Make your own free website on Tripod.com








Pero cuando llegó la 34ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el capitán contestó a Alí-Nur: "Para Bagdad, morada de paz", Alí-Nur suplicó: "Aguarda, que allá vamos". Y seguido de Dulce-Amiga, subió a bordo de la nave, que en seguida tendió sus velas y zarpó volando como la enorme ave llamada Roch, según dice el poeta:

¡Mira la nave: su aspecto seduce a quien la ve! ¡El viento quiere igualarle en rapidez, pero no se sabe quién vence en esta gran carrera de velocidad!

¡Es como un ave que con las alas desplegadas se hubiese precipitado sobre el mar, y se balancease en él!

Y el bajel bogaba con viento favorable, llevando a todos los viajeros. Esto en cuanto a Alí-Nur y Dulce-Amiga.

Por lo que se refiere a los cuarenta guardias enviados por el sultán para apoderarse de Alí-Nur, llegaron a la casa de éste, la cercaron por todos lados, echaron abajo las puertas, invadieron la morada y comenzaron a buscar por todas partes, pero no pudieron encontrar a nadie. Entonces destruyeron totalmente la casa y marcharon a comunicar al sultán lo infructuoso de sus pesquisas. Y el sultán ordenó: "¡Buscadlos por todas artes y registrad si es preciso toda la ciudad!" Y como en aquel momento llegase el visir Ben-Sauí, le llamó el sultán, y para consolarle le dió un hermoso ropón de honor, y le dijo: "¡Te prometo que sólo yo he de vengarte!" Y el visir le deseó larga vida y todas las felicidades.

Después el rey mandó que los pregoneros promulgaran por toda la ciudad el siguiente bando: "¡Si alguno de vosotros, ¡oh habitantes! encontrase a Alí-Nur, hijo del difunto visir Ben-Khacán, se apoderará de él y lo presentará al sultán, y en recompensa se le darán mil dinares y un traje de honor! ¡Pero si alguien le ve y le oculta, sufrirá un ejemplar castigo!" Sin embargo, a pesar de todas las pesquisas, nadie pudo averiguar qué había sido de Alí-Nur.

Este y Dulce-Amiga llegaron sin contratiempo a Bagdad, y el capitán les dijo: "He ahí la famosa Bagdad, la dulce morada. Es la ciudad feliz que nunca ha sufrido las escarchas del invierno, la ciudad que vive a la sombra de sus rosales en una eterna primavera en medio de flores y jardines, mecida por el canto de sus aguas murmuradoras". Y Alí-Nur dió las gracias al capitán por sus bondades durante el viaje, le pagó cinco dinares de oro por el pasaje, y saliendo del navío seguido de Dulce-Amiga, penetró en Bagdad.

Pero quiso el Destino que Alí-Nur, en vez de tomar el camino usual, emprendiera otro, que le llevó al centro de los jardines que rodean a la ciudad. Y se detuvieron a la puerta de un jardín con una cerca muy grande, cuya entrada estaba bien barrida y regada, y tenía a cada lado un banco. La puerta, que era magnífica, estaba cerrada, y la coronaban hermosas lámparas de todos colores. Contiguo a ella había un estanque lleno de agua muy clara. Más allá de la puerta partía una avenida entre dos hileras de postes con magníficas telas de brocado que ondeaban al viento.

Entonces Alí-Nur dijo a Dulce-Amiga: "¡Por Alah! ¡Hermoso es este lugar!"

Y ella contestó: "Descansemos una hora en estos bancos". Y después de haberse lavado la cara y las manos con el agua fresca del estanque, se sentaron a tomar el aire en un banco, y respiraron deliciosamente la suave brisa que corría. Y tan a gusto se encontraban allí, que no tardaron en dormirse, después de haberse tapado con una manta.

Ahora bien; el jardín a cuya puerta estaban dormidos se llamaba el Jardín de las Delicias, y había en medio de él un palacio llamado de las Maravillas, que era propiedad del califa Harún-Al-Raschid.

Cuando el califa sentía el cansancio de la ciudad, iba a distraerse y a olvidar sus preocupaciones en aquel jardín y en aquel palacio. Todo el palacio formaba un inmenso salón con ochenta ventanas, y de cada una pendía una gran lámpara y en el centro había una inmensa araña de oro macizo, resplandeciente como el sol.

Aquel salón sólo se abría cuando llegaba el califa, y entonces se encendían las lámparas y la araña y se abrían todas las ventanas, y el califa se sentaba en un magnífico diván forrado de seda, terciopelo y oro, y mandaba a las cantoras que cantasen y a los músicos que tañesen sus instrumentos; pero lo que prefería era oír al ilustre cantor Ishak, cuyos cantos e improvisaciones admiraba todo el mundo. Y en medio de la calma de la noche y respirando aquel aire perfumado con las flores del jardín, el califa descansaba de las fatigas de la ciudad.

Había nombrado guarda del palacio y del jardín a un buen anciano, llamado el jeique Ibrahim, que vigilaba día y noche para que los paseantes y los curiosos no entrasen en el jardín, singularmente mujeres y niños, que podían estropear o robar las flores y las frutas. Y aquella noche, al dar su vuelta acostumbrada, abrió la puerta principal del jardín y vió dormidas en el banco a dos personas desconocidas, cubiertas con una misma manta. Y se indignó, y dijo: "He aquí dos audaces que han infringido las órdenes del califa, y como me ha autorizado para imponer cualquier castigo a todo el que se acerque a este palacio, voy a hacerles saber lo que cuesta el apoderarse de ese banco, que está reservado a los servidores del califa". Y el jeique Ibrahim cortó una rama de un árbol y se acercó a los durmientes, e iba a darles de latigazos, cuando de pronto pensó: "¡Oh Ibrahim! ¿Qué vas a hacer? Vas a golpear despiadadamente a personas que no conoces, que tal vez sean extranjeras o mendigos del camino de Alah, a quienes haya encaminado hacia aquí el Destino. Lo mejor es verles primeramente la cara".

Y el jeique Ibrahim levantó la manta que les ocultaba el rostro, y se quedó encantado al ver aquellas dos caras maravillosas, cuyas mejillas había juntado el sueño, y que parecían más hermosas que las flores del jardín. Y pensó: "¿Qué iba yo a hacer? ¿Qué ibas a hacer, ciego Ibrahim? Merecerías que te golpearan a ti, para castigarte por tu injusta cólera". Después les tapó nuevamente la cara, se sentó a sus pies, y empezó a dar masaje a los de Alí-Nur, que le había inspirado una inmensa simpatía. Y Alí-Nur, al sentir aquellas manos que lo acariciaban, no tardó en despertarse, y vió a un respetable anciano. Avergonzado de que éste le diera masaje, apartó los pies en seguida, se incorporó, y cogiendo la mano del jeique Ibrahim se la llevó a los labios y luego a la frente.

Entonces el jeique le preguntó: "¿De dónde venís, hijos míos?" Y Alí-Nur dijo: "¡Oh señor, somos extranjeros!" Y se le arrasaron los ojos en lágrimas. Ibrahim repuso: "¡Oh hijo mío! no soy de los que olvidan que el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) recomendó en varios pasajes del Libro Noble la hospitalidad para los forasteros, y que se les recibiera cordialmente y con agrado.

Venid, pues, conmigo; os enseñaré este jardín y el palacio, y así olvidaréis vuestras penas y respiraréis a gusto".

Entonces Alí-Nur le preguntó: "¡Oh señor! ¿de quién es este jardín?" Y el jeique Ibrahim, para no intimidar a AlíNur y algo también por jactancia, dijo: "Este palacio y este jardín me pertenecen, y los he heredado de mi familia". Entonces se levantaron Dulce-Amiga y Alí-Nur, y franquearon la puerta del jardín precedidos por Ibrahim.

Alí-Nur había visto en Bassra hermosos jardines, pero no había ni soñado con uno parecido a aquél. Formaban la entrada principal magníficos arcos superpuestos, de un efecto grandioso y la cubrían unas parras que dejaban colgar espléndidos racimos, rojos unos como rubíes, negros otros como el ébano. Arboles frutales doblados al peso de la fruta madura sombreaban aquella avenida. Cantaban los pájaros en las ramas sus alegres motivos: el ruiseñor modulaba melodías; la tórtola entonaba su lamento de amor; el mirlo silbaba como un hombre; el palomo arrullaba como un embriagado con licores fuertes. Cada frutal estaba representado por sus dos especies mejores: había albaricoques de almendra, dulce y amarga; había sabrosos frutales del Khorasán: ciruelos cuyos frutos tenían el color de labios hermosos; mirabeles de dulce encanto; higos rojos, blancos y verdes, de aspecto admirable. Las flores eran como perlas y coral; las rosas aparecían más bellas que las mejillas de una mujer hermosa; las violetas recordaban la llama del azufre. Había flores blancas de arrayán, alelíes, alhucemas y anémonas, cuyas corolas se cubrían con una diadema de lágrimas de nubes. Las manzanillas sonreían, mostrando todos sus dientes, y los narcisos miraban a las rosas con hondos y negros ojos. La cidra redonda parecía una copa sin asa y sin cuello; los limones colgaban como bolas de oro. Flores de todos los colores alfombraban la tierra: la primavera reinaba en los planteles y en los bosquecillos; los fecundos ríos crecían, rodaban los manantiales, y cantaba la brisa como una flauta, contestándole suavemente el céfiro, y esta canción del aire armonizaba toda aquella alegría.

Así entraron Alí-Nur y Dulce-Amiga con el jeique Ibrahim en el Jardín de las Delicias. Y entonces el jeique Ibrahim, que no quería hacer las cosas a medias, les invitó a penetrar en el Palacio de las Maravillas, y abriendo la puerta les hizo entrar.

Alí-Nur y Dulce-Amiga se detuvieron deslumbrados ante el esplendor de aquel salón nunca visto y lleno de cosas extraordinarias y asombrosas. Estuvieron admirando largo tiempo aquella belleza, y después, para descansar la vista de tanto esplendor, fueron a apoyarse en una ventana que daba al jardín. Y Alí-Nur, contemplando el vergel y los mármoles bañados por la luz de la luna, empezó a pensar en sus penas pasadas, y dijo a Dulce-Amiga: "¡Oh Dulce-Amiga! ¡Este lugar lleno de encanto me recuerda tantas cosas! Y he aquí que la paz desciende sobre mi alma y extingue el fuego que me consume, apartando de mí la tristeza!"

El jeique Ibrahim les llevó las provisiones que había ido a buscar, y comieron cuanto quisieron; después se lavaron las manos, y se apoyaron de nuevo en la ventana, contemplando los árboles cargados de fruta sabrosa. Al cabo de un rato, Alí-Nur preguntó al jeique Ibrahim: "¡Oh jeique Ibrahim! ¿puedes darnos algo para beber? Juzgo muy natural beber algo después de haber comido".

Y entonces Ibrahim les llevó una vasija llena de agua dulce y fresca. Pero Alí-Nur le dijo: "¿Qué nos traes? No es esto lo que yo quiero". Ibrahim preguntó: "¿Acaso deseas vino?"

Y Alí-Nur dijo: "¡Claro que sí!"

Y el jeique Ibrahim repuso: "¡Guárdeme Alah bajo su protección! Hace trece años que me abstengo de esa bebida funesta, porque el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!), maldijo a todo aquel que beba cualquiera bebida fermentada, al que la exprima y al que la venda!"

Entonces le contestó Alí-Nur: "Permíteme, ¡oh jeique! que te diga dos palabras".

El otro respondió: "Dilas". Y Alí-Nur dijo: "Si te indico el medio de que me facilites lo que te pido, sin que seas tú el bebedor, ni el fabricante, ni el portador del vino, ¿serás culpable o maldito?"

El jeique repuso: "Creo que no". Y Alí-Nur dijo: "Pues entonces toma estos dos dinares y estos dos dracmas, monta en el burro que está a la puerta del jardín y que nos trajo hasta aquí, ve al zoco, detente a la puerta de cualquier mercader de aguas destiladas de rosas y flores, pues estos mercaderes siempre tienen vino en lo más retirado de la tienda, y al primer transeúnte que halles ruégale, dándole el dinero, que entre a comprarte la bebida por el precio de los dos dinares de oro, y le darás dos dracmas por el recado; y él mismo colocará en el borrico los cántaros de vino, y como será el burro quien lo traiga, el transeúnte quien lo compre, y nosotros los que lo bebamos, no intervendrás para nada en el lance, pues no serás ni el bebedor, ni el fabricante, ni el portador.

De este modo nada tendrás que temer por haber faltado a la santa ley del Libro". El jeique, al oír a AlíNur, se echó a reír a carcajada, y dijo: "¡Por Alah! Nunca he encontrado persona más simpática que tú, ni con tanto ingenio y encanto". Y Alí-Nur contestó: "¡Por Alah! muy agradecidos te estamos, ¡oh jeique Ibrahim! y no aguardamos de ti más que ese favor, que te pedimos con insistencia". Entonces el jeique Ibrahim, que no había querido revelar hasta aquel momento que había en el palacio toda clase de bebidas fermentadas, dijo a Alí-Nur: "¡Oh amigo'. Toma estas llaves de mi bodega y de mi despensa, que siempre están llenas para obsequiar al Emir de los Creyentes cuando me honra con su visita. Puedes entrar en ellas y tomar a tu gusto lo que te plazca".

Entonces Alí-Nur entró en la bodega, y quedó estupefacto ante lo que veía. A lo largo de las paredes estaban ordenadas sobre tablas, vasijas y más vasijas de oro macizo, de plata maciza y de cristal, con incrustaciones de toda clase de pedrerías. Alí-Nur acabó por decidirse, eligió lo que fué de su mayor agrado, y volvió al salón. Puso las preciosas vasijas sobre la alfombra, se sentó al lado de Dulce-Amiga, escanció el vino en copas de cristal con cerco de oro, y Dulce-Amiga y él empezaron a beber, maravillándose de todas las cosas encerradas en aquel palacio. No tardó Ibrahim en ofrecerles olorosas flores, y después se apartó discretamente, como manda la buena educación, cuando se ve a un joven sentado con su esposa. Y ambos siguieron bebiendo hasta que les dominó el vino; y entonces se les colorearon las mejillas, les brillaron los ojos como los de las gacelas, y Dulce-Amiga acabó por desatar sus cabellos.

Ibrahim sintió una gran envidia, y se dijo: "¿Por qué he de apartarme de ellos, cuando puedo disfrutar de su compañía? ¿Cuándo me hallaré en otra fiesta tan encantadora como la de ver a estos dos admirables jóvenes que parecen dos lunas?"

E Ibrahim volvió sobre sus pasos y fué a sentarse al otro extremo del salón. Entonces Alí-Nur le dijo: "¡Oh señor! te pido por tu vida que te acerques y te sientes con nosotros". Y el jeique Ibrahim se sentó a su lado, y Alí-Nur cogió una copa, la llenó y se la alargó, diciéndole: "¡Oh jeique, toma y bebe! Verás qué bien sabe, y comprenderás las delicias que encierra el fondo de la copa".

Pero el jeique Ibrahim respondió: "¡Protéjame Alah! ¿No sabes, ¡oh joven! que hace trece años que no he cometido esa falta? ¿Ignoras que he cumplido dos veces mis deberes en hadj en la gloriosa Meca?" Y Alí :Nur, que estaba empeñadísimo en emborrachar al anciano Ibrahim viendo que por la persuasión no lo lograría, no insistió más; se bebió la copa llena, la volvió a llenar, se la bebió otra vez, y a los pocos momentos imitó todos los ademanes de un borracho, y acabó tendiéndose en el suelo, en donde fingió dormir.

Entonces Dulce-Amiga dirigió una insistente mirada al viejo Ibrahim y le dijo: "¡Oh jeique lbrahiin! ¡Mira cómo se porta conmigo este hombre!" Y él contestó: ";Qué desventura! ¿Pero por qué hace eso?" Dulce-Amiga dijo: "¡Si fuera ésta la primera vez! Pero siempre hace lo mismo. Bebe y bebe. y luego se emborracha y se duerme, y me deja sola, sin nadie que me haga compañía y beba conmigo. Y así no le encuentro gusto a la bebida, pues nadie comparte mi copa, y ni siquiera tengo ganas de cantar, porque no hay quien me escuche". Entonces el jeique Ibrahim, cuyos músculos se estremecían al influjo de aquellas miradas ardientes y de aquella voz armoniosa, le dijo: "Realmente, así no ha de serte agradable beber".

Y Dulce-Amiga llenó entonces la copa, se la alargó sonriendo, y le dijo: "Por mi vida te ruego que tomes esa copa y la aceptes por darme gusto. Y de este modo merecerás mi gratitud".

Entonces el jeique Ibrahim tendió la mano, cogió la copa y acabó por beber. Y Dulce-Amiga se la llenó de nuevo e hizo que la bebiese, y luego otra más, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡nada más que ésta!" Pero él contestó: "¡Por Alah! No puedo complacerte. Bastante he bebido ya". Ella volvió a insistir muy afable, e inclinándose hacia él, le dijo: "¡Por Alah! ¡No hay más remedio!"

Y el jeique tomó la copa y se la llevó a los labios. Pero en aquel momento Alí-Nur se echó a reír y se incorporó bruscamente...

Al llegar a este punto de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y discreta, dejó para la noche siguiente la prosecución de su historia.



Pero cuando llegó la 35ª noche

siguiente anterior


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Alí-Nur se echó a reír, se incorporó bruscamente, y dijo a Ibrahim: ¿Qué estás haciendo? ¿No te rogué hace una hora que me acompañaras, y te negaste entonces, y dijiste que llevabas trece años sin hacer semejante cosa?"

Entonces el jeique Ibrahim se avergonzó mucho, pero se sobrepuso en seguida y se apresuró a decir: "¡Por Alah! ¡Nada tienes que echarme en cara! Toda la culpa es de ella, que ha insistido hasta que ha logrado convencerme". Entonces se echó a reír de nuevo Alí-Nur, y lo mismo hizo Dulce-Amiga, que acabó por acercarse a su oído, y le dijo: "Déjame hacer, y ya verás cómo nos reímos a su costa". Después echó vino en su copa y la bebió, escanció otra a Alí-Nur, sin hacer caso alguno del jeique Ibrahim. Entonces éste, que los miraba asombrado, acabó por decirles: "¿Qué manera es esa de convidar a los demás a beber con vosotros? ¿Es sólo para que miren lo que hacéis?"

Y Alí-Nur y Dulce Amiga se echaron a reír y consintieron que bebiera con ellos y así estuvieron hasta pasada la tercera parte de la noche.

En ese momento Dulce-Amiga dijo al jeique Ibrahim: "¡Oh jeique Ibrahim! ¿quieres permitirme que encienda una de esas velas?" Y él contestó, ya medio borracho: "Sí, puedes hacerlo, pero no enciendas más que una sola". Y ella se levantó en seguida, y no encendió una sola, sino todas las velas de los ochenta candelabros del salón, y se volvió a su sitio.

Entonces Alí-Nur dijo a Ibrahim: "¡Oh jeique, cuánto me place estar a tu lado! Confío en que me permitirás encender una de esas antorchas". Y el jeique Ibrahim contestó: "¡Bueno levántate y enciende una, pero nada más que una! ¡no creas que me vas a engañar!"

Y Alí-Nur se levantó, y no encendió una, sino las ochenta antorchas de la sala y además las ochenta arañas, sin que el jeique Ibrahim se diese la menor cuenta de ello. Entonces todo el salón, todo el palacio y todo el jardín quedaron iluminados.

Y el jeique Ibrahim dijo: "Verdaderamente, sois más libertinos que yo". Y como ya estaba completamente ebrio, se levantó y recorrió el salón por uno y por el otro lado, abrió las ochenta ventanas, volvió a sentarse y a seguir bebiendo con los dos jóvenes, y llenaron el salón con la alegría de sus risas y sus canciones.

Pero el Destino, que está en manos de Alah el Omnisciente, el Entendedor de todo, el Creador de causas y efectos, quiso que el califa Harún-Al Raschid estuviese precisamente a aquella hora tomando el fresco, a la claridad de la luna, sentado junto a una de las ventanas de su palacio que daba al Tigris. Y mirando por casualidad en aquella dirección, vió toda aquella iluminación que brillaba en el aire y se reflejaba a través del agua. Y no sabiendo qué pensar, empezó por llamar a su gran visir Giafar Al-Barmaki. Y cuando se le presentó Giafar, le dijo a gritos: "¡Oh perro visir! ¿Eres mi servidor, y no me das cuenta de lo que ocurre en mi ciudad de Bagdad?"

Y Giafar contestó: "No sé lo que quieres decirme con esas palabras" Y el califa volvió a gritarle: "¡Me parece asombroso! Si a estas horas asaltasen a Bagdad nuestros enemigos, no sería menos estupendo, ¿no ves, ¡oh maldito visir, que mi Palacio de las Maravillas está completamente iluminado? ¿Quién es el hombre lo suficientemente audaz o suficientemente poderoso que haya podido iluminarlo encendiendo todas las arañas y abriendo todas las ventanas? ¡Desdichado de ti! Es irrisorio que me llamen el califa y que, sin embargo, puedan ocurrir semejantes cosas sin mi permiso".

Y Giafar, todo tembloroso, contestó: "¿Pero quién ha dicho que el Palacio de las Maravillas está con las ventanas abiertas y las luces encendidas?" Y el califa dijo: "Acércate aquí y mira". Y Giafar se aproximó, miró hacia los jardines, y vió toda aquella iluminación, que parecía como si el palacio estuviese incendiado, brillando más que la claridad de la luna. Entonces Giafar comprendió que aquello debía ser una imprudencia del jeique Ibrahim, y como era hombre naturalmente bueno y compasivo, se le ocurrió inmediatamente indagar algo para disculpar al anciano guardián del palacio, que probablemente no habría hecho aquello más que para obtener alguna ganancia.

Dijo, pues, al califa: "¡Oh Emir de los Creyentes! El jeique Ibrahim vino a verme la semana pasada, y me dijo: "¡Oh amo Giafar! mi mayor deseo es celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos bajo tus auspicios, y durante tu vida y la vida del Emir de los Creyentes". Yo le contesté: "¿Y qué deseas de mí, ¡oh jeique!? Y él respondió: "Deseo nada más que por tu mediación se logre permiso del califa para celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos en el salón del Palacio de las Maravillas". Y yo le dije: "¡Oh jeique! ya puedes preparar lo necesario para la fiesta. En cuanto a mí, si Alah quiere, tendré audiencia del califa y le enteraré de tus deseos.

Entonces el jeique Ibrahim se marchó. En, cuanto a mí, ¡oh Emir de los Creyentes! se me olvidó por completo hablarte de ese asunto". Entonces el califa contestó: "¡Oh Giafar¡ en vez de una falta has cometido dos, y he de castigarte por ambos motivos. En primer lugar, no le has concedido lo que deseaba en realidad, pues si vino a hacerte aquella súplica fué para darte a entender que necesitaba algún dinero para los gastos. Y he aquí que nada le diste, ni me avisaste de su deseo para que yo le pudiese dar algo". Y Giafar contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ha sido un olvido". Y el califa transigió: "Está bien; por esta vez te perdono. Pero ¡por la memoria de mis padres y mis antepasados! te mando que vayas a pasar la noche en casa del jeique Ibrahim, que es un hombre de bien, muy escrupuloso y muy estimado de los ancianos de Bagdad, que lo visitan frecuentemente.

Ya sabes cuán caritativo es para los pobres y cuán compasivo para todos los necesitados, y seguramente en este momento tendrá en su casa a mucha gente, que albergará y alimentará por amor a Alah. Acaso, si fuésemos allí, alguno de esos pobres haría en nuestro favor algún voto que nos sería provechoso en este mundo y en el otro. Quizá también sea provechosa nuestra visita al buen jeique Ibrahim, que, lo mismo que todos sus invitados se llenará de júbilo al vernos". Pero Giafar repuso: "¡Oh Emir de los Creyentes! ha transcurrido la mayor parte de la noche, y todos los invitados de Ibrahim se dispondrán ya a dejar el palacio".

Y el califa dijo: "Es mi voluntad que vayamos a reunirnos con ellos". Entonces tuvo que callarse, pero se quedó muy pensativo, sin saber qué partido tomar.

El califa se levantó inmediatamente, hizo lo mismo Giafar, y seguidos de Massrur el portaalfanje, se dirigieron hacia el Palacio de las Maravillas, no sin haber tomado la precaución de disfrazarse de mercaderes.

Después de haber atravesado las calles de la ciudad, llegaron al Jardín de las Delicias. Y el califa se adelantó el primero, y vió que la puerta principal estaba abierta, y se quedó muy sorprendido, y dijo a Giafar: "He aquí que el jeique Ibrahim ha dejado la puerta abierta, cuando no es esa su costumbre". Entraron los tres, atravesaron el jardín y llegaron al palacio.

Y el califa dijo: "¡Oh, Giafar! tengo que verlo todo sin que se enteren, pues he de saber quiénes son los convidados del jeique Ibrahim y cuántos son los venerables ancianos que vinieron a su fiesta y qué regalos le han hecho. Pero en este momento deben estar cada uno en su rincón, abstraídos por las prácticas religiosas de las ceremonias, ya que no se oyen voces, ni vemos a nadie".

Y el califa, señalando un nogal cuya altura dominaba el palacio; dijo: "¡Oh, Giafar! quiero subirme a ese árbol que extiende su ramaje cerca de las ventanas, y desde ahí podré mirar adentro. Conque ayúdame". Y el califa subió al árbol, y no dejó de trepar de rama en rama hasta que llegó a una muy a propósito para atisbar el salón. Entonces se sentó en ella y miró a través de una de las ventanas que estaban abiertas.

Y he ahí que vió a un joven y a una joven, ambos hermosos como lunas (¡gloria a quien los creó!), y vió también al jeique Ibrahim, guardián de su palacio, sentado entre los dos jóvenes con la copa en la mano, y oyó que decía a Dulce-Amiga: "Oh, soberana de la belleza! La bebida no sabe bien si no la acompaña la canción.

Y para que nos permitas oír el encanto de tu voz maravillosa, escucha lo que dice el poeta:

¡Ya leilí! ¡Ya einí!(40)

¡Nunca bebas sin que cante tu amiga! ¡Observa que el caballo no bebe sin el ritmo del silbido!

¡Ya leilí! ¡Ya einí!

¡Después halaba a tu amiga, y acaríciala! ¡En seguida lánzate sobre ella y tiéndela!

¡Lo tuyo es grande y lo suyo pequeño...!

Al ver al jeique Ibrahim en aquella postura, y al oír de su boca aquella canción escandalosa y nada conveniente para su edad, el califa se encolerizó de tal modo que le brotaba el sudor de entre los ojos. Y se apresuró a descender del árbol, y miró a Giafar, y le dijo: "¡Oh, Giafar! en mi vida he presenciado un espectáculo tan edificante como el de esos respetables jeiques de nuestra mezquita que están reunidos en esa sala para cumplir religiosamente las piadosas ceremonias de la circuncisión. Esta noche es verdaderamente una noche bendita.

Sube ahora tú al árbol, y apresúrate a mirar, y no desperdicies esta ocasión de santificarte, gracias a las bendiciones de esos santos jeiques". Cuando Giafar oyó estas palabras del Emir de los Creyentes se quedó muy perplejo, pero no pudo vacilar en obedecerle y se apresuró a trepar al árbol, llegó frente a la ventana y miró hacia el interior del salón. Y vió el espectáculo de los tres bebedores: el anciano Ibrahim, con la copa en la mano, cantando y moviendo la cabeza, Alí-Nur y Dulce Amiga mirándole fijamente, oyéndole y riéndose a carcajadas.

Al verlo Giafar se creyó perdido, pero bajó del árbol y se postró ante el Emir de los Creyentes. Y el califa dijo: "¡Oh Giafar! bendito sea Alah, que nos ha hecho seguir fervorosamente las ceremonias de la purificación, como la de esta noche, y nos aparta del mal camino, de las tentaciones y del error, y de la vida de los libertinos".

Y Giafar estaba tan confuso que no sabía que contestar. Y el califa, mirando a Giafar, prosiguió: "Vamos a otra cosa. Quisiera saber quién ha guiado hasta este lugar a esos dos jóvenes, que se me figuran forasteros. En verdad he de decirte, Giafar, que nunca han visto mis ojos belleza, perfecciones, delicadeza ni encantos como los de ellos".

Entonces Giafar pidió permiso al califa, que se lo otorgó y dijo: "¡Oh califa! ciertamente has dicho la verdad. Son muy hermosos". Y el califa repuso: "¡Oh, Giafar! subamos otra vez al árbol, y observémosle desde la rama".

Y haciéndolo así, treparon hasta la rama que daba al salón y se pusieron a contemplarles.

Precisamente en aquel momento decía el jeique Ibrahim: "¡Oh, soberana mía! Este vino de los collados me ha hecho perder la serenidad, lo que me parece una cosa ridícula. Pero para ser completamente feliz necesito que pulses las cuerdas armoniosas".

Y Dulce-Amiga contestó: "¡Por Alah! ¡Oh jeique Ibrahim! ¿Cómo voy a pulsar las cuerdas si carezco de instrumento?"

Apenas oyó el jeique Ibrahim estas palabras de Dulce-Amiga, salió del aposento. Y el califa dijo a Giafar: "¿Quién sabe lo que irá a hacer ahora ese viejo libertino?" Y Giafar respondió: "¡Quién ha de saberlo!" Entretanto, el jeique Ibrahim volvió al salón con un laúd en la mano. Y el califa se fijó en aquel laúd y vió que era el que solía tocar su cantor favorito Ishak cuando había fiesta en el palacio o quería distraer a su señor. Y el califa dijo: "¡Por Alah! ¡Esto ya es demasiado! Pero quiero oír a esa maravillosa joven, y si canta mal os he de crucificar a todos, y sin canta bien perdonaré a esos tres, pero a ti, ¡oh Giafar! te crucificaré de todos modos".

Y Giafar exclamó: "¡Alahumma! ¡Ojalá no sepa cantar!"

Asombrado el califa, preguntó: "¿Por qué prefieres el primer caso al segundo?" Y contestó Giafar: "¡Porque crucificado en su compañía pasaré mejor las horas del suplicio, y nos consolaremos mutuamente".

Y el califa, al oírle, rió en silencio.

Mientras tanto, Dulce-Amiga había cogido el laúd y lo templaba diestramente. Después de algunos preludios, pulsó las cuerdas y vibraron con toda su alma, con una intensidad capaz de liquidar al hierro, de despertar a los muertos y de conmover corazones de roca y de bronce.

Y súbitamente, acompañándose con el laúd, empezó a cantar:

¡Ya leilí!...

Cuando me vió mi enemigo, vió también que el amor se complacía en apagar mi sed en su manantial, y dijo: "¡Esa agua está turbia!"

¡Ya einí!...

¡Si mi. amigo atiende a esas voces, debe huir lo más lejos posible. Pero ¿podrá olvidar que me debe todas las delicias y todas las locuras de nuestro amor? ¡Oh, locuras y delicias de nuestros amores!

¡Ya leilí!

Dulce-Amiga, después de haber cantado, siguió tañendo el armonioso laúd de cuerdas animadas, y el califa tuvo que reprimirse para no contestar con un "¡Ya einí!" de admiración.

Y dijo: "¡Oh Giafar! En mi vida he oído voz tan maravillosa como la de esa esclava". Giafar, sonriendo, dijo: "Espero que se habrá desvanecido la ira del califa contra su servidor". Y el califa dijo: "Verdad es, ¡oh Giafar! que se ha desvanecido". Entonces bajaron del árbol, y dijo el califa: "Quiero entrar en el salón, sentarme entre ellos, y oír a esa esclava cantar delante de mí".

Pero Giafar advirtió: "¡Oh Emir de los Creyentes! Si te presentases entre ellos les molestarías, y el jeique Ibrahim se moriría del susto". Entonces el califa dijo: "¡Oh Giafar! tienes que indicarme un medio de saber todo lo que se refiere a este lance, sin que ellos lo adviertan ni me conozcan".

Y el califa y Giafar, mientras pensaban cómo se las compondrían para lograr lo que deseaban, iban avanzando hacia el estanque que estaba en medio del jardín y comunicaba con el Tigris. Contenía una enorme cantidad de peces, que iban a refugiarse allí en busca del alimento que se les echaba. Así es que el califa había sabido que allí acudían algunos pescadores, pues cierto día estaba asomado á una de las ventanas del Palacio de las Maravillas y vió a los pescadores, y dió orden al jeique Ibrahim de que no les permitiese la entrada en el jardín ni la pesca en el estanque, encargándole que castigara severamente al que se desmandase.

Pero aquella noche, como había quedado la puerta abierta, entró un pescador, que se había dicho: "¡He aquí una buena ocasión de hacer una pesca magnífica!" Y se llamaba Karim este pescador, y era muy conocido entre todos los pescadores del Tigris. Echadas las redes en el estanque, se puso a esperar, mientras recitaba estos versos:

¡Oh, tú que viajas por el agua! Al viajar olvidas los peligros y la perdición! Pero ¿cuándo dejarás de inquietarte, cuándo te convencerás que la fortuna nunca viene cuando se la busca?

¿No ves al mar enfurecido y al pescador cansado? ¡Rendido está de cansancio por las noches, mientras las noches están llenas de estrellas, mientras las noches están serenas y llenas de estrellas!

¡Echó su red de cuerdas, la golpean las olas, y sus ojos no miran mas que el seno de la red!

¡No hagas como el pescador, oh viajero! ¡Mira! ¡He aquí al hombre que conoce el valor de la vida y de la tierra, que sabe gozar de los días y de las noches, de la tierra y de sus bienes! ¡Es dichoso, su espíritu está tranquilo, y él vive de todos los frutos de la tierra!

¡Mira! ¡He aquí que se despierta por la mañana, después de una noche de delicias! ¡Se despierta por la mañana bajo la sonrisa de una joven gacela, bajo la mirada de dos ojos de gacela que le pertenecen y le sonríen!

¡Gloria al Señor! ¡Da a unos y priva a otros! ¡Unos pescan y otros se comen el pescado! ¡Gloria al Señor!

Cuando el pescador Karim acabó de cantar avanzó hacia él el califa, y le dijo de pronto: "¡Oh Karim!"

Y Karim se volvió sobresaltado al oír su nombre. Y a la claridad de la luna conoció al califa, y se quedó paralizado de terror. Después se repuso un poco, y dijo: "¡Por Alah! ¡Oh Emir de los Creyentes! no creas que hago esto por infringir tus órdenes, pues la pobreza y el tener una familia tan numerosa como la mía me han impulsado a obrar así esta noche". Y el califa dijo: "Está bien, ¡oh Karim! Hagamos cuenta de que no te he visto. ¿Quieres echar la red en mi nombre para ver qué tal suerte tengo?" Entonces, contentísimo el pescador, se apresuró a echar la red invocando el nombre de Alah, y esperó a que llegara al fondo. La sacó después, encontrándola llena de pescados de todas clases y en cantidad incalculable.

Y el califa quedó muy satisfecho, y le dijo: "Ahora, ¡oh Karim! desnúdate". Y Karim se apresuró a despojarse de sus prendas una por una: el ropón de anchas mangas, remendado con piezas de todos colores y lleno de chinches y de pulgas en número suficiente para cubrir la superficie de la tierra; el turbante, que no habría desenrollado en tres años, hechos con trapos, y que encerrraba piojos grandes y chicos, blancos y negros y de otras clases. Y luego de haberse quitado el ropón y el turbante, se quedó desnudo delante del califa.

Entonces el califa empezó también a desnudarse, quitándose el ropón de seda, iskandarní y el de seda baalbakí, el de terciopelo y el chaleco, y dijo al pescador: "Karim, toma esta ropa y póntela". Por su parte, el califa cogió el ropón del pescador y su turbante, y se los puso, se enrolló la bufanda de Karim, y le dijo: "Ya te puedes ir por tu camino".

Y el hombre dió las gracias al califa, y le recitó estas dos estrofas:

¡Me has hecho dueño de una riqueza sin límites, y no lo ha de olvidar mi gratitud! ¡Me colmaste de todos los dones sin llevar cuenta!

¡He de honrarte, pues, mientras esté entre los vivos, y después de muerto aún te darán mis huesos las gracias dentro del sepulcro!

Pero apenas había acabado de recitar estos versos el pescador, cuando notó el califa que le invadían los piojos y las chinches domiciliados en aquellos andrajos, y toda aquella miseria empezó a circular activamente a lo largo de su cuerpo. Y empezó a coger puñados de parásitos que le corrían por el cogote, el pecho y todas partes, y los tiraba muy lejos, lleno de repugnancia.

Y tal fué su espanto, que llegó a decir al pescador: "¡Oh, desgraciado Karim! ¿Cómo hiciste para reunir en tus mangas y en tu turbante todos estos animales dañinos?"

Y Karim respondió: "¡Oh mi señor! no los temas para nada, pues ahora sientes sus picaduras; pero si tienes paciencia y haces lo que yo, nada sentirás dentro de una semana, y como ya no te molestará que te piquen, no les harás pizca de caso".

El califa, a pesar de su horror, se echó a reír, y dijo: "Pero desdichado, ¿cómo voy a resistir esta suciedad sobre mi cuerpo?" Y repuso el pescador: "¡Oh Emir de los Creyentes! quería decirte una cosa, pero me impone la presencia de mi augusto califa". El rey dijo: "Habla en seguida". Y así habló el pescador: "Se me ocurre, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que para tener un oficio con qué ganarte la vida has querido aprender a pescar. Si así fuese, ¡oh soberano Emir! he aquí que esa ropa y ese turbante han de serte muy a propósito para eso".

Entonces el califa, riéndose de esto que le decía el pescador, se despidió de él. Y Karim se fué por su camino, mientras que el califa cogió la banasta de palma donde estaban los peces, la cubrió con hierba fresca y corrió en busca de Giafar y de Massrur, que le aguardaban a cierta distancia.

Y al verle creyeron que era Karim el pescador, y Giafar, temiendo que descargase sobre el pescador la cólera del califa, le dijo: "¡Oh Karim! ¿qué vienes a hacer aquí? Huye a escape, que el califa está en el jardín esta noche".

Y cuando el califa oyó esto que decía Giafar, le dió tal risa, que se caía de trasero. Y Giafar exclamó: "¡Por Alah! ¡Si es nuestro amo y califa, el mismo Emir de los Creyentes!" Y dijo el califa: "Efectivamente, ¡oh Giafar! Y si tú que tú eres mi gran visir, al llegar a tu lado no me has conocido. ¿Cómo quieres que me reconozca el jeique Ibrahim, que está completamente borracho?

Quédate aquí y espera a que yo vuelva". Y Giafar dijo: "Escucho y obedezco".

Entonces el califa llamó a la puerta del palacio. Y el jeique Ibrahim se levantó para preguntar: ¿Quién llama? Y contestó el califa: "Soy yo, jeique Ibrahim".

Y el anciano dijo: "¿Pero quién eres tú?"

Respondióle el califa: "Soy el pescador Karim. He sabido que tenías convidados esta noche, y he venido a traerte buen pescado, vivito y coleando".

Precisamente a Alí-Nur y a Dulce-Amiga les gustaba mucho el pescado. Y al oír al pescador se alegraron hasta el límite de la alegría. Y Dulce-Amiga dijo: "Abre pronto, ¡oh jeique Ibrahim! y déjale entrar con el pescado que trae". Entonces el jeique Ibrahim se decidió a abrir la puerta, y el califa, disfrazado de pescador, pudo entrar sin ningún contratiempo y fué a saludar a los presentes.

Pero el jeique le contestó con una carcajada, y le dijo: "¡Bien venido sea entre nosotros el más ladrón de sus compañeros! ¡Ven a enseñarnos ese pescado tan bueno que traes!" Y el pescador quitó la hierba fresca y mostró el pescado que llevaba en la cesta, y vieron que estaba vivo aún y coleando todavía; y Dulce-Amiga exclamó entonces: "¡Por Alah! ¡Oh señores míos, qué hermoso es ese pescado! ¡Lástima que no esté frito!"

El anciano Ibrahim asintió en seguida: "¡Por Alah! verdad dices'". Y volviéndose hacia el califa, exclamó: "¡Oh,pescador! ¡qué lástima que no hayas traído frito este pescado! Cógelo, ve a freírlo y tráenoslo en seguida". Y comentó el califa: "Pongo tus órdenes sobre mi cabeza. Lo voy a freír y en seguida lo traigo". Y todos le contestaron a un tiempo: "¡Sí, sí; fríelo pronto y tráenoslo!".

El califa se apresuró a salir, y fué a buscar a Giafar, a quien dijo: "¡Oh Giafar! ahora quieren que se fría el pescado". Y el visir contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! dámelo y yo mismo lo freiré". Pero el califa repuso: "Por la tumba de mis padres y de mis ascendientes, nadie más que yo ha de freír este pescado".

Fué a la choza en que vivía el jeique Ibrahim y empezó a buscar por todas partes, hasta que encontró los utensilios de cocina y todos los ingredientes: sal, tomillo, hojas de laurel y otras cosas semejantes. Se acercó al hornillo y exclamó: "¡Oh, Harún recuerda que en tus mocedades te gustaba andar por la cocina con las mujeres y te metías a guisar. Ha llegado el momento de demostrar tus habilidades. Cogió la sartén, la puso a la lumbre, le echó la manteca y aguardó. Y cuando hirvió la manteca echó en la sartén los peces, que ya había limpiado, escamado y untado con harina.

Bien frito el pescado por un lado, lo volvió del otro con mucho arte, y cuando estuvo a punto lo sacó de la sartén y lo puso sobre grandes hojas de plátano. Después fué al jardín a coger limones y los puso cortados en rajas sobre las hojas de plátano. Entonces se lo llevó a los invitados y se lo puso delante. Y Alí-Nur, Dulce-Amiga y el jeique Ibrahim se pusieron a comer, y cuando hubieron acabado, se lavaron las manos, y Alí-Nur dijo: "¡Por Alah! ¡oh pescador! nos has hecho un gran favor esta noche".

Y echó mano al bolsillo, sacó tres dinares de oro de los que le había dado generosamente el joven chambelán y se los tendió al pescador, diciéndole: "Perdona ¡oh pescador! si no te doy más, porque ¡por Alah! si te hubiese conocido antes de los últimos acontecimientos que me han ocurrido, podría haber arrancado para siempre de tu corazon la amargura de la pobreza. Toma, pues, esos dinares, que son los únicos que mi actual situación me permite darte".

Y obligó al califa a tomar el oro que le alargaba, y el califa lo tomó y se lo llevó a los labios, y después a la frente, como para dar gracias a Alah y a su bienhechor por aquel donativo, y luego se metió los dinares en la faltriquera.

Pero lo que quería ante todo el califa era oír a la esclava cantar delante de él, de modo que le dijo a Alí-Nur: "¡Oh dueño y señor! tus beneficios y tu generosidad están sobre mi cabeza y sobre mis ojos, pero mi más ardiente deseo se realizaría, gracias a tu bondad, si esta esclava tocase algo en ese laúd que a su lado veo y me dejase oír su voz, que debe ser admirable. Porque me encantan las canciones acompañadas con las melodías del laúd, y son lo que más me gusta en el mundo".

Entonces Alí-Nur dijo: "¡Oh Dulce-Amiga!" y contestó ésta: "¡Oh mi señor!" Y dijo Alí-Nur: "Por mi vida, si la estimas en algo, te ruego que cantes para complacer a este pescador, que tanto desea oírte". Y Dulce-Amiga, al oír estas palabras de su enamorado Alí-Nur, cogió el laúd en seguida, pulsó las cuerdas, ejecutó un preludio que hubo de encantar a todos los presentes, y después cantó estas dos estrofas:

¡La joven esbelta y flexible tañía el laúd con las delicadas yemas de sus dedos, y al oírla voló mi alma!

Sonó su voz, y los sordos recobraron el oído, y los mudos rompieron a hablar de pronto, diciendo:" !Oh, que encanto el de esa voz!"

Y Dulce-Amiga, después de haber cantado esto, siguió pulsando el laúd con arte tan maravilloso, que enloquecía a los que allí estaban. Después sonrió y cantó estas otras dos estrofas:

¡Con tu pie, joven grácil pisaste nuestro suelo, que se estremeció de placer, al mismo tiempo que la claridad de tus ojos disipaban las tinieblas de la noche!

¡Oh mancebo querido! !Cuando te vuelva a ver he de perfumar mi morada com almízcle, resina de olor y agua de rosas!

Y Dulce-Amiga cantó tan admirablemente, que el califa llegó al límite del placer y se apasionó de tal modo, que no pudo reprimir el arrebatado entusiasmo de su alma, y exclamó: "¡Por Alah! ¡Por Alah!" Y Alí-Nur le dijo: "Pescador, ¿te ha encantado la voz de mi esclava y su arte de pulsar las cuerdas armoniosas?"

Y contestó el califa: "Sí, ¡por Alah!" Entonces Alí-Nur, no pudiendo reprimir su costumbre de dar a los amigos todo lo que les gustaba, dijo: "¡Oh, pescador! ya que tanto te entusiasmó mi esclava, he aquí que te la ofrezco y te la regalo, como obsequio de un corazón generoso que nunca recogió lo que dió una vez. Toma, pues, la esclava. ¡Tuya es desde ahora!" Y Alí-Nur se levantó inmediatamente, cogió su manto, se lo echó al hombro, y sin despedirse siquiera de Dulce-Amiga, se apercibió a abandonar el salón y a dejar que el supuesto pescador tomase libremente posesión de la esclava.

Entonces Dulce-Amiga, dirigiéndole una mirada llena de lágrimas, le dijo: "Oh mi dueño Alí-Nur! ¿Vas a repudiarme de este modo? Detente por favor un momento, sólo para que pueda despedirme de ti. ¡Oye, Alí-Nur!" Y Dulce-Amiga recitó amargamente estas dos estrofas:

¿Vas a huir de mí ¡oh sangre pura de mi corazón! Cuando tu sítio está en este corazón herido, entre mi pecho y mis entrañas?

¡Ah! ¡Te suplico ¡oh tú, el Clemente sin límites! Que reúnas a los que se separaron! ¡Que repartas,oh Generoso tus benefícios entre los hombres!

Y terminada su lamentación, Dulce-Amiga se aproximó a Alí-Nur y le dijo:

El día de la separación, al despedirse de mí, llorando lágrimas ardientes me dijo:" ¿Qué harás ahora, lejos de mí? Y yo contesté: ¡Oh! ¡Pregúntaselo mas bien a quien se queda a tu lado!

Al oír estas palabras se impresionó mucho el califa, creyéndose causante de la separación de los dos jóvenes. Y sorprendiéndole la facilidad con que Alí-Nur le regalaba aquella maravilla, dijo: "Explícate ¡oh joven! y no temas confesármelo todo, pues tengo tanta edad que podría ser tu padre: ¿temes ser detenido y castigado por haber robado acaso a esa joven, o piensas cedérmela por tus deudas?" Entonces le contestó Alí-Nur: "¡Por Alah! ¡Oh pescador! a esta esclava y a mí nos ha ocurrido una aventura tan asombrosa, y somos víctimas de desdichas tan extraordinarias, que si se escribieran con una aguja en el ángulo interior del ojo, servirían de lección a quien las leyera con respeto". Y el califa dijo: "Apresúrate a contarnos detalladamente tu historia, pues acaso esto sea para ti causa de alivio y hasta de socorro, ya que el consuelo y el auxilio de Alah siempre están cercanos.

Entonces Alí-Nur dijo: "iOh pescador! ¿Cómo quieres que te lo relate, en verso o en prosa?"

A lo cual respondió el califa: "La prosa es un bordado de sederías y los versos hilos de perlas". Entonces dijo Alí-Nur: "He aquí por lo pronto el hilo de perlas". Y entornando los ojos, bajó la frente e improvisó estas estrofas:

¡Oh amigo mío! ¡El reposo ha huido de mi lecho! Al verme tan alejado del país donde nací, me destroza el alma la amargura.

Sabe que tuve un padre a quien armaba y que fué para mí el más cariñoso de los padres! ¡Ya no está junto a mí, pues la tumba le sirve de lecho!

¡Desde entonces, todas las aflicciones y todas las desventuras han caído sobre mí de tal modo, que mis entrañas están destrozadas y mi corazón hecho trizas!

¡Mi padre eligió para mí una hermosa entre las hermosas, una joven esbelta como un tallo nuevo, esbelta y ondulante como una rama que cimbrea al viento!

¡La amé apasionadamente, quemé por ella toda la herencia de mi padre, y hasta tal punto la quise que hube de preferirla al más querido de mis rápidos corceles!

¡Pero un día me ví falto de todo y tuve que emprender el camino del mercado, a pesar de temer con toda mi alma el dolor de la separación!

¡El pregonero la subastó en el zoco: y de pronto un viejo libertino pujó para apoderarse de ella!

¡Al ver aquel viejo innoble, me enfurecí, cogí de la mano a mi esclava, y quise llevármela del mercado!

¡Pero el viejo libertino se creía ya a punto de saciar su concupiscencia; el maldito viejo de corazón lleno de fuego infernal!

¡Y le dí un puñetazo con la mano derecha y otro con la izquierda! ¡Y desahogué en él la ira que me devoraba!

¡después, por temor de que me prendiesen, y para librarme de mi enemigo, huí de casa!

¡El rey de la ciudad mandó que me prendieran; pero entonces ví acudir en mi ayuda a un joven chambelán hermoso y leal!

¡ Y para librarme de las asechanzas de mis enemigos, me aconsejó que huyera muy lejos!

¡Y cogí a mi amiga, y en alas de la noche salímos de nuestro país tomando el camino de Bagdad!

¡Y ahora sabe que no tengo más tesoro que mi amiga, y te la regalo, ¡oh pescador!

!Y sabe que te entrego a la amada de mi corazón, y que al quedarte con ella, te quedas con mi propio corazón, ¡oh pescador!

Cuando Alí-Nur acabó de desgranar la última perla, el califa dijo: "¡Oh mi señor! después de haberme maravillado con tu sarta de perlas, ¿querrías darme algunos pormenores sobre los preciosos bordados de esa historia tan maravillosa? "Y entonces Alí-Nur, que creía estar hablando con el pescador Karim, le refirió todas las particularidades de la historia, desde el principio hasta el fin.

Pero cuando el califa se hubo enterado perfectamente de toda la historia, dijo: "¿Y ahora adónde piensa ir, oh mi señor Alí-Nur?

Y Alí-Nur contestó: "¡Oh pescador! las tierras de Alah son vastas hasta lo infinito".

Entonces el califa dijo: "Escúchame, ¡oh joven! Aunque sea como soy, pobre pescador oscuro y sin luces, voy a darte una carta para que la entregues en propia mano al sultán de Bassra, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní. Y cuando la haya leído, ya verás qué resultado tan favorable tendrá para ti".

Al llegar a este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y no prolongó más el hilo de su relato.

siguiente anterior