Make your own free website on Tripod.com








Pero cuando llegó la 313ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

... que me sentó muy bien.

Reanimado ya por las fricciones y el masaje que tuvo la bondad de darme el anciano, pude sentarme, pero sin recobrar todavía el uso de la palabra.

Entonces el anciano me cogió del brazo y me llevó suavemente al hammam, en donde me hizo tomar un baño excelente, que acabó de resistirme el alma; después me hizo aspirar perfumes exquisitos y me los echó por todo el cuerpo, y me llevó a su casa.

Cuando entré en la morada de aquel anciano, toda su familia se alegró mucho de mi llegada, y me recibió con gran cordialidad y demostraciones amistosas. El mismo anciano me hizo sentar en medio del diván de la sala de recepción, y me dio a comer cosas de primer orden, y a beber un agua agradable perfumada con flores. Después quemaron incienso a mi alrededor, y los esclavos me trajeron agua caliente y aromatizada para lavarme las manos, y me presentaron servilletas ribeteadas de seda, para secarme los dedos, las barbas y la boca. Tras de lo cual, el anciano me llevó a una habitación muy bien amueblada, en donde quedé solo, porque se retiró con mucha discreción. Pero dejó a mis órdenes varios esclavos, que de cuando en cuando iban a verme por si necesitaba sus servicios.

Del propio modo me trataron durante tres días, sin que nadie me interrogase ni me dirigiera ninguna pregunta, y no dejaban que careciese de nada, cuidándome con mucho esmero, hasta que recobré completamente las fuerzas, y mi alma y mi corazón se calmaron y refrescaron. Entonces, o sea la mañana del cuarto día, el anciano se sentó a mi lado, y después de las zalemas, me dijo:

"¡Oh huésped, cuánto placer y satisfacción hubo de proporcionarnos tu presencia! ¡Bendito sea Alah, que nos puso en tu camino para salvarte del abismo! ¿Quién eres y de dónde vienes?"

Entonces di muchas gracias al anciano por el favor enorme que me había hecho salvándome la vida y luego dándome de comer excelentemente, y de beber excelentemente, y perfumándome excelentemente, y le dije: "¡Me llamo Sindbad el Marino! ¡Tengo este sobrenombre a consecuencia de mis grandes viajes por mar y de las cosas extraordinarias que me ocurrieron, y que si se escribieran con agujas en el ángulo de un ojo, servirían de lección a los lectores atentos!" Y le conté al anciano mi historia desde el principio hasta el fin, sin omitir detalle.

Quedó prodigiosamente asombrado entonces el jeique, y estuvo una hora sin poder hablar, conmovido por lo que acababa de oír. Luego levantó la cabeza, me reiteró la expresión de su alegría por haberme socorrido, y me dijo:

"¡Ahora, ¡oh huésped mío! si quisieras oír mi consejo, venderías aquí tus mercancías, que valen mucho dinero por su rareza y calidad!"

Al oír las palabras del viejo, llegué al límite del asombro, y no sabiendo lo que quería decir ni de qué mercancías hablaba, pues yo estaba desprovisto de todo, empecé por callarme un rato, y como de ninguna manera quería dejar escapar una ocasión extraordinaria que se presentaba inesperadamente, me hice el enterado, y contesté: "¡Puede que sí!" Entonces el anciano me dijo: "No te preocupes, hijo mío, respecto a tus mercaderías. No tienes más que levantarte y acompañarme al zoco. Yo me encargo de todo lo demás. Si la mercancía, subastada, produce un precio que nos convenga, lo aceptaremos, si no, te haré el favor de conservarla en mi almacén hasta que suba en el mercado. ¡Y en tiempo oportuno podremos sacar un precio más ventajoso!"

Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo; pero no lo di a entender, sino que pensé: "¡Ten paciencia, Sindbad, y ya sabrás de qué se trata!" Y dije al anciano: "¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco! ¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte, después de cuanto por mí hiciste, me conformaré con tu voluntad!"

Y me levanté inmediatamente y le acompañé al zoco.

Cuando llegamos al centro del zoco en que se hacía la subasta pública, ¡cuál no sería mi asombro al ver mi balsa transportada allí y rodeada de una multitud de corredores y mercaderes que la miraban con respeto y moviendo la cabeza. Y por todas partes oía exclamaciones de admiración:

"¡Ya Alah! ¡Qué maravillosa calidad de sándalo! ¡En ninguna parte del mundo la hay mejor!" Entonces comprendí cuál era la mercancía consabida, y creí conveniente para la venta tomar un aspecto digno y reservado.

Pero he aquí que enseguida el anciano protector mío, aproximándose al jefe de los corredores, le dijo: "¡Empiece la subasta!"

Y se empezó con el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor exclamó: "¡A mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores!" Entonces gritó el anciano: "¡La compro en dos mil!" Y otro gritó: "¡En tres mil!" Y los mercaderes siguieron subiendo el precio hasta diez mil dinares. Entonces se encaró conmigo el jefe de los corredores y me dijo: "¡Son diez mil; ya no puja nadie!" Y yo dije: "¡No la vendo a ese precio!"

Entonces mi protector se me acercó y me dijo: "¡Hijo mío, el zoco, en estos tiempos, no anda muy próspero, y la mercancía ha perdído algo de su valor! Vale más que aceptes el precio que te ofrecen.

Pero yo, si te parece, voy a pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez mil cien dinares?"

Yo contesté: "¡Por Alah! mi buen tío sólo por ti lo hago para agradecer tus beneficios. ¡Consiento en dejártelo por esa cantidad!"

Oídas estas palabras, el anciano mandó a sus esclavos que transportaran todo el sándalo a sus almacenes de reserva, y me llevó a su casa, en la cual me contó inmediatamente los diez mil cien dinares, y los encerró en una caja sólida cuya llave me entregó, dándome encima las gracias por lo que había hecho en su favor.

Mandó enseguida poner el mantel, y comimos, y bebimos, y charlamos alegremente. Después nos lavamos las manos y la boca, y por fin me dijo: "¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho aceptes!"

Yo le contesté: "¡Mi buen tío, todo te lo concederé a gusto!" El me dijo: "Ya ves, hijo mío, que he llegado a una edad muy avanzada sin tener hijo varón que pueda heredar un día mis bienes. Pero he de decirte que tengo una hija, muy joven aún, llena de encanto y belleza, que será muy rica cuando yo me muera. Deseo dártela en matrimonio, siempre que consientas en habitar en nuestro país y vivir nuestra vida. Así serás el amo de cuanto poseo y de cuanto dirige mi mano. ¡Y me substituirás en mi autoridad y en la posesión de mis bienes!"

Cuando oí estas palabras del anciano, bajé la cabeza en silencio y permanecí sin decir palabra.

Entonces añadió: "¡Créeme, oh hijo mío! que si me otorgas lo que te pido te atraerá la bendición! ¡Añadiré, Para tranquilizar tu alma, que después de mi muerte podrás regresar a tu tierra, llevándote a tu esposa e hija mía! ¡No te exijo sino que permanezcas aquí el tiempo que me quede de vida!"

Entonces contesté: "¡Por Alah, mi tío el jeique, eres como un padre para mí y ante ti no puedo tener opinión ni tomar otra resolución que la que te convenga! Por cada vez que en mi vida quise ejecutar un proyecto, no hube de sacar más que desgracias y decepciones. ¡Estoy, pues, dispuesto a conformarme con tu voluntad!"

Enseguida el anciano, extremadamente contento con mi respuesta, mandó a sus esclavos que fueran a buscar al kadí y a los testigos, que no tardaron en llegar...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 314ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

... al kadí y a los testigos, que no tardaron en llegar. Y el anciano me casó con su hija, y nos dio un festín enorme, y celebró una boda espléndida. Después me llamó y me llevó junto a su hija, a la cual aún no había visto. Y la encontré perfecta en hermosura y gentileza, en esbeltez de cintura y en proporciones. Además, la vi adornada con suntuosas alhajas, sedas y brocados, joyas y pedrerías, y lo que llevaba encima valía millares y millares de monedas de oro, cuyo importe exacto nadie habría podido calcular.

Y cuando la tuve cerca, me gustó. Y nos enamoramos uno de otro. Y vivimos mucho tiempo juntos, en el colmo de las caricias y la felicidad.

El anciano padre de mi esposa falleció al poco tiempo en la paz y misericordia del Altísimo. Le hicimos unos grandes funerales y lo enterramos. Y yo tomé posesión de todos sus bienes, y sus esclavos y servidores fueron mis esclavos y servidores, bajo mi única autoridad. Además, los mercaderes de la ciudad me nombraron su jefe, en lugar del difunto, y pude estudiar las costumbres de los habitantes de aquella población y su manera de vivir.

En efecto, un día noté con estupefacción que la gente de aquella ciudad experimentaba un cambio anual en primavera; de un día a otro mudaban de forma y aspecto: les brotaban alas de los hombros, y se convertían en volátiles. Podían volar entonces hasta lo más alto de la bóveda aérea, y se aprovechaban de su nuevo estado para volar todos fuera de la ciudad, dejando en ésta a los niños y mujeres, a quienes nunca brotaban alas.

Este descubrimiento me asombró al principio, pero acabé por acostumbrarme a tales cambios periódicos. Sin embargo, llegó un día en que empecé a avergonzarme de ser el único hombre sin alas, viéndome obligado a guardar yo solo la ciudad con las mujeres y niños. Y por mucho que pregunté a los habitantes sobre el medio de que habría de valerme para que me saliesen alas en los hombros, nadie pudo ni quiso contestarme. Y me mortificó bastante no ser más que Sindbad el Marino y no poder añadir a mi sobrenombre la condición de aéreo.

Un día, desesperando de conseguir nunca que me revelaran el secreto del crecimiento de las alas, me dirigí a uno, a quien había hecho muchos favores, y cogiéndole del brazo, le dije: "¡Por Alah sobre ti! Hazme siquiera el favor, por los que te he hecho yo a ti, de dejarme que me cuelgue de tu persona, y vuele contigo a través del aire. ¡Es un viaje que me tienta mucho, y quiero añadir a los que realicé por mar!"

Al principio no quiso prestarme atención; pero a fuerza de súplicas acabé por moverle a que accediera. Tanto me encantó aquello, que ni siquiera me cuidé de avisar a mi mujer ni a mi servidumbre; me colgué de él abrazándole por la cintura, y me llevó por el aire, volando con las alas muy desplegadas.

Nuestra carrera por el aire empezó ascendiendo en línea recta durante un tiempo considerable. Y acabamos por llegar tan arriba en la bóveda celeste, que pude oír distintamente cantar a los ángeles y sus melodías debajo de la cúpula del cielo.

Al oír cantos tan maravillosos, llegué al límite de la emoción religiosa, y exclamé: "¡Loor a Alah en lo profundo del cielo! ¡Bendito y glorificado sea por todas las criaturas!"

Apenas formulé estas palabras, cuando mi portador lanzó un juramento tremendo, y bruscamente, entre el estrépito de un trueno precedido de terrible relámpago, bajó con tal rapidez que me faltaba el aire, y por poco me desmayo, soltándome de él con peligro de caer al abismo insondable. Y en un instante llegamos a la cima de una montaña, en la cual me abandonó mi portador dirigiéndome una mirada infernal, y desapareció, tendiendo el vuelo por lo invisible.

Y quedé completamente solo en aquella montaña desierta, y no sabía dónde estaba, ni por dónde ir para reunirme con mi mujer, y exclamé en el colmo de la perplejidad: "¡No hay recurso ni fuerza más que Alah el Altísimo y Omnipotente! ¡Siempre que me libro de una calamidad caigo en otra peor! ¡En realidad merezco todo lo que me sucede!"

Me senté entonces en un peñasco para reflexionar sobre el medio de librarme del mal presente, cuando de pronto vi adelantar hacia mí a dos muchachos de una belleza maravillosa, que parecían dos lunas.

Cada uno llevaba en la mano un bastón de oro rojo, en el cual se apoyaba al andar. Entonces me levanté rápidamente, fui a su encuentro y les deseé la paz.

Correspondieron con gentileza a mi saludo, lo cual me alentó a dirigirles la palabra, y les dije: "¡Por Alah sobre vosotros!, ¡oh maravillosos jóvenes! ¡decidme quiénes sois y qué hacéis!" Y me contestaron: "¡Somos adoradores del Dios verdadero!" Y uno de ellos, sin decir más, me hizo seña con la mano en cierta dirección, como invitándome a dirigir mis pasos por aquella parte, me entregó el bastón de oro, y cogiendo de la mano a su hermoso compañero, desapareció de mi vista.

Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir el camino que se me había indicado, maravillándome al recordar a aquellos muchachos tan hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir súbitamente de detrás de un peñasco una serpiente gigantesca que llevaba en la boca a un hombre, cuyas tres cuartas partes se había ya tragado, y del cual no se veían más que la cabeza y los brazos. Estos se agitaban desesperadamente y la cabeza gritaba:

"¡Oh caminante! ¡Sálvame del furor de esta serpiente y no te arrepentirás de tal acción!" Corrí entonces detrás de la serpiente, y le di con el bastón de oro rojo un golpe tan afortunado, que quedó exánime en aquel momento. Y alargué la mano al hombre trabado y le ayudé a salir del vientre de la serpiente.

Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite de la sorpresa al conocer que era el volátil que me había llevado en su viaje aéreo y había acabado por precipitarse conmigo, a riesgo de matarme, desde lo alto de la bóveda del cielo hasta la cumbre de la montaña en la cual me había abandonado, exponiéndome a morir de hambre y sed.

Pero ni siquiera quise demostrar rencor por su mala acción, y me conformé con decirle dulcemente:

"¿Es así como obran los amigos con los amigos?"

El me contestó: "En primer lugar he de darte las gracias por lo que acabas de hacer en mi favor. Pero ignoras que fuiste tú, con tus invocaciones inoportunas pronunciando el Nombre, quien me precipitaste de lo alto contra mi voluntad. ¡El Nombre produce ese efecto en todos nosotros! ¡Por eso no lo pronunciamos jamás!"

Entonces, yo, para que me sacara de aquella montaña, le dije: "¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo no podía adivinar las consecuencias funestas de mi homenaje al Nombre! ¡Te prometo no volverlo a pronunciar durante el trayecto, si quieres transportarme ahora a mi casa!"

Entonces el volátil se bajó, me cogió a cuestas, y en un abrir y cerrar de ojos me dejó en la azotea de mi casa y se fue a la suya. Cuando mi mujer me vio bajar de la azotea y entrar en la casa después de tan larga ausencia, comprendió cuanto acababa de ocurrir, y bendijo a Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las efusiones del regreso, me dijo: "Ya no debemos tratarnos con la gente de esta ciudad. ¡Son hermanos de los demonios!"

Y yo le dije: "¿Y cómo vivía tu padre entre ellos?" Ella me contestó: "Mi padre no pertenecía a su casta, ni hacía nada como ellos, ni vivía su vida. De todos modos, si quieres seguir mi consejo, lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 315ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

"... lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar esta ciudad impía, no sin haber vendido nuestros bienes, casa y posesiones. Realiza eso lo mejor que puedas, compra buenas mercancías con parte de la cantidad que cobres, y vámonos juntos a Bagdad, tu patria, a ver a tus parientes y amigos, viviendo en paz y seguros, con el respeto debido a Alah el Altísimo".

Entonces contesté oyendo y obedeciendo.

Enseguida empecé a vender lo mejor que pude, pieza por pieza y cada cosa en su tiempo, todos los bienes de mi tío el jeique, padre de mi esposa, ¡difundo a quien Alah haya recibido en su paz y misericordia! Y así realicé en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como muebles y propiedades, y gané un ciento por uno.

Después de lo cual me llevé a mi esposa y las mercancías que había cuidado de comprar, fleté por mi cuenta un barco, que con la voluntad de Alah tuvo navegación feliz y fructuosa, de modo que de isla en isla, y de mar en mar, acabamos por llegar con seguridad a Bassra, en donde paramos poco tiempo. Subimos el río y entramos en Bagdad, ciudad de paz.

Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia mi calle y mi casa, en donde mis parientes nos recibieron con grandes transportes de alegría, y quisieron mucho a mi esposa, la hija del jeique.

Yo me apresuré a poner en orden definitivo mis asuntos, almacené mis magníficas mercaderías, encerré mis riquezas, y pude por fin recibir en paz las felicitaciones de mis parientes y amigos, que calculando el tiempo que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío había durado exactamente veintisiete años desde el principio hasta el fin.

Y les conté con pormenores mis aventuras durante esta larga ausencia, e hice el voto, que cumplo escrupulosamente, como veis, de no emprender en toda mi vida ningún otro viaje ni por mar ni por tierra. Y no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas veces, a pesar de mis reincidencias, me libró de tantos peligros y me reintegró entre mi familia y mis amigos".


Cuando Sindbad el Marino terminó de esta suerte su relato entre los convidados silenciosos y maravillados, se volvió hacia Sindbad el Cargador y le dijo:

"Ahora, Sindbad terrestre, considera los trabajos que pasé y las dificultades que vencí, gracias a Alah, y dime si tu suerte de cargador no ha sido mucho más favorable para una vida tranquila que la que me impuso el Destino.

Verdad es que sigues pobre y yo adquirí riquezas incalculables; pero ¿no es verdad también que a cada uno de nosotros se le retribuyó según su esfuerzo?"

Al oír estas palabras, Sindbad el Cargador fue a besar la mano de Sindbad el Marino, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti!, ¡oh mi amo! perdona lo inconveniente de mi canción!"

Entonces Sindbad el Marino mandó poner el mantel para sus convidados, y les dio un festín que duró treinta noches. Y después quiso tener a su lado, como mayordomo de su casa, a Sindbad el Cargador. Y ambos vivieron en amistad perfecta y en el límite de la satisfacción, hasta que fue a visitarlos aquella que hace desvanecerse las delicias, rompe las amistades, destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga muerte. ¡Gloria al Eterno, que no muere jamás!


Cuando Schehrazada, la hija del visir, acabó de contar la historia de Sindbad el Marino, sintióse un tanto fatigada, y como veía acercarse la mañana y no quería, por su discreción habitual, abusar del permiso concedido, se calló sonriendo.

Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con los ojos muy abiertos había oído la historia pasmosa, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió a abrazar a su hermana, diciéndole: "¡Oh Schehrazada, hermana mía! ¡cuán suaves, y puras, y gratas, y deliciosas para el paladar, y cuán sabrosas en su frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y prodigioso, y temerario era Sindbad el Marino!"

Y Schehrazada sonrió y dijo: "¡Sí, hermana mía; pero eso no es nada comparado con lo que os contaré a los dos la próxima noche, si vivo todavía por la gracia de Alah y la voluntad del rey!"


Y el rey Schahriar, que había encontrado los viajes de Sindbad mucho más largos que el que él había hecho con su hermano Schahzamán por la pradera al borde del mar, cuando se les apareció el genni cargado con el cajón, se volvió hacia Schehrazada y le dijo:

"¡Verdaderamente, Schehrazada, no sé qué más historias me podrás contar! ¡De todos modos, quiero una que esté repleta de poemas! ¡Ya me la habías prometido, y parece que olvidas que, si difieres más el cumplimiento de tu promesa, tu cabeza irá a juntarse con las cabezas de tus antecesoras!"

Y Schehrazada dijo: "¡Sobre mis ojos! Precisamente la que te reservo, ¡oh rey afortunado! te satisfará por completo, y en verdad que es mucho más agradable que las que has oído. Puedes juzgar por el título, que es: Historia de la bella Zumurrud (Esmeralda) y Alischar, hijo de Gloria.

Entonces el rey Schahriar dijo para sí: "¡No la mataré hasta después!" Y la cogió en brazos y pasó con ella el resto de la noche.

Por la mañana salió y se fue a la sala de justicia. Y el diwán se llenó con la muchedumbre de visires, emires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el último que entró fue el gran visir, padre de Schehrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado a su hija, a la cual creía aquella vez muerta de veras; pero el rey no le dijo nada de tal asunto, y siguió juzgando y nombrando para los empleos, y destituyendo, y gobernando, y despachando los asuntos pendientes hasta terminar el día. Luego se levantó el diwán, y el rey volvió a palacio, mientras el gran visir seguía perplejo y en el límite extremo del asombro.


Y cuando fue de noche, el rey penetró en la habitación de Schehrazada e hicieron juntos lo que solían.



Pero cuando llegó la 316ª noche

siguiente anterior


Concluída la cosa entre el rey y Schehrazada, la pequeña Doniazada exclamó desde el lugar en que estaba acurrucada:

"¡Te ruego, hermana, me digas a qué esperar para empezar la historia prometida de la bella Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria!"

Y contestó Schehrazada sonriendo: "¡No espero más que la venia de este rey bien educado y dotado de buenos modales!" Entonces contestó el rey Schahriar: "¡Concedida!


Y dijo Schehrazada:


Historia de la bella Zumurrud y de Alischar, hijo de Gloria

siguiente anterior


Se cuenta que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento, había en el país del Khorasán un mercader muy rico que se llamaba Gloria, y tenía un hijo llamado Alischar, hermoso como la luna llena.

Y un día el rico mercader Gloria, ya de muy avanzada edad, se sintió atacado de mortal dolencia. Y llamó a su hijo junto a sí y le dijo: "¡Oh hijo mío! Como está muy próximo el término de mi destino, deseo hacerte un encargo". Muy apesadumbrado, dijo Alischar: "¿Y cuál es, ¡oh padre mío!?"

El mercader Gloria le dijo: "He de encargarte que no te crees nunca relaciones ni frecuentes la sociedad, porque el mundo se puede comparar a un herrero: si no te quema con el fuego de la fragua, o no te saca un ojo o los dos con las chispas del yunque, seguramente te ahogará con el humo. Y además, ha dicho el poeta:


¡Ilusión! ¡No creas que, cuando el Destino te traicione, encontrarás amigos de corazón fiel en tu camino negro!


¡Oh soledad! ¡Cara soledad bendita, al que te cultiva enseñas la fuerza del que no se desvía y el arte de no fiarse más que de sí mismo!


"Otro dijo:


¡Si lo examina tu atención, verás que el mundo es nefasto por sus dos caras: una la constituye la hipocresía, y la otra la traición!


"Otro dijo:


¡En futilidades, tonterías y frases absurdas suele consistir el dominio del mundo! ¡Pero si el Destino coloca en tu camino un ser excepcional, trátale con frecuencia sólo para mejorarte!


Cuando el joven Alischar oyó estas palabras de su padre moribundo, contestó: "¡Oh padre mío, te escucho para obedecerte! ¿Qué más me aconsejas?"

Y dijo Gloria el mercader: "Haz bien, si puedes. Y no esperes que te recompensen con la gratitud o un bien parecido. ¡Oh hijo mío! ¡Desgraciadamente, no todos los días hay ocasión de hacer el bien!" Y Alischar respondió: "¡Escucho y obedezco! ¿Son esos todos tus encargos?" Gloria el mercader dijo: "No derroches las riquezas que te dejo; sólo te considerarán con arreglo al poder que tengas en la mano. Y ha dicho el poeta:


¡Cuando yo era pobre, no tenía amigos; y ahora pululan a mi puerta y me quitan el apetito!


¡Oh! ¡A cuántos feroces enemigos les domó mi riqueza, y cuántos enemigos tendría si mi riqueza disminuyese!"


Después prosiguió el anciano: "No descuides los consejos de la gente de experiencia, ni creas inútil pedir consejo a quien pueda dártelo, pues el poeta ha dicho:


¡Junta tu idea con la idea del consejero, para asegurar mejor el resultado! ¡Cuando quieras mirarte el rostro, te bastará con un espejo, pero si quieres mirar tu oscuro trasero, no podrás verlo sino con la combinación de dos espejos!


"Además, hijo mío, ¡tengo que darte un último consejo: ¡huye del vino! Es causa de todos los males. Te expones a perder la razón y a ser objeto de befa y de desdén.

"Tales son mis encargos en el umbral de la muerte. ¡Oh hijo mío, acuérdate de mis palabras! Sé un hijo excelente, y acompáñete mi bendición toda la vida".

Y tras de hablar así, el anciano mercader Gloria cerró un momento los ojos y se recogió. Luego levantó el índice hasta la altura de los ojos y pronunció su acto de fe. Después de lo cual falleció en la misericordia del Altísimo.

Fue llorado por su hijo y por toda su familia, y le hicieron funerales, a los cuales asistieron los más altos y los más bajos, los más ricos y los más pobres. Y cuando se le enterró, inscribieron estos versos en la losa de su tumba:


¡Nací del polvo, al polvo vuelvo y polvo soy! ¡Nadie sabrá nada de mis sentimientos ni experiencias! ¡Es como si no hubiera vivido nunca!


Hasta aquí en cuanto al mercader Gloria. Ocupémonos ahora de Alischar, hijo de Gloria.


Muerto su padre, siguió Alischar comerciando en la tienda principal del zoco, y cumplió a conciencia los encargos paternales, especialmente en lo que se refería a sus relaciones con los demás. Pero al cabo de un año y un día, que transcurrieron con exactitud hora tras hora, se dejó tentar por jóvenes pérfidos, hijos de zorra, adulterinos sin vergüenza. Y alternó hasta el frenesí con ellos, y conoció a sus astutas madres y hermanas, hijas de perro. Y se sumergió hasta el cuello en el libertinaje, y nadó en el vino y en el despilfarro, caminando por vía bien opuesta al camino recto. Porque como no estaba a la sazón sano de espíritu, se hacía este menguado razonamiento: "Ya que mi padre me ha dejado todas sus riquezas, me conviene utilizarlas para que no las hereden otros. Y quiero aprovechar el momento y el placer que pasan, pues no he de vivir dos veces".

Y le pareció tan bien este razonamiento, y siguió Alischar juntando con tanta regularidad la noche y el día por sus extremos, sin escatimar ningún exceso, que pronto vióse reducido a vender la tienda, la casa, los muebles y hasta la ropa, y no le quedó más que lo que llevaba encima.

Entonces pudo ver claro y evidente cómo había procedido, y cerciorarse de la excelencia de los consejos de su padre Gloria. Todos los amigos a quienes trató con fastuosidad antes y a cuya puerta fue a llamar sucesivamente, encontraron algún motivo para despedirle. Así es que, reducido al límite extremo de la miseria, se vio obligado, un día en que no había comido nada desde la víspera, a salir del miserable khan en que se alojaba, y a mendigar de puerta en puerta por las calles.

De este modo llegó a la plaza del mercado, en la cual vió una gran muchedumbre formando corro. Quiso acercarse para averiguar lo que ocurría, y en medio del círculo formado por mercaderes, corredores y compradores, vio...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Pero cuando llegó la 317ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

... en medio del círculo formado por mercaderes, corredores y compradores, vio a una joven esclava blanca, de elegante y delicioso aspecto, con una estatura de cinco palmos, con rosas por mejillas, pechos bien sentados, ¡qué trasero! Sin temor a engañarse, se le podrían aplicar estos versos del poeta:


¡Ha salido sin defecto del molde de la Belleza! ¡Sus proporciones son admirables: ni muy alta ni muy baja; ni muy gruesa ni muy flaca; y redondeces por todas partes!


¡Así es que la misma Belleza se enamoró de su imagen, realzada por el ligero velo que sombreaba sus facciones modestas y altivas a la vez!


¡La luna es su rostro; la rama flexible que ondula, su cintura; y su aliento, el suave perfume del almizcle!


¡Parece formada de perlas líquidas; porque sus miembros son tan lisos, que reflejan la luna de su rostro, y también parecen formados por lunas!


Pero ¿dónde está la lengua que pudiera describir el milagro de claridad que constituye su trasero brillante...?


Cuando Alischar dirigió sus miradas a la hermosa joven, quedó extremadamente maravillado, y ya fuese que permaneciera inmóvil de admiración, ya que quisiera olvidar por un momento su miseria con el espectáculo de la belleza, el caso fue que se metió entre la muchedumbre reunida que preparábase a la venta. Y los mercaderes y corredores que por allí se hallaban, e ignoraban aún la ruina del joven, supusieron que había ido a comprar la esclava, pues sabían que era muy rico por la herencia de su padre, el síndico Gloria.

Pero pronto se puso al lado de la esclava el jefe de los corredores, y por encima de las cabezas agrupadas, exclamó: "¡Oh mercaderes, dueños de riquezas, ciudadanos o habitantes libres del desierto, el que abra la puerta de la subasta no ha de incurrir en censura! ¿He aquí ante vosotros la soberana de todas las lunas, la perla de las perlas, la virgen llena de pudor, la noble Zumurrud, incitadora de todos los deseos y jardín de todas las flores! ¡Abrid la subasta!, ¡oh circunstantes! ¡Nadie censurará a quien abra la subasta! ¡He aquí ante vosotros a la soberana de todas las lunas, a la pudorosa virgen Zumurrud, jardín de todas las flores!"

En seguida uno de los mercaderes gritó: "¡Abro la subasta con quinientos dinares!" Otro dijo: "¡Diez más!" Entonces gritó un viejo deforme y asqueroso, de ojos azules y bizcos, que se llamaba Rachideddín: "¡Cien más!" Pero dijo una voz: "¡Cien más todavía!" En aquel momento, el viejo de ojos azules y feos, pujó mucho de pronto, gritando: "¡Mil dinares!"

Entonces los demás compradores encarcelaron su lengua y guardaron silencio. Y el pregonero se volvió hacia el dueño de la esclava joven y le preguntó si le convenía el precio ofrecido por el viejo y si había que cerrar el trato. Y el dueño de la esclava respondió: "¡Conforme! Pero antes tiene que consentir mi esclava también, pues le he jurado no cederla más que al comprador que le guste. Por consiguiente, has de pedirle el consentimiento, ¡oh corredor!" Y el corredor se acercó a la hermosa Zumurrud, y le dijo: "¡Oh soberana de las lunas! ¿quieres pertenecer a ese venerable anciano, el jeique Rachideddín?"

Al oír estas palabras, la hermosa Zumurrud dirigió una mirada al individuo que le indicaba el corredor, y le encontró tal como acabamos de describirle. Y apartóse con un ademán de repugnancia y exclamó: "¿No conoces, ¡oh jefe corredor! lo que decía un poeta viejo, aunque no tan repulsivo como éste? Pues escucha:


Le pedí un beso. Ella me miró. ¡Y su mirada no fue de odio ni de desdén, sino de indiferencia!


¡Sin embargo, sabía que yo era rico y considerado! Pasó y cayeron de un pliegue de su boca estas palabras:


"!No me agradan las canas; no me gusta poner algodón mojado entre mis labios"!


Al oír estos versos, dijo el corredor a Zumurrud:

"¡Por Alah! ¡Razón tienes para rechazarle! ¡Además, mil dinares no son bastante precio! ¡En mi opinión, vales diez mil!"

Volvióse luego hacia la multitud de compradores y preguntó si no deseaba otro a la esclava por el precio ya ofrecido. Entonces se acercó un mercader y dijo: "¡Yo!" Y la hermosa Zumurrud le miró, y vio que no era asqueroso como el viejo Rachideddín, y que sus ojos no eran azules ni bizcos; pero notó que se teñía de colorado la barba, a fin de parecer más joven de lo que era. Entonces exclamó: "¡Qué vergüenza enrojecer y ennegrecer así la faz de la ancianidad!" E inmediatamente improvisó estos versos:


¡Oh tú que estas enamorado de mi cintura y de mi rostro, no lograrás atraer mis miradas por mucho que te disfraces con colores ajenos!


¡Tiñes de oprobio tus canas, sin lograr ocultar tus defectos!


¡Cambias de barbas como cambias de cara, y te conviertes en tal espantajo, que si te mirase una mujer preñada, abortaría!


Oídos estos versos por el jefe de los corredores, le dijo a Zumurrud: "¡Por Alah! ¡La verdad está contigo!" Pero como no fue aceptada la segunda proposición, se adelantó un tercer mercader y dijo al corredor: "Ofrezco el mismo precio. ¡Pregúntale si me acepta!" Y el corredor interrogó a la hermosa joven, que miró entonces al hombre consabido.

Y vio que era tuerto, y se echó a reír, diciendo: "¿No sabes, ¡oh corredor! las frases del poeta acerca del tuerto? Pues óyelas:


'Créeme, amigo: no seas nunca compañero de un tuerto, y desconfía de sus embustes y de su falsedad!


¡Tan poco se ganará tratándole, que Alah se cuidó de sacarle un ojo para que inspirara desconfianza!


Entonces el corredor le indicó un cuarto comprador, y le preguntó: "¿Quieres a éste?"


Zumurrud lo examinó, y vio que era un hombrecillo chico, con una barba que le llegaba al ombligo, y dijo en seguida: "¡En cuanto a ese barbudillo, mira cómo lo describe el poeta:


¡Tienes una barba prodigiosa, que es planta inútil y molesta, triste como una noche de invierno, larga, fría y oscura!"


Cuando el corredor vio que no aceptaba a ninguno de los que espontáneamente brindábanse a comprarla, dijo a Zumurrud: "¡Oh mi señora! mira a todos esos mercaderes y nobles compradores, y dime cuál tiene la suerte de gustarte, para que te ofrezca a él en venta".

Entonces la hermosa joven miró uno por uno con la mayor atención a todos los circunstantes, y acabó por fijar su mirada en Alischar, hijo de Gloria. Y el aspecto del joven la inflamó súbitamente con el amor más violento, porque Alischar, hijo de Gloria, era en verdad de una belleza extraordinaria, y nadie le podía ver sin sentirse inclinado hacia él con ardor. Así es que la joven Zumurrud se apresuró a señalárselo al corredor, y dijo:

"¡Oh corredor! quiero a ese joven de rostro gentil y cintura ondulante, pues lo encuentro delicioso y de sangre simpática, más ligera que la brisa del Norte; y de él dijo el poeta:


¡Oh jovencillo! ¿Cómo te olvidarán los que hayan visto tu belleza?


¡Dejen de mirarte quienes deploran los tormentos con que llenas el corazón!


¡Los que quieran preservarse de tus encantos prodigiosos, cubran con un velo tu hechicera cara!


"Y también de él dijo otro poeta:


¡Oh señor mío, compréndelo! ¿Cómo no amarte? ¿No es esbelta tu cintura y combados tus riñones?


¡Compréndelo!, ¡oh señor mío! ¿No es patrimonio de sabios, de gente exquisita y de espíritus delicados el amor a cosas tales?


"Un tercer poeta ha dicho:


¡Sus mejillas están llenas y lisas; su saliva leche dulce al beberla, es un remedio para las enfermedades; su mirada hace soñar a los prosistas y a los poetas, y sus proporciones dejan perplejos a los arquitectos!


"Otro ha dicho:


¡El licor de sus labios es un vino enervante; su aliento tiene el perfume del ámbar y sus dientes son granos de alcanfor!


¡Por eso Raduán, guardián del Paraíso, le rogó que se fuera, temeroso de que sedujese a las huríes!


¡La gente tosca y de entendimiento torpe deplora sus gestos y su conducta! ¡Como si la luna no fuera bella en todos sus cuartos, como si su marcha no fuera armoniosa en todas las partes del cielo!


"Otro poeta ha dicho también:


¡Por fin consintió en conceder una cita ese cervatillo de cabellera rizada, y de mejillas llenas de rosas y mirada encantadora! ¡Y aquí estoy, puntual, con el corazón alborotado y el mirar anhelante!


¡Me prometió esta cita, cerrando los ojos para decirme que sí! Pero si sus párpados están cerrados, ¿cómo podrán cumplir su promesa?


"Dijo de él otro, por último:


Tengo amigos poco sagaces, que me han preguntado: "¿Cómo puedes querer apasionadamente a un joven cuyas mejillas sombrea ya un bozo tan fuerte?"


Yo les dije: "¡Cuán grande es vuestra ignorancia! ¡Los frutos del jardín del Edén se cogieron en sus hermosas mejillas! ¿Cómo hubieran podido dar esas mejillas tan hermosos frutos si no fueran ya frondosas?"


Maravilladísimo quedó el corredor al advertir tanto talento en esclava tan joven, expresó su asombro al propietario, que le dijo: "Comprendo que te pasmen tanta belleza y tan agudo ingenio. Pero sabe que esta milagrosa adolescente, que avergüenza a los astros y al sol, no se contenta con conocer los poetas más delicados y complicados, ni con ser una constructora de estrofas, sino que además sabe escribir con siete plumas los siete caracteres diferentes, y sus manos son más preciosas que todo un tesoro. Conoce, en efecto, el arte del bordado y de tejer la seda, y toda alfombra o cortinajes que sale de sus manos se tasa en el zoco a cincuenta dinares. Observa también que en ocho días tiene tiempo sobrado para terminar la alfombra más hermosa o el más suntuoso cortinaje. ¡De modo que, sin duda alguna, quien la compre habrá recuperado a los pocos meses su dinero!"

Oídas estas palabras, el corredor levantó los brazos admirado, y exclamó: "¡Oh, dichoso aquel que tenga esta perla en su morada, y la conserve como el tesoro más oculto!"

Y se acercó a Alischar, hijo de Gloria, señalado por la joven, se inclinó ante él hasta el suelo, le cogió la mano y se la besó, y luego dijo...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

siguiente anterior