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Pero cuando llegó la 560ª noche

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Ella dijo:

"¡... no acaba para el camellero la peregrinación más que cuando ha horadado a su camello!"

Y se decidió entonces a envolverse en su red, a falta de otra ropa; luego empuñó su cayado, y con el cesto a la espalda, empezó a recorrer la ribera a grandes zancadas, yendo de un lado a otro, de derecha a izquierda, de delante atrás, jadeante y desordenado y rabioso como un camello en celo, ¡y de todo punto semejante a un efrit rebelde que se hubiese escapado de la estrecha prisión de bronce en que le tenía encerrado Soleimán.

¡Y tal es lo referente a Califa el Pescador!

¡Pero he aquí ahora lo que atañe al califa Harún Al-Raschid, que también toma parte en esta historia!

En aquel tiempo había en Bagdad, en calidad de hombre de negocios y joyero del califa, un individuo muy notable que se llamaba Ibn Al-Kirnas. Y era un personaje tan importante en el zoco, que cuanto se vendía en Bagdad de telas hermosas, joyas, objetos preciosos, mozos y jóvenes, no se vendía más que por mediación suya o después de haber pasado por sus manos o haberlo sometido a su informe. Y un día entre los días que Ibn Al-Kirnas estaba sentado en su tienda, vió ir hacia él al jefe de los corredores, que llevaba de la mano a una joven como jamás la había admirado nadie, pues llegaba al límite de la belleza, de la elegancia, de la finura y de la perfección. Y además de los encantos que atesoraba en sí, aquella joven conocía todas las ciencias, las artes, la poesía, el manejo de instrumentos armónicos, el canto y la danza. Así es que Ibn Al-Kirnas no vaciló en comprarla acto seguido por cinco mil dinares de oro; y después de vestirla con ropas que valían mil dinares, se la presentó al Emir de los Creyentes. Y pasó ella la noche con el califa. Y pudo éste poner a prueba por sí mismo entonces sus aptitudes y sus conocimientos variados. Y la encontró experta en todo y sin igual en la época.

Se llamaba la joven Fuerza-de-los-Corazones y era morena y de lozana piel.

De modo que, encantado de su nueva esclava, el Emir de los Creyentes envió al día siguiente a Ibn Al-Kirnas diez mil dinares como pago de la compra. Y sintió por la joven una pasión tan violenta, y de tal modo quedó subyugado su corazón, que desdeñó a su prima Sett Zobeida, hija de Al-Kassim; y abandonó a todas sus favoritas; y permaneció encerrado con la esclava un mes entero, sin salir más que para la plegaria del viernes y regresando inmediatamente a toda prisa. Así es que a los señores del reino les pareció cosa demasiado grave para que se prolongase por más tiempo, y fueron a exponer sus quejas al gran visir Giafar Al-Barmaki. Y Giafar les prometió poner pronto remedio a aquel estado de cosas, y esperó a la plegaria del viernes siguiente para ver al califa. Y entró entonces en la mezquita y tuvo una entrevista con él, y durante largo rato pudo hablarle de las aventuras de amor y de sus consecuencias.

Después de escucharle sin interrumpirle, le contestó el califa: "¡Por Alah, ¡oh Giafar ! para nada intervine en esta historia y en esta elección, y la culpa es de mi corazón, que dejóse prender en los lazos del amor, sin que yo sepa cómo libertarle de ellos!" Y contestó el visir Giafar: "Piensa ¡oh Emir de los Creyentes! en que tu favorita Fuerza-de-los-Corazones estará siempre entre tus manos sometida a tus órdenes como una esclava entre tus esclavas, y ya sabes que cuando la mano posee, el alma deja de codiciar.

Además, quiero indicarte un medio para que tu corazón no se canse de la favorita: consiste en alejarte de ella de cuando en cuando, marchándote, por ejemplo, de caza o de pesca, ¡porque es posible que las redes de pescar libren a tu corazón de las otras redes en que el amor hubo de apresarte! ¡Mejor será esto que empezar enseguida a ocuparte de los asuntos de gobierno, pues en la situación en que te encuentras te aburriría demasiado ese trabajo!"

Y contestó el califa: "Excelente es tu idea, oh Giafar! ¡Vámonos de paseo sin tardanza ni dilación!"

Y en cuanto terminaron las plegarias, abandonaron la mezquita, montó en su mula cada cual, y se pusieron a la cabeza de su escolta, saliendo de la ciudad y caminando por los campos.

Después de haber errado mucho tiempo de un lado para otro en las horas de calor, acabaron por dejar a distancia tras ellos a su escolta, distraídos con la conversación; y Al-Raschid sintió una sed atroz, y dijo: "¡Oh Giafar, me tortura una sed muy grande!" Y miró en todos sentidos a su alrededor, buscando alguna vivienda, y divisó a lo lejos una cosa que se movía en la alto de una colina, y preguntó a Giafar: "¿Ves algo que veo yo allá lejos?"

El otro contestó: "¡Sí, ¡oh Comendador de los Creyentes! veo en lo alto de una colina una cosa vaga! ¡Debe ser algún jardinero o un sembrador de cohombros! ¡De todos modos, como sin duda hay agua por allá, echaré a correr para traértela!"

Al-Raschid contestó: "¡Mi mula es más veloz que tu mula! ¡Quédate aquí esperando a nuestra escolta, mientras yo mismo voy a que me dé de beber ese jardinero, y vuelvo enseguida!" Y así diciendo, Al-Raschid guió su mula en aquella dirección, y se alejó con la rapidez de un viento tempestuoso o de un torrente que cayera desde lo alto de una roca, y en un abrir y cerrar de ojos, alcanzó a la persona consabida, que no era otra que Califa el pescador. Y le vió desnudo y trabado en sus redes, y con los ojos enrojecidos, desorbitados y asustados, y con un aspecto horrible a la vista. Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 561ª noche

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Ella dijo:

"...Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos. Y Harún le deseó la paz, y Califa correspondió al deseo, renegando y lanzándole una mirada llameante. Y Harún le dijo: "¡Oh hombre! ¿puedes darme un sorbo de agua?" Y Califa le contestó: "¡Oh tú! ¿eres ciego o estás loco! ¿No ves correr el agua detrás de esta colina?" Entonces Harún dió la vuelta a la colina y fué a parar al Tigris, donde apagó su sed tendiéndose de bruces, y también hizo beber a su mula.

Luego volvió junto a Califa, y le dijo: "¿Qué haces aquí, ¡oh hombre! y cuál es tu oficio?" Califa contestó: "En verdad que esa pregunta es todavía más extraña y más extraordinaria que la concerniente al agua. ¿Acaso no ves en mis hombros el aparejo de mi oficio?" Y al ver la red; le dijo Harún: "¡Sin duda eres pescador!" El otro dijo: "¡Tú lo has dicho!"

Y Harún le preguntó: "¿Pero qué hiciste de tu ropón, de tu camisa y de tu saco?" Al oír estas palabras, Califa, que había perdido los diversos objetos que acababa de nombrar Al-Raschid, no dudó un instante de que tenía en su presencia al propio ladrón que se los había quitado en la playa, y precipitándose como un relámpago sobre Al-Raschid desde lo alto de la colina, asió por la brida a la mula, exclamando: "¡Devuélveme mis efectos y pon fin a esta broma de mal género!" Harún contestó: "¡Por Alah, que no he visto tus ropas ni sé de qué quieres hablar!" Y he aquí que, como es sabido, Al-Raschid tenía las mejillas gordas y abultadas y la boca muy pequeña. De modo que, al mirarle con más atención, Califa creyó que era un tañedor de clarinete, y le gritó: "¿Quieres o no, ¡oh tañedor de clarinete! devolverme mis efectos, o prefieres que te haga bailar a palos y orinarte en tus vestidos?"

Cuando el Califa vió suspendido sobre su cabeza el enorme garrote del pescador, se dijo: "¡Por Alah, que no podré soportar la mitad de un garrotazo de ese palo!" Y sin vacilar más; se quitó su hermoso traje de raso, y ofreciéndoselo a Califa, le dijo: "¡Oh hombre! toma este traje para reemplazar con él los efectos que perdiste!" Y Califa tomó el traje, le dió vueltas en todos sentidos, y dijo: "¡Oh tañedor de clarinete! mis efectos valen diez veces más que este traje tan mal adornado".

Al-Raschid dijo: "¡Bueno! ¡pero póntelo a pesar de todo, mientras busco tus efectos!" Y Califa lo cogió y se lo puso; pero, pareciéndole demasiado largo, empuñó su cuchillo, que estaba enganchado en el asa del cesto de pesca, y de un tajo cortó todo el tercio inferior del vestido, sirviéndose de aquel retazo para confeccionarse al punto un turbante, mientras el traje apenas le llegaba a las rodillas; sin embargo, él lo prefería así para poder moverse con facilidad. Luego se encaró con el califa, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh tañedor de clarinete! dime cuántos ingresos te produce al mes tu oficio!" El califa contestó, sin atreverse a contrariar a su interpelante: "¡Mi oficio de tañedor de clarinete me produce unos diez dinares al mes!" Y dijo Califa, con un gesto de conmiseración profunda: "¡Por Alah ¡oh pobre! que me entristece tu suerte! Porque esos diez dinares los gano yo en una hora, sin más que echar mi red y sacarla; pues tengo en el agua un mono que se ocupa de mis intereses, y se encarga de empujar los peces hacia mis redes cada vez que las echo. ¿Quieres, pues, ¡oh mejillas abultadas! entrar a mi servicio para que yo te enseñe el oficio de pescador y llegar a ser un día mi socio en la ganancia, empezando primero por ganar cinco dinares diarios como ayudante mío? ¡Y además, te aprovecharás de la protección de este garrote contra las exigencias de tu antiguo maestro de clarinete, al cual me encargo yo de derrengar con un solo garrotazo, si lo necesitas!" Y Al-Raschid contestó: "¡Acepto la proposición!" Califa dijo: "¡Entonces apéate de la mula y sujétala a cualquier parte, a fin de que pueda servirnos para llevar el pescado al mercado cuando sea preciso! ¡Y ven pronto para empezar tu aprendizaje de pescador!"

Entonces el califa, suspirando con toda el alma y lanzando en torno suyo miradas inquietas, se apeó de su mula, la ató cerca de allí, se arremangó lo que le quedaba de ropa y sujetó a su cinturón la orla de su camisa, yendo a situarse junto al pescador, que le dijo: "¡Oh tañedor de clarinete! toma esta red, échala al brazo de tal manera, y lánzala al agua de tal otra manera!" Y Al-Raschid hizo con su corazón un llamamiento a todo el valor de que se sentía capaz, y ejecutando lo que le ordenaba Califa, arrojó la red al agua, y al cabo de algunos instantes quiso retirarla; pero la encontró tan pesada, que no pudo conseguirlo solo, y Califa se vió obligado a ayudarle; y entre los dos la atrajeron a la orilla, en tanto que Califa gritaba a su ayudante:

"¡Oh clarinete de mi zib!, ¡si, por desgracia, noto que se ha roto o estropeado mi red con las piedras del fondo, te horadaré! ¡Y lo mismo que tú me cogiste mi ropa, te cogeré tu mula!"

Pero felizmente para Harún, la red estaba intacta y llena de peces hermosísimos! De no ser así, Harún sin duda se habría visto ensartado por el zib del pescador, ¡y sólo Alah sabe como hubiera podido soportar semejante carga! ¡Sin embargo, no pasó nada! Por el contrario, el pescador dijo a Harún: "¡Oh clarinete! eres muy feo, y tu cara se parece exactamente a mi trasero; pero ¡por Alah! que si te fijas en tu nuevo oficio, llegará día en que seas un pescador extraordinario...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 562ª noche

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Ella dijo:

"¡Oh clarinete! eres muy feo, y tu cara se parece exactamente a mi trasero; pero ¡por Alah! ¡que si te fijas bien en tu nuevo oficio, llegará día en que seas un pescador extraordinario! Por ahora, lo mejor que puedes hacer es montar otra vez en tu mula e ir al zoco a comprarme dos cestos grandes para que ponga yo en ellos lo que no cabe aquí de esta pesca prodigiosa; y me quedaré guardando el pescado hasta que regreses. Y no te preocupes por más, pues aquí tengo el peso de la pesca, las pesas y todo lo necesario para la venta al por menor. Y cuando lleguemos al zoco del pescado, toda tu obligación se reducirá a sostenerme el peso y a cobrar el dinero a los parroquianos. Pero date prisa a comprarme corriendo los dos cestos. ¡Y cuidado con holgazanear, si no quieres que el garrote te mida las costillas!"

Y el califa contestó: "¡Escucho y obedezco!" Luego se apresuró a desatar su mula y a montar en ella para ponerla a galope tendido; y muriéndose de risa, fué al encuentro de Giafar, quien al verle ataviado de tan extraña manera, alzó los brazos al cielo, y exclamó: "¡Oh Comendador de los Creyentes! ¡sin duda encontraste en tu camino algún jardín ameno en donde te acostaste y te revolcaste por la hierba!"

Y el califa se echó a reír al oír estas palabras de Giafar.

Luego los demás Barmecidas de la escolta, que eran parientes de Giafar; besaron la tierra entre las manos del califa, y dijeron: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡ojalá Alah prolongue sobre ti las alegrías y aleje de ti las preocupaciones! ¿Pero cuál es la causa que te retuvo alejado tanto tiempo de nosotros, si sólo nos dejaste para beber un sorbo de agua?"

Y el califa les contestó: "¡Acaba de ocurrirme una aventura prodigiosa, de las más dilatadoras y de las más extraordinarias!" Y les contó lo que le había ocurrido con Califa el pescador, y cómo para reemplazar los vestidos de cuyo robo se le acusaba, le había dado en cambio su traje de raso labrado. Entonces exclamó Giafar: "¡Por Alah! ¡oh Emir de los Creyentes! que cuando te vi alejarte completamente solo tuve como un presentimiento de lo que iba a ocurrirte! ¡Pero no es grande el daño, pues ahora mismo voy a rescatar del pescador ese traje que le diste!"

El califa se echó a reír más fuerte todavía, y dijo: "¡Debiste pensarlo antes, ¡oh Giafar! porque el bueno del hombre ha cortado ya un tercio del vestido para ajustárselo a la cintura, y se ha hecho un turbante con el retazo! Pero ¡oh Giafar! bastante ha sido ya esta pesca, y no tengo gana de emprender otra vez semejante tarea. ¡Y por cierto que he pescado de una vez tanto, que me dispensa de tener mejor éxito en lo futuro, pues la pesca que salió de mi red es de una abundancia milagrosa, y allá en la orilla queda guardada por mi amo Califa, que no espera más que mi regreso con los cestos para ir al zoco a vender el producto de mi redada!"

Y dijo Giafar: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡voy, entonces, a hacer que fluyan a vosotros dos los compradores!" Harún exclamó: "¡Oh Giafar! ¡por los méritos de mis antepasados los Puros, prometo un dinar por cada vez a los que compren de mi pesca a mi amo Califa!"

A la sazón Giafar llamó a los guardias de la escolta: "¡Eh! ¡guardias e individuos de la escolta, corred a la ribera y procurad traer pescado al Emir de los Creyentes!" Y al punto todos los de la escolta echaron a correr hacia el paraje indicado, y se encontraron con Califa guardando su pesca; y le rodearon cual gavilanes que cercaran una presa, y arrebataron los peces amontonados delante de él, disputándoselos, aunque el garrote de Califa se agitaba amenazador. Y a pesar de todo, quedó Califa vencido por la mayoría, y exclamó: "¡Sin duda no es del Paraíso este pescado!" Y a fuerza de garrotazos consiguió salvar del saqueo los dos peces más hermosos de la pesca; y los cogió, cada uno con una mano, y se refugió en el agua para escapar de los que creía bandoleros salteadores de caminos. Y ya en el agua, alzó sus manos con un pez en cada una y exclamó: "¡Oh Alah! ¡por los méritos de estos peces de tu Paraíso, haz que no tarde en llegar mi socio el tañedor de clarinete!"

Y he aquí que, pronunciada esta invocación, un negro de la escolta, que se había retrasado a los demás porque su caballo se paró en el camino para orinar, llegó a la ribera el último, y no viendo ya huella de pescado, miró a derecha y a izquierda y divisó en el agua a Califa con un pez en cada mano. Y le gritó: "¡Oh pescador, ven aquí!"

Pero Califa contestó: "Vuelve la espalda, ¡oh tragador de zib!"

Al oír estas palabras, el negro levantó su lanza en el límite del furor, y apuntando con ella a Califa, le gritó "¿Quieres venir aquí y venderme esos dos peces al precio que te parezca, o prefieres recibir esta lanza en el costado?" Y Califa le contestó: "No tires, ¡oh bribón! ¡Mejor será darte el pescado que perder la vida!"

Y salió del agua y arrojó con desdén los dos peces al negro, que los recogió y los puso en su pañuelo de seda ricamente bordado; luego se llevó la mano al bolsillo para sacar dinero, pero lo encontró vacío; y dijo al pescador: "¡Por Alah, que no tienes suerte, ¡oh pescador! pues al presente no llevo en el bolsillo ni un solo dracma. Pero vé mañana al palacio y pregunta por el negro eunuco Sándalo. Y los servidores te llevarán a mi presencia, y en mí hallarás una acogida generosa y lo que la suerte te haya deparado, ¡y luego te irás por tu camino!"

Sin atreverse a protestar, Califa lanzó al eunuco una mirada que decía más que mil insultos o mil amenazas de horadación o de fornicación con la madre o la hermana del interesado, y se alejó en dirección a Bagdad, golpeándose una contra otra las manos, y diciendo, con un tono de amargura y de ironía: "¡He aquí, en verdad, un día que desde sus albores está siendo bendito entre todos los días benditos de mi vida! ¡No cabe duda!" Y de tal modo franqueó los muros de la ciudad, y llegó a la entrada de los zocos.

Y cuando los transeúntes y los tenderos...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 563ª noche

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Ella dijo:

...Y cuando los transeúntes y los tenderos vieron que el pescador Califa, no obstante llevar a la espalda sus redes, su cesto y su garrote, iba vestido con un traje y tocado con un turbante que entre ambos valdrían muy bien mil dinares, se agruparon en torno suyo y echaron a andar detrás de él para enterarse de la cosa, hasta que el pescador acertó a pasar por delante de la tienda del propio sastre del califa. Y desde la primera ojeada que echó a Califa, el sastre reconoció en el traje que llevaba aquel hombre el mismo que entregó él hacía poco al Comendador de los Creyentes. Y gritó al pescador: "¡Oh Califa! ¿de dónde te ha venido ese traje que llevas?"

Y Califa, de muy mal humor, le contestó midiéndole con la mirada: "¿Y qué te importa eso a ti, impúdico con cara de excremento? Sabe, sin embargo, para que veas que no oculto nada, que este traje me lo ha dado el aprendiz a quien enseño a pescar y que ahora es mi ayudante. ¡Y me lo ha dado para que no le cortaran la mano como consecuencia del robo de que se ha hecho culpable al quitarme mis efectos!"

Al oír estas palabras, el sastre comprendió que el califa se habría encontrado al pescador durante su paseo y le habría embromado de aquel modo para reírse de él. Y dejó a Califa continuar en paz su camino y llegar a su casa, donde mañana le encontraremos.

Pero tiempo es ya de saber lo que pasó en palacio durante la ausencia del califa Harún Al-Raschid. Pues bien; pasaron allí cosas de extrema gravedad.

En efecto, sabemos que el califa no había salido de su palacio con Giafar más que para tomar un poco de aire por los campos y distraerse por un momento de su pasión extremada hacia Fuerza-de los-Corazones. Pero no era sólo a él a quien torturaba aquella pasión hacia la esclava. Su esposa y prima Sett Zobeida, desde que se presentó en palacio aquella joven que llegó a ser la favorita exclusiva del Emir de los Creyentes, no podía ya comer, ni beber, ni dormir, ni nada, de tan llena como tenía el alma de los celos que sienten de ordinario las mujeres hacia sus rivales. Y para vengarse de aquella afrenta continua que la humillaba a sus propios ojos y a los ojos de quienes la rodeaban, no aguardaba más que una ocasión, bien una ausencia fortuita del califa, bien un viaje, bien una ocupación cualquiera, que le permitiese obrar con libertad. Así es que en cuanto supo que el califa había salido para ir de caza y de pesca, hizo preparar en sus habitaciones un festín suntuoso, en el cual no faltaban bebidas ni bandejas de porcelana llenas de confituras y pasteles. Y mandó a invitar con gran ceremonia a la favorita Fuerza-de-los-Corazones, haciendo que le dijeran las esclavas: "Nuestra ama Sett Zobeida, hija de Kassem, esposa del Emir de los Creyentes, te invita hoy a un festín que da en tu honor, ¡oh nuestra ama Fuerza-de-los-Corazones! Porque ha tomado hoy cierto medicamento, y como para que surta mejor sus efectos es preciso que se regocije el alma y dé reposo al espíritu, ella cree que el mejor reposo y la alegría mejor no pueden proporcionárselos más que tu presencia y tus encantos maravillosos, de los que ha oído hablar con admiración al califa. ¡Y tiene muchas ganas de juzgar por sí misma!"

Y Fuerza-de-los-Corazones contestó: "¡El oído y la obediencia son para Alah y para nuestra ama Sett Zobeida!" Y se levantó en aquella hora y en aquel instante; y no sabía lo que le reservaba el Destino en sus designios misteriosos. Y llevó consigo los instrumentos musicales que necesitaba, y acompañó al jefe eunuco a las habitaciones de Sett Zobeida.

Cuando estuvo en presencia de la esposa del califa, besó la tierra entre sus manos varias veces; luego se levantó, y con una voz infinitamente deliciosa, dijo: "¡La paz sobre la cortina levantada y el velo sublime de este harem, sobre la descendiente del Profeta y heredera de la virtud de los Abbasidas! ¡Pluguiera a Alah prolongar la dicha de nuestra ama mientras el día y la noche se sucedan uno a otro!" Y habiendo dicho este cumplimiento, retrocedió hasta colocarse en medio de las demás mujeres y esclavas.

Entonces Sett Zobeida, que estaba echada en un amplio diván de terciopelo, alzó los ojos lentamente hacia la favorita y la miró con fijeza. Y quedó deslumbrada de la belleza que veía...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Pero cuando llegó la 564ª noche

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Ella dijo:

"... Y quedó deslumbrada de la belleza que veía en aquella joven perfecta que tenía cabellos de noche, mejillas cual corolas de rosas, granadas en vez de senos, ojos brillantes, párpados lánguidos, una frente resplandeciente y un rostro de luna. Y sin duda debía salir el sol tras la franja de su frente, y las tinieblas de la noche se espesarían con su cabellera; el almizcle no debiera sacarse más que de su aliento perfumado, y las flores le eran deudoras de su gracia y sus perfumes; la luna sólo brillaba cuando la arrebataba el resplandor de su frente; la rama sólo se balanceaba imitando el balanceo de su talle, y las estrellas sólo titilaban en sus ojos; el arco de los guerreros no era más que un remedo de sus cejas, y el coral de los mares enrojecía en sus labios nada más.

¡Si se irritaba, caían sin vida en tierra sus amantes! ¡Si ella se apaciguaba, las almas devolvían la vida a los cuerpos inanimados! Si lanzaba una mirada, hechizaba y sometía a su imperio ambos mundos. ¡Porque en verdad que era un milagro de belleza, honor de su tiempo y gloria de Quien la había creado y perfeccionado!

Cuando Sett Zobeida la admiró y detalló, le dijo: "¡Comodidad, amistad y familia! Bienvenida seas entre nosotras, ¡oh Fuerza-de-los-Corazones! ¡Siéntate y diviértenos con tu arte y con los primores de tu ejecución!" Y contestó la joven: "¡Escucho y obedezco!" Luego se sentó, y tendiendo la mano, cogió primero un tamboril, instrumento admirable; y se le podría entonces aplicar estos versos del poeta:


¡Oh tañedora de tamboril, mi corazón vuela al oírte! ¡Y mientras tus dedos baten el ritmo profundo, el amor que me posee sigue al compás y el sonido repercute en mi pecho!


¡No te apoderarás más que de un corazón herido! ¡Lo mismo cuando cantas con un tono ligero, que cuando lanzas el grito del dolor, penetras en nuestra alma!


¡Ah! Levántate, !ah! desnúdate, ¡ah! Tira el velo, y alzando tus leves pies, ¡oh toda hermosa! señala el paso de la delicia ligera y de nuestra locura!


Y cuando hubo hecho resonar el instrumento sonoro, cantó acompañándose, estos versos improvisados:


Sus hermanos los pájaros dijeron a mi corazón, pájaro herido: "!Huye, huye de los hombres y de la sociedad!"


¡Pero yo dije a mi corazón!, pájaro herido: ¡Corazón mío, obedece a los hombres y que tus alas tiemblen como abanicos! ¡Regocíjate para complacerles!"


Y cantó estas dos estrofas con una voz tan maravillosa, que las aves del cielo detuvieron su vuelo y el palacio se puso a bailar de entusiasmo con todos sus muros. Entonces Fuerza-de-los-Corazones dejó el tamboril y cogió la flauta de caña, en la cual apoyó sus labios y sus dedos. Y se le podrían entonces aplicar estos versos del poeta:


¡Oh tañedora de la flauta ¡el instrumento de insensible caña que tienen en tus labios tus ágiles dedos, adquiere al paso de tu aliento un alma nueva!


¡Sopla en mi corazón! ¡Resonará mejor que la insensible caña de la flauta de agujeros sonoros, porque en él hallarás más de siete heridas que han de avivarse al roce de tus dedos!


Cuando hubo encantado a los circunstantes, con su maestría, dejó la flauta y cogió el laúd, instrumento admirable, y templando las cuerdas, le apoyó contra su seno, inclinándose sobre la caja con la ternura de una madre que se inclinara sobre su hijo, de modo que, sin duda, se refiere a ella y a su laúd el poeta que ha dicho:


¡Oh tañedora de laúd! ¡sobre las cuerdas persas tus dedos excitan o calman la violencia a medida de tu deseo, cual un médico hábil que a su antojo hace brotar la sangre de las venas o la deja circular por ellas tranquilamente, según se necesite!


¡Qué gusto da oír hablar bajo tus dedos delicados a un laúd de cuerdas persas que habla a aquellos cuyo lenguaje no posee, viendo cómo todos los ignorantes comprenden su lenguaje sin palabras!

Y entonces preludió ella de catorce modos diferentes, y acompañándose cantó un canto completo, que confundió de admiración a quienes la veían y llenó de delicias a quienes la escuchaban.

Luego, tras de preludiar así en distintos instrumentos y cantar ante Sett Zobeida canciones variadas, Fuerza-de-los-Corazones se levantó con su gracia y su flexibilidad ondulante, ¡y bailó! Después de lo cual se sentó y ejecutó distintos juegos de destreza, prestidigitaciones y escamoteos, y lo hizo con tan ligera mano y con tanto arte y habilidad, que, a pesar de los celos, el despecho y el deseo de venganza, Sett Zobeida estuvo a punto de caer enamorada de ella y declararle su pasión. Pero pudo reprimir a tiempo aquel impulso, pensando para su ánima: "¡En verdad que no debiera censurarse a mi primo Al-Raschid por estar enamorado de ella...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 565ª noche

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Ella dijo:

"¡... En verdad que no debiera censurarse a mi primo Al-Raschid por estar tan enamorado de ella!" Y dió orden a los esclavos para que sirvieran el festín y dejó a su odio sobreponerse a estos primeros sentimientos. Sin embargo, no dejó que la compasión huyera de su corazón enteramente, y en lugar de realizar el proyecto de envenenar a su rival, como había pensado en un principio, y desembarazarse así de ella para siempre, se limitó a mezclar en los pasteles servidos a Fuerza-de-los-Corazones una dosis muy fuerte de bang narcótico. Y no bien la favorita se llevó a los labios un trozo de aquellos pasteles, echó la cabeza atrás y se sumió en las tinieblas de la inconsciencia. Y Sett Zobeida, fingiendo un dolor grande, ordenó a las esclavas que la transportaran a un aposento secreto. Luego hizo correr la noticia de su muerte, diciendo que se había atragantado por comer demasiado de prisa, y mandó celebrar un simulacro de funerales solemnes y de entierro, y le erigió en seguida una tumba suntuosa en los jardines mismos de palacio.

Todo eso acaeció durante la ausencia del califa. Pero cuando después de su aventura con el pescador Califa entró aquél en el palacio, su primer cuidado consistió en preguntar a los eunucos por su bienamada Fuerza-de-los-Corazones. Y los eunucos, a quienes Sett Zobeida había amenazado con la horca en caso de indiscreción, contestaron al califa con acento fúnebre: "¡Ay! ¡oh señor nuestro! Alah prolongue tus días y vierta sobre tu cabeza las bienandanzas que se merecía nuestra ama Fuerza-de-los-Corazones! ¡Tu ausencia ¡oh Emir de los Creyentes! le ha causado una desesperación y un dolor tan grandes, que no ha podido soportar su emoción, y la ha asaltado una muerte repentina! ¡Y está ahora en la paz del Señor!"

Al oír estas palabras, el califa echó a correr por el palacio como un insensato tapándose las orejas y preguntando a grandes gritos por su bienamada a cuantos encontraba. Y a su paso se arrojaba de bruces todo el mundo o se escondía tras las columnatas. Y llegó de tal suerte al jardín donde se alzaba la falsa tumba de la favorita y dio con la frente en el mármol, y tendiendo los brazos y llorando todas sus lágrimas, exclamó:


¡Oh tumba! ¿Cómo es posible que tus sombras frías Y las tinieblas de tu noche encierren a la bien amada?


¡Oh tumba! ¡por Alah, dime si la belleza y los encantos de mi amiga se borraron para siempre! ¿Se desvaneció para siempre el espectáculo regocijante de su hermosura?


¡Oh tumba! ¡sin duda no eres el Jardín de las Delicias ni el alto cielo! ¿Pero porqué veo brillar dentro de ti la luna, y florecer la rama?


Y el califa siguió sollozando y desahogando de aquel modo su dolor durante una hora de tiempo. Tras de lo cual se levantó y corrió a encerrarse en sus habitaciones, sin querer oír consuelos ni recibir a su esposa y a sus íntimos.

En cuanto a Sett Zobeida, apenas vió el éxito de su estratagema, hizo encerrar en secreto a Fuerza-de-los-Corazones en un arca (porque la joven continuaba bajo los efectos adormecedores del bang) y ordenó a dos esclavos de confianza que sacaran del palacio el arca y la vendieran en el zoco al primer comprador que se presentase, con la condición de hacer la compra sin levantar la tapa.

¡Y he aquí lo referente a todos ellos!

Volvamos ahora al pescador Califa. Cuando se despertó al día siguiente al de la pesca, su primer pensamiento fué para el negro castrado que no le había pagado los dos peces, y se dijo: "¡Me parece que lo mejor que puedo hacer es ir a palacio a preguntar por ese eunuco Sándalo, hijo de una negra maldita de narices anchas; pues que él mismo me lo ha recomendado así! Y como no quiera cumplir conmigo, ¡por Alah, que le horado!"

Y se dirigió al palacio.

Pero al llegar a palacio encontró a todo el mundo en movimiento; y la primera persona con quien se encontró en la misma puerta fué el negro eunuco Sándalo, que estaba sentado en medio de un grupo respetuoso de otros negros y otros eunucos discutiendo y gesticulando. Y se adelantó Califa hacia él, y como un joven mameluco quería impedirle el paso, le empujó y le gritó: "¡Déjame, hijo de perro!"

Al oír este grito, el eunuco Sándalo volvió la cabeza y vió que estaba allí Califa el pescador. Y riendo, el eunuco le dijo que se acercara; y Califa avanzó, y dijo: "¡Por Alah, que te hubiera conocido entre mil, ¡oh rubiales míos! ¡oh tizón mío!"

Y el eunuco se echó a reír al escuchar estas palabras, y le dijo con amabilidad: "Siéntate un momento ¡oh mi amo Califa! ¡Enseguida te pagaré lo que te debo!" Y se metió la mano en el bolsillo para coger dinero y dárselo; cuando un grito anunció la presencia del gran visir Giafar, que salía de ver al califa...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 566ª noche

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Ella dijo:

"... Y se metió la mano en el bolsillo para coger dinero y dárselo, cuando un grito anunció la presencia del gran visir Giafar, que salía de ver al califa. Así es que los eunucos, los esclavos y los jóvenes mamelucos se levantaron para ponerse en dos filas; y Sándalo, a quien el visir hizo con la mano seña de que tenía que hablarle, dejó al pescador y a toda prisa se puso a las órdenes de Giafar. Y empezaron a hablar ambos largamente, paseándose.

Cuando Califa vió que el eunuco tardaba en volver junto a él, creyó que aquello era una estratagema suya para no pagarle, máxime cuando el eunuco parecía haberle olvidado completamente, sin preocuparse ya de su presencia y como si no existiera el pescador. Entonces éste comenzó a moverse y a hacer al eunuco desde lejos señas que querían decir: "¡Vuélvete ya!" Pero como el otro no le prestaba la menor atención, le gritó Califa con irónico acento: "¡Oh mi señor Tizón, dame lo que me debes para que me vaya!"

Y a causa de la presencia de Giafar, el eunuco se avergonzó mucho de este apóstrofe, y no quiso contestarle. Por el contrario, se puso a hablar con más viveza para no atraer hacia el otro la atención del gran visir; pero fué trabajo perdido. Porque Califa se acercó más y exclamó con una voz formidable, haciendo muchos gestos: "¡Oh tramposo pillastre! ¡confunda Alah a las gentes de mala fe y a cuantos privan de lo suyo a los pobres!"

Después cambió de acento y le gritó con sorna: "Bajo tu protección me pongo, ¡oh mi señor Barriga-Hueca! Y te suplico que me des lo que me debes para que me marche".

Y el eunuco llegó el límite de la confusión, pues Giafar había visto y oído aquella voz; pero como aún no sabía de qué se trataba, preguntó al eunuco: "¿Qué le ocurre a ese hombre? ¿Y quién le ha engañado?"

Y el eunuco contestó: "¡Oh mi señor! ¿no sabes quién es ese hombre?"

Giafar dijo: "¡Por Alah! ¿cómo voy a conocerle si es la primera vez que le veo?"

El eunuco dijo: "¡Oh señor nuestro! ¡si precisamente es el pescador a quien ayer disputamos los peces para llevárselos al califa! ¡Y como yo le prometí dinero por los dos últimos peces que le quedaban, le dije que viniera hoy a buscarme para que le pagase lo que le debía! ¡Y hace un rato iba a pagarle, cuando tuve que acudir entre tus manos! ¡Y por eso me apostrofa ahora de esa manera, impaciente ya el buen hombre!"

Cuando el visir Giafar hubo oído estas palabras, sonrió ligeramente, y dijo al eunuco: "¿Cómo te has atrevido ¡oh jefe de los eunucos! a faltar así al respeto, a la prontitud y a los miramientos que se deben al propio amo del Emir de los Creyentes?

¡Pobre Sándalo ¿qué dirá el califa si llega a enterarse de que no se ha honrado en extremo a su socio y maestro Califa el pescador?"

Luego Giafar añadió de pronto: "¡Oh Sándalo! ¡sobre todo no le dejes marchar, porque nos puede hacer mucha falta! Precisamente el califa tiene el pecho oprimido, el corazón afligido, el alma condolida, y está sumido en la desesperación con la muerte de la favorita Fuerza-de-los-Corazones, y he tratado inútilmente de consolarle por todos los medios usuales.

Pero quizá consigamos dilatarle el pecho con la ayuda de ese pescador Califa. ¡Reténle, pues, en tanto que voy yo a tantear el ánimo del califa!" Y contestó el eunuco Sándalo: "¡Oh mi señor, haré lo que juzgues oportuno! ¡Y Alah te conserve y te guarde por siempre como sostén, pilar y piedra angular del imperio y de la dinastía del Emir de los Creyentes! ¡Y caiga sobre ti y sobre ella la sombra protectora del Altísimo! ¡Y ojalá la rama, el tronco y la raíz permanezcan intactos durante siglos!"

Y se apresuró a reunirse con Califa, mientras Giafar iba a ver al califa. Y al ver por fin llegar al eunuco, el pescador le dijo: "¡Hete aquí ya!, ¡oh Barriga-Hueca!" Y como el eunuco daba a los mamelucos orden de detener al pescador y de impedirle que se marchara, le gritó éste: "¡Ah! ¡eso es lo que no me esperaba! ¡El acreedor se convierte en deudor, y el demandante resulta demandado! ¡Ah, Tizón de mi zib! ¡Vengo aquí a reclamar mi deuda, y se me coge preso con pretexto de atraso en las contribuciones y de falta de pago de impuestos!"

Y he aquí lo referente a él.

En cuanto al califa, cuando Giafar penetró en su aposento, le encontró doblado por la cintura, con la cabeza entre las manos y el pecho hinchado de sollozos. Y recitaba lentamente estos versos:


¡Sin cesar me reprochan mis censores el dolor inconsolable que me embarga! ¿Pero qué voy a hacer, si el corazón rechaza todo consuelo? ¿Acaso depende de mí este corazón independiente?


¿Y cómo, sin morir, podré soportar la ausencia de una niña cuyo recuerdo llena mi alma, de una niña encantadora y dulce, y tan dulce, ¡oh corazón mío!?


¡Oh no! ¡Jamás la olvidaré! ¡Olvidarla cuando la copa ha circulado entre nosotros, copa en que bebí el vino de sus miradas, vino que me embriaga todavía!


Y cuando Giafar estuvo entre las manos del califa, dijo: "¡La paz sea contigo, oh Emir de los Creyentes! ¡oh defensor del honor de nuestra Fe! ¡oh descendiente del tío del Príncipe de los Apóstoles! ¡Que la plegaria y la paz de Alah sean con Él y con todos los suyos sin excepción!"

Y el califa alzó hacia Giafar unos ojos llenos de lágrimas, mirándole con una mirada dolorosa, y le contestó:


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 567ª noche

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Ella dijo:

"... Y el califa alzó hacia Giafar unos ojos llenos de lágrimas, mirándole con una mirada dolorosa, y le contestó: "¡Y contigo ¡oh Giafar! la paz de Alah y su misericordia y sus bendiciones!" Y Giafar preguntó: "¿Permite el Comendador de los Creyentes que le hable su esclavo, o se lo prohíbe? Y Al-Raschid contestó: "¿Y desde cuándo ¡oh Giafar! te está prohibido hablarme, a ti, que eres señor y cabeza de todos mis visires? ¡Dime cuanto tengas que decirme!"

Y Giafar dijo entonces: "¡Oh señor nuestro! cuando yo salía de entre tus manos de vuelta para mi casa, he encontrado de pie a la puerta de palacio, en medio de los eunucos, a tu amo y profesor y compañero, Califa el pescador, que tenía muchas quejas que formular contra ti, y se querellaba diciendo: "¡Gloria a Alah! ¡no comprendo nada de lo que me sucede! ¡Le he enseñado el arte de la pesca, y no solamente no me guarda ninguna gratitud, sino que se marchó para comprarme dos cestos y ha tenido buen cuidado de no volver! ¿Se puede llamar a eso una intención formal y un buen aprendizaje? ¿0 acaso es así cómo se corresponde con los amos?"

¡De modo que yo, ¡oh Emir de los Creyentes! me he apresurado a venir a avisarte de la cosa para que, si sigues teniendo la intención de ser su asociado, lo seas, y si no, para que le avises el haberse terminado el acuerdo existente entre ambos, a fin de que pueda él encontrar otro socio o compañero! "

Cuando el califa hubo oído estas palabras de su visir, a pesar de los sollozos que le ahogaban, no pudo por menos de sonreír primero, riendo luego a carcajadas, y de pronto sintió que se le dilataba el pecho, y dijo a Giafar: "¡Por mi vida sobre ti, ¡oh Giafar! dices la verdad!

¿Es cierto que el pescador Califa está a la puerta del palacio ahora?" Y Giafar contestó: "¡Por tu vida, ¡oh Emir de los Creyentes! que a la puerta está el propio Califa con sus dos ojos!"

Y dijo Harún: "¡Oh Giafar! ¡por Alah, que necesito hacerle justicia hoy con arreglo a sus méritos, y darle lo que le corresponde! ¡Así, pues, si por mediación mía Alah le envía suplicios o sufrimientos, no se le perdonará ninguno, y si, por el contrario, escribe para suerte suya la prosperidad y la fortuna, las tendrá también!"

Y diciendo estas palabras, el califa cogió una hoja grande de papel, la cortó en trozos pequeños de igual tamaño, y dijo: "¡Oh Giafar!' ¡escribe con tu propia mano primero en veinte de estas papeletas, sumas de dinero que oscilen entre un dinar y mil dinares, y los nombres de todas las dignidades de mi imperio, desde la dignidad de califa, de emir, de visir y de chambelán hasta los más ínfimos cargos de palacio; luego escribe en las otras veinte papeletas todas las clases de castigos y de torturas, desde los azotes hasta la horca y la muerte!"

Y contestó Giafar: "¡Escucho y obedezco!" Y cogió un cálamo y escribió con su propia mano en las papeletas indicaciones ordenadas por el califa, tales como Un millar de dinares, cargo de chambelán, emirato, dignidad de califa y sentencia de muerte, prisión, azotes, y otras cosas parecidas. Luego dobló de igual manera todas las papeletas las metió en una palangana de oro, y se lo entregó todo al califa, que le dijo: "¡Oh Giafar! ¡por los méritos sagrados de mis santos antecesores los Puros, y por mi ascendencia real que se remonta a Hamzah y a Akil, juro que cuando Califa el pescador se halle aquí, dentro de poco, voy a ordenar que saque una papeleta de esas papeletas cuyo contenido sólo yo y tú conocemos, y le concederé lo que tenga escrito el papel que él saque, cualquiera que sea la cosa escrita! ¡Y si le tocara mi propia dignidad de califa, yo la abdicaré al instante en favor suyo y se la transmitiré con toda generosidad de alma! ¡Pero, si por el contrario, le corresponde la horca, o la mutilación; o la castración, o cualquier género de muerte, se la haré sufrir sin apelación!

¡Vé, pues, por él, y tráemelo sin tardanza!"

Al oír estas palabras, Giafar dijo para sí: "¡No hay majestad ni poder más que en Alah el Glorioso, el Omnipotente! ¡Es posible que la papeleta que saque ese pobre sea una papeleta de las malas que ocasione su perdición! ¡Y sin quererlo, seré yo entonces la causa primera de su desdicha! ¡Porque lo ha jurado el califa, y no hay que pensar en hacer que cambie de resolución! ¡Por tanto, tengo que limitarme a buscar a ese pobre hombre! ¡Y no ha de suceder más que lo que estuviera escrito por Alah!"

Luego salió en busca de Califa el pescador y, cogiéndole de la mano, quiso arrastrarle al interior del palacio.

Pero Califa, que hasta entonces no había cesado de gesticular, quejarse de su arresto y arrepentirse por haber ido a la corte, estaba a punto de perder del todo la razón, y exclamó: "¡Qué estúpido fui al hacerme caso a mí mismo y venir aquí en busca de ese eunuco negro, de ese Tizón funesto, de ese hijo maldito de una maldita negra de narices anchas, de ese Barriga-Negra!"

Pero Giafar le dijo: "¡Vamos, sígueme!" Y le arrastró con él, precedido y escoltado por la muchedumbre de esclavos y de mozos, a quienes Califa no cesaba de injuriar. Y le hicieron pasar por siete inmensos vestíbulos, y Giafar le dijo: "¡Atención, ¡oh Califa! porque vas a entrar en presencia del Emir de los Creyentes, el defensor de la Fe!" Y levantando un cortinaje le empujó a la sala de recepción, en cuyo trono aparecía sentado Harún Al-Raschid, a quien rodeaban sus emires y los grandes de su corte. Y Califa, que no tenía la menor idea de lo que estaba viendo, no se desconcertó lo más mínimo, sino que, al mirar con la mayor atención a Harún Al-Raschid en medio de su gloria, se adelantó hacia él riendo a carcajadas, y le dijo: "¡Ah! por fin te encuentro, ¡oh clarinete! ¿Te parece que has obrado legalmente al dejarme ayer solo para que guardara el pescado, después que te enseñé el oficio y te encargué que fueras a comprarme dos cestos? ¡Me dejaste indefenso y a merced de una porción de eunucos que, como una bandada de buitres fueron a robarme y a quitarme mi pescado, que hubiera podido producirme cien dinares lo menos! ¡Y también tú eres el causante de lo que me sucede ahora entre todos estos individuos que me retienen aquí! Pero dime ya, ¡oh clarinete! ¿quién pudo echarte mano y apresarte y atarte a esa silla...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 568ª noche

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Ella dijo:

"... Pero dime ya, ¡oh clarinete! ¿quién pudo echarte mano y apresarte y atarte a esa silla?"

Al oír estas palabras de Califa, el califa sonrió, y cogiendo con las dos manos la jofaina de oro en que estaban las papeletas escritas por Giafar, le dijo: "¡Acércate, ¡oh Califa! y ven a sacar una papeleta entre estas papeletas!"

Pero exclamó Califa, echándose a reír: "¡Cómo! ¡oh clarinete! ¿cambiaste ya de oficio y abandonaste la música? ¡Y hete aquí ahora convertido en astrólogo! ¡Y ayer eras aprendiz de pescador! ¡Créeme, clarinete, que ese proceder no te llevará lejos! ¡Porque cuantos más oficios se tienen, menos provecho se saca de ellos! ¡Da, pues, de lado a la astrología, y torna a ser clarinete o vuelve conmigo para continuar tu aprendizaje de pescador!"

Y aún iba a proseguir hablando, cuando Giafar se acercó a él, y le dijo: "¡Basta ya de semejante palabrería! ¡Y ven a sacar de esas papeletas, como te ha ordenado el Emir de los Creyentes!" Y le empujó hacia el trono.

Entonces Califa, aunque resistiéndose al empujón de Giafar, se adelantó renegando hacia la jofaina de oro, y metiendo en ella con torpeza toda su mano, sacó un puñado de papeletas a la vez. Pero Giafar, que le vigilaba, le hizo soltarlas, y le dijo que cogiera una sola. Y Califa, rechazándole de un codazo, volvió a meter la mano y no sacó aquella vez más que una sola papeleta, diciendo: "¡Lejos de mí toda idea de volver a tomar a mi servicio en adelante a este tañedor de clarinete de mejillas abultadas, a este astrólogo sacador de horóscopos!"

Y así diciendo, desdobló la papeleta, y con ella al revés, pues no sabía leer, se la dió al califa, preguntándole: "¿Quieres decirme, ¡oh clarinete! el horóscopo escrito en esta papeleta? ¡Y ten cuidado con no ocultarme nada!"

El califa cogió la papeleta, y sin leerla, se la dió a su vez a Giafar, diciéndole "¡Dinos en alta voz lo que está escrito ahí!" Y Giafar cogió la papeleta y habiéndola leído, alzó los brazos y exclamó: "¡No hay majestad ni poder más que en Alah el Glorioso, el Omnipotente!"

Y el califa preguntó a Giafar, sonriendo: "¡Supongo que serán buenas noticias, oh Giafar! ¿De qué se trata? ¡Habla! ¿Es preciso que baje yo del trono? ¿Hay que sentar aquí a Califa? ¿o hay que apoderarse de él?"

Y Giafar contestó con mohíno acento: "¡Oh Emir de los Creyentes! en esta papeleta han escrito: "Cien palos al pescador Califa".

Entonces, a pesar de los gritos y protestas de Califa, el califa dijo: "¡Que se ejecute la sentencia!" Y el portaalfanje Massrur hizo que se apoderaran del pescador, que aullaba como un loco, y cuando le echaron de bruces, mandó que le aplicaran cien palos justos, ¡ni uno más ni uno menos! Y aunque Califa no sentía dolor alguno, a causa del encallecimiento que había adquirido, daba gritos espantosos y lanzaba mil imprecaciones contra el tañedor de clarinete.

¡Y el califa se reía extremadamente!

Y cuando hubieron acabado de administrarle los cien golpes, Califa se levantó como si no hubiese pasado nada, y exclamó: "¡Maldiga Alah tu música, oh hinchado! ¿Desde cuándo forman los palos parte de las bromas entre las gentes distinguidas?"

Y Giafar, que tenía un alma misericordiosa y un corazón compasivo, se encaró con el califa, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡permite al pescador que saque otra papeleta! ¡Quizá la suerte le sea esta vez más propicia! ¡Y después de todo, no querrás que tu antiguo amo se aleje del río de tu liberalidad sin haber apagado su sed!"

Y el califa contestó: "¡Por Alah, ¡oh Giafar! que eres muy imprudente! ¡Ya sabes que los reyes no tienen costumbre de desdecirse de sus juramentos y promesas! ¡De modo que puedes estar seguro de antemano de que, si al sacar la segunda papeleta el pescador, le toca la horca, se le ahorcará sin remisión! ¡Y así serás tú el causante de su muerte!" Y Giafar contestó: "¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! que la muerte del desdichado es preferible a su vida!"

Y el califa dijo: "¡Sea! ¡Que saque, entonces, otra papeleta!"

Pero Califa exclamó, encarándose con el califa: "¡Oh clarinete funesto, que Alah te recompense por tu liberalidad! pero dime, ¿es que no podrías encontrar en Bagdad otra persona más que yo para hacerle experimentar tan agradable prueba? ¿0 acaso yo sólo estoy disponible en todo Bagdad?"

Pero Giafar se acercó a él, y le dijo: "¡Coge otra papeleta, y Alah te la elegirá!"

Entonces Califa metió la mano en la jofaina de oro, y al cabo de un momento, sacó una papeleta en blanco. Y el califa dijo: "¡Ya lo estás viendo! ¡La fortuna de este pescador no le espera entre nosotros! ¡Dile, pues, ahora que se quite de mi vista cuanto antes! ¡Ya estoy harto de verle!"

Pero Giafar dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡te conjuro, por méritos sagrados de tus santos antecesores los Puros, a que permitas al pescador que saque la tercera papeleta! ¿Quién sabe si encontrará así con qué no morir de hambre?" Y contestó Al-Raschid: "¡Bueno! ¡Que coja, pues, la tercera papeleta, pero nada más!"

Y Giafar dijo a Califa: "¡Anda, oh pobre! coge la tercera y última...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.



Y cuando llegó la 569ª noche

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Ella dijo:

¡... Anda, ¡oh pobre! coge la tercera y última!" Y una vez más sacó un papel Califa, y cogiendo la papeleta, Giafar leyó en voz alta: "¡Un dinar al pescador!"

Al oír estas palabras, exclamó Califa el pescador: "¡Maldición sobre ti, oh clarinete funesto! ¡Un dinar por cien palos! ¡Vaya una generosidad!

¡Así te recompense Alah el día del Juicio!"

Y el califa se echó a reír con toda su alma, y Giafar, que al fin y al cabo había conseguido distraerle, cogió de la mano al pescador Califa y le hizo salir de la sala del trono.

Cuando Califa llegó a la puerta del palacio, se encontró con el eunuco Sándalo, que le llamó y le dijo: "¡Ven, Califa! ¡Ven a hacernos participar de la gratificación que te haya dado la generosidad del Emir de los Creyentes!"

Y le contestó Califa: "¡Ah! ¿quieres participar de ella, negro de brea?

¡Ven, pues, a recibir la mitad de cien palos sobre tu piel negra, antes de que Eblis te los administre en el infierno! ¡Toma ahora el dinar que me ha dado tu amo el tañedor de clarinete!"

Y le tiró a la cara el dinar que Giafar le puso en la mano, y quiso trasponer la puerta para marcharse por su camino. Pero el eunuco echó a correr detrás de él, y sacando del bolsillo una bolsa con cien dinares, se la ofreció a Califa, diciéndole: "¡Oh pescador, toma estos cien dinares para pago del pescado que te compré ayer! ¡Y vete en paz!"

Y al ver aquello, Califa se alegró mucho y tomó la bolsa con los cien dinares y también el dinar que le dió Giafar, y olvidando su mala suerte y el trato que acababa de sufrir, se despidió del eunuco y se volvió a su casa, lleno de gloria y en el límite de la satisfacción.

Y ahora...

Como cuando Alah decreta una cosa la ejecuta siempre, y aquella vez su decreto se refería precisamente a Califa el pescador, hubo de cumplirse su voluntad. En efecto, al atravesar los zocos de regreso para su casa, Califa se vió detenido, ante el mercado de los esclavos, por un corro considerable de personas que miraban todas al mismo punto

Y se preguntó Califa: "¿Qué mira así este tropel de gente?" E impulsado por la curiosidad, apartó la multitud empujando a mercaderes y corredores, a ricos y a pobres, quienes se echaban a reír cuando le reconocían, diciéndose unos a otros: "¡Paso! ¡dejad paso al opulento valiente que va a comprar todo el mercado! ¡Paso al sublime Califa, maestro de taladradores!"

Y Califa, sin desconcertarse y animado al sentirse provisto de los dinares de oro que llevaba en su cinturón, llegó en medio de la primera fila y miró para ver de qué se trataba. Y vió a un anciano que tenía delante de sí un arca en el cual estaba sentado un esclavo. Y aquel anciano recitaba a voces un pregón que decía: "¡Oh mercaderes! ¡oh gente rica! ¡oh nobles habitantes de nuestra ciudad! ¿quién de vosotros quiere colocar su dinero en un negocio que le rentará un ciento por ciento, si compra con su contenido, que ignoramos, esta arca de buen origen, procedente del palacio de Sett Zobeida, hija de Kassem, esposa del Emir de los Creyentes? ¡Ofreced por él! ¡Y que Alah bendiga al que más ofrezca!" Pero un silencio general respondió a su llamamiento, porque los mercaderes no se atrevían a aventurar una suma de dinero en aquella arca cuyo contenido ignoraban, ¡y mucho se temían que hubiese dentro alguna superchería!

Pero uno de ellos alzó por fin la voz, y dijo: "¡Por Alah, que es muy aventurado el trato! ¡Y se corre mucho riesgo! ¡Sin embargo, voy a hacer una oferta, a condición de que no se me reproche por ella! ¡Voy a decir una palabra, y nada de censuras para conmigo!

¡Hela aquí! ¡veinte dinares, y ni uno más!"

Pero inmediatamente pujó otro mercader, y dijo: "¡Es mío por cincuenta!" Y pujaron otros mercaderes; y las ofertas llegaron a cien dinares.

Entonces gritó el subastador: "¿Hay quien puje más entre vosotros, ¡oh mercaderes!? ¿Quién da más? ¡Cien dinares! ¿Quién da más?" Entonces alzó la voz Califa, y dijo: "¡Es mío por cien dinares y un dinar!"

Al oír estas palabras de Califa, los mercaderes, que sabían estaba tan limpio de dinero como una alfombra, sacudida y golpeada; creyeron que bromeaba, y se echaron a reír. Pero Califa se quitó el cinturón, y repitió con voz más fuerte y furiosa: "¡Cien dinares y un dinar!" Entonces, a pesar de las risas de los mercaderes, el subastador dijo: "¡Por Alah, que te pertenece el arca! ¡Y sólo a él se la vendo!"

Luego añadió: "Toma. ¡oh pescador! ¡paga los ciento y uno, y llévate el arca con su contenido! ¡Alah bendiga la venta! ¡Y sea contigo la prosperidad merced a esta compra!"

Y Califa vació entre las manos del subastador su cinturón, que contenía los cien dinares y un dinar juntos; y la venta se hizo con pleno consentimiento mutuo de ambas partes. Y el arca quedó desde entonces como propiedad de Califa el pescador.

Entonces, viendo ultimada la venta, todos los cargadores del zoco se precipitaron sobre, el cofre, regañando por quien conseguiría llevárselo para ganar su salario. Pero aquello no entraba en los cálculos del desventurado Califa, que con aquella compra se había privado de cuanto dinero poseía, ¡y no llevaba encima ni conque comprar una cebolla! Y los cargadores continuaban pegándose a más y mejor y quitándose el arca unos a otros hasta que los mercaderes intervinieron para separarlos, y dijeron: "¡Ha llegado primero el cargador Zoraik! ¡A él, pues, le corresponde el arca!" Y ahuyentaron a todos los cargadores, excepción hecha de Zoraik, y a pesar de las protestas de Califa, que quería llevar él mismo el arca, se la cargaron a la espalda del cargador, y le dijeron que siguiera con su carga a su amo Califa.

Y el cargador echó a andar detrás de Califa con el arca a la espalda...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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