, piedras de plata y piedras de oro. Y encima de este estrado se estiraba, sostenido por cuatro ligeros pilares de alabastro rosa, un velo grande de seda verde que protegía con la dulzura de su sombra un trono de madera de áloe y de oro, de un trabajo exquisito, a lo largo del cual trepaba una parra con pesados racimos cuyos granos eran perlas gruesas como huevos de paloma.

Y todo estaba rodeado por un enrejado de chapas de oro y de plata. Y vivían en aquellas cosas puras tal armonía y tal belleza, que ningún hombre, aunque fuese Khosroes o Kaissar, hubiese podido adivinar o realizar análogos esplendores.

Así es que Hassán, deslumbrado, no osaba moverse por temor de turbar la paz deliciosa de aquellos lugares, cuando, de improviso, vió destacarse del cielo y acercarse visiblemente al lago una bandada de pájaros muy grandes. Y he aquí que fueron a posarse en la orilla del agua; y eran diez; y arrastraban por la hierba sus hermosas plumas blancas y espesas, mientras ellos se balanceaban con indolencia al andar. Y en todos sus movimientos parecían obedecer a un pájaro mayor y más hermoso que todos ellos, que se había dirigido lentamente al estrado y se había subido al trono. Y de pronto los diez a la vez se despojaron de sus plumas con un gracioso ademán. Y cuando arrojaron aquellos mantos, salieron de ellos diez lunas de belleza pura bajo la forma de diez jóvenes desnudas por completo. Y saltaron risueñas al agua, que las recibió con un cabrillear de pedrerías. Y se bañaron con entusiasmo, retozando entre sí; y la más hermosa las perseguía, las atrapaba y se enlazaba con ellas en mil caricias, y las hacía cosquillas y las mordisqueaba con mil risas y mimos.

Cuando acabaron su baño, salieron del lago; y la más bella subió al estrado y fué a sentarse en el trono, sin tener más vestido que su cabellera. Y al contemplar sus encantos, sintió Hassán que se le huía la razón, y pensó: "¡Ah! ¡bien sé ahora por qué me prohibió mi hermana Botón-de-Rosa abrir esa puerta! ¡He aquí que perdí mi reposo para siempre!" Y continuó detallando las diversas bellezas de la joven desnuda. ¡Qué maravillas no vió! ¡ah! ¡En verdad que era, a no dudar, la cosa más perfecta salida de los dedos del Creador! ¡Oh su espléndida desnudez! Superaba a las gacelas en la hermosura de su nuca y en el brillo de sus ojos negros, y a la araka en la esbeltez de su talle. Su cabellera de tinieblas era una noche de invierno, espesa y negra. Su boca, que emulaba a la rosa, era el sello de Soleimán. Sus dientes de marfil joven eran un collar de perlas o de granizos de igual tamaño; su cuello era un lingote de plata; su vientre tenía rincones y escondrijos, y su grupa hoyuelos y protuberancias; su ombligo poseía la capacidad suficiente para contener una onza de almizcle negro; sus muslos eran pesados y a la vez firmes y elásticos cual cojines rellenos de plumas de avestruz, y sobre ellos, en su nido cálido y encantador, semejante a un conejo sin orejas, aparecía una historia llena de gloria, con su terraza y su territorio, y sus cañadas en declive, para dejarse caer allá a fin de olvidar las penas negras. Y también se la hubiera podido tomar por una cúpula de cristal, redonda por todos lados y asentada sobre una base sólida, o por una taza de plata colocada al revés.

Y a una joven así se le podrían aplicar estos versos del poeta:


¡Vino a mí la joven, vestida con su belleza cual el rosal con sus rosas, y con los senos firmes, ¡oh granadas! Y exclamé: "¡He aquí la rosa y las granadas!"


¡Me había equivocado! ¡Qué error ¡oh joven! fué comparar tus mejillas a las rosas y tus senos a las granadas! ¡Pues ni las rosas de los rosales ni las granadas de los jardines merecen la comparación!


¡Porque se puede aspirar las rosas y coger las granadas! pero a ti, ¡oh virginal! ¿quién puede envanecerse de olerte o de tocarte?


Y así era la joven que había subido a sentarse, real y desnuda, en el trono a orillas del lago...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 587ª noche

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Ella dijo:

"... Y así era la joven que había subido a sentarse, real y desnuda, en el trono de oro a orillas del lago.

Cuando hubo reposado de su baño, dijo a sus compañeras, echadas junto a ella en el estrado: "¡Dadme mis ropas interiores!" Y las jóvenes se acercaron, y por todo vestido le pusieron a los hombros un chal de oro, una gasa verde en los cabellos y un cinturón de brocado en torno del talle. ¡Y quedó ataviada de este modo! Y parecía una recién casada y estaba más maravillosa que una maravilla. Y Hassán la miraba, oculto tras los árboles de la terraza, y no obstante el deseo que le impulsaba a avanzar, no lograba hacer un movimiento, de tan inmóvil como le tenía su entusiasmo y de tan aniquilado como le tenía la emoción.

Y dijo la joven: "¡Oh princesas! ¡he aquí que llega la mañana, y ya es hora de que pensemos en marcharnos, pues nuestro país está lejos y ya hemos descansado bastante!" Entonces la vistieron con su traje de plumas, se vistieron ellas de la misma manera, y echaron todas juntas a volar, iluminando el cielo de la mañana.

¡Eso fué todo!

Y Hassán, estupefacto, las seguía con la vista, y mucho rato después de desaparecer ellas, continuaba con los ojos fijos en el horizonte lejano, presa de la violencia de una pasión que jamás había encendido en su alma la contemplación de ninguna hija de la tierra. Y a lo largo de sus mejillas deslizáronse lágrimas de deseo y de amor, y exclamó: "¡Ah! ¡Hassán, infortunado Hassán! ¡He aquí que en adelante tendrás el corazón entre las manos de las hijas de los genn, tú a quien ninguna belleza pudo retenerte en tu patria!"

Y sumido en un profundo ensueño, y apoyada la mejilla en la mano, improvisó:


¿Qué mañana te acogerá, ¡oh desaparecida! bajo su rocío? ¡Vestida de luz y de belleza, te apareces a mí para torturarme el corazón y desaparecer!


¿Osaron afirmar que el amor está lleno de dulzura? ¡Ah! si es dulce este martirio, ¿qué no será, pues, la amargura de la mirra?


Y continuó suspirando de tal suerte, sin pegar los ojos, hasta que salió el sol. Luego bajó a orillas del lago y empezó a errar de aquí para allá, respirando en el aire fresco los efluvios que dejaron ellas. Y siguió consumiéndose durante todo el día en espera de la noche, para entonces subir a la terraza, aguardando que volvieran los pájaros.

Pero no vió nada aquella noche ni las demás noches. Y Hassán, desesperado, ya no quiso comer, ni beber, ni dormir, y no hizo otra cosa que enervarse más cada vez con su pasión por la desconocida. Y se desmejoró y palideció; y poco a poco le abandonaron sus fuerzas; y se dejó caer al suelo, diciéndose: "¡La propia muerte es preferible a esta vida de sufrimiento!"

Entretanto, las siete princesas, hijas del rey del Gennistán, regresaron de las fiestas a que las había convidado su padre. Y sin quitarse la ropa de viaje siquiera, la más joven corrió en busca de Hassán. Y le encontró en su habitación, tendido en el lecho, muy pálido y muy angustiado; y tenía cerrados los párpados, y a lo largo de sus mejillas corrían lágrimas lentamente. Y al ver aquello, la joven lanzó un grito doloroso, y se abalanzó a él y le rodeó con sus brazos, cual la hermana haría con el hermano, y le besó en la frente y en los ojos, diciéndole: "¡Oh bienamado hermano mío! ¡por Alah, que mi corazón se derrite al verte en este estado! ¡ah! ¡dime qué mal sufres, para que dé yo con el remedio!" Y con el pecho hinchado por sollozos, Hassán hizo con la cabeza y con la mano una seña que significaba: "¡No!" Y no pronunció ni una sola palabra. Y bañada en lágrimas, y con caricias infinitas en la voz, le dijo la joven: "¡Créeme, hermano mío Hassán, alma de mi alma, delicia de mis párpados, que al ver tus ojos hundidos en sus órbitas por la delgadez, y borradas las rosas de tus mejillas queridas, la vida se me ha hecho odiosa y sin encanto!

¡Por la afección sagrada que nos une, te conjuro a que no ocultes tus penas y tu mal a una hermana que quisiera rescatar tu vida a costa de mil suyas!" Y enloquecida, le cubría de besos y le tenía ambas manos apoyadas contra su pecho, y le suplicaba así, de rodillas junto a su cama. Y al cabo de algún tiempo, Hassán dejó escapar varios suspiros desgarradores, y con voz apagada improvisó estos versos:


¡Si miraras atentamente, sin que te explicaran, darías con la causa de mis sufrimientos! ¿Mas para qué enterarse de una enfermedad que no tiene remedio?...


¡Mi corazón cambió de sitio y mis ojos no saben ya dormir! ¡Y lo que el amor ha transformado, sólo el amor lo puede restaurar!


Luego corrieron en abundancia las lágrimas de Hassán; y añadió él: "¡Ah, hermana mía! ¿cómo podrás socorrer a quien sufre por culpa suya? ¡Y, además, mucho me temo que tengas que dejarme morir de pena y de infortunio!" Pero la joven exclamó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, oh Hassán! ¿Qué dices? ¡Aunque tuviera mi alma que abandonar mi cuerpo, no podría evitar el venir en tu ayuda!" Entonces dijo Hassán con sollozos en la voz: "¡Sabe, pues, ¡oh hermana mía Botón-de-Rosa! que hace diez días que no he tomado alimento, y fué por causa de tales y cuales cosas que me han sucedido!" ¡Y le contó toda su aventura sin olvidar un detalle!

Cuando Botón-de-Rosa hubo oído el relato de Hassán, lejos de mostrarse enfadada, ya que tenía motivo para ello, se compadeció mucho de la pena del joven, y se echó a llorar con él...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente:



Y cuando llegó la 588ª noche

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Ella dijo:

"... se compadeció mucho de la pena del joven, y se echó a llorar con él. Luego le dijo: "¡Oh hermano mío, tranquiliza tu alma preciosa, refresca tus ojos y seca tus lágrimas! Porque te juro que estoy dispuesta a arriesgar mi vida querida y mi alma preciosa con tal de remediar lo que te ocurre y realizar tu deseo, haciéndote poseer a la desconocida a quien amas, ¡inschala!

Pero te recomiendo ¡oh hermano mío! que guardes secreto de esto y no digas una palabra de ello a mis hermanas, a cambio de perderte y de perderme contigo. Y si te hablaran de la puerta prohibida y te interrogasen con respecto de ella, diles: "¡No he visto esa puerta!" Y si te hacen preguntas, anhelantes por verte tan pálido, les dirás: "¡Si estoy pálido es por haber sufrido en esta soledad durante tanto tiempo vuestra ausencia! ¡Y mi corazón ha trabajado mucho por causa vuestra!" Y Hassán contestó: "¡Está bien! ¡hablaré así, porque tu idea es excelente!" Y besó a Botón-de-Rosa, y sintió que se le tranquilizaba el alma y se le dilataba el pecho al sentirse de aquel modo aliviado del gran temor que tenía de ver a su hermana enfadarse con él por lo de la puerta prohibida. Y tranquilo ya, respiró con libertad y pidió de comer.

Botón-de-Rosa le besó una vez más, y con lágrimas en los ojos se apresuró a reunirse con sus hermanas, a las cuales dijo: "¡Ay hermanas mías!, ¡mi pobre hermano Hassán está muy enfermo! ¡Desde hace diez días no ha entrado ningún alimento en su estómago, cerrado a causa de nuestra ausencia y de la desesperación en que está él sumido! Le dejamos solo aquí al pobre, sin nadie que le hiciera compañía, y entonces se ha acordado de su madre y de su patria, y sus recuerdos le llenaron de amargura. ¡Oh! ¡mueve a compasión su suerte, hermanas mías!"

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, las princesas, que estaban dotadas de un alma encantadora y pronta a conmoverse, se apresuraron a llevar de comer y de beber a su hermano; y se esforzaron por consolarle y reanimarle con su presencia y sus palabras; y para distraerle le contaron todas las fiestas y las maravillas que habían visto en el palacio de su padre, en el Gennistán. Y durante un mes entero no cesaron de prodigarle los más atentos y más tiernos cuidados, sin llegar, no obstante, a curarle por completo.

Al cabo de este tiempo, las princesas, con excepción de Botón-de-Rosa, que quiso quedarse en el palacio por no dejar solo a Hassan, salieron para ir de caza, según su costumbre; y elogiaron a su hermana pequeña por su atención para con su huésped. Y en cuanto ellas se marcharon, la joven ayudó a Hassán a levantarse, le cogió en brazos y le condujo a la terraza desde la cual se dominaba el lago. Y echándole sobre su seno, y haciéndole reposar la cabeza contra su hombro, le dijo: "Dime ahora, hermano mío, en cuál de esos pabellones que hay escalonados a orillas del lago has visto a la que te produce tanta tristeza". Y Hassán contestó: "¡No fué en uno de esos pabellones donde la vi, sino en el agua del lago primeramente y después en el trono de ese estrado!"

Al oír estas palabras, la joven se puso muy pálida, y exclamó: "¡Oh, qué desgracia la nuestra! ¡Entonces ¡oh Hassán! se trata de la propia hija del rey de los genn, que reina en el vasto imperio en que mi padre no es más que uno de sus lugartenientes! Y el país en que reside nuestro rey se halla a una distancia infranqueable y rodeado de un mar que no pueden atravesar ni los hombres ni los genn. Y el rey tiene siete hijas, de las cuales la más pequeña es la que has visto. Y dispone de una guardia compuesta únicamente de guerreras vírgenes, de estirpe ilustre, cada una de las cuales manda un cuerpo de ejército de cinco mil amazonas. Y he aquí que la que has visto es precisamente la más hermosa y la más aguerrida de todas las jóvenes reales; y supera a todas las demás en valor y en destreza. ¡Se llama Esplendor!

A cada luna nueva viene a pasearse por aquí en compañía de las hijas de los chambelanes de su padre. En cuanto a esos mantos de plumas que las llevan por los aires cual si fuesen pájaros, pertenecen al guardarropa de las gennias. Y gracias a esos mantos vamos a poder lograr nuestro objeto. Porque has de saber ¡oh Hassán! que el único medio de que dispones para adueñarte de su persona consiste en apoderarte de esa vestidura encantada. Para ello no tienes más que esperar oculto aquí su vuelta; y te aprovecharás del momento en que haya bajado ella a bañarse en el lago, para quitarle el manto, sin llevarte otra cosa. ¡Y además la poseerás a ella misma! ¡Y guárdate mucho entonces de ceder a sus súplicas y de devolverle el manto, porque te perdería sin remisión, y también seríamos víctimas de su venganza todas nosotras, y nuestro padre con nosotras!

¡Lo mejor es que la cojas por los cabellos y la atraigas a ti, y se te someterá y te obedecerá! Y sucederá lo que suceda...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 589ª noche

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Ella dijo:

"... Y sucederá lo que suceda".

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, Hassán se sintió transportado de alegría y notó que en él entraba nueva vida y le devolvía la plenitud de sus fuerzas. Y se irguió sobre sus pies, y tomó en sus manos la cabeza de la joven y la besó tiernamente, dándole gracias por su amistad. Y bajaron ambos al palacio y pasaron el resto del tiempo hablando dulcemente de unas cosas y de otras en la más deliciosa de las sinceridades.

Al día siguiente, que era precisamente día de luna nueva, Hassán esperó la noche para ir a esconderse detrás del estrado que había a orillas del lago. Y apenas llevaba allí unos instantes, cuando en el silencio nocturno se hizo oír un ruido de alas, y a la claridad de la luna los pájaros, con tanta impaciencia deseados, llegaron y bajaron al lago después de quitarse sus mantos de plumas y las sedas que debajo ostentaban. Y la maravillosa Esplendor, hija del rey de los genn, también sumergió en el agua su desnuda carne de gloria. Y estaba más bella y más deseable que la primera vez. Y a pesar de la admiración y de la emoción que le embargaba, Hassán pudo deslizarse sin ser visto hasta el sitio en que se hallaban las ropas, cogiendo el manto de plumas de la joven real, y ocultándose enseguida detrás del estrado.

Cuando la hermosa Esplendor salió del baño, al primer golpe de vista comprendió, por el desorden de las ropas esparcidas sobre el césped, que una mano extraña y audaz las había profanado. Y se acercó y comprobó que había desaparecido su manto. Y lanzó un estridente grito de terror y desesperación, y se golpeó el rostro y el pecho. ¡Oh! ¡cuán bella estaba así la desesperada! Pero, al oír el grito, precipitáronse a ella sus compañeras para ver qué ocurría, y figurándose lo que acababa de suceder, se puso apresuradamente cada cual su manto, y sin pensar en secar su desnudez mojada, ni en vestir sus sedas interiores, envolviéronse en sus plumas volantes, y rápidas cual gacelas asustadas o palomas perseguidas por un halcón, huyeron desordenadamente por los aires. Y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, dejando sola a orillas del lago a la llorosa, a la dolorida, a la indignada Esplendor, hija de su rey.

Entonces, aunque temblando de emoción, Hassán salió de su escondite en pos de la joven desnuda, que huyó. Y la persiguió él alrededor del lago, llamándola por los nombres más tiernos y asegurándole que no quería hacerle ningún daño.

Pero ella, como una cierva acosada, corría jadeante, adelantando los brazos, con los cabellos al viento, enloquecida de verse sorprendida así en su íntima desnudez de virgen. Pero de un salto Hassán acabó por alcanzarla, y la cogió por la cabellera, que se anudó en la mano, y la obligó a seguirle. Entonces cerró ella los ojos, y resignada con su suerte, se dejó llevar sin oponer resistencia. Y Hassán la condujo a su aposento, en donde la encerró sin dejarse conmover por las súplicas y lloros de ella, corriendo sin tardanza para prevenir a su hermana y anunciarle la buena nueva de su éxito.

Enseguida Botón-de-Rosa fué al aposento de Hassán y encontróse con la desolada Esplendor, que se mordía de desesperación las manos y lloraba todas las lágrimas de sus ojos. Y Botón-de-Rosa se echó a sus pies para rendirle homenaje, y después de besar la tierra, le dijo: "¡Oh soberana mía! ¡la paz sobre ti y la gracia de Alah y sus bendiciones! ¡Iluminas la morada y la perfumas con tu llegada!"

Y contestó Esplendor: "¿Pero eres tú, Botón-de-Rosa? ¿Es que permites que los hijos de los hombres traten así a la hija de tu rey? Conoces el poder de mi padre; sabes que se le someten los reyes de los genn y que manda en legiones de efrits y de mareds, innumerables cual los granos de la arena marina; ¡y te atreviste a recibir en tu morada un hombre para que me sorprendiera, y has hecho traición a la hija de tu soberano! De no ser así, ¿cómo iba este hombre a encontrar el camino del lago en que yo me bañaba?"

Al oír estas palabras, contestó la hermana de Hassán : "¡Oh princesa hija de nuestro soberano! ¡oh la más bella y más admirada entre las hijas de los genn y de los humanos! Has de saber que el que te sorprendió en tu baño ¡oh lustral! es un joven a ningún otro parecido. Y en verdad que está dotado de modales demasiado encantadores para que tuviese la menor intención de disgustarte. ¡Pero cuando una cosa ha sido decretada por el Destino, debe ocurrir! ¡Y precisamente el destino del hermoso joven que te sorprendió le hizo enamorarse de tu belleza apasionadamente; y los enamorados son disculpables! ¡Y no puede ser culpable a tus ojos quien te ama como te ama él! Y sobre todo, ¿no ha creado Alah las mujeres para los hombres? ¿Y no es ése el joven más encantador que hay sobre la tierra? ¡Si supieras ¡oh mi señora! cuán enfermo ha estado desde el día en que te vió por vez primera! ¡Estuvo a punto de perder el alma! ¡Así como lo oyes!"

Y siguió explicando a la princesa toda la violencia de la pasión encendida en el corazón de Hassán, y acabó diciendo: "¡Y no olvides ¡oh mi señora! que entre tus diez compañeras te eligió cual la más hermosa y la más maravillosa! ¡Y sin embargo, ellas estaban tan desnudas como tú y lo mismo se las hubiera podido sorprender en su baño!"

Al oír estas palabras de la hermana de Hassán, la bella Esplendor comprendió que debía renunciar a todo plan para evadirse, y se limitó a lanzar un prolongado suspiro de resignación. Y al punto corrió Botón-de-Rosa a llevarle un magnífico traje, con el cual la vistió...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 590ª noche

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Ella dijo:

"... Y al punto corrió Botón-de-Rosa a llevarle un magnífico traje, con el cual la vistió. Después le sirvió de comer e hizo cuanto pudo para ahuyentar su pena. Y la bella Esplendor acabó por consolarse un poco, y dijo: "¡Ya veo que estaba escrito en mi destino que tendría que separarme de mi padre, de mi familia y de las moradas de la patria! ¡Y es preciso que me someta a los decretos del Destino!" Y la hermana de Hassán no dejó de afirmarla en esta resolución, de modo que las lágrimas de la princesa cesaron por completo y se resignó ella con su suerte. Entonces la hermana de Hassán ausentóse un momento para correr al lado de su hermano, y decirle: "Apresúrate a presentarte al instante a tu bienamada, porque ha llegado el momento propicio. Una vez que penetres en la estancia, empieza por besarle los pies, luego las manos, luego la cabeza. ¡Y sólo entonces deberás dirigirle la palabra, y has de hacerlo de la manera más elocuente y más amable".

Y temblando de emoción, presentóse Hassán a la princesa, quien, al reconocerle, le miró con atención, y a pesar suyo, quedó en extremo conmovida por la belleza del joven. Pero bajó los ojos, y Hassán le besó los pies y las manos y luego le besó en la frente entre ambos ojos, diciéndole: "¡Oh soberana de las más bellas, vida de las almas, alegría de las miradas, jardín del ingenio! ¡oh reina, oh soberana mía! ¡tranquiliza, por favor, tu corazón, y refresca tus ojos, porque tu suerte está colmada de dicha! ¡Mi único deseo con respecto a ti consiste en ser tu esclavo fiel, como mi hermana es ya tu servidora. ¡Y no es mi intención hacerte violencia, sino casarme contigo según la ley de Alah y de su Enviado! Y entonces te conduciré a Bagdad, mi patria, donde pondré a tu disposición esclavos de ambos sexos y una morada digna de ti por su magnificencia. ¡Ah! ¡si supieras cuán admirable es el país en que se alza Bagdad, la ciudad de paz, y qué amables, corteses y hospitalarios son sus habitantes, y qué delicioso y de buen augurio es su trato! ¡Y además, tengo una madre que es la mejor de las mujeres y que te querrá como a hija suya, y te guisará manjares maravillosos, pues sin duda sabe cocinar mejor que nadie en todo el país del Irak!"

¡Así habló Hassán a la joven Esplendor, hija del rey del Gennistán! ¡Y la princesa no le contestaba ni con una palabra, ni con una letra, ni con una señal! Y de pronto oyeron llamar a la puerta del palacio. Y dijo Hassán, que era el encargado de abrir y de cerrar las puertas: "¡Dispensadme, ¡oh mi señora! ¡Tengo que ausentarme un momento!" Y corrió a abrir la puerta. Eran sus hermanas, que regresaban de la cacería, y que al verle vuelto de nuevo a la salud y con las mejillas brillantes, se regocijaron y quedaron satisfechas hasta el límite de la satisfacción. Y Hassán tuvo buen cuidado de no hablarles de la princesa Esplendor, y les ayudó a llevar el botín de su caza, que consistía en gacelas, zorros, liebres, búfalos y fieras de todas las especies. Y ostentó con ellas una amabilidad excesiva, besándolas en la frente a una tras de otra, acariciándolas y demostrándoles su amistad con una efusión a la que no estaban acostumbradas por él, ya que reservaba todas sus caricias para Botón-de-Rosa, la hermana más pequeña. Así es que quedaron agradablemente sorprendidas de aquel cambio; y hasta la mayor de las jóvenes acabó por suponer que algún motivo ocasionaba tales transportes y le miró con una sonrisa maligna, y guiñó el ojo, y le dijo: "¡En verdad, ¡oh Hassán!, que nos asombra esta demostración tan excesiva por tu parte, pues hasta hoy aceptaste nuestras caricias sin querer devolvérnoslas jamás! ¿Es que nos encuentras más hermosas con nuestros trajes de caza, o es que nos quieres más ahora, o son ambos motivos a la vez?"

¡Pero Hassán bajó los ojos, y lanzó un suspiro capaz de derretir el corazón más duro! Y las princesas le preguntaron, asombradas: "Pero, ¿por qué suspiras de ese modo, ¡oh hermano nuestro!?" ¿Y quién puede turbar tu quietud? ¿Quieres retornar a tu patria al lado de tu madre? ¡Habla, Hassán, abre tu corazón a tus hermanas!" Pero Hassán se encaró con su hermana Botón-de-Rosa, que acababa de llegar precisamente, y le dijo, ruborizándose en extremo: "¡Mejor es que hables tu! ¡Porque a mí me da mucha vergüenza decir la causa de mi turbación!" Y dijo Botón-de-Rosa: "¡No es nada, absolutamente, hermanas mías! ¡Todo se reduce a que nuestro hermano Hassán ha cogido un pájaro del aire muy hermoso y desea de vosotras que le ayudéis a domesticarlo!" Y exclamaron todas: "¡Claro! ¡vaya una cosa! Pero, ¿por qué le ruboriza eso tanto a Hassán?" La joven contestó: "¡Ah! Es que Hassán ama con amor ¡y con qué amor! a ese pájaro".

Las otras dijeron: "¡Por Alah! ¿y cómo ¡oh Hassán! vas a declarar tu amor a un pájaro del aire?" Y mientras Hassán bajaba la cabeza y se ruborizaba más aún, dijo Botón-de-Rosa: "¡Con la palabra, con el ademán y con todo lo consiguiente!" Las demás dijeron: "¡Entonces será muy grande el pájaro de nuestro hermano!" Botón-de-Rosa, dijo: "¡Es de nuestra estatura! ¡Pero acabad de escucharme!" Y añadió: "¡Sabed ¡oh hermanas mías! que el espíritu de los hijos de Adán es muy limitado! Por eso, cuando dejamos aquí completamente solo a nuestro pobre Hassán, como sentía muy oprimido el pecho, empezó a recorrer el palacio para distraerse. Pero tenía tan turbada la imaginación, que confundió las llaves de los aposentos, ¡y por descuido abrió la puerta de la estancia prohibida, la que da a la terraza! ¡Y allí le sucedió tal y cual cosa!" Y contó, aunque atenuando la culpa de Hassán, toda la historia, añadiendo: "¡Después de todo, tiene excusa nuestro hermano, porque la joven es hermosa! ¡Ah! ¡si supiéseis, hermanas mías, cuán hermosa es!"

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, sus hermanas le contestaron: "¡Si es tan hermosa como dices, empieza por mostrárnosla ante todo para que podamos formarnos una idea!"

Botón-de-Rosa dijo: "¡Quién pudiera describírosla, ya Alah! Pelos en la lengua me saldrían antes de que lograse enumerar sus encantos, siquiera aproximadamente. ¡Sin embargo, quiero intentarlo, aunque no sea más que para que no os caigáis de espaldas al verla!

"¡Bismilah, ¡oh hermanas mías! gloria a Quien revistió de esplendor su desnudez de jazmín! ¡Supera a las gacelas en la hermosura de su nuca y en el brillo de sus ojos negros y a la araka en la esbeltez de su talle. ¡Su cabellera es una noche de invierno, espesa y negra; su boca, que a la rosa emula, es el propio sello de Soleimán; sus dientes de marfil joven son un collar de perlas o granizos de igual tamaño; su cuello es un lingote de plata; su vientre tiene rincones y escondrijos, y su grupa hoyuelos y protuberancias; su ombligo posee la capacidad suficiente para contener una onza de almizcle negro; sus muslos son pesados y a la vez firmes y elásticos cual cojines rellenos de plumas de avestruz, y sobre ellos, en su nido cálido y encantador, semejante a un conejo sin orejas, aparece una historia llena de gloria, con su terraza y su territorio, y sus cañadas en declive, para dejarse caer allá a fin de olvidar las penas negras. Y no os equivoquéis acerca de ella, ¡oh hermanas mías! Porque, al verla, podríais también tomarla por una cúpula de cristal, redonda por todos lados y asentada en una base sólida, o por una taza de plata colocada al revés. Y a una joven así se refieren con razón estos versos del poeta:


¡Vino a mí la joven, vestida con su belleza cual el rosal con sus rosas, y con los senos firmes, ¡oh granadas! Y exclamé: "¡He aquí la rosa y las granadas!"


¡Me había equivocado! ¡Qué error ¡oh joven! fué comparar tus mejillas a las rosas y tus senos a las granadas! ¡Pues ni las rosas de los rosales ni las granadas de los jardines merecen la comparación!


¡Porque se puede aspirar las rosas y coger las granadas! pero a ti, ¡oh virginal! ¿quién puede envanecerse de olerte o de tocarte?


"¡Y eso es ¡oh hermanas mías! lo que de una ojeada pude ver de la princesa Esplendor, hija del rey de reyes del Gennistán... !


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 591ª noche

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Ella dijo:

"¡Y eso es ¡oh hermanas mías! lo que de una ojeada pude ver de la princesa Esplendor, hija del rey de reyes del Gennistán!" Cuando las jóvenes hubieron oído estas palabras de su hermana, exclamaron maravilladas: "¡Qué razón tienes ¡oh Hassán! para prendarte de esa joven espléndida! Pero ¡por Alah! date prisa a conducirnos junto a ella para que la veamos con nuestros propios ojos."

Y Hassán, seguro por lo que afectaba a sus hermanas, las condujo al pabellón donde se encontraba la bella Esplendor. Y al ver su belleza sin par, besaron ellas la tierra entre sus manos, y tras de las zalemas de bienvenida, le dijeron: "¡Oh hija de nuestro rey! verdaderamente es prodigiosa tu aventura con nuestro hermano el joven! ¡Y de pie aquí entre tus manos, todas te predecimos la dicha para lo futuro, y te aseguramos que durante toda tu vida no dejarás de felicitarte por tu encuentro con este joven, hermano nuestro, y por su delicadeza de modales, y por su destreza para todo, y por su afección! ¡Piensa, además, en que, en vez de servirse de un intermediario, te ha declarado por sí mismo su pasión, y no te ha pedido nada ilícito! ¡Y si no tuviésemos la certeza de que las jóvenes no pueden pasarse sin hombres, no daríamos ante ti, hija de nuestro rey, un paso tan audaz! ¡Déjanos, pues, casarte con nuestro hermano, y quedarás contenta de él, que nosotras respondemos con nuestro cuello!" Y habiendo dicho estas palabras, esperaron la respuesta.

Pero, como la bella Esplendor no diese contestación alguna, se adelantó Botón-de-Rosa y le cogió la mano con sus manos, y le dijo: "¡Con tu permiso, oh señora nuestra!" Y se encaró con Hassán, y le dijo: "¡Trae tu mano!" Y Hassán le dió la mano, y Botón-de-Rosa la cogió y la unió entre las suyas a la de la princesa, diciéndole a ambos: "¡Os caso con asentimiento de Alah y por la ley de su Enviado!" Y en el límite de la dicha, Hassán improvisó estos versos:


¡Oh mezcla admirable reunida en tu hermosura! Al ver tu glorioso rostro bañado en el agua de la belleza, ¿quién podrá olvidar su radiante esplendor?


¡Te ven mis ojos compuesta preciosamente de rubíes en toda una mitad de tu cuerpo encantador, de perlas en la tercera parte, de almizcle negro en la quinta parte y de ámbar en la sexta parte, ¡oh toda dorada!


¡Entre las vírgenes nacidas de la Eva primera, y entre las bellezas que habitan los múltiples jardines de los cielos, no hay ninguna que pueda compararse contigo!


¿Quieres darme la muerte? ¡No me perdones! ¡Otras muchas víctimas hizo el amor! ¡Y si quieres volverme a la vida, baja hacia mí tus ojos!, ¡oh ornato del mundo!


Y al oír estos versos, exclamaron las jóvenes a una, encarándose con Esplendor: "¡Oh princesa! ¿nos regañarás ahora por haberte traído un joven que se ha expresado de tan excelente manera y en versos tan hermosos?" Y preguntó Esplendor: "¿Pero es poeta?" Ellas dijeron: "¡Claro que lo es! ¡Improvisa y compone con una facilidad maravillosa poemas y odas de millares de versos, en los que reina siempre un sentimiento muy vivo!"

Estas palabras que tan a las claras mostraban el nuevo mérito de Hassán, por fin acabaron de conquistar el corazón de la recién casada. Y miró a Hassán, sonriendo bajo sus largas pestañas. Y Hassán, que no esperaba más que una seña de sus ojos, la cogió en brazos y se la llevó a su aposento. ¡Y allí, con su permiso, abrió en ella lo que tenía que abrir, y rompió lo que tenía que romper, y destapó lo que estaba sellado! Y se endulzó con todo aquello hasta el límite de la dulzura; y lo mismo le ocurrió a ella. Y experimentaron ambos en poco tiempo el colmo de todas las alegrías del mundo. Y el amor a la joven se incrustó en el corazón de Hassán más que todas las pasiones. ¡Y todos sus pájaros cantaron prolongadamente! Por tanto, ¡gloria a Alah, que une en las delicias a sus creyentes y no les escatima sus dones dichosos! ¡Tú eres, Señor, el que adoramos, tú eres aquél de quien imploramos socorro! ¡Llévanos por el sendero recto, por el sendero de aquellos a quienes colmaste con tus beneficios, y no por el de aquellos que incurrieron en tu cólera ni por el de los extraviados!

Y he aquí que Hassán y Esplendor estuvieron juntos de tal suerte cuarenta días, transcurridos en el seno de las alegrías que proporciona el amor. Y las siete princesas, especialmente Botón-de-Rosa, se esforzaron por variar cada día los placeres de ambos esposos, y hacerles la estancia en el palacio lo más agradable que les fué posible.

Pero al cabo del día cuadragésimo, Hassán vió en sueños a su madre, que le reprochaba por haberla olvidado, mientras ella se pasaba los días y las noches llorando sobre la tumba que hubo de erigirle en la casa.

¡Y se despertó con lágrimas en los ojos lanzando suspiros que partían el alma! Y al oírle llorar, acudieron sus hermanas, las siete princesas; y Botón-de-Rosa, más desolada que todas las otras, preguntó a la hija del rey de los genn qué le había sucedido a su esposo. Y contestó Esplendor: "¡No lo sé!" Y dijo Botón-de-Rosa: "¡Yo misma iré a informarme de lo que le tiene tan triste!"

Y preguntó a Hassán: "¿Qué te ocurre, hermano mío?" Y las lágrimas de Hassán corrieron con más violencia; y acabó por contar su sueño, lamentándose mucho...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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