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Y cuando llegó la 96ª noche

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Ella dijo:

En cuanto al gran chambelán y las tropas musulmanas, apenas amaneció levantaron las tiendas y emprendieron el camino de Constantinia.

Mientras tanto, la Madre de todas las Calamidades no perdía el tiempo. Apenas partió el ejército, sacó un par de palomas mensajeras, y ató al cuello de cada paloma una carta dirigida al rey Afridonios, enterándole de cuanto acababa de hacer, y le decía: "Por lo tanto, hay que enviar en seguida al monasterio diez mil guerreros entre los más valientes. Y cuando hayan llegado al pie de la montaña que me esperen allí, pues les entregaré a los dos reyes, al visir y a los cien guerreros musulmanes. Pero debo advertirte que mi ardid no puede realizarse sin que perezca el monje Matruna, guardián del monasterio; de modo que lo sacrificaré al bien común de los ejércitos cristianos, pues la vida de un fraile no es nada comparada con la salvación de la cristiandad.

"¡Y alabado sea Cristo nuestro Señor, al principio y al fin!"

Las palomas mensajeras llegaron a la torre más alta de Constantinia, y el domesticador cogió las cartas que llevaban colgadas del cuello, y fué a entregárselas al rey Afridonios. Y apenas las leyó el rey dispuso que se reunieran los diez mil soldados, les dió a cada uno un camello de carrera y un mulo para llevar el botín que habían de ganar al enemigo, y les mandó dirigirse apresuradamente hacia el monasterio.

En cuanto al rey Daul'makán, Scharkán, el visir y los cien guerreros, al llegar al pie de la montaña tuvieron que subir solos al monasterio, pues la Madre de todas las Calamidades les dijo: "Subid primero vosotros, y cuando os apoderéis del monasterio, subiré yo para enteraros dónde están los tesoros ocultos".

Y llegaron al monasterio, escalaron los muros y saltaron al jardín. Al oír ruido acudió el monje Matruna, y todo acabó para él, pues Scharkán gritó a sus guerreros: "¡Sus a ese perro maldito!" Y en seguida lo atravesaron cien golpes. Y su alma descreída se exhaló por el trasero, y fué a sumergirse en el fuego del infierno. En seguida los musulmanes empezaron a saquear el monasterio. Asaltaron primeramente el recinto sagrado donde depositan los cristianos sus ofrendas, y encontraron allí, colgada de los muros, una cantidad enorme de joyas y objetos valiosos, muchos más de los que había dicho el anciano asceta. Y llenaron cajones y sacos, y los cargaron en los mulos y camellos.

Pero no hallaron ni rastro de la joven Tamacil, ni de los diez jóvenes tan hermosos como ella, ni del lamentable Dequianos, general de los monjes. Pensaron, pues, que la joven habría salido a pasearse o que estaría oculta en alguna habitación, y registraron todo el monasterio. Y como no la encontraran, estuvieron aguardándola dos días; pero la joven no apareció. Entonces, impaciente, Scharkán acabó por decir: "¡Oh hermano mío! ¡mi corazón y mi pensamiento están con los guerreros del Islam que hemos enviado a Constantinia, y de los cuales nada sabemos!"

Y Daul'makán dijo: "Creo que debemos renunciar a la joven Tamacil y a sus compañeros, pues hemos aguardado bastante. Y ya que hemos cargado nuestros mulos y nuestros camellos, contentémonos con lo que Alah ha querido darnos. ¡Y vamos a reunirnos con nuestras tropas, para aplastar a los infieles con auxilio de Alah y tomarles Constantinia!"

Entonces fueron a buscar al asceta al pie de la montaña y emprendieron el camino para reunirse con el ejército. Pero apenas habían entrado en el valle, aparecieron en las alturas los guerreros cristianos, que lanzando su grito de guerra, empezaron a bajar hacia ellos para envolverlos. Al ver esto, exclamó Daul'makán: "¿Quién habrá podido avisar a los cristianos nuestra presencia en el monasterio?"

Pero Scharkán le dijo: "¡Oh hermano mío! no podemos perder el tiempo en conjeturas; desenvainemos, y aguardemos a pie firme a esos perros malditos, y hagamos en ellos tal matanza, que ni uno pueda escaparse".

Y Daul'makán exclamó: "¡De haberlo previsto, habríamos traído mayor número de soldados!" Entonces dijo el visir Dandán: "Aunque tuviéramos diez mil hombres, no nos servirían en esta angosta garganta. Pero Alah nos sacará de este mal paso. Porque cuando peleamos por aquí a las órdenes del difunto rey Omar Al-Nemán, aprendimos todas las salidas de este valle. ¡Seguidme, pues, antes de que esos malditos nos cierren todas las salidas!"

Y cuando iban a salvarse, apareció ante ellos el asceta, y les gritó: "¿Por qué huís ante el enemigo? ¿No sabéis que vuestra vida está en manos de Alah, el único que os la puede arrebatar y os la puede quitar? Aquí me tenéis a mí: me encerraron en un subterráneo, y he sobrevivido porque El lo quiso. ¡Adelante, pues, musulmanes! ¡Y si la muerte está ahí, el Paraíso os aguarda!"

Al oír estas palabras, sintieron renacer su valor, y aguardaron a pie firme al enemigo, que se precipitaba sobre ellos. Sólo eran ciento tres los musulmanes; pero, ¿no vale un creyente por mil infieles? Y efectivamente, apenas estuvieron los cristianos al alcance de sus lanzas y de sus espadas, comenzó el vuelo de cabezas.

Y Daul'makán y Scharkán a cada tajo lanzaban por el aire cinco cabezas cortadas. Los infieles se arrojaron sobre ellos de diez en diez, y saltaron entonces diez cabezas a cada golpe. Hicieron, pues, una gran carnicería, hasta que la noche separó a los combatientes.

Entonces los creyentes y sus tres jefes se retiraron a una caverna, para resguardarse aquella noche. Y buscaron inútilmente al asceta; y después de haberse contado, vieron que sólo eran cuarenta y cinco los supervivientes. Y Daul'makán dijo: "Acaso el asceta haya muerto en el combate".

Pero el visir exclamó: "¡Oh rey! He visto a ese asceta durante la batalla, y creo que excitaba contra nosotros a los infieles. ¡Y parecía un efrit negro de la clase más espantosa!"

Pero entonces se presentó el asceta en la entrada de la gruta, asiendo de los pelos una cabeza cortada, cuyos ojos se movían convulsos. Y era la cabeza del general en jefe del ejército cristiano, guerrero muy terrible.

Los dos hermanos se pusieron de pie, y gritaron: "¡Gloria a Alah, que te ha salvado, ¡oh santo asceta! y te ha devuelto a nuestra veneración!" Entonces aquella maldita repuso: "¡Oh mis queridos hijos! quise morir en la pelea, y me arrojé entre los combatientes; pero los infieles me respetaban y apartaban sus aceros de mi pecho. Entonces aproveché esta confianza para acercarme a su jefe, y de un solo sablazo, con auxilio de Alah, le corté la cabeza. ¡Y esa cabeza os la traigo aquí, para alentaros contra ese ejército sin jefe! En cuanto a mí..."


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 97ª noche

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Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la vieja Madre de todas las Calamidades prosiguió de este modo: "En cuanto a mí, me marcho corriendo hasta los muros de Constantinia, y os enviaré refuerzos que os saquen de entre las manos de esos descreídos. ¡Fortaleced, pues, vuestra alma, y mientras llegan vuestros hermanos, calentad vuestros alfanjes con la sangre de los infieles, para ser grato al Supremo Señor de los ejércitos!" Y los dos hermanos besaron las manos del asceta, le dieron las gracias por su abnegación, y le dijeron: "¿Y cómo vas a salir de aquí, cuando nos cercan completamente los cristianos?" Pero la maldita vieja contestó: "¡Alah me ocultará a sus miradas! ¡Y aunque lograran verme, no me harán ningún daño, porque estaré entre las manos de Alah, que protege a sus verdaderos fieles y persigue a los impíos que le niegan!"

Entonces Scharkán dijo: "¡Tus palabras están llenas de verdad, santo asceta! Te he visto luchar heroicamente en medio del combate, y ninguno de esos perros se atrevía a acercarse a ti, ni siquiera a mirarte. Ahora sólo te falta salvarnos de entre sus manos, y cuanto antes marches para buscar auxilio, mejor será. He aquí la noche. ¡Parte a favor de sus tinieblas, bajo la égida de Alah el Altísimo!"

Entonces la maldita vieja trató de llevarse consigo a Daul'makán, para entregárselo a los enemigos. Pero el visir Dandán que desconfiaba de los manejos de aquel asceta, dijo a Daul'makán lo necesario para impedirlo. Y la maldita vieja tuvo que irse sola, echando miradas de odio al visir.

Respecto a la cabeza cortada del general cristiano, la vieja había mentido, pues no había hecho más que cortarle la cabeza después de muerto. El general cristiano había perecido en medio del combate, a manos de uno de los guerreros musulmanes. Y este guerrero musulmán había pagado su hazaña con la vida, pues apenas el jefe cristiano había entregado su alma a los demonios del infierno, los cristianos al ver muerto a su jefe por la lanza del musulmán, se precipitaron sobre él, lo acribillaron a estocadas y lo destrozaron. Y el alma de aquel creyente fué en seguida al Paraíso, entre las manos del Remunerador.

En cuanto a los dos reyes, el visir y los cuarenta y cinco guerreros, que habían pasado la noche en la gruta, se despertaron al amanecer, y cumplieron sus deberes religiosos matutinos, una vez hechas las abluciones prescritas. Después se sintieron reanimados para la lucha, y a la voz de Daul'makán se precipitaron como leones sobre una piara de cerdos. E hicieron una carnicería en sus numerosos enemigos; las espadas chocaban con las espadas, las lanzas con las lanzas, y las azagayas rasgaban las armaduras, pues los guerreros se arrojaron al combate como lobos sedientos de sangre. Y Scharkán y Daul'makán hicieron correr tantas olas de sangre, que el río se desbordó, y hasta desapareció el valle bajo los montones de cadáveres. De modo que a la caída de la noche...


En este momento de su narración, Schehrazada, vió aparacer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 98ª noche

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Ella dijo:

De modo que a la caída de la noche los combatientes tuvieron que separarse; y cada partido regresó a su campamento; y el campamento de los musulmanes seguía siendo aquel escondrijo de la caverna. Y una vez vueltos a la caverna, comprobaron que treinta y cinco de los suyos habían quedado en el campo de batalla, lo cual reducía su número a diez guerreros, además de los dos reyes y el visir, y los dejaba sin más defensa que sus excelentes aceros y el auxilio del Altísimo.

Y Scharkán no pudo menos que exhalar un gran suspiro, y exclamó: "¿Cómo lo haremos ahora?" Pero todos los creyentes le respondieron: "¡Sólo ocurrirá lo que Alah disponga!" Y Scharkán se pasó toda la noche sin dormir.

Pero al amanecer despertó a sus compañeros, y les dijo: "Compañeros, ya no somos más que trece, contando a mi hermano y a nuestro visir. Pienso que sería funesta una salida contra el enemigo, porque a pesar de nuestro valor, no podríamos resistir mucho tiempo a la jauría innumerable de nuestros enemigos, y ninguno de nosotros volvería con su alma. Por lo tanto, nos situaremos espada en mano a la entrada de la gruta, y retaremos al enemigo, y los podremos destrozar cuando entren, puesto que somos más fuertes que ellos. Y así los iremos diezmando, hasta que vengan los refuerzos que nos traerá el asceta.

Y todos contestaron: "Tu idea es excelente y vamos a desarrollarla". Y cinco de los guerreros salieron de la gruta, y desafiaron a gritos a los cristianos. En seguida, al ver que un destacamento de ellos avanzaba hacia aquel lugar, se metieron en la gruta y se apostaron a la entrada, en dos filas.

Y las cosas ocurrieron según había previsto Scharkán: cada vez que los cristianos querían franquear la entrada de la gruta, caían destrozados, y ninguno podía salir ya para avisar a los demás aquel peligro. De modo que este día la matanza de cristianos fué todavía mayor que los otros días, y no se interrumpió hasta que llegaron las tinieblas de la noche. Y así fué como Alah cegó a los impíos, para reconfortar el corazón de sus servidores.

Pero al día siguiente los cristianos celebraron consejo, y dijeron: "Esta lucha no acabará mientras no exterminemos hasta el último de los musulmanes. En vez de tomar esa gruta al asalto, cerquémosla bien con nuestros soldados, rodeémosla de leña y prendámosle fuego para quemarlos vivos. Y si al verse en este peligro se rindieran a discreción, los cogeremos cautivos y los arrastraremos hasta nuestro rey Afridonios de Constantinia. De otro modo los dejaremos convertirse en carbón, para alimentar el fuego del infierno, ¡Y ojalá Cristo los ahume y los maldiga a ellos, a sus ascendientes y a su posteridad, y los convierta en alfombra para los pies de los cristianos!"

Y dicho esto, se apresuraron a hacinar leños alrededor de la gruta...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente aplazó su relato para el otro día.



Y cuando llegó la 99ª noche

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Ella dijo:

Se apresuraron a hacinar leños alrededor de la gruta hasta una altura enorme, y les prendieron fuego.

Los musulmanes acabaron por no poder resistir aquel calor, que aumentando cada vez más, terminó por echarlos, y formando una sola masa se precipitaron afuera. todos, y rápidamente abrieron una brecha a través de las llamas. Pero ¡ay! al otro lado, cuando todavía les cegaba el fuego y el humo, los arrojó el Destino en manos de los enemigos, que quisieron darles muerte en seguida. Pero lo impidió el jefe de los cristianos, y les dijo: "¡Por Cristo! aguardemos a que estén en Constantinia, en presencia del rey Afridonios, que tendrá una gran alegría al verlos prisioneros. ¡Echémosles al cuello las cadenas, y arrastrémoslos detrás de nuestros caballos!"

Los amarraron fuertemente y los dejaron bajo la guardia de algunos guerreros. Después, para festejar aquella captura, el ejército cristiano se puso a comer y beber, y tanto bebieron, que hacia medianoche todos cayeron de espaldas como muertos.

Entonces Scharkán miró a su alrededor, vió aquellos cuerpos tendidos, y dijo a su hermano Daul'makán: "¿Encontraremos algún medio para salir de este mal paso?"

Y Daul'makán contestó: "¡Oh hermano mío! realmente no lo sé, porque henos aquí como pájaros en una jaula".

Y tal rabia le dió a Scharkán, y lanzó tan grande y desesperado suspiro, que aquel esfuerzo considerable hizo crugir y estallar las cuerdas que le ataban. Y al verse libre se puso en pie de un salto y corrió a desatar a su hermano y al visir. En seguida se acercó al jefe de la guardia cristiana, y le quitó las llaves de las cadenas con que estaban sujetos los diez soldados musulmanes, y los libertó también. Y sin perder tiempo, se armaron con las armas de los cristianos borrachos, se apoderaron de sus caballos, y se alejaron silenciosamente, dando gracias a Alah por su salvación.

Y galoparon hasta llegar a lo alto de la montaña, donde Scharkán mandó detenerse un momento, y dijo: "Ahora que con ayuda de Alah estamos seguros, os voy a comunicar una idea". Y todos preguntaron: "¿Cuál es esa idea?" Y dijo Scharkán: "Nos vamos a dispersar por la cumbre de esta montaña, y a gritar con todas nuestras fuerzas: "¡Alahú akbar!" Entonces resonarán las montañas, el valle y las rocas, y los impíos creerán que todo el ejército de los musulmanes se les viene encima, y aturdidos, se matarán unos a otros en medio de las sombras de la noche, y harán en sí mismos una gran carnicería hasta por la mañana".

Y todos obraron así, como había aconsejado Scharkán. Al oír aquellas voces que caían de las montañas, repercutidas mil veces en las tinieblas, los descreídos se levantaron asustados y se pusieron apresuradamente sus armaduras, gritando: "¡Por Cristo! ¡Todo el ejército musulmán está ahí!" Y enloquecidos se arrojaron unos sobre otros, e hicieron en sí mismos una gran carnicería, no cesando hasta por la mañana, cuando los musulmanes se alejaron rápidamente hacia Constantinia.

Y mientras Daul'makán, Scharkán, el visir y los guerreros seguían galopando, vieron levantarse ante ellos una polvareda muy densa...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 100ª noche

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Ella dijo:

Vieron levantarse ante ellos una polvareda muy densa, y oyeron gritar: "¡Alahú akbar! ¡Alahú akbar!" Y a los pocos instantes vieron al ejército musulmán, con los estandartes desplegados, que avanzaba rápidamente hacia ellos. Y bajo los grandes estandartes en que estaban escritas las palabras de la fe: "¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es el profeta de Alah!", aparecieron a caballo, al frente de sus guerreros, los emires Rustem y Bahramán. Y detrás, como olas infinitas, avanzaban los guerreros musulmanes.

En cuanto los emires Rustem y Bahramán vieron al rey Daul'makán, echaron pie a tierra y fueron a prestarle homenaje. Y Daul'makán preguntó: "¿Qué hacen nuestros hermanos los musulmanes?" Y le contestaron: "Están perfectamente frente a los muros de Constantinia. Y nos envía el gran chambelán con 20.000 soldados para socorreros".

Entonces Daul'makán preguntó: "¿Y cómo habéis sabido el peligro que corríamos?" Y ellos dijeron: "Nos lo ha anunciado el venerable asceta, después de andar día y noche, para apremiarnos a fin de que viniésemos en seguida. Y ahora está junto al gran chambelán, y alienta a los creyentes a la lucha contra los infieles encerrados en Constantinia".

Los dos hermanos se alegraron muchísimo al saber estas noticias, dieron gracias a Alah porque el santo asceta había llegado sin contratiempo a Constantinia, y luego enteraron a los dos emires de cuanto había pasado desde su llegada al monasterio. Y les dijeron: "Ahora los infieles, después de haberse diezmado esta noche, estarán espantados al ver su error. Y sin darles tiempo para rehacerse, vamos a echarnos sobre ellos y a exterminarlos, y nos apoderaremos de todo el botín, con las riquezas que sacamos del monasterio".

Y todos los musulmanes, a las órdenes de Daul-makán y Scharkán, se precipitaron como un rayo desde la cumbre de la montaña, y cayeron sobre el campamento de los infieles, esgrimiendo la lanza y el alfanje. Y al fin de la jornada, no quedó ni un solo hombre entre los infieles que pudiese ir a contar el desastre a los que estaban encerrados tras de los muros de Constantinia.

Exterminados los cristianos, se apoderaron los musulmanes de todo el botín y de todas las riquezas, y descansaron aquella noche, celebrando el triunfo y dando gracias a Alah por sus beneficios.

Y al llegar al mañana, Daul'makán dijo a los jefes del ejército: "Marchemos inmediatamente a Constantinia para unirnos al gran chambelán, que sitia la ciudad con un número muy reducido de fuerzas. Pues si los sitiados supieran que estamos aquí, harían una salida, convencidos de cuán inferiores son a ellos en número los musulmanes, y esta salida sería muy funesta para nuestros hermanos.

Y levantaron el campo, marchando apresuradamente hacia Constantinia, mientras Daul'makán, para animar a sus guerreros, improvisó las siguientes estrofas:


¡Oh Señor! No te ofrezco mi alabanza, puesto que eres la gloria y la alabanza, y no has dejado de llevarme de la mano por el camino difícil.


Me diste la riqueza y los bienes, me concediste con tu gracia un trono, y has armado mi brazo con la poderosa espada de las victorias.


Me entregaste un imperio cuya sombra es considerable, y me has colmado con el exceso de tu generosidad.


Me sostuviste siendo extranjero, en los países extranjeros, y fuiste mi fiador cuando estaba tan oscurecido entre los desconocidos.


¡Gloria a Ti! Has adornado mi frente com tu triunfo, hemos aplastado con tu ayuda a los rumís, que niegan tu poder, y los hemos perseguido como a rebaño en dispersión.


¡Gloria a ti! Pronunciaste contra las filas de los impíos la palabra de tu ira, y helos aquí, para siempre ebrios, no con la fermentación generosa de los vinos, sino con la copa de la muerte.

¡Y si algunos de los creyentes cayeron en la batalla, han logrado la inmortalidad y están sentados bajo las frondas felices del Paráíso, a orillas del río de miel perfumada!


Cuando Daul'makán acabó de recitar estos versos, durante la marcha de las tropas, se vió a lo lejos una polvareda negra, que al aproximarse...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 101ª noche

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Ella dijo:

Se vió a lo lejos una polvareda negra, que al aproximarse dejó aparecer a la Madre de todas las Calamidades, siempre bajo el aspecto de un asceta. Y todos se apresuraron a besarle las manos. Y ella llorando les dijo:

"¡Sabed la desdicha, oh pueblo de los creyentes! ¡Y sobre todo, apresurad la marcha! ¡Vuestros hermanos han sido atacados de improviso en sus tiendas por fuerzas considerables de los sitiados, y están en completa derrota. ¡Corred, pues, en su ayuda, pues de otro modo no encontraréis ni rastro del chambelán y sus guerreros!"

Daul'makán y Scharkán sintieron que el corazón se les desgarraba a fuerza de palpitaciones, y en el colmo de la consternación se arrodillaron delante del santo asceta, y le besaron los pies. Y todos los guerreros lanzaron amargas exclamaciones de dolor.

Pero no obró de este modo el gran visir Dandán, pues fué el único que no bajó del caballo, ni besó los pies ni las manos del asceta. Y en alta voz, y delante de todos los jefes, dijo: "¡Por Alah! ¡Oh musulmanes! mi corazón siente una invencible aversión hacia ese extraño asceta. y pienso que es uno de los réprobos que están desterrados de la puerta de la misericordia divina! ¡Rechazad a ese brujo maldito! ¡Creed al anciano compañero del difunto rey Omar Al-Nemán! ¡Despreciad a ese réprobo y apresurémonos a ir a Constantinia!"

Pero Scharkán dijo al visir: "Aleja de tu espíritu esas sospechas equivocadas. Bien se conoce que no viste, como yo lo he visto, a ese santo asceta excitar el valor de los musulmanes durante la pelea y afrontar sin temor las espadas y las lanzas. Procura pues, no calumniar a este santo, porque ya sabes cuán censurable es la maledicencia y el ataque dirigido contra todo hombre de bien. Y advierte que si no le ayudase Alah, no tendría esa fuerza ni esa resistencia, ni lo habría salvado de los tormentos del subterráneo".

Y dichas estas palabras mandó Scharkán que diesen al asceta una hermosa mula suntuosamente enjaezada. Y le dijo: "Monta en esa mula, ¡oh padre! el más santo de los ascetas". Pero la vieja maldita exclamó:

"¿Cómo no he de ir a pie cuando los cadáveres de nuestros hermanos yacen insepultos al pie de las murallas de Constantinia?" Y no quiso montar en la mula, y se metió entre los soldados, pasando por entre infantes y jinetes como el zorro que busca una presa. Y no dejaba de recitar en alta voz los versículos del Corán ni de rezar al Clemente, hasta que por fin se vió venir a los restos del ejército que mandaba el chambelán.

Daul'makán quiso conocer aquel desastre, y el gran chambelán, con el alma atormentada, le contó cuanto había ocurrido.

Todo lo había combinado la maldita Madre de todas las Calamidades. Cuando los emires Rustem y Bahramán marcharon a socorrer a Daul'makán y a Scharkán, quedó muy reducido el ejército que acampaba al pie de los muros de Constantinia. Y el chambelán se guardó muy bien de hablar de ello a sus soldados, temiendo que hubiera un traidor entre éstos. Pero la vieja, que sólo aguardaba aquella ocasión, corrió en seguida hacia los sitiados, llamó a uno de los jefes que estaban en las murallas, y le dijo que le alargase una cuerda, a la que ató una carta escrita por su mano. Y decía así:


"Esta carta de la astuta y terrible Madre de todas las Calamidades, la plaga más espantosa de Oriente y Occidente, va dirigida al rey Afridonios, al cual Cristo tenga en su gracia".

Y en seguida:


"Sabe, ¡oh rey! que la tranquilidad va a reinar en adelante en tu corazón, pues he combinado una estratagema que es la pérdida definitiva de los musulmanes. Al rey Daul'makán, su hermano Scharkán y el visir Dandán los tengo prisioneros después de haber destruido la tropa con que saquearon el monasterio del monje Matruna. Y ahora he logrado debilitar a los sitiadores haciendo que envíen los dos tercios de su ejército en socorro de los otros, y estos refuerzos serán destruídos seguramente por el ejército victorioso de los soldados de Cristo.

"Por lo tanto, sólo te falta hacer una salida en masa contra los sitiadores, atacarlos en su campamento, quemar sus tiendas, y hacerlos pedazos hasta el último, lo cual te será fácil con la ayuda de Cristo Nuestro Señor y su madre la Virgen. ¡Y ojalá me remuneren algún día por el bien que hago a toda la cristiandad!"


Al leer esta carta el rey Afridonios experimentó una gran alegría, e inmediatamente mandó llamar al rey Hardobios, que había ido a encerrarse en Constantinia con el contingente de sus tropas de Kaissaria, y le leyó la carta de la Madre de todas las Calamidades...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 102ª noche

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Y le leyó la carta de la Madre de todas las Calamidades. Entonces el rey Hardobios llegó al límite más extremo del entusiasmo, y exclamó: "¡Admira, ¡oh rey! los ardides maravillosos de mi nodriza la Madre de todas las Calamidades! ¡Nos ha sido más útil que las armas de nuestros guerreros! ¡Su mirada, lanzada ahora contra nuestros enemigos, produce más terror que todos los demonios del infierno en el terrible día del Juicio!" Y el rey Afridonios respondió: "¡Ojalá nunca nos prive Cristo de esa mujer inestimable! ¡Y ojalá centuplique sus ardides y sus estratagemas!"

Después mandó a los jefes que avisaran a los soldados la hora del ataque. Y los guerreros afluyeron de todos sitios, afilaron las espadas e invocaron la cruz, juraron, blasfemaron, se movieron y aullaron. Y por último, salieron por la puerta principal de Constantinia.

Al verlos avanzar en orden de batalla y con la espada desnuda, comprendió el chambelán el gran peligro que les amenazaba, y reunió en seguida a sus soldados, y les dijo: "¡Oh musulmanes! poned vuestra confianza en vuestra fe. Si retrocedéis, estáis perdidos; pero si resistís firmemente, triunfaréis.

¡El valor, no es más que la paciencia de un momento!

¡No hay cosa, por angosta que sea, que no pueda ensancharla Alah! ¡Pido al Altísimo que nos bendiga y os mire con ojos clementes!"

Cuando los musulmanes oyeron estas palabras, su valor ya no conoció límites, y gritaron todos: "¡No hay más Dios que Alah!" Y por su parte los cristianos, a la voz de sus sacerdotes y sus monjes, invocaron a Cristo, la cruz y el cíngulo. Y entremezclándose estos gritos, vinieron los ejércitos a las manos, la sangre corrió a oleadas, y las cabezas volaron de los cuerpos. Entonces los ángeles buenos se pusieron del lado de los creyentes, y los ángeles malos abrazaron la causa de los descreídos; y se vió dónde estaban los cobardes y dónde estaban los intrépidos.

Los héroes brincaban en medio de la lucha. Y unos mataban, y otros caían derribados de las sillas. Y la batalla se hizo sangrienta, alfombrando el suelo los cadáveres, hacinándose hasta la altura de los caballos. ¿Pero qué podía el heroísmo de los creyentes contra el insuperable número de los malditos rumís? Así es que al caer la noche fueron rechazados los musulmanes, y saqueadas sus tiendas, cayendo su campamento en poder de la gente de Constantinia.

Entonces, en plena derrota, encontraron al ejército victorioso del rey Daul'makán, que volvía del valle después de haber destrozado a los cristianos del monasterio.

Y Scharkán llamó al chambelán, y ante todos los jefes reunidos le felicitó por su firmeza en la resistencia, por su prudencia en la retirada y por su paciencia en la derrota. Y todos los guerreros musulinanes, reunidos ahora en una sola masa, clamaban venganza, y avanzaron contra Constantinia con los estandartes desplegados.

Cuando los cristianos vieron aproximarse aquel ejército formidable sobre el cual ondeaban las banderas con las palabras de la fe, se lamentaron e invocaron a Cristo, a Mariam, a Hanna y a la cruz, y rogaron a sus patriarcas y a sus malos sacerdotes que intercedieran por ellos cerca de sus santos.

Mientras tanto, el ejército musulmán había llegado al pie de los muros de Constantinia y se preparaba para el combate.

Y Scharkán adelantó hacia su hermano, y le dijo: "¡Oh rey del tiempo! puesto que los cristianos no rehusarán la lucha, que es lo que deseo con toda mi alma, quisiera exponerte mi plan". Y el rey dijo: "¿Y cuál es ese plan que deseas expresar, ¡oh tú que posees las ideas admirables!?" Y Scharkán dijo: "La mejor disposición para la batalla es colocarme en el centro, precisamente ante el frente del enemigo; el gran visir mandará el centro derecho, el emir Torkash el centro izquierdo, el emir Rustem el ala derecha y el emir Bahramán el ala izquierda. Y tú quedarás bajo la protección del gran estandarte para vigilar los movimientos, pues eres nuestra columna y nuestra única esperanza después de Alah. ¡Y todos nosotros te serviremos de muralla!"

Daul'makán dió las gracias a su hermano por su abnegación, y dispuso que se ejecutara su plan.

Pero he aquí que de entre las filas de los rumís se destacó un jinete, que avanzó rápidamente hacia los musulmanes. Y cuando estuvo cerca se le vió cabalgar sobre una ligera mula, cuya silla era de seda blanca cubierta con un tapiz de Cachemira. El jinete era un arrogante anciano de barbas blancas y de aspecto venerable, envuelto en un manto de lana blanca. Se acercó al sitio en que estaba Daul'makán, y dijo: "Vengo hacia vosotros para traeros un mensaje. Como soy un embajador, y el embajador debe estar amparado por la neutralidad, otorgadme el derecho a hablar sin que me molesten, y os comunicaré mi misión".

Entonces Scharkán le dijo: "Estás bajo nuestra salvaguardia". El mensajero se apeó, se quitó la cruz que pendía de su cuello, se la entregó al rey, y dijo: "Vengo hacia vosotros de parte del rey Afridonios, que ha atendido mis consejos para terminar esta guerra desastrosa que aniquila tanta criatura hecha a imagen de Dios. Vengo a proponeros que se ponga término a esta guerra con un combate singular entre el rey Afridonios y el príncipe Scharkán, jefe de los guerreros musulmanes".

Oídas estas palabras, Scharkán dijo: "¡Oh anciano! vuelve junto al rey de los rumís, y dile que Scharkán, campeón de los musulmanes, acepta la lucha. Y mañana por la mañana, en cuanto hayamos descansado de esta larga marcha, chocarán nuestras armas. Y si soy vencido, nuestros guerreros tendrán que buscar su salvación en la fuga".

Entonces el anciano regresó junto al rey de Constantinia y le trasmitió la respuesta. Y el rey estuvo a punto de volar de alegría al enterarse, pues estaba seguro de matar a Scharkán, y había tomado todas sus disposiciones para ello. Y pasó aquella noche comiendo, y bebiendo, y rezando, y diciendo oraciones.

Cuando llegó la mañana, avanzó a caballo de un alto corcel de batalla. Vestía una cota de malla de oro, en el centro de la cual brillaba un espejo enriquecido con pedrería; llevaba en la mano un sable grande y corvo, y se había echado al hombro un arco fabricado al estilo occidental: Y cuando estuvo muy cerca de las filas musulmanas, se levantó la visera, y gritó:

"¡Heme aquí! ¡El que sabe quién soy, debe saber a qué atenerse; y el que ignora quién soy, me conocerá muy pronto! ¡Oh vosotros todos! ¡soy el rey Afridonios, cuya cabeza está cubierta de bendiciones!"

Pero no había acabado de hablar, cuando apareció frente a él el príncipe Scharkán, montando un hermoso caballo que valía más de mil monedas de oro rojo, y cuya silla era de brocado, bordada con perlas y pedrerías. Llevaba en la mano una espada india nielada de oro, cuya hoja era capaz de cortar el acero y de nivelar todas las cosas.

Llevó su caballo hasta muy cerca del de Afridonios, y gritó:

"¡Guárdate, miserable! ¿Me tomas por uno de esos jovencillos de piel de doncella, cuyo sitio está más bien en el lecho de las prostitutas que en el campo de batalla? ¡He aquí mi nombre, maldito rumí!"

Y haciendo girar la espada, asestó un tremendo golpe a su adversario, que sólo se pudo resguardar haciendo dar una vuelta a su caballo. Después se lanzaron el uno contra el otro, semejando dos montañas que chocaran o dos mares que se desplomasen. Y se alejaban y se acercaban para separarse y volver a acercarse otra vez. Y no dejaban de darse golpes y pararlos. Todo esto a la vista de los dos ejércitos, que tan pronto voceaban la victoria para Scharkán como para el rey de los rumís. Y así siguieron hasta la puesta del sol, sin ningún resultado.

Pero cuando el astro iba a desaparecer, el rey Afridonios gritó súbitamente a Scharkán:

"¡Por Cristo! ¡Mira hacia atrás, campeón de la derrota, héroe de la fuga! ¡He aquí que te traen un caballo de refresco para que luches ventajosamente contra mí, que conservo el mío! ¡Esa es costumbre de esclavos y no de guerreros! ¡Por Cristo! ¡Vales menos que un esclavo!"

Al oír estas palabras, Scharkán, en el colmo de la rabia, se volvió para ver qué caballo era aquel de que le hablaba el cristiano; y no vió ninguno. Aquello era un ardid del maldito cristiano, que aprovechándose de aquel movimiento, que dejaba a Scharkán a merced suya, blandió la azagaya y se la tiró a la espalda.

Entonces Scharkán exhaló un grito terrible, un solo grito, y cayó sobre el arzón de la silla. Y el maldito Afridonios, dejándole por muerto, lanzó su grito de victoria, grito de traición, y galopó hacia las filas de los cristianos.

Pero en cuanto los musulmanes vieron caer a Scharkán con la cara contra el arzón de la silla, acudieron a socorrerle, y los primeros que llegaron hasta él fueron...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como de costumbre, interrumpió su relato.


Y cuando llegó la 103ª noche

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Ella dijo:

Los primeros que llegaron hasta él fueron el visir Dandán y los emires Rustem y Bahramán. Lo levantaron en brazos, y se apresuraron a llevarle a la tienda de su hermano, que había llegado al límite más extremo del dolor y de la indignación, clamando por vengarse. En seguida llamaron a los médicos, y se les confió a Scharkán. Y todos los presentes rompieron en sollozos, y pasaron la noche alrededor de la cama en que estaba tendido el héroe, que seguía desmayado.

Por la mañana llegó el santo asceta, entró donde estaba el herido, leyó sobre su cabeza algunos versículos del Corán y le impuso las manos. Entonces Scharkán exhaló un prolongado suspiro y abrió los ojos.

Sus primeras palabras fueron para dar gracias al Clemente, que le permitía vivir. Después se volvió hacia su hermano Daul'makán, y le dijo: "El maldito me ha herido a traición. Pero gracias a Alah, la herida no es mortal. ¿En dónde está el santo asceta?"

Y Daul'makán dijo: "Helo ahí, a tu cabecera". Entonces Scharkán cogió las manos del asceta y las besó. Y el asceta hizo votos' por su curación, y le dijo: "¡Hijo mío, sufre con paciencia tus males y serás recompensado por el Remunerador!"

Daul'makán, que había salido un momento, volvió a la tienda, besó a su hermano Scharkán y las manos del santo, y dijo: "¡Oh hermano mío! ¡que Alah te proteja! ¡He aquí que voy a vengarte, pues voy a matar a ese traidor, a ese perro hijo de perro, rey de los rumís".

Y Scharkán quiso detenerle, pero fué en vano. El visir, los dos emires y el chambelán se ofrecieron a ir a matar al traidor, pero ya Daul'makán había saltado sobre su caballo, y gritaba: "¡Por el pozo de Zámzam! ¡Yo solo he de castigar a ese perro!" Y sacó su caballo a mitad del meidán, y al verle se le habría tomado por el mismo Antar en medio de la pelea, cabalgando en su caballo negro, más veloz que el viento y los relámpagos.

Por su parte, el traidor Afridonios había lanzado su caballo al meidán. Y los dos campeones chocaron, buscando uno y otro darse el golpe decisivo, pues la lucha no podía terminar esta vez más que con la muerte. Y la muerte acabó por herir al maldito traidor, pues Daul'makán, cuyas fuerzas centuplicaba el deseo de venganza, después de algunos ataques infructuosos, acabó por alcanzar a su enemigo, y de un solo tajo le hendió la visera, la piel del cuello y la columna vertebral, e hizo volar su cabeza lejos del cuerpo.

Y al verlo los musulmanes se precipitaron como el rayo sobre las filas de los cristianos, e hicieron una matanza, pues hasta la caída de la noche sucumbieron cincuenta mil rumís. Pero los descreídos pudieron volver a favor de las tinieblas a Constantinia, y cerraron las puertas, para que los musulmanes victoriosos no pudiesen penetrar en la ciudad. Y así fué como Alah otorgó la victoria a los guerreros de la fe.

Los musulmanes volvieron entonces a sus tiendas cargados con los despojos de los rumís, y los jefes felicitaron al rey Daul'makán, que dió las gracias al Altísimo por la victoria. Después marchó el rey junto al lecho de su hermano, y le anunció la buena nueva. Y Scharkán sintió que su corazón se desbordaba de alegría, y dijo a su hermano: "Sabe, ¡oh hermano! que la victoria no se debe más que a las oraciones de este santo asceta, que durante la batalla no ha cesado de invocar al cielo y de pedir sus bendiciones para los guerreros creyentes".

Pero la maldita vieja, al saber la muerte del rey Afridonios y la derrota de su ejército, cambió de color; su tez amarilla se puso verde, y el llanto la ahogaba. Sin embargo, consiguió dominarse, y dió a entender que aquellas lágrimas eran causadas por la alegría que le producía la victoria de los musulmanes. Y maquinó la peor de las maquinaciones para abrasar de dolor el corazón de Daul'makán. Aquel día aplicó, como de costumbre, las pomadas y los ungüentos a las heridas de Scharkán, le curó con el mayor cuidado, y pidió que saliera todo el mundo, para dejarlo dormir tranquilamente. Entonces todos salieron, y dejaron a Scharkán con el miserable asceta.

Cuando Scharkán estuvo completamente sumido en el sueño...

En este momento de su narración, Scherazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, se calló hasta el otro día.


Pero cuando llegó la 104ª noche

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Ella dijo:

Cuando Scharkán estuvo completamente sumido en el sueño, la horrible vieja, que le acechaba como una loba feroz, o como una víbora de las peores, se puso de pie, se deslizó traidoramente hasta cerca de la cabecera, y sacó de entre las ropas un puñal emponzoñado con un veneno tan terrible, que sólo con ponerlo sobre el granito lo habría derretido. Y levantó el puñal con su mano calamitosa, y descargándolo bruscamente contra el cuello de Scharkán, le separó la cabeza del tronco. Y así murió, por la fuerza de la fatalidad y por las maquinaciones de Eblis, encarnado en aquella maldita vieja, el que fué el campeón de los musulmanes, el incomparable héroe Scharkán, hijo de Omar AlNemán.

Y satisfecha su venganza, la vieja dejó junto a la cabeza cortada una carta que decía:


"Esta carta es de la noble Schauahi, la cual, a causa de sus hazañas, es conocida con el nombre de Madre de todas las Calamidades, y va dirigida a los musulmanes que se hallan ahora en el país de los cristianos.

"Sabed, ¡oh todos vosotros! que yo y nadie más que yo tuvo la alegría de suprimir en otro tiempo a vuestro rey Omar Al-Nemán, en medio de su palacio. Y yo soy la que ha causado vuestra derrota y vuestro exterminio en el valle del monasterio. Yo soy la que con su propia mano ha cortado la cabeza a vuestro jefe Scharkán. ¡Y espero que, con la ayuda del cielo, cortaré también la cabeza a vuestro rey y a su visir Dandán!

"Reflexionad ahora vosotros si os conviene permanecer más en nuestro país o regresar al vuestro. ¡Sabed que no lograréis jamás vuestros fines, pues por mi brazo y mis estratagemas, y gracias a Cristo, nuestro Señor, pereceréis hasta el último, al pie de los muros de Constantinia!"


Y habiendo dejado esta carta, se deslizó fuera de la tienda y marchó a Constantinia para enterar a los cristianos relatándoles sus fechorías. Después fué a la iglesia, y se puso a rezar y llorar por la muerte del rey Afridonios, y dió las gracias al diablo por la muerte del príncipe Scharkán.

Pero he aquí que a la misma hora en que se cometía el asesinato del príncipe, el visir Dandán, no pudiendo dormir y sintiéndose inquieto, como si todo el mundo se desplomase sobre él, se decidió a levantarse de la cama y a salir de su tienda. Y mientras se paseaba, vió al asceta que se alejaba rápidamente del campamento. Y entonces pensó: "El príncipe estará solo; voy a velar junto a él si duerme, o a hablar con él si está despierto".

Y cuando llegó a la tienda, lo primero que vió fué un gran charco de sangre en el suelo, y después, en el lecho, el cuerpo y la cabeza de Scharkán asesinado.

Y lanzó un grito tan terrible, que despertó a todos, y puso en pie a todo el campamento, y a todo el ejército, y también al rey Daul'makán, que acudió inmediatamente a la tienda. Y al ver al visir Dandán que lloraba junto al cuerpo sin vida de su hermano, exclamó: "¡Ya Alah!" Y cayó sin conocimiento...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 105ª noche

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Ella dijo:

Y cayó sin conocimiento. Entonces acudieron el visir y los emires, y le hicieron aire con los ropones. Y Daul'makán acabó por volver en sí, y exclamó: "¡Oh mi hermano Scharkán! ¡Oh el más grande de los héroes! ¿Qué maldito demonio te ha puesto en este irremediable estado?" Y se echó a llorar, y con él lloraban también el visir, los emires y el gran chambelán.

De pronto, el visir Dandán vió la carta, se apoderó de ella, y la leyó al rey delante de todos los presentes. Y dijo: "¡Oh rey! ¡He aquí explicada la repulsión que sentía ante ese asceta maldito!"

Y entonces el rey, sin dejar de llorar, exclamó: "¡Por Alah! que he de coger a esa vieja, y con mis propias manos le anegaré la vagina con plomo derretido, y he de clavarle en el trasero un poste afilado. ¡Después la arrastraré por los pelos y la clavaré viva en la puerta principal de Constantinia!"

En seguida dispuso unos grandes funerales en memoria de su hermano Scharkán. Y la comitiva le siguió llorando con todas las lágrimas de sus ojos, y fueron a sepultarlo al pie de una colina, bajo una gran cúpula de mármol y de oro.

Después, durante largos días, siguió llorando, y tanto lloró, que llegó a ser la sombra de sí mismo. Y el visir Dandán, reprimiendo su propio dolor, fué a buscarle, y le dijo: "¡Oh rey! procúrate un bálsamo para tu dolor y sécate los ojos. ¿No sabes que tu hermano está entre las manos del Justo Remunerador? Y además, ¿de qué sirve todo ese duelo por lo que es irreparable, y cuando toda cosa está escrita para suceder a su tiempo? Levántate, ¡oh rey! y coge de nuevo tus armas; y pensemos en apresurar el sitio de esta ciudad de infieles. ¡Será el mejor medio de vengarnos!"

Y mientras el visir animaba de este modo al rey, llegó un correo de Bagdad portador de una carta de Nozhatú a su hermano Daul'makán. Y esta carta decía en concreto lo siguiente:

"Te anuncio, ¡oh hermano mío! la buena nueva.

"Tu esposa, la joven esclava que dejaste preñada, acaba de parir con salud un niño varón, tan luminoso como la luna en el mes de Ramadán. Y me ha parecido muy bien llamarme Kanmakán (elque fue lo que fue).

"Ahora bien; los sabios y los astrónomos predicen que este niño realizará cosas memorables, por los muchos prodigios y maravillas que han acompañado a su nacimiento."Con este motivo no he dejado de rezar y hacer votos en todas las mezquitas por ti, por el niño y por tu triunfo contra los enemigos. "Te anuncio asimismo que gozamos de completa salud, especialmente tu amigo el encargado del hammam, que está en el límite de la satisfacción y la paz, y desea ardientemente, como nosotros, tener noticias tuyas.

"Aquí este año las lluvias han sido abundantes, y las cosechas se anuncian como excelentes.

"¡Y que la paz y la seguridad sean contigo y a tu alrededor!"

Cuando Daul'makán hubo leído esta carta, respiró ampliamente, y exclamó: "Ahora, ¡oh visir! que Alah me ha favorecido con mi hijo Kanmakán, mi duelo se atenúa y mi corazón vuelve a empezar a vivir. Así es que tenemos que pensar en celebrar dignamente el término de este luto, según nuestras costumbres". Y el visir dijo: "La idea es muy justa". Y mandó levantar tiendas alrededor de la tumba de Scharkán, y en ellas se colocaron los lectores del Corán y los imanes. Se inmoló un gran número de carneros y de camellos, y su carne se repartió entre los soldados. Y se pasaron aquella noche rezando y recitando el Corán. Pero por la mañana, Daul'makán avanzó hacia la tumba del príncipe Scharkán, tapizada con telas preciosas de Persia y Cachemira, y ante todo el ejército...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente se calló hasta el otro día.


Pero cuando llegó la 106ª noche

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Ella dijo:

Daul'makán avanzó hacia la tumba del príncipe Scharkán, tapizada con telas preciosas de Persia y Cachemira, y delante de todo el ejército vertió abundantes lágrimas, e improvisó estas estrofas en memoria del difunto:


¡Oh Scharkán! ¡oh hermano mío! he aquí que las lágrimas han escrito en mis mejillas, para todas las miradas que los lean, renglones más dolorosos y más elocuentes que los versos más sentidos, ¡oh hermano!


Detrás de tu féretro, ¡oh Scharkán! marcharon llorando todos los guerreros. Y lanzaban gritos de dolor tan desgarrados como el grito de Muza en el Jabal-Tor.


Y llegamos todos en tu tumba, cuya fosa es más honda en el corazón de tus soldados que en la tierra en que reposas, ¡oh hermano mío!


¡Ay de mí, oh Scharkán! ¿Cómo podía suponer que había de verte bajo el sudario en las parihuelas, y a hombros de los portadores?


¿En dónde estás, astro de Scharkán? ¿En dónde estás, astro querido, cuya claridad deslumbraba a todas las estrellas de los cielos?


¡El abismo infinito de tu tumba,!oh joya preciada! Está iluminado por la claridad que le prestas en el seno de nuestra última madre, hermano mío!


¡Y hasta el sudario que te cubre, los pliegues de tu sudario, tomaron vida al contacto tuyo y se extendieron como alas para cobijarte!


Y recitadas estas estrofas, rompió en llanto el rey, y con él todo el ejército. Entonces avanzó el visir Dandán, se arrojó sobre la tumba, la besó, y con voz ahogada por las lágrimas, recitó estos versos:


Acabas de cambiar sabiamente las cosas perecederas por las inmortales. Seguiste el ejemplo de tus antecesores en la muerte.


Has emprendido el vuelo hacia las alturas, allí donde las rosas forman alfombras perfumadas bajo los pies de las huríes. ¡Ojalá te deleites allí con todas las cosas nuevas!


¡Quiera el Dueño del Trono iluminado reservarte el mejor sitio de su paraíso, y poner al alcance de tus labios los goces reservados a los justos de la tierra!


Y así fué como terminó el luto por Scharkán.

Pero Daul'makán seguía muy triste al verse separado de su hermano, mucho más cuanto que el sitio de Constantinia amenazaba prolongarse. Y un día se confió a su visir, y le dijo: "¿Qué haría, ¡oh visir! para olvidar estos pesares que me atormentan, y librarme del aburrimiento que pesa sobre mi alma?"

El visir contestó: "¡Oh rey! no conozco más que un remedio para tus males, y es contarte una historia de los tiempos pasados; una historia de los reyes famosos de que hablan las crónicas.

Y la cosa ha de serme muy fácil, pues reinando tu difunto padre el rey Omar AlNemán, le distraía por las noches, narrándole cuentos y recitándole versos de nuestros poetas e improvisados por mí. De suerte que esta noche, cuando esté dormido el campamento, te contaré, si Alah lo quiere, una historia que te maravillará, y te hará encontrar extremadamente corto el tiempo del sitio. Puedo anticiparte que se llama la Historia de los dos amantes Aziz y Aziza".

Al oír estas palabras, el rey Daul-makán sintió que su corazón latía impaciente, y no tuvo otra preocupación que llegara la noche para poder oír el cuento prometido, cuyo solo título le hacía estremecerse de gusto.

Así es que apenas empezó a anochecer, mandó que se encendiesen todas las luces de su tienda, y que trajesen grandes bandejas cargadas de cosas de comer y beber, y pebeteros cargados de incienso, ámbar y aromas. Y reunió allí a los emires Bahramán, Rustem y Turkash y al gran chambelán, esposo de Nozhatú. Y después mandó llamar al visir Dandán, y le dijo: "¡Oh mi visir! he aquí que la noche tiende sobre nosotros su amplio ropaje y su cabellera, y sólo aguardamos para nuestro deleite la historia entre las historias que nos ha prometido".


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.


Pero cuando llegó la 107ª noche

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Ella dijo:

El rey Daul'makán dijo, pues, al visir Dandán: "¡Oh mi visir! he aquí que la noche tiende sobre nosotros su amplio ropaje y su cabellera, y sólo aguardamos para nuestro deleite la historia entre las historias que nos has prometido". Y el visir Dandán contestó: "¡De todo corazón, y como homenaje debido! Pues sabe, ¡oh rey afortunado! que la historia que voy a contarte sobre Aziz y Àziza, y sobre todas las cosas que les sucedieron, es una historia hecha para disipar todos los pesares del corazón, y para consolar de un luto, aunque fuera más grande que el de Yacub. Hela aquí:



Historia de Aziz y Aziza y del hermoso príncipe Diadema

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"Había en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y del momento una ciudad entre las ciudades de Persia, detrás de las montañas de Ispahán. Y el nombre de esta ciudad era la Ciudad Verde. El rey de esta ciudad se llamaba Soleimán-Schah. Estaba dotado de grandes cualidades de justicia, de generosidad, de prudencia y de saber. Así es que desde todas las comarcas afluían viajeros a su ciudad, pues su fama se había extendido mucho e inspiraba confianza a las caravanas y los mercaderes.

Y el rey Soleimán-Schah siguió gobernando de este modo, rodeado de prosperidades y del afecto de todo su pueblo. Pero sólo faltaba a su dicha una mujer que le diera hijos, pues era soltero.

Y el rey Soleimán-Schah tenía un visir que se le parecía mucho, por su liberalidad y por la bondad de su corazón. Y un día en que su soledad se le hacía más pesada que de costumbre, mandó llamar el rey a su visir, y le dijo: "¡Oh mi visir, he aquí que se agota mi paciencia, y mis fuerzas disminuyen, y como siga así, no me quedará más que el pellejo sobre los huesos. Porque veo ahora que el celibato no es un estado natural, sobre todo para los reyes que han de transmitir un trono a sus descendientes. Además, nuestro bendito Profeta, ¡sean con él la plegaria y la paz! ha dicho: "¡Copulad y multiplicad vuestros descendientes, porque vuestro número ha de glorificarme ante todas las razas el día de la Resurrección! Aconséjame, pues, ¡oh mi visir! y dime tu parecer".

Entonces el visir dijo: "Verdaderamente, ¡oh rey!, ésta es una cuestión muy difícil, y de una delicadeza extraordinaria. Trataré de satisfacerte, sin salirme de la vía prescrita. Sabe, pues, ¡oh rey! que no sería de mi gusto que una esclava desconocida llegase a ser tu esposa, porque ¿cómo podrías conocer su origen, la nobleza de sus ascendientes, la pureza de su sangre y los principios de su raza? ¿Y cómo podrías conservar intacta la unidad de sangre de sus propios antecesores? ¿No sabes que el hijo que nazca de tal unión sería un bastardo lleno de vicios, embustero, sanguinario y maldito por Alah, a causa de sus abominaciones futuras? Sería como la planta que crece en terreno pantanoso, y que cae podrida antes de llegar a su total crecimiento. Así es que no esperes de tu visir el servicio de comprarte una esclava, aunque fuese la joven más hermosa de la tierra; pues no quiero ser origen de desgracia, ni soportar el peso de los pecados, cuyo instigador sería este servidor tuyo. Pero si quieres hacer caso a mis barbas, sabe que mi opinión es que escojas, entre las hijas de los reyes, una esposa cuya genealogía sea conocida y cuya belleza se presente como modelo ante todas las mujeres".

Entonces el rey Soleiman-Schah exclamó: "¡Oh mi visir! si logras encontrar semejante mujer, estoy dispuesto a tomarla por esposa legítima, a fin de atraer sobre mi raza las bendiciones del Altísimo!" Al oírlo dijo el visir: "El asunto está ya arreglado, gracias a Alah". Y el rey exclamó: "¿Cómo es eso?" Y prosiguió el visir: "Sabe, ¡oh rey! que mi esposa me ha dicho que el rey Zhar-Schah, señor de la Ciudad Blanca, tiene una hija de belleza tan ejemplar, que supera a todas las palabras, pues mi lengua se haría peluda antes de poderte dar la menor idea de ella".

Y el rey exclamó: "¡Ya Alah!" Y prosiguió el visir: "Porque ¿cómo podría hablarte dignamente de sus ojos, de sus párpados oscuros, de su cabellera, de su talle y de su cintura, tan fina que casi no se ve? ¿Cómo describirte el desarrollo de sus caderas y de lo que las sostiene y redondea? ¡Por Alah! ¡Nadie puede acercársele sin quedarse inmóvil, como nadie puede mirarla sin morir! Y de ella ha dicho el poeta:


¡Oh virgen de vientre de armonía! ¡Tu cintura desafía a la ramas de sauce y a la misma esbeltez de los álamos del paraíso!


¡Tu saliva es miel silvestre! ¡Moja en ella la copa, endulza el vino, y dámelo después.Oh hurí! ¡Pero sobre todo te ruego que abras los labios y regocijes mis ojos con sus perlas!


Oídos estos versos, el rey se estremeció de gusto, y gritó desde el fondo de su garganta: "¡Ya Alah!" Pero el visir prosiguió: "Y así ¡oh rey! opino que envíes lo antes posible al rey Zahr-Schah uno de tus emires que sea hombre de tu confianza, dotado de tacto y delicadeza, que conozca el sabor de las palabras antes de pronunciarlas, y cuya experiencia te sea conocida. Y le encargarás que emplee toda su persuasión en lograr que el padre te dé la joven. Y te casarás con ella, para seguir las palabras de nuestro Profeta bendito, ¡sean con él la paz y la plegaria! que dijo: "¡Los hombres que se llamen castos deben ser desterrados del Islam! ¡Son unos corruptores! ¡Nada de celibato en el Islam!" ¡Y en verdad, esta princesa es el único partido para ti, porque es la pedrería más hermosa de toda la tierra, aquende y allende!"

Al oír estas palabras, sintió el rey Soleimán-Schah que se le ensanchaba el corazón, y dijo al visir: "¿Qué hombre sabrá realizar mejor que tú esa misión tan delicada? Tú serás quien vaya a arreglar eso, tú solo, que estás lleno de sabiduría y cortesía. Levántate, pues, y corre a despedirte de los de tu casa, despacha en seguida los asuntos pendientes, y ve a la Ciudad Blanca a pedir para mí la mano de la hija de Zahr-Schah, pues he aquí que mi corazón y mi juicio están muy atormentados con eso y se preocupan mucho". El visir contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Y se apresuró a despachar lo que tenía que despachar, y a abrazar a aquellos a quienes tenía que abrazar, y se puso a hacer todos los preparativos de la marcha. Llevó toda clase de regalos que pudiesen satisfacer a los reyes: joyas, orfebrería, alfombras de seda, telas preciosas, perfumes, esencia de rosas completamente pura, y todas las cosas ligeras de peso, pero pesadas en cuanto a precio y valor. Llevó también diez hermosos caballos de las razas más puras de Arabia; y muy ricas armas nieladas de oro, con empuñaduras incrustadas de rubíes; y también armaduras ligeras de acero y cotas de malla doradas. Todo esto sin contar unos grandes cajones cargados de cosas suntuosas y también de cosas agradables al paladar, como conservas de rosas, albaricoques laminados en hojas, dulces secos perfumados, pastas de almendras aromadas con benjuí de las islas cálidas, y mil golosinas capaces de disponer favorablemente a las jóvenes. Mandó cargar todos estos cajones en mulos y camellos, y llevó cien mamalik, cien negros jóvenes y cien muchachas, que al regreso formarían el séquito de la novia. Y cuando el visir se puso a la cabeza de la caravana, y se desplegaron las banderas para dar la señal de marcha, se presentó el rey Soleimán para decirle: "Cuida de no volver sin la joven, y ven cuanto antes, porque me abraso".

Y el visir respondió: "Escucho y obedezco". Y partió con toda su caravana, y caminó de día y de noche, atravesando montañas, valles, ríos y torrentes, llanuras desiertas y llanuras fértiles, hasta que estuvo a una jornada de la Ciudad Blanca.

Entonces se detuvo a descansar a orillas de un arroyo, y envió a un correo para que anunciase su llegada al rey Zahr-Schah.

Ahora bien; en el momento en que el correo llegó a las puertas de la ciudad, y cuando iba a penetrar en ella, le vió el rey Zahr-Schah, que tomaba el fresco en uno de sus jardines, le mandó llamar y le preguntó quién era. Y el correo dijo: "¡Soy el enviado del visir tal, acampado a orillas de tal río, que viene a visitarte de parte de nuestro rey Soleimán, señor de la Ciudad-Verde. y de las montañas de Ispahán!"

Al enterarse de esta noticia, el rey Zahr-Schah quedó en extremo encantado, y mandó ofrecer refrescos al correo del visir, y dió a sus emires la orden de ir al encuentro del gran enviado del rey Soleimán-Schah, cuya soberanía era respetada hasta en los países más remotos, y en el mismo territorio de la Ciudad Blanca. Y el correo besó la tierra entre las manos del rey Zahr-Schah, diciéndole: "Mañana llegará el visir. Y ahora, ¡que Alah te siga otorgando sus altos favores, y tenga a tus difuntos padres en su gracia y misericordia!" Eso en cuanto a éstos.

Pero en cuanto al visir del rey Soleimán, estuvo descansando a orillas del río hasta medianoche. Después se volvió a poner en marcha, y al salir el sol estaba a las puertas de la ciudad.

En ese momento se detuvo un instante para satisfacer una apremiante necesidad. Y cuando hubo terminado, vió venir a su encuentro al gran visir del rey Zahr-Schah con los chambelanes y grandes del reino, y los emires, y los notables. Entonces se apresuró a entregar a uno de sus esclavos el jarro que acababa de usar para hacer sus abluciones, y volvió a subir apresuradamente a caballo. Y habiéndose dirigido unos a otros los saludos acostumbrados, entraron en la Ciudad Blanca. Al llegar frente al palacio del rey, se apeó el visir, y guiado por el gran chambelán penetró en el salón del trono.

En este salón vió un alto y blanco trono de mármol transparente, incrustado de perlas y pedrería, y sostenido por cuatro pies muy elevados, formados cada uno por un colmillo completo de elefante. Encima del trono había un ancho almohadón de raso verde, bordado con lentejuelas doradas y adornado con flecos y borlas de oro. Y encima de este trono había un dosel, que centelleaba con sus incrustaciones de oro, piedras preciosas y marfil. Y en tal trono estaba sentado el rey Zahr-Schah...


En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta según su costumbre, se calló.

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